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Full text of "Sevilla y Cadiz"

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SAN DIEGO 



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D. Pedro de \Madrazq 



Foto - grabados y helio ¿rafias de Laurent, Joarizti y Mariezcurrena 

Gromos de Casáis y dibujos á pluma de Gómez Soler 




BARCELOIS^A 
Establecimiento Tipo&ráfico - Editorial de DANIEL CORTEZO Y C. 

Calle de Ausias-March , Números 95 y 97 
1884 



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>i ES PROPIEDAD DE LOS EDITORES -K ^- 
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E¥iLLA Y: Cádiz 



Introduccióis^ 




•I 



' uiEN al leer al frente de este libro los mágicos 
nombres ele Cádiz y Sevilla se imagine que 
vamos á revelar los misterios del intrincado y 
revuelto mundo de los toreros y majos cru- 
dos, del gitano y de la cigarrera, del calesero, 
del barquero y del contrabandista, puede ahorrarse 
el trabajo de hojearlo. No es nuestra principal in- 
tención el trazar cuadros de costumbres andaluzas; 
y no en verdad porque no sea obra muy meritoria el sabroso 
novelar del inmortal autor de Rinconetc y Cortadillo, ni porque 
carezcan de gracia, de originalidad y aun de verdadera belleza, 
ya física, ya intelectual ó moral, los genuínos usos y caracteres 
meridionales que tanto deleitan al pintor y al viajero caprichoso; 
pero respetamos la jurisdicción que con muy justos títulos han 
hecho suya distinguidos novelistas y entretenidos narradores, y 
absteniéndonos de meter la hoz en mies ajena, consagramos 



VI INTRODUCCIÓN 



principalmente nuestra atención á las bellezas de la historia y 
del arte, y á las que ofrece el mundo material en sus grandes 
manifestaciones exteriores, como teatro en que el arte y la his- 
toria se desarrollan. 

Esto no obsta para que miremos como campo nuestro lo 
que en las mismas costumbres y en los diversos tipos popula- 
res nos parezca bello bajo cualquier concepto; ni para que, cuan- 
do nos convenga, demos razón de la índole andaluza, como pre- 
paración necesaria á fin de que el lector, bien penetrado de la 
armonía que existe entre el carácter de los monumentos y el de 
los hombres que los erigieron, entre el aspecto del país y el de 
sus pobladores, adquiera una idea completa de la fisonomía na- 
tural y artística de la provincia adonde le conducimos. 

« La térra molle e lieta, e dilettosa, 
Simili a sé gli abitator produce. » 

El estudio de un pueblo como el de Sevilla y Cádiz, tan sin- 
gular entre todos los demás pueblos de España, puede hacerse 
simultáneamente en los diversos ramos del arte, de la literatu- 
ra y de la ciencia, sin que tengan que usurparse los que los 
cultivan su respectivo dominio. 

Refiérannos Cervantes y Quevedo, y los escritores de la es- 
cuela picaresca, las malignas hazañas, las truhanadas y fecho- 
rías de la inextinguible raza que surte de Monipodios á las 
cárceles, de Carihartas y Rostrituertas á las galeras, de Chiquiz- 
naques á los mercados, de mozos como Nicolás el Romo á la jife- 
ría, de bandidos á las angosturas de la sierra, de pájaros de 
cuenta, en fin, á todos los centros de la vida desvergonzada, al 
potro de Córdoba, al co77tpás y al 77iatadero de Sevilla, á la pla- 
ya de Sanlúcar, al perchel de Málaga, á los mesones y tabernas 
de las poblaciones, á las ventas de los despoblados, donde se 
cría alegre y aguerrida la gente de bronce corriente y moliente 
á todo ruedo. Sus fisonomías, sus maneras y sus lances, han me- 



INTRODUCCIÓN VII 



recido honores de muy valientes pinceles: Velázquez, Villavicen- 
cio, muchos artistas antiguos y modernos acrecentaron su fama 
de grandes coloristas trasladando al lienzo lo más característico 
de semejantes personajes: su pillesca gcrmania ha ocupado 
las plumas de muy distinguidos filólogos. 

Instruyanos en el significado y reglas de su sonora gerigonza 
el laborioso Juan Hidalgo (i); enséñenos el infatigable Borrow 
á diferenciar este lenguaje de la romanía que usa la misteriosa 
raza gitana, explicándonos cómo esta gente abyecta y despre- 
ciada, sin religión, sin ciencia ni arte, sin literatura, sin me- 
moria siquiera de sus orígenes, vive errante en Andalucía ejer- 
citándose en sus viles oficios, aborreciendo á todo el que no es 
de su sangre, exactamente lo mismo que vivía miles de años há 
en el Indostán, arrastrando la mísera condición de paria de la 
secta de Thug. 

Cuéntenos Fernán Caballero, con su incomparable pureza y 
elevación de ideas, con estilo tan natural y sencillo cuanto son 
profundos y filosóficos sus conceptos, las respetables tradicio- 
nes, la abnegación ejemplar, la nobleza ingénita, la fe robusta é 
incontrastable, el sufrimiento heroico, el amor generoso, los sa- 
crificios desinteresados, la poesía instintiva, los sentimientos de- 
licados de los rústicos pobladores del cortijo y de la aldea, no 
contaminados con la ponzoña de la incredulidad y del positivis- 
mo moderno. 

Diviértanos el erudito y extravagante Ford, con su peculiar 
estilo en que se amalgaman y funden la punzante sátira de Ju- 
venal, el elevado arcaísmo de Winkelman y la descarnada im- 
piedad de Voltaire, desmenuzando con su implacable escalpelo, 
que no parece otra cosa su rígida pluma, todos los recuerdos 
de su larga permanencia y románticas peregrinaciones en la 
hospitalaria tierra del Betis, á la cual ha prodigado luego tantas 
adulaciones y tantos agravios. El nos dirá, mejor que pudiera 



(i) Roiiuiiice de Gcnnaiiia con el vocabulario. — Barcelona, lóog. 



VIH I NTRODUCCION 



hacerlo un comisionado de apremios de la hacienda pública, lo 
que son los posaderos y venteros, los arrieros y contrabandis- 
tas; humanista consumado, filólogo sagaz, etimologista ingenio- 
so, anticuario experto, filósofo mordaz y escéptico, y enemigo 
del fanatismo católico hasta dar en fanático protestante, él nos 
descubrirá á su manera, citando las Escrituras, los clásicos grie- 
gos y latinos, los escritores, geógrafos, estadistas y poetas de 
todas las edades, los orígenes y derivaciones de las razas meri- 
dionales de España, de su religión, de su lengua, de sus trajes, 
de todos sus usos domésticos, y hasta de sus mismos manjares 
y bebidas. Muchas noticias de este singular viajero te parece- 
rán, lector amigo, sospechosas; y es que nadie, en efecto, puede 
comparársele en la aplicación que ha hecho del criterio y de la 
memoria á la investigación de las costumbres y, digámoslo así, 
á su disección anatómica. Fiel á su máxima quod vides describe 
et meniorice nil jide, llegó á reunir un verdadero tesoro de lo 
que podríamos llamar baratijas y chucherías de los antiguos y 
modernos usos nacionales, brincos y joyeles perdidos de los es- 
critores y viajeros latinos y griegos, en que los historiadores y 
humanistas no suelen parar mientes. El te hablará de los cosmé- 
ticos y dentífricos de los antiguos cántabros, citando las autori- 
dades de Estrabón y de Cátulo: te demostrará que los candiles 
de Andalucía fueron introducidos por los moros ; que las lampa- 
rillas ó mariposas las usaban los egipcios, lo mismo que las 
ollas y pucheros; que \-d, filosofia de la cocina andaluza es ex- 
trictámente oriental ; que la preferencia que se deduce del re- 
frán meridional « á perro viejo échale liebre y no conejo, » era 
la misma en tiempo de Marcial, el cual escribía « inter qítadrit,- 
pedes gloria prima lepus- » que la afición al garbanzo es impor- 
tación cartaginesa; que el gazpacho, poüís et esca de los roma- 
nos, cuyo untuoso calducho atraía al emperador Adriano á 
rozarse con los soldados á la hora del rancho en el verano, oxi- 
cratos de los griegos, hil-hila de los sirios cristianos y bativi- 
nia de los rusos, era conocido en los tiempos bíblicos, supuesto 



INTRODUCCIÓN IX 



que los segadores de Booz lo comían y Ruth fué invitada á co- 
merlo con ellos ; que el agraz, bebida deliciosa en el estío, ya 
puro, ya mezclado con vino manzanilla, que merece por sí solo 
el viaje á Andalucía, es el ¡tacar az morisco ; que las migas se 
freían ya en tiempo del insigne vate de Bílbilis, quien por más 
señas las califica de plato baladí: «mica vocor- quid sim cernis, 
ccenatio parva; » que los huevos estrellados en tiempo de Es- 
trabón se hacían con manteca y no con aceite; que el uso de la 
macerina, exceptuado su contenido el chocolate, y aplicada en 
su lugar al café, es de origen oriental, y frecuente entre los po- 
tentados musulmanes; que la cerveza, á que tanto se van aficio- 
nando los majos de la tierra bendita, no es nueva en España, 
dado que los antiguos iberos, discípulos en el uso de esta póci- 
ma de los egipcios y cartagineses, como testifica Plinio, hacían 
más consumo de ella que del vino, y los romanos los motejaban 
por esta costumbre, y á Polibio le causaba risa la magnificencia 
salvaje de un rey de España porque tenía en su mesa vasos de 
oro y plata llenos de cerveza, y S. Isidoro distingue sus dos 
especies con los nombres de celia ceria y de cerbisia. Te dirá 
que las alforjas del arriero son la legítima descendencia de la 
sarcina de que habla Catón el Censor, y de la dulga romana, 
y te probará con este verso de Lucillo 

« Cuiii bulga ccenat, dormít, lavat omnis in tina, » 

el antiguo y respetable derecho de este adherente á ser consi- 
derado como el apéndice obligatorio de toda persona en la vida 
trashumante. Te hará ver que la fórmula de ofrecer aunque no 
haya intención de regalar, es oriental y muy antigua, citando al 
canto el pasaje del Génesis en que Ephron hace á Abraham el 
cumplido de poner á su disposición la cueva doble que tenía en 
su heredad para que entierre en ella á Sara, y luego le cobra 
por ella cuatrocientos sidos de plata; que también nos viene de 
oriente la majestuosa aunque aparente frialdad con que el ac- 



INTRODUCCIÓN 



tual descendiente de cinco razas poderosas mira lo más digno de 
alabanza y recibe las dádivas ú obsequios, evocando el testimo- 
nio de Tácito : « gaudení muneribus, sed nec data imputant, nec 
acceptis obligantu7\ » 

El ingenioso Solitario por su parte, sólidamente versado en 
el tecnicismo de la bulla y zambra andaluza, nos representará al 
vivo las animadas ferias de Ronda y de Mairena, la majeza en 
toda su bravura: nos retratará al señorito garrido y flamante, 
chalán tramposo y embustero, en quien se perpetúa el famoso 
Ginés de Pasamonte; y también nos conducirá canceles adentro 
bajo los emparrados donde la animada sevillana desmenuza el 
bolero y el fandango, y donde la voluptuosa gaditana se zaran- 
dea con el ole y la zarabanda y los demás derivados de aque- 
llas lúbricas danzas de las célebres hijas de la isla Eritrea, deli- 
cias de Marcial, Horacio y Petronio. 

Los pintores y escultores, finalmente, sacarán de las cos- 
tumbres y de los tipos lo más adecuado á su arte respectivo.' 
El pintor encuentra en las escenas de la vida común de Andalu- 
cía, forma, color, originalidad : para producir un cuadro de gé- 
nero, rico de tonos é interesante, no tiene más que ponerse á 
copiar: la buena -ventura, la improvisación cantada en el corti- 
jo, el baile en la hera, la disputa en la taberna ó en la romería, 
la familia gitana en su rancho, el coloquio amoroso á la reja/»^- 
¿ando ¿a pava, la buñolera de Sevilla, el barquero del Puerto, 
un grupo cualquiera de chalanes ó caleseros, con sus jacos y sus 
vehículos, ó sin ellos, parados ó caminando, tumbados durmien- 
do su siesta, ó en corro requebrando á una despótica maja, ya 
bebiendo, ya comiendo, ya jugando, ya rasgueando la guitarra 
y ululando, como decía Silio Itálico, las monótonas cañas de 
Tarteso, hubieran sido para un Wilkie, para un Hogarth, para 
un Goya, como lo fueron para el malogrado Becquer y como 
lo son hoy para sus imitadores, otras tantas ocasiones de fecun- 
da inspiración, modelos impagables de dibujo y de color, mina 
inagotable y variada de actitudes expresivas y de graciosos inci- 



I N TRO D-U ce I O N XV 



transportan la gente alegre y galana desde la Barqueta á la 
opuesta orilla, hacen tan vistoso el Guadalquivir como podía 
estarlo el Cefiso cuando cruzaban sus apacibles ondas las barcas 
de las familias griegas acudiendo con sus dones á las célebres 
fiestas de Minerva. No era más airosa y esbelta la joven Pana- 
tenea que lo es la grácil doncella sevillana con su canastillo de 
rosas en la cabeza, recuerdo involuntario de la garbosa cariátide 
corintia; ni la mozuela gaditana que hace sobre una mesa con el 
calañés en la palma de la mano las voluptuosas contorsiones del 
vito, presta menos motivo para una estatua que el sátiro tocando 
los platillos ó la siringa; ni sería inadecuada para hacer juego 
con el discóbolo, con ú. f atino del Capitolio ó con el gladiador, 
la característica figura que presenta á veces el guapo sevillano 
de las aftieras de la puerta de Carmona, cuando, después de las 
intimaciones de costumbre y de rehusar el barato y del «vamos 
allá», blandiendo la despiadada del santo-óleo, quedan él y su 
contrario por largo espacio, como helados, con la navaja en alto 
y la capa liada al brazo izquierdo sin descargar el golpe. Los 
legítimos tipos andaluces, que velozmente se van perdiendo, son 
tan dignos de estudio, por lo menos, como los que oñ*ecen Italia, 
Grecia, Egipto y los pueblos de Oriente, nunca exhaustos de 
bellezas y de poesía; pero, séanos lícito repetirlo, la belleza de 
esos tipos no está donde la busca el vulgo de los artistas del 
país: no en lo abultado de la pantorrilla, no en la prensada car- 
nosidad del pié de la bolera, ni en la tesura del majo fino en 
día de fiesta; no está en la fiel y paciente y chinesca reproduc- 
ción de todo cuanto los tipos de la tierra ofi"ecen de bueno y 
malo sin elección. Doloroso es confesarlo, pocos son los pinto- 
res andaluces capaces de ver y sentir las verdaderas bellezas 
que pasan por delante de sus ojos, y quizá habrá que acudir 
mañana á las carteras de algunos pintores extranjeros para ilus- 
trar la vida popular de la Bética, cuando la tiránica y devora- 
dora civilización industrial haya nivelado todas las provincias 
de España y fundido en su prosaico crisol sus razas, sus usos y 



XVI INTRODUCCIÓN 



SUS dialectos. Y basta de digresiones por el terreno privativo 
del arte impropiamente llamado de género. 

Cada cual puede estudiar en los tipos, caracteres y costum- 
bres de la España meridional, lo más acomodado á su genio sin 
invadir el dominio ajeno; más aún, no es requisito indispensa- 
ble tener alma de artista para hallar en ellos atractivo, dado 
que, aun considerados científicamente, es su análisis fecundo en 
resultados y abre vastísimo campo al etnólogo, al historiador, 
al anticuario y al humanista, para sabrosos y entretenidos dis- 
cursos. 

Lo mismo se verifica respecto de la naturaleza inanimada: 
el geólogo, por ejemplo, estudia las pintorescas montañas de 
esas numerosas sierras que limitan y amparan las pingües lla- 
nuras de Sevilla y Cádiz, la magnífica constitución de la zona 
hética; ve en conjunto lo que á los ojos vulgares aparece casual 
y desmenuzado, observa el encadenamiento de los ramales, y 
traza en el papel con pocas y seguras líneas el grandioso cuadro 
de las barreras naturales ó brazos que, partiendo del gigantesco 
Briareo de Sierra-Morena, ciñen la tierra de Sevilla en sus con- 
fines con Extremadura y con Málaga, la separan de la de Cádiz, 
y aislan esta provincia contornándola por un lado con una cade- 
na de sierras que tiene su último eslabón en el Puerto, y por el 
otro con otra cordillera que, á guisa de cordón deshecho, lleva 
un cabo á Algeciras y sumerge otro en el golfo de Gibraltar. 

En estas mismas cordilleras descubre el mineralogista pre- 
ciosas canteras de mármoles que hacen famosa la sierra de 
Ronda, ricos criaderos de plata y cobre que hicieron un tiempo 
de la sierra de Constantina el sueño dorado de los mineros del 
continente. Guadalcanal, Almadén de la Plata, Fuente Reina, son 
hoy quizá las cicatrices mal cerradas de aquellas innumerables 
bocas por donde desfogaba su plétora bajo la dominación de los 
codiciosos fenicios y cartagineses la riqueza metálica de Tar- 
teso. 

El botanista y el agrónomo hallan un campo inexplorado de 



CÁDIZ. — Tipo de hombre del' pueblo 



INTRODUCCIÓN XI 



dentes. De la fiel observación de las costumbres meridionales, 
sin quitar ni poner, sacó el ingenio de Cervantes la linda figura 
de Preciosa, la descarnada de su supuesta abuela la vieja gitana, 
la egipciaca y varonil de aquel elocuente truhán que hizo á 
D. Juan de Cárcamo la viva pintura de las costumbres de su 
tribu: y ¡qué cuadros no podrá componer un pincel ejercitado 
representando con colores materiales aquellas mismas escenas 
del gran novelista, verbigracia la ruidosa entrada de la Gitani- 
11a en Madrid á son de tamboril y castañetas, rodeada de otros 
gitanos de su aduar y de los muchachos y mujeres que acuden 
á verla bailar tocando las sonajas y cantando el romance de 
Sta. Ana; ó la profesión de gitano del enamorado D. Juan, cuan- 
do sentado sobre el alcornoque, en el rancho adornado de ra- 
mos y juncia, con el martillo y las tenazas en la mano, y pre- 
sentes otros gitanos de ambos sexos, oye de boca del gitano 
viejo que le entrega á Preciosa aquellas terribles palabras : « nos- 
otros somos los jueces y los verdugos de nuestras esposas ó 
amigas ; con la misma facilidad las matamos y las enterramos 
por las montañas y desiertos, como si fueran animales nocivos : 
no hay pariente que las vengue, ni padres que nos pidan su 
muerte » ! Todo, en efecto, es aún en el pueblo de Andalucía 
(y lo era mucho más hace cincuenta años) característico y pin- 
toresco: sus fisonomías, sus trajes abigarrados, los jaeces de 
las bestias, el ornato ninivita y babilónico de los arreos. Figu- 
raos un pintor observador y perspicaz como Teniers, y enér- 
gico como Salvator Rosa: un Fortuny, por ejemplo: ¡qué par- 
tido no hubiera él sacado de cualquiera de esas dramáticas 
meriendas de gitanos que suelen ser el final obligado del peli- 
groso ejercicio de las alumnas de Telethusa (i)! 

Una moza desenvuelta y provocativa, pero irremisiblemente 
casta, eso sí, pues si no lo fuera no existiría, baila el ole en me- 
dio de un gran corro de gitanos y gitanas, jóvenes y viejos, en- 



( I ) Célebre bailarina de la antigua Gades, inmortalizada por Marcial y Petronio. 



XII INTRODUCCIÓN 



tre los cuales hay un mocito boquirrubio, cristiano alegrillo y 
un tantico curioso, que no sabe en qué nido se ha metido ni en- 
tre qué casta de pajarracos anda revuelto. Comienza el braceo 
con los redobles de las castañuelas, acompáñale el muelle conto- 
neo del cuerpo, el menudo taconeo y la lánguida mirada, y la 
t poesía del deleite (i) » se anima y crece con las exclamaciones 
del insaciable enjambre: <i. ¡bien par ao! déala que se canse ; ¡más 
puee! ¡más puee! ^ Y todos acompañan el son y la danza con 
palmaditas acompasadas, y la doncella cobriza se enardece, y 
aumenta la excitación de los ya exaltados cerebros, y el incauto 
extranjero sale de sus casillas, y. la graciosa bacante que le se- 
duce, después de hecho el último esfuerzo, cae en su asiento 
exhausta y hecha pedazos, lanzándole una mirada que le derrite 
el corazón. El pobre blanquillo, que no conoce la naturaleza es- 
pecial del gitano, interpreta aquella mirada por las reglas de la 
pantomima europea, y mientras la gente morena se refresca con 
aguardiente y manzanilla, se propasa imprudente á declaracio- 
nes y pesadeces que entre nuestras errantes bayaderas jamás 
se consienten. La bailadora, verdadero ponche helado para un 
sofocón, recobra repentinamente su dignidad egipcia: el fascina- 
do mocito se queda petrificado sin saber lo que le pasa, y la pa- 
rentela masculina de la mala hembra le saca de su estupor con 
un astillazo ó un chirlo, y acaba la zambra con navajadas y cabe- 
zas rotas. 

En este drama hay ¿quién lo diria? accidentes no pocos para 
satisfacer el más delicado instinto de lo bello, y en los cuales 
sin embargo casi nadie repara; pero si un escultor, familiarizado 
con las creaciones del genio griego y latino, acierta á detenerse 
en Cádiz ó en Sevilla á la entrada de un ventorrillo ó á la puer- 
ta del corral donde suena el castañeteo, y la curiosidad le mue- 
ve á contemplar el expresivo baile del ole ó de la zarabanda^ 
presto sorprenderá entre las voluptuosas posturas de la mujer 



d) Die foesie der Wolliisl, llama Hubcr á los bailes gaditanos. 




SEVILLA. — Tipo de mujer del pueblo 



I N T K o U U C C I o N XIII 



la de la famosa Venus Callipige de Ñapóles y la de la Bacante 
de la villa Albani. Los artistas de la antigüedad, entre quienes 
no era privilegio especial dado á muy pocos, como lo es hoy, la 
percepción clara y sin velo de la belleza, sacaban gran partido 
de las escenas comunes: ellos vieron la mencionada lindísima 
estatua en la vulgivaga Telethusa, como vieron en otras mozue- 
las dedicadas al mismo ejercicio, de las que llamaría Cervantes 
de la casa llana^ la linda figura 'que baila en un banquete noc- 
turno y que admiramos hoy en un vaso etrusco del Museo Bor- 
bónico, y otra más que con purísimo deleite estudian los aficio- 
nados de moral más severa entre las pinturas del sepulcro de 
Cuma, rodeada de espectadores en actitud de llevar el compás 
dando palmadas y de excitarla con exclamaciones, ni más ni 
menos que como lo hacen hoy los bravos de Andalucía. Porque 
■ debemos observar, aunque sea de pasada, que el genio que ba- 
jo la corteza de lo vulgar y común sabe encontrar la verdadera 
belleza, saca la forma pura con toda su original pudicicia del cie- 
no con que la deslustra y deforma el vicio, como el minero saca 
el oro del fango de la mina. No son numerosos en verdad los 
genios; así que, esos hermosos trasuntos de la forma corpórea 
purgada de sus imperfecciones accidentales, sólo se hallan en 
los vasos antiguos, en los bajo -relieves y estatuas griegas, en 
algunas tablas de Rafael y de Pusino; pero la naturaleza es 
siempre igualmente fecunda, y si los buenos artistas escasean, 
no faltan por cierto modelos que ostenten la más hermosa crea- 
ción de Dios en toda su virginal pureza entre esas doncellas 
singulares de la vagamunda raza oriental que con tanta frecuen- 
cia recordamos, llenas de majestad aunque sumidas en la abyec- 
ción, castas y sin pudor, provocativas y sin amor, que cantan y 
bailan y tienen la mirada melancólica, que parecen hijas de reyes 
egipcios y nacen de sangre de chalanes y ladrones. 

Es menester saber buscar, y ver, y sentir, cuando se trata 
de copiar: para los talentos adocenados no hay en las escenas 
populares sino lances muy comunes; lo defectuoso y malo es lo 



XIV INTRODUCCIÓN 



Único que á sus ojos se presenta; y aun así y todo, todavía es 
para mí un desiderátum un cuadro bueno sobre el manoseado 
tema de las costumbres andaluzas de majencia y bravura, con 
sus peripecias, sus contrastes, sus movimientos y su fuga, sus 
dramas y sus horrores, ó sus lances cómicos y su chistosa ani- 
mación. Vemos por todas partes en las casas de Andalucía de 
anticuado pergeño, pinturas de tipos y de escenas meridionales: 
la bolera, el majo, el contrabandista, los famosos niños deEcija, 
el último bandolero de vida épica y verdadero rey de la Sierra, 
José María, anduvieron prodigados por las blanqueadas pare- 
des y hasta por los témpanos de las panderetas causándonos 
hastío; y con tanto copiar y recopiar esos tipos, con tanto 
repetir y multiplicar pelanduscas bailando el fandango, y ma- 
jos empalagosos paseando la calle de la Sierpe ó la Velada^ 
y bandoleros á caballo con la mozuela en ancas y el trabuco al 
costado, y el robo en el despoblado, y el baile sobre la mesa 
en el ventorrillo, y el pabellón de la gitana buñolera en la feria, 
y la florida romería á Santiponce, apenas advertimos en aquellas 
paredes un lienzo entre ciento que tenga color, carácter, gracia é 
interés : apenas entre cien pintores descuella uno que haya sabi- 
do encontrar la perla de la belleza , clásica ó romántica , en 
el profundo y revuelto golfo de las sensaciones de lá vida 
común. 

Si Sevilla estuviera habitada por atenienses, veríamos tras- 
ladados al bajo-relieve en frisos, basas y métopas, los bellísimos 
grupos que descubre á cada paso en la feria de Santiponce el 
ojo educado en las graciosas y sencillas composiciones de la 
escuela de Praxiteles. Aquellas carretas cubiertas de ramaje olo- 
roso que vienen por el puente de Triana conduciendo á las gi- 
tanas y corraleras, puestas en pié con gesto majestuoso, con 
las flores desmayadas elegantemente prendidas al cabello, tira- 
das de corpulentos y hermosos bueyes engalanados con guirnal- 
das, se enlazan en la imaginación á los más poéticos recuerdos 
del paganismo. Los bateles empavesados de cintas y flores que 



INTRODUCCIÓN XVII 



abundantísima cosecha en esas mismas montañas cuya cima co- 
ronan perpetuas nieves y en cuya falda se crían las plantas tro- 
picales, la caña de azúcar, el algodón, el arroz, el naranjo, el 
limonero, la palma; y en esas llanuras, donde si la mano del 
hombre está ociosa, la naturaleza está en acción continua y hace 
espontáneamente brotar el romero, el cantueso, el tomillo, la 
adelfa, el oruzuz, el palmito, la jara, el arrayán, la madreselva, 
el higo chumbo y la pita; donde desde la barrera de los Montes 
Marianos hasta las franjas de arena y peñascos en que mueren 
ó se estrellan las olas del Estrecho, tiende la risueña Flora 
de Mayo y Junio su espléndida vestidura de corolas de todos 
matices, que, como embalsamadas copas de rubí, de amatista, 
de turquesa y de topacio, embriagan al pasajero evaporando al 
sol sus esencias. 

Tomando, pues, nosotros la parte que legítimamente nos 
pertenece, sin entrometernos en las útiles tareas del naturalista 
y del filólogo, y sin invadir con demasiada frecuencia el terreno 
del narrador de viajes, declaramos del dominio de nuestra pluma 
cuantas bellezas vayamos descubriendo en los tipos y caracteres, 
en los usos, en la naturaleza, en el arte, en todo lo manifiesto 
por fin de las obras de Dios y del hombre, en la privilegiada 
tierra que riega el Guadalquivir después de engrosado con el 
caudaloso tributo del Genil, y que sirve de dique á las encres- 
padas olas de dos mares desde Sanlúcar á la boca del Guadiaro. 
Nuestra misión abraza todo lo bello y memorable del mundo 
moral y material dentro de la escena en que nos hemos consti- 
tuido: lo bello, porque describimos bellezas; lo memorable, por- 
que perpetuamos gloriosos recuerdos. La historia va adherida 
á los monumentos del arte como el musgo y la hiedra á las 
ruinas; ella da á las rotas arquerías, á los carcomidos capiteles, 
á las mutiladas estatuas el carácter venerando que los convierte 
á nuestros ojos en reliquias poco menos que sagradas. 

Describiremos por consiguiente las bellezas de las razas an- 
daluzas, de los monumentos artísticos que levantaron, del país 



XVIll INTRODUCCIÓN 



que les sirve de teatro: evocaremos los recuerdos del tiempo 
pasado, que explican la amalgama de pueblos tan diferentes en 
sus orígenes, que animan las olvidadas ruinas y dan elocuente 
voz á las mudas piedras: que hacen llorar al hombre amante de 
la verdadera civilización de su patria cuando contempla cómo la 
segur asoladora del tiempo, la ciega furia de las revoluciones, y 
la ignorancia, que es el inseparable prosélito de la violencia, van 
pulverizando las maravillas del arte que fué y yermando la de- 
liciosa tierra que la antigua cultura había convertido en un pa- 
raíso. 

En la región que vamos á explorar hay un riquísimo depó- 
sito de toda grandeza fenecida y olvidada: allí memorias palpitan- 
tes de miles de años transcurridos, allí vestigios intactos de las 
codiciosas empresas del cartaginés, de la magnificencia del ro- 
mano, de la elegante voluptuosidad del sarraceno, de la robusta 
fe del godo. De estos recuerdos, de estas bellezas hablaremos: 
que las bellezas de las ciencias tienen para Cádiz y Sevilla sus 
panegiristas en los alumnos de Dioscórides, de Cuvier, de La- 
gasca, de Berzelius, de Arago, etc. 

Y sin embargo, nuestro programa comprende la historia en- 
tera y la completa manifestación de todas las maravillas natu- 
rales y artificiales de un país determinado. Pero la comprensión 
del hombre es muy limitada, y no hay ninguno que sea capaz 
de abarcar con ella la suma infinita de fenómenos que en sus 
tres conceptos de bueno, útil y bello, encierra la Creación. En la 
inmensa cadena de la naturaleza animada, desde el impercepti- 
ble infusorio hasta el glorioso querubín, hay arcanos para apu- 
rar el genio y la constancia de millones de sabios dedicados 
todos á especulaciones diferentes; y en la de la naturaleza física 
y material, desde el conocimiento del simple átomo hasta el de 
los innumerables mundos lanzados al espacio por la diestra del 
Omnipotente, caben, sin hacer más que desflorar la materia, 
cuantas lucubraciones pueden sugerir á la mente humana con 
el ostentoso apelativo de ciencia, su ansia febril de saber y 



INTRODUCCIÓN XIX 



SU loco oreullo. Por esto Dios en sus altos desiofnios traza á 
la actividad de cada inteligencia su rumbo especial, dándonos 
vocaciones diferentes. Pone en la mano del geómetra el compás, 
en la del astrólogo el telescopio, en la del geólogo el barreno, 
en la del zoólogo el escalpelo, en la del anticuario la historia y 
el monumento: da el cincel ó la paleta al artista, lleva al monte 
y á la llanura al paisista con su cartera, al criptógamo con su 
cuchillo, al que estudia los insectos con su manga; detiene de- 
lante del grupo donde se bebe ó se baila ó se canta, y delante 
del ruinoso edificio, al pintor de costumbres ó de perspectivas; 
impele al arqueólogo á desenterrar las ruinas seculares y al his- 
toriador á rescatar del polvo de los archivos los carcomidos do- 
cumentos. Á todos proporciona medios adecuados para com- 
prender en sus obras alguna pequeña parte de sus divinas per- 
fecciones y atributos. 

Revela al historiador su providencia, al naturalista filósofo 
su sabiduría y su poder, al artista y al poeta su multiforme be- 
lleza. No se deleitan el historiador, el artista, el literato, con 
una simple yerbecilla, como se deleita el geógrafo-botánico si 
logra aumentar con un nuevo vegetal alguna de las familias 
conocidas, ó si descubre entre las plantas tropicales que mati- 
zan y embalsaman la falda de la Sierra un rododendro ó cual- 
quier otro subdito prófugo de la Flora Alpina; pero tampoco el 
naturalista exulta gozoso como el arqueólogo si tropieza con un 
ignorado bajo-relieve romano ó visigodo, ó con cualquiera otra 
reliquia artística interesante. El hombre científico pensador, al 
contemplar el gran verjel que limitan y comparten las sierras 
andaluzas, admira la infinita sabiduría de aquel que para hacer 
fructífera esa tierra, deshace en lluvia las nubes que á modo de 
gasas se prenden á los altos picos de Sierra-Morena, de Sierra 
de Gazules y de Gibalbín, la humedece con blando rocío, la 
abriga á veces durante el invierno con las nevadas que al mis- 
mo tiempo contribuyen á fecundarla con sus sales, la enjuga 
cuando conviene con las tempestades de primavera, cuyos hu- 



XX .INTRODUCCIÓN 



racanes preservan de toda corrupción la atmósfera, y la de- 
fiende de los vientos ateridos del norte y del levante con esa 
barrera de montañas; ve en esas cordilleras inclinadas de oriente 
á ocaso las cortinas que tiende Dios para impedir la disipación 
de los vapores y condensarlos en agua bienhechora, los vastos 
filtros en que destila las aguas potables con que templan su sed 
los hombres y los ganados, los anchurosos cauces por donde 
vierte á la llanura los cristalinos manantiales que luego son 
arroyos y caudalosos ríos; ve en ellas el albergue que su solici- 
tud paternal dispuso para tantos animales que dan á la criatura 
humana sustento y abrigo, el asiento y la nutrición de infinidad 
de árboles, arbustos y plantas salutíferas que no prosperan ni 
se dan en la rasa campiña, el receptáculo de muchos metales y 
minerales necesarios para las artes y la industria y cuya gene- 
ración no podría hacerse bien por falta de humedad en los te- 
rrenos bajos y llanos; ve finalmente en esas montañas las ubres 
que destilan exquisitos vinos, los senos que ocultan las piedras 
preciosas; y su corazón, penetrado de religioso asombro y de 
reconocimiento profundo hacia el autor y regulador de la pró- 
vida naturaleza, siempre que contempla y estudia la varia y 
multiforme región de la Bética, ya la considere dorando el sol 
las rubicundas mieses y los verdosos olivares de sus campos, 
ya se la imagine sumergida durante la noche en las estrelladas 
tinieblas del éter en que gira el orbe, ya cubierta de flores, ya 
envuelta en el blanco manto de las nieves que en ella rara vez 
se teje, aquí orlada de pámpanos, allá coronada de espigas, une 
el himno espontáneo de sus alabanzas á la general armonía que 
levantan hasta el trono del Eterno las esferas. 

El artista encuentra bellezas sin cuento, que elevan su alma 
al Hacedor, en las líneas de los horizontes, en los tonos de las 
arboledas, de las montañas, de los celajes, en los juegos de la 
luz sobre la rústica superficie de los montes que el ambiente 
interpuesto convierte en transparentes velos de plata y oro cu- 
briendo caprichosos pabellones de raso azul. El poeta de alma 



INTRODUCCIÓN XXI 



ardiente é intranquila prorumpe en cánticos de gratitud al dis- 
pensador de la paz y del descanso, fascinado por el espectáculo 
de la llanura al caer el sol en su lecho de púrpura, á la hora en 
que regresa el labrador al cortijo y el pastor á su majada, y en 
que se hace en los campos el religioso y elocuente silencio que 
invade las montañas, sólo interrumpido por el toque de oracio- 
nes, el ladrido del mastín que guarda el ganado y el zumbido 
del insecto. El historiador y el arqueólogo, penetrados de alto 
respeto al entrever en los monumentos de la Bética las señales 
del cumplimiento de un decreto providencial ignorado, cuyo sa- 
grado nema sólo ha de abrirse á la consumación de los siglos, 
se limitan á admirar la manera cómo se han ido sucediendo en 
esta región, llamada sin duda á muy excelsos fines, todos los 
acontecimientos más grandes de la regeneración del linaje hu- 
mano en la península Ibérica, de su preparación para recibir 
la semilla fecunda del cristianismo, y de su constante fe en la 
civilización inaugurada por el Evangelio. 

Decid vosotras vuestra verdadera significación, ruinas vene- 
randas de Carteya, carcomidos cimientos de Gades, que dormís 
bajo las cerúleas ondas del Océano, memorias enterradas de 
Medina-Sidonia y de Sevilla, preciosas reliquias de Itálica, dis- 
frazadas ó derruidas basílicas visigodas, ostentosos alminares 
africanos, grandes y magníficos templos ojivales. Revelad vos- 
otros el secreto de las conquistas é incursiones, derrotas san- 
grientas, enconadas rivalidades y glosiosos triunfos que estáis 
atestiguando. Manifestad qué destino atrajo á las costas un 
tiempo afortunadas de Tarteso á los pueblos más activos, in- 
dustriosos, inteligentes y fuertes de la antigüedad: al Turdeta- 
no morigerado, al impetuoso Libio, al Griego astuto, al Celta 
robusto, al Rodio mareante, al Fenicio emprendedor, al Carta- 
ginés codicioso, al Romano soberbio; y después al Vándalo sen- 
sual, al Sarraceno vanaglorioso, al sobrio y temible Castellano. 

Entramos en el terreno propio del arte y de la historia: 
mucho tenemos que recorrer, y conviene tomar aliento antes de 



XXII INTRODUCCIÓN 



lanzarnos á nuestras peregrinaciones, no siempre bonancibles 
en la descuidada tierra donde colocaron la morada de los bien- 
aventurados los poetas de la antigüedad. 



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VISTA GENERAL Dp SEVILLA 



CAPITULO I 



Nociones geográficas y etnológicas relativas á las dos provincias de 
Sevilla y Cádiz 




I alguna comarca ó porción del globo, dice un acre- 
itado historiador contemporáneo (i), parece hecha 
designada por el grande autor de la naturaleza 
para ser habitada por un pueblo reunido en cuer- 
po de nación, esta comarca, este país es la Espa- 
ña.» Respetando nosotros la convicción que la ha 
sugerido, creemos esta aseveración inexacta, porque cabalmen- 
te, y como lo reconoce más adelante su mismo autor, apenas 
podrá citarse un país por su propia topografía más ocasionado 
á las invasiones de los extraños y á presentar en cuadro confu- 
so la coexistencia de distintos pueblos, de distintos idiomas, de 
diversas y variadas costumbres. Considerar los montes y los 
mares como obstáculos contra la poderosa actividad de las razas 
humanas, sólo le sería lícito al hombre recién salido de las ma- 



(i) D. Modesto Lafuente en su llislorict general de España. Part. i.% lib. I, 
cap. I . 



24 SEVILLAYCÁDIZ 



nos del Hacedor: sólo él podría figurarse que por tener España 
el antemural de los Pirineos en su unión con el resto del conti- 
nente, y por límites dos mares en todo lo demás de su circuito, 
la había formado Dios para ser « la mansión de un pueblo aisla- 
do y uniforme, ni inquietador de los otros, ni por los otros in- 
quietado (i).» 

En los instintos naturales del ser humano hay algo sin duda 
que le impulsa hacia los obstáculos y dificultades para tener el 
placer de vencerlos. Desde los más remotos tiempos, las áspe- 
ras cordilleras y las instables ondas, fueron, si no verdaderos 
alicientes para las emigraciones del hombre inquieto y codicio- 
so, por lo menos la vía conocida, si bien la más peligrosa, para 
la satisfacción de esa natural codicia: porque el mismo hombre 
de las primeras edades debió mirar las gargantas de las unas 
como puertas franqueadas por la Providencia para la comunica- 
ción con sus semejantes, y el bonancible seno de las otras como 
un elemento análogo á la región etérea en que vive el ave, tan 
favorable como ella á la rápida traslación de los seres ani- 
mados. 

España, por otra parte, por la conformación interior de su 
suelo, todo repartido y cortado por interminables ramales de 
montañas preñadas de ricos minerales, de sierras exuberantes 
en vegetales de todas las zonas y de lomas coronadas de vides, 
viene á ser como el modelo de aquellas estatuas simbólicas 
llenas de ubres con que los griegos representaron la Abun- 
dancia; á lo cual se agrega el ser por su posición en el confín 
occidental de Europa, bajo un clima, templado para los habi- 
tantes de las gélidas regiones septentrionales, y fresco para los 
hijos de las abrasadas tierras del austro, como un punto de 
parada indicado por la naturaleza misma, como el término for- 
zoso de las peregrinaciones de la raza humana al alejarse de su 



(i) D. Modesto Lakuente en su Historia, general de España. Part. i .*, lib. I, 
cap. I. 



SEVILLAYCÁDIZ 2^ 



cuna. No sorprenderá, pues, que desde los primitivos tiempos, 
cuando los pueblos de los tres continentes unidos veían en los 
abismos del Atlántico el límite del mundo habitado, fuese la 
Península Ibérica la meta, por decirlo así, á la cual se encami- 
nasen en sus terribles correrías por la Escitia y la Germania, 
por el Asia menor, el Mediterráneo y la Libia, las impetuosas 
tribus nómadas del Oriente. Así en efecto se verificó. 

Mucho antes de los tiempos en que para nosotros comien- 
zan las revelaciones históricas, ya había en España pueblos de 
razas y derivaciones distintas : unos la habían invadido por el 
norte, otros por levante y mediodía, aquellos por las gargantas 
y vertientes de los Pirineos, éstos por el África y el Mediterrá- 
neo, y todos, al cabo de sus largas peregrinaciones, venían á 
encontrarse en la última tierra occidental del mundo conocido 
tan cercanos unos de otros como lo estaban sus diversos puntos 
de partida. Porque esta era como la tierra de promisión y el 
objeto final de todos los viajes terrestres y marítimos para las 
razas aventureras, mientras duraba la creencia de que no había 
más allá tierra donde seguir fatigando: verdadero descanso para 
la actividad invasora de los hombres hasta que llegase el tiempo 
en que, regularizadas las antiguas conquistas y sazonado el fruto 
de la civilización cristiana, se pusiese de manifiesto á Colón otro 
continente allende el Atlántico, y desde esta misma España, antes 
país de descanso, impulsase Dios las carabelas de la gran reina 
católica á trasponer aquellos mares , trémulas y tímidas á veces 
como aves que vuelan en bandada sobre un ignorado abismo. 

(¿Y cómo no habían de codiciar todos los pueblos antiguos 
la posesión de España, donde sólo la Bética, prescindiendo de 
sus otras fértilísimas provincias, abundante en toda clase de 
frutos, facilísima al acceso de sus naves, les brindaba con goces 
tales que la ardorosa imaginación de un Homero los juzgó dig- 
no premio para las almas de los justos (i).'^ 



(i) Ibi piorum sedes et Campiim Elysíiim fínxit, dice Estrabón refiriéndose á 
Homero. Lib. III. 



26 SEVILLA Y CÁDIZ 



Cábenles principalmente á las provincias de Sevilla y Cádiz 
tan especiales preeminencias. Era tal la riqueza de su suelo, que 
antes que aportaran á las costas andaluzas los cartagineses, 
ya usaban los turdetanos pesebres y tinajas de plata, según 
afirma Estrabón, confirmando el supuesto de no haber país en 
el mundo donde se halle tanta copia de metales preciosos como 
en España. Á esto se junta, añade el célebre geógrafo, que 
aunque la tierra enriquecida de minerales suele en otras partes 
carecer de abundancia de otros frutos, y aunque es raro que 
una región pequeña goce de toda suerte de metales, con todo 
esto la Turdetania, y lo que está junto á ella, abunda en tal 
grado de unos y otros bienes, que no hay alabanza digna de su 
excelencia. Y si esto se afirmaba de la Turdetania, en la que se 
halla comprendida nuestra actual provincia de Sevilla, no meno- 
res grandezas cuentan los antiguos cosmógrafos de la de Cádiz, 
primitivamente denominada Tartéside, pues sobre haber quien 
sostenga con ingeniosos argumentos ser esta región aquel El- 
dorado de los tiempos bíblicos que en las Sagradas Escritu- 
ras se nombra Tharsis, en ella fué donde particularmente situó 
la fábula, inspirada por las prístinas creencias, la eterna prima- 
vera de los Campos Elíseos, la opulencia de Gerión y la feliz 
longevidad de Argantonio. 

Lo mismo que las provincias de Jaén y Córdoba, cuya for- 
mación geológica ofrece á primera vista un inmenso depósito 
terciario dejado por la mar, que en un principio las cubría, entre 
las dos largas cordilleras de los montes Marianos y del Oros- 
peda, presenta la de Sevilla una dilatada llanura limitada por 
varios ramales de aquellas mismas barreras, defendida de las 
inclemencias del cierzo por una de ellas, contornada de norte á 
mediodía por varias corrientes de agua, y fertilizada en lo inte- 
rior por un río caudaloso y sus diversos tributarios. Es la cuen- 
ca ó planicie de la campiña sevillana como un anchuroso golfo 
de arena, cal y arcilla, que tiene por costas los contrafuertes y 
estribos de las sierras Morena y de Ronda, con lomas que 



SEVILLA Y CÁDIZ "^1 



forman en ella suaves ondulaciones; de manera que á no ser por 
las poblaciones diseminadas en toda su extensión y por sus ar- 
boledas, podría parecer un inmenso seno marítimo, una verda- 
dera prolongación de los dominios de líquida esmeralda de 
Neptuno cuando las lluvias autumnales cubren aquellas arcillas 
de espesa y sustanciosa yerba. Lo parecería sin duda alguna 
recién salvada de la catástrofe del Diluvio, cuando el dedo de 
Dios omnipotente acababa de trazar en la superficie de la tierra, 
con la despedazada costra de granito de la formación primitiva 
y las rocas calizas de otro involucro posterior, las dos cordilleras 
entre las cuales se extiende. Las llanuras de Sevilla conservan 
casi el nivel del mar desde el punto en que el Guadalquivir se 
separa en tres brazos para formar las dos Islas mayor y menor, 
tomando por su tono gran semejanza con las Pampas de Bue- 
nos-Aires, hasta terminar en las marismas frente á Lebrija, 
Trebejuna y los confines de la famosa bahía de Cádiz. Las dos 
cordilleras que abrigan estas llanuras son , como dejamos indi- 
cado, de naturaleza diferente; las sierras de Constantina y de 
Leita, que vienen á ocupar el centro septentrional de la provin- 
cia, no presentan el aspecto risueño de la amenísima sierra de 
Córdoba con aquellas cañadas cubiertas de jardines, de bosques, 
de naranjos, limoneros y toda especie de frutales. Están mucho 
menos cubiertas de tierra vegetal, son más escarpadas, desnu- 
das y sombrías, y sólo en algunos puntos aparecen pobladas de 
extensos bosques de robles. Una línea cuya dirección puede 
señalarse por Constantina, Cazalla y las alturas que van del 
Ronquillo á la venta de Valde-Febrero, marca la región culmi- 
nante de la Sierra-Morena sevillana: esta región se eleva más 
de mil metros sobre el suelo llano de la campiña, lleva entre 
sus enriscados cerros cónicos deliciosos valles y mesas que po- 
nen de manifiesto los senos donde estacionó la mar cuando 
cubría todo nuestro continente, y por una disposición particular 
de estos valles y de sus contrafuertes, se diferencia singular- 
mente de todas las cadenas de montañas en general en que 



28 S E V I L L A V C A D I Z 

carece de línea divisoria de aguas, de tal manera, que las co- 
rrientes como el Guadiato, el Galapagar, el Güezna, el Biar, la 
Cala y otras, naciendo en la vertiente norte de las últimas cade- 
nas de la sierra, atraviesan esta y su región montañosa, contor- 
nan los macizos que la forman, y vierten por el mediodía cons- 
tituyendo los confluyentes de la derecha del Guadalquivir. Las 
sierras de Osuna, Montellano y Algodonales, que son la parte 
de la cordillera de Ronda comprendida en la provincia de Sevi- 
lla, presentan fisonomía diversa: el gran desarrollo de las rocas 
calizas les da riscos y picachos de formas agudas y sumamente 
pintorescas. En una y otra cordillera se detienen como encari- 
ñadas las nubes cuando el temido solano las impele, y es fre- 
cuente hallarse las cumbres de todo el sistema montuoso de la 
provincia coronadas de vapores, como sombras de gigantes 
asomadas á la espaciosa arena de un anfiteatro, mientras por la 
despejada atmósfera de la llanura la inunda el sol de luz y de 
calor. 

La falta de lluvias, consecuencia entre otras causas de la 
despoblación de los bosques y grandes arbolados, mantiene la 
atmósfera en un estado de enrarecimiento y sequedad perjudi- 
cial para los frutos de la tierra. Las montañas pierden su veje- 
tación, la llanura se va lentamente despojando de su mejor 
gala, la temperatura va siendo cada vez más cálida y molesta, 
y es de creer que el clima y el suelo de la privilegiada Bética 
en general haya degenerado mucho de su antigua excelen- 
cia. 

En los días de Estrabón no serían por cierto las orillas de sus 
ríos lo que son ahora: porque á lo vistoso de las innumerables 
poblaciones que se espejaban en sus márgenes, se añadía la 
amenidad de los Lucos^ bosques espesos y frondosos que her- 
moseaban los campos, compitiendo con ellos la multitud de 
plantas que ceñían los cauces de las aguas, de manera que á 
cualquier parte donde se dirigiese la vista, hallaba recreo, ya 
en la variedad de las poblaciones y sus fábricas, ya en las sel- 



30 S E V I L L A Y C Á D I Z 



vas, ya en las huertas y jardines (i). No arrastrarían entonces 
los aluviones á los álveos tanta copia de arenas desde las des- 
nudas montañas; navegábanse la mayor parte de los ríos con 
grandes ó pequeños vasos: llegaban hasta Sevilla los mayores, 
desde allí á Cantillana los de menos calado, y desde Cantillana 
á Córdoba proseguían las barcas. Atraídas las nubes por un 
gran número de canales de riego, serían las lluvias más con- 
tinuas y oportunas, y raro el fenómeno, hoy por desgracia 
frecuente, de ver defraudadas el cultivador todas sus esperan- 
zas cuando, después de haber prematuramente sazonado el fruto 
de la vid y del olivo bajo la impresión de un calor extremado, 
viene de repente tras un verano de sequía una importuna lluvia 
de agosto que abre la uva y pica la aceituna. Tampoco causa- 
ría tantos estragos como hoy el viento solano, cálido y seco, 
que hace acelerar en la primavera la granazón de los cereales 
y secarse los granos antes de tiempo, semejantes á los jóvenes 
reducidos por los vicios á vejez prematura, y que sacude con 
violencia las ramas en flor arrancándoles sus botones y disper- 
sando el polen fecundante de las que permanecen unidas á los 
árboles. Finalmente, cubiertos los montes y la llanura de arbo- 
ledas, ni soplaría tan inclemente como ahora el viento nordeste 
que quema con las escarchas los hermosos naranjales, ni esta- 
ría el cultivo casi exclusivamente reducido á granos y pastos, 
ni serían tan comunes en la extensa campiña que atraviesan el 
Betis, el Genil, el Guadiato, el Guadaira y el Salado, esos eria- 
les que de trecho en trecho la afean: triste compensación de 
los innumerables dones vertidos por la mano del Criador sobre 
la provincia toda. Sólo como para mostrar al viajero embelesa- 
do que no puede haber paraíso completo en la tierra, se en- 
cuentran llanuras estériles en los confines de las dos provincias 
de Córdoba y Sevilla, en el camino que conduce de Cantillana 



(i) Accedil speclandi amceuüas, locis tslis lucorum el alia stiirpium planlaíi'one 
excullis. EsTRABÓN, pág. 142. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



á la capital y en el término de Utrera. Estas llanuras, de dos y 
de cinco leguas, aparecen, ya cubiertas de lentiscos y encinas 
verdes de especie ruin, ya de palmitos y de espárragos silves- 
tres, verdes y blancos; ya son mustios arenales salpicados de 
algunos olivos secos y lacios, con los cuales la feraz naturaleza 
parece querer probar que ni en los mismos desiertos del medio- 
día de España sabe permanecer completamente inactiva. 

La provincia de Cádiz viene á ser el último tramo del gran 
lecho terciario tendido entre las cordilleras hacia el lado de la 
mar. La vertiente meridional de las sierras de Montellano, Al- 
godonales y Jerez, largo ramal del Orospeda que arranca en el 
nudo de Ronda, forma aproximadamente su límite boreal, y 
otro ramal que- parte del mismo nudo y va acompañando la co- 
rriente del Guadiaro traspasando la región de las nubes con las 
agudas crestas de las sierras de Ubrique y de Gazules, contor- 
na todo su límite oriental desde OÍ vera hasta Algeciras. Así, 
pues, esta provincia viene á formar dentro de la tenaza ú hor- 
quilla de los dos mencionados ramales del Orospeda, y con la 
costa marítima que constituye su tercer lado, una especie de 
Gran Delta semejante á la del Egipto, con la diferencia de ser 
allí dos brazos de un mismo río los que dibujan con la marina 
el triángulo famoso, al paso que aquí son dos cadenas de mon- 
tañas. Pero para los que gusten extremar las comparaciones, 
todavía ofrece el suelo gaditano una semejanza más completa 
con la Gran Delta del Egipto, si se considera la posición de los 
dos ríos Guadalete y Guadiaro, los cuales abarcando entre sus 
desembocaderos casi toda la costa de la provincia, se aproximan 
de tal manera en sus nacimientos, que parecen como los dos 
brazos Canópico y Agathodemon del fecundante Nilo. El Gua- 
dalete va lamiendo el pié de la cordillera del norte hasta fene- 
cer con ella en el Puerto de Santa María, y el Guadiaro ser- 
pentea faldeando ramales desprendidos del gigantesco San 
Cristóbal. 

No coinciden exactamente los límites jurisdiccionales de la 



32 S E V I L L A Y C A D I Z 



provincia de Cádiz con sus límites naturales: la sierra de Jerez, 
la ribera izquierda del Guadalquivir desde antes de juntarse en 
uno solo sus brazos, la sierra de Gibalbín y el llano de Caulina, 
quedan dentro de ella, y su línea divisoria con Sevilla por el 
norte va por el arroyo Romanina, los montes de Lebrija y el 
Salado de Morón á incorporarse con la cordillera de Montellano. 
Su costa marítima, por consiguiente, tampoco comienza en el 
Puerto de Santa María, sino en Sanlúcar de Barrameda, ó mejor 
dicho en Chipiona, si se considera la distancia de Sanlúcar á esta 
punta como desembocadero del Guadalquivir. 

No es la tierra de Cádiz tan llana como la de Sevilla: toda 
ella está cruzada por ramales de las dilatadas sierras que la 
limitan, que considerados en el mapa geográfico, parecen los 
flecos descompuestos de dos largas fi-anjas enlazadas. Danse la 
mano estos ramales unos con otros, y comparten la tierra ten- 
dida entre los dos grandes troncos de donde parten, en multi- 
tud de llanos, aislados unos de otros por las cortinas y los cru- 
ceros de otras tantas sierras, de trecho en trecho ligadas como 
los nudos de una red. De aquí el gran número de montañas 
interiores que toman el nombre de sierras y puertos. Pero de 
todas las sierras de la provincia, ninguna iguala en altivez á la 
llamada de San Cristóbal, que tiene por base otras sierras de 
por sí gigantescas, las cuales parece que la están aclamando 
por su rey, á la manera de los antiguos guerreros que levanta- 
ban sobre el pavés al que querían proclamar su caudillo y so- 
berano. Este rey de las montañas es la primera que divisan los 
navegantes que regresan de las Américas, y desde su cúspide 
se pueden distinguir con el anteojo el cabo de San Vicente y las 
ciudades de Cádiz, Sevilla, Córdoba, Granada, Málaga y Gibraltar, 

Si á la provincia de Sevilla señaló la naturaleza la mayor y 
mejor parte del gran río que en expresión de Marcial ciñe coro- 
na de oliva (i), para que ostentase ganados de vellón dorado y 



(i) Lib, I 2, Epígr. I oo. 



SEVILLA Y CÁDIZ 33 



compartiese con Córdoba la fama de los ricos aceites; á la de 
Cádiz dio viñedos que destilan fragante ámbar y líquido topa- 
cio, montes enriscados cubiertos de vejetación robusta, dehesas 
siempre verdes, huertas fertilizadas con las finísimas aguas de 
las sierras, y por último una espaciosa marina que con sus nu- 
merosas bahías, ensenadas, calas, estuarios y varaderos se 
ofrece á los mareantes del Mediterráneo y del Atlántico. El 
Guadalete es á la tierra de Cádiz lo que á la de Sevilla el Gua- 
dalquivir: uno y otro atraviesan la provincia que fecundan en la 
misma dirección de nordeste á sudoeste desembocando en el 
Océano, y los otros ríos principales de cada provincia son sus 
respectivos tributarios. El divino Betis (i) recibe desde que 
cruza el límite de la tierra de Córdoba, por la derecha numero- 
sas corrientes, calificadas unas de arroyos y otras de riberas, y 
como ríos de alguna importancia, el Biar, el Huelva, y sobre 
todo el Sanlúcar ó Guadiamar (antiguo Menuda) que vertía su 
caudal en el grande y famoso lago Ligústico (hoy Islas Mayor 
y Menor) ^ no lejos de un extenso bosque y del pueblo de So- 
lía (2), en aquellos tiempos de la España romana en que la 
madre del sacro río contenía menos arenas, y en que todavía 
duraban las dos anchurosas bocas por donde el Betis desaguaba 
en la mar. Por la izquierda recibe el Genil, Singilis de los 
romanos, que en Plinio se nombra Singulis y en el cronicón de 
Idacio Singilio, río antiguamente navegable desde que llegaba 
á Écija, y famoso, entre otros acontecimientos, por la batalla 
que tuvo allí el rey Rechila contra Andevoto; el Silicense (hoy 
Cortones)^ de que se acordó Hircio (3), y cuya dirección equi- 
vocó distraído el laborioso Rodrigo Caro suponiendo que des- 
agua en el Genil; y el Guadaira que desaparece todos los años 
durante los calores caniculares. El Guadalete, mencionado por 



(i) «y til, Deíis divino», etc. r-'ray L. de León en su famosa pro/ecia del Tajo. 
(2) Este bosque, uno de los famosos lucos de que habla Estrabón sin designar 
sus nombres, ha desaparecido por completo, y lo mismo el pueblo de Solía. 
(-^) De bello ale.w, cap. 57. 

5 



34 S E V I I. L A Y CÁ D I Z 



Avieno bajo el nombre de Cliryso (i), corre desde la sierra de 
Ronda á la bahía de Cádiz en dirección casi paralela á la del 
Guadalquivir. Engruesan su caudal, después de formado en las 
pintorescas asperezas de Grazalema, Olvera y Algodonales, 
varios arroyos y ramales, entre los que figura como principal 
tributario el Majaceite, individuo de su propia familia, que, de- 
biendo su nacimiento á la misma sierra, no pudiendo incorpo- 
rarse con él de niño por causa de la barrera de Grazalema, le 
sale al camino ya mozo y robusto, atravesando sierras, dehesas 
y campiñas. Dividía este río, según nos refiere el citado poeta 
geógrafo, á cuatro clases de gentes ó tribus, conocidas con los 
nombres de Libyfenices^ Masieiios, Sclbysinos y Tartesios; todos 
al parecer de la raza de los turdetanos, lo mismo que otra 
multitud de tribus en que estaba subdividida y fraccionada la 
gran familia Ibérica por la conformación material del territorio. 
Y es de advertir que no sólo variaban los nombres de las 
gentes ó tribus de una misma raza por las comarcas ó regiones 
en que se hallaban establecidas, sino á veces por la mera for- 
ma, ya púnica, ya griega, ya latina, de la nomenclatura adop- 
tada por los antiguos cosmógrafos é historiadores. Así, por 
ejemplo, su posición geográfica occidental hizo extensivo el 
nombre de Tartesios á todos los pueblos de la costa desde el 
Betis hasta el Estrecho: la forma de la nomenclatura hizo de 
los turdetanos dos tribus diferentes , turdetanos propiamente 
dichos en lengua púnica, y túrdíilos en lengua latina; y sin 
embargo tartesios, túrdulos y turdetanos eran todos una gen- 
te misma, sin más diferencia que llamar túrdulos ó turdeta- 
nos á los pobladores de toda la tierra comprendida en las que 
son hoy provincias de Córdoba, Sevilla y Cádiz, y tartesios á 
aquella parte de los mismos que poblaban la marina, por caer 
al occidente del mundo antiguo, según aquella expresión de 
Ovidio: 



(i) Ora, mcirit., vers. 419 y siguientes. 



^6 SEVILLAYCÁDIZ 



Presserat occíduus Tartesía litara Phcebus (i). 

Allí suponían los poetas que el sol desenganchaba los caballos 
de su carro. Por la propia razón que los árabes llamaron á la 
tierra del Guadiana Al-gJiarb^ expresando el mismo concepto 
geográfico, denominaron los antiguos pueblos de oriente Tar- 
teso, Tartesis ó Tartéside, á la región de la costa bética, objeto 
codiciado de sus expediciones marítimas; y no por otra causa 
dieron también igual nombre á su principal río, sin curarse del 
que hubieran podido aplicarle los habitantes aborígenes. — Son 
ociosas, pues, muchas reñidas controversias en que fatigaron 
tantas ingeniosas y eruditas plumas acerca de la diversidad de 
ciertas antiguas razas de la Bética y de algunas contradicciones 
que parecen notarse entre los cosmógrafos griegos y latinos, 
los cuales séame lícito sospecharlo, no tenían todos obligación 
de saber el significado de las voces de origen celta, fenicio, pú- 
nico, etc. 

Tarteso, dice un viajero moderno (2) citando al sabio orien- 
talista Betham, y siguiendo la opinión de otros eruditos de gran 
nota, es el Tharsis de la Biblia, palabra equivalente á la ultima 
terree de los escritores clásicos; región adonde quería dirigir- 
se Jonás huyendo del servicio del Señor (3). «Tharsis, añade — 
ó bien Tarteso, en la geografía incierta de los antiguos, á quie- 
nes de propósito engañaron los suspicaces y recelosos fenicios, 
propagandistas del libre tráfico, — fué por largo tiempo una voz 
vaga y genérica, semejante á la de nuestras Indias. Fué nom- 
bre que aplicaron indistintamente, ya á una región entera, ya á 



(i) Meiamorph.^ 15. 

(2) Ford, Hand book jor Iraveller-x in Spciin. Sección II, Andalucía. 

(3) Profecía de Jonás, cap, I, ver. 3. 

Bochart explica así la corrupción de Tharsis en Tarteso : de la voz Tarsis saca- 
ron los fenicios las de Tarseio y Tarseitas, de que fácilmente pudo provenir Tar- 
teso, duplicando por pleonasmo la primera letra ó mudando la s en r, como cuan- 
do se lee Aturia por Asyria. 



SEVILLA YCADIZ 37 



una ciudad, ya á un río, los autores que escribieron para Roma, 
que sin embargo de andar tan á ciegas como los demás, qui- 
sieron servirles de lazarillos. Mas cuando los romanos, después 
de subyugada Cartago, lograron la posesión exclusiva é incon- 
trastada de la Península, estas dificultades desaparecieron, por- 
que la región meridional de España recibió el nombre de Héti- 
ca, del río Betis que fertiliza sus más preciosas comarcas.» 

Dejemos, empero, subsistir el nombre de Tarteso ó Thar- 
sis, que tanta dicha y prosperidad revela en los documentos de 
la antigüedad sagrada y profana, y veamos de fijar claramente 
la posición de la tierra afortunada que juzgó digno paraíso para 
los justos el padre de la poesía. Ya hemos indicado que esta 
denominación se hizo extensiva á toda la región del sudoeste 
de Andalucía desde el Guadalquivir al Estrecho; pero es indu- 
dable que una de sus comarcas principalmente fué la que mere- 
ció de la clásica antigüedad los poéticos encomios que hoy se 
complace en recordar nuestra pluma. Hubo en efecto una isla, 
una ciudad, un río, que llevaron propia y particularmente el 
nombre de Tarteso; y esa isla fué la que antiguamente forma- 
ban las dos bocas del Betis saliendo del gran lago Ligústi- 
co (i) para desaguar en la mar (2); y esa ciudad existió en 
aquella misma isla (3); y ese río no fué otro que el mismo Be- 



( 1 ) lusiilam 

Tartessus amnis ex ligustico lacu 
per aperla fiisus iindique ablapsu ligat. 

AviENO, Ora marti, v. 283. 

(2) Ctim aittem Bceiis duobtis oslü's in mare exeat; ajunt olim in medio horitm 
urbem fuisse habitatam Tartessíim, fluvio cognominem^ re;Pionemque appellatam 
FUISSE Tartessidem, quixm nunc Tiirduli incolunt. Estrab., pág. 148. 

(3) Estrab., loe. cit.: Tartessus urbs Iberia;, a fluvio, dice Estephano, signifi- 
cando claramente hallarse dicha ciudad inmediata al río; sin cuya circunstancia 
cesaba la razón de tomar de él el nombre. Esto no obsta para que por extensión se 
haya aplicado después el mismo nombre de Tarteso á otras ciudades; así lo llevó 
Cádiz según testifica Avicno, dando al propio tiempo la significación púnica del 
nombre de Cádiz : 

, Natn punicorum lingua conseptum locum 
Gadir vocabai : ¡psa Tartessus prius 
coQnominata est. 

V. 268. 
Asi también lo llevó Carteya, á la cual, aunque sita en el Estrecho mismo, lejos de 



^8 S E V I L I. A Y C Á D I Z 



tís (i). La extensión de la costa marítima de esta isla se sabe 
asimismo por Estrabón, sin cuyo auxilio era imposible determi- 
narla, no existiendo hoy más que un solo desembocadero del 
Guadalquivir. Fíjala el geógrafo griego en unos cien estadios (2), 
y puesto que desde su tiempo la configuración de la costa no 
puede haberse alterado, atendida la identidad que entre su 
situación antigua y la actual conservan Sanlúcar de Barrameda 
y la punta de Chipiona (3), se puede con todo fundamento ase- 
gurar que la segunda boca ó brazo del Betis que formaba el 
límite oriental de la isla de Tarteso, es el barranco llamado hoy 
la madre vieja, que baja por entre Asta y Trebujena y sale á 
la costa por encima de la villa de Rota. 

Aquella era la afortunada isla Erytrea, llamada también 
Aphrodisia, é isla de yufio, que formaba el reino de Gerión, 
donde pastaban sus numerosos rebaños, «nacidos en los antros 
de las rocas cabe las aguas inagotables del Tarteso, cuya ma- 
dre es pura plata (4):» aquella la deleitosa región de la Iberia 
meridional tan celebrada por Homero, Estesicoro y Anacreon- 
te; aquel el país maravilloso donde se consumó el reinado de 
150 años de Argantonio, cuya felicidad ponderan Cicerón, 
Apiano y Plinio; aquel el foco ensalzado de la civilización y de 
las virtudes turdetanas, en cuyos mágicos relatos invierte tantas 
páginas el erudito Florián de Ocampo guiado por los visiona- 
rios Herodoto y Anio de Viterbo; aquella la tierra de bien- 
andanza y de longevidad sobrehumanas que excedían á las 
mismas aspiraciones del gran lírico de Jonia cuando can- 
taba: 



la ciudad primitiva, se le dieron después de destruida esta, por ser el puerto don- 
xlc más perseveró su trato y comercio. 

(i) Videniur auUm vsieres Bcclim app¡j:Ila,sse 7'urL'ssiiiii, dice Estrab. (pág. i 48) 
citando á Estesicoro. 

(2) Unas tres leguas y cuarto de las antiguas de España. 

(3) Fanum Lticijeri y Turris Cepionis en la geografía de la España romana. 

(4) Estesicoro. cit. por Estrab. (iib. I. cap. i— jib. 111. cap. 2). 



SEVILLAYCÁDIZ 39 



Non cornu Amaltheae mi, 
non poseo quinquaginta 
centunique regnare annos, 
Tartessiis beatis. 

Ahora bien, si los orientalistas que nos lisonjean se engañan 
en sus interpretaciones; si lo que algunos entusiastas anticuarios 
refieren de la célebre isla Erytrea ó Tartéside es exagerado \- 
medio fabuloso; si Homero no se acordó de semejante comarca 
al describir sus Campos Elíseos; si la región de Tarsis que 
nombran el rey Salmista (i) y el libro tercero de los Reyes, en 
que se dice que la flota de Salomón iba allí con la flota de Hi- 
ram una vez cada tres años para traer oro, plata, colmillos de 
elefante, monas y pavos reales, es la misma región de Ophir de 
donde había sacado ya otras veces oro para el rey de Israel el 
rey de Fenicia (2), ó algún otro país del mar de la hidia; si 
finalmente el Tharsis hijo de Javán y nieto dejaphet, que según 
los escritores cristianos de los primitivos siglos fué el primer 
poblador de España, no representa un nombre figurado alusivo 
al confín occidental del mundo conocido de los antiguos, y sí un 



( i) Re^¿s Tarsis et insulcc muñera ojferent; 

reges Arabiim et Sabce dona addiicent. 

(2) « Classis regís per mare ciim classe Hiram, dice el sagrado texto, seinel per 
tres antios ibat in Tharsis, deferens inde auriim, et argentum, et denles elephauío- 
rtim, et simias, et pavos.n Reg.,Uh. Ul, cap. X^\. 22.) Pero ya. en c\ Y. ii del mis- 
mo cap. y al fin del cap. anterior había expresado que los mareantes y prácticos 
de Hiram navegaron antes á Ophir, habiéndose equipado la flota en Asiongaber. 
sobre la costa del mar Rojo, en la Idumea. Esto, sin embargo, no excluye la posi- 
bilidad de que navegasen luego á occidente, cuyos mares conocían los fenicios 
mejor que ninguna otra nación. 

Además es muy digna de tenerse en cuenta una observación que el sagaz autor 
del Espíritu de las leyes dejó consignada ( lib. XXI, cap. VI) relativamente al co- 
mercio de los antiguos: «las naciones cercanas al mar Rojo, dice, sólo hacían su 
comercio en este mar y en el de África, y es prueba de ello el asombro que produ- 
jo en el universo el descubrimiento del mar de la India en tiempo de Alejandro. 
Hemos advertido ya que, lejos de sacarse de las Indias metales preciosos, todos 
los pueblos que han traficado en ellos se los han llevado en cambio de sus mer- 
cancías; así que tenemos por seguro que las flotas de los judíos, en caso de traer 
por el mar Rojo oro y plata, lo sacaban del África, no de la India.') 



40 



SEVILLA Y CÁDIZ 



verdadero nombre propio independiente de toda significación de 
localidad, y además las islas de las naciones que los hijos y 
nietos de Japhet se repartieron, no son, según entienden muchos 
sabios expositores, las regiones del occidente, como Grecia, 
Italia, España y Francia (i); siempre al menos subsistirá la 
tradición de haber sido la tierra fecundada por el Betis y baña- 
da por el mar una nación feliz, próspera, floreciente, más civili- 
zada que otra alguna en los tiempos prehistóricos, siquiera sean 
meras ficciones apoyadas en la confusa idea de aquella felicidad 
perdida todos los pormenores relativos á las excelencias de la 
cultura turdetana y á la gobernación de los antiguos reyes de 
Iberia. 



(i) Anotando el erudito Amatel v. 5, cap. X del Génesis que habla de la des- 
cendencia de Noé y propagación del linaje humano: ab his dñ'isce sunt insul/e 
GENTiuM, etc., manifiesta que teniendo los hebreos poco conocimiento de las tie- 
rras occidentales, de las cuales los separaba el Mediterráneo, designaban con el 
nombre de Islas las regiones de Europa, y con el de Oriente las tierras orienta- 
les, de las cuales tenían más noticia que de las ultramarinas. 



CAPÍTULO II 



Sevilla y Cádiz en los tiempos prehistóricos. — Narraciones y monumentos 
más ó menos fabulosos y apócrifos. 




xiSTió la civilización turdetana que algunos de 
nuestros historiadores suponen anterior á las in- 
migraciones egipcia y fenicia? En otros términos: 
aquella gran cultura que tanto ensalzaron Polibio, 
Estrabón y Estephano de Bizancio, ;fué enseñada 
á los llamados aborígenes de la Bética por sus pri- 
meros invasores y supuestos maestros de la costa del 
Mediterráneo, ó era realmente hija de la primitiva ciencia cal- 
dea á que parecen referirse las tradiciones que hacen á Tubal, 
á Tarsis, y á Beto, padres de la civilización de España? Cierta- 
mente que el cuadro que Fenelón tomó de Adoamo, escritor 
griego, el cual, inspirándose de un pasaje de la Odisea de Ho- 
mero, pintó las virtudes y felicidad de los antiguos moradores 
de la tierra de Tarsis, no parece sugerido por una cultura va- 
ciada en los usos y costumbres de los ostentosos egipcios, ni 
de los astutos, codiciosos y traidores fenicios. Respira en él 



42 SEVILLAYCÁDIZ 



todo el encanto de una constitución social basada en la sencilla 
y feliz observancia de la ley natural y de los instintos del cora- 
zón en su original pureza. Nada es comparable á la serenidad y 
bienandanza de una vida como la que el referido autor describe. 
«El río Betis corre por un país fértil y bajo, de apacible clima, 
cuyo cielo está siempre sereno. Ha tomado el país nombre del 
río, que desemboca en el Océano, harto cercano de las columnas 
de Hércules y de aquella parte donde el mar furioso, rompiendo 
sus orillas, separó en lo pasado la tierra de Tarsis de la grande 
África. Parece que conserva aquel país las delicias del siglo de 
oro: los inviernos allí son templados y nunca soplan los desafo- 
rados aquilones; el ardor del estío se modera con los frescos 
céfiros», etc. 

Pero aun suponiendo que el griego Adoamo sólo haya exis- 
tido en la mente del famoso Salignac de la Mothe, y que este 
cuadro de la vida patriarcal de los primitivos españoles del me- 
diodía sea puramente novelesco en sus pormenores, como lo 
hacen sospechar ciertas reflexiones sólo propias del genio fran- 
cés de la época de Luís XIV bajo la impresión de inocentes 
utopias filosóficas; fuerza será convenir en que las alegorías de 
los poetas de la antigüedad abren ancho campo á estas y otras 
semejantes narraciones, y que lo mismo que los geógrafos con- 
firman esas alegorías por lo tocante á la naturaleza del clima, á 
la calidad de las producciones terrestres y marítimas y á la ín- 
dole de los habitantes, acaso las confirmarían los historiadores 
en cuanto á lo que de la vida pública y privada puede colegir- 
se, si hubiera habido en aquellos remotos tiempos quien con- 
signase sus hechos. Entonces veríamos quizá patente el funda- 
mento que tuvo Homero para colocar en la antigua Bética el 
trono del justo Rhadamanto y el reino de Plutón, y justificadas 
las palabras de Hesiodo: «Júpiter distinguió á estos moradores 
del resto del mundo: habitan los Campos Elíseos, tienen una 
vida feliz, y en su país reina una primavera continua que da 
dulces manzanas tres veces al año.» 



SEVILLAYCÁDIZ 43 



Habría que remontarse á una época anterior á la arribada 
de los fenicios á las costas ibéricas, para encontrar el modelo 
de la cultura que nos ocupa; porque no es la cultura de las 
maneras basada en la prosperidad del tráfico, de la riqueza 
metálica y de las artes, la que la fábula nos ofrece ; sino la civi- 
lidad de los instintos combinada con la falta de necesidades y 
la feliz ignorancia de lo que se llama industria y comercio. Y 
aquí la fábula misma, cuya caprichosa forma suele encerrar 
siempre algo de verdad, nos prestaría un auxiliar poderoso 
para nuestras averiguaciones. La fábula y la tradición, tan des- 
preciadas hace algunos años, son la única brújula, después de 
la etnografía y la filología, para navegar en el oscuro mar de 
los tiempos prehistóricos. Oigamos lo que dijeron, guiados por 
ellas, los antiguos historiadores, y hagamos inducciones. 

Un descendiente de Noé, Tharsis ó Tubal, ú otro cualquie- 
ra, aportó en la tierra meridional de España cuando la disper- 
sión de las gentes después del Diluvio, y allí señaló estancias 
en que moraron y quedaron muchos de los que consigo traía. 
Dio á esta región el nombre de Bética^ voz caldea derivada de 
BeJiín^ que significa tierra fértil ó deleitosa: «enseñó en ella, 
dice Florián de Ocampo, costumbres fundadas en toda bondad 
y virtud, y cosas de gran sustancia, declarando principalmente 
á sus moradores los secretos de la naturaleza, los movimientos 
del cielo, las concordancias de la música, las excelencias y gran- 
des provechos de la geometría con la mayor parte de la filoso- 
fía moral, haciéndoles reglas y leyes razonables en que vivie- 
sen, las cuales dejó señaladas en metros bien compuestos para 
que más fácilmente las pudiesen retener (i).» ¿Qué inconve- 



(i) Crón. gen., cap. IV. Estrabón dice, hablando de los turdetanos: Hi omnium 
Híspanorum doctissimi judicantur ., uluniurgiie grammaiica, et aniiquitatis monu- 
menía habent conscriptci^ ac poemata, et metris inclusas leges, a sex millibus ( ut 
ajuní) annorum. Trad. de Casaubón, lib. III. De manera que el verídico geógrafo 
griego reconoció al comenzar próximamente nuestra Era , que la civilización 
turdctana databa de los más remotos tiempos. Muchos de nuestros escritores tie- 
nen por absurda la época de seis mil años que Estrabón asigna; pero «si conside- 



44 SEVILLA Y CÁDIZ 



niente hay en creer que la memoria de esta civilización patriar- 
cal y primitiva durase entre algunas tribus hasta los tiempos en 
que se supone viajó Homero por la Bética? El célebre poeta de 
Esmirna florecía al espirar el décimo siglo antes de J. C. (i), y 
las fábulas relativas á la historia de España hasta la primera 
invasión cartaginesa, ocurrida en el séptimo siglo antes de nues- 
tra Era, nos ofrecen una serie no interrumpida de conflictos en 
que siempre la raza aborígena descuella como fielmente ape- 
gada á sus antiguas leyes y costumbres, haciendo triunfar su 
nacionalidad al cabo de sangrientas resistencias. 

Y prosiguen los historiadores fabulistas. Al tranquilo reina- 
do de Beto, que murió sin hijos, sucede la tiranía de Gerión (2), 
tan nombrado de los escritores griegos y latinos. En la venida 



raran, dice un erudito anotador suyo español (A'otas d Strabón, m. s. ^7 de la Real 
Academia de la Historia), el juicio del geógrafo en sus dichos, y que éste no habla 
de años solares como ellos pretenden, no tendrían por tan disparatado su aserto.» 
Ocampo en el cap. 9 dellib. I hace el año de cuatro meses, y según este cómputo 
la civilización turdetana data para él de dos milanos antes de J.C., época que 
coincide con la tradicional gobernación de Tabal. Homey en su Historia de España 
da al año de los turdetanos sólo tres meses, y por consigujente sólo saca á la cul- 
tura de que Estrabón habla mil quinientos años de antigüedad ; época que corres- 
ponde, según él, con la primera venida de los fenicios á España. El uno, pues, 
atribuye á los primeros pobladores de la Bética de que hay noticia, uria civilización 
puramente caldea: el otro reconoce en ellos una cultura propiamente fenicia. 
¿Cuál de los dos tiene razón? En nuestro concepto el primero, y no porque demos 
la preferencia á su modo de computar los seis mil años de Estrabón, sino por otra 
circunstancia que hasta hoy no se ha tomado en cuenta. ; Es tan indudable, como 
parece creer .\ir. Romey, que el primer arribo de los fenicios á España acaeciese 
quince siglos antes de nuestra Era? Consultemos las autoridades. No contento 
Estrabón con mencionar las ciudades que los fenicios fundaron, añade la época en 
que vinieron á poblar á España, diciendo que fué vpoco después de la guerra de 
Troya.» La ruina de esta ciudad fué el año i i 84 antes de J. C; con que la venida 
de los fenicios pudo ser como en el siglo xi antes de nuestra Era. Mela (lib. III. 
cap. 6) sólo dice que la fundación de Cádiz Jué de los fenicios, y su origen desde la 
destrucción de Troya; pero Veleyo Patérculo (lib. I, cap. 2) circunscribe más la 
época, comenzando así el capítulo de la fundación de Cádiz : Casi ochenta años 
después de tomada Troya... etc.; de modo que la venida de los fenicios á España 
en que fundaron ciudades, fué á fines del siglo xii ó principios del xi antes de la 
Era cristiana. Hay de consigui'entc sólidas razones para afirmar que la cultura 
turdetana, aun computando los seis mil años de Estrabón según el sistema de 
Mr. Romey, es tres ó cuatro siglos anterior á la primera colonización fenicia en las 
costas de la Bética. 

(i) Por los años de Q07 según los famosos mármoles de Paros. 

(2) Gcrióii. dice Mariana, significa en lengua ciúác^ peregrino y extranjero. 



SEVILLA Y CÁDIZ 45 



de Gerión á España vemos representada la invasión céltica ó 
pelásgica. Para esto tenemos más de un indicio: no sólo hace á 
Gerión extranjero la fábula por el significado de su propio 
nombre, sino que ella misma determina su procedencia al con- 
signar el hecho de la derrota de los gigantes ó Titanes por los 
dioses. Este hecho se explica perfectamente en la victoria que 
Osiris ó Baco alcanzó contra Gerión; de manera que ya tene- 
mos en las meras alegorías relativas á los tiempos fabulosos 
consignadas las primeras conquistas que se consumaron en la 
Bética. Los celtas y los pelasgos son, como sus mismos mo- 
numentos lo indican, pueblos de idéntico origen: unos y otros 
se consideran como ramas de aquella gran familia aria ó indo- 
europea que desde los tiempos anteriores á toda apreciación 
histórica se derramó por el occidente, el norte y el mediodía de 
Europa. Los antiguos nos representan á los pelasgos (celtas 
del mar y de sus islas) como hombres de gigantesca estatura; 
llevaban además el nombre de Titanes^ porque se decían des- 
cendientes del dios Tis ó Teiit, y por último, los restos de sus 
edificios, que aún se mantienen en pié, asombran por la desco- 
munal dimensión de las piedras que los forman, y revelan cla- 
ramente fuerzas físicas superiores á las ordinarias. Según esto, 
no nos parece violenta la interpretación que proponemos. — 
Una colonia caldea viene, con la dispersión de las gentes de las 
llanuras de Sennar, á España. Esta inmigración pudo ser de 
raza puramente semítica: el origen semítico ó siro-arábigo de 
los caldeos parece cosa ya demostrada; el nombre de Tubal, lo 
mismo que los de los dioses asirios Baal ó Bel y otros, es semí- 
tico. Perpetúa esa colonia en la Bética la vida patriarcal y nó- 
made del Oriente, tan acomodada á sus peculiares instintos: el 
hebreo, el árabe, el sirio que hoy vagan errantes por los desier- 
tos de la Turquía de Asia (i), viven como vivía probablemente 



(t) V. á Lavard. Xiiievch aiui íts remavií^, cap. II. parte II. donde bosqueja de 
mano maestra ios caracteres de las tres razas, semítica, indo-europea y mongó- 
lica. 



^6 SEVILLA Y CÁDIZ 

el turdetano : no se curan del porvenir, vegetan en la feliz im- 
previsión de todo mal futuro, su brillante imaginación sugiere á 
las obras de sus manos y á sus palabras, formas siempre bellas; 
la elocuencia, la música, la poesía son en ellos dotes naturales. 
Con este dichoso estado patriarcal y libre en que el turdetano 
no reconocía vínculos legales que encadenasen ni su persona ni 
su entendimiento, se combinó en la Bética la ruda civilización 
de la raza aria ó indo-europea: los pelasgos ó celtas del medio- 
día (i), acaudillados por el alegórico Gerión, introdujeron artes 
é instituciones hasta entonces desconocidas, y con ellas las am- 
biciones, la opresión y la guerra. 

Gerión, pues, extranjero como su mismo nombre lo indica, 
halló á los iberos de la Bética viviendo diseminados por los 
campos en aldeas, sin tener quien los gobernase (pintura que 
corresponde con la idea que de su estado social nos da el 
Adoamo de Fenelón), y fué el primero que les enseñó á defen- 
derse de la violencia de los más poderosos. Edificó castillos, 
fortalezas y ciudades, vivió espléndidamente aprovechando las 
grandes riquezas de aquel suelo, hasta entonces menospreciadas 
por los naturales, y es de creer que entre los indígenas y las 
gentes que siguieron á Gerión, ó que alegóricamente se repre- 
sentan en este tirano extranjero, se estableciesen estrechos vín- 
culos. Pero no fueron estos suficientes á impedir que con los 
escasos gérmenes de civilización traídos por la invasión aria, 
simbolizada en este tirano, se introdujese en la Bética la mal- 
hadada semilla de las discordias civiles. Eran aquellos invaso- 
res de raza de gigantes, colosales en sus cuerpos y atléticos en 
sus fuerzas: construían con pedazos de rocas de enormes di- 



(i) Los celtas, de raza aria como todos los pueblos indo-germánicos ó indo- 
europeos, llevaron en Grecia el nombre de pelasgos, que, como declara el doctor 
Herzberg en su Historia de Grecia y Roma^ sólo significa los antiguos. Así diferen- 
cian hoy los más acreditados historiadores á los que poblaron la Grecia durante el 
oscuro y legendario estado primitivo, de los helenos del período aqueo y de los 
tiempos posteriores. 



SEVILLAYCÁDIZ 47 



mensiones (i): fué tal su preponderancia, que todos admitieron 
su yugo, y el nombre de Titanes que ellos mismos se daban, 
vino á la larga á hacerse extensivo á los turdos ó túrdulos 
aborígenes , denominados en lo sucesivo tur titanos , y por co- 



(i) Los arqueólogos reconocen varias especies de construcciones megalílicas, 
esto es, labradas con piedras colosales é irregularmente cortadas: la ciclópea ó 
pelásgica, la druídica ó céltica, y la vulgarmente atribuida á los fenicios, de la 
cual se conservan notables vestigios en varias islas del Mediterráneo, especial- 
mente en la de Gozzo, donde se admira la famosa Giganteya ó Torre de los gigan- 
tes. Hay poderosos motivos para creer que los edificios de estas diversas especies 
son todos célticos. Que los pelasgos ó griegos primitivos fuesen de origen céltico, 
bastante lo da á entender la sola semejanza de su alfabeto, con el de los celtas : el 
modo de construir de ambos pueblos, por otra parte, ofrece tantas analogías, que 
su de.rivación de un principio común parece una cosa demostrada. Las puertas de 
Micenas, que Píndaro supone hechura de Cíclopes (KuxXwTita TrpóO'jpa sopúa—w^), 
los muros de Platea y Keronea, los de Tirinto, Mantinea y Arggs, á los cuales dan los 
antiguos escritores el mismo origen, indican claramente un sistema de construc- 
ción intermedio : la transición del sistema céltico primitivo á la edificación regu- 
lar de los pueblos civilizados. Basta echar una ojeada sobre los monumentos cla- 
sificados con los nombres de men-hires, dólmenes, trilitos., piedras oscilantes, 
cromlechs, túmulos, etc., que tanto abundan en Europa y en muchas regiones del 
Asia Menor, y que tanto se distinguen por su rústica simplicidad, para reconocer 
desde luego el punto de partida del arte de la construcción. Este sistema primitivo 
se distingue por la colocación vertical de las enormes moles que emplea, de lo 
cual son célebre muestra las piedras alineadas de Carnac, que el vulgo del país 
dice ser un ejército de soldados que trasformó en peñascos San Cornil, y las ca- 
lles cubiertas de Bagneux y de EssÉ cerca de Renas, poetizadas también por el 
pueblo sencillo con los nombres de cofres de piedra, rocas y grutas de las hadas, 
mesas del diablo y palacios de los gigantes. El paso de este sistema vertical al pe- 
lásgico ó griego de los tiempos heroicos, se ve marcado en la ya mencionada To- 
rre de los gigantes (Giganteya), que ofrece la combinación de las es/e/as ó piedras 
perpendicularmente hincadas en el suelo ( en griego <ttt,X-í;) con la construcción 
ciclópea irregular de grandes trozos poligonales. Y para que se vea más patente 
el celticismo en Giganteya, hay en este monumento, que es un templo descubierto 
ó hvpeiro, como todos los consagrados á divinidades que tenían alguna relación 
con el sabeismo, trilitos, restos de dólmenes, y hasta un cromlech como los de 
Dinamarca, Bretaña, Wiltshire, y el famoso Stone-henge que los habitantes de Sa- 
lisbury llaman coro de gigantes. Á pesar de la afirmación del docto A. Lenoir 
(Gailhabaud, monuments anciens el modernes, t. I ) que ve en esta torre de los Gi- 
gantes un templo fenicio semejante al de Pafos, en Chipre, por la mera circuns- 
tancia de haberse adorado en ambos la piedra cónica, simulacro de Astarté, diosa 
de la naturaleza, por ser uno y otro templos hipetros ó sin techo, y porque en uno 
y otro se mantenían palomas, como ave grata á Venus Urania, nosotros creemos 
con el autor del art. Pliénicie: Beau.v Arts del gran Diccionario de P. Larousse, 
que no es posible hoy formarse una idea cabal de la arquitectura fenicia de visu 
porque las construcciones de aquel pueblo, en que casi exclusivamente se em- 
pleaban la madera y los metales, han desaparecido. Las ruinas del templo de Pa- 
fos, en efecto, apenas permiten reconocer cuál fué su planta, y las monedas feni- 
cias en que aparece representado no nos permiten conjeturar su verdadera for- 



48 SEVILLA Y CÁDIZ 



rrupcíón tiirdctanos (i). Otras tribus de la gran familia indo- 
europea conservaron el nombre de celtas ; estas al parecer ba- 
jaron á nuestra Península desde el Pirineo, y eran menos 
civilizadas que las gentes de la rama pelásgica venida de Orien- 
te. Repartiéronse la Bética con los turdetanos, y si bien menos 
florecientes que éstos, debieron ser más afortunados en la po- 
sesión de sus provincias, porque su nombre y su independencia 
perseveraron hasta los tiempos felices de Grecia y Roma, al 
paso que los otros sufrieron todas las alternativas consiguientes 
á las invasiones de los demás pueblos aventureros, ya comer- 
ciantes, ya meramente batalladores. La misma ventajosa posi- 
ción que ocupaban en la costa del Mediterráneo y del Estrecho 
los condenaba á mudar continuamente de dueños. 

Tenemos, pues, á los túrdulos de origen caldeo domina- 
dos por un pueblo de origen ario y céltico, que les hace adop- 
tar su lengua, su escritura, sus rudas artes, su constitución so- 
cial, acaso también su religión. El pueblo dominador admite en 
cambio los conocimientos de los descendientes de Sem, y de es- 
tos dos elementos combinados se forma cierta cultura que con- 
trasta singularmente con la rusticidad de las demás gentes que 
poblaban la Iberia. 

La fábula, sin embargo, da á entender que la civilización 
egipcia se había adelantado ya mucho, en aquella remota edad, 
á la de los otros pueblos de la tierra. Osiris ó Dionisio, perso- 
nificación del sabio Egipto, noticioso del atraso en que viven 
las regiones de las Indias, Tracia, Grecia, Italia y España, em- 
prende sin excitación agena la gloriosa obra de extirpar en ellas 
los errores, confundiendo á los malhechores y tiranos que las 
oprimen. — En esta alegoría se significa la índole expansiva de 
la ciencia y de la virtud. — El gigante Gerión, el celta domi- 



ma.— Más adelante trataremos esta materia con mayor oportunidad al hablar del 
templo erigido á Hércules en Cádiz por los fenicios. 

(1) Artemidoro da á los turdetanos el nombre de liirlus y lurtulanos, y al 
país en que moraban llama Tyrtytania (T'joT'jtavía). 



SEVILLA Y CÁDIZ 49 



nador del Túrdulo, que sólo atendía á su propio provecho aco- 
piando preciosos metales y acrecentando sus famosos rebaños (i), 
es provocado á mortal contienda por el generoso Osiris. « Osiris 
y Gerión (dejemos hablar á uno de los más entretenidos comen- 
tadores de la fábula) (2), ordenadas las haces en el concierto 
que pudo saber y tener un tiempo tan inocente, rompieron la 
batalla valientemente: la cual fué cruelísima, reñida con dema- 
siadas bravezas; y así pasada mucha terribilidad y fiereza por 
ambas partes, Gerión y todo lo principal de sus valedores que- 
daron allí sin algún remedio vencidos, muertos y destrozados. 
Esta se certifica ser la primera batalla campal ó recuentro po- 
deroso de guerra que sepamos en las Españas. Engrandécenla 
muy mucho los autores peregrinos por haber acontecido dentro 
de tiempos antiquísimos, tanto que nuestros poetas la llamaban 
batalla de los Dioses contra los Gigantes, á causa que (según 
confiesan las historias) este Gerión fué gigante. » El tirano muer- 
to fué enterrado según la costumbre céltica: sobre su sepultura 
se le hizo un túmulo (3). Osiris, que sin duda alguna era un rey 
ó príncipe egipcio de la familia de los Faraones durante la 19.''^ 
dinastía, fué adorado como Dios, según la costumbre antigua 
de reputar y tener por inmortales á los hombres virtuosos y be- 
néficos y á los inventores de artes y prácticas útiles á sus seme- 
jantes. Osiris había sido el libertador de los turdetanos. 

Hay quien señala la época de este grande acontecimiento (4) ; 



(i) Los historiadores griegos dan á Gerión el sobrenombre de Chryseo, que 
quiere decir hombre rico ó hecho de oro. Dícese que fué el primero que descubrió 
y aprovechó en la Bélica los mineros de metales preciosos, y que á esto juntó mul- 
titud increíble de ganados. 

(2) OcAMPO. Cr. gen., cap. XI, lib. I. 

(3) Palabras textuales de Mariana. Hist., cap. VIII. 

OcAMPO, loe. cü., se aventura á determinar el paraje donde se erigió el túmulo 
á Gerión : sospechamos, dice, ser en aquel sitio que los mareantes de nuestro tiempo 
llaman el cabo de Trafalgar., entre los lugares de Conil y Barbate, igualmente apar- 
tado de cada cual dellos, siete leguas adelante de la boca del Estrecho sobre las 
aguas del mar Océano. 

(4) Según Ocampo, Osiris entregó á los hijos de Gerión el señorío arrebatado 
á su padre, el año 1758 antes de J. C; pero son muy sospechosas las fuentes en 
que bebió aquel crédulo aunque erudito cronista. 

7 



5° 



SEVILLA Y CÁDIZ 



nosotros, desconfiando de tan aventurada cronología, nos limi- 
taremos á decir que esta primera invasión egipcia, caso de haber 
ocurrido, pudo ser contemporánea de la 19/ dinastía, cuyo prin- 
cipio se fija en el año 1 643 antes de J. C. El gran Sesostris que 
la inauguró fué el primer rey que dilató sus conquistas hasta el 
Asia Menor y la India; y según la fábula, Osiris vino á España 
precedido del rumor de las victorias que en el continente asiáti- 
co había alcanzado. Con la 19.^ dinastía comenzaron realmente 
las grandes prosperidades del Egipto, y los sucesores de Sesos- 
tris hasta la dinastía 24..^ fueron los que le dotaron de aquellos 
templos, pirámides y obeliscos que hoy admiramos (i). 

Siguiendo el hilo que nos suministra la fábula, hay una cir- 
cunstancia que podría en cierto modo corroborar la idea de la 
venida de los egipcios á la hética. Osiris y Baco, en sentir de 
los más acreditados mitólogos, son un mismo é idéntico perso- 
naje, ó por mejor decir, Osiris es el modelo, y Baco la copia 
que del héroe egipcio hizo el genio griego. Los poetas helenos 
calcaron sobre el antiguo tipo la figura de su Baco, acomodando 
las antiguas tradiciones relativas á sus proezas al dios que fin- 
gieron. Escultores y poetas le representaron como conquista- 
dor de la India y civilizador de los pueblos ignorantes, como 
vencedor de los ominosos opresores del linaje humano y ven- 
gador de las leyes de la divinidad contra los monstruosos hijos 
de la tierra. Difícil es en verdad reconocer en el Baco griego, 
hijo de Júpiter y Semele, al gran aventurero egipcio; sin embargo, 
al que tenga presentes los hechos atribuidos á éste en España, 
y la propensión de los griegos á hacer suyos todos los aconte- 
cimientos memorables de los extraños, no le repugnará ver con- 
firmada la tradición primitiva en la fábula de Baco, transformado 



(i) Según Ucrodoto, Osiris fue uno délos primeros reyes y dioses del Egipto 
( Historiar., \ib. II). Diódoro Sículo eonviene en lo mismo ( Biblioth., tomo I, lib. I); 
y no se opone esto á nuestra conjetura sobre la dinastía á que pudo pertenecer 
Osiris, porque sabido es que los Hycsos ó reyes pastores que precedieron á 
la 18.* dinastía, no eran propiamente egipcios, sino procedentes de Arabia y Fe- 
nicia. 



SEVILLA Y CÁDIZ 5I 



en león, combatiendo en defensa de los derechos de Júpiter es- 
carnecidos por los gigantes; á cuyo hecho alude la calificación 
de p7''CBliis audax que en una de sus odas le da Horacio. 

Pretenden que las inmigraciones de los egipcios en la España 
meridional fueron varias; y vuelven aquí á mezclarse la fábula 
y las tradiciones históricas. Después que Osiris restableció en 
ella el imperio de la justicia é inició á sus moradores en muchas 
artes útiles, devolvió el reino á los hijos de Gerión, amonestán- 
doles á que no siguiesen los malos caminos de su padre. Viéndose 
poderosos los tres hermanos, despreciaron el pasado escarmien- 
to, y comenzaron de nuevo á tiranizar á sus gobernados. Trama- 
ron vengativos la muerte de Osiris, é impulsando el brazo fra- 
tricida de Tifón, se jactaron de poder señorear á su capricho toda 
la Iberia. Pero la causa de la justicia y de la civilización no podía 
quedar indefensa: Oro, hijo de Osiris, llamado también por unos 
Apolo, por otros Hércules Egipcio (modelo que los griegos imi- 
taron también para fingir su Hércules Tebano, hijo de Alcmena), 
acudió con ejército formidable á castigar el crimen de Tifón. 
Dióle muerte por su propia mano, enterró pomposamente en 
Egipto los miembros que pudo cobrar del mutilado cadáver de 
su padre, voló en seguida á España, entró en la Bética por el 
Guadalquivir arriba, buscó á los Geriones, presentóles batalla, 
y en lid particular y sangrienta los venció á todos tres cortán- 
doles las cabezas, dando después á sus cadáveres decorosa 
sepultura. 

Supónese que un curioso monumento de grande antigüedad 
ha venido en nuestros días á confirmar en lo esencial esta tra- 
dición. Es un sarcófago que un conocido anticuario dijo haber 
descubierto, hará ya unos veinticinco años, á gran profundidad, 
en una de las colinas de Tarragona, y sobre cuyo origen se creyó 
al pronto no caber más duda que la de ser ó egipcio, ó fenicio, 
ó celtibérico. En sus tablas de mármol blanco grabó y pintó con 
betún de colores una mano diestra, que acaso se fingió ruda, los 
principales hechos de la teogonia egipcia en su relación con las 



52 S E V I L L A Y C A DI Z 



primeras conquistas llevadas á cabo en España. Los fragmentos 
que formaban la tapa representaban por lo general objetos per- 
tenecientes á la religión primitiva del Egipto; en los costados esta- 
ban figurados varios actos de culto y adoración, y pasajes relativos 
á la historia de Hércules, y el fondo contenía escenas alegóricas 
alusivas al mismo personaje y á los descubrimientos de los nautas 
egipcios, que sin duda alguna fueron con los pelasgos de los pri- 
meros en explotar el litoral del Mediterráneo. Venía inesperada- 
mente este precioso monumento á demostrar de una manera autén- 
tica la antiofüedad de las tradiciones referentes á la venida de los 
egipcios á España, y desde este punto de vista eran las mencio- 
nadas reliquias de inestimable valor. En una de ellas se veía con 
toda claridad expresada una numerosa colonia que emigraba de 
las orillas del Nilo. Representado este gran río en forma de un 
cocodrilo, abría su boca y arrojaba por ella gente embarcada y 
á pié, figurando la doble expedición que por mar y tierra había 
salido del Egipto. Una y otra se dirigían hacia el Estrecho. Al 
lado opuesto veíase el continente europeo, cuyos habitantes re- 
sistían la invasión lanzando piedras, y en su socorro acudía un 
jinete acaudillando porción de gente; siendo de notar que así 
como las tribus invasoras procedían de abejas, las indígenas na- 
cían de las piedras, pues la primera figura de las que salían á 
repeler á los egipcios tenía la forma de un canto. Las naves ó 
piraguas que procedían también de la boca del cocodrilo, cos- 
teaban el África y llegaban al Estrecho. En la costa de España 
se observaba la pesca del atún,, desde el Estrecho hasta la des- 
embocadura del Ebro, marcado éste por la estrella polar, para 
indicar que nace hacia la parte más septentrional de la Península. 
En otro fragmento se figuraban el sol, la luna y la estrella Syrio 
protegiendo una emigración del Egipto, representada por un 
cocodrilo de cuya boca salían una porción de abejas que volaban 
sobre el signo del agua á introducirse en una colmena. En otros 
restos finalmente se disting-uía con toda claridad á Hércules ro- 
bando los bueyes de Gerión, á sus gentes construyendo murallas. 



S E V I L L A Y C: Á D I Z 53 



al mismo héroe llevado en triunfo después de libertar al país de 
los tiranos que le oprimían (i). 

Pero si bien el fingido descubridor logró en parte su propó- 
sito, encaminado á restablecer las antiguas tradiciones que Flo- 
rían de Ocampo y Mariana siguieron, contra las aseveraciones 
de la crítica moderna que niega la venida de los egipcios á Es- 
paña y pretende que nuestra civilización sea hija de la Fenicia, 
poco duró su triunfo. El mismo docto académico que en un prin- 
cipio abrazó con calor la defensa del sarcófago tarraconense, 
sosteniendo que pertenecía al tiempo de la segunda guerra púni- 
ca, y asegurando, con certeza casi matemática, que fué construí- 
do antes de existir los terrenos y pavimentos que encima tenía 
al reaparecer á la luz del sol, ese mismo patrocinador insciente 
del pecadillo de arqueológica superchería cometido por el anti- 
cuario catalán, enmudeció en lo más ardoroso de la refriega, 
es decir, cuando las doctas corporaciones extranjeras, apodera- 
das del ruidoso descubrimiento, negaron en redondo su autenti- 
cidad. 

Salgamos ya de la región de la fábula para acercarnos al 
terreno seguro de los hechos positivos. 



(i) Florián de Ocampo. que estuvo muy lejos de imaginarse que los celtas 
hubiesen precedido á los egipcios en la posesión de una gran parte de la Bética, da 
una prueba muy notable de esta inducción nuestra en el siguiente pasaje relativo 
á la sepultura de Hércules Lybio. «Los españoles, sus aficionados y conocidos, le- 
vantaron en el contorno del monumento cierto número de pizarras ó pedrones 
enhiestos, conformes al número de los enemigos que le vieron matar en debates y 
pendencias virtuosas, por él acabadas: la cual invención de poner tales piedras en 
derredor de muchos enterramientos usaron después otros españoles principales : 
y según dice Juliano Diácono, las llamaban Calefas en su lengua provincial.» De 
manera que tenemos aquí gráficamente descrito el Cromlech circular erigido á la 
memoria de Hércules, igual en un todo á los otros monumentos de esta especie 
que en una nota anterior hemos nombrado, y además el dato precioso de su de- 
nominación entre los iberos y del destino fúnebre que los arqueólogos modernos 
habían sospechado deberse atribuir á estas construcciones. 



CAPITULO III 



Inmigraciones de los fenicios. — Conjeturas acerca del famoso templo 

de Hércules. 




oco después de la destrucción de Troya, hacia el 
undécimo ó duodécimo siglo antes de nuestra Era, 
no se sabe con fijeza por qué extraño evento, vinie- 
ron naves de la más remota orilla del Mediterráneo 
0/ á surgir en las apacibles ensenadas y estuarios de la Bé- 
'^ tica. Los que las conducían eran intrépidos mareantes, 
llamábanse fenicios, procedían de una pequeña región de la 
Siria limitada por el Anti-Líbano y la mar, hablaban un idio- 
ma de derivación semítica, muy parecido al hebreo, profesaban 
una religión semejante á la del Egipto, estaban repartidos en di- 
versos Estados, cada uno de los cuales tributaba culto especial á 
una divinidad protectora; — Melkart era el dios de Tiro; Biblos 
adoraba á Thammuz ó Adonis; — sobresalían en varias indus- 
trias, especialmente en el arte de teñir la púrpura. Los montes del 
Anti-Líbano les suministraban soberbias maderas para construir 
sus naves, y lanzándose con estas al agua sin más dirección que 



56 SEVILLAYCÁDIZ 



la de las constelaciones, vendían en las costas é islas del Medi- 
terráneo y de otros mares sus artefactos, estableciendo de paso 
colonias y factorías en todos los puntos de escala. No falta 
quien asegure que su primera aparición en los puertos de Es- 
paña fué quince siglos antes de J. C: Procopio atestigua (i) 
haber hallado en Tánger dos columnas con una inscripción que 
decía en caracteres fenicios : N^osotros ¿legamos aquí huyendo de 
las armas del usurpado?^ Josué , hijo de Nave. Pero el tiempo 
en que el famoso conquistador de la Tierra Santa desalojó de 
Tiro á los fenicios no parece muy oportuno para que éstos, 
arrojados de su patria y prófugos, viniesen á España una, dos 
y tres veces, como refiere Estrabón, y más presumible es que 
una vez ahuyentados por Josué, no pudiesen volver á su patria. 
Ni los fenicios estaban en aquellos tiempos en tan alto grado 
de prosperidad que pudiesen enviar colonias y flotas para au- 
mentar y extender su comercio y extraer de España riquezas. 
Estas empresas requieren días pacíficos y un estado floreciente, 
y ni una ni otra circunstancia lograban en tiempo del formidable 
Josué. El gran poder y próspero comercio de los fenicios fué 
en tiempo de sus reyes , y de esto hay abundantes pruebas en 
la Sagrada Escritura y en otros libros (2): su rey Hiram man- 
tuvo amistad y alianza con David y Salomón, y su flota, con la 
de este último, iba á la región de Ophir, y una vez cada tres 
años á la exuberante tierra de Tharsis. Tal vez las de la flota 
de algún antecesor de Hiram fueron las primeras naves fenicias 
que atracaron en nuestras costas. 

Era costumbre de aquella gente erigir postes ó columnas 
con inscripciones para señalar los términos y remates de sus 
viajes marítimos. Así lo hicieron ahora en memoria de su arribo 
al Estrecho, eligiendo al efecto los dos promontorios de Gibral- 
tar y Ceuta, que á los ojos de los que navegan de Oriente á 



(i) Historia de los Vándalos, lib. II, cap. lO. 

(2) Lib. III de los Reyes; Paralipomenon, lib. II, cap. 8; Flavio Josefo. .4»/;'- 
quit.. lib. VIH, cap. 6. 



SEVILLA Y CÁDIZ 57 



Occidente se levantan del azulado seno de los mares como fin 
de su derrotero, y en ellas grabaron aquellas memorables pala- 
bras que traduce la divisa latina No7i plus ultra, significando 
hasta dónde se extendían los dominios de los reyes de Tiro y 
el límite que hasta aquellos tiempos habían alcanzado las explo- 
raciones navales de las naciones de Oriente. Créese que este 
primer monumento público de los fenicios en nuestras costas 
haya consistido en una especie de gigantesco pedestal ó pirá- 
mide, irregularmente formada sobre cada uno de los promonto- 
rios referidos, pues no debieron tener tiempo para hacer más, y 
aquello era lo suficiente para denotar que hasta allí habían 
llegado. 

Dícese que habiéndoles salido adversos los sacrificios y ho- 
locaustos ofrecidos al tomar tierra en España, retrocedieron 
dejando aquella memoria , semejante á la de las otras columnas 
que muchos siglos después dejó Alejandro en Asia para marcar 
el término de sus expediciones. Parece muy probable que la 
verdadera causa de no haber pasado adelante en esta primera, 
fuese la que señala un juicioso cronista (i) en el siguiente pa- 
saje: «allegaron, dice, al Estrecho de Gibraltar, mas no se" 
atrevieron á le desembocar y calar, amedrentados de su conti- 
nuo flujo y reflujo, nunca por ellos visto en el mar Mediterrá- 
neo.» Conviene añadir que aunque regresaran á Fenicia, no 
dejarían de sacar de España considerables riquezas, porque los 
sencillos turdetanos, sobrados de oro y plata, se las cederían 
á cambio de sus vistosas mercancías. 

Con la codicia de esta riqueza no sosegaban hasta dar la 
vuelta. Sabían que sus comarcanos estaban á la mira, y para 
distraer sus intentos demoraron algunos años su segundo viaje. 
Cuando ya les pareció oportuno, aprestaron su armada, y dis- 
frazando su designio, mudaron sus armas y divisas: pusieron 
en las popas y proas de los navios ramos de oliva, árbol que 



(i) Agustín de Horozco en su Historia de la, ciudad de Cádiz, libro I, cap. 3." 

8 



58 S E V I L L A Y c: A ü 1 Z 

abunda en Fenicia más que en otras partes del Asia menor, 
y esta vez no se detuvieron á la entrada del Estrecho, sino que 
más resueltos y experimentados, calaron en él ciento cincuenta 
estadios, ó cuarenta y siete leguas, y llegaron, según dice Estra- 
bón, á una isla consagrada á Hércules Egipcio, situada al frente 
de Onoba. — ■ No habiendo más Onoba fuera del Estrecho que 
la que tuvo el sobrenombre de ^sturia, hoy Huelva, y corres- 
pondiendo á ésta la distancia de ciento cincuenta estadios que 
señala el geógrafo griego como límite de este segundo viaje, es 
de presumir que algún viento de levante los separó de la costa 
ocultando de su vista la isla en que luego se fundó Cádiz. — 
También el límite de esta segunda expedición fué marcado por 
los fenicios con columnas, que según un erudito comentador de 
Estrabón, arriba citado (i), debieron estar erigidas en la isla de 
Saltes. 

En su tercera expedición aportaron los fenicios á la isla que 
hoy denominamos Gaditana; plúgoles aquella tierra por lo apa- 
cible de su clima y por las ventajas que ofrecía á su comercio 
la anchurosa bahía que forma su costa mirando á España, y 
resolvieron establecerse allí. De este establecimiento de los fe- 
nicios en la isla Gaditana arranca la tradición, histórica en parte 
y en parte fabulosa, del famoso templo de Hércules en Cádiz. 
Fundáronlo los fenicios en la parte más oriental de la bahía, 
y pues tanto hablan de él los historiadores, los oradores y poe- 
tas de la antigüedad, no parecerá inoportuno referir aquí lo que 
de ellos.se colige sobre este suntuoso edificio. Un erudito escri- 
tor moderno (2), habilísimo recopilador de lo más verosímil de 
las noticias legadas por aquellos, lo describe del modo siguiente: 

« Era de arquitectura fenicia la fábrica del templo gaditano: 
de setecientos pies de longitud: el techo sin bóvedas: de vigas 
tan fuertes sus enmaderados, que hasta el siglo de Anníbal 



(i) Rui Ba.mba en sus notas inéditas a Estrabón. M. S. de la Real Academia de 
la Historia. 

(2) D. Adolfo de Castro, Historia de Cádiz y su provincia. Lib. II, cap I. 



SEVILLAYCÁDIZ i^Q 

existieron sin necesidad de ser tocadas para la firmeza del edi- 
ficio: aspiraban á la incorruptibilidad, según cantó Silio Itálico. 
En el fi'ontispicio se ostentaban relevados los doce trabajos de 
Hércules. La divinidad del templo era invisible: ninguna imagen 
daba á conocer dentro de su recinto la figura del dios á quien 
se tributaban cultos.» — « Filóstrato afirma que el templo ocu- 
paba toda la longitud de un islote pequeño, de un terreno 
blando y llano: que había en él dos aras de bronce, una dedica- 
da al Hércules egipcio y otra al Hércules tebano, pues entram- 
bos recibían culto, si bien no había imágenes: que en piedra se 
veía representada la Hidra, é igualmente representados los 
caballos de Diomedes y los doce trabajos de Hércules, y por 
último que allí se mostraba la oliva de oro de Pigmalión, con el 
fi'uto labrado de esmeraldas, y el tahalí, de oro también, de 
Teucro Telemonio. » 

Sin defender abiertamente este ilustrado crítico á Filóstrato, 
cuya autoridad han hecho sospechosa el incrédulo Posidonio )• 
nuestros Aldretes, Mondéjar y los Mohedanos, no menos des- 
confiados, entiende, y á nuestro modo de ver con razón, que no 
debe ser rechazado en absoluto y sin examen todo lo que el 
sofista de Lemnos refiere, dado que muchas de sus narraciones, 
que pasaban por fabulosas, han resultado comprobadas. Pero 
la verdad es que de los escritores antiguos, ya veraces, ya dados 
á fábulas y patrañas, muy poco se saca en limpio respecto de 
la forma de los templos fenicios, ni aun de la arquitectura feni- 
cia en general. Hay que acudir á otras autoridades. 

Por los textos bíblicos, y por las relaciones de los viajeros 
y arqueólogos de estos últimos tiempos, nos inclinamos á creer 
que el templo erigido á Hércules fenicio en Cádiz presentaría 
grandes analogías con el que edificó Salomón en Jerusalén. No 
podía ser igual, aunque ambos fueron obra de arquitectos feni- 
cios, dada la esencial disparidad de los cultos á que estaban 
destinados. La religión de los fenicios, personificación panteísta 
de las fuerzas de la naturaleza y sobre todo de los dos princi- 



6o SEVILLAYCÁDIZ 



pios, masculino y femenino, que concurren á la organización y á 
la vida del mundo, estaba en oposición directa con el monoteís- 
mo hebreo. La forma popular de la religión fenicia era la ado- 
ración del sol y de la luna, y de los planetas. Entre las princi- 
pales divinidades de aquel Panteón, figuraban Baal ó Bel y 
Achtoreth ó Astarte. Baal era la suprema divinidad masculina, 
el dios del sol, el iluminador, el fecundador y soberano, á quien 
se solía confundir con el Júpiter griego y romano. Hablando el 
historiador Josefo de las grandes obras que llevó á cabo el rey 
Hiram en Tiro, menciona un gran templo consagrado á Júpiter 
Olímpico, que estaba en una isla inmediata á la ciudad, la cual 
fué unida á ésta terraplenando el brazo de mar que de ella la 
separaba. — Achtoreth ó Astarte era la principal divinidad fe- 
menina: tenía por símbolo la luna, y los griegos la identificaban 
con Afrodita, y los romanos con Venus. — Melkarth, con fre- 
cuencia llamado Hércules tirio ó Hércules fenicio, era el dios ó 
rey de la ciudad. Se le adoraba especialmente en Tiro, y de 
allí su culto se extendió á todas las colonias fundadas por los 
tirios, como Lepte, Cartago, Utica, y nuestra Gades. 

Y sin embargo de estas diferencias entre la religión fenicia 
politeísta y la monoteísta hebrea, como quiera que los hebreos 
fueron discípulos de los fenicios en muchas cosas, y principal- 
mente en el arte de construir, fuerza es reconocer que, excep- 
tuado todo aquello en que el culto y los ritos imprimen dispo- 
sición y forma características, la arquitectura judaica y la 
cananea serían próximamente una misma. 

Mr. Renán, en su Mission de Pkénicie, describe las 
ruinas del templo de Amrit (Mm'atJuis latino), á nueve kiló- 
metros sur de Antaradus, el cual en tiempo de Estrabón ya no 
existía, y deduce que venía á ser una edícula semejante al Ta- 
bernáculo del pueblo hebreo, destinada á contener objetos sa- 
grados. Apoyados nosotros en tan respetable autoridad, colegi- 
mos que no anduvo muy descaminado nuestro historiador 
Horozco cuando, al describir el templo gaditano erigido á Hér- 



S E V I L L A Y C Á n I Z 6 1 



cules, aseveró que para su traza general se tomó por modelo 
el que en su ciudad tuvieron los de Tiro; y que tampoco se 
equivocó el alemán Hirt (i) al reconocer en el templo que para 
el hijo de David construyó Hiram, la misma disposición y ar- 
quitectura que se advierte en las ruinas de las construcciones 
religiosas de la Fenicia. Del templo que tenía Hércules en Tiro, 
y del cual no existía pocos años há reliquia alguna, aparecieron 
á la luz del día, con ocasión de las excavaciones practicadas en 
la antigua basílica de la ciudad, en 1874, en busca de los se- 
pulcros de Orígenes y de Federico Barbaroja, dos enormes co- 
lumnas monolitas de granito rosa, que en opinión del sabio 
Mr. Guérin, pertenecieron indudablemente á aquel templo con- 
sagrado á Melkarth, el amante de Astarte. Y si no es exa- 
gerada la idea que los historiadores antiguos y la Sagrada 
Escritura nos sugieren respecto del grado de cultura á que 
ya en tiempo de Salomón habían llegado los fenicios, bien 
podemos afirmar que así el templo cuyas reliquias acaba de 
ponernos de manifiesto la Tsor (2) fenicia, como nuestro 
templo gaditano, construido á imitación de aquel, presentarían 
una gran magnificencia á pesar de su reducido ámbito. 

Menciona Horozco en el famoso templo de Cádiz jaspes y 
mármoles con galanas y vistosas figuras en ellos esculpidas, 
vaciadas de brillantes metales y maravillosamente relevadas; 
habla además de columnas, de basas y capiteles, ventanas, to- 
rres, etc. Describe por último, aunque con el nombre genérico 
de templo, una celia en que había una parte más principal que 
otra, que llama oratorio ó santuario, ó capilla; y añade que este 
templo era reducido como todos los de la gentilidad, como el 
de Tiro, como el de Diana en Efeso, como el de Júpiter en 
Roma, siendo lo espacioso y grande en él los pórticos, lavato- 
rios, etc. Dedúcese de aquí que el templo gaditano era en una 



( 1 ) Der tempel Salomonis. 

(2) Éste era el nombre que entre los fenicios y los hebreos, naciones que has- 
ta cierto punto hablaban un mismo idioma, llevaba la antigua y opulenta Tiro. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



gran parte de la decoración semejante al templo de Pafos que 
vemos esculpido en antiguas medallas acuñadas en Chipre y en 
Pérgamo, y en su repartición y disposición general, parecido al 
templo de Salomón. 

Igual disposición, en efecto, aunque en mayor escala, en- 
contramos en el famoso templo hebreo, según nos lo describe 
Hirt: la misma división en dos secciones, una más principal que 
otra, que sirve de oratorio ó santuario, donde en el templo fe- 
nicio se figuraba el sepulcro de Hércules, y en el Tabernáculo 
israelita el Arca, y en el soberbio edificio del hijo de David el 
Sancta Sanctorum. En los tres edificios, si tal nombre puede 
aplicarse al Tabernáculo del Desierto, el cual, compuesto como 
estaba de columnas portátiles y cortinas, se armaba y desarma- 
ba siempre que convenía; en los tres, repetimos, se observan 
dos cosas muy dignas de atención : la disposición bíblica, la or- 
namentación puramente fenicia. La disposición se reduce, en 
cuanto al interior, á una capilla ó lugar santo, y más' adentro 
otro santuario reservado y principal; y por lo que hace al exte- 
rior, á espaciosos lavatorios y pórticos. La ornamentación con- 
siste toda en columnas con basas y capiteles de formas conven- 
cionales y hieráticas, esculturas de oro y otros metales, 
abundancia de bajo-relieves simbólicos, maderas preciosas ó 
ricos jaspes revestidos de láminas de oro y plata, industria en 
que según la Sagrada Escritura (i) descollaban singularmente 
los sidonios. Grandemente, pues, debieron parecerse en su es- 
tilo arquitectónico la obra de los fenicios de Cádiz y la de los 
fenicios contratados por Salomón, pues cuando leemos las 
descripciones de Ocampo y Horozco, involuntariamente recor- 
damos los versículos del libro de los Reyes que nos muestran 
el famoso templo de la Ciudad Santa.» Tenía el Oráculo, dice 
el sagrado texto, 20 codos de largo, 20 codos de ancho y 20 codos 
de alto, y le cubrió y revistió (Salomón) de oro purísimo. Au7i 



(T Carta de SaloiiKhi a Hiram. rey dc'l'iro: lib. 111 de los Reyes, cap. V. v. 6. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



la parte del templo que estaba delante del Oráculo la cubrió^ con 
oro acendrado, clavando las planchas de oro con clavos de lo 
mismo. No había parte alguna dentro del templo que no estuvie- 
se cubierta de oro. E hizo adoi^nar todas las paredes del tem^plo 
alrededor con varias molduras y relieves., fígíiraiido en ellas 
querubijies y palmas, y diversas figuras que parecían saltar y 
salirse de la pared. El citado Hirt, en la restauración que ha 
publicado de este templo, le presenta circundado de aposentos 
dispuestos en tres zonas ó pisos, de las dimensiones que trae 
el cap. VI del libro III de los Reyes, guardando analogía con el 
templo de Pafos; además le supone erigido en el centro de va- 
rios atrios ó lonjas, la inmediata al templo, para los sacerdotes, 
la que seguía á esta y la rodeaba, para los judíos, y la última 
ó más exterior, para los gentiles, con sus columnatas ó pórticos 
correspondientes, según se practicó y se siguió practicando 
siempre en todas las grandes construcciones religiosas del 
Oriente, desde el primer tabernáculo hasta la última mezqui- 
ta (i). Chiram llama Josepho al Hiram de la Vulgata, artífice 



(i) Es digna de mencionarse la descripción que hace Josepho de las construc- 
ciones que rodeaban el templo. «Mandó levantar en todo su circuito una valla de 
3 codos de altura, llamada o^isón en hebreo, para estorbar la entrada á los seglares, 
reservándola á los sacrificadores y levitas. Fuera de este recinto erigió otra es- 
pecie de templo de forma cuadrangular, rodeado de grandes galerías con cuatro 
espaciosos pórticos mirando a los cuatro vientos, y cuatro soberbias puertas en- 
teramente doradas; aquí sólo podían entrar los que se hallaban purificados según 
la ley y estaban resueltos a observar los mandamientos de Dios. Esta construcción 
era tan admirable, que no hay términos con que describirla: para hacer la nivela- 
ción de su base en lo alto de la montaña en que asentaba el templo, fué menester 
terraplenar un abismo de 400 codos de profundidad donde había un valle que no 
podía mirarse de arriba sin horror. Hizo por último rodear este segundo templo 
con una doble galería sostenida en dos filas de columnas de una sola pieza, y las 
puertas de esta galería, que eran de plata, estaban adornadas de madera de 
cedro.» 

El mismo diligente historiador saca de los Anales de Fenicia y de Tiro, tradu- 
cidos en lengua griega por Menandro, el siguiente pasaje sobre las construcciones 
del rey Hiram. «Muerto Abibal, rey de los tirios, sucedióle su hijo Hiram, que 
vivió 53 años y logró 34 de reinado. Este príncipe agrandó la Isla de Tiro (Tiro 
fué isla hasta que Alejandro Magno la unió al continente) por medio de terraple- 
nes artificiales, y este aumento tomó el nombre de Campo-grande. Consagró una 
columna de oro en el templo de Júpiter, é hizo considerables cortas en el monte 
Líbano para las armaduras de los templos, porque mandó demoler los antiguos y 



6-f S E V I L L A Y C Á D I Z 



consumado en la ornamentación y fundición, de quien se valió 
el rey de los judíos para decorar su templo. Lo que para él 
labró puede en cierto modo considerarse como tipo probable de 
la exornación del templo gaditano, y creemos que la mera 
enumeración de partes que la Biblia y el historiador judío nos 
ofrecen de consuno, basta para demostrar la universalidad que 
en la época á que nos referimos había alcanzado la lujosa or- 
namentación ninivita. 

Las columnas que fundó Chiram ó Hiram no pertenecían á 
ninguno de los órdenes que regularizó el genio griego: su tipo 
está evidentemente en la gran ciudad de Belo, en la época en 
que la Asiria y el Egipto estaban en comunicación directa (i). 
Cada una tenía i8 codos de altura, dando vuelta al fuste una 
moldura; sus capiteles, de cinco codos, estaban rodeados de 
una red de cadenas entrelazadas entre sí; en cada uno de ellos 
había siete hileras de mallas ó trenzas sobre pezones de gra- 
nadas. Las columnas del pórtico tenían capiteles labrados en 
forma de azucena, y encima sobresalían otros capiteles entre 
mallas, y entre los dos capiteles de cada columna había dos- 
cientas granadas repartidas con grande artificio. -Quién no re- 
conoce desde luego en estas columnas la arquitectura llevada 
por los artistas de Menphis á las orillas del Tigris.-^ El mar ó 



ruinosos 3' construir otros que consagró á Hércules y d Asiarte. Él fué el primero 
que levantó una estatua á Hércules en el mes que los macedonios llaman Peritius 
(que es el mes de Febrero). Antiquit., lib. III, cap. II. 

Dion habla también de las grandes sumas invertidas por Hiram en construc- 
ciones de templos. 

Por último, el citado Josepho (loe. cit.) cuenta maravillas de las obras de como- 
didad y recreo que Salomón llevó á cabo, donde entre deliciosos jardines y 
bosques embalsamados y de fresca sombra, descollaban edificios de blanquísimo 
y pulido mármol, de oro y plata bruñidos, de oloroso cedro, con incrustaciones 
de piedras preciosas y otros artificios que denotan un grado de perfección sumo 
en todas las artes de lujo y ostentación. Por donde vemos claramente que la cul- 
tura ninivita y babilónica, á la cual la arqueología moderna asigna la prioridad 
en vista de los monumentos hasta hoy conocidos, había ya invadido en tiempo de 
Salomón toda la región asiática que baña el Mediterráneo. 

(i) Layard fija esta época entre las centurias 14." y q.^ antes de J. C. Xínevelí 
and lis remains. Part. II, cap. I. 



SEVILLAYCÁDIZ 65 

concha de bronce que fundió el mismo artífice, sustentado sobre 
doce bueyes, tres á cada viento; las diez basas que hizo para 
las diez conchas menores con guirnaldas y festones, entre las 
cuales se veían leones, bueyes, y hombres en pié figurando 
querubines, todo fué importación del Asia interior, esto es, de 
la grande oficina desde donde se propagaron por el universo 
mundo toda la fantástica magnificencia del arte y todos los 
errores de la idolatría. Reflexionando Josepho sobre el desas- 
troso fin del reinado de Salomón, escribe estas singulares pala- 
bras: «El horrible pecado del culto de los ídolos fué en él triste 
consecuencia de otro pecado anterior: porque contravino á los 
mandamientos de Dios haciendo fabricar aquellos doce bueyes 
de bronce que sostenían la gran concha llamada mar, y aquellos 
doce leones que colocó en las gradas de su trono.» 

Si no fuera por el temor de extremar demasiado el concepto 
alegórico que atribuímos a algunos hechos, diríamos que ese 
Chiram, á quien una tradición recogida por Josepho suponía 
hijo de Ur, extranjero en Tiro, era la personificación del genio 
artístico de Fenicia formado en las enseñanzas de aquellos cal- 
deos del primer imperio asirio (i) que erigieron los famosos pa- 
lacios de Nimrud y Khorsabad , en nuestros días rescatados del 
inmensurable sepulcro de arena en que yace la antigua Mesopota- 
mia. La noticia que nos da el historiador judío, adquiere todavía 
más el carácter figurativo en vista de los poderosos argumentos 
con que el descubridor de la muerta Nínive demuestra (2) la 
primera influencia asina ejercida en el Asia menor en la época 
de la mayor prosperidad de los reyes de aquel imperio. 

Hay que considerar, pues, como de carácter mixto asirio- 
egipcio, comunicado al arte de los cananeos por sus relaciones 
con los grandes pueblos de Oriente, los templos erigidos á Hér- 
cules por los fenicios en Tiro y en Gades, y creer, contra la 



(i) Ur era ciudad de la Caldea. 

(2) Layard. Obra citada. Part. II, cap. III. 



66 S E V 1 L L A Y C Á lí I Z 



vulo-ar opinión, que nuestro célebre templo debió ser un monu- 
mento precioso, digno por todos conceptos de una detenida 
descripción de parte de los historiadores, y merecedor hasta en 
sus más dudosas reliquias de las concienzudas investigaciones 
de los arqueólogos. 

De vez en cuando se manifiestan deseos de emprender se- 
riamente estas tareas, entre los gaditanos ilustrados amantes de 
las antigüedades; pero desgraciadamente no hay allí hombres 
perseverantes como el sabio ingeniero Mr. A. Daux, que hace 
pocos años llevó á cabo en la costa africana septentrional el 
descubrimiento de los restos fenicios de Cartago, Utica y Cigisa. 
En el año 1755, con ocasión de haberse retirado considerable- 
mente el mar en la costa gaditana y quedado al descubierto 
grandes ruinas de edificios, de ordinario cubiertas por las aguas, 
hubo en los anticuarios andaluces días de grande entusiasmo en 
que se concibieron colosales proyectos ; mas aquel calor fué 
estéril. Modernamente, en el mes de mayo de 1871, un celoso 
individuo de la Comisión de monumentos históricos y artísticos 
de la provincia, expuso en una de las sesiones de esta corpora- 
ción, que entre los asuntos arqueolóo"icos á que debía darse 
preferencia , era quizá el más importante el estudio del verda- 
dero sitio en que se alzó el famoso templo de Hércules, creyen- 
do él que con poco gasto podía sondearse en baja mar aquella 
costa haciendo en ella exploraciones, para lo cual casi contaba 
ya con la cooperación de alguien que facilitaría barcos, pertre- 
chos, etc. Y volvieron las aguas del olvido á cubrir y dejar dor- 
mir en paz aquellas ruinas! 

Entendemos que estaba situado el templo gaditano de Hér- 
cules en la parte oriental de la Isla, así como la ciudad lo estaba 
en la occidental. El puerto fenicio no se hallaba en la actual bahía, 
sino inmediato á la Caleta, dividiéndose la ciudad (i) en la isla 
de San Sebastián y en el espacio por donde se extienden las 



(i) D. Adolfo dk C.\stro. Hisl. de (2ddiz, etc., cap. I. 



SEVILLA Y CÁDIZ 6? 



peñas que hay fronteras al castillo de Santa Catalina, en las 
cuales veía Jorge Bruin los vestigios de la primitiva Gades y 
Agustín de Horozco las ruinas de una naumaquia. 

Es muy de sentir que las tareas de los sabios exploradores 
de las antigüedades fenicias en nuestros días, los Guérin, los 
Renán, los Sepp, los Berton, los Daux, etc., no hayan dado 
mayores resultados en cuanto á la arquitectura religiosa de 
aquellas gentes. Muchos son los templos y monumentos sepul- 
crales fenicios excavados en las rocas que ellos han descubierto, 
pero escasas las ruinas de los que se levantaban sobre la super- 
ficie del suelo. Al reducidísimo catálogo de los que eran cono- 
cidos cuando Hirt escribía, sólo pueden agregarse unos pocos: 
entre ellos, como de los más notables, el erigido á Melkarth en 
Sidón, al nordeste de su cegado puerto, en un islote donde 
cubre el agua sus gigantescas columnas, caídas y medio sepul- 
tadas en el fango; la edícula bajo la cual estaba enterrado el 
famoso y bello sepulcro del rey Echmunasar, en la antigua 
acrópolis de la misma Sidón, monumento de carácter egipcio 
con inscripciones fenicias comprado para el Museo del Louvre 
por el duque de Luynes; y el templo de Melkarth de Tiro, cuyos 
restos fueron hallados, según queda dicho, al buscar unos se- 
pulcros cristianos en el subsuelo de la antigua basílica de aque- 
lla ciudad. 



CAPITULO IV 



Fábulas é historias referentes á otras construcciones de los fenicios 




iciERON los fenicios otras grandes construcciones, 
ya en Cotinusa, ya en otros puertos de la costa 
meridional de España. Repararon el barrio que 
los eritreos les habían cedido, cercándolo de pie- 
dra escuadrada, y labraron, no se sabe dónde á 
punto fijo, una alta, fuerte y hermosa torre para servir de se- 
ñal á los navios y bajeles que vinieran en demanda del puerto. 
Estas torres eran de grande utilidad entre los antiguos que no 
conocían la brújula; hoy todavía son, con los fuegos que en 
ellas se encienden, la salvación de las naves derrotadas durante 
los fuertes temporales, aguas y neblinas que oscurecen la costa. 
Supone Horozco que esta torre de que hablamos es la llamada 
de San Sebastián, en un angosto y pequeño girón de tierra que 
se forma entre el mar y la caleta. En su hueco se halla la pe- 
queña ermita de aquel mismo nombre, y es ahora imposible 
reconocer si dura en su construcción algo de fenicio, porque 



SEVILLA Y c; A D 1 Z 



habiéndose arruinado muchas veces en los pasados siglos, las 
sucesivas restauraciones la han ido despojando de su primitiva 
forma. El historiador gaditano cuya autoridad tantas veces ci- 
tamos, asegura haber conocido en ella una notable restauración 
hecha por la nación veneciana , cuyo trato y navegación por 
aquellos mares fueron de mucha importancia en algún tiempo: 
restauración comprobada por una gran piedra blanca que había 
en lo más alto del edificio á la parte del mediodía, figurando el 
león alado de San Marcos con diadema en la cabeza y un libro 
abierto en las manos. Añade que en el año 1587 volvió á des- 
plomarse la mayor parte de ella, y no habiendo dónde hacer el 
farol y atalayar los mares, de lo que se seguía gran perjuicio 
para la ciudad, se dispuso reedificarla restituyéndole su primi- 
tiva altura; mas cuando iba ya á terminarse la restauración, se 
desbarató por culpa del oficial que la iba haciendo en falso. 
La torre que los fenicios construyeron, emplazáranla ó no don- 
de está hoy la de San Sebastián, debió ser semejante al célebre 
faro de Alejandría, y al que después se erigió en Mesina. Nada 
pudo averiguar Horozco respecto del nombre que los fenicios 
le dieron; pero en cuanto á su historia, leemos (i) que el escri- 
tor árabe Ibnu Ghalib, en su obra titulada Contentamiento del 
alma en la contemplación de las antigüedades de Andalucía, 
cuenta como el más notable de los monumentos de Cádiz dicha 
torre con el ídolo que descollaba sobre ella. «No tiene esta 
torre igual en el mundo, dice, exceptuada otra de la misma for- 
ma que se eleva sobre un alto promontorio de Galicia. Es noto- 
rio que mientras perseveró el ídolo sobre la torre de Cádiz, los 
vientos refrenados dejaron de soplar en el Estrecho hacia el 
Océano, de manera que no podían los navios salir del Medite- 
rráneo ; mas cuando fué derrocado en los primeros años del 
reinado de los Beni-Abd-el-mumen, cesó el encanto, y los baje- 
les de toda especie pudieron ya recorrer impunemente los mares. 



(i) Almakkarí. Lib. I. cap. V. 



SEVILLA Y CÁDIZ Jl 



Otro autor árabe del siglo xii, en su libro llamado Giara- 
fiyya, describe así la torre y el ídolo de que vamos hablando: 
«había en Cádiz una torre antigua y cuadrada de lOO codos de 
altura, construida con grandes piedras admirablemente unidas 
entre sí por medio de grampones de bronce. En su cima había 
un pedestal cuadrado de mármol blanco, y sobre él una estatua 
que representaba á un hombre, de tan maravillosa forma y pro- 
porciones, que más parecía criatura viviente que cosa inani- 
mada. Volvía el rostro al mar de occidente, dando la espalda 
al norte: extendía el brazo izquierdo apuntando á la boca del 
Estrecho entre Tánger y Tarifa, y unía el derecho al cuerpo 
como ciñéndose la vestidura: en la mano derecha tenía como 
un bastón ó vara con que señalaba al mar. Pretenden algunos 
autores que lo que tenía eran unas llaves, pero es error; yo vi 
muchas veces este ídolo y nunca pude descubrir en él otra cosa 
más que la vara mencionada, en posición vertical y un tanto 
levantada del suelo. Me consta además por el testimonio de 
personas veraces que presenciaron el acto de remover ó derri- 
bar el ídolo, que la vara era pequeña y tenía en la punta como 
un diente de almohaza. No se sabe con certeza qué artífices 
labraron la torre y su estatua. Mes'udí en sus Praderas de oro 
atribuye su construcción á Al-jabbar, el mismo que fabricó los 
siete ídolos del país de Zinj, mirándose unos á otros; pero se 
cree como más probable que la erigiese alguno de los antiguos 
reyes de Andalus para que sirviese de guía á los mareantes, 
por cuanto tenía el ídolo su brazo izquierdo extendido hacia el 
Bahru-z-zokák (Estrecho), apuntando á su entrada como en ac- 
titud de mostrar el camino. No faltaba quien creyese que era 
este ídolo de oro puro, porque cuando el sol hería en él al des- 
puntar ó al ponerse, despedía rayos de luz y presentaba los más 
brillantes matices, semejante al cuello tornasolado de la paloma 
silvestre...» «Cuando en los tiempos posteriores fué este ídolo 
derribado, ya los navegantes no podían regirse por él á la en- 
trada y salida del Estrecho. Su demolición ocurrió del modo 



SEVILLA Y CÁDIZ 



siguiente: en el año 540 (A. D. 1 145-6), al principio de la se- 
gunda guerra civil, el almirante de la flota Alí Ibn'Isa Ibn 
Maymún se rebeló en Cádiz declarándose independiente. Ha- 
biendo oído decir á los habitantes que el ídolo que descollaba 
en lo alto de la torre era de oro, se despertó su codicia y man- 
dó que se bajase inmediatamente. Mucho trabajo costó veri- 
ficarlo, pero cuando llegó la estatua al suelo se vio que era de 
bronce, cubierta sólo con una ligera chapa de oro, que produ- 
jo 12000 dinares del mismo metal (i).» 

Andando los tiempos, sustituyó al ídolo (2) una linterna 
sobre una especie de capitelillo, donde á la hora de anochecer 
se encendía fuego de alquitrán ó de leña seca, al cual, apenas 
visto, seguían otros fuegos en la torre de la Almadraba de 
Hércules, en el castillo de Santi-Petri, y en las demás torres 
del Estrecho de Gibraltar, reino de Granada, Murcia, Valencia, 
Aragón y Cataluña. Continuábase esta seña diversas veces en 
la noche, correspondiéndose unas atalayas con otras para mayor 
vigilancia, y siendo la primera en levantar el fuego la torre de 
San Sebastián. Si descubría enemigos ó llegaban á ella de 
noche, disparaba una pieza de artillería que para esto tenía 
dispuesta, esparciendo la luz tantas veces cuantos bajeles divi- 
saba, y si era de día, además de tirar con la pieza hacía seña 
con ahumadas. — La torre de San Sebastián que vemos hoy 
formando parte del castillo del mismo nombre, fué fabricada 
por los años 161 3, siendo gobernador de Cádiz don Fernan- 
do Quesada Ulloa: es cilindrica, de ciento veinte y ocho pies de 
altura, y termina en un fanal, cuya luz gira en torno con claros 
y oscuros de un minuto. 

También el puente de Zuazo fué obra de los fenicios en 
opinión de algunos historiadores: su fundación debe perderse 



(i) Almakkarí, lib. i, cap. vi. 

(2) Entiéndase esto en el supuesto, de que parte llorozco, de que la torre fe- 
nicia estuviese donde esta hov la de San Sebastián. 



S E V I L L A Y C Á D I Z 73 



en la noche de la antigüedad por lo mismo que ha sido objeto 
de las galas de la fábula. 

Un antiguo rey de Iberia, cuenta ésta, por nombre Híspalo, 
tenía en Cádiz una hija de extremada hermosura, cuya fama 
volaba entre varias gentes, por lo cual vinieron á pretenderla 
por mujer tres príncipes mancebos. Todos tres la pidieron á su 
padre haciendo magníficas demostraciones, que, al paso que 
regocijaban á la corte, manifestaban su ingenio, su gran poder 
y gentileza. Fatigado el padre de su importuna pretensión, y 
deseando no provocarlos á enojo y discordia, indeciso sobre á 
cuál de ellos la daría, halló un medio que le pareció excelente 
para esquivar el compromiso, y fué ofrecer que su hija sería 
esposa del primero que llevase á cabo uno de tres soberbios 
edificios que les señaló. Era uno de estos un puente que uniese 
la Isla gaditana con el continente de la Bética, salvando el cau- 
daloso brazo de mar que los separa. El príncipe á quien esta 
obra colosal cayó en suerte, hizo pacto con el demonio, y con 
esta ruin y mala ayuda triunfó de sus competidores terminando 
su edificio antes que los otros el suyo, y obtuvo en recompensa 
la mano de la hija del rey. — Esta conseja tiene un significado 
que fácilmente habrá comprendido el lector, á saber, que el 
puente de Zuazo es una de aquellas obras que en la opinión 
del vulgo exceden de la medida común de las humanas empre- 
sas. Hízose, según Horozco, por industria de alguno de los in- 
geniosos y estimados artífices que hubo en la ciudad de Tiro (i); 
según otros, fué obra de cartagineses; no pocos la consideran 
construcción de romanos. Tal parece su fábrica actual, sin que 
podamos asegurar que no haya precedido á ésta otra fenicia. 

Cúmplenos hacer breves indicaciones de lo que habría de 
más notable entre las construcciones fenicias que ya no existen, 
además del templo de Hércules, de la gran torre y del maravi- 



(i) «Me atrevo á estimar á este puente por el mas lamoso y único que puede 
aver en el mundo, fabricado de solamente grandísimas losas, trabadas unas con 
otras sin ninguna mezcla ó material.» Horozco, Hi'st. de Cádiz. 



J¿^ SEVILLAYCÁDIZ 



lioso puente. — Donde están hoy las ruinas que en forma de 
peñascos se ven cerca del castillo de Santa Catalina, se levantó 
ó bien una fortaleza, ó el templo de Saturno que según Estra- 
bón eriofieron los fenicios en el extremo occidental de la Isla, 
contiofuo á la ciudad de Gades. — Cerca de la Caleta estaba el 
puerto fenicio, no en lo que conocemos con el nombre de bahía; 
y afortunadamente podemos hoy aventurar alguna conjetura 
acerca de su forma. Todos los puertos fenicios que en la costa 
africana, en el Zeugis y el Byzacium ha descubierto, explorado 
y medido, el sabio ingeniero M. Daux, como el de Utica, el de 
Cartago, el de Hadrumeto, el de Thapsus y otros, presentan 
como singularidad característica, la forma cuadrada, con los án- 
gulos en segmento de círculo (i). Esta misma forma, puesto 
que fenicios fueron sus constructores, ofrecería sin la menor 
duda el puerto de Gades. Iguales serían también la disposición 
y construcción de uno y otros: frente cerrado, entrada por el 
costado, gran dársena con una especie de castillo en su centro, 
que llevaba el nombre de palacio del Almira^ite^ el que se unía 
á la tierra firme por una especie de puente ó lengua de tierra 
(tcenia); muelles espaciosos en todo el contorno interior de la 
dársena, á excepción del lado que hacía frente al mar, con vas- 
tos almacenes, depósitos y talleres, salones embovedados, dis- 
puestos en varios pisos, con terrazas enlosadas encima; astillero 
contiguo á la dársena, etc. 

Claro es que un pueblo industrioso y comerciante, como 
eran los fenicios, no podía ceñir sus establecimientos á la redu- 
cida Isla gaditana. El caudaloso Betis les franqueaba la entrada 
á las hermosas y pingües llanuras donde luego descollaron Se- 
villa y Córdoba: en los estuarios del Estrecho y del Océano 
tenían puertos seguros para sus naves, y enriscados islotes para 
atalayar los mares; desde muchas alturas de la zona marítima 



(i) Reclierclies sur Tortiyine et rei7i-placc'ment des cmporia piiéniciens, ele, por 
A. Daux. Véase en esta interesantísima obra la restitución gráfica del puerto de 
Utica, láminas V, VI, VII y IX. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



75 



podían también dominar juntamente la llanura interior y la 
costa. Señorearon en esta á Menace (i) (Málaga), Sexi (Almu- 
ñecar), Abdera (Adra), Mellaria (Tarifa), Bessipo (Caños de 
Meca), el promontorio de Juno (Trafalgar), el Heracleum 
(isla de Santi Petri), toda la Cotinusa, el puerto Menestheo 
(Puerto de santa María) y otros varios del litoral, donde hicie- 
ron poblaciones, ó templos, ó torres, y tierra adentro fundaron, 
entre otras ciudades, á Asta, consagrada á Astarte, á Belón 
(hoy Bolonia) con templo á Baal ó Belo, y la soberbia Asido, 
con templo á Hércules, rival en suntuosidad y riquezas del de 
la Isla gaditana, para perpetuar su descendencia de la famosa 
Sidón fenicia. 

No es ya un misterio oculto el sistema arquitectónico y de 
construcción que empleaban los fenicios según la clase de sus 
edificios. Por lo que hicieron en Tiro y Sidón, en Biblos y Chi- 
pre, y por lo que hacían en sus emporios de la costa africana, 
se deduce lógicamente lo que debieron hacer en las fundaciones 
que dejaron en España. En los templos, todo el desarrollo del 
lujo cananeo, en obras de talla, en maderas olorosas, en reves- 
timientos de preciosos metales, oro, plata, bronce, ya fundido, 
ya batido en chapa, en columnas de pórfido y de mármoles, en 
aras y sarcófagos de jaspe ó de basalto. En las construcciones 
civiles y militares, como puertos, fuertes, muros, torres, bastio- 
nes, palacios, cisternas, etc., gran sencillez exterior, muros de 
grande espesor, ángulos robados en planta curva, paramentos 
en talud, fuertes y elevados estribos abrazando dos y tres pisos 
y unidos en arco por la parte superior; bóvedas fraguadas con 
mortero, no de sillares; cúpulas hemisféricas, galerías, corona- 
mientos almenados. Lo más característico de la construcción 
fenicia de albañilería era la excelente mezcla de cal y guijo que 
usaban para los muros, paredes y bóvedas, pues en los frag- 



(i) Nos servimos de los nombres geográficos latinos por ser desconocidos los 
que a estas poblaciones se daban en la época á que se alude. 



^6 SEVILLA Y CÁDIZ 



mentos recogidos hoy, apenas se distingue la cal de la piedra ó 
guijo partido: tan compacta resultaba esta especial manipostería 
ó más bien finísimo cemento. Así en la generalidad de los casos 
era completamente innecesario revestimiento alguno de cantería. 
Esta apenas se empleaba; como por excepción la ponían en al- 
gunos muros y puertas; pero entonces los sillares, nunca almo- 
hadillados ni con molduras que indicasen el despiezo, formaban 
una superficie enteramente lisa y homogénea, como si fuera todo 
de una pieza. 

Debemos añadir, sin embargo, que lo mismo que en Fenicia 
se encuentran no escasos monumentos abiertos en la roca ó 
peña viva, debidos á industria de los naturales ó cananeos, así 
también han reconocido allí los arqueólogos modernos construc- 
ciones megalíticas fenicias, semejantes por la descomunal dimen- 
sión de los sillares á las de los celtas y pelasgos. En la antigua 
Biblos, por ejemplo (Gebal de los fenicios), señala Guérin una 
torre cuyo subasamento es de piedras de prodigiosa magnitud, 
y que no obstante reconocen los más entendidos como muestra 
de la arquitectura militar de los giblitas. Pero estos monumentos 
son raros. 

Vimos ya que en la isla de Saltes, frontera á Huelva, habían 
plantado sus columnas desde su segundo arribo á nuestra Penín- 
sula: ahora, no contentos con derramarse por todos los puertos 
y estuarios de la Bética, como enjambres industriales, ni con ex- 
plorar el Océano discurriendo por la costa occidental, se atre- 
vieron á avanzar hasta las regiones septentrionales de Europa, 
llegando á las islas Cassitérides (i), de donde sacaron inmensas 
cantidades de estaño. 



(i) Contra el común sentir de casi todos los cosmógrafos españoles, é inter- 
pretando de una manera satisfactoria el texto de Estrabón: en frente de los Artabro^ 
hacia el septentrión están las islas llamadas Cassitékivks^ situadas en alta mar y 
casi en el clima británico, opina Bamba que estas islas corresponden á las que 
hoy llamamos Sorlingas. 

Es muy de notar que los cautelosos fenicios de Cádiz tuvieron ocultas á todos 
los pueblos sus navegaciones al emporio del estaño por más de ochocientos años 
que transcurrieron desde el tiempo de Homero al de Polybio Craso. 



CAPITULO V 



Inmigraciones de griegos, cartagineses y romanos, y sus colonias. — Navega- 
ciones de los gaditanos. — Luchas entre los cartagineses y los naturales. 




OMO unos novecientos años antes de la Era 
cristiana, se presentaron también en España 
los griegos asiáticos á competir con sus anti- 
guos maestros los fenicios. La primera expedición 
fué de rodios, los cuales atracaron en la costa de 
Cataluña y fundaron á Rodas (hoy Rosas), poblando al 
propio tiempo las islas Gimnesias ó Baleares. A estos si- 
guieron los focenses y los samios, que, establecidos prime- 
ro en la costa de la Galia meridional, donde es hoy Marsella, 
y corriéndose al mediodía, tomaron á Rodas, y edificaron más 
abajo el famoso templo de Diana, que luego vino á ser la ciudad 
de Denia. Y no lejos de allí, en la misma costa, los griegos de 
Zante fundaron después la ciudad de Sagunto (hoy Murviedro) 
que tanto nombre había de alcanzar en la historia. 

Iban gradualmente haciéndose incompatibles los intereses de 
las diversas naciones que se repartían la mejor tierra de España: 



78 SEVILLA Y CÁDIZ 



los turdetanos, con su civilización mixta de caldea y celta, resis- 
tían tenazmente el yugo con que los amenazaba la seducción y 
solercia de los fenicios; éstos, aunque apoderados de casi toda 
la marina, sabían muy bien que lo principal de la Bética era de 
los turdetanos y de los belicosos celtas sus convecinos y alia- 
dos. Los griegos asiáticos, los focenses principalmente, supie- 
ron ganarse la voluntad de los españoles, y obtuvieron de ellos 
establecimientos con los cuales podían prometerse minar en bre- 
ve por su base el poderío del común enemigo. Estos auxiliares 
extranjeros eran notablemente cultos: sus personas, sus trajes, 
sus armas, las fustas en que navegaban (i), los edificios sólidos 
y galanos que construían, agradaron tanto á los españoles, que 
su rey Argantonio trabó al punto amistad con ellos. Venían hu- 
yendo, dice Ocampo, del formidable poder de Ciro, que había 
sojuzgado los principales Estados y repúblicas del Asia; y des- 
pués de repuestos en los pacíficos dominios del monarca ibero, 
comenzaron á poblar las isletas que por los confines de Cádiz y 
del Estrecho tenían aún abandonadas los fenicios, y labraron 
en ellas casas de placer entre deleitosas huertas y arboledas, 
convidando para todas estas labores á los españoles andaluces 
con quienes moraban; y tal maña se dieron, que en el término 
de tres años ó poco más las llenaron todas de granjerias exce- 
lentes, edificadas ala manera dejonia «con adornamentos, añade 
aquel historiador, muy nuevos y muy galanos: porque también 
en esto de los edificios, como en el arte de labrar navios, tuvie- 
ron los focenses grandes primores y trazas de proporción mu- 
cho singular». 

Sabido es que los jonios fueron los primeros helenos civili- 
zados; la escuela filosófica que llevó su nombre, la más antigua 



( I ) «Los focenses, dice Ocampo, era buena copia de gente bien armada, baste- 
cida y ordenada, y sobre todo sus fustas de tan hermosa facción, y tan apropiadas 
y desenvueltas para la guerra, que hasta su tiempo nunca semejantes anduvieron 
por las mares de España. Traía cada cual cincuenta remadores en cada lado, largas 
todas, bien despalmadas y limpias, sin haber en ellas navio que fuese hondo ni 
de carga, como traían muchos otros navegantes». 



SEVILLAYCÁDIZ 79 



de la Grecia, aspiraba á explicar el mundo por un principio úni- 
co, suponiendo que las diversas transformaciones de ese principio 
producían todo cuánto vemos y palpamos; y ese principio era 
siempre para los famosos filósofos que produjo, como Thales, 
Anaximeno, Heráclito de Efeso y otros, alguno de los llamados 
elementos del mundo material, el agua, el aire, el fuego. Este 
materialismo estaba como infiltrado en la sangre de los jonios y 
trascendía á todas las formas de su vida pública y privada: el 
fasto y la elegancia, la poesía, las bellas artes, florecieron entre 
ellos desde el siglo ix antes de J. C. El dialecto jónico era el más 
dulce de la lengua helénica; el ritmo jónico en la música era el 
más afeminado y voluptuoso; el orden jónico en la arquitectura 
tiene en sus volutas un no sé qué de gracioso, ingenuo y desnudo, 
que seduce al hombre de gusto más austero. La sola adopción 
del capitel jónico, dice el exquisito gusto estético de aquel pue- 
blo, ya sea invento suyo, ya sea importación asiría (i). Los jonios, 
que llevaron al Asia Menor su comercio, su navegación, sus colo- 
nias, sus riquezas y su lujo, trajeron á España con todos estos 
elementos de prosperidad material, una exquisita cultura artís- 
tica, adquirida en la brillante carrera de rivalidad intelectual de 
las doce ciudades de Lydia, Caria, y las Islas diseminadas entre 
el Meandro y el Hermo. Hay, como hemos visto, autores que 
asignan su venida á nuestras costas al período de servidumbre 
por el cual pasaron desde la gran conquista persa, consumada 
por Ciro, hasta la segunda guerra meda que les restituyó la li- 
bertad; otros la fijan en la época, cuatro siglos anterior, en que 
la poesía, más expansiva que los otros ramos de la civilización, 
había ya producido entre ellos á Homero, cuyas peregrinaciones 
es fama se extendieron hasta las columnas de Hércules. ¡Dios 



(i) Observa Layard en su obra citada sobre Nínive, que la primera indicación 
del uso de las columnas entre los asirios se encuentra en las esculturas de Khor- 
sabad. En un bajo-relieve de sus ruinas ha hallado el arqueólogo ingles un tem- 
plete ó pabellón de pescar en medio de un lago: embellecen su fachada dos colum- 
nas cuyos capiteles se asemejan tanto al jónico, que no es posible dejar de reconocer 
en ellos el prototipo de este orden. 



8o SEVILLAYCÁDIZ 



sabe si alguna de aquellas galanas fustas focenses de cincuenta 
remeros, que tan buena acogida hallaron en las playas andaluzas, 
nos dejaría en alguna de las embalsamadas islas de la región 
tartésida al vate inmortal que cantaba la ruina de Ilion, y si 
tendrían los españoles de hace veinte y seis siglos la dicha de 
oir de los mismos labios del padre de la poesía épica aquellos 
sonoros versos que hoy apenas nos es dado traducir! 

Del genio placentero de los griegos de Asia y de su afición 
á la vida regalada, es de creer que su establecimiento en el 
Estrecho innovaría y embellecería grandemente el aspecto de 
las poblaciones iberas y fenicias. No se sabe de positivo si han 
desaparecido de entonces acá algunas islas de las que los jonios 
poblaron ; pero parece indudable que Ocampo se engañó hacien- 
do muchas islas diversas de los varios nombres aplicados por 
los antiguos á unas mismas islas. Asila Isla gaditana, que los 
naturales aborígenes llamaban Cotznusa, recibió de los griegos 
el nombre de Tarteso (i), aplicado igualmente á la ciudad de 
Carteya, sin duda después de haberse arruinado la primitiva 
capital de aquel nombre de la región marítima de la Turdetania, 
que dijimos haber existido en el continente entre las dos bocas 
ó brazos del Betis (2). La otra isla contigua á la gaditana, que 
nuestros más juiciosos críticos reducen á la de Santi-Petri, fué 
poblada por los tirios de Cádiz, que se decían descendientes 



(i) Testifícalo Avieno en su poema ya citado, ver. 268 : 

Nam Punicorum lingua conseptum locum 
Gadir vocabat : ispa Tartessus -prius 
Cognominata est. 

(2) «Vemos (en los testimonios antiguos), dice Flórez, que los griegos lla- 
maron á Cartela Tartesso: acaso porque destruida la ciudad primitiva, sita entre 
las bocas del Betis, aplicaron el nombre de Tarteso al pueblo en que perseveró el 
comercio, qual era por su puesto Cartela.» Masdeu y Bamba reducen la antigua 
Carteya á lo que se llama hoy Torre de Cartagena ó Rocadillo en la bahía de Gibral- 
tar, donde López de Ayala y Mr. Cantier aseguran descubrirse en las bajas mareas 
los cimientos del antiguo puerto y los de algunos edificios particulares. Digno 
objeto de la solicitud de un gobierno ilustrado sería en verdad la exploración de 
esas venerandas ruinas. D. Adolfo de Castro coloca la antigua Carteya entre el Gua- 
darranque y Puente mayorga. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



de los Eritreos del Mar Rojo; tomó desde un principio el 
nombre de Eritheia; luego los griegos Ephoro y Philistides 
la llamaron Erythia; Timeo la denominó Aphrodisia ó Isla 
de Venus; sus mismos habitadores (griegos sin duda) la ape- 
llidaron Isla de y uno ó yunonia; durante el predominio de 
la cultura griega en nuestras costas, la proximidad y casi diría- 
mos fraternidad de las dos islas mencionadas, hizo que indistin- 
tamente fueran una y otra designadas con los mismos nombres, 
aplicándose á veces á Cotinusa la denominación de Erythia, 
Aphrodisia y Junonia; y por último la misma causa hizo que en 
tiempo de los cartagineses, cuando ya la isla principal llevaba 
el nombre de Gadira (i), se llamase Gadir también la población 
fundada por los tirios de Cádiz en la menor de las dos islas (2). 
No se necesitan poblaciones supuestas para acreditar á los 
jonios de grandes colonizadores. Las soberbias ciudades, los Es- 
tados que en el Asia fundaron, nos los representan como uno 
de los pueblos más cultos del orbe y menos avaros de su cultura. 
Entre las construcciones con que enriquecieron el litoral de la 
Bética, merecen singular mención los tres templos de Juno de 
que hoy conservamos memoria, edificados uno en el cabo Tra- 
falgar, otro en Cádiz (3), y el tercero frente al puerto de Me- 
nestheo (hoy Puerto de Sta. María) (4); la famosa torre de Coe- 
pión ó Capión (hoy Chipiona), erigida por los de Carteya bajo 
la dirección de un capitán fócense de aquel nombre, la cual era 
á un mismo tiempo sepulcro y faro (5); la torre ó pueblo de 
Ebura, construido también por los carteyos ó tartesios de Ca- 



(i) Véase la penúltima nota, donde los versos de Avieno dan á la palabra Ga- 
dir la significación de 'paraje ó lugar cerrado. 

(2) Sacamos estas noticias de la obra m. s. de Bamba Ñolas a Sírabon, ya cita- 
da, donde se cotejan y dilucidan, con satisfactoria claridad á veces, los oscuros 
pasajes de los geógrafos antiguos relativos á las poblaciones de la costa bética. 

(3) Punió, lib. 4, cap. 22. 

(4) « Fuera de la costa, dice Mela. lib, 3. cap. t . está el ara de Juno y su tem- 
plo.» 

(5) M.Ki^A\a\\ama sepulcro de Ccepíón (\ih. 5, cap. i), y Estrabón (lib. III) /orrt' 
de Capión construida d modo de faro para salud de los navegantes. 



82 SEVILLA Y CÁDIZ 



pión (i) en la margen del brazo oriental del Betis; finalmente el 
templo de Lucífero (2) á que falsamente reducen hoy algunos 
autores la población de Sanlúcar de Barrameda. 

Terminaremos nuestro ligero bosquejo de la cultura griega 
en los remotos tiempos á que nos referimos, reproduciendo 
un hecho gráfico que tiene conexión con la idea que acabamos 
de apuntar del gran culto que la diosa Juno alcanzó en toda la 
costa de la Bética. Una nave de Samos, cuenta Herodoto (3), 
cargada de mercancías de Egipto y mandada por un piloto lla- 
mado Coleus, fuese de grado ó bien impelida por un recio viento 
nordeste, cruzó el Estrecho y aportó en la costa de Tarteso (4), 
donde ningún otro griego había penetrado aún. Fueron los sa- 
mios muy bien recibidos de los naturales, y vendiéronles sus 
mercancías en sesenta talentos. Satisfechos de esta acogida, con- 
sagraron la décima parte de su ganancia á Juno, é hicieron labrar 
en honor suyo una gran copa de bronce de la forma consagrada 
para las fiestas de la diosa en Argos, adornada en ambos lados 
con cabezas de grifo. Esta copa, sostenida por tres colosos de 
bronce de siete codos de altura é hincados de rodillas, vino á 
ser uno de los más preciosos ornatos del templo de aquella dei- 
dad (5). Añade el padre de la historia que los samios aportaron 



(i) Según los geógrafos antiguos, Estrabón, Mela, Plinio y Antonino, sólo po- 
demos saber que Ebura ó Ebora de los tartesios estaba sobre la costa al principiar 
la navegación agua arriba del Betis, y que tenía enfrente, tierra adentro, la colonia 
de Asta. Ocampo trae una noticia que concuerda con esta, y aun la completa, sin 
que se pueda averiguar de dónde la sacó: «los de Carteya, dice, bajo la conducta 
de Capión, fundaron una ciudad en la boca más oriental del Guadalquivir á 4000 
pasos de la embocadura, agua arriba, en la isla que formaba el río... Hoy es un 
despoblado llamado Ebora la vieja.» 

(2) Horozco refiere que la ciudad de Eubora (sic) se formó con ocasión del 
famoso templo del Lucero, para cuya vigilancia se construyó la torre de Capión, y 
que sobre las ruinas de Eubora se debió poblar después la pequeña villetade Chi- 
piona ó bien el convento de nuestra Señora de Regla : de manera que en una sola 
razón resume las fundaciones de la torre de Capión. de Ebura y del templo del Lu- 
cero, excluyendo ia posibilidad de establecer en las ruinas de este templo, como 
hacen muchos, la fundación de S. Lúcar de Barrameda. 

(3) Lib. IV, cap. 152. 

(4) Tarteso es aquí sin disputa un nombre genérico aplicado á la Bética occi- 
dental : Herodoto no designa el puerto en que Coleus tomó tierra. 

(5) Sobre la forma de este objeto artístico puede dar al lector ideas muy apro- 



SEVILLA Y CÁDIZ 8^ 



en Tarteso al tiempo mismo que los isleños de Thera enviaban 
á África una colonia conducida por Batho para fundar á Cirene, 
es decir, hacia el año 704 antes de la Era cristiana. Para dis- 
cernir la parte de verdad, y aun la contradicción que pudiera 
resultar del dicho de Herodoto de que antes de los samios no 
había penetrado gente alguna de Grecia allende el Estrecho, 
conviene tener presente que ya los rodios tenían colonias en 
España nueve siglos antes de J. C. (i), y que por otro lado no 
dice Herodoto que los samios fabricasen templo á Juno, dando 
más bien á entender que consagraron la gran copa de bronce á 
un templo que encontraron ya erigido y con culto. 

El desarrollo del comercio y poderío marítimo de los grie- 
gos debió desde luego suscitar rivalidades entre los fenicios, 
sus maestros y predecesores ; resulta sin embargo de las anti- 
guas historias, que por una especie de convenio tácito se repar- 
tieron los beneficios del tráfico en el Mediterráneo, establecién- 
dose los unos de preferencia en las costas meridionales de Eu- 
ropa, y los otros en las ciudades y puertos de la costa septen- 
trional de África y occidental de España. 

Entre los establecimientos fenicios de África descollaba la 
colonia de Cartago, que, aunque animada del mismo espíritu co- 
mercial propio de los tirios sus fundadores y de sus hermanos 
de Cádiz, se anunciaba ya belicosa y formidable, con una fuer- 
za expansiva tal, que no sólo la arrastraba á multiplicar sus fac- 
torías y defenderlas con las armas, sino también á conquistar y 
oprimir sin misericordia á los pueblos circunvecinos. En el redu- 
cido teatro del Mediterráneo, surcado en todas direcciones por 
mareantes fenicios, griegos y cartagineses, todos igualmente 



ximadas el rico y erudito Museo de escultura publicado en Francia por el conde de 
Clarac , obra la más completa que existe en su género. 

(1) El viaje de los rodios á Iberia fué, según Estrabón, muy anterior á la fun- 
dación de las Olimpiadas, durante su mayor prosperidad marítima. La crónica de 
Eusebio fija el principio de esta prosperidad siglo y medio antes de las Olimpia- 
das : estas comenzaron por los años 77o antes de J. C. ; de consiguiente es lícito 
referir la primera llegada de los rodios á España al año 000 antes de nuestra Era. 



84 S E V I 1. L A Y C Á D I Z 

expertos en el tráfico y la navegación, muy pronto había de es- 
tallar por fuerza alguna colisión grave: por otra parte jcómo 
habían de resignarse los cartagineses á ceder indefinidamente 
á los griegos y fenicios la posesión exclusiva, el pingüe mono- 
polio de los preciosos metales de la Bética y sus exquisitos fru- 
tos? Importa poco saber con qué pretexto fué llamada la nacien- 
te república africana á intervenir en las discordias de los afortu- 
nados usufructuarios de tan apetecida herencia: cualquiera que 
haya sido la causa que los trajo á España, es indudable que de 
todas maneras, más pronto ó más tarde, habían de volver á ella 
sus proas. Es fama que desavenidos los gaditanos fenicios, por 
un motivo cualquiera, con los turdetanos y los griegos, llama- 
ron en su auxilio á los terribles cartagineses. Acudieron éstos 
solícitos al llamamiento, y so pretexto de acorrer á sus herma- 
nos, invadieron con sus huestes la Península: lucharon, vencie- 
ron, y complacidos con las ventajas que el país les ofrecía, se 
apoderaron de él en perjuicio de sus legítimos poseedores y de 
los dominadores á quienes habían fingido defender. Tarde reco- 
nocieron los fenicios el engaño: cuando quisieron sacudir el yu- 
go cartaginés, se vieron en su metrópoli sitiados y combatidos 
con medios destructores desconocidos hasta entonces: los arie- 
tes africanos (i) batían los muros de Gadira, y los terribles sol- 
dados denegridos por el sol y el hálito abrasador del Desierto, 
cubrieron de guarniciones las risueñas y prósperas ciudades del 
litoral y sus islas. Supónese que acaso hubieran emprendido en- 
tonces los cartagineses la conquista de todo el país, si las gue- 
rras en que por otras partes andaban envueltos no les hubieran 
movido á aplazarlo para ocasión más oportuna; pero lo dudamos, 
porque los cartagineses, lo mismo que sus mayores los fenicios, 
eran gente de mar, que apenas salían de sus naves, de continuo 
armadas ora para el comercio, ora para la guerra, y como poco 



(i) Según V^iTRuiuo, lih. X. cap. iq. fué esta la primera ocasión en que so em- 
pleó el ariete. 



SEVILLAYCÁDIZ «85 

sedentarios, se contentaban con establecer en las costas sus em- 
porios (i). Dejaron en la Península algunos gobernadores que 
se limitaron á tener á raya por espacio de algunos años á las 
tribus iberas de las cercanías, y á sacar para las otras contiendas 
que sostenía Cartago gente y riquezas de sus propias posesio- 
nes en la Bética. 

Dejemos á los cartagineses disputar á los fenicios y á los grie- 
gos la dominación del Mediterráneo : dejemos á las colonias grie- 
gas de España ir atesorando en sus conflictos con los hijos de 
la naciente y ya orgullosa república africana, los odios que han 
de convertirlas en fieles y útiles auxiliares de Roma. Supon- 
gamos que con motivo de una rivalidad de piratas, y ofendidos 
los cartagineses de ver que los tirrenos son más ladrones que 
ellos, ha estallado la guerra entre Cartago y Roma. En esta 
guerra no faltarán seguramente ocasiones de estipular á costa 
de España; sin embargo, la recelosa malicia de los peños (2), 
fiel á la práctica constante de sus progenitores los fenicios, pro- 
curará en los tratos que con Roma celebre dejar como envuelta 
en las sombras del misterio la hermosa presa que ya empezaba 
á saborear, para reservarse su goce exclusivo (3). Polibio copió 
de las tablas de bronce conservadas en el archivo de los ediles 
del templo de Júpiter Capitolino un tratado, el más antiguo que 
se conoce entre cartagineses y romanos, que descubre el vano 
deseo de retardar la ya inevitable incursión de la gente de Ró- 
mulo en nuestro suelo. La letra de este tratado, escrito en latín 



(i) Al Este y al Oeste de Gades, antigua factoría tiria, dice Mommsen (Hist. de 
Roma, Lib. III, c. I), se extendía una larga cadena de colonias comerciales cartagi- 
nesas ; en el interior poseía también Cartago muchas minas de plata : tenía en su 
poder la Andalucía y la actual provincia de Granada, d por ¡o menos sus costas; 
paro no intentó siquiera conquistar en el interior terreno alguno perteneciente d las 
belicosas naciones indígenas. 

(2) Nombre latino de los cartagineses. Les vino de su afinidad con los feni- 
cios, como lo afirma S. Jerónimo diciendo en su comentario sobre Jereinias (lib. \', 
cap. XXV) : Poeni, sermone corrupto., quasi phoeni appellantur. 

(3) Cuenta Estrabón (lib. lítO Rue los pilotos cartagineses hacían adrede varar 
sus naves con objeto de desorientar á los buques extranjeros que seguían su de- 
rrota para entrar, guiados por ellos, en los mares desconocidos. 



86 SEVILLA Y CÁDIZ 



bárbaro de más de cinco siglos anterior á nuestra Era, dice 
entre otras cosas: «Los romanos y sus aliados del Lacio se 
abstendrán de navegar más allá del gran Promontorio (tal vez 
el Promontorio de Juno, hoy Cabo de Trafalgar), á no ser que 
á ello se vean precisados por sus enemigos ó arrojados por las 
tempestades. En este caso no les será permitido comprar ni 
tomar allí nada, sino lo extrictamente necesario para avituallar 
sus naves ó para el culto de los dioses, y no podrán permane- 
cer más de cinco días. Los mercaderes que vayan á Cartago 
estarán exentos de pagar derechos, á excepción de los que 
cobran el pregonero y el escriba... Los cartagineses por su 
parte se abstendrán de hacer incursiones y daños en las tierras 
de los anciotas, de los ardeanos, de los laurentinos, de los cir- 
ceyanos, de los terracinenses, y de los demás pueblos latinos 
que obedezcan á los romanos... (i)» Otro tratado posterior, 
que confirmaba las principales cláusulas de éste, hace aún más 
patente el deseo de alejar á los romanos de España. «Los ro- 
manos, dice una de sus estipulaciones, no harán presas, ni trafi- 
carán, ni construirán ciudad alguna más allá del gran Promon- 
torio, de Mastia y de Tarseyo (2).» Hasta el año 238 antes de 
J. C. siguieron los cartagineses sacando de España recursos 
para sostener en Sicilia la primera guerra púnica, y para sojuz- 
jar en África á otras naciones enemigas; comerciaron mucho, 
beneficiaron mucho la Bética, pero no guerrearon en ella ni lle- 
varon á cabo conquista alguna. 

En este intervalo, y antes de su guerra con los romanos, 
emprendió la marina cartaginesa con naves construidas en Cá- 
diz dos largos viajes de exploración, cuyo recuerdo persevera 
glorioso en la historia de las antiguas navegaciones. Himilcón y 
Hannón, sucesores de su primo Safón en el gobierno de Espa- 
ña, dejando el cuidado de esta provincia á su hermano Gisgón, 



(1) POLIB.,lÍb.llI. 

(2) Polibio da el nombre de Thai scius á todo el país de la costa bética. Thar- 
seio, Tharsis y Tarteso, es todo uno. 



SEVILLAYCÁDIZ 87 



obtuvieron permiso del Senado para aderezar dos armadas y 
abastecerlas de todo lo necesario con objeto de descubrir nuevas 
costas. Himilcón se propuso explorar las riberas de Europa y 
sus mares: Hannón se encargó de recorrer el litoral de África, 
á la sazón completamente inexplorado (i). Créese que Himilcón 
navegó hasta las islas Sorlingas, que los antiguos griegos lla- 
maron islas del Estaño (Cassitérides), y no hay memoria del 
derrotero que tomó para su vuelta á España después de dos 
años y medio empleados en ida y vuelta de navegación tan larga 
y dificultosa. Pero la de Hannón es principalmente notable por 
su objeto puramente científico, y por haber servido á los anti- 
guos geógrafos de argumento para demostrar que el continente 
africano estaba al mediodía rodeado de mar. 

Ponga norabuena el verídico Estrabón sus reparos al viaje 
de Eudoxo contado por Posidonio; pero cumple á nuestro pro- 
pósito recordar lo que el célebre geógrafo nos dice de la gente 
de Cádiz: «Son éstos los que navegan por el Mediterráneo y el 
Océano con mayor número de buques y de mayor porte (2).» 

Como anterior á la primera guerra púnica, refieren los más 
acreditados historiadores un hecho notable de los gaditanos. 
Alejandro, rey de Macedonia, que por sus hazañas mereció el 
nombre de Magno, después de haber domado á los eclavones, 
á los triballos y á los tracios, sujetado las ciudades de Grecia 
que poco antes eran libres, sojuzgado el Asia, la Suria y el 
Egipto, y vencido por fin á Darío, se había apoderado del im- 
perio persa, sin parar hasta abrirse camino, con el hierro y el 
ímpetu del rayo, á lá India, donde tenía avasallados gentes y 
reinos nunca oídos. Con esta nueva, movidos los españoles que 



(i) La relación de estas navegaciones, tan atrevidas en aquel tiempo, fué es- 
crita en lengua púnica por los mismos Himilcón y Hannón que las llevaron á 
cabo. Desgraciadamente los originales no existen, y sólo se conservan una tra- 
ducción griega del Periplo de Hannón y algunos fragmentos del que escribió su 
hermano. Véase la preciosa Colección de Geógrafos antiguos de Hudson. La tra- 
ducción latina del Periplo de Hannón apareció por primera vez en Basilea el 
año I s 3 3- 

(2) Lib. III. Geogr. 



88 S E V I L L A Y C Á D I Z 



moraban en las riberas del Mediterráneo del deseo de captarse 
su voluntad, le enviaron una embajada á Babilonia. Hay quien 
supone que fueron solos los tirios de Cádiz los que esto hicie- 
ron, y que no fué á Babilonia sino á Tiro adonde enviaron sus 
embajadores, por hallarse Alejandro con grande ejército y saña 
sobre la antigua ciudad fenicia y temer los gaditanos, descen- 
dientes de los tirios, que se extendiese hasta ellos la cólera del 
rey griego. Afirman otros que los españoles intentaban auxi- 
liarse de él y valerse de sus fuerzas contra los cartagineses, que 
abiertamente empezaban á oprimirlos con sus continuas exac- 
ciones. Oigamos á Mariana que, aunque harto crédulo, al refe- 
rir este suceso sigue al verídico Paulo Orosio. cEl principal de 
la embajada se llamó Maurino, el cual, juntándose de camino 
con los embajadores de la Galia, que hacían el mismo viaje, 
últimamente llegó á Babilonia, donde los embajadores de Sicilia, 
de Cerdeña, de las ciudades de toda Italia y de África, y hasta 
de la misma ciudad de Cartago, estaban por su mandado 
aguardando á Alejandro. El, luego que llegó, señaló audiencia 
á los embajadores. Los de España le declararon la causa de su 
venida y lo que les era mandado. Que la fama de su esfuerzo y 
valor, esparcida por todo el mundo, era llegada á lo postrero 
de la tierra, que es España, y por ella su nación se movió para 
con aquella embajada y por su medio saludarle y pedirle su 
amistad; cosa que no le sería de poco provecho si después de 
domado el oriente tratase, como era razón, de revolver con sus 
armas y banderas á las partes del poniente, pues podría á su 
voluntad servirse de las riquezas de aquella muy rica provincia; 
que los españoles, trabajados no menos con disensiones de 
dentro que con guerras de fuera, y muy cercanos al peligro, 
tenían necesidad de no menor reparo que el suyo; que jamás 
pondrían en olvido la merced que les hiciese, ni cometerían por 
donde en ningún tiempo se desease en ellos lealtad y buena co- 
rrespondencia; la costumbre de los españoles ser tal, que no 
trataban ligeramente amistad con alguno, y después de trabada. 



SEVILLA Y CÁDIZ 89 



la conservaban constantemente. Esta embajada fué muy agra- 
dable á Alejandro, de tal manera, que entonces le pareció ha- 
berse hecho señor de todo, como lo dice Arriano, pues desde 
lo postrero del mundo venían á poner en sus manos sus diferen- 
cias. Preguntóles muchas cosas del estado de su república, de 
las riquezas de la provincia, de la fertilidad de la tierra, de las 
costumbres y maneras de los naturales y de la contratación que 
tenían con los extranjeros. Demás desto prometió que por cuanto 
ordenadas las cosas de Asia, en breve pensaba mover con sus gen- 
tes la vuelta de África y del Occidente, que en tal ocasión tendría 
memoria y cuidado de lo que le suplicaban. Con esto y con 
muchos dones que les dio, los envió contentos á su tierra (i).» 
Un historiador moderno (2) trae otro testimonio del buen reci- 
bimiento hecho por Alejandro á los embajadores gaditanos: 
« honraron éstos su memoria, dice, poniendo á la vuelta su busto 
en el templo de Hércules de Cádiz (3).» 

Muy más odiosos á los españoles que los astutos fenicios, 
empezaron los orgullosos cartagineses en el año 238 antes 
de J. C. la violenta carrera de sus conquistas en la península 
ibérica, para indemnizarse en ella de las pérdidas sufridas en 
Sicilia y Cerdeña durante la primera guerra sostenida contra 
los romanos. Si los fenicios habían introducido alguna corrup- 
ción en las costumbres de los turdetanos y tartesios, los car- 
tagineses las estragaron de todo punto: fueron con ellos tira- 
nos, alevosos y crueles; les esquilmaron la tierra, les robaron la 
riqueza de sus preciosas minas en beneficio de Cartago, y al 
propio tiempo que hicieron su república á costa de la Bética 
rica y poderosa, trajeron de África para oprimir á los peninsu- 
lares, enjambres de soldados númidas, hambrientos y desnu- 
dos (4). 



(i) Mariana, lib. II, cap. \'. 

(2) ROMEY, Historia de España. 

(3) Éste fué, según Suetonio. el busto de Alejandro que hizo verter lágrimas á 
César. Véase In vil. Cees. 

(4) Convertidas en provincias cartaginesas (dice Mom.msex, Hisl. de Roma, 



90 SEVILLAYCÁDIZ 



De las malas costumbres pegadas á los andaluces por las 
diferentes naciones que entre ellos habían morado, las más 
ruines y perversas fueron sin duda las de estas últimas gentes, 
que infestaron las antiguas leyes, ritos, ceremonias, sacrificios y 
ofrendas de los sencillos naturales, persuadiéndoles y obligán- 
doles á guardar las suyas, tan viles é inhumanas, que ningunas 
había peores en toda la gentilidad (i). 

Grande cosa fué para los cartagineses en su designio de ha- 
cerse señores de todo el litoral de España, el haberse posesio- 
nado de la Isla de Cádiz y de los otros pueblos que en la mari- 
na tenían los fenicios, los griegos y los eritreos; porque desde 
estos fueron poco á poco ganando tierras y edificando castillos 
y fortalezas. Así cada nuevo presidio era para ellos un nuevo 
punto de partida. La división en que vivían las diversas gentes 
españolas, la falta de comunicaciones que entre unas y otras 
poblaciones había, la inferioridad de la táctica, de las armas y 
de la disciplina de estas gentes, daban gran ventaja á los 
cartagineses, que acababan de enviar á España lo más selecto 
de sus guerreros, acaudillados por el mejor general de la repú- 
blica. Era este general Amílcar, hombre de tanta energía, em- 
puje y actividad, que en el primer año de su mando recorrió la 
Bética entera imponiendo á los pueblos tributos y contribucio- 
nes de guerra en nombre de Cartago. Al año siguiente convir- 
tió en campo de batalla toda la extensión del litoral de levante, 



loe. cit.) las regiones más fértiles y bellas de este yran país, esto es, las costas del 
Sur y del Este; edificadas muchas ciudades, entre otras Cartago de España (Car- 
tagena), con su puerto, el único bueno de aquel litoral, y el espléndido Castillo- 
Real de Asdrúbal su fundador; la agricultura tloreciente, y las riquísimas minas 
de plata descubiertas y beneficiadas en las inmediaciones de dicho puerto,— las 
cuales, un siglo después, aún producían más de 36 millones de sextercios al año, 
cerca de 9 millones de pesetas,— casi toda la España meridional y oriental hasta 
el Ebro reconoció la supremacía de Cartago y le pagó tributo. 

(i) «Alejandro Magno, dice Horozco, su enemigo grande, y que deseó des- 
truirlos porque descendían de los de Tiro, entre otros gravámenes que les puso, 
fué uno de ellos condición expresa que no habían de comer carne de perros, é 
hizo que lo guardasen y cumpliesen por todo el tiempo que vivió.» Lib. II. 
cap. 2.° 



SEVILLA Y CÁDIZ 91 



hizo tributarios á los bastetanos y contéstanos, y asentó sus 
reales sobre Sagunto, república de muchos años atrás aliada de 
los romanos. 

¿Se atreverá aquí el altivo cartaginés á provocar de nuevo 
la cólera de Roma? Grande es el odio que profesa Amílcar á 
los hijos del Tíber; tan grande, que sólo ha de excederle el de 
su hijo Aníbal ; sin embargo, la república africana no cree lle- 
gada la ocasión de romper otra vez las hostilidades con aquella 
rival tremenda, y Amílcar respeta al pueblo de Sagunto, y su 
ejército pasa de largo para acampar en las orillas del Ebro. 

Al norte del Betis, en los turdetanos y los célticos de Cu- 
neus, mandados por Istolacio, encontró alguna resistencia; pero 
fueron también vencidos, y Amílcar asoló sus tierras, los dis- 
persó, dio la muerte á su caudillo, y sólo perdonó á tres mil 
hombres que enganchó al servicio de la república. Como tor- 
bellino destructor recorrió las poblaciones interiores que ne- 
gaban su obediencia á Cartago, penetró en las tierras de los 
lusitanos y vetones, y los halló apercibidos á la defensa en 
número de cincuenta mil combatientes acaudillados por el esfor- 
zado Indortes (i). Consiguió Amílcar la victoria, pero la compró 
cara, y concibió por ella tanto horror como si hubiese sido de- 
rrotado : tan grandes fueron el ardimiento con que pelearon los 
españoles y la carnicería que por ambas partes se hizo en el 
campo. Muy alta idea de su valor debieron dar al general car- 
taginés los naturales, cuando restituyó la libertad á diez mil 
prisioneros que había hecho en la refriega. Sólo con Indortes 
no supo ser generoso : cayó en sus manos, y le hizo crucificar 
bárbaramente. Castigó el cielo su inhumanidad, porque levanta- 
das en armas contra él todas las naciones ó tribus más denoda- 
das de la costa oriental de España con motivo del sitio que 
había puesto á Hice, halló su tumba en el paso de un río, y 
graves autores afirman que murió á manos de los mismos 



(i) Así le llama Diódoro Sículo, lib. XXV, c. 5. 



Q2 SEVILLAYCADIZ 



vetones (i) que ansiaban vengar á su general crucificado. 

Pero la muerte de Amílcar no compromete el crecimiento de 
Cartago: su yerno Asdrúbal queda sustituyéndole en España; 
sus prendas políticas y militares le granjean la estimación de 
los mismos españoles que celebran con él tratados de paz y los 
garantizan dándole por esposa una noble princesa de su nación. 
Asdrúbal funda á Cartagena , construye en ella para sí un 
fuerte palacio, y la nueva ciudad marítima viene á ser en bre- 
ves años el emporio del comercio de Cartago en Europa. 

¿Queréis formaros idea de loque era el palacio de Asdrú- 
bal? No es en verdad difícil. Sabéis que los cartagineses, como 
sus mayores y maestros los fenicios, eran poco dados á los ha- 
lagos de las artes bellas. No había para ellos teatros, ni circos, 
ni termas, ni género alguno de públicos espectáculos y diversio- 
nes. Las distracciones y goces de lo que llamamos cultura, no 
eran necesarios para unas gentes exclusivamente dedicadas á 
la vida marítima. Con estos precedentes, podéis suponer que la 
preocupación dominante del cartaginés al fundar una colonia ó 
emporio, consiste en proporcionarse un cómodo y grandioso 
puerto, con espaciosa dársena y vastos almacenes, dominado 
por un fuerte palacio ó castillo, inexpugnable residencia de un 
almirante. En este palacio, pues, ni en la parte que mira al mar, 
ni en la que domina la tierra, observaréis la huella de idea es- 
tética alguna. Altos muros de descomunal espesor, ataluzados y 
almenados, aspillerados y con plataformas para el juego de las 
máquinas de guerra, sin más accidente decorativo en su inmen- 
sa superficie exterior, cuando el revestimiento es de sillería, 
que el simple toro; fuertes torres, sin más huecos que las 
saeteras, sin otro paramento por lo común que la masa com- 
pacta, tersa y durísima, que forman la piedra suelta menuda y 
el mortero; espaciosas terrazas y cúpulas de mampostería cu- 



(i) Inprcelio fugnans advcrsus l'etioiies, occisus esl, dice Cornelio Nepote: íii 
i'üa Jlamilcarís. 



SEVILLAYCÁDIZ 93 

briendo los salones, y hábilmente calculadas para recoger las 
aguas llovedizas y hacerlas correr hacia las subterráneas cis- 
ternas ; en el interior, paredes lisas sin guarnecido alguno, sin 
revestimiento de mármoles, sin estuques ni pinturas, sin más 
adorno que las telas ó los cueros, ó los tapices, ó las finas este- 
ras que de arriba abajo las cubren, á la manera que cubrían las 
viviendas y las naves de los fenicios, según nos cuenta Diódoro 
Sículo: he aquí el aspecto general de los palacios cartagineses, 
en los cuales, por otra parte, no faltarían los grandes patios con 
elevadas y robustas arcadas, por donde penetraba la luz al inte- 
rior del edificio, tan severo y sin vanos por defuera. Estos datos 
nos suministran las construcciones militares y civiles de los em- 
porios cartagineses de Útica, Cartago, Thapsus, Hadrume- 
to, etc., cuyos vestigios han sido estudiados en estos últimos 
años por muy competentes ingenieros y arquitectos europeos (i). 

Á Asdrúbal sucede el impetuoso Aníbal, á quien su padre 
Amílcar había hecho jurar sobre las aras de Júpiter odio impla- 
cable á los romanos. Sagunto volverá áser en breve la causa de 
un segundo rompimiento con Roma. Los saguntinos son como 
los ampuritanos y como los demás pueblos que habitan la dila- 
tada costa de levante, originarios de Grecia ; pronto serán ellos, 
como lo habían sido los tirrenos y mamertinos medio siglo 
antes, el pretexto de un combate á muerte entre los dos colosos 
que se disputan el imperio del mundo. Aníbal, no contento con 
triunfar en España, llevará el hierro y la desolación al corazón 
de Italia con su grande ejército de africanos y españoles y sus 
temidos elefantes ; pero también la ciudad de Rómulo, cuyo cre- 
cimiento providencial desconoce Cartago, vendrá á vengar en 
España la afrenta que sus águilas sufrieron en Trebia, Trasi- 
meno y Canas. 

Una protesta al terminar este capítulo. 

Hemos huido del estéril y yerto escepticismo de la escuela 



(i) Sobresale entre éstos el ya citado Mr. A. Daux. 



94 SEVILLA Y CÁDIZ 



impropiamente llamada crítica, que repudia la asistencia de la fá- 
bula y calumnia á las generaciones pretéritas suponiéndolas igno- 
rantes de sus orígenes. Esa escuela funesta olvida que la huma- 
nidad, antes de consignar sus hechos en historias, tuvo que 
representarlas en alegorías, en emblemas, en poemas, para que 
pudiese fácilmente perpetuarlos la tradición, único medio de que 
disponía para comunicarse con las generaciones venideras; esa 
escuela, reñida con la fe, ha consumado en los tiempos moder- 
nos una obra de destrucción enteramente opuesta á la que llevó 
á cabo en el mundo antiguo aquella poderosa fuerza moral. Pig- 
malión animó su estatua con ella; prescindiendo de ella, los crí- 
ticos modernos han convertido la historia en una estatua muda. 



CAPITULO VI 



Sevilla y Cádiz bajo la dominación romana 




uÉ siempre triste destino de España servir con sus 
riquezas y su sangre á sus codiciosos opresores y 
sacrificarse por ellos para sufrir más ominoso yugo. 
Como auxiliar de los extranjeros que la beneficiaban 
exportando sus productos, tenía por enemigos á to- 
dos los émulos de sus dueños. Por haber servido á 
los fenicios, fué la Bética presa de los cartagineses, 
y por no haberse unido toda contra éstos, fué luego 
¿i^& presa de los romanos. Lo que había hecho Amílcar 
^"'— ^ desde el peñón de Acra-Leuka enviando todos los 
años á Cartago naves cargadas de caballos, armas, hombres y 
plata de España, eso mismo venían haciendo desde las primeras 
invasiones todos los gobernadores extranjeros; y no bastaba 
que los infortunados iberos fueran lejos de su patria á comprar 
con sus vidas los triunfos de sus opresores en otras tierras, sino 
que era menester les diesen ejemplo de abnegación y bizarría.. 



q6 



SEVILLA Y CÁDIZ 



Así los grandes triunfos de Aníbal fueron principalmente debidos 
á las tropas españolas que componían más de la mitad de sus 
ejércitos: marchando siempre en la vanguardia, fueron las pri- 
meras en recibir el impetuoso choque de las legiones romanas, 
debiéndoseles en gran parte las ventajas obtenidas contra aque- 




SEVILLA. — Columnas de Hércules 



líos ilustres generales de la república, los Sempronios, los Fia- 
minios, los Mételos y los Escipiones. La caballería ibérica, los 
infantes celtíberos, los honderos de las Baleares, fueron de los 
que más contribuyeron á tejer los laureles del gran general car- 
taginés en Italia. 

Pero la política romana, equitativa y civilizadora, se anunció 
desde la segunda guerra púnica tan beneficiosa á España, que 



SEVILLAYCÁDIZ 97 



aun en medio de las ruidosas victorias de Aníbal fué fácil pre- 
decir que serían en breve romanas sus mejores y más cultivadas 
provincias. Mucho honor hizo á Roma por cierto el ejemplar 
desinterés de sus jefes y soldados, después de la inmensa de- 
rrota que los dos Escipiones causaron á Himilcón robándole la 
obediencia de todos los pueblos de Iberia hasta entonces neu- 
trales, cuando los vencedores, al dar parte al Senado de su 
inaudito triunfo, le anunciaron al mismo tiempo que así el ejér- 
cito como los procónsules estaban enteramente desnudos, sin 
dinero, sin víveres y sin bagajes. Singular contraste formaba 
esta heroica moderación de los buenos tiempos de la república 
con la habitual rapacidad de los cartagineses, cuyo gobierno no 
reconocía más norma que las despiadadas máximas mercantiles. 
Los romanos entonces se guiaban por principios que no podían 
menos de seducir á los españoles: por principio y por espíritu 
patrio, sólo pedían á las naciones su influencia política, respe- 
tando su religión, sus leyes, sus costumbres, favoreciendo su 
industria y su comercio, de que ellos no se curaban. Este siste- 
ma despojaba á la conquista de toda dislocación material y te- 
nía que ser aplaudido aun por los pueblos más atrasados, ami- 
gos siempre de su quietud y de sus tradiciones. Así se explica 
el rápido engrandecimiento del pueblo romano, haciendo en to- 
das partes subditos que se figuraban ser meramente sus aliados, 
y tratándolos con tanta superioridad, que ni contacto tenía con 
ellos y los dejaba en posesión de los bienes de la vida con tal 
de que se resignasen á perder su nombre de nación. 

La posesión de la Bética, sin embargo, era la más difícil de 
arrancar á los cartagineses : para conseguirlo fueron necesarias 
toda la solercia, toda la prudencia, pericia y buena suerte del 
joven P. Cornelio Escipión, de quien parecía enamorada la for- 
tuna, tan versátil de suyo, y todo el desaliento que en los peños, 
encargados de la defensa de aquel territorio, infundieron los re- 
veses de Aníbal y Asdrúbal Barca en Italia. 

Ya hemos apuntado que las colonias de los cartagineses en 



98 SEVILLAYCÁDIZ 



la Bética eran emporios marítimos. Como por excepción, funda- 
ron sin embargo algunas en el interior; tal venía á ser la po- 
blación de Jaén (Oringis) cuando se apoderó de ella Lucio Es- 
cipión después de la fuga de Asdrúbal Gisgón á Cádiz. Por lo 
que hace á la región meridional, puede asegurarse que era. ya 
una verdadera provincia cartaginesa. Pero el poderío de Carta- 
go en España tocaba á su término : las rápidas victorias de los 
Escipiones, la defección de Masinisa, las voluntades que forzosa- 
mente habían de granjearse entre los valientes iberos unos cau- 
dillos que en las poblaciones entradas á viva fuerza respetaban 
siempre las vidas y haciendas de los naturales, sin encarnizarse 
más que en los cartagineses, le redujeron en breves años al 
mero recinto de Gades. Llegó un día en que Asdrúbal Gisgón 
abandonó sus muros para ir á buscar en la corte del rey de Nu- 
midia un auxilio sin el cual no creía poder esquivar la completa 
derrota que le amagaba, y aquel día, encontrándose en la mesa 
del rey bárbaro con el mismo general romano ante el cual había 
huido en la Bética, comprendió que la república de Cartago iba 
á verse acometida en sus propias fronteras, y que ya para ella 
no había esperanza. Vuelve sin embargo el hijo de Gisgón á 
España á consumar el sacrificio que de él reclama su patria: 
vuelve también Escipión á consumar su próspera conquista; al- 
gunas poblaciones españolas, fieles á la alianza jurada, lUitur- 
gis, Castulo, Astapa, Corduba, Ilípula, Hispal, caen á las em- 
bestidas del romano; la primera, excepción única á los ojos del 
generoso Escipión en su política de clemencia y olvido, pagó 
con su completo exterminio una antigua violación del derecho 
de gentes: sus habitantes, sin distinción de sexo ni de edad, 
fueron pasados á cuchillo, sus edificios todos entregados á las 
llamas: sus mismos escombros fueron removidos, y el suelo que 
había sustentado sus murallas fué arado y sembrado de sal (i). 



(i) Se ignora el sitio donde descolló la antigua Illiturgis. Aquel tremendo 
castigo le iuc impuesto por Cornelio Escipión por haber degollado años atrás á 
los romanos rel'ugiados en ella después de la derrota de F'ublio Escipión. 



SEVILLAYCÁDIZ 99 



La tercera, Astapa (hoy Estepa la viej'a)^ creyó deber imitar el 
gran suicidio de Sagunto; sus pobladores, después de una des- 
esperada defensa, juntaron en una pira todos sus tesoros y es- 
clavos, pegáronla fuego, y se arrojaron á la inmensa hoguera 
con sus hijos y mujeres entregando á los vencedores legionarios 
de Marcio un repugnante montón de humeantes destrozos, ce- 
nizas y sangre. Durante las guerras púnicas, tendrá que consig- 
nar la historia atónita nuevos rasgeos como éste de resistencia 
hasta la muerte y fidelidad acrisolada en los heroicos hijos de 
Iberia : sólo ellos entre todos los pueblos de la antigüedad pre- 
fieren la muerte á la esclavitud. Castulo (hoy Cazlona) debió á 
la magnanimidad de Escipión el salvarse entregando prisionera 
la guarnición cartaginesa. 

Gades, emporio de la civilización y del comercio cartaginés 
en España, y la primera de sus colonias desde la toma de Car- 
tagena por los romanos, no ofreció la resistencia que de ella 
debía esperarse. El Senado de Cartago había resuelto abando- 
nar definitivamente á España sacando de ella todos los recursos 
posibles para una última tentativa en Italia: el gobernador Ma- 
gón recibió orden de salir de Gades con su escuadra dirigién- 
dose á Genova, enganchando á su servicio gente de las Galias 
y de la Liguria y marchando en seguida sobre Roma, y el pri- 
mer preparativo de su expedición fué despojar á los gaditanos 
de cuanto oro y plata tenían, echando mano al tesoro público y 
saqueando los templos de los dioses, sin respetar siquiera el de 
Hércules. Encomendó la custodia de la ciudad á Masinisa, ven- 
dido ya secretamente á Roma, zarpó con dirección á Cartagena, 
intentó en vano recobrar este puerto, y repelido por los roma- 
nos, tuvo que retroceder. En su ausencia, como era de esperar, 
la población había sacudido el yugo cartaginés, así que, al pre- 
sentarse de nuevo á ella, le cerró las puertas. Tomó tierra 
Magón en el pequeño puerto de Ambis, de la misma isla, mani- 
festó á los gaditanos su deseo de tener una conferencia con sus 
magistrados, y aquellos se los enviaron confiadamente: cuando 



100 SEVILLA Y CÁDIZ 



los tuvo en su poder, los mandó crucificar y desollar á fuerza de 
azotes, y hecho esto, volvió á darse á la vela. Así se despidieron 
los taimados cartagineses de la incauta España: así pagáronlos 
sacrificios que por su prosperidad había hecho fi'anqueándoles 
sus tesoros y su sangre. 

Quedaba en poder de los romanos la España cartaginesa, 
esto es, las ciudades del litoral desde Cádiz hasta Tarragona. 
En las demás provincias, especialmente en la España interior y 
en la lusitana, se los trataba solamente como aliados ó como 
enemigos. Para sojuzgarlos tenía que hacer Roma inauditos es- 
fuerzos y sacrificios, y esta grande empresa, que iba á durar 
cerca de dos siglos, empezaba ahora para no terminar sino bajo 
el cetro de Augusto. Pero los hechos memorables de los celtí- 
beros y lusitanos no entran en nuestro cuadro. 

En el horizonte de la Bética romana vemos figurar desde el 
momento de la expulsión de los cartagineses, poblaciones que 
ya existían en tiempo de éstos, y de las cuales sin embargo no 
nos daba noticias ninguna historia escrita. Vemos que el vence- 
dor de España, Cornelio Escipión, antes de separarse de sus 
veteranos para ir á Roma á recibir los honores del triunfo que 
le concedió la república, los reúne en Sancios, población risueña 
de delicioso clima cerca de Hispal (Sevilla), para que recobren 
en ella su salud los heridos y mutilados; y para perpetuar la 
memoria de los solaces que presume ha de proporcionar á los 
valientes guerreros de Italia, le muda su nombre por el de Itálica, 
aumenta su población, é inaugura para ella una nueva vida de 
prosperidad y de honores. Los historiadores y geógrafos griegos 
y latinos son los que nos dan á conocer la Bética antigua, por- 
que los pueblos que antes la dominaron, como meros traficantes, 
no se curaron de escribir los anales de su existencia social. 

Pero admira menos el silencio de los antiguos pobladores de 
esta hermosa región respecto de sus fundaciones, que el ver de 
o-olpe aparecer en ella á la luz que difunde la cultura de los nue- 
vos dueños, cerca de doscientas ciudades, de origen más ó menos 



SEVILLA Y CÁDIZ lOI 



antiguo, y florecientes la mayor parte de ellas á pesar de la rui- 
nosa administración de los pretores. 

La Bética, como toda la Península sometida, no tuvo hasta el 
tiempo de Julio César otro gobierno que el militar, el cual revis- 
tió en breve todo el carácter de arbitrario y despótico que esta 
clase de regimiento lleva consigo: por mejor decir, su único 
gobierno empezó á ser la voluntad y el capricho de los hombres 
prepuestos á la gestión de los públicos negocios por el vence- 
dor. Así las ciudades españolas, á pesar de algunos decretos del 
Senado, siempre desobedecidos, no lograron tener parte en la 
pública administración : los mismos magistrados de las poblacio- 
nes de primer orden se veían coartados en sus justas quejas por 
la presencia de los déspotas armados, prontos á sostener la in- 
justicia con la fuerza. Consideraban los romanos la España como 
una fuente inagotable de riquezas: era para ellos, dice con acierto 
un moderno historiador, lo que después vino á ser la América 
para los españoles. Hase escrito, aunque nos parece exagerado, 
que los tributos que pagaba la Península ibérica, por lo común 
en productos territoriales, fueron á veces suficientes para alimen- 
tar á la Italia entera. Agregúese á esto que los generales roma- 
nos, usando del derecho de guerra á su antojo, y los pretores 
con sus escandalosas depredaciones , esquilmaban el país sa- 
cando de él en beneficio propio riquezas infinitamente superio- 
res á las que mandaban al Erario público de Roma. El fruto de 
la rapiña y de las injustas exacciones impuestas á los vencidos, 
engrosaba á las familias patricias que componían el Senado; ¿qué 
procónsul, qué pretor, qué general de la república no tenía en 
este elevado cuerpo parientes ó valedores? Lucio Léntulo sacó 
de España 2.450 libras de plata, con cuya suma compró una 
ovación, y por poco no logra que le decreten el triunfo! Cneyo 
Léntulo recogió 1.5 15 libras de oro, 20.ooodeplata, y 34.500 mo- 
nedas de plata acuñadas. L. Stertinio sacó 50.000 libras del 
mismo metal, y á su vuelta á Roma obtuvo tres arcos de triunfo! 
No son menos célebres las depredaciones de los Galbas, Crasos 



102 SEVILLA Y CÁDIZ 



y Lucillos, con las cuales no sólo pagaron sus triunfos, sus con- 
sulados, el poder y privilegios de todo género que adquirieron, 
sino que además les sirvieron para figurar entre los más podero- 
sos ciudadanos de Italia. No se comprende en verdad cómo pudo 
florecer un país sujeto á extranjeros animados de semejante 
espíritu de rapiña, consagrados á desustanciarle y á considerarle 
como presa predestinada de su insaciable codicia. Verdad es que 
la España de aquellos tiempos abrigaba riquezas inauditas, y de 
esto tenemos numerosos testimonios. Amílcar Barca, el padre 
de Aníbal, halló á los turdetanos sirviéndose de pesebres y cán- 
taros de plata, y Appiano consigna este hecho como notable en 
una época en que era muy común revestir de metales preciosos 
las vigas de los techos y las paredes de las casas: por donde 
podemos colegir que en la Turdetania el oro y la plata se em- 
pleaban con más profusión que en Persia y en Egipto. Plinio 
hace mención de las manillas y brazaletes celtibéricos que usaban 
á competencia con las damas romanas los tribunos, y es muy 
frecuente en la historia de Roma que entre las riquezas sacadas 
de España por los que han ejercido en ella algún cargo, figure 
un prodigioso número de coronas y aros de oro, de los que se 
usaban en Iberia como adorno común de las imágenes y de las 
personas en todas las ocasiones medianamente solemnes. Estos 
aros de oro se gastaban con tanta profusión como hoy los bro- 
ches y alfileres: poníanse en la cabeza, en las manos, en el cuello, 
en el vestido. Eran además de plata y oro en algunos países de 
España los muebles y utensilios destinados á los usos más vul- 
gares. Y si esto mismo sucedía en Roma, donde eran comunes 
entre la gente acomodada los vasos de plata de todas clases, las 
palancanas de ciento y de quinientas libras, y las camas del pro- 
pio metal, dándose como se daba á la España en la antigüedad 
la prerogativa entre las naciones ricas en metales preciosos (i), 



(i) Esto quisieron significar los íJ-riegos y latinos cuando dijeron que en Es- 
paña habitaba i^lutón. dios de las riquezas. 



SEVILLA Y CÁDIZ IO3 

no iremos descaminados en suponer que la parte mayor del oro 
y plata que en sus lujosas superfluidades consumía la orgullosa 
Roma, salía de las entrañas de nuestro suelo (i). Con la aboli- 
ción temporal de la pretura el año 171 antes de J. C. debieron 
mitigarse un tanto las expoliaciones que sufrían los españoles. 
¿Cuáles no serían estas cuando el mismo Senado, que por lo 
general patrocinaba á aquellos autorizados depredadores, no 
pudo oir sin indignación el relato de los robos y concusiones de 
Furio Philón, ladronazo cuya repugnante figura sólo encuentra 
en toda la historia romana una digna pareja en la colosal des- 
vergüenza de Yerres ? 

En este mismo año 171 antes de J. C. (582 de Roma) vio 
la Bética establecerse en Carteya una colonia romana, á petición 
de los hijos habidos por los soldados de los Escipiones en las 
mujeres españolas esclavas. Eligieron aquella ciudad semigriega 
en las cercanías del Estrecho porque era desde ella más fácil la 
comunicación con Roma por la vía marítima, y allí comenzó la 
infusión, digámoslo así oficial, de una sangre más en la raza de 
los tartesios (2), ya antes mezclada con la de los varios inmi- 



(i) Á este mismo concepto alude aquel pasaje del lib. i, cap. 8 de los Maca- 
beos : Et aiidivil Judas nomen romayiorum... quia, sunt potentes viribus... el guanta 
fecerunt in regione Hispanice^ et quod in potestaiem redigerunt melalla argenti et 
auri quce illic sunt. 

Claudiano canta con entusiasmo la riqueza natural de España diciendo (Carm. 29, 
V. 50.): 

¿Quid dignum memorare luis Hispania terris? 
Di'ves equis ^frugumfacilis, prefiosa metallis, 

(2) Conviene recordar que los tartesios eran los turdetanos pobladores de la 
costa desde el Betis hasta el Estrecho, y que este nombre de Tarteso no particula- 
riza tribu ó nación diversa de las otras gentes que poblaban á España, sino que 
expresa un concepto puramente geográfico, significativo de la posición occidental 
respecto del mundo antiguo. 

Téngase también presente que el nombre de Tartesio era al mismo tiempo 
apelativo de todos los pobladores de la extensa comarca referida, y propio de los 
habitantes de Carteya, á quien los griegos mudaron el nombre en Tarteso después 
de destruida la primitiva ciudad así llamada entre las dos bocas ó brazos del Betis. 

Finalmente bueno es advertir que, siguiendo á Estrabón, aclarado é interpre- 
tado por Bamba, no reconocemos en la Bética, comprensiva únicamente de las 
dos provincias de Sevilla y Cádiz, más nación que la de los turdetanos desde el 
Guadalquivir al Estrecho. 



104 



SEVILLA Y CÁDIZ 



grantes á quienes había acogido. La sangre romana estaba des- 
tinada á prevalecer en la Bética : á la instalación de Carteya sigue 
la de otras colonias; todo lo invade la influencia de Roma en 
aquella hermosa provincia, la cual, en la tremenda guerra que 
mueven contra la prepotente dominadora los indomables lusita- 
nos y celtíberos, permanece extraña á la formidable liga de las 
razas españolas del interior. Ni Púnico, ni Caro, ni Viriato, logra- 
ron con su ejemplo suscitar en ella caudillos que sacudiesen el 
yugo de los procónsules y pretores ; ni siquiera la heroica resis- 
tencia de la inmortal Numancia, prolongada por espacio de 
veinte años, la pudo mover á tomar parte en aquellas luchas 
épicas de España amante de su independencia, cuyo relato llena 
los libros de Tito Livio, Polibio, Appiano, Floro, Paulo Orosio 
y tantos otros. 

¡ Cuántas veces resonó allende los montes Marianos el santo 
grito de independencia! Pero ella siempre lo escuchó con apatía: 
aquellos turdetanos tan amantes de su libertad en otros tiempos, 
parecen ya avezados al yugo, y en vez de secundar los nobles 
esfuerzos de los otros españoles, auxilian y dan cuarteles de in- 
vierno á sus enemigos. Ya vendrán de vez en cuando los ejércitos 
de Viriato á castigar su criminal apego á los extraños: ya caerán 
como bramador torrente sobre sus ciudades, cuando den asilo á 
los legionarios romanos vencidos en veinte funciones por los 
bandoleros lusitanos (i). Refúgiese en buen hora en Carteya el 
ejército disperso de Vetilio : acudan á reforzar al aturdido cues- 
tor los mal aconsejados tartesios; pronto aquel intrépido caudillo 
los exterminará sin dejar uno solo que lleve á la ciudad la noti- 
cia del desastre. Pues cuando envíe Roma al cónsul Fabio Emi- 
liano á España y éste acampe en Urso (2) reuniendo á sus tropas 
y á las de Lelio las que le mandan las ciudades circunvecinas 



(i) Al principio de la guerra de los lusitanos, los romanos la daban el nombre 
despreciativo de guerra de bandoleros; pero cuando los triunfos de Viriato alar- 
maron y pasmaron al Senado, ya se la empezó á considerar de otra manera. 

(2) Hoy Osuna. 



SEVILLA Y CÁDIZ I05 



aliadas de la república, todos los holocaustos ofrecidos á Hércu- 
les en el templo gaditano no evitarán que su lugarteniente sea 
derrotado y puesto en vergonzosa fuga por ese mismo Viriato 
cuyo nombre hace ya fruncir el ceño al Senado romano. La infa- 
me alevosía de Cepión podrá privar á la Lusitania de su general 
invicto: el júbilo de la venganza prorumpirá tal vez en Ituca, 
Gemela, Escadia, Obulcula y Buccia (i), poblaciones de la Bética 
que han pagado con sangre el placer de vivir á la romana ; pero 
antes de dispersarse sus valientes soldados por las gargantas de 
su montuoso suelo nativo, huérfanos del que era á un mismo 
tiempo su padre y su caudillo, harán en aquel aborrecido teatro 
de tantas nacientes colonias de Roma, una incursión desesperada 
llevándolo todo á sangre y fuego en su triste y furibundo despe- 
cho. En el territorio de la Bética, como provincia declaradamente 
romana, han de descargar también por necesidad las implacables 
iras de todos los partidos beligerantes durante las civiles con- 
tiendas de Mario y Sila, de César y Pompeyo. 

Sombra colosal que no llegó á tomar cuerpo, apareció dos 
veces en la Iberia como esperanza de salvación para sus pobla- 
dores, primero alzándose sobre las morigeradas y belicosas tri- 
bus de los celtíberos, luego tomando tierra en la desemboca- 
dura del Betis, al cabo de una obstinada lucha con las ondas del 
Mediterráneo, la grande y noble figura de Sertorio (2): genio 
fugaz que presumió con justicia poder hacer de España una 
nueva Roma más virtuosa que la que producía Crasos y Silas, 
y que, al desaparecer á impulso de aquella misma perfidia con- 
tra la cual se había armado, la dejó sumida en el abismo de la 



(i) Es desconocida en rigor la situación que estas cuatro últimas poblaciones 
ocupaban, si bien Masdeu y Flórez las reducen á los lugares que hoy ocupan 
Martos, Escua, Porcuna y Baeza. En cuanto á la primera, Ituca, hay razones para 
suponer que estuvo entre Martos y Espejo, que fué la colonia denominada por 
Plinio Virtus Julia, y que otros autores antiguos la llamaron indistintamente 
liuca, Ituci, Ityci, Itiicci y Utico,. 

(2) Fué muchos días juguete de la mar en una deshecha tormenta entre Ibiza 
y el Estrecho cuando vino por última vez á España. (Romey, t. i , cap. V.) 

14 



lOÓ SEVILLAYCÁDIZ 



esclavitud. Vedle en la España citerior, pretor proscrito por el 
dictador Sila, acogido y aclamado con entusiasmo por los pue- 
blos que gimen bajo el yugo de los gobernadores, y por los ro- 
manos mismos: en su hermoso semblante melancólico, espejo 
de aquella alma grande y apasionada por el bien de la especie 
humana, pero al propio tiempo ocasionada al desaliento y poco 
segura del porvenir, ¿quién no descubre, permítasenos esta 
atrevida frase, una creación prematura de Dios, una especie de 
enigma de la Providencia que suscita fuera de tiempo un hom- 
bre capaz de hacer de la península ibérica la primera nación del 
universo? Su primer cuidado es disminuir la carga de los tribu- 
tos que agobia á aquellas generosas tribus, á quienes sólo trata 
como aliados voluntarios; los celtíberos reconocidos corren á 
alistarse bajo sus enseñas: nunca se vio entusiasmo tal por un 
caudillo extranjero, jamás se levantó en armas con tanta unifor- 
midad y acuerdo la indócil gente española. Han comprendido 
que Sertorio anhela su bien y su engrandecimiento, y desde el 
Pirineo al Tajo todas las tribus de Celtiberia y Lusitania se 
aprestan á recibir su ley. Frústrase esta primera tentativa por la 
mano aleve y cobarde de Calpurnio Lañarlo (i); el proscrito 
vencido piensa en su desaliento abandonar para siempre el país 
amado donde le son propicios los hombres y contrarios el cielo: 
tal vez, como consuelo en sus tristezas, acaricia la idea de ir á 
respirar en las Islas Fortunadas auras balsámicas que cicatricen 
su corazón ulcerado. Pero su genio belicoso y organizador le 
impele á probar nueva fortuna : las grandes reformas políticas y 
administrativas, las instituciones sociales que su mente ha con- 
cebido para la prosperidad de su patria adoptiva, ¿habrán de 
disiparse en proyecto sin intentar siquiera su ejecución.?... Los 
lusitanos, cansados del imperio de Roma y resueltos á sacrifi- 
carlo todo por su independencia, le llaman con instancias. Acu- 



{\) Desbarató Cayo Annio, dice Mariana, la guarnición que Sertorio había 
puesto en los Pirineos, dando la muerte á su capitán Salinator por mano de Cal- 
purnio Lanário, su grande amigo, que le asesinó alevosamente. 



SEVILLA Y CÁniZ 



de Sertorio: las fuerzas de Cayo Annio habían sido grandemen- 
te reforzadas con gente de mar y tierra: — no importa: el sueño 
del proscrito iba á adquirir esta vez líneas de realidad. Presén- 
tale Cota una batalla naval, y vence el enemigo de Si.la: salta 
éste en tierra y desbarata orillas del Betis las huestes del pro- 
pretor Lucio Fufidio matándole dos mil hombres (i). Ya los 
romanos empiezan á oir su nombre con espanto. Tan dichoso es 
ahora en sus expediciones militares, que en muy pocos días le 
contemplan Annio, Mételo y Q. Pompeyo dueño absoluto de la 
Lusitania y de la Bética: ¡Qué completa y maravillosa transfor- 
mación! Turdetanos, celtíberos y lusitanos, son ya todos unos: 
por primera vez, desde que pisan el suelo español los hijos del 
Tíber, se declaran unidos en intereses con los habitantes del 
Ebro y del Duero los viciados naturales de las tierras que 
riegan el Síngilis, el Chryso y el Betis. Hirtuleyo, cuestor 
del ejército de Sertorio, derrota á Domicio y á Manlio. Los pe- 
sados legionarios del orgulloso Mételo, cargados de víveres y 
pertrechos (2), son vencidos por los ágiles y sueltos soldados 
españoles, que apetecen más la guerra que el reposo (3), que 
hacen sus campañas sin provisiones, sin fuego y sin tiendas, que 
caen sobre las ordenadas cohortes de Italia como nubes de lan- 
gostas sobre las lentas caravanas, que en los trances peligrosos 
se dispersan y desaparecen por las gargantas de las montañas, y 
que sin embargo saben mantener el campo á pié firme cuando 
el caso lo requiere (4). 



(i) Seguimos en esto á Mommsen. Véase su relato, Hist. cit. lib. V. c. t. 

(2) Cada legionario romano llevaba sobre sí, además de sus armas ofensivas y 
defensivas, grano para quince días y todas las herramientas necesarias para los 
asedios de las plazas. 

(3) Expresión de Justino: «Apetecen más la guerra que el reposo: si no tienen 
enemigos por fuera, los buscan dentro.» (Lib. 44, cap. II.) 

(4) «Los soldados españoles, dice Mariana hablando de los de Sertorio, no 
mostraban menos valor que los romanos, por estar enseñados á guardar sus or- 
denanzas, obedecer al que regía, seguir los estandartes los que antes tenían cos- 
tumbre de pelear cada cual ó pocos aparte, con grande tropel al principio; mas si 
los apretaban, no tenían por cosa fea el retirarse y volver las espaldas.» 

Una observación análoga viene á consignar Julio César hablando de los sóida- 



I oS S E V 1 L L A Y C Á D I Z 



A pesar de la inquietud continua en que por el estado de 
guerra viven, los iberos gobernados por Sertorio entrevén ya 
la iniciación de una halagüeña cultura. El caudillo que los 
hace triunfar en los combates, que los ha armado á la roma- 
na y repartido en legiones y centurias y confiado al mando de 
prefectos y tribunos militares; que, para hermanar los usos de 
su patria nativa con las tradicionales costumbres de los españo- 
les, les permite armarse espléndidamente, sustituyendo á la se- 
vera sencillez del traje romano la lujosa túnica de color de púr- 
pura con arreos sembrados de plata y oro; ese mismo guerrero, 
que rivaliza con los cartagineses en su lujoso atavío personal, 
se anuncia digno émulo de los Numas, Camilos, Decios, Esci- 
piones y Gracos, como político y administrador. Evora y Osea 
(Huesca) se erigen á su voz en centros de civilización y gobier- 
no, de donde parte el impulso para todas las artes de la paz, 
para la industria, la instrucción pública, el comercio. Evora 
ostenta su Senado, igual en atribuciones al de Roma; Osea es 
la grande escuela, la primera universidad española donde sabios 
preceptores, traídos de Italia, enseñan á la juventud indígena las 
letras griegas y latinas : admirable institución inspirada en el 
gran pensamiento de Cayo Graco y de los hombres del partido 
democrático romano, encarnizado enemigo de los silanos, de ir 
suave, pacífica y lentamente romanizando las provincias, es 
decir, convirtiendo á los provinciales en latinos. Sila acaba de 
morir en Puzol, y Sertorio se ve libre de su encarnizado enemi- 
go: Perpena, que presumió alzarse con el supremo mando en 
España, se ve precisado á poner á sus órdenes el ejército de 
quien esperaba ser aclamado caudillo: Pompeyo, esperanza de 
la aristocracia senatorial romana, ha huido á vista de Lauro: 



dos iberos de Afranio. «Tienen, dice, una táctica particular: lánzanse con ímpetu 
sobre el enemigo, apodéranse audazmente de cualquier posición, y sin guardar 
formación combaten por pelotones diseminados. Si se ven obligados á ceder á 
íuerzas superiores, retroceden sin bochorno y sin creer su honor interesado en 
resistir con tenacidad. Los lusitanos y demás gente bárbara los tienen avezados á 
este modo de pelear.» (C^esar, de Bell, Civil, 1. I.) 



SEVILLA Y CÁDIZ 



loq 



¿qué importa que Mételo venza á Hirtuleyo bajo los muros de 
Itálica, y que recobre las principales poblaciones de la Bética, 
ya amansada y sin nervio á fuerza de incursiones y desengaños? 
Triunfe en ella en buen hora el vanaglorioso anciano, vieja 
ridicula según la enérgica expresión del despechado Sertorio (i) 




Ruinas de Itálica. — Restos del anfiteatro romano 



porque le impidió que azotase al nifio Pompeyo: hágase tributar 
inusitados honores en la 7nás romana de todas las ciudades de 
España, y celebre en todas las poblaciones que riega el Betis 
banquetes y fiestas públicas con vestiduras triunfales, coronado 
de laurel, incensándole y cantándole himnos de alabanza coros 
de niños y poetas lisonjeros. El resorte del amor patrio está 
gastado en la Bética, pero su auxilio no es necesario para triun- 



(i) Dicho histórico. 



no SEVILLAYCADIZ 



far en Contrebia, en Pallancia y Calagurris. El rey del Ponto se 
declara aliado del glorioso dictador de la Iberia: entrégale el 
Asia Menor, pone á su disposición cuarenta buques y 3,000 ta- 
lentos; en las entradas triunfales preceden los lictores al lugar- 
teniente de Sertorio, y el mismo Mitrídates, que le proporciona 
los triunfos, le respeta como subdito. ¡Qué sueño tan deslum- 
brador!... 

¡Sueño fugaz es en verdad el encumbramiento del generoso 
proscrito! Cuando ya la Celtiberia y la Lusitania parecían libres 
del yugo romano; cuando iba á comenzar para los pueblos de 
España reunidos en cuerpo de nación una nueva era de pros- 
peridad y grandeza, la cascada voz de Mételo, que ya no poseía 
en la España ulterior más tierra que la que pisaban sus caba- 
llos (i), manda pregonar la cabeza del encantado libertador, y 
la diestra de un vil asesino clava en su pecho el puñal pagado 
por el envidioso Perpena. Ocultan su sangre las flores y los 
despojos de un festín; el gigante ominoso á la reina del Tíber 
desaparece como una sombra, quedando sólo una memoria épica 
de su breve existencia en el admirable epitafio de la humana he- 
catombe voluntariamente consagrada á su irreparable pérdida (2). 
Ya pueden Mételo y Pompeyo recibir el triunfo que les prepara 
Roma: España parece consternada con la horrenda destrucción 



(i) Expresión feliz de Mommsen, Hist. loe. cit. 

(2) La guardia española de Sertorio, fiel al juramento que le había prestado 
de no sobrevivirle, resolvió perecer, dándose unos á otros la muerte hasta que no 
quedase ninguno. Ambrosio de Morales publica el epitafio que antes escribieron, 
en el cual se admiran las siguientes palabras, rasgo genuino del sublime carácter 
y entereza incomparable de los antiguos españoles: Dum, eo sublato, supehesse 

TCKDERET, FORTITER PUGNANDO INVICEM CECIDERE, MORTE AD PR^SENS OPTATA JA- 
CENT. Estrabón, que sin duda no comprendía estos hechos de heroica constancia 
y sufrimiento, los refiere con menosprecio: así, por ejemplo, califica de locura el 
que los iberos cantasen el himno de Pan mientras los crucificaban. Este himno 
entonaban siempre al entrar en las batallas y en todos los trances peligrosos. Pero 
Justino salió á nuestra defensa (lib. 44, cap. 2) con estas memorables palabras: 
«Sus cuerpos están acostumbrados al hambre y al trabajo, sus ánimos dispuestos 
ȇ la muerte... Sufren morir en los tormentos por no violar el secreto que se les 
))ha confiado, y prefieren á la vida el placer de guardarlo. Se aplaude la paciencia 
»de aquel siervo que en la primera guerra púnica se echó á reír en medio del tor- 
«mento, y con su tranquila alegría triunfó de la crueldad de sus verdugos.» 



SEVILLAYCADIZ III 



de Calahorra, pero los ayes de las víctimas no atormentarán 
sus oídos, halagados por las estrofas laudatorias de los poetas 
cordobeses! 

Sevilla y Cádiz quedan definitivamente inscritas entre las pro- 
vincias romanas, sin conatos de independencia en lo sucesivo. La 
guerra civil entre César y Pompeyo las conmueve hondamente; 
pero si en medio de sus sangrientas vicisitudes suspiran alguna 
vez por la perdida libertad, la historia no llega á consignar este 
doloroso y tardío arrepentimiento. Viene César de cuestor á 
España, visita el famoso templo gaditano de Hércules, y al ver 
en él la imagen de Alejandro, una ardiente emulación, costosa 
luego á los pacíficos habitadores del monte Herminio, le arranca 
lágrimas que su ambición impaciente enjuga con el fruto de una 
indisculpable rapacidad. Ve Gades surgir en su puerto las enga- 
lanadas naves del ya codicioso pretor, cargadas de ricos des 
pojos, y cómo de allí dan la vela para Italia llevándose el botín 
cogido en las costas de Lusitania y de las dos Galicias hasta el 
puerto Brigantino, donde nunca había penetrado el fragor de 
las armas romanas. Aquellos tesoros iban á servir al futuro dic- 
tador para obtener del Senado la formación del peligroso triun- 
virato que tanta sangre había de costar al Occidente alterando 
las condiciones políticas del mundo romano. Una terrible riva- 
lidad trae á César nuevamente desde las Gallas á la Bética, 
derrotando al paso á Afranio y á Petreyo que intentan defender 
la España citerior: Varrón, lugarteniente de Pompeyo, hace pre- 
parativos para defender la ulterior, mandando construir naves 
en Cádiz y Sevilla (i), reforzando la guarnición de aquel puer- 



il) La ciudad de Sevilla, Híspalis de los romanos, debía ya ser muy importan- 
te en tiempo de Julio César. Que había arsenal en ella es indudable: vNaves loiigas 
decem gaditanis ut facer ent imperavit; comj)luresfrceiei-eci Hispali faciendas cura- 
vit,n dice el mismo César en sus Comentarios. También Casio Longino, pretor en 
ausencia de César, hizo construir en Sevilla loo naves. Consta asimismo que 
tenía ya Foro y Pórticos, por el siguiente pasaje: ((Altera ex II legionibus^ qiice ver- 
nácula affellabatur, ex casiris Varronis, adstante el insfectante ípso, signa sus- 
tiilit, seseque in Hispalim recepit. atqite in Joro et poriicibtis sine maleficio con- 
sedií.i) 



SEVILLA Y CÁDIZ 



to, custodiando en el palacio del gobernador (i) las armas y 
los tesoros del celebrado templo, é imponiendo enormes tribu- 
tos en dinero y en especies á todas las ciudades romanas de la 
provincia. Pero César, acogido en Córdoba con solemne pompa 
militar, recibe el homenaje de casi todas las poblaciones del 
territorio: la Colonia patricia^ erizada de lanzas y espadas, cie- 
rra las puertas al legítimo gobernador; pronúncianse contra él 
Charmonia (2), Cades, Híspalis, Itálica, y viendo que ni siquiera 
le es dado retirarse á Italia con los parciales de Pompeyo, se 
entrega á César, y suÍKe la humillación de un juicio público en 
que se le condena á restituir á las ciudades las cuantiosas sumas 
que como contribuciones de guerra les había hecho satisfacer. 

Recompensó César la fidelidad de Cádiz declarando ciudada- 
nos romanos á sus hijos y devolviendo al templo de Hércules 
sus tesoros: hecho lo cual, regresó á Roma aprovechando la 
misma flota que Varrón tenía aprestada para Pompeyo. El acto 
de piedad de que ahora fué objeto el numen gaditano no impi- 
dió que más adelante el mismo César saquease su templo (3). 

Muerto Pompeyo en Farsalia, continuaron la guerra civil en 
la Bética sus hijos Gneio y Sexto. César había dejado en la 
provincia de propretor á Casio Longino: aborrecido éste en bre- 
ve por su tiranía y sus escandalosas depredaciones, toda aquella 
tierra, á excepción de alguna que otra ciudad, recibió á Gneio 
como su libertador. Al saber César el mal estado de su causa 
en la España ulterior, rápido como el rayo cayó desde el Capi- 
tolio sobre el sitiador de Ulia (4), y le obligó á levantar el ase- 
dio. Su flota, mandada por Didio, derrotaba al propio tiempo á 



(i) Considerando nosotros á Cádiz como un rico emporio, fenicio ó cartagi- 
nés, semejante á cualquiera de los más florecientes de la costa africana, supone- 
mos que el palacio del gobernador sería cosa parecida al palacio-almirante que 
descollaba en el gran puerto de Utica, y al que erigió Asdrúbal en Cartagena. 

\2] Hoy Carmena: Tolomeo la llama Charmonia; Antonino y Estrabón Car7no. 

(3) Cuando, consumadas sus victorias en la Bética, regresó por última vez á 
Roma para morir bajo el puñal de Bruto. 

(4) Hoy Montemayor. 



S r. V I I , L A Y CÁDIZ 



la de Gneio en las aguas de Carteya. Ategua (i), Castra Pos- 
thumia (2), Ucubi (3), Ventispón (4) y Carruca (5), pagan los 
odios de los dos encarnizados y opuestos bandos. Ucubi y Ca- 
rruca son fatídicas luminarias (6) precursoras del astro que se 
levanta sobre la gran carnicería de los campos de Munda. — 
Dejemos á Gneio refugiarse en la fuerte y torreada Carteya (7) 
y á César lograr el fruto de su peligrosa y sangrienta empre- 



(1) Hoy Teba la vieja. 

(2) Castro el Río. 

(3) Ucubi, Acubi ó Atubi, hoy Espejo. 

(4) Ventispón: Bamba reduce este pueblo á las inmediaciones de Puente don 
Gonzalo, sobre el Genil. Flórez, en su mapa de la antigua Bética, le da la misma 
situación con el nombre de Ventifo. 

(5) Cárnica: el citado Bamba confiesa no acertar con la posición de este pue- 
blo. «Carruca, dice Standish en su libro Seville and its vicinity, is by some suppo- 
sed to be the present small Hamlet of Gandul, near to Alcalá de Guadaira.» Pero 
probablemente se engaña, porque si en realidad estuvo Carruca donde hoy la 
aldea de Gandul, apoca distancia de Sevilla, no se concibe que los ejércitos de 
César y Pompeyo se desviaran veinte leguas del teatro de sus primeros encuen- 
tros para volver luego á él, como se verificó en Munda. Munda era del convento 
jurídico de Écija, estaba situada según Plinio entre Martas y Osuna, y toda la cam- 
paña de que vamos hablando se ciñó á las poblaciones inmediatas á Córdoba y 
Écija, hacia las márgenes del Guadajoz y de los otros riachuelos que riegan aque- 
lla campiña. Es cierto que Hircio hace dar al ejercito de Pompeyo un enorme salto 
desde Ucubi ó Espejo hasta un olivar frente á Sevilla antes de la entrega de Ven- 
tispón y del incendio de Carruca, pero esto mismo prueba que su texto está co- 
rrompido, porque si Munda y Vestispón estaban en aquel territorio comprendido 
entre los ríos Genil y Guadajoz, era preciso que los dos ejércitos tuviesen las alas 
del aquilón para ir corriendo de Ulia (Montemayor) al olivar de Sevilla, volver 
luego á Ventispón (Puente don Gonzalo), orilla del Genil, bajar otra vez á Carruca 
CGandul), cerca de Sevilla, y por último tornar á Munda, ó lo que es lo mismo, á 
los campos del Guadajoz. El texto de Hircio, que suponemos corrompido, dice así: 
«Eo die Pompeius castra movit, et circa Hispalim in oliveto constitit. Ciesar prius- 
quam eodem profectus est, luna circitcr hora VI visa est. Ita castris motis, Ucu- 
bim prajsidium, quod Pompeius reliquit, jussit ut incenderent, et deusto oppido, 
in castra majora se reciperent. Insequenti tempore Ventisponte oppidum cum 
oppugnare coepisset, deditione factá, iter fecit in Carrucam: contra Pompeium 
castra posuit. Pompeius oppidum, quod contra sua praesidia portas clausisset, 
incendit.»— Á pesar de los esfuerzos de muchos distinguidos historiadores y geó- 
grafos, peritísimos en el conocimiento de la Bética romana, entre los cuales sobre- 
salen nuestros doctos colegas los Sres. Hübner, Fernández-Guerra, Saavedra y Oli- 
ver, es todavía un desiderátum la noticia exacta del lugar que ocupó la antigua 
Munda. 

(6) Véase el final del texto citado de Hircio en la nota anterior. 

(7) Las medallas de Carteya representan una cabeza de mujer con corona de 
torres: pudiera ser la diosa Cibeles con su corona mural. 

15 



114 S R V I I. I. A Y C A D I Z 

sa (i) con la rendición de Córdoba, Sevilla y Osuna. La toma 
de Híspalis fué consignada en el calendario romano y celebrada 
como fiesta pública, y no es extraño, porque era la última con- 
quista importante de César en la Península. 

Entró en ella el arbitro del mundo romano el año 43 antes 
de J. C. Supónese que la batalla que decidió su entrega ocurrió 
entre la demolida puerta de Jerez y el arroyo Guadiana, que 
corre á una milla de distancia de la ciudad, ocupando la flota 
de César el espacio intermedio del Guadalquivir entre la torre 
del Oro y el palacio de Santelmo. 

Tan radical transformación sufría la Bética por estos tiempos 
en sus gustos, sus usos y su lengua, que muchas de sus pobla- 
ciones trocaron sus antiguos nombres por el nombre de César: 
Illiturgis se llamó Foruní yuliu7n; Astigis, Claritas Jídia; Ner- 
tobriga. Fama Jidia y Concordia yídia ; Osset, Coiistantia 
yulia; Ulia, simplemente yidia^ como Gades; Joza, antigua Ze- 
les, ciudad púnica, que por haber sido trasladada de África á la 
costa de España entre Mellarla y Carteya llevaba el nombre de 
Transduda, agregó á éste el de Julia y se denominó Jtdia 
Transducia; por último, la misma Híspalis se jactó del dictado 
de ytdia Ronndea. Era ya antes colonia romana, como Córdoba 
y casi todas las principales ciudades de la tierra del Betis. Cór- 
doba y Sevilla fueron las primeras en esculpir en mármoles las 
hazañas del vencedor. 

Hay que contemplar el estado en que el régimen oligárquico 
de Roma dejó á sus provincias, para apreciar todo el beneficio 
que recibían éstas con la caída del partido pompeyano y su des- 
aparición de la escena política. Si una pluma menos respetable 
y autorizada que la del docto historiador filósofo que nos presta 
luz en esta materia (2), nos hubiese trazado el verídico cuadro 
de la situación en que se hallaba el mundo romano al reconsti- 



(i) Cuando hablaba César de la jornada de Munda solía decir: nMuchas veces 
peleé ■por ganar honra y gloria; mas aquel diafué por salvar la vtda.n 
(2) Teodoro Mommsen, en su excelente Historia de Roma. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



tuir César la monarquía, no le hubiéramos dado crédito. Poco 
diremos de la metrópoli, que no es objeto directo de nuestro 
estudio: acerca de ella omitiremos además el repugnante espec- 
táculo que allí ofrecen las costumbres, la pública prostitución, 
el descomedido lujo contrastando con el hambre y la miseria, las 
enormes deudas de los patricios, efecto inevitable de colosales 
derroches, la sórdida é inaudita usura de los especuladores, la 
absoluta falta de policía, la inseguridad personal, el abandono 
del culto religioso, el ansia febril de los placeres y diversiones. 
Fijarán principalmente nuestra atención la administración de jus- 
ticia, el estado del ejército, la situación de la hacienda y la gran 
despoblación de Italia. 

La justicia, fundamento de toda humana sociedad, tenía vela- 
do su augusto semblante : los procesos criminales habían perdido 
su carácter exclusivamente judicial con los trastornos de los últi- 
mos tiempos, y el foro era abrasada arena donde luchaban los 
partidos con las armas del favor, del oro y de la fuerza: vicio 
común á todos, los magistrados, los jurados, los partidos y el 
mismo público. En el procedimiento civil sucedía lo mismo: la 
influencia de las pasiones políticas penetraba en el santuario de 
la ley, y según la preponderancia que alcanzaban Cinna ó Sila, así 
se decidía de la suerte de los litigantes. Las nociones positivas 
del Derecho habían quedado sofocadas bajo el parásito floreci- 
miento de la elocuencia forense. — El ejército estaba en no menor 
decadencia: el valor cívico y el amor de patria habían abando- 
nado á las águilas romanas : no era ya la milicia el brazo de la 
República; desprovista de todo pensamiento propio, se sometía 
dócil á la voluntad de su Jefe, hombre independiente del poder 
central en el orden militar y en el económico, y en la guerra, 
bajo el mando de oscuros capitanes, sólo era una masa vacilante 
y sin energía. Un ciudadano de distinguida familia, pero desco- 
nocido como guerrero, entra en las legiones, se alista para pasar 
su tiempo en Sicilia ó en cualquier otra provincia tranquila, don- 
de si es posible no tenga que luchar con el enemigo, y lo natural 



I I 6 S E V I L L A Y C Á D I Z 



es que carezca del valor y de la habilidad más vulgares, siendo 
esta la causa de que los contemporáneos de Pompeyo, verbigra- 
cia, haciendo de él un Marte, caigan prosternados en una peli- 
grosa admiración. César describió, no sin ironía, las escenas que 
de resultas de tan viciosa constitución del ejército ocurrieron 
alguna vez en su campamento, y singularmente la víspera de 
marchar contra Ariovisto: todos allí le maldecían, todos lloraban; 
nadie pensaba en otra cosa que en hacer su testamento ó en 
pedir su licencia. — Base general de la Hacienda en Roma era la 
inmensa extensión de su territorio y no tener sistema alguno de 
crédito. Las crisis económicas reconocían como principal causa 
el inconsiderado aumento de los gastos ordinarios y extraordi- 
narios y el desorden inmenso de los negocios. Por considerables 
que fuesen las cantidades extraídas del tesoro público, pues Pi- 
són, por ejemplo, gastó de una vez para poner en pié de guerra 
el ejército de Macedonia, una suma equivalente á 4.668,000 pe- 
setas, y Pompeyo gastó más de 6.000,000 de pesetas en el 
sostenimiento y sueldo del ejército de España, es más que pro- 
bable que se habría podido atender á todo con los considerables 
aumentos que trajeron á las arcas públicas las nuevas provincias 
de Bitinia, el Ponto y la Siria; pero la administración económica 
de Roma, tan perfecta en lo antiguo, sufría la corrupción y deca- 
dencia general de la época, y los pagos se suspendían en las 
oficinas tan sólo por la negligencia de los agentes ó empleados, 
que no hacían ingresar los vencimientos. Eran jefes del tesoro 
dos de los cuestores, magistrados nuevos, reemplazados todos 
los años, los cuales solían estar en actitud pasiva; y aun llega- 
ron á venderse estos cargos, originándose de aquí los más escan- 
dalosos abusos. Añádase á estos males la lepra de los llamados 
beneficiarios, turba de ciudadanos miserables que no bajaba en 
Roma de 320.000 individuos cuando César subió al poder supre- 
mo, los cuales tenían derecho á vivir de la aiinona ó lote gra- 
tuito de cereales: privilegio político creado por los Gracos, que 
se convirtió en fomento del pauperismo. — A un estado social de 



SEVILLA Y CÁDIZ 117 



tal índole, acompañaba un terrible fenómeno, fruto inevitable de 
la exagerada extensión que tomó el mundo latino y de la deca- 
dencia del patriotismo en las clases que se habían enriquecido y 
elevado con la agricultura ó el comercio. En las feraces campiñas 
de Italia no había más que parásitos inmigrantes y tierras aban- 
donadas, pues gran parte de la población indígena había pasado 
á países extranjeros, ora para desempeñar funciones en ellos, 
ora formando en las guarniciones itálicas diseminadas por las 
provincias del Mediterráneo, ora para entregarse á especulaciones 
mercantiles mucho más lucrativas que el cultivo de sus tierras. 
Á medida que el comercio y la usura proporcionan riquezas más 
colosales, el abismo déla miseria se hace más hondo. «La riqueza 
»y la mendicidad, dice Mommsen, coligadas para el mal, arrojan 
»á los italianos de Italia, y hacen que reine, aquí una bulliciosa 
»turba de esclavos, allá (en los campos) un silencio de muerte! » 
Veamos ahora el estado de las provincias. Al advenimiento 
de César había en el Imperio catorce provincias, que con los tres 
gobiernos de nueva creación, las dos Gallas y la Iliria, formaban 
un total de diez y siete. Las dos Españas, citerior y ulterior, eran 
de las más importantes entre las cinco provincias de Europa. 
Pero desgraciadamente la administración de las catorce provin- 
cias de la República, bajo la oligarquía romana, excedió en todo 
linaje de abusos á cuanto se había visto hasta entonces en el 
Occidente. No podía concebirse nada más odioso. Las domina- 
ciones griega, fenicia y asiática, habían desterrado del corazón de 
los pueblos en casi todos los países los sentimientos elevados, la 
idea del derecho y los recuerdos de la antigua libertad y digni- 
dad. Todo provinciano acusado tenía el deber de presentarse 
personalmente en Roma á dar sus descargos, si á ello era reque- 
rido. Todo procónsul ó propretor podía mezclarse á su antojo 
en los negocios de justicia y en la administración de las ciudades 
tributarias, y pronunciar sentencias de pena capital, y derogar 
los actos de los consejos locales; además, en tiempo de guerra 
disponía á su arbitrio de las milicias. Los procónsules y propre- 



I I 8 S E V 1 L L A Y C Á D I Z 



tores de Sila habían sido en sus gobiernos verdaderos soberanos 
sin limitación de poder, y sin que se ejerciera sobre ellos vigilan- 
cia alguna. Los infelices contribuyentes vivían con ellos en con- 
tinua zozobra: en cuanto oían la voz del pretor ó del cuestor, 
ya se consideraban en poder de ladrones destacados de la cua- 
drilla para hacer presa en sus arcas. Y no era para las naciones 
constituidas en provincias romanas menos ominosa la plaga de 
los traficantes latinos, menos vigilados aún que los gobernado- 
res, y en cuyas manos se habían concentrado la mayor parte de 
las tierras, todo el comercio y todo el numerario. A favor de lo que 
llamaban niisio7ies lih'es senatoriales, que eran como unos títulos 
de encargados de negocios que fácilmente obtenían del Senado, ó 
con un simple título de oficial del propretor, y con una buena 
escolta, se echaban aquellos bandidos sobre los pobres deudo- 
res de las provincias, donde á fuerza de astucia, de engaño y de 
usuras, lo habían hecho todo suyo; y se dio el caso de que uno de 
aquellos distinguidos bandoleros protegidos por el poder público, 
habiendo exigido un día el pago de un crédito que tenía contra 
Salamina de Chipre, bloqueó de tal suerte al consejo que resistía 
dicho pago, que cuatro consejeros murieron de hambre (i). Las 
misiones libres eran verdaderas credenciales dadas á la especu- 
lación usuraria. No puede decirse quiénes eran más ladrones en 
las infortunadas provincias romanas, si los generales, los procón- 
sules, los pretores, cuestores y demás empleados de la hacienda 
pública, ó esos funestos capitalistas y prestamistas que las reco- 
rrían como legados del Senado ó del pretor para hacer su nego- 
cio. Lo cierto es que estos capitalistas mataron en Italia la 
agricultura y luego esquilmaron las provincias romanas, donde, 
con la ruina que ellos y las guerras causaron, llegó el caso de 
que los salteadores y piratas se enseñorearon de las poblaciones 
é hicieron del bandolerismo como una enfermedad endémica. En 
África y en la España ulterior fué menester rodear de murallas 



(i) Mommsen. — Hi'si., Lib. V., c. XI. 



S E V I L L A Y C A D I Z I I O 



y de torres todos los edificios situados fuera del recinto fortifi- 
cado de las ciudades. Desde el Tajo al Eufi-ates <i. todas ¿as ciu- 
dades han perecido: » tal era la terrible declaración que hacía 
un escrito citado por muy grave autoridad refiriéndose al año 684 
de Roma (i). 

César que, siendo pretor, había mostrado á España una 
verdadera simpatía suavizando los tributos, mejorando la situa- 
ción de los naturales agobiados por las crueles exigencias de 
los acreedores italianos, y reorganizando toda la administración 
interior de Gades, no podía menos de mirar con interés prefe- 
rente, siendo supremo soberano, la suerte de la Bética, hacia 
cuyo engrandecimiento había de inclinarle por otra parte su 
favorito y tesorero el gaditano L. Cornelio Balbo. El poder 
supremo en España estaba confiado á dos procónsules, nom- 
brados por primera vez en el año 557 de Roma, durante el cual 
fueron deslindadas las fronteras de las dos provincias idterior y 
citerior y se completó su organización administrativa. La ley 
Bebia había preceptuado que los pretores de España fuesen 
nombrados por dos años; pero el inmenso número de aspirantes 
á altos empleos hizo que este precepto quedase en la práctica 
inobservado, y así los pretores se veían inopinadamente remo- 
vidos cuando apenas había transcurrido el primer año de su 
mando. Todas las ciudades sometidas eran tributarias; pero 
imitando los romanos lo que los cartagineses habían hecho 
antes que ellos, impusieron á las ciudades españolas cuotas fijas 
que habían de pagar en plata ó en productos naturales. Cuando 
el pago se hacía en cereales, los pretores no podían exigir más 
que la vigésima parte de la cosecha, y el Senado tenía prohibi- 
do desde el año 583 (171 antes de J. C.) que la recaudación de 
los tributos se hiciese por medio de requisiciones militares. En 
cambio, tenían los españoles que suministrar soldados para el 



(i) Mommsen.— f/zs/., Lib. V., c. XI. 



I20 S E V I I. I- A Y C A n I Z 



ejército, lo cual no sucedía en la tranquila Sicilia. ¿Era por ven- 
tura que quisiese Roma hacer más dura la suerte de España? 
Al contrario: nuestra península era mejor tratada que otras 
provincias; pero los soldados españoles fueron siempre un ele- 
mento poderoso de resistencia para las guerras que sostenía la 
dominadora del mundo fuera de Italia. Nuestras ciudades marí- 
timas de origen griego, fenicio, cartaginés ó romano, eran, dice 
Mommsen, como las columnas que sostenían el Imperio. Por lo 
demás, económicamente hablando, España costaba á Roma más 
de lo que le producía, y si no se desembarazó de tan onerosa 
conquista, fué sin duda por la utilidad que sacaba de nuestros 
soldados, tan excelentes cuando los mandaban buenos capita- 
nes, cuanto indisciplinados y peligrosos hallándose entregados 
á sí mismos ó á caudillos sin mérito y sin prestigio; y quizá tam- 
bién, como sospecha el citado historiador alemán, porque no 
teniendo Roma en España una nación intermedia, como la re- 
pública masaliota en las Galias ó como el reino númida en la 
Libia, abandonar la península ibérica á sí misma, hubiera sido 
ofrecerla á la ambición de otra familia de aventureros, como la 
de los Barcas cartagineses, que habría inmediatamente acudido 
á fundar en ella su imperio. 

El ilustrado despotismo de Augusto acabó la obra de asi- 
milación comenzada por el prepotente influjo de las ideas ro- 
manas, y antes de hallarse la Bética constituida en provincia 
senatorial, estaba ya tan completamente ro77ianizada, que el 
receloso triunvirato dominado por Octavio no había visto peli- 
gro alguno en nombrar cónsul y conceder los honores del triunfo 
al gaditano Lucio Cornelio Balbo. 

Bajo la dominación de Augusto y sus sucesores hasta Clau- 
dio, la lengua, las leyes, la religión y las artes del Lacio se van 
posesionando de lleno de la España meridional. Los emperado- 
res sucesivos la conocieron completamente identificada con la 
gran metrópoli, y á los turdetanos y tartesios convertidos en 
verdaderos romanos. El estudio de las letras latinas y griegas 



SEVILLA Y CÁDIZ 



121 



promovido por Augusto, era entre ellos familiar (i), y en las 
escuelas donde se enseñaban se formaron algunos de aquellos 
genios que tanto lustre habían de difundir sobre la literatura la- 




PuiNAS DE Itálica. — Entrada al Anfiteatro 



tina: los Sénecas, los Lucanos, los Columelas, los Pomponio 
Melas. De las primitivas religiones no quedaba más que un pá- 



(i) Á mediados del siglo vi de Roma se hablaba ya comunmente la lengua la- 
tina en toda la costa española de mediodía y levante. 

16 



122 SEVILLA Y CÁDIZ 



lido reflejo; de las tres teogonias fenicia, griega y cartaginesa, 
se había formado un todo confuso; la Bética no obstante admi- 
tió en su orden sagrado, como lo habían hecho Italia y las 
Galias, los pontífices, los sacerdotes y los augures: en sus tem- 
plos, en sus monumentos, medallas y monedas, dio cabida á los 
mitos de Grecia y Roma (i); Roma en cambio acogió en su 
panteón á las divinidades que recibían culto de los andaluces. 
Florecían para éstos las artes que ennoblecen y civilizan á los 
hombres: no sólo la arquitectura civil y religiosa, que dotaba 
sus ciudades de grandiosos monumentos, sino también la escul- 
tura, casto deleite de las almas elevadas (2). Ni solamente em- 
bellecían las artes las ciudades principales, como Écija, Sevilla, 
Córdoba y Cádiz, donde puede la mente sin exageración figu- 
rarse grandiosos templos, ídolos colosales, anfiteatros, circos, 
curias, lonjas y pórticos, baños y otros edificios espaciosos y 
galanos; sino también las pequeñas poblaciones, en las que la 
piedad reconocida alzaba aras votivas, el amor filial ó conyugal 
consagraba elegantes dedicaciones, y no pocas estatuas á los 
emperadores, pontífices y gobernadores , la popular lisonja. 
Raros los fragmentos de esta riqueza artística, destruida por 
los vándalos, apenas podríamos conocer hoy el estado á que 
llegó el arte en la Bética romana, si no nos quedaran las curio- 
sas medallas y monedas de Asta, Arua, Asido, Carmona, Car- 
teya, Gades, Hipa, Ituci, Obulco, Osset, Sacilis y Urso. Nada 



(i) Las divinidades de los indígenas recibieron culto juntamente con las de 
los romanos, y hay monumentos epigráficos que lo acreditan. 

La misma promiscuidad de dioses de los dos cultos, indígena y latino, se ob- 
serva en las medallas y monedas de aquellos tiempos, en las cuales aparecen Apo- 
lo con su arco y sus flechas, Mercurio con el caduceo, Baco, Castor y Pólux, Cibe- 
les con su corona mural, el delfín consagrado á Apolo y Neptuno, el Júpiter 
capitolino, el hospitalario. Juno con su pavo real, y principalmente Hércules con 
sus atributos, etc. En las monedas de Asido (Sidoniaj, Carteya{RocadiUo) y Obulco 
(Porcuna) figuran con frecuencia el cuerno de la abundancia y otros símbolos de 
origen romano. En algunas monedas de Itálica se ve la loba de Rómulo y Remo. 
Las divinidades campestres, como Pan, Silvano, Silcno, recibían gran culto de los 
españoles. 

(2) Según la feliz expresión de Hegel. 



SEVILLAYCÁDIZ 123 



ponderamos al afirmar que hay en estas medallas tanta regula- 
ridad, tanta elegancia de formas, como en las de la misma épo- 
ca acuñadas en Italia. 

Sobre la fisonomía legal del país desde el advenimiento de 
Augusto al poder supremo, nos bastará echar una rápida ojeada; 
no necesitamos más para comprender toda la importancia de la 
transformación verificada bajo el influjo de Roma. 

Á la gobernación puramente militar y omnímoda de los 
procónsules y pretores, había sucedido en la Bética una ad- 
ministración regularizada sobre las bases de la legislación 
romana. Además de las provincias en que estaba dividida 
España, habíase añadido otra subdivisión dentro de cada pro- 
vincia, repartiendo el territorio en conventos jurídicos á fin de 
que con mayor comodidad se administrase justicia á cada pue- 
blo. EstQs convcíitos equivalían á nuestras chancillerías ó au- 
diencias. En la Bética, que formaba toda ella una sola pro- 
vincia extendiéndose desde la marina hasta el Guadiana, había 
cuatro conventos jurídicos: Córdoba, Ecija, Sevilla y Cádiz. Los 
límites de esta división jurisdiccional no correspondían con los 
de la división actual: en lo que son hoy provincias de Sevilla y 
Cádiz, sin abrazar ni con mucho todo el territorio de sus anti- 
guos conventos jurídicos, se comprende sin embargo una buena 
parte del convento de Ecija, al que correspondían los pueblos 
situados entre el Genil y el Corbones. 

Las poblaciones en tiempo de Plinio, primero que da noticia 
de la organización administrativa del país que nos ocupa, esta- 
ban repartidas en colonias, municipios, lugares del fuero del 
Lacio antiguo, lugares libres, confederados y estipendiarios. No 
pudiendo entrar demasiado en estas diferencias del derecho 
civil y público romano, nos contentaremos con señalar princi- 
palmente la que existía entre la colonia y el municipio. Las co- 
lonias vivían bajo las leyes y reglamentos de Roma; los habi- 
tantes de los municipios, además de disfrutar de los mismos 
privilegios que los de Roma, unos con derecho de sufragio, 



124 SEVILLA Y CÁDIZ 



Otros sin él, se gobernaban por sus propias leyes. El fuero de 
municipio era pues más apreciado que el de colonia, y sin em- 
bargo, la ciudad de Itálica, lo mismo que la de Uciese (hoy 
villa de Mar7iiolcjó)^ pretendió pasar de municipio á colonia. 
Esta aparente anomalía (i) dimanaba de la naturaleza especial 
de cada una de aquellas formas de administración y gobierno; pues 
si bien el municipio llevaba consigo la facultad de regirse por 
sus leyes privativas (2), con todo, con la categoría de colonia 
venía á ser una población una especie de imagen de la corte, 
vivía con las mismas leyes de Roma, observaba las mismas cos- 
tumbres y era como una metrópoli en pequeño. El comercio y 
roce con los romanos, juntamente con la emulación y el deseo 
de imitarlos en todo, fueron poniendo en desuso las leyes mu- 
nicipales, á tal punto que los municipios llegaron á ignorar su 
antigua manera de gobernarse, y, como dice Aulo Gelio, hubo 
un tiempo en que todos aspiraban á convertirse en colonias. 
Los pueblos que gozaban solamente del fuero latino (noinen 
¿atinum) tenían los mismos derechos que los italianos no ciuda- 
danos; éstos, con los confederados (fcEderati y socii)^ ocupaban 
los grados intermedios entre los ciudadanos (cives) y los extra- 
ños (pcregj^ini). Las ciudades libres se regían por sí propias: 
su población, dividida en tres clases, patricios, simples habitan - 



(i) El emperador Adriano, natural de la misma ciudad de Itálica, en la ora- 
ción que hizo en el Senado con motivo de la pretensión de sus paisanos de pasar 
de municipio á colonia, no pudo menos de manifestar la extrañeza que esta peti- 
ción le causaba, citando el ejemplo de los prenestinos, que habían por el contra- 
rio solicitado de Tiberio el pasar de colonia á municipio. <s\íirari se ostendit, qiiod 
ipsi Ilalicenses... cuín suts moribus legibusque ul¿ possenl. injus Coloniaritm mula- 
re gestiverint, eíc.n Aul. Gel. lib. i ó, Not. .\tt. cap. i 3. 

(2) No se entienda esto de una manera demasiado absoluta, pues si bien des- 
de la reforma de César los municipios de las provincias ¿gozaron de los derechos 
de los municipios romanos, y estuvieron en igualdad de condiciones con las ciu- 
dades de Italia, sin embargo, su derecho jurisdiccional reconocía limitaciones por 
cuanto los procesos graves no se fallaban por el jefe de la provincia, sino por el 
magistrado romano. Era esto una reliquia de la organización anterior á Sila. Nar- 
bona, Gades, Cartago y Corinto, por excepción, tenían ilimitada su jurisdicción 
para fallar en último grado todos los procesos, comunes y graves.— Mommsem. 
Ohr. cit., lib. V. cap. XI. 



SEVILLA Y CÁDIZ I2S 



tes y artesanos, nombraba un consejo en quien residía la auto- 
ridad administrativa local. Este régimen municipal dejó tan 
honda huella, que aún duran sus efectos á pesar de los radica- 
les trastornos verificados en nuestra constitución política y civil. 
Últimamente llamábanse poblaciones estipendiarlas (stipendia- 
rice) las que se hallaban gravadas con tributos que debían pagar 
á otras. 

Con la igualdad progresiva que inició César en las pobla- 
ciones latinas y las provincias, iba á desaparecer una de las 
principales causas del antagonismo entre Roma y las naciones 
europeas. En lo sucesivo no será ya Italia la reina de los pue- 
blos vencidos, sino la metrópoli vivificadora del mundo ítalo- 
helénico. 



CAPITULO VII 



Memorias y monumentos artísticos de la época romana. — Astigi. Hipa. 

Itálica. 



UNTÁBANSE en la actual provincia de Sevilla mul- 
titud de ciudades (i) notables, algunas de ellas 
pertenecientes á los conventos jurídicos de Asti- 
gi y de Gades, y aunque no andan muy confor- 
mes los anticuarios acerca de la moderna reduc- 
ción de todas ellas, siguiendo las opiniones que creemos 
más fundadas, nombraremos las principales en una li- 
gera reseña, abandonando á los doctos en epigrafía, numismática 
y corografía antigua, las detenidas disquisiciones á que abre 
campo la geografía de la Bética romana auxiliada de aquellas 
ciencias. 




(i) Supone Estrabón que Polibio, por lisonjear á muchas poblaciones, les dio 
el nombre de ciudades siendo meras aldeas ó castillos; sin embargo, el mismo 
geógrafo griego reconoció, aunque con algún recelo, que había mil ciudades en 
la Celtiberia, añadiendo de los españoles que habitaban las riberas del Guadiana 
al mediodía, que eran innumerables sus poblaciones, y doscientas de ellas famosas. 
De Paulo Emilio dice Plutarco que sujetó doscientas cincuenta ciudades, y de Ca- 
tón que cuatrocientas, solo en Andalucía. 



128 SEVILLAYCÁDIZ 



AsTiGi (Ecija). Pocas ciudades hubo en la Bética ni en todo 
el resto de la provincia de España, donde más hubiesen empe- 
ñado los romanos su ambición ó su vanidad. — «¡Qué soberbia 
de edificios! exclama en el estilo enfático de su tiempo uno de 
sus más eruditos historiadores (i):! qué variedad de ornamentos! 
¡Cuánta muchedumbre de aras y estatuas! ¡Cuántas columnas y 
mármoles! ¡Cuánta de inscripciones galanas! ¡Cuántos monstruosos 
colosos ! Pudiera competir con su Roma si, á su imagen, lo más 
desta hermosura no estuviese envuelta en cenizas de sus ruinas. » 
. La fundación de esta ciudad debe atribuirse á los primeros 
pobladores de España: pudo ser que la acrecentasen los feni- 
cios, los griegos, los cartagineses, y últimamente los romanos, 
que no sólo con el ilustre título de Colonia yulia Augusta Fir- 
ma la ennoblecieron, sino con poner en ella uno de los cuatro con- 
ventos jurídicos de la Bética, y con los grandes y soberbios edi- 
ficios que en opinión de Pomponio Mela la hacían acreedora al 
título de clarísima al par de Cádiz, Córdoba y Sevilla. En las 
guerras civiles entre César y los hijos de Pompeyo, permaneció 
Astigi fiel á la parcialidad del afortunado dictador: muchas fa- 
milias notables florecieron en ella: la de los Optatos, conocida 
en toda la España romana, que debió ser una de las principales 
y más poderosas, dejó muchos monumentos en sus contornos, 
y aún dura en un caserío distante una milla, junto á la Torre 
de la vencida, una lápida borrosa, que, con aquel característico 
estilo epigráfico antiguo que tan solemne voz presta á los se- 
pulcros, consigna el sentido recuerdo de una muerte causada por 
un individuo de esta familia en servicio de César (2). 

Hablan todavía de la importancia de Ecija bajo la domina- 
ción romana los venerandos vestigios que en ella do quiera se 
descubren : centenares de columnas, enteras muchas, muchísi- 
mas lastimosamente quebradas, algunas de colosal magnitud (3), 



(i) El P. Roa: Écijay sus sanios. 

(2) Trae esta inscripción restaurada el P. Roa. 

(3) Muchas hay que tienen i 2 varas de altura y 3 '/^ de circunferencia; otras 



SEVILLA Y CÁDIZ 1 29 



que debieron sustentar templos, basílicas, palacios ; fragmentos 
de estatuas, aras y pedestales, erigidos por aquellas insignes y 
honradas familias de los yElios, Numerios, Marciales, Trofimos, 
Primos, Bebios, Vivios, Rústicos y Emilios ; soberbios pavi- 
mentos (i); reliquias de sus baños públicos (2); memorias de 
su circo (3). 

De casi todas estas familias ilustres de Écija hay en la ciu- 
dad curiosas dedicaciones de sepulcros, estatuas, ídolos, etc. 
Basas de estatuas, algunas de ellas ecuestres, se encuentran to- 
davía, y aunque pudiéramos citar varias, nos contentaremos con 
remitir al lector al interesante libro citado del P. Roa, investi- 
gador celoso (si bien no siempre de fiar) de esta clase de mo- 
numentos. Nos limitaremos á consignar que en Astigi, como en 
casi todas las ciudades principales de la Bética, tuvo culto é 
ídolos el Sol, el cual quedó, andando los tiempos, por armas y 
distintivo de la ciudad, y que en sentir del citado anticuario de- 
bió ser parte de uno de estos ídolos el pié de coloso, sin san- 



miden lo varas por 3: las mayores, con las basas enterradas, sustentan los tem- 
plos de Sta. Bárbara y Sta. María, que son de los más antiguos. El famoso rollo de 
Écija, que hoy está sobre la ribera oriental del Genil pasado el puente donde 
arranca el arrecife, camino de Córdoba, es también una hermosa columna romana 
llevada allí desde una plaza de la ciudad. Tiene sobre el capitel un león de már- 
mol blanco con el escudo de armas de Écija en las garras. La calle que enfila con 
el puente y puerta de Sta. Ana lleva aún el nombre de calle de los Mármoles^ por 
los muchísimos que en ella yacen soterrados y los grandiosos restos de edificios 
en aquel sitio descubiertos. 

(1) Los hay enterrados en las calles de los Mármoles, del Sol y otras. 

(2) En el año 1628, desbaratando el altar mayor de la parroquia de Santa 
María, se descubrió una gran losa de mármol de 3 '/.^ varas de longitud con esta 
inscripción en una sola línea: Pivs. M. F. PAP. longinvs. II. vir. bis. pr^f. ter. 
LAcvs. X. cvM. .cRAMENTis. DEDiT. (PÍO Lougino, hijo de Marco de la tribu Papia, 
que fué dos veces duunviro y tres prefecto, dio diez lagos ó baños con sus corres- 
pondientes instrumentos ó utensilios.) Esta losa estaría regularmente colocada 
sobre la puerta de entrada de dichos baños.- 

(3) Que hubo circo en Astigi se colige de la siguiente inscripción que se des- 
cubría en los cimientos de una casa de la plaza, traducida por el P. Roa en estos 
términos: ídolo y Aliar del Buen-Suceso, el cual edificó Aponia Montana, hija de 
Cayo Montano, Sacerdotisa de las Sacras emperatrices, en la Colonia Augusta Fir- 
ma, con gasto de 1^0 libras de plata, habiendo hecho fiestas publicas de caballos en 
el circo una vez en honra de su sacerdocio cuando le dieron este oficio, y otra cuati- 
do dedicó esta ara. 

17 



I 30 S E V 1 L L A Y C Á D I Z 



dalia, que en su tiempo se llevó de Écija á Málaga el caballero 
D. Luís de Torres, perteneciendo al propio simulacro la famosa 
basa de la puerta del Puente en que se leen las letras D. S. D. 
(Deo solt dicata, ó donum solí datum), y, entre otras palabras 
borradas, el nombre de Augusto. Al erigir este ídolo Écija ro- 
mana, pudo muy bien haberse propuesto lisonjear á Augusto, 
como lo hicieron muchas ciudades de España agradecidas á sus 
beneficios, celebrándole como hijo del Sol, porque era fama — 
¡tanto puede la adulación! — que al tiempo de su nacimiento, ha- 
bía visto en sueños su padre Octavio que del vientre de Accia, 
su mujer, salía el niño coronado de rayos de luz en carroza de 
cuatro caballos. Sabido es que el pueblo declaró haberle visto 
coronado del sol en forma de arco iris cuando hizo su entrada 
en Roma á la muerte de Julio César, y que de aquí provino la 
costumbre de coronarse de rayos los reyes y llamarse Soles, 
como los persas. Por otra parte el culto del Sol en toda España 
se pierde en la noche de los primitivos tiempos, y bien pudiera 
no haber tenido parte la adulación, y sí sólo la mezcla de cultos, 
indígena y latino, en la erección del monumento que nos ocupa. 
Y nótese que la adoración del Sol no fué privativa de España, sino 
que se extendió entre todas las naciones de la gentilidad. Pero 
en España estuvo tan generalizada la veneración de este planeta, 
que en toda la costa tenía aras desde el Promontorio Nerio hasta 
la Isla de Gades. En el templo de Cádiz, según Macrobio, se ado- 
raba al Sol bajo la imagen de Hércules: Carmona tiene también 
por armas al Sol ; en Sanlúcar de Barrameda se le edificó tem- 
plo consagrado al Lucero de la mañana. 

También se erigieron aras en Ecija á Marte., á la Piedad y 
al dios PantJieo. El ara de Marte, descubierta en unos edificios 
muy antiguos de la parroquia de S. Juan, donde se supone que 
hubo baños, tiene esta letra: Deo. Marti. Sep. Timenvs. R. P. A. 
Ex. Voto. Posvit. Su objeto era ofrecer al numen de la guerra 
sacrificios humanos: costumbre bárbara introducida por los fe- 
nicios, griegos y cartagineses, que aún perseveraba en tiempo 



SEVILLA Y CÁDIZ 



de Nerón, como se colige de los cánones del Concilio Iliberitano. 
— El ara consagrada á la Piedad existe en el muro del ex-con- 
vento de S. Francisco, con una inscripción ya medio borrada, de 
cuya restauración por el P. Roa se deduce que tenía encima una 
estatua de la divinidad, hecha de plata, de peso de lOO libras. 
— La dedicación al dios Pantheo, existente en el mismo conven- 
to de S. Francisco, está concebida en términos muy explícitos en 
otra inscripción, referente á otra estatua del mismo metal y del 
mismo peso, que fué sin duda alguna erigida en honor de Au- 
gusto, á quien consta se tributó culto bajo el nombre de Pan- 
theo. El P. Roa cita otra ara dedicada al mismo con esta letra: 
D. Pantheo. ex. V. (Divo Pantheo ex voto). En Sevilla se halló 
otra, donde está la fuente del Arzobispo, que L. Lucinio Ada- 
mante consagró á Pantheo Atcgiisto. A tal punto rayó el entu- 
siasmo por este emperador, que la adoración se hizo extensiva 
á los individuos de su familia. Su mujer Livia, con el dictado de 
generatrix ordis, obtuvo aras en la misma ciudad de Sevilla. Se 
sabe también que Drusila, mujer de M. Lépido, fué decretada 
por diosa con título de Panthea y templo consagrado á su 
nombre. 

I LIPA (C antillana). Aunque Morales y otros historiadores 
reducen la Hipa romana á Peñaflor y nosotros seguimos su pare- 
cer en otro trabajo anterior sobre la provincia de Córdoba, hoy, 
con mejor acuerdo, adoptamos la opinión de Flórez y de Rui Bam- 
ba, que interpretan más satisfactoriamente al único geógrafo an- 
tiguo que nos designa la distancia de dicha población al mar. 
Cuenta en efecto Estrabón, citando á Posidonio, que en cierta 
ocasión, con la creciente del mar, hizo el Betis un retroceso 
y llegó hasta Hipa inundando la guarnición á pesar de hallarse 
700 estadios (cerca de 22 leguas) lejos de la costa; y esta dis- 
tancia sólo conviene á Cantillana, que dista como unas 22 le- 
guas de Sanlúcar de Barrameda. Hasta Hipa, según el propio 
Estrabón, llegaban las naves de mediano porte que hacían la 
navegación del Guadalquivir. El comercio marítimo hasta Cor- 



1^2 SEVILLAYCÁDIZ 



doba se verificaba con esquifes. En Tolomeo lleva esta ciudad 
el nombre de Hipa magna: las dos Ilípulas de que hace men- 
ción, nada tienen que ver con ella. Junto á Hipa fué aquella me- 
morable victoria de Gneio Scipión sobre los lusitanos de que 
habla Tito Livio, en la cual 12,000 de estos últimos, pasados á 
cuchillo (i), contribuyeron á lavar la mancilla de Roma, envile- 
cida en el Tesino y en el lago Trasimeno. 

Las medallas antiguas de Hipa, dice Standish (2), ofrecen 
por un lado un pez, probablemente el sábalo, con una media 
luna encima, y debajo la palabra <i-Ilipenses;y> por el reverso 
una espiga. 

Itálica (Santiponce). Marcan su antiguo asiento las esca- 
sas pero grandiosas ruinas que se encuentran en unos campos 
que llama el vulgo Campos de Talca y Sevilla la zñeja, sembra- 
dos á trechos de olivos, cerca del pueblecillo de Santiponce, á 
cosa de una legua al noroeste de Sevilla, de la otra parte del 
Guadalquivir. Fué pueblo sin importancia antes de la domina- 
ción romana, con el nombre de Sancios: Escipión el Mayor, en 
el año 548 de Roma, lo eligió para lugar de descanso y refri- 
gerio de los fieles veteranos que le habían servido en su memo- 
rable campaña contra los cartagineses (3), y entonces empezó 
á sonar en la historia. Debió ser la primera ciudad de lengua 
latina fundada por Roma allende los mares. No erigió allí Esci- 
pión un verdadero municipio, sino una plaza de mercado, forum 
et conciliabulum civium Romanorum. Más adelante, cuando co- 
menzó, con Cartago y Narbona, la era de las colonias de duda- 



(i) «Tándem gradum intulerc Romani, cessitque Lusitanos; deinde prorsus 
terga dedit, et cum institissent fugientibus victoree, ad duodecim millia hostium 
sunt cíesi, capti quingenti quadraginta, omnes fere equitcs, et signa militaría 
capta centum triginta quator: de exercitu Romanorum septuaginta et tres amissi. 
Pugnatum inde haud procul liipá urbe est:» dice Tito Livio. 

(2) Vicinüy o/Seville^ art. ¡lipa. 

(3) «Relicto utpote pacata regione valido prixsidio, Scipio milites omnes vulne- 
ribus debites in unam urbem compulit, quam ab Italia Italicam nominavit, claraní 
natalibus Trajani et Adriani, qxti posteris temporibus Romanum Imperium tenuere», 
dice Appiano. 



SEVILLAYCÁDIZ 1 33 



danos transmarítimos , entonces fué una de éstas Itálica, después 
de haber sido municipio en tiempo de Augusto. Pero su princi- 
pal título á figuraren la «Roma del humano entendimiento, (i)» 
consiste en haber dado á la Roma del Tíber emperadores, ca- 
pitanes, poetas, mártires, y el haber recibido de los primeros los 
monumentos que, aun después de la fijriosa devastación de los 
hombres y de los tiempos, nos están atestiguando su pasada 
grandeza. Con razón puede concretarse á Itálica aquella cono- 
cida alabanza de Claudiano á España: «A ti deben los siglos al 
óptimo Trajano; de ti nació la fijente de los Elios que produjo 
á Adriano; tuyo es el anciano Theodosio, y de ti procede la 
púrpura de sus dos hijos; de suerte que cuando Roma recoge 
de todo el orbe abastos, caudales y soldados, tú la das quien lo 
gobierne todo (2).» Recibió esta ciudad su grandeza de la muni- 
ficencia de los dos emperadores primero citados : á éstos deben 
atribuirse los edificios espléndidos que la embellecieron, el pa- 
lacio allí descubierto y completamente arruinado con el terre- 
moto del año 1755, su foro, sus templos, su acueducto, merced 
al cual bebían sus moradores las cristalinas aguas de Ptucci ; 
sus espaciosas termas, sus cloacas, sus teatros, y por fin, aquel 
vasto anfiteatro, ó por mejor decir, aquel despedazado anfiteatro 
que no pudo la elevada poesía de Rodrigo Caro hacer sagrado 
á los ojos del ciego utilitarismo, y que con las vandálicas profa- 
naciones de que ha venido siendo objeto en el presente siglo, 
está para mengua nuestra atestiguando la permanente barbarie 



(O Feliz expresión de M. Latouren su interesante obra: Séville et l'Andalousie. 
— Études sur I Espagne: «Itálica, dice, a aucune époque n'a joué un grand role; mais 
sa destinée fut liée pendant des siécles á celle de Rome; mais elle a donné le jour 
á plusieurs personnages illustres, et c'est assez pour lui mériter aussi le droit de 
bourgeoisie dans cette autre Rome de l'esfrit hiimain qu'on apfelle rhistoire». 

(2) Tibi sa'cula debeni 

Trajanum : series his Jontibiis .Elia fluxit. 
Hinc sénior paíer. hinc juveniim diademala fratrum. 



Hcec general qui cuneta regañí. 



134 S E V I L l. A Y C Á D I Z 



de la moderna España. ¡Itálica! ¡Itálica! ¡Cuánto respeto infun- 
de en el alma del historiador y del artista pasajero el mudo 
silencio de sus ruinas! 

''<Por tierra derribado 

yace el temido honor de la espantosa 

muralla, y lastimosa 

reliquia es solamente 

de su invencible gente. 

Sólo quedan memorias funerales 

donde erraron ya sombras de alto ejemplo; 

este llano fué plaza, allí fué templo; 

de todo apenas quedan las señales. 

Del gimnasio y las termas regaladas 

leves vuelan cenizas desdichadas ; 

las torres que desprecio al aire fueron 

á su gran pesadumbre se rindieron.)^ 

Hay de Itálica numerosas medallas, que batió en tiempo de 
los emperadores (i), las cuales sirven también para probar 
cuánto se preciaban los italicenses de su segundo origen como 
descendientes de los veteranos de Escipión (2). Gozó, con el 
derecho de ciudadanía, de todos los privilegios propios de los 
municipios : tenía sus magistrados privativos, y era una especie 
de república calcada sobre la de Roma. Esto no obstante, fué 
una de las aliadas más fieles y generosas de aquella en España : 
presenció impasible desde sus almenas la rota de Hirtuleyo, lu- 
garteniente de Viriato, cuando perdió éste veinte mil hombres 
al pié de sus muros, mientras el mismo caudillo lusitano se veía 



(1) Véanse las que publica Flórez, Esp. Sai;r. tomo XII. 

(2) Hay entre estas medallas una que representa á un sacerdote de Itálica en 
actitud de sacrificar al genio del pueblo romano, declarado no sólo por el epígra- 
fe Gen. pop. ro.m. (Genio popiili romani), sino por el símbolo del globo que tiene 
al pié y que significa la estabilidad y universalidad del Imperio romano. Esta me- 
dalla lleva en el anverso la cabeza de Augusto contesta inscripción: per.m. Aug. Mu- 
Nic. iTALic. (permissu Augusli, Mtinicipium italiccnse). En otra medalla se recuerda 
el origen romano de Itiilica por un soldado en pié con lanza en la diestra, á cuyo 
lado está el nombre Roma : en otra finalmente se presenta á Rómulo y Remo con 
la loba. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



^35 



de otra parte hostilizado por Cayo Marcio, hijo del municipio. Su 
flaco por los dictadores se mostró en las guerras civiles : el pres- 




RuiNAs DE Itálica. — Galerías del Ankiteatro 



tigio de los grandes nombres hacía latir su corazón con entu- 
siasmo. Fiel aliada de César, cerró sus puertas á los partidarios 
de Pompeyo: uno de sus soldados fué aquel Pompeyo Niger 
que respondió al desafío altanero de Antistio y sostuvo contra 



136 SEVILLA Y CÁDIZ 



él, en presencia de los dos ejércitos, uno de aquellos combates 
personales como los que leemos en Homero y Tito Livio. Au- 
gusto la halló dócil, sumisa, lisonjera: viola acuñar moneda re- 
presentando su cabeza radiata y sobre ella un lucero, dándole 
su inscripción el nombre de Divino: más aún, la vio erigir un 
templo á su genio. 

Sobresalieron los hijos de Itálica en el amor de la gloria y 
en el culto generoso de los grandes talentos: Silio, la abeja de 
Virgilio, aquel Silio peregrino que cantó la segunda guerra 
púnica con los ecos de la lira del Mantuano, compró el campo 
donde reposaban las cenizas de éste, y la casa donde compuso 
Cicerón sus famosas Cuestiones académicas ^ Trajano y Adriano 
dieron á las artes un impulso prodigioso, y cubrieron de monu- 
mentos la vasta extensión del Imperio. No es de extrañar que 
el pequeño municipio italicense, tan dotado de instintos de ver- 
dadera grandeza y magnificencia, prefiriese á su independencia 
la identificación con la fastuosa Roma, y que al presenciar las 
huellas de deslumbradora cultura que el sabio Adriano iba de- 
jando por doquiera que pasaba con su escolta de arquitectos, 
escultores, poetas y filósofos, resolviese sacrificar sus libertades 
municipales por imitar en todo, como colonia, las leyes, usos y 
costumbres de la floreciente metrópoli. Lo que verdaderamente 
nos causa extrañeza es que no comprendiese Adriano la causa 
filosófica de esta preferencia, si es cierto, como cuenta Aulo Gelio, 
que en la oración que pronunció en el Senado con motivo de la 
aspiración de sus paisanos de pasar de municipio á colonia, de- 
claró que no podía menos de admirarse de aquella preten- 
sión (i). Adriano sin embargo debía conocer bien la índole de 
sus paisanos. 

Un ingenioso escritor inglés dice que las ruinas de la anti- 
gua Itálica asoman hoy de trecho en trecho, entre olivares y 



( 1 ) D. Hacirianiis in oratione quam de Italicensibus, mide ipse orlus fiiii. in Senatu 
habuii, peritissinié disseruit : mirarique se ostendit. etc. 



S E V I [. L A Y CÁDIZ 



)/ 



matorrales, como denegridos huesos de gigantes medio insepul- 
tos; y así es en efecto. Todo aquel espacioso «campo de sole- 
dad» que se recorre desde el miserable pueblecillo de Santi- 
ponce hasta el lugar donde asienta el arruinado anfiteatro, está 
lleno de argamasones y montículos artificiales que convidan al 
arqueólogo á fecundas exploraciones. Cree uno de pronto ver 
surgir de entre aquellos olivos rocas informes, y examinadas 
luego, se reconocen como trozos de antigua muralla, y el suelo 
que se pisa, como depósito de seculares ruinas. El mármol y el 
ladrillo romano de Qrran maonitud están revueltos entre los térro- 
nes, y el inculto labrador de Sevilla la vieja no sabe si al romper 
aquella tierra con su arado remueve cenizas de los Ulpios y de los 
Traios condenados á perpetua intranquilidad en expiación de lo 
mucho que inquietaron al mundo. Edificio antiguo que descuelle 
un estado sobre la haz de la tierra, ninguno queda, á no ser el 
mencionado anfiteatro: los que se supone fueron termas, foro, 
palacio, etc., no presentan hoy á los ojos del desconsolado anti- 
cuario más que alguna pequeña parte de su recinto inferior, la 
implantación de algunas paredes, y algunos trozos de fábrica, 
suficientes por la admirable calidad, magnitud y variedad de 
sus ladrillos, y por su soberbia construcción, para hacernos de- 
plorar amargamente la inferioridad artística de la civilización 
que arrolló y sepultó á la antigua y que suponemos destinada á 
regenerar el mundo (i). — Del que se cree palacio de Trajano 
debió conservarse una gran parte hasta mediados del pasado 
siglo: el terremoto de 1755 acabó de arruinarlo, y de él se han 
extraído en nuestros días grandes fragmentos de estatuas, redu- 
cidas á poco más que los ropajes, y que dicen algunos ser las 
de Junio Bruto, Minerva y Trajáno; otros las de los tres empe- 
radores Nerva, Trajano y Adriano. Estas preciosas reliquias, 
desenterradas por el ilustrado celo de los señores Bruna y Ar- 



(i) Supone Ford que la casa llamada de baíws es el recipiente de un gran 
acueducto que mandó construir Adriano para llevar á Itálica las aguas desde Ptiicci 
ó Tejada. 



:38 SEVILLAYCÁUIZ 



joña, se conservan hoy, juntamente con los preciosos productos 
de otras excavaciones posteriores (i) en las galerías bajas ó pa- 
tios del museo provincial, donde pueden los aficionados estudiar 
con mediana comodidad el carácter de la escultura procedente de 
Itálica (2). Entre estos fragmentos, llamaron singularmente nues- 
tra atención una arrogante cabeza de Minerva, una pequeña Ve- 
nus, uno ú dos bustos de emperadores de los mejores tiempos 
del arte romano, y sobre todo dos bellísimos torsos, rotos ambos 
por encima de la rótula, uno de los cuales parece una felicísima 
repetición del Antinoo, y el otro ofrece un manto admirable- 
mente plegado que recuerda no poco el del Apolo de Belvedere. 
No por su belleza, sino por su carácter bárbaro, atrajo por 
largo tiempo nuestra contemplación una media estatua colosal 
que había en el patio primero ó de entrada, y que desde luego 
se nos representó como obra de rudas manos visigodas. No 
aseguraremos que lo sea; hoy, por el contrario, después de bien 
tamizado nuestro recuerdo, creemos que podría con mayor fun- 
damento atribuirse esa curiosa reliquia á la época de Teodosio, 
tan infeliz y decadente para las artes: porque si bien en todos 
los tiempos de ignorancia, por más apartados que estén unos 
de otros, se reproducen los mismos fenómenos, no parece pro- 
bable que después de la irrupción de las hordas del Norte, 



(i) Los señores Bruna y Arjona fueron los primeros que extrajeron de las 
ruinas de Itálica en el presente siglo los restos preciosos que llenaban los salones 
bajos del alcázar. Posteriormente emprendió allí nuevas excavaciones D. Ivo de la 
Cortina, á quien se deben la mayor parte de los objetos expuestos en el piso bajo 
del Museo de la Merced. 

No sabemos si fueron las ruinas de la ilustre Colonia objeto de alguna seria ex- 
ploración arqueológica en los días de Ambrosio de Morales y de Rodrigo Caro; 
pero en el siglo pasado las estudiaron, principalmente en lo relativo al anfiteatro, 
el conde del Águila y el P. Flórez, quienes, auxiliados de entendidos dibujantes 
y arquitectos, nos legaron una puntual Ichnografía de dicho monumento con su 
correspondiente alzado. Publicó además el último una porción de inscripciones 
interesantísimas, y muy curiosas medallas en que perpetuó su nombre la insigne 
cuna de tantos laureados varones. 

(2) Esta escultura, si hemos de juzgar por los fragmentos descubiertos, no 
pertenece toda á la época de la decadencia del arte, como asegura Ford. Hay ob- 
jetos evidentemente producidos en su ¿poca más floreciente. 



S E V I L L A Y C Á D I Z 139 



conservase Itálica la importancia que se colige de la erección de 
tales estatuas en sus plazas ó monumentos. 

De las referidas excavaciones se han sacado además colum- 
nas, capiteles, pedestales, cipos con inscripciones votivas y otra 
multitud de objetos (i), recogidos unos con amor y generosa 
codicia, desperdiciados otros por la grosera ignorancia, vendidos 
algunos á los extraños por el vil interés ; los cuales, ya ilustran 
las galerías del citado museo de Sevilla, ya excitan la admiración 
de los viajeros en las colecciones de Berlín y Londres, ya au- 
mentan el prestigio del memorable convento de S. Isidoro del 
Campo, ya dan solemnidad á las miserables paredes del pueble- 
cilio de Santiponce en que se hallan incrustados, ya finalmente 
volvieron á soterrarse, hechos menudos fi'agmentos, entre las 
escorias de los basureros, para no volver nunca á la luz. ¿Quién 
creyera que han podido en nuestros días descender hasta este 
último destino más de cinco ó seis preciosos mosaicos, no bien 
fueron allí descubiertos? Se comprende hasta cierto punto que 
haya desaparecido casi por completo el soberbio pavimento 
desenterrado en 1800 (2), preservado algún tiempo por el hon- 
roso celo del pobre monje que lo cercó para hacerle inaccesible 



(i) Citaremos los más notables: en S. Isidoro del Campo se conservan varias 
columnas, algunas de ellas partidas: la más digna de mención es una de mármol 
de 2 5 pies de altura, que sostiene una cruz en el centro del vestíbulo que conduce 
á la iglesia. El P. Flórez señala en el propio convento dos pedestales con inscrip- 
ciones que contienen una dedicación del teniente pretor y curador de Itálica, Au- 
relio Julio, al emperador M. Aurelio Probo, y otra de la república italicense al em- 
perador Caro. En el patio del apeadero del mismo convento señala una inscripción 
sepulcral, muy singular por su forma. Otras dos memorias sepulcrales consignó en 
sus Antigüedades Ambrosio de Morales: délas lápidas que las contenían no queda 
ya memoria. En el patio grande del Museo provincial de Sevilla llamó nuestra aten- 
ción, entre otros objetos interesantes, la dedicación de una ara á Valió Maximilia- 
no por haber pacificado la Botica, y un pedestal, probablemente de estatua, dedicado 
á Baco bajo el nombre de padre libre, con tanta frecuencia usado en la antigüedad, 
por un edil de los juegos escénicos. Tiene esculpidos este pedestal, al costado de- 
recho un vaso ó ánfora de elegante forma, y al izquierdo una pátera. 

Estos objetos pertenecen á las excavaciones hechas por D. Ivo de la Cortina. 

(2) Esta es la fecha que consigna respecto de este descubrimiento Ceán Bermú- 
dez en su Historia de la pintura, ms. inédito que consérvala Real Academia de San 
Fernando. 



I40 S E V I L L A Y C A D 1 Z 



á los profanos (i), publicado en 1802 por el infatigable Labor- 
de, y convertido luego en corral de cabras por los bárbaros gue- 
rreros de Soult ; pero no se comprende cómo los mosaicos halla- 
dos por D. Ivo de la Cortina en 1839 y 1840, que tanta 
impresión produjeron entre las corporaciones literarias y hombres 
entendidos de Sevilla (2), que dibujó con diligencia y guardó 
muchos meses con amor entusiasta un distinguido miembro de 
aquella Academia de buenas letras (3), y que por último fueron 
objeto de protectoras medidas de parte de un ilustrado ministro 
de la corona (4), vinieron á ser en brevísimo tiempo, después 
que la administración central retiró su mano amparadora, des- 
pojo de las piaras y miserable trofeo de la inclemencia de los 
hombres y de las estaciones. Á tal punto fué rápida su destruc- 
ción, que cuando visitamos nosotros por primera vez las ruinas 
de Itálica, en 1853, no existía de aquella antigua riqueza más 
que una pobre orla casi completamente destrozada, limitando 
detrás de la carcomida pared de un corral un espacio cuadrado 
cubierto de espesa yerba, entre la cual los muchachos de Santi- 
ponce recogían las piedrezuelas sueltas que comprábamos los 



(1) Llamábase Fr. José Moscoso : debemos este dato á las curiosas investiga- 
ciones de M. Ford. Véase su Hand book, etc. 

(2) Dice el citado Sr. Cortina en un comunicado sóbrelas minas deltálicci, que 
salió á luz en el periódico La Espajla hacia el año i 85Ó, que la Sociedad de amigos 
del país de Sevilla, la Academia de buenas letras de la misma ciudad y la de la His- 
toria de Madrid fueron las inspectoras de su empresa. 

(3) Fué éste el ya difunto Sr. D. José Amador de los Ríos, eminente arqueólogo, 
catedrático de literatura extranjera á la sazón en la Universidad central de esta 
Corte, en cuyo poder vimos algunos de los dibujos de que hacemos mérito, esme- 
radamente puestos en limpio y lavados por su hermano D. Demetrio de los Ríos, 
que le sustituyó en la meritoria y difícil tarea de publicar aquellas nobles ruinas. 
Entre los referidos dibujos hay figuras enteras cuyos lineamentos, propios sólo 
del mejor tiempo del arte romano, revelan hasta qué punto la fuerza expansiva de 
aquel gran pueblo hacía homogénea en todas partes la huella de sus ideas. 

(4) El Ministerio de la Gobernación, que estaba á la sazón á cargo del Sr. mar- 
qués de Someruelos, prestó su apoyo al Sr. Cortina concediéndole para sus exca- 
vaciones 40 confinados. Mandóse a éstos desamparar aquel lugar después de la 
revolución de setiembre de 1840, y desde entonces, invadidos por las piaras ylos 
ganados los pavimentos descubiertos, empezó su destrucción, que vieron los se- 
ñores Cortina y Ríos consumarse en pocos meses sin medio alguno en su mano 
para contenerla. 



SEVILLA Y CÁDIZ I4I 

viajeros. Séneca, que tanto se condolía de que los romanos de 
su tiempo no supieran andar sino sobre pavimentos taraceados, 
¿qué hubiera pensado de sus paisanos los andaluces al verles 
defender de una manera tan brutal la causa del nihilisvio? (i). 
Un celoso é incansable profesor (2), heredero de la ardorosa 
pasión arqueológica de un ilustre colega nuestro, arrebatado á 
la historia de la literatura y del arte patrio cuando más sazona- 
dos parecían los frutos de su docta pluma, tiene tiempo há pre- 
parada una extensa obra sobre Itálica, la cual constará, cuando 
vea la luz pública, de cincuenta láminas prolijamente ilustradas, 
en que se comprenderán : las termas, según aparecen en sus ci- 
mientos ; varios fragmentos de mosaicos ; otros mosaicos con res- 
taíir aciones de manos árabes ó moriscas ; otro gran m.osdico con 
sus detalles, en que se representan el Himeneo, la Primavera, 
el Invierno, una Biga y una Cuadriga, también con restauracio- 
nes; otro mosaico que perteneció á un tricliniíLm, en que está 
figurada una Nereida seíitada sobre un delfín; el mosaico de ¿as 
Musas que publicó Laborde; otras termas, vulgarmente deno- 
minadas /¿z/í^r/í?,- la perspectiva del Anfiteatro ; nuevas estatuas, 
torsos y otros fragmentos de escultura; una Victoria; dos capi- 
teles corintios ; un ángulo del Foro donde fueron halladas las 
estatuas colosales rotas que se conservan en el Museo provin- 
cial de Sevilla; y por último la planta de un edificio italicense de 
carácter no aún determinado. Algunos de estos trabajos parcia- 
les han visto ya la luz pública en obras de importancia (3). — 



(i) Debemos á la justicia el consignar honrosas excepciones á la funesta indi- 
ferencia del público. El trabajo de M. Laborde despertó, desde antes que abrazase 
la causa de Itálica el Sr. Cortina, la emulación de otros anticuarios. D. Justino 
Matute y Gaviria dio á luz en Sevilla, en 1837, un Bosquejo de aquella ciudad ó 
apuntes que juntaba para su historia, incluyendo en esta obra 19 grabados que 
representaban fragmentos de estatuas, ruinas del anfiteatro, arcos, inscripciones, 
ocho mármoles, también con inscripciones, y doce monedas con el cuño de aquel 
municipio. — Los estudios de Matute se extendían á las edades media y moderna. 

(2) El Sr. D. Demetrio de los Ríos, erudito arquitecto, hermano del ya citado 
D. José Amador. 

(3) Tales como los Monumentos arquitectónicos de Esfaña, cuadernos 48 y 57, 
y el Musco español de antigüedades, tomo I, pág.** 191 y siguientes. 



142 SEVII. LAYCÁDIZ 



El eminente epigrafista Hübner hace mención (i) de dos de estos 
mosaicos, interesantes no sólo por su mérito, sino también por 
las leyendas que contenían: uno es el que publicó Laborde, el 
cual ya no existe, y al que dio Cean el nombre impropio de 
7nosáico del carro triunfal y las ?nusas^ cuando el que realmente 
le corresponde es el de mosaico del circo y las ^nusas. Este mo- 
saico representa nada menos que el circo romano de Itálica, con 
su spina completa: particularidad que sólo ofrecen otro mosaico 
de Barcelona y un tercer mosaico existente en Lyon (2). El otro 
mosaico que el sabio berlinés juzga también notable por sus 
inscripciones, es uno que descubrió el Sr, Cortina, y que ya 
tampoco existe, el cual representaba á dos jóvenes , hombre 
y mujer, á quienes unía la diosa Venus haciendo de prónuba. 
La desposada aparecía llamarse Protis , y el joven , Tu- 
lliamcs. 

¿Qué diremos ahora del estado presente de aquel famoso 
anfiteatro, dádiva monumental de Adriano, encomiado por Justo 
Lipsio, cantado en sus ruinas por Rodrigo Caro, tan estudiado 
á mediados de la pasada centuria por insignes artistas y anticua- 
rios, y á los pocos años tan profanado ya por esa misma Sevilla, 
que lo reducía á escombros y empleaba sus venerandos restos 
en los malecones y arrecifes de su río y en el camino de Extre- 
madura? ¡Dichosos diques! ¡dichoso camino! ¡de entonces acá, 
cuántas veces se han tragado, desmenuzados y convertidos en 
guijo, arrogantes arcos y espaciosas graderías de aquel colosal 
cadáver de la gloria de los Césares! El siglo xix proclama en el 
mundo culto el respeto á los monumentos de las antiguas civili- 
zaciones, y sin embargo, este siglo llegará en España á su de- 
crepitud antes de que obtengan, de los ávidos propagandistas 
del progreso material, el respeto y la paz esos mudos é inofensi- 



(i) En su magna obra Corpus inscriptionum latinarum, tomo II, bajo los nú- 
meros I I I o y I I I I . 

(2) Publicado por x\lr. Artaucl, en i8oó. 



SEVILLA Y CÁDIZ 1 43 



VOS testigos de la ilustración y de la barbarie alternadas de tan- 
tas generaciones (i)! 

El aspecto de aquella gran ruina llena el corazón de melan- 
colía: aun rotas las bóvedas que circunvalan el podio, desporti- 
llados los soberbios arcos de los vomitorios, melladas las grade- 
rías, borradas las escalinatas, convertidos en deformes pendientes 
los antes bien dibujados y perfilados cuneos, injuriada en suma 
por el tiempo y por los hombres la majestad terrible del monu- 
mento en que compendia la sociedad romana su supersticiosa 
religión (2) y sus sanguinarios placeres: todavía es grande é 
imponente la voz de aquel mutilado coloso; pero el alma donde 
ella resuena, embargada de admiración y espanto, no acierta á 
discernir si es aviso, si es amenaza ó si es lamento; y en esta 
incertidumbre, el viento que recorre la desierta campiña, al su- 
surrar por entre las desmoronadas bóvedas, tan pronto remeda 
la lejana gritería de un pueblo bárbaramente entusiasmado á la 
vista de la sangre de los gladiadores y de los esclavos, como el 
misterioso gemir de las víctimas inmoladas á la ferocidad de los 
tigres y panteras. 

No hay imaginación medianamente predispuesta á exaltarse 
ante el espectáculo de las grandes ruinas del mundo antiguo, 
que no se represente, al visitar el anfiteatro de Itálica, mental- 
mente restaurado aquel edificio insigne. — Un inmenso gentío, de 
todas edades y condiciones, va ocupando las espaciosas grade- 



(1) La noticia más antigua de estos actos de vandalismo que consignan los 
que han escrito de Itálica se refiere al año 1774. Desde entonces este ejemplo de 
barbarie se ha venido repitiendo hasta hace pocos años, en que aquellas vene- 
randas ruinas hallaron amparo en la ilustrada comisión de monumentos de Sevilla. 
M. Latour en su obra Séville et l'Andaloiisie escribía en 1855 que parte de los es- 
combros de aquel monumento, machacados como despreciable guijo, acababan de 
ser transportados á la carretera de Extremadura; en el propio año de 5 5 un inge- 
niero solicitó del gobernador de Sevilla licencia para extraer de aquellas ruinas 
piedra para el mismo camino, y posteriormente algunos periódicos de la Corte 
han venido sosteniendo con energía la causa de la civilización, malparada en las 
venerandas reliquias del famoso anfiteatro de resultas de nuevas demoliciones. 

(2) Atribuyese el origen de los anfiteatros á los etruscos, pueblo supersticioso 
y sombrío, que consagraba los gladiadores inmolados en ellos á la memoriadc los 
héroes que habían sucumbido en los combates. 



144 SEVILI. AYCÁDIZ 



rías que rodean la cavea y descienden desde la última y más 
elevada galería hasta el aristocrático podio, reservado á los ma- 
gistrados y magnates. Sale la apiñada gente como á raudales 
por las arcadas de los vomitorios: unos suben y otros bajan, 
derramándose por los cuneos en busca de sus respectivas grade- 
rías, pero con orden admirable y por las escalerillas construidas 
al intento, sin molestar los que llegan á los que ya están senta- 
dos. Luce sus vistosas togas el orden de los duunviros y decu- 
riones: siguen á éstos los ediles, censores y curadores, todos 
ventajosamente situados, y defendidos de las acometidas de las 
fieras por la elevación del podio, el dorado cancel que le circuye, 
las puntas de que está armado, y los burladores rodillos de 
marfil ó de bronce de que está formada su barandilla. — La gente 
de distinción se acomoda en las graderías principales más próxi- 
mas á los magistrados: el pueblo llena la parte superior del an- 
fiteatro. Sólo á los personajes es permitido llevar cojines y á 
ciertos señores de distinción cátedras ó sillones, lo mismo que 
umbráculas ó sombreros para que el sol no los ofenda. — En 
ciertas ocasiones, cuando el viento no lo estorba, se cubre todo 
el anfiteatro con lonas ó velas de diversasestofasy colores, cuyo 
manejo está encomendado á gente experta sacada de la milicia 
de las flotas. Sujétanse estas velas por medio de cuerdas y ani- 
llos á las entenas y vigas empotradas en el cornisamento del 
edificio, y para aliviar su peso, se sustentan en fuertes mástiles 
fijos en la arena, como la arboladura de una gran nave. — Pero 
los lances del pugilato, la destreza de los reciarios y mirmiliones, 
la lucha de los animales unos con otros, los ingeniosos artificios 
de \z.s péginatas (i), son espectáculos inocentes que no hacen apre- 



(i) Había máquinas de madera, llamadas /íé.í'wzaías, que, adornadas de pintu- 
ras, se movían por sí mismas, crecían, disminuían y mudaban de forma, mostran- 
do en cada variación caprichos que arrancaban aplausos y risas, y despedían á 
los gladiadores, saliendo juntamente con ellos llamas y artificios de fuego.— Jose- 
i-o en el lib. VII, De bello jud.^ dice que con estas pégmatas se representaban tam- 
bién batallas, combates y expugnaciones de fuertes ciudades y otros memorables 
hechos de guerra. 



SEVILLA Y CÁDIZ I45 



surar los latidos del corazón en ese anhelante gentío. Todo eso le 
cansa: necesita otras escenas que le conmuevan: los tremendos 
golpes de cesto que se descargan los atletas, las mortales esto- 
cadas que se dan los gladiadores ; ver cómo vacila y cae un 
cuerpo humano antes lleno de vida y hermosura, y cómo el hielo 
de la muerte le anubla los ojos y hace estremecer sus cárdenos 
músculos; y oir el ronco estertor del esclavo, del prisionero ene- 
migo ó del cristiano devorado por la fiera; presenciar la tremen- 
da prueba á que le plugo sujetar la constancia y fortaleza de los 
pobres mártires, y observar con protervo y feroz interés el es- 
panto de la ruborosa doncella puesta en medio de la ensangren- 
tada arena, sola, sin ningún auxilio, y teniendo enfrente abierta 
la oscura jaula del león ó del tigre entre cuyas garras va á pere- 
cer. Estas son las únicas peripecias dignas de la grandeza del 
pueblo romano! 

El ceniciento velo del crepúsculo vespertino iba gradualmen- 
te bajando sobre aquella ovalada y desierta planicie en la última 
hora de nuestra visita al anfiteatro de Itálica. Parecía que de los 
picos de la despedazada fábrica pendía un inmenso velariuní ex- 
presamente tendido sobre nuestras cabezas para preservarnos 
de los rayos del sol, y que las nubes impelidas por el viento eran 
aéreas legiones de apiñadas sombras, que, á la hora en que se 
hace el gran silencio en los campos, venían á ocupar las desier- 
tas graderías para padecer en ellas viendo triunfante del paga- 
nismo la cruz perseguida en los mártires, y para remedar con 
aullidos é infernales lamentos la vocería que en otro tiempo les 
arrancó el bárbaro placer de la cristiana sangre vertida. 



CAPITULO VIII 



Continuación. — Hispalis. — Osset.— Solia. — Carmo. — Hienipa.— Orippo. — Caura 
Betis ó Utriculum. — Searo. — Ugia.— Nebrijsa. 




isPALis (Sevilla). De la fundación de Sevilla 
cuentan muy entretenidas historias los crédulos 
escritores que siguen al falso Beroso seducidos por 
las imposturas de Juan Annio de Viterbo. Bueno 
es saber un poco de todo, y en esta inteligencia 
daremos como una muestra de los tales cuentos, siempre curio- 
sos atendidas las épocas y las autoridades que los sacaron á luz ; 
después vendremos á lo cierto ó verosímil. 

La crónica general del rey D. Alonso el Sabio dice acerca 
del asunto que nos ocupa estas palabras : « Después que todo 
esto huvo fecho Hércoles (es decir, después que hubo vengado 
en los Geriones la traidora muerte dada á su padre Osiris, reco- 
gido los miembros dispersos de éste y dádoles honrosa sepultu- 



148 



SEVILLA Y C:aDIZ 



ra), corriósse con sus naves por la mar, fasta que llegó al rio 
Bethis, que agora llamamos Guadalquivir, e fué yendo por el rio 
arriba fasta que llegó al logar do es Sevilla poblada, e siempre 
iba catando por la ribera a do fallarla un buen logar do poblas- 
sen una gran ciudad, e non fallaron otro ninguno tan bueno como 




SEVILLA. — Caños de Carmona 



aquel do agora es poblada Sevilla. Entonces demandó Hércoles 
a Alas el estrellero (el astrólogo) si faríe allí la ciudad. E él 
dixo, que ciudad avríe allí muy grande, mas otre la poblaría, ca 
non él. E quando oyó esto Hércoles, ovo gran pesar, e pregun- 
tóle, qué ome serie aquel que la poblaríe. E él dixo, que serie 
ome honrado, e mas poderoso que él, e de grandes fechos. 
Guando esto oyó Hércoles, dixo, que él faríe remembranza, por- 
que quando viniesse aquel, que sopiesse el logar do avíe de ser 
la ciudad. E Hércoles, de que non pobló a Sevilla, puso allí seys 



SEVILLA Y CÁDIZ 



1 49 



pilares de piedra muy grandes (esto es, seis altas columnas), e 
puso en somo una muy grande tabla de mármol (sin dudaá ma- 
nera de cornisamento), escripta de grandes letras que dezían 
assí: Aquí será poblada la gran ciudad. E en somo puso una 
imagen (ó estatua) que tenia la una mano contra Oriente, e te- 
nia escripto en la palma: Fasta aquí llegó hércules. E otra 
mano tenia contra yuso (hacia abajo) mostrando con el dedo las 
letras de la tabla (i).» 



(i) De esta narración parece tomado el romance de Lorenzo de Sepúlveda so- 
bre las columnas de Hércules de Sevilla y predicción de las grandezas de César, 
que dice: 



Hércules el esforzado, 
muchas lides ya vencidas, 
á Sevilla la nombrada 
hizo una nueva venida, 
que no era poblada entonces 
sino desierta y esquiva; 
y visto el sitio y postura, 
seis pilares le ponia 
por señal para adelante 
adonde se fundaria. 
Encima de los pilares 
una gran tabla muy fija, 



de mármol muy transparente 
con letras que ansí decian: 
«Aquí será edificada 
la gran ciudad algún dia.» 
En ella estaba pintada 
una imagen á la antigua, 
con un letrero en la mano 
que hacia el Oriente mira, 
el cual decia desta suerte: 
«Hasta aquí llegado había 
Hércules el fundador, 
esforzado en demasía.» 



Morgado, Pedro de Medina y Ortiz de Züñiga han dado pleno asenso á esta pa- 
traña, y como poco conocedores de los monumentos de las artes, han opinado que 
las dos famosas columnas de la Alameda, denominadas de Hércules, son una re- 
liquia auténtica de la construcción mencionada. ( ! ) Rodrigo Caro, con mayor jui- 
cio y discernimiento, se expresa así sobre este particular: «es cosa ridicula y con- 
seja de muchachos el decir que estos mármoles son los que Hércules puso cuando 
señaló el sitio de la ciudad.» 

Ahora bien, el nombre de Virinius que lleva esculpido en su plinto una de 
estas columnas, y principalmente la elegante proporción y forma de ellas, prue- 
ban hasta no dejar sombra de duda que son romanas, y parte quizá de un templo 
consagrado á Hércules: de donde pudo originarse la tradición vulgar que supone 
á aquel semi-dios autor del monumento de seis columnas de que habla la crónica 
de don Alonso el Sabio. 

Las dos columnas de la Alameda estuvieron en la iglesia de san Nicolás hasta 
el tiempo de don Pedro el Cruel, quien mandó trasladarlas al Alcázar que de su 
orden se estaba edificando. Dícese que por haberse roto, al extraerlas, otra ter- 
cer columna que debía hacer juego con ellas, se renunció á la idea de llevarlas á 
dichos palacios y quedaron junto al hospital de santa Marta, hasta que en el año 
de 1 5 74 el asistente de Sevilla don Francisco de Zapata formó el proyecto de ha- 
cer una grande y hermosa Alameda en el sitio pantanoso y mal sano, antes llama- 
do de la Laguna., y de adornarla con dichas columnas. Este distinguido personaje 
fué el que hizo colocar las columnas de los Hércules en el sitio en que hoy las ve- 



lío SEVILLA Y CÁDIZ 



Los aficionados á las antiguas consejas pueden hacer acopio 
de disparatadas tradiciones relativas á la fundación de la gran 
ciudad del Betis en un curioso manuscrito que se conserva en la 
más afamada Biblioteca de España (i). 

La fundación de Sevilla se pierde en la noche de los tiempos. 
La interpretación más autorizada de la voz Hispal ó Hispalis pa- 
rece ser la que dan Arias Montano y Samuel Bochart (2) ; según 
estos insignes filólogos, es aquella voz fenicia, derivada de Sephela 
ó Spela, que significa llanura, lo que cuadra bien á Sevilla por la 
planicie de la campiña en que asienta (3). Hispal debió ser en su 
principio una factoría fenicia unida con Gadira y con Córdoba. 
Los griegos cambiaron su nombre en Ispola (b-o/x), del cual 
formaron los romanos Ispalis^ según escriben Mela y Tolomeo. 
— S. Isidoro, el gran etimologista, explica la voz Hispalis supo- 
niendo fundada la ciudad en sitio pantanoso, donde se fijaron 
estacas ó pilotes para afirmar sus cimientos (4). Satisfaría esta 
etimología si la voz fuese conocidamente latina; pero debe ser 
más antigua que los romanos, dado que Silio Itálico la celebró 
con su primitivo nombre, y no con el de Roiimla que los domi- 
nadores del orbe le dieron : 

« Et celebre Océano atque alternis oestibus Hispal. •» 



mo^ poniendo sobre sus gallardos capiteles corintios las estatuas de Hércules y 
de Julio César, fundador el primero y restaurador el segundo de Sevilla, aludien- 
do con ellas al emperador Carlos V y á Felipe II su hijo, según se colige de las 
inscripciones latinas que ornan sus pedestales. No las reproducimos por estar ya 
consignadas en los Anales eclesiásticos y seculares de Zúñiga. 

Á la elevación de i 5 varas en que se hallan las mencionadas estatuas, harto 
degradadas además por la injuria del tiempo, no es fácil juzgar de su escultura. 
El movimiento general de ambas figuras revela no obstante que son obra del 

siglo XVI. 

(1) M. S. de la Bibliot. del Escorial, ij h 2 i.— Fábulas que cuentan de la funda- 
ción de Sevilla: desde la página 387 en adelante. 

(2) Véase su Cliatiaan. lib. I, cap. 34. 

(3) Persuade también el origen fenicio de esta palabra la terminación en al 
(Hispal) que le da Silio Itálico. 

(4) Hispalis á siiu cognominata est, eo quod in solo palustri, su^T'-'^'is in profun- 
do palis, tocata sit. Etimol. lib. XV, c. i . 



S E V I L L A Y C Á D I Z I í I 



¿Quién presumirá saber su historia anteriormente al tiempo 
de los romanos ? Es probable que el. lustre de Itálica la tuviese 
en vida de los Escipiones oscurecida; Gades, por otra parte, era 
entonces la primera ciudad de Andalucía como puerto, y Córdoba 
la preeminente por su nobleza. Por haber abrazado esta última 
la causa de Pompeyo, fué por lo que César se esmeró en engran- 
decer á Sevilla (i). Conquistóla en el mes de agosto del año 43 
antes de J. C, y aunque la hizo su capital y la cercó de muros 
dándole el título de Romtda ó pequeña Roma, siguió siendo 
Sevilla más fenicia y púnica que romana en cuanto á sus cons- 
trucciones (2); no por lo tocante á las costumbres, lengua, traje 
y policía de sus pobladores, que, como los de los otros pueblos 
del Betis, eran ya casi romanos (3). Sólo hay duda sobre si era 
Sevilla colonia y convento jurídico desde antes de engrandecerla 
César, ó si debió á éste aquel título y categoría (4). 

Por las inscripciones que han recogido doctos anticuarios, 
sabemos que estaba gobernada la colonia Roinulea hispalense por 
magistrados semejantes á los de Roma. Es de creer que residiese 
en ella un supremo sacerdote, porque desde los primeros tiempos 
del cristianismo vemos en Sevilla iglesia metropolitana, y es 
sabido que los primitivos cristianos, siguiendo ó conservando las 
circunscripciones jurisdiccionales de los gentiles, allí colocaban 
siempre una silla metropolitana donde había residido un flamen 
ó sacerdote superior. Como había en Roma un senado con sus 
cónsules y senadores, lo había también en Hispalis, lo mismo 



( 1 ) Esto fué sin duda lo que San Isidoro quiso significar con el verbo condidit. 
porque decir con Fr. Alonso Venero, en su Enchiridion de tiempos, que la fundó 
el mismo J. César, es cosa de todo punto imposible. Á la altura en que hoy esta- 
mos respecto de estas averiguaciones, parece ya enteramente excusado citar las 
muchas autoridades que prueban la existencia de Sevilla como población impor- 
tante desde los más remotos tiempos. 

(2) Así lo da á entender Estrabón en su libro III. 

(3) Id.,ibid. 

(4) El P. Flórez se inclina á. creer que los tenía ya anteriormente, y se funda 
en que César, siendo cuestor, visitó los conventos de la Bética y Lusitania, y en- 
tre ellos á Sevilla, como escribe en su vida Suetonio; y además en que no consta 
que recibiese el honor de colonia después de ser convento. 



1 15 2 S E V I L I . A Y C Á D 1 Z 



que en todas las colonias; pero por respeto á la metrópoli, éstas 
llamaban á su senado Ordo, á sus cónsules dítunviros, i. sus 
senadores decuriones. Por regla general los duunviros eran ele- 
gidos cada año, pero en ciertas y determinadas circunstancias 
permanecían en su oficio cinco años, y entonces tomaban el nom- 
bre de duunviros quinquenales (i). Había además ediles, censo- 
res, curadores de los caminos y otras dignidades. Los ediles 
cuidaban de todo lo que era orden y policía interior, de la lim- 
pieza, de los edificios, de los incendios, de las fiestas y diversiones 
públicas, de los entierros, provisiones, abastos, pesos y medidas. 
Los censores tenían á su cargo la tasa y padrón de las haciendas 
y el cobro de las contribuciones: era dignidad muy honrada; iban 
en carro de marfil precedidos de dos lictores. Acerca del cuidado 
y policía de los caminos, eran los hispalenses menos descuidados 
que sus descendientes los modernos sevillanos : personajes que 
habían sido nada menos que cónsules y procónsules, solían acep- 
tar el cargo de mantener en buen estado todas las vías públi- 
cas (2). Los demás oficios civiles estaban al parecer calcados 
sobre los de Roma : había curatores que cuidaban de las rentas 
públicas y en el ejército tenían el cargo de comisarios; procura- 
tores que inspeccionaban los trabajos de las minas y venían á 
ser en ellas como unos superintendentes; éstos eran elegidos 
entre los decuriones. Había también procuradores que recauda- 
ban los tributos y como contadores asistían á los gobernadores. 
x4 uno de estos procuradores se refiere cierta inscripción notable 
que se conserva al pié de la torre de la catedral, llamada la 
Giralda, y tanto porque da idea cabal de otras calidades que 
solían concurrir en las personas investidas con este empleo, cuan- 
to por hacerse mención en ella de la famosa legión duodécima 



(i) Pueden verse en Rodrigo Caro varias inscripciones relativas á estas di- 
versas magistraturas. 

(2) Standish copia una inscripción de un pedestal de miirmol blanco con Orla 
de flores hallado en el jardín del duque de Medina, de la cual se colige que los 
censores de los caminos eran varios y que un cierto Cúrelo Balbino era uno de 
los cuatro que entonces había. 



SEVILLA Y CÁDIZ 153 



fulminatrix^ ó sea de los lanzarayos, y de cargos administrativos 
hoy poco conocidos, debe esmeradamente conservarse (i). Tras- 
ladada al castellano, viene á decir: «Los barqueros de Híspalis 
hacen esta dedicación á la pureza y singular justicia de Sexto 
Julio Posesor, hijo de Sexto de la tribu Quirina, que fué prefecto 
de la 3.^ cohorte de Galos; prepósito del número de los Sirios 
flecheros ; prepósito también de la i .^ banda de los caballos espa- 
ñoles ; procurador de la ciudad Romulense y del municipio de los 
Arvenses ; tribuno de la legión XII ó de los lanzarayos ; pro- 
curador de la colonia de los Arcenses; agregado á las decurias 
de los jueces por merced de los excelentes y soberanos empera- 
dores Antonino y Vero, Augustos; ayudante de Ulpio Saturnino, 
prefecto de los víveres y encargado del reconocimiento del aceite 
de África y de España, de la remesa de los socorros, y de hacer 
pagar sus fletes y portes á los maestros de las naves como pro- 
cónsul de los emperadores en las riberas del Betis (2).» 

Ni los griegos ni los romanos acostumbraban á dar el nom- 
bre de ciudades á las poblaciones donde no hubiese pretorio (3), 
gimnasio ó escuela pública, teatro, foro, baños y un río de cierto 
caudal. Todo esto había en Híspalis ; pero algunos anticuarios 
sostienen que además tenía su capitolio. 



(i) Fué descubierta en tiempo de Ambrosio de Morales al componerlas gradas 
que hay junto á la torre, medio sepultada en los cimientos de ésta. 

(2) Este monumento debió perderse de nuevo después que lo publicaron Am- 
brosio de Morales y Rodrigo Caro, puesto que el archivero del cabildo catedral 
don Antonio de San Martín y Castillo, al hablar de la torre mayor ó Giralda en los 
apuntes que reunía no há muchos años para escribir la Historia de la Iglesia anti- 
gua, y que hemos hojeado en aquel curioso archivo, trae la siguiente noticia: 
«Esta inscripción romana se halló en el año i 702 en la esquina de la torre de la 
santa iglesia de Sevilla, inmediata á la casa arzobispal, mirando lo escrito al 
Oriente, y aunque de ella tratan Rodrigo Caro (siguiendo á Ambrosio de Morales) 
en el folio 3 i , y Masdeu en el tomo 5 , folio 470, no están con arreglo al original 
que copié puntualmente lavando muy bien la piedra un peón de esta santa Iglesia 
por estar debajo y casi á la superficie del piso de gradas, y después cotejé la copia 
con el original á presencia de don Rafael Tabares, bibliotecario de dicha santa 
Iglesia, de modo que no quedó duda de la exactitud de la copia ni aun por lo to- 
cante al mecanismo del escrito.» Nosotros también hemos hecho la confrontación 
de esta copia con el original, y, corrigiendo unas y otras lecciones, creemos poder 
restaurar su verdadero contexto del modo que lo dejamos consignado. 

(3) Palacio y tribunal del comandante militar. 



154 SEVILLAYCÁDIZ 



Del estado del arte en la colonia Romulea nos dan las me- 
dallas algún testimonio. Uno de sus fueros en tiempo de los 
emperadores fué batir moneda con su nombre, por licencia obte- 
nida de Augusto, según en las mismas medallas se expresa (i). 
El P. Flórez publicó en su España Sagrada una medalla de gran 
bronce en que se ve la cabeza de dicho emperador con corona de 
rayos, el rayo de Júpiter al lado donde mira el rostro, y encima 
de la cabeza, la estrella, símbolo de los Augustos (2). Al rededor 
está la leyenda perm. divi. Aug. col. rom. [Perniissudivi Augusti 
coLo7iia roimdenszs). Tiene en el reverso una cabeza de mujer, 
puesta sobre un globo y debajo de una media luna, con esta 
letra en el contorno: julia. augusta, genitrix orbis (Julia 
Augusta madre del orbe), adulación de los sevillanos á Livia, 
madre de Tiberio, que supera con mucho á la de los ro- 
manos, los cuales la llamaron madre de la patria (3). No es 
modelo de exactitud el dibujo que dio á luz el referido anticua- 
rio, pero la medalla descubre un arte muy maduro, así en la 
disposición general de los atributos que caracterizan á los per- 
sonajes, como en el buen gusto con que están puestos la corona 
del emperador y el cabello de Julia ó Livia (4). — La misma 
observación hacemos respecto de otra medalla sevillana de Ti- 
berio, de mediano bronce, que publicó también Flórez. La coro- 
na de laurel y el gran lazo que de ella pende adornan con gracia 
la cabeza del emperador, y los dos pequeños bustos de Druso 



(i) En ellas leemos per.m. divi aug. (Permissu Dtvi Auq^usíí), por donde se ve 
que aunque la Bélica pertenecía al gobierno del Senado, con todo los sevillanos 
acudían al emperador para obtener la facultad de acuñar moneda. Conviene ad- 
vertir que las medallas en que se da á Augusto el dictado de divino son posterio- 
res á su muerte. 

(2) Esta explicación da á la estrella el P. Harduino, añadiendo que de las Au- 
gustas lo es la media luna. Véase Hisi. Aug., p. 706. 

(3) Invenli hciiid pauci qui mairem eam patrice. ac genitricem appellandam 
censerent, dice Dión (libro L\'1I) hablando de los aduladores de Livia. 

(4) Sobre si es Julia la hija de Augusto, ó Livia su esposa, hay cuestión entre 
los anticuarios. Creemos que aquí se trata de la segunda, que, según testimonio 
de Dión y de Suetonio. en virtud del testamento de Augusto recibió el nombre de 
su marido. 



SEVILLAYCÁDIZ 155 



y Germánico que hay en su reverso, presentan en el estilo gene- 
ral del contorno y del cabello mucha elegancia y sencillez. 

Era Híspalis ciudad murada y torreada : supónese que Julio 
César renovó y ensanchó su muralla, y el rey D. Juan II en su 
crónica asegura que la gran cerca romana perseveraba en su 
tiempo intacta. — Cuando aún no blanqueaba mi cabello, conser- 
vaba Sevilla trozos de su antiguo muro, y algunas de las i66 
torres que robustecían aquel circuito de más de una legua de 
camino, especialmente entre las puertas de Córdoba y de la 
Macarena, donde al imponente aspecto de las torres y de la 
barbacana almenada se juntaba la aridez de la llanura vecina 
para hacer el cuadro más sombrío y producir en el alma la sole- 
dad que es indispensable para la evocación de los grandes re- 
cuerdos históricos. De la puerta del Sol á la de Córdoba corría 
también sin interrupción un alto muro fortalecido á trechos 
con torres cuadrangulares y defendido al exterior con parapeto 
de durísima argamasa, que, aunque no levantaba ya sino dos ó 
tres pies del suelo, aparecía desde luego como base ó arranque 
de la antigua barbacana. Estos eran los únicos trozos que con- 
servaba Sevilla de su antigua armadura de gigante. La imagi- 
nación menos ardorosa se los representaba guarnecidos de lan- 
zas y flechas, conmovidos á los tremendos golpes de los arietes 
y catapultas, y goteando en los fosos que los circuían la humean- 
te sangre de sitiados y sitiadores durante las luchas intestinas 
de los romanos, godos y sarracenos. Pero aun aquel cercenado 
testimonio de su antigua grandeza mural se le hizo gravoso! 

Para dar al lector una idea del estado en que se hallaba 
hace 30 años un trozo muy interesante de aquella antigua mu- 
ralla y de los grandes progresos que de entonces acá ha hecho 
el vandalismo, que injuria á la moderna civilización usurpando 
su nombre, reproduciremos aquí algunos párrafos de nuestro 
diario de viaje, en que describíamos la parte interior de dicha 
fortificación desde la puerta de Córdoba á la Macarena, consig- 
nando fiel y sencillamente la impresión que su vista nos produjo. 



156 SEVILLAYCÁDIZ 



«La puerta de Córdoba representa grande antigüedad, aunque no 
parece fácil al pronto determinar la época en que pudo ser cons- 
truida. Álzase sobre ella una torre sombría que se anuncia des- 
de el primer golpe de vista como cárcel y teatro de un glorioso 
martirio. La historia y la leyenda se dan la mano en la solemne 
escena que estoy contemplando. A un lado la prisión deS. Her- 
menegildo; en frente, el famoso convento de Capuchinos. Por 
este pequeño espacio han pasado los más interesantes dramas 
de la historia de Sevilla. Donde está ese convento, estuvo la 
basílica que fundó, según tradición, el apóstol Santiago : allí 
cerca estaba el palacio de Diogeniano, allí el anfiteatro donde 
fué inmolada aquella casta y poética pareja de vírgenes tiernas 
y mujeres fuertes, las Stas. Justa y Rufina. Sobre este mismo 
raso horizonte que miro al nordeste se destacaron las nobles 
figuras de S. Isidoro y S. Leandro, y la no menos interesante 
del afectuoso Murillo, cuando venía á ese mismo convento de 
Capuchinos á realizar sus místicos y deliciosos sueños de artista 
cristiano. Aquellas paredes, hoy silenciosas y desnudas, publican 
que han desaparecido de estos contornos, quizás para siempre, 
las grandes figuras históricas, y el arte que perpetúa sus sem- 
blanzas en la tierra (i). 

»E1 calabozo del santo hijo de Leovigildo estaba en esa ma- 
ciza torre (2). Todas las que siguen hasta la puerta de la Maca- 
rena parecen prestarse al propio tristísimo servicio: las saeteras 
que se ven en su cuerpo alto indican que hay dentro capacidad 
bastante para encerrar y dejar morir en ellas á cualquier conde 



(i) Tres de los santos citados, á saber, San Leandro y las Santas Justa y Rufi- 
na, figuraban en el famoso retablo que pintó Murillo para la iglesia de los Capu- 
chinos. Este soberbio retablo corrió diversas vicisitudes: un amante d.; las artes 
lo salvó de manos de los franceses durante la guerra de la Independencia. El celo 
de otro aficionado lo salvó de la furia desamortizudora trasladándolo á la cate- 
dral, y de allí al Museo provincial, donde luce, aunque desarmado. 

(2) Describe su interior minuciosamente el concienzudo y piadoso Ambrosio 
de Morales. «La torre, dice, tiene en lo alto una puerta pequeña y angosta por 
donde se entraba entonces á un hueco, sin que hubiese suelo, sino que luego, en 
entrando, se daba en lo hondo de una angostura, que es de solos s pies de ancho 



SEVILLAYCÁDIZ I 57 



Ugolino. Verdaderamente personifican las murallas antiguas el 
derecho de la fuerza: su imponente aspecto nos consuela de no 
haber venido algunos siglos antes al terrible teatro del mundo. 
Estas torres sobresalen mucho, y presentan por el lado que 
mira á la ciudad un macizo sin más vano que una puertecita de 
medio punto en la parte superior. La inmediata á la puerta 
Macarena es mayor que las demás: consta de dos cuerpos 
altos, con dos arcos cada uno ; los arcos de abajo pertenecen á 
un pasadizo de bóveda, cuyos accesos, formando también arco, 
caen sobre el adarve de los lienzos ó cortinas. Por este adarve 
se comunican unas con otras todas las torres, y destrozado el 
lienzo de muralla intermedio, las torres quedan aisladas (i).» 

Discuten los anticuarios sobre los nombres que tenían las 
antiguas puertas de Híspalis. Algunos creen que sus postigos 
estaban consagrados á Júpiter, Minerva y Juno, según la cos- 
tumbre observada en todas las ciudades de alguna importancia. 
Caro añade que la puerta de la Macarena estaba dedicada á 
Macaria, la hija de Hércules Líbico : su nombre, en efecto, no 
puede ser más griego (¡j-azapo*:). 

Entre las obras públicas de Sevilla romana debemos men- 
cionar otro monumento de grande importancia, que subsiste en 



y hasta i 5 de largo. Al cabo de este callejón en lo alto, frontero de la puerta, está 
otra mucho mas pequeña, así que no se puede entrar por ella sino de rodillas. 
Parece que cuando así se labró, se anunciaba ya cómo aquel lugar había de venir 
á ser de tanta veneración que se hubiese de entrar siempre en él con sentimiento 
y representación de ella. Quien entraba á llevar la comida al preso, no podía lle- 
gar á esta puerta sin bajar y subir con escalera levadiza... Dentro está un aposento 
ó más verdaderamente covacha;... este tabuquito tiene una saetera de hasta dos 
dedos en ancho y dos palmos en alto, que, pasando por siete pies de muralla, mete 
muy poquita claridad... Agora de pocos años acá se ha adornado con mucha ri- 
queza de oro y azul y pintura el santo lugar de la cárcel y martirio en lo alto de 
la torre... y abriéndole una ventana lo hicieron capilla... Todo esto hizo con harto 
gasto y mayor deseo Francisco Guerrero, armero de Sevilla, por la singular devo- 
ción que con el ínclito santo tuvo.» Crón. gen. Libro XI, cap. 67. 

(i) Eran bastantes en Sevilla las torres célebres por los dramas de esta espe- 
cie: la de la puerta de Triana fué prisión de Estado para el infeliz conde de Agui 
lar, el Mecenas de Sevilla, que murió allí bárbaramente asesinado, casi en nues- 
tros días. La torre del Oro fué prisión de los enemigos y mancebas del rey don 
Pedro. 



158 SEVILLAYCÁDIZ 



nuestros días, y cuya existencia es vital para la ciudad y sus 
pobladores. El Betis, que la contorna de norte á mediodía por 
el lado del ocaso, no podía con facilidad surtir de aguas á toda 
la gran parte de levante, y para obviar este inconveniente, se 
trajo á Híspalis por medio de un acueducto el caudal fresco y 
cristalino de los manantiales de la Alameda, que nacen en el 
término de Alcalá de Guadaira mirando á Carmona. Sale el 
agua de unas minas abiertas desde el tiempo de los fenicios ó 
cartagineses en un escabroso cerro, al pié de una antigua 
y arruinada fortaleza, y se recoge en la famosa fábrica que lleva 
el nombre vulgar de Cafios de Carmona. El acueducto recorre 
las dos leguas que hay desde Alcalá hasta la capital, desapare- 
ciendo á trechos bajo tierra, asomando en otros por entre los 
olivares, y encaramándose desde que llega á una milla de dis- 
tancia de Sevilla sobre largas filas de sólidos y elegantes arcos 
de ladrillo, sobrepuestas unas á otras (i). No tiene este artificio 
la grandeza y majestad que el de Segovia, pero es de mayor 
extensión, y en algunos puntos ofrece escenografías encantado- 
ras, combinándose sus líneas con la frondosidad de las alamedas 
y huertas que rodean la población hacia el Humilladero y la 
Cruz del ca^npo. 

Dejamos ya dicho que bajo la dominación romana la reli- 
gión de los pobladores de la Bética fué una fusión de cultos 
propios y extraños, en que se podía reconocer la huella de todas 
las teogonias de los pueblos que la habían sucesivamente se- 
ñoreado. Uno de los cultos gentílicos practicados por los hispa- 
lenses, y de que se conserva más individual memoria, fué el de 
la diosa Astarte ó Venus. Celebrábase su fiesta en el mes de 
julio: el ídolo ó simulacro de la diosa era conducido en andas 
por la ciudad con gran pompa. La comitiva que le seguía, con 
grandes llantos y gemidos y con ademán doloroso, conmemo- 
raba la aflicción de Venus en la muerte de su querido Adonis. 



(1) Véase la lámina Caños de Carmona. 



SEVILLA Y CÁDIZ JijQ 



Llamábanse por lo mismo Adornas estas fiestas y procesiones, 
y Venus llevaba el nombre de Salambo á causa del llanto con 
que se le daba culto: denominación siriaca y babilónica que 
cundió con este rito por las principales naciones de Oriente, 
señaladamente en Egipto y Grecia. En cuanto al mundo occi- 
dental, sólo de la Bética se sabe que lo adoptara: la Bética en 
verdad, por las incursiones de los pueblos que á ella vinieron, 
fué por espacio de muchos siglos como una gran colonia de 
todo el Oriente civilizado. 

Este culto duró hasta la ruina del politeísmo y la paz dada 
á la Iglesia por Constantino, y no podemos asentir á la opinión 
del P. Flórez que supone terminase con la destrucción del ídolo 
á manos de las santas Justa y Rufina. Nuestra conjetura se 
fijnda en que este acontecimiento, que motivó el martirio de las 
dos referidas vírgenes, fué antes de la persecución de Dioclecia- 
no, y desde esa época hasta la guerra que se hizo á la idolatría 
no es verosímil dejaran de practicarse los ritos del paganismo. 

Otra reliquia de las prácticas religiosas de los babilonios, 
que se ha perpetuado hasta nosotros atravesando la dominación 
romana y goda, son las verbenas y las luminarias. En Sevilla 
se celebra todavía la víspera de S. Juan, como se celebraba 
entre los antiguos, la entrada del sol en el solsticio de verano. 
Encendíanse los fuegos de Cibeles á media noche, y el ir sal- 
tando por encima de ellos no era sólo un ejercicio divertido, 
sino también una devoción meritoria, como lo atestigua Ovidio 
en sus Fastos (i). 

Esta pagana costumbre de saltar atravesando el fuego de 
Baal ó Moloch, duró hasta que fué prohibida en el 5.° concilio 
de Constantinopla (A-D. 680). 

OssET, llamada también Julia Constantia, (Chavoya;]\mX.o 
á S. Juan de Alfarache). Morales y Flórez convienen en esta 
reducción interpretando un pasaje de Plinio y apoyándose en 

(I) IV, 727. 



1 6o S E V I L L A Y C Á D I Z 



unas ruinas romanas que en el indicado Campo de Chavoya se 
descubren. Las medallas antiguas de Osset son muy bellas; 
traen en su anverso un vendimiador desnudo con dos racimos 
de uvas en las manos, indicando la abundancia de viñas de su 
término. El escritor inglés Mr. Standish cree que Osset era un 
distrito, fundándose en una especie vertida por Marco Máximo, 
el cual, al hablar en su crónica del martirio de S. Gregorio, 
dice: «el siervo de Dios, Gregorio, murió gloriosamente en la 
España Bética en Aguas duras (hoy Alcalá del Río), tierra de 
Osset. » Según esto, la tierra de Osset comprendía efectivamen- 
te varias poblaciones, y el citado Standish opina que entraban 
en su término Castilleja, S. Juan de Alfarache y hasta Alcalá de 
Guadaira. 

Solía (Sanlúcar la mayor). Llamóse antiguamente este 
lugar Ares hesperi (Aras del héspero). Así consta de un epi- 
grama que por la elegancia de su estilo puede atribuirse al siglo 
de Augusto y que estuvo en la torre de Sanlúcar hasta que se 
hizo nueva obra en esta fábrica, según refiere el P. Flórez. 
Estaba escrito en una tabla de mármol, de donde lo copió el 
vicario Antonio Caro (i): 

Así la población misma que en un principio se gloriaba lle- 
vando el nombre de la estrella del ocaso, se despide del antiguo 
patrocinio, cuenta con grata melancolía lo que fué hasta que la 



(i) ílesperice niipcr nomen dedil ¡Icspcri/s Ar(V. 

Solía dicta modo siim. llcspere amice vale. 

NOMINE MUTATO nUHC Sol KOMANUS IBERO 

NUMINE CUESCENTI CRESCERE TECTA FACIT. 
ARCE POTENS ARMIS FUERAM DECORATA MEORUM. 

CUM CECIDI MARCI VIRIBUS ATQUE MANU, 
INFAUSTA AMISI SPLENDORIS QUIDQUID IIABEBAjM, 

URNAQUE FATALIS PUUVERIS IPSA FUI. 
ASCENDÍ AD ClII-MEN MISERO REVOC;ATA SEPULCRO 

ROMANI JURIS C.CSARIS AUSPICIO 

sol favet igne tiovo: magno cede hesfere solí, 

QUODQUE TUIS ARIS IlESPERE NO.MEN ERAT. 

Restaurada la inscripción por ci referido Caro, hemos creído conveniente dife- 
renciar con letra cursiva la parle que el suplió. 



SEVILLA Y CÁDIZ l6l 



dejó asolada y hundida en el sepulcro de sus ruinas el rigor de 
Marcio, y exulta luego cantando cómo renació de sus cenizas 
bajo los auspicios de Julio César, convirtiéndose en refulgente 
sol lo que antes fué para ella no más que lucero. 

Mudó, pues, de nombre al cobrar nueva vida la antigua 
ArcB hesperi, y tomó el de Solía ó Soltuco, que equivale á luco 
ó bosque del sol, pues es de saber que todo el término de la 
villa de Sanliicar estaba en aquellos tiempos poblado de espesas 
selvas. Una de estas selvas ó bosques estaba consagrada al Sol, 
divinidad que tenía allí su templo y su simulacro. Los bosques 
además eran teatro de un culto particular entre los romanos: 
en conmemoración de haberse éstos salvado, después de venci- 
dos por los galos, en un bosque que se extendía entre el Tíber 
y la vía Salaria, habían instituido las fiestas lucarias, que se 
celebraban todos los años el día 21 de julio. Últimamente, la 
palabra lucar, según Festo, significa el precio que se saca ó se 
invierte en el hico ó bosque. Todas estas nociones reunidas ex- 
plican la etimología de los nombres de Solía, Solluco y Solucar 
con que se designó la población de que tratamos. 

Debe Solia á las inscripciones halladas entre sus ruinas el 
que hayan pasado á la posteridad los nombres de algunos de 
sus preclaros hijos. Una lápida encontrada en el campo de So- 
lucar cuya leyenda restauró Caro, y que cita Flórez con otro 
intento, consigna la dolorosa muerte de dos jóvenes guerreros, 
hermanos, que sucumbieron cuando la guerra de Marco, y á 
quienes su desolada madre enterró en un mismo sepulcro. 

Carmo ó Charmonia fCarmonaJ. Tolomeo la llama Char- 
MONiA y la coloca entre las ciudades mediterráneas de los tur- 
detanos. Antonino individualiza más su sitio, pues en el camino 
décimo desde Sevilla á Mérida la pone distante de aquella veinte 
y dos millas, esto es, cinco leguas y media, ó seis leguas cor- 
tas, que son las que hay desde Sevilla á Carmona. Ni Mela ni 
Plinio hacen mérito de esta población, de lo cual se maravilla 
Rodrigo Caro ; pero en cambio César la llama la ciudad más 



102 



SEVILLA Y CÁDIZ 



fuerte de ¿a Bélica (i). Dimanaba la fortaleza de Carmona no 
sólo del valor de sus hijos, simbolizado en la cabeza de Marte, 
su numen protector, sino también de su posición ventajosa, en 
terreno elevado, con que la favoreció la naturaleza para resistir 




SEVILLA. — Antiguas murallas romanas 



las embestidas de las armas enemigas. Prueba Flórez que los 
hijos de Carmona consagraban monumentos al impetuoso dios 
de los combates, padre de Rómulo y Remo, y publica una 
medalla en que este dios está representado con yelmo, de cuyo 
vértice sale un ramo de laurel, semejante al de la corona que 
rodea el busto en lugar de la gráfila. Por los restos notables de 
construcción romana que advirtió Ponz en las puertas, muros, 
alcázares alto y bajo de esta ciudad, y que nosotros aún hemos 
alcanzado, podemos colegir cuál sería su importancia durante 



(i) De Bell, civ., Hb, II, cap. 19. Quce esl longe ftrmissima lotius provincice ci- 
vil as. 



SEVILLA Y CÁDIZ 163 



la guerra civil entre César y Pompeyo, y cuan noblemente lle- 
varía el honor de municipio con que fué recompensada por arro- 
jar de su seno al célebre pompeyano M. Varrón. 

En el campo de Carmona, junto á la vía romana que con- 
ducía desde esta población á Sevilla {Hispalis)^ se descubrieron 
en estos últimos años muchas cámaras sepulcrales excavadas 
en la roca del subsuelo, suficientes á constituir una formal ne- 
crópolis romana. El Sr. D. Antonio Cantos, aficionado sevillano, 
regaló á la Academia de San Fernando de Madrid, por medio 
del Sr. D. Antonio María de Ariza, celoso correspondiente de 
ésta, los dibujos de una de dichas cámaras, aunque en pequeña 
escala, en los cuales se da razón, muy aproximada á la verdad, 
de la forma de aquel conditorium y de las pinturas, asaz bien 
conservadas por cierto, que adornan su bóveda y sus muros. 
La bóveda presenta, sobre fondo azul, palomas volando, y el 
curiosísimo zócalo que corre al rededor del muro ofrece una 
escena báquica campestre, pintada con gran libertad por mano 
muy experta. — El precitado señor Ariza, diligente investigador 
de antigüedades, posee una preciosa colección de piedras duras 
grabadas, — verdadera dactyliotheca, — muchas de ellas romanas, 
y aun griegas, encontradas en Carmona. 

HiENiPA {Alcalá de Gztadaira ?). Las excavaciones y habi- 
taciones descubiertas en algunas de las rocas sobre" que asienta 
esta población, la hacen aparecer como de grande antigüe- 
dad (i). Habitóla antes de la conquista romana una colonia 
griega, á la que debió el nombre de Hienipa (2). En una calle 



(i) D. Vicente Mares en su geografía titulada Fénix íroyana, dice que la funda- 
ron los cartagineses 1400 años antes de J. C. Las referidas excavaciones ó minas, 
á alguna de las cuales hemos oído dar dos leguas de longitud, parecen en su ma- 
yor parte obra de sarracenos. Conde nos refiere que las construcciones romanas 
fueron restauradas en 1172 por Jusuf Abu Jacub (t. II, p. 380). 

(2) Parécenos aceptable la etimología que propone Standish formada de las 
voces yfj, //e?-?-», y vctitoj, lavar, atendida la abundancia de aguas que de sus pe- 
ñascos brota surtiendo el famoso acueducto de los Caños de Carmona. Ford pre- 
tende que Hienippa en lengua púnica significa lugar abundante en manantiales^ y 
si esto es cierto, su etimología satisface aún más. 



164 SEVILLA Y CÁDIZ 



de Sevilla leyó M. Standish en 1833 una inscripción lapidaria 
procedente del castillo de Alcalá de Guadaira que hacía este 
sentido: <t.Patrice ordo Hienipensiuní populus et turba clypeum 
et statuam decrevit. » No es esta la única memoria monumental 
que puede citarse de Hienipa: sus historiógrafos modernos, 
entre los cuales descuella don Leandro José de Flores (i), ha- 
cen mención de otras, aquí y allá descubiertas, y nos dan noti- 
cia nada menos que de un templo de Ceres, cuyas ruinas supo- 
nen soterradas bajo las gradas del altar mayor de la iglesia del 
convento que fué de religiosas agustinas; pero desconfiamos del 
entusiasmo de localidad que suele engendrar visiones. 

Hay quien supone que Alcalá de Guadaira no fué Hienipa^ 
sino Uciibi (2). 

La tradición habla de una gran fortaleza de fábrica romana, 
cuyos cimientos aún se divisan al pié del castillo moruno de 
Alcalá de Guadaira. Hoy se descubren no más que las descolo- 
ridas reliquias de un delicioso paraíso en ese inclinado valle 
lleno de frondosas huertas, regado por un sin número de fuen- 
tes, y matizado todavía por la variada gala de los panes (3), de 
los viñedos y de los olivares. 

Orippo (Dos hermanas? — Torre de los Herberos?). Tenía 
este pueblo su situación al oriente del Betis, como Híspalis, y á 
nueve millas de esta gran ciudad. Batía moneda usando del 
símbolo del racimo, para denotar la abundancia de viñas de su 
término, y era como su vecina Hienipa abundante en todo gé- 
nero de frutos. Las medallas de Orippo presentan por el re- 
verso un toro con una media luna en la parte superior, y el 
nombre de la población al pié. 

Caura [Coria). Nómbrala Plinio después de Orippo siguien- 
do su viaje río abajo, pero pasando de la izquierda á la dere- 



(i) En su obrita titulada Memorias históricas de Alcalá. 

(2) D. Adolfo de Castro, en su obra citada, lib. I, cap, 3.", pág. 4Q, nota 2. 

(3) La elaboración del pan ha distinguido siempre á los moradores de Alcalá, 
la cual lleva todavía por antonomasia el nombre de Alcalá de los panaderos. 



SEVILLA Y CÁDIZ 165 



cha. Asienta á la orilla del Betis, y á esta situación alude el 
sábalo que se vé en el reverso de sus antiguas medallas. En el 
anverso presentan éstas una cabeza de hombre con yelmo, cer- 
cada de laurel como en las medallas de Carmona, con una aspa 
además, que no llevan aquellas. Este mismo signo ofrecen otras 
medallas de la Bética, entre ellas la de Carula^ pueblo del con- 
vento jurídico de Córdoba. 

Betis, Utriculum (Utrera). No hay plena seguridad de que 
haya existido una ciudad nombrada Betis: Estrabón es el único 
que hace mención de ella: ni Mela, natural de Andalucía, ni Pli- 
nio que fué en esta provincia cuestor, ni Tolomeo, ni Antonino, 
la conocieron. Presumen Casaubón y Flórez que el texto del 
primero haya sido corrompido y que deba leerse Becula por 
Betis. Sin embargo, Caro sostuvo (i) que este fué el nombre 
antiguo de Utrera^ y hay modernos críticos que suponen lo pro- 
pio (2), dando por autores del nombre de Betis á los griegos y 
del de Utricuhim á los soldados de Augusto, procedentes de las 
colonias etruscas del mismo nombre, retirados á ese paraje de 
la Bética después de la guerra de Cantabria. 

Concíbese en efecto la oportunidad de la denominación grie- 
ga: el término de Utrera sostiene considerables rebaños, y pro- 
duce por consiguiente grande abundancia de pieles de cor- 
dero, propias para vestir, á las cuales llamaban los griegos 
B(Eta (3); 

Searo (Cortijo de Zarracatín, cerca de Utrera). Nombra 
Plinio el pueblo antiguo de Searo llamándole Siarum, y una 
inscripción que allí se conservaba en tiempo del P. Flórez hace 
mención del Ordo Siarensiunt; pero la ortografía Searo está 
más autorizada por ser la que se usa en las medallas que cita el 
mismo anticuario. Tienen estas, como las de Carmona y otras 



(i) En su Convento jurídico. 

(2) Entre ellos el citado Standish. 

(3) Estas pieles eran también famosas entre los romanos, que decían: «Bceía 
■pellis el in hyeme el in estáte boncí est.» 



1 66 SEVILLA Y CÁDIZ 



ciudades de la Bética, las espigas que simbolizan la fertilidad de 
su suelo (i). 

Ugia (Monttcja, cerca de Lebrija). Da mucha importancia 
el moderno historiador de Cádiz á este pueblo, cuya reducción 
equivocó Garibay poniéndolo en las Cabezas de San Juaíi. En- 
tiende el señor Castro que estaba Ugia cerca de Lebrija y del 
arroyo Romanina, y que es el mismo Casirum Julium, por otro 
nombre Cansar is Salutariensis, recordado porPlinio; y que este 
nombre le fué aplicado por el gran servicio que prestó á César 
en la batalla de Munda, la cual, según sus conjeturas, debió ocu- 
rrir en aquel término (2). 

Nehrissa {Lebrija). Grande es la antigüedad de esta pobla- 
ción, no diferente de la Nebrissa Venena áe Plinio, que algunos, 
muy seriamente, han supuesto fundada por los sátiros compañe- 
ros de Baco durante las excursiones venatorias de éste por la 
Bética. Así lo sintió Silio Itálico, nombrándola, después de Cás- 
tulo y de Híspalis, de este modo (3) : 

« Ac Nebrissa dionyseis conscia thyrsis, 
quam satyri coluere leves, redimitaque sacra 
nebryde, etc. » 

De la voz nebris , que entre los griegos significaba la piel de 
ciervo, de que se vestían los sacerdotes de Baco ó Dionisio, viene 
naturalmente la de Nebrissa; pero no es necesaria esta etimolo- 
gía en abono de su antigüedad, pues el mismo Silio la cita como 
sobresaliente en las guerras de Aníbal. Tampoco falta quien 
explique con fundamento la formación púnica de su nombre, 
como corrupción de Ncepritza, que tanto vale como tierra que 
cubren las aguas crecientes (4), pues como pueblo de los estua- 



(i) D. Adolfo de Castro ve en Zarracatín la antigua Sorzcarza, donde Pompeyo, 
perdida Ategua, tuvo un encuentro con las tropas de César. Ob. cil.^ Ibid. 

(2) Véanse sus conjeturas en'la Ob. cit., lih. I, cap. 3.° 

(3) Silio Itálico, De bell. piin., lib. III. 

(4) Véase á Bocharten su Chanaan, lib. I, cap. 34. Según este sabio, el mismo 
nombre actual de Lebrí/a, es un comprobante de su origen púnico, pues Lepritza 
vale tanto como ad aquarum eruplioncm, esteres, á la salida de las aguas. 



SEVILLA Y CÁDIZ 1 67 



rios del Betis, se inunda en las grandes avenidas de este río. En 
tal caso su fundación podría datar de los fenicios, que por la 
parte meridional de España dieron ser á tantas poblaciones, 
especialmente á las que podían contribuir al tráfico y á la nave- 
gación, como Nebrissa, mercado de importación y exportación 
para el comercio fluvial y marítimo. Como punto estratégico, no 
sería para los antiguos despreciable la eminencia que señorea la 
población, y según esto es probable que donde se levanta hoy 
el castillo moruno de Lebrija, dominando la espaciosa hondo- 
nada, descollase durante las grandes contiendas de cartagineses 
y romanos y de los romanos entre sí, alguna otra sólida y severa 
fortaleza. 

No es raro encontrar en este pueblo notables restos del arte 
antiguo. El erudito Ceán Bermúdez dice haber visto en él suelos 
de taracea de mármoles de colores, de gusto romano, y cita 
como estatua romana, aunque sin cabeza, una que sirve de ima- 
gen de nuestra Señora con el caprichoso nombre de Mariquita 
del Marmolejo (i). Otro regular fragmento de escultura se ve 
empotrado en una esquina cerca de la plaza de árboles en que 
desemboca la calle de la Iglesia mayor. 



(i) Hisi. de lapint. ms. arriba citado, t. I, cap. X. 



CAPITULO IX 



Continuación: Urso ó Ursao, Colonia Genetiva Julia y Genetiva Urbanorum.— 
Astapa. — Ventipo. — Calentura. — Maxilua. — Cartela. — Julia Transducta.— 
Mellarla. — Belone. — Bessipo. — Promontorium Junonis. — Erytheia. — Gadi- 
ra. — Menesthei portus. — Turris Capionis. — Lucendubia. 




RSONA, Urso, Ursao, Gemina urbanorum {Osti- 
na). De todas estas maneras escriben el nom- 
bre de esta población los autores antiguos, 
Apiano, Estrabón, Plinio y Tolomeo. Esta fué 
la ciudad donde invernó Gneyo Escipión cuan- 
do Publio Escipión trasladó sus cuarteles de 
invierno á Cazlona. Aquí vino también Fabio 
Emiliano enviado por el Senado de Roma contra 
Viriato; de lo que se infiere haberse mantenido Urso siempre 
fiel á los romanos. En las guerras civiles de César y Pom- 
peyo siguió el partido de este último, y le fiaé fiel hasta el 
trance postrero ; no quedaba en toda la Andalucía mas lugar que 
Osuna que sostuviese á Pompeyo después de tomada Munda, y 
púsola cerco Quinto Fabio. Agregábanse á la fortaleza natural 



1 70 SEVILLA Y CÁDIZ 



del sitio los grandes preparativos de los pompeyanos para hacer 
la resistencia más formidable. Los cercados además habían tala- 
do todo el término á la redonda, de modo que los sitiadores no 
encontraban víveres ni leña, ni césped para las trincheras; ni 
agua siquiera tenían, por hallarse el arroyo más cercano á dos 
leguas de distancia, mientras los sitiados tenían dentro pozos y 
fuentes abundantes. No dice Hircio qué lances ocurrieron en este 
cerco de Osuna, y el lector queda frustrado en su espectativa 
cuando más crecía el interés de la narración. Dion asegura, en 
términos generales, que acabó con gran derramamiento de san- 
gre de los soldados de César. 

Fundó éste colonia en Ursao con el nombre de Ge^ietiva 
yulia, y á ella envió sus moradores después de haberlos despo- 
jado de sus tierras en castigo de su obstinada defensa; pero la 
ley que les dio, ignorada hasta hace pocos años, y felizmente 
descubierta en las cinco tablas de bronce que llevan entre los 
eruditos el nombre de bronces de Osíina (i), prueba que no duró 
mucho en el corazón del gran dictador el vulgar sentimiento de 
la venganza. No es nuestro intento entrar en la exposición del 
derecho público ni en el de las leyes de procedimiento, ni siquie- 
ra en las prescripciones de derecho administrativo que establece 
este interesantísimo monumento jurídico. Nos limitaremos á una 
idea general y sumaria de la existencia legal que por él se dio á 
la colonia, y terminaremos con algunas curiosas leyes relativas 
á la moralidad de los funcionarios públicos, al espíritu de igual- 
dad que las informa, y á la administración y policía municipal; y 
nos servirán de guía en la interpretación de este precioso código 
político y administrativo, escrito para la nueva colonia en los 
primeros meses después de la muerte de César, y por su man- 
dato, los trabajos de los doctos Berlanga y Mommsen, que nos 
ponen de manifiesto la organización de la colonia Genetiva Julia, 



(i) Fueron descubiertos estos bronces, según cree el señor Berlanga, en el 
camino de la Via, sacra,, á la falda del cerro donde estuvo la antigua L'rso. 



SEVILLA Y CÁDIZ IJl 



SU conformidad, en lo general, con la ley común y^u/m agraria, 
los puntos en que de ella se diferencia, y los horizontes que nos 
descubre, cerrados hasta ahora á la contemplación de los estudio- 
sos. — De la ley dada á nuestra colonia se deduce, en primer lu- 
gar, que todas las de la Bética fueron sometidas á la obligación de 
proponer ó aceptar públicamente sus respectivas leyes, digámoslo 
así, constitucionales. — Ahora bien, su sustancia se reduce á lo 
siguiente. La colonia Genetiva estaba regida, en lo civil, por duun- 
viros, decuriones y ediles; en lo religioso, por sus colegios de 
pontífices y augures. Los magistrados superiores, esto es, los 
duunviros, eran nombrados por los pobladores de la colonia en 
los comicios ; los decuriones, acaso también por el voto popular, 
si bien esto no aparece del todo claro por existir un vacío en el 
texto legal; y los ediles, de la misma manera que los duunviros. 
Estaban estos magistrados asistidos de sus correspondientes 
ministros: los duunviros, por dos secretarios, un alguacil, dos 
lictores, un arúspice, dos mensajeros, un pregonero, un copiante 
ó escriba, y un tibicen ó flautista; los ediles, por un secretario, 
un arúspice, un pregonero y un flautista. Tenían además siervos 
ó esclavos públicos. Eran los duunviros, como su nombre lo in- 
dica, dos, y los decuriones ciento, sin que se fije el número de 
los ediles. Los libertos podían aspirar á todos los honores y car- 
gos públicos, y de consiguiente ser nombrados decuriones y edi- 
les (especie de que hasta hoy no se tenía noticia, y que de por 
sí establece un progreso extraordinario hacia la igualdad de to- 
dos los ciudadanos ante la ley). 

Los ministros ú oficiales de los magistrados gozaban la 
exención del servicio militar, privilegio que terminaba con el año 
de su empleo. Las insignias de los magistrados eran la toga 
pretexta y las antorchas ó cirios, que los acompañaban cuando 
se presentaban en público. — Correspondía al duunviro el derecho 
de nombrar su delegado ó prefecto, para que le supliese en su 
ausencia ó en caso de hallarse impedido, y el de dar á su arbitrio 
jefe á los soldados en armas. Pertenecíale también la contrata- 



172 SEVILLA Y CÁDIZ 



ción Ó arrendamiento de las rentas é impuestos; y era su atribu- 
ción más importante la de ejercer la jurisdicción militar en tiem- 
po de guerra y la judicial en tiempo de paz. — Los decuriones, 
sobre decretar el armamento de los colonos en casos de incursión 
hostil, y las obras públicas ó de defensa, á que estaban obliga- 
dos todos los colonos é íncolas^ y además de regir por decreto 
las cosas sagradas, tenían el derecho de decretar la forma de 
elección de los patronos y huéspedes de la colonia, y el de per- 
mitir á determinadas personas sentarse entre ellos en los juegos 
públicos, é imponer su arbitrio á los dueños de los juegos escé- 
nicos en la distribución de las localidades. Cuidaban además 
de las aguas públicas, del tesoro y rentas públicas ; y para evitar 
pretextos á la maledicencia y ocasiones de cohecho y captación, 
estaba severamente prohibido que se recompensase con dinero, 
ó con otra dádiva cualquiera á costa del Erario, al magistrado 
que costease ornatos ó erigiese alguna estatua ; y recibir merced 
ó regalo por razón de arrendamiento de cualquier edificio ú obra 
pública. Un capítulo especial sobre el soborno prohibía expresa- 
mente el hacer regalos á los magistrados, y á éstos el dar ban- 
quetes públicos durante las elecciones. Los convites sólo eran 
permitidos en privado, y no pasando de nueve los comensales. 
Al mismo fin de la pública moralidad conspiraba otra prescrip- 
ción, en cuya virtud no podía ser xíQ)Ví^x2.Ao patrono de la colo- 
nia ningún senador romano, ó hijo de senador, durante su cargo. 
Eran patronos de la colonia, no sólo todos los que habían cedido 
ó asignado tierras á los colonos, y estos por derecho propio, sino 
también sus hijos y descendientes, y los que los decuriones nom- 
braban tales por decreto, hallándose presentes á la votación cin- 
cuenta cuando menos. — Entre los deberes de los colonos y de 
los simples íncolas, figuran como principales el de la milicia, 
siempre que la colonia estuviese en peligro, y el de concurrir á 
la ejecución de las obras públicas. Los decuriones decretaban 
sobre estos servicios, contra lo que pasaba en las demás partes, 
donde jamás disfrutaron de tal derecho los magistrados de las 



1 74 SEVILLAYCÁDIZ 



colonias y municipios. Lo relativo á las obras de defensa, nos 
revela un espíritu de igualdad que contrasta con la antigua le- 
gislación: aquí todos, ciudadanos é íncolas, aunque no sean pro- 
pietarios, como los simples poseedores no ciudadanos ni íncolas, 
todos, están obligados á concurrir con sus personas, sean libres 
ó esclavos, desde los 14 hasta los 60 años de edad, y con sus 
bestias de tiro y carga, á la ejecución de las obras públicas por 
cierto número determinado de días. — Los íncolas ó indígenas, 
que no habitaban dentro de la ciudad, eran equiparados para 
el goce del fuero latino con los colonos, y en los espectáculos 
públicos estaban mezclados con ellos, á su vez, los huéspedes y 
forasteros (adventores). 

Recopilaremos ahora brevemente el derecho que regía para 
la clase sacerdotal. Todos los años nombraban los duunviros, 
por decreto de los decuriones, y en los comicios, los ministros 
que habían de cuidar del culto en cada templo: el nombramiento 
de los pontífices se hacía, pues, como el de los duunviros, con 
el asenso del pueblo. Los colegios eran dos, y para cada cole- 
gio había tres pontífices ó sacerdotes. Para ser nombrado sacer- 
dote, ó augur, sólo se requería pertenecer á la colonia. Ellos 
tenían el cuidado de los lugares sagrados, templos, santuarios y 
capillas: ellos ordenaban los juegos circenses y los sacrificios, 
y disponían las andas de los dioses. — Las ceremonias religiosas 
eran las conocidas de antiguo: los sacrificios, los banquetes de 
los dioses {ledisternid), las procesiones en los circos, llevando 
las imágenes de las divinidades en andas [pulvinares] , etc. Los 
privilegios de los sacerdotes eran: llevar la toga pretexta cuando 
celebraban sacrificios públicos y cuando los magistrados de la 
colonia daban públicamente juegos escénicos; sentarse en los 
juegos públicos entre los decuriones; estar exentos del servicio 
militar y de todo cargo público, incluso el de juzgar, ellos y sus 
hijos. 

Los augures ó arúspices no juzgaban tampoco, ni admi- 
nistraban justicia; pero consultados, fallaban. — Las fiestas reli- 



SEVILLA Y CÁDIZ 175 



giosas eran ordenadas por los duunviros y decuriones al prin- 
cipio de cada año. 

De los juegos públicos, diremos lo más esencial. Los del 
circo debían ser celebrados por los curadores de los templos; 
los escénicos habían de ser inspeccionados por los magistrados 
de la colonia. Se mandó, andando el tiempo, por una ley del 
Código Teodosiano, que los magistrados de las colonias y mu- 
nicipios celebrasen juegos todos los años ; pero este precepto 
rigió para la colonia Genetiva Julia desde el principio de su 
constitución. — Había varios días destinados á los juegos: cuatro 
de los duunvirales, y tres de los edilicios, estaban destinados 
á los dioses mayores : Júpiter, Juno y Minerva. El cuarto día 
edilicio estaba consagrado á Venus; por donde se confirma la 
idea de Otto Hirschfeld de que nuestra colonia tomó el nombre 
de la madre Venus, numen tutelar de la gente Julia. — La colo- 
nia daba á cada duunviro 2000 sextercios anuales para los jue- 
gos públicos, y 1000 á cada edil; pero la ley mandaba que cada 
magistrado gastase de su peculio otros 2000 sextercios por lo 
menos. También á los curadores de los templos ó sacerdotes 
les mandaba gastar cierta suma. — Los juegos eran ó escénicos, 
ó circenses, pero sin gladiadores los que ordenaban los sacer- 
dotes en el circo. Los gladiadores luchaban por lo común en el 
foro. — En los espectáculos públicos tenían derecho á sentarse 
entre los decuriones los magistrados, y los que habían recibido 
ó conservado el uso legal de las insignias decurionales; y todo 
Senador ó ex-Senador, ó hijo de Senador del pueblo romano; y 
todo tribuno militar ó comandante nombrado por el pueblo; 
y cualquier legado del procónsul. — En la colonia Genetiva los 
decuriones no tenían asientos fijos en el circo, pero en los jue- 
gos celebrados por causa pública, se les asignaba y reservaba 
el que habían de ocupar. En los juegos escénicos, lo mismo en 
Roma los Senadores, que aquí los decuriones, tenían señalada 
la orquesta como puesto de preferencia. 

En cuanto á disposiciones administrativas y de policía urba- 



lyÓ SEVILLA Y CÁDIZ 



na y rural, contiene este precioso código algunas muy notables. 
— Ninguno, dentro del territorio de la ciudad ó de la colonia por 
donde pase el arado, transporte ningún hombre muerto, ni allí 
lo sepulte, ni lo queme, ni le edifique monumento ó sepulcro. 
Los duunviros ó los ediles cuiden de que sea demolido cuanto 
con este objeto se edificare. — Ninguno haga íistrina nueva, 
donde no haya sido quemado hombre muerto, á menos de 500 pa- 
sos de la ciudad. — Ninguno en la ciudad de la colonia Julia des- 
teje, demuela ni destruya un edificio, si no diese garantía ó 
arbitrio de los duunviros de que habrá de reedificarlo. — Nin- 
guno tenga en la ciudad de la colonia Julia alfarería de más de 
trescientas tejas, ni tampoco tejar. Si algún duunvir ó edil qui- 
siese dentro de los límites de la colonia Julia hacer, prolongar, 
variar, construir, reforzar vías, acequias ó cloacas de uso públi- 
co, séales lícito hacerlo sin perjuicio de ningún particular. — Se 
respetan los límites, vías y caminos públicos que existían antes 
de fundarse la Colonia, y las servidumbres de paso, senda, etc., 
según se hallaban establecidas ; se respetan asimismo los apro- 
vechamientos de los ríos, arroyos, fuentes, estanques y demás 
aguas públicas, conforme estaban de antiguo constituidos. — 
Mándase finalmente que nadie venda ni arriende por más de 
cinco años los campos, las selvas ni los edificios que fueron 
dados y atribuidos á los colonos de la Genetiva Julia. 

Batió Ursao monedas con el símbolo de la esfinge, y algunas 
de estas se conservan con la cabeza laureada de Augusto, de 
bastante buen dibujo. Hizo dedicaciones de estatuas: una de 
ellas cita Ambrosio de Morales, en cuya basa leyó 

SOCERO FORTISS. niPERATORUM, 

designando sin duda á alguno de los Antoninos ; y de otra hacen 
mérito el P. Flórez, Grutero y Muratori, con la inscripción 

RES P. URSONENSIUM 
D. D. 



SEVILLA Y CÁDIZ 1 77 



AsTAPA {Estepa). Hacia los altos de Camorra y Camorri- 
llo, allí inmediatos, se distinguen todavía con el nombre de 
Estepa la vieja, y en paraje llano que cuadra con la descripción 
de T. Livio, reliquias de aquella heroica población, émula de 
Sagnnto y de Numancia, que testificó su fidelidad á Cartago sui- 
cidándose en una gran pira de fuego con sus mujeres, hijos y 
tesoros, por no entregarse á los romanos (i). Confijndíase anti- 
guamente á AsTAPA con OsTipPO, despoblado de Teba la vieja 
en la provincia de Málaga (2). 

Sorprende que habiendo sido la ciudad de Astapa tan insig- 
ne por su desesperada braveza, sólo Plinio entre los cosmógrafos 
antiguos haya hecho mención de ella. Ignoramos por lo tanto 
cuándo fué destruida; mas por algunos fragmentos de escultura 
en su antiguo asiento descubiertos, y llevados luego á Estepa la 
moderna, colegimos que todavía existía en la buena época del 
arte romano, esto es, en el siglo i de nuestra Era. Cita Morales 
como la más insigne antigualla de las que allí se encuentran, un 
Hércules de mármol, que está en la plaza, el cual, aunque muti- 
lado, manifiesta bien la grandeza y gentil arte con que fué escul- 
pido. La basa de este coloso se guardaba en tiempo del citado 
historiador en una casa particular, asaz maltratada, deduciéndose 
tan sólo de su rota inscripción que Annia Lais había costeado la 
obra y hecho su dedicación con juegos circenses á caballo y con 
banquete público. 

En la iglesia de S. Sebastián conserva Estepa la memoria de 
un joven romano, llamado Lucio Cesio Maximino, que fué vio- 
lentamente muerto, y este monumento es doblemente curioso, 
porque expresa ser aquel desgraciado natural de Cedripo, y por 
haber aparecido en una heredad entre las dos Estepas vieja y 
nueva. Morales reduce este lugar de Cedripo á lo que se llama 



(i) Refiérelo Tito Livio diciendo con su admirable laconismo: ita Astapa, sine 
prceda, militiim ferro, igniqíie absumpta est. 

(2) Débese al señor don Aureliano Fernández-Guerra la más acertada reduc- 
ción de esta mansión de la vía-romana desde Híspalis á xMalaca. 

23 



lyS SEVILLA Y CÁDIZ 



hoy la Alameda, sitio distante unas 2 leguas de Estepa, muy 
fresco y ameno, donde hay grandes muestras de antigüedad, y 
entre éstas, una inscripción notable esculpida en una gran basa 
que sirvió á las dos estatuas de bronce de Cayo Memmio Optato 
y de un hijo suyo. 

Ventipo, Ventispontem (cerca de Pítente Genil ?) (i). De 
este pueblo hay memoria en el comentario de Bello hispaniense^ 
donde leemos que César le tomó antes de llegar al campo de 
Munda... Cerca de Puente Genil, ó Puente de don Gonzalo 
(como se decía antiguamente), en un sitio que llaman Vado 
García, se encontró años há una lápida sepulcral con inscrip- 
ción en que se nombra á Quinto Equitio, de edad de 60 años, y 
á Equitia Tusca, de 9 años, ventiponeses ambos, allí enterrados. 

Las medallas de este lugar son interesantes : tienen por un 
lado una cabeza de guerrero con galea, y por el otro la figura 
en pié de un gladiador de los que llamaban reiiarii porque lu- 
chaban con aparato piscatorio, á saber, tridente y red, del cual 
usaban para sujetar al competidor y darle luego la muerte. El 
gladiador reciario llevaba, dice san Isidoro, la red oculta, echá- 
basela al contrario á modo de lazo, y enredándole en ella, le 
hería, ya con el tridente, ya con el puñal que tenía al costado. 
Este género de lucha estaba dedicado á Neptuno, cuyo imperio 
simbolizaba el tridente. 

Calentum [Cazalld). Menciónale Plinio entre los pueblos 
del convento jurídico de Híspalis; era país de montaña, situado 
en aquella parte de los montes Marianos que cae hacia el río 
Anas ó Guadiana. Una particularidad muy notable era la calidad 
de su tierra, de la cual se hacían ladrillos tan ligeros y esponjo- 
sos, que después de secos sobrenadaban y no los penetraba la 
humedad. Vitrubio reconoció la grande utilidad de estos ladri- 
llos para las construcciones (2). 



(i) Contradice esta reducción el señor don Adolfo de Castro : los lundamentos 
de su oposición pueden verse en su Ob. cit., Lib. I, cap. III, p. 58. 
(2) Lib. II, cap. 3. 



SEVILLA Y CÁDIZ 1 79 



Maxilua (acaso en la misma sierra, sin reducción conocida). 
Nómbrala Plinio unida con Calentó, atribuyendo á los ladrillos 
hechos con su tierra la misma propiedad que tenían los de 
aquella otra (i). Tolomeo pone á Maxilua en Sierra Morena al 
mediodía de Aracena (antigua Lelid). 

No son menos dignas de notarse las ciudades y otras po- 
blaciones con que contaba la Bética romana en la actual pro- 
vincia de Cádiz. Hemos hecho ya mención de los establecimien- 
tos de los fenicios y de los griegos en la costa desde las 
columnas de Hércules en el monte Calpe, hasta la desemboca- 
dura del Betis. Siguiendo el derrotero de los antiguos geógra- 
fos Estrabón, Pomponio Mela y Marciano, de oriente á occidente, 
en cuanto penetramos en la magnífica entrada del Estrecho por 
donde rompió el mar en remotos tiempos el gran eslabón de 
granito que unía á España con el África, descubrimos á nuestra 
derecha, en un espacioso golfo (hoy golfo de Gibraltar), como 
saliendo de las seculares y venerandas ruinas que descubre la 
baja mar en Rocadillo, la renombrada ciudad de Carteya (2). 

Fué esta ciudad arsenal de los iberos: señoreáronla luego 
los fenicios; fué después una de las pocas factorías griegas que 
toleraron en la Bética aquellos; los griegos le dieron el nombre 
de Tartesso, sin duda después de destruida la antigua ciudad 
turdetana de este nombre que existía entre los dos brazos ó 
bocas del Betis. Los romanos la llamaron Carteia, y la hicie- 
ron colonia, aunque de libertinos, con motivo de que más de 
cuatro mil hombres hijos de soldados romanos, habidos en mu- 
jeres españolas cautivas, pidieron al Senado lugar en que habi- 
tar, y les fué señalada aquella ciudad, según explica Tito Livio. 
Son muchas y varias las medallas de Carteya que andan en 



(i) In uUerioris Hispanix civiiatibus Maxilua et Calentó, fiíiiit lateres, qiti sic- 
cati non merguntur in aqua. Edición de Harduino, lib. XXXV, cap. 14. 

(2) M. Ford dice que aún se observan entre estas ruinas los restos de un an- 
fiteatro, pudiéndose además trazar una parte de la ciudad. 



l8o SEVILLA Y CÁDIZ 



poder de los aficionados (i), y entre ellas las hay muy notables 
por la belleza del cuño romano, que presenta unas veces una 
cabeza de mujer torreada y un pescador en el reverso, otras 
una cabeza de hombre laureada y un delfi'n, otras un delfi'n y 
una proa (2), etc. Pasadas las ruinas de Rocadillo (cerca del 
paraje donde hoy descuella Algeciras)^ existió hasta el tiempo 
del emperador Claudio una ciudad denominada: 

Julia traducta ó transducta. Habitáronla africanos de 
Zeles, ó tingitanos, trasladados á nuestra costa cuando por 
muerte de su rey Boceo quedó la Mauritania incorporada al 
imperio romano viviendo Augusto. Añádese que después de 
traspasar Augusto á España esta población, terminada la gue- 
rra de Cantabria, le dio el nombre de yulia Joza (3), y Bo- 
chart explica que esta segunda palabra es púnica y equivale á 
Transciucta, ó trasladada. En esta ciudad, que primitivamente 
se llamó Tingeniera, nació el célebre Pomponio Mela, elegante 
escritor latino, y sin duda alguna florecieron allí las artes, por- 
que las medallas de Julia Traducta batidas en tiempo de Au- 
gusto ofrecen excelente dibujo y muy bella disposición. El 
P. Flórez publica una muy notable, en cuyo reverso están figu- 
rados el simpulo ó vaso con que se hacían las libaciones en los 
sacrificios, y el albogalero ó bonete que usaban los flámines, sa- 
cerdotes de Júpiter. Este bonete tiene la figura de una mitra 
cerrada, con una cruz en la parte superior. Á Julia Joza sigue 

Mellaría (cercana á Tarifa). Había varias Mellarías en 
España; ésta se distinguía de las otras en hallarse situada en la 
costa del Estrecho, habiendo en ella una de las célebres alma- 
drabas ó pesquerías de atunes que establecieron los antiguos 
en toda aquella ribera desde Algeciras hasta el Guadalquivir. 



(i) Un caballero inglés de Gihraltar, M. Kent, poseía hace algunos años un ri- 
co monelario de Carteya y otras antigüedades extraídas de sus ruinas. — La Real 
Academia de la Historia tiene en su gabinete de antigüedades muy curiosos obje- 
tos de la misma procedencia. 

. (2) Pueden verse en el P. Flórez. Tomo i o, pág. 48. 

(3) Véase ú Estrabón. 



SEVILLA Y CÁDIZ l8l 



La pesca y arte de salar el atún, introducido desde los tiempos 
más remotos, según se colige de las medallas gaditanas en que 
está representado aquel pescado, era de gran rendimiento para 
todos los pueblos de almadraba. Hacíase la pesquería en los 
meses de mayo y junio, siendo todavía tan puntuales los atunes 
en acudir por este tiempo, que puede decirse lo tienen de natu- 
raleza. — No es poco interesante en verdad que desde el mar de 
Noruega vengan estos animales en boles de más de mil atunes 
en busca de las grandes corrientes del Estrecho para desovar 
en ellas, guardando en el caminar el mayor orden y concierto, 
huyendo de las aguas turbias, regalándose con el templado y 
fresco viento, y para gozar más de él, arrimándose á la costa, 
donde los esperan las redes y el cuchillo de los javegueros.— 
Pasado el pueblo de Mellarla, que es el punto de la costa más 
cercano á África, empieza á abrirse la gran valla de los dos 
continentes y se entra en el Océano. El puerto de la Bética ro- 
mana más inmediato es 

Belón, Bellone Claudia {despoblado de Bolonia). De esta 
población, no lejana de un río del mismo nombre {Belona^ hoy 
Barbate), sólo se deduce el sitio por los textos comparados de 
Antonino, Plinio y Solino, los cuales convienen en que era el 
puerto donde generalmente zarpaban las naves para pasar á 
África. Era de origen fenicio, y hubo en ella templo consagrado 
á Baal ó Bel (i). Sigue 

Bessipo (en las inmediaciones de los Caños de Meca). De 
los antiguos geógrafos se colige que estaba este pueblo entre 
el río Belona y el promontorio de Juno (Cabo de Trafalgar). 

No se divisan en toda la costa más que desiertos arenales: 
¡ni una ruin palmera, ni una mata de yerba que destaque sobre 
el blanco sudario de calcinada tierra que cubre las ruinas de 
tantas poblaciones, centros risueños de prosperidad y vida en 
otros tiempos! Y sin embargo, ¡cuan grandiosa es esta soledad; 



(i) V. la obra Iberia, Phcvnicea, del Dr. Villanueva. Dublin, 183 i, 



l82 SEVILLA Y CÁDIZ 



cuan fecunda la melancolía que del alma se apodera á la vista 
de estos dos océanos, uno de azules ondas, otro de secas are- 
nas, disputándose mutuamente por espacio de miles de años los 
olvidados desperdicios de las hechuras de los hombres! Allí se 
descubren, cuando el Océano retira sus aguas, dos moles infor- 
mes cubiertas de algas, que la tradición llama sepulcros de los 
Geriones. Son probablemente restos de túmulos célticos que 
duran aún atestiguando la nada de las humanas grandezas y el 
misterioso algo de las humanas aspiraciones. 

Promontorio de Juno [Cabo de Trafalgar). Aquí, según 
Tolomeo, no hubo población, sino sólo un templo dedicado á 
aquella diosa (i). Cruzando este promontorio, costeando al nor- 
oeste, y pasando por una población antigua cuyos vestigios aún 
subsisten en Conil, aunque su nombre se ha perdido, y dejando 
á un lado á Melgabro, se llegaba á una mansión llamada Ad 
Herctdem ó templo de Hércules. Llegábase después á la isla 

Erytheia (hoy Santi-Petri .'^), separada de Gadira, dice 
Estrabón, por un pequeño estrecho. Era tan feraz y hermosa 
esta isla, que los gaditanos la prefirieron á la suya propia, y 
atraídos por sus naturales halagos, fundaron en ella otra ciudad 
en contraposición de Gadira. Habíanla dado el nombre de Ery- 
theia los tirios, progenitores de los cartagineses: este nombre 
se hizo extensivo á la Isla gaditana, y desde entonces empeza- 
ron á llamarse ambas Erytheias. Aphrodisias las denominaron 
luego los griegos por la feracidad de su terreno y por el regalo 
y placeres que en ellas disfrutaban sus moradores; é islas de 
y uno ó Junonias sus mismos habitantes. 

En esta isla, y no en la de Gadira, sitúan algunos eruditos 
el famoso templo de Hércules, que nosotros hemos colocado en 
las cercanías del puente de Zuazo. Nos habríamos equivocado 
si pudiera probarse que eran de dicho templo las ruinas que 
dice Flórez se descubrieron en la orilla de la isla de Santi-Petri (2) 



(i) Promontorium a qiiofreiíini, in qiio Jiinonis templum. 

(2) Sancii-Petri, debería escribirse; pero seguimos el uso común. 



SEVILLAYCÁDIZ 1 83 



durante la baja extraordinaria de la mar en el año 1730, ruinas 
que luego volvió á cubrir el agua sin que conste hayan sido ex- 
ploradas nunca; pero la noticia que este anticuario nos trans- 
mite es harto vaga para excluir la idea de que aquellos restos 
hayan podido pertenecer á cualquier otra construcción (i). Por 
cierto no repugna que los griegos focenses, que tanto constru- 
yeron en estas costas y sus islas, dejasen allí algún templo 
como los que habían erigido en honor de la diosa Juno; y así 
parece indicarlo el nombre de yunonia aplicado á esta peque- 
ña isla. 

CoTiNusA, Tarteso, Gadira (hoy isla de Cádiz). El nombre 
de Cotinusa se le dieron, según Timeo, sus naturales, tomándolo 
sin duda de los fenicios : los griegos el de Tarteso, y el de Gadi- 
ra los cartagineses. Los mismos nombres, con otros más, llevó 
la ciudad de Cádiz, pues sobre ser comunes á ambas los de 
Erytheia, ApJirodisia y yunonia, que llevaba más propiamente 
la isla de Santi-Petri, se decoró en los tiempos de Balbo y bajo 
el Imperio con los dictados de Dydima y de Augusta yulia. 
Este último nombre fué el que prevaleció entre los romanos. 
Plinio la llama población de ciudadanos romanos (2) : honor que 
le fué concedido por Julio César, y que confirmó luego Roma. Ya 
antes había otorgado Pompeyo á Lucio Cornelio Balbo ese mis- 
mo honor de ciudadano romano, por los muchos servicios que á 
la República había prestado desde el tiempo de Q. Mételo y 
C. Memmio hasta las batallas Sucronense y Turiense (3), y el 
Senado lo había aprobado en el consulado de Léntulo y Gelio. 
Fueron los Balbos para Cádiz lo que algunos siglos después 
para las repúblicas italianas tantas otras familias en la historia 



(i) Admira en verdadque el buen criterio del P. Flórez haya dormido en esta 
ocasión hasta el punto de querernos persuadir como que el referido Templo existe 
debajo del agua todo entero, manteniendo, ni más ni menos, la forma misma con 
que nos le representan las antiguas medallas, sus cuatro columnas, su frontón y 
su escalinata. Véase Esp. Sagr., trat. 31, cap. 2. 

(2) Oppidiim civiiim romanorum, quod apellatur Augusta, urbs Julia Gaditana,. 

(3) Véase la oración 36 de Cicerón en favor de L. Cornelio Balbo; á quien se 
disputaba esta concesión. 



1 84 SEVILLA Y CÁDIZ 



ilustres, que, debiendo al comercio sus riquezas, llegaron á ejer- 
cer en ellas una saludable aunque omnímoda autoridad, haciendo 
refluir su prosperidad sobre el suelo en que se había mecido su 
cuna. Aquella hermosa Gadira, escala del comercio del Océano, 
emporio de los más codiciados productos del Occidente, merca- 
do donde compraban las gentes de Asia, África, Italia y Grecia 
el estaño de las Cassitérides y el ámbar del Báltico, voluble é 
inconstante con todas las razas, atenta sólo á sus ganancias, se 
había siempre puesto de parte del más poderoso: infiel á los 
fenicios al preponderar los cartagineses, traidora con éstos al 
verlos vencidos por los romanos, sólo al sólido poderío de Roma 
guardó lealtad no desmentida, y entonces fueron sus más esplen- 
dorosos días, porque logró ser la ministra de muchos goces del 
pueblo rey y de sus señores. Lo que fué Venecia y es hoy París, 
llegó á ser Cádiz para la estragada juventud romana: allí encon- 
traban las viviendas marmóreas de sus mercaderes convertidos 
en príncipes, allí las delicias de la gastronomía, del baile, de los 
espectáculos, disipaciones de todo género en lo más clásico y 
selecto del vicio. Y no sólo los bulliciosos jóvenes, sino hasta los 
mismos filósofos adustos, acudían á Cádiz á gozar de los atrac- 
tivos de la naturaleza, porque su sol y sus brisas eran reputados 
en lo antigfuo como maravillosamente benéficos: todos los escri- 
tores decantaban sus incomparables ventajas, y mientras los unos 
se recreaban, como Petronio y Marcial, con las improbes gadita- 
nce que ejecutaban las orientales danzas lascivas, los otros, como 
Apolonio, Solino y Artemidoro, se abstraían en conjeturas acerca 
de las periódicas pulsaciones del poderoso Atlántico (i). 

Con las mercedes y privilegios que de Roma alcanzó la rica 
abastecedora de salazones y bailarinas, creció tanto su vecinda- 
rio, que dice Estrabón llegó á tener quinientos équites romanos (2), 



(t) Apolonio creía que las aguas eran periódicamente absorbidas por vientos 
submarinos; Solino suponía que hacían lo mismo con ellas los grandes animales 
que el mar alberga en su fondo ; Artemidoro entendía que el disco del sol aumen- 
taba cien veces de volumen al hundirse en el gran depósito de las aguas. 

(2; Entraban en éstos sólo los principales y nobles. 



1 8b S E V I L L A Y C Á D I Z 



número que, fuera de la gran corte del Tíber, ninguna otra 
ciudad mas que Padua podía ostentar. 

Habiendo los romanos repartido el gobierno de la Bética 
en cuatro conventos jurídicos, cúpole á Gades ser uno de ellos, 
y su jurisdicción se extendió á la Mauritania Tingitana por 
concesión del emperador Otón, sucesor de Galba. Tenía los 
mismos ministros y oficios de justicia que Roma, y es de pre- 
sumir que ninguna ciudad de España se le acercase tanto como 
ésta en el esplendor de los edificios, pues vio erigir palacios, 
fortalezas, altas torres, ricos y espaciosos templos, comicios, 
erarios, trofeos, plazas, arcos, pórticos, pirámides, estatuas, 
columnas , agujas y obeliscos , acueductos , teatros , anfitea- 
tros, y cuantas construcciones pueden hacer famosa una ciu- 
dad. — Deben mencionarse como de las más notables entre 
estas: el arrecife ó calzada que desde la ciudad iba hasta Roma, 
pasando por Sevilla, Mérida, Ciudad-Rodrigo, Salamanca, León, 
Francia é Italia, con ramales que le unían á otras poblacio- 
nes no menos importantes ; y el gran acueducto del Tempul, 
que desde las sierras de Ronda, distante más de trece leguas 
de camino peñascoso y áspero, de altos cerros y valles profun- 
dos, ya formando caños sobre pilares fortísimos, ya taladrando 
peñascos y colinas, ya corriendo por lo llano sobre un lecho de 
dura argamasa en cauces de piedra para que no adulterasen el 
cristalino raudal las corrompidas humedades de la marisma y 
lagunas intermedias, venía hasta la Isla, y antes de entrar en ella 
era recibido por un macizo puente gallardamente tendido sobre 
el brazo de mar que hoy llamamos de Santi-Petri (i). — Era este 



(i) El acueducto del Tempul llegaba hasta tocaren el arrabal de Gades, va- 
ciándose en siete grandes albercas, de donde se repartía el agua por toda la ciu- 
dad. Horozco atestigua haber visto algunas de estas albercas, que permanecían 
en su tiempo tan enteras como si hubieran pasado por ellas muy pocos años. No 
sabemos si hoy existen. Hallábanse junto al lienzo de la muralla y donde estaba 
la puerta llamada del muro, hoy Puerta de tierra. Tenía cada alberca 200 pies de 
largo y 70 de ancho. Ocampo y otros autores afirman que se edificó este soberbio 
acueducto á costa de Cornelio Balbo, á propósito de lo cual opina el ya citado Ho- 
rozco, que no lo pagaría precisamente de sus fondos particulares, sino que man- 



SEVILLA Y CÁDIZ 



puente el que hoy en parte aún dura con el nombre de Puente 
de Zuazo. Supónese su primera edificación obra de fenicios ó de 
cartagineses: su fábrica era de muy grandes losas, trabadas unas 
con otras sin mezcla alguna de cal ó mortero ; su longitud de 
trescientas varas, su anchura de diez ; corría el agua por tres 
ojos solamente, dos de ellos tan anchos, que pasaban por allí las 
naves de mayor porte. — Horozco asegura que cerca de las 
albercas en que vertía el acueducto del Tempul se descubrían 
en su tiempo todos los cimientos y paredes de un teatro entera- 
mente circular, de 120 pies de diámetro y 360 de circuito, con 
muros de fortísima mampostería de tres varas de espesor. Aña- 
de que la gente decía que sus mayores habían conocido este 
edificio casi entero, con muchas gradas, algunas columnas, y una 
torre allí cerca, y que todo inconsideradamente se había desba- 
ratado para aprovechar sus piedras en otras construcciones mo- 
dernas. No sabemos si sería este el teatro que supone Flórez 
edificado por Balbo, y que en tiempo de Dión mantenía este 
nombre : teatro ilustrado con la presencia de Augusto en el 
año 741 de Roma, y dedicado con públicos y magníficos espec- 
táculos á la poderosa metrópoli á quien tanto encumbramiento 
debía aquel desinteresado varón. 

Otra grande obra de los romanos en Gades fué el anfiteatro 
y naumaquia, cuyas ruinas aún subsistían en el siglo xvi, ma- 
nifestando la forma y tamaño de su planta , desde la ermita 
de Sta. Catalina hasta la isleta de S. Sebastián. Divisábanse 
entonces sobre la Caleta los cimientos en pié, al paso que al 
otro lado de la mar, hacia el mediodía, todo aparecía gastado 
y deshecho hasta la arena de la gran mole. Según las noticias 
que en aquella época se consignaron , esta soberbia construc- 
ción era oval, de 450 varas de longitud y 150 de anchura: exce- 



daría él hacer la fábrica durante su consulado, ó alcanzaría del Senado, ó de los 
emperadores en cuyo tiempo fué cónsul, que la mandasen hacer, y él daría al 
efecto la industria y la traza, y aun ayudaría quizás en parte con su propia ha- 
cienda. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



día en magnitud y en importancia á los anfiteatros de Sagunto, 
de Itálica, de Toledo, de Mérida, de Cartagena y de otros puntos, 
y aventajábase además á todos estos respecto de la comodidad 
para los juegos á que estaba destinado, pues servía á un mismo 
tiempo para las lides en la arena y los combates en el agua: 
espectáculos que en ocasiones solemnes se entremezclaban y al- 
ternaban, como se verificaba en Roma con asombro del pueblo 
y recreo de los emperadores. 

Al hablar del anfiteatro de Itálica, indicamos sumaría y lige- 
ramente la disposición general de estas construcciones. Con la 
misma brevedad la completaremos ahora. Por lo que fijé el Co- 
liseo de Roma, edificado por Vespasiano y Tito con el propio 
objeto sobre las ruinas del famoso anfiteatro de Nerón, puede 
colegirse que si el de Cádiz tuvo realmente la magnitud que se 
supone, no dejaría de estar decorado interior y exteriormente 
con arquerías, pórticos, columnas, epistilios, zóforos, coronas, 
pinturas, estatuas y cuanta donosura ostentó el arte en aquel 
admirable modelo, y en las imitaciones que sugirió la identidad 
de gustos y costumbres en Verona, Capua, Puteólo, Alba, Istria, 
Arles y Nimes. 

El pueblo gaditano es como el romano, caprichoso : le cansan 
á veces los espectáculos sangrientos ; denle representaciones 
grandiosas y de maravilloso efecto. Conviértase de repente en 
enmarañada selva la descampada cavea, abriéndose por medio 
de ingeniosas combinaciones subterráneas y brotando como por 
encanto centenares de árboles corpulentos y poblados; retiemble 
la improvisada floresta con los ecos de las trompas, los gritos 
de los cazadores y los rugidos de las fieras; salgan éstas de sus 
antros y cúbrase la escena de toda clase de alimañas en que la 
singularidad de las especies excite la curiosidad del espectador 
indiferente; trueqúese de súbito en laguna la seca arena ó el sil- 
vestre bosque, y sucedan á las lides terrestres de los hombres 
entre sí y con los voraces animales, fieras acometidas de mons- 
truos marinos; ó poblándose el agua dé voladoras galeras, trá- 



S E V I L L A Y C Á D I Z 1 89 



bense combates navales y sangrientos abordajes, ó danzas ma- 
rítimas, nuevas y apacibles, de nereidas y tritones (i). 

Como edificado junto al mar, tenía el anfiteatro de Cádiz la 
ventaja de ofi'ecer cómoda vista cuando se celebraban grandes 
fiestas navales en la Caleta, pues presentaba también varios ór- 
denes de asientos hacia aquella parte. 

Aunque tan hecha la fenicia Gades á los usos y costumbres 
de los romanos, nunca perdió del todo su carácter oriental pri- 
mitivo, haciendo de él ostentoso alarde en tiempo del mismo 
César, que la declaró municipio, y bajo los emperadores que 
enseñorearon la España, como lo prueban sus medallas selladas 
con los tipos y caracteres de los antiguos cuños greco -fenicios. 
Perseveró siempre en Gades la religión y culto de esta misma 
procedencia, de que hicimos ya mención describiendo su famoso 
templo de Hércules, puesto que escritores del siglo iii, como Fi- 
lóstrato y Eliano, nos refieren que veneraban los gaditanos de su 
tiempo á la senectud y á la mtierte, y que en aquel histórico tem- 
plo tenían aras separadas el héroe egipcio y el tebano, ambas 
de bronce, aunque ninguna con estatua, añadiendo Silio que los 
trabajos de Hércules estaban allí representados en figuras de 
relieve. 

Frontero á Gades, en lo más retirado de la curva costa que- 



(1) El Excmo. Sr. D. Juan Gualberto González, elegante traductor y comenta- 
dor de las Églogas de Calpurnio (Véase el tomo II de sus recomendables Obras en 
verso y prosa. Madrid, i 844) ilustró con eruditas y oportunas notas la descripción 
que en la égloga séptima hace Coridón á Licotas de las magníficas fiestas que en 
tiempo de Carino se dieron en el anfiteatro de Vespasiano, conocido vulgarmente 
con el nombre de Goloseo ó Coliseo. Justo Lipsio, Onufrio Panvinio, Bulengero, el 
marqués MalTei, le han suministrado curiosas noticias, de las cuales resulta que 
los emperadores trataron de aventajarse unos á otros en la magnificencia de los 
espectáculos; que Nerón dio el de una gran" cacería, después de la cual se cubrió 
la arena de agua, bastante para sostener una escuadrilla de buques de á cuatro 
bandas de remos, que trabaron un combate ; que después quedó en seco y comba- 
tieron en ella gladiadores, acabado lo cual, volvió á inundarse, y continuó así 
durante el magnífico banquete que dio el emperador á todos los espectadores; que 
finalmente hubo naumaquias en tiempo de Augusto, de Calígula, de Domiciano y 
otros emperadores, espectáculos amenizados con lluvia de aguas olorosas que 
por conductos secretos rociaban al público durante la función. 



190 SEVILLA Y CÁDIZ 



ciñe al nordeste su espaciosa bahía, bañándose en las aguas de 
esta y del Guadalete, alzábase como uno de los más codiciados 
ingresos á las risueñas poblaciones de tierra adentro, el Min 
Asta (puerto de Asta), ó 

Puerto Menestheo (hoy Puerto de Sta. María) , cuyo 
nombre púnico estropearon los griegos, guiados más que de su 
significación, de su sonido, dando margen á que se le creyese 
fundado por un heleno que probablemente ni existió (i). Saliendo 
de este puerto y siguiendo la costa de la bahía al sur, se llegaba 
á la boca de otra bahía interior, donde fondearon Magón con su 
escuadra y Julio César con sus veloces galeras. 

Si los estuarios del Chryso ( Gtiadiaro F) tenían sus vigías y 
sus defensas, ¿cómo no había de tenerlas el sacro Betis? Éralo 
de este, al mismo tiempo que benéfico faro para los que saliendo 
de la bahía gaditana buscaban la entrada del Guadalquivir, la 
que llamaron los fenicios roca del sol [Cap EonJ; nombre que, 
corrompido por los griegos y los romanos (2), siempre desde- 
ñosos con las lenguas extrañas, se convirtió en 

Torre de Capión ó Turris Capionis (hoy la Salmedina). 
Esta torre se hallaba, según testimonio de Estrabón, fundada so- 
bre un peñasco batido por el agua ; era su fábrica admirable, y 
servía como de faro á los navegantes. Algún antiguo geógrafo 
la llama sepulcro de Ccepion (3), y la sitúa más sobre tin peñasco 
que sobre u?ia isla. No es esta propiamente hablando, como al- 
gunos han supuesto, la situación que hoy presenta Chipiona, que 
ocupa por el contrario en la playa del mar un llano y agradable 
asiento; Chipiona fué la Ara yunonis de Pomponio Mela, lla- 
mada así por un templo famoso que allí tenía la diosa Juno. Su- 
pónese también que donde descuella hoy Chipiona asentó en los 



(i) El nombre de Meueslheo parece por otra parte un compuesto de Menes y 
íhis ó Menes y teut., y en tal caso, queda campo abierto acerca del origen de dicha 
población á otras suposiciones. 

(2) Tou KaTiíOjvor Tiupyo^: Ccepionis íiirrís. 

(3) Mela, lib. III, cap. i . 



S E V I L L A Y C A D I Z I9I 

remotos tiempos la ciudad de Eubora, que Mela llamó simple- 
mente castillo, y que los cosmógrafos modernos denominan 
Eóoj^a de los Tai^tesios para que no se confunda con otras Ebo- 
ras que había en la península. Pero esto es erróneo, porque los 
vestigios de Ebora se encuentran, con su propio nombre, en el 
mismo lugar que señaló Estrabón, junto á la orilla del Betis. 

Á un cuarto de legua de Chipiona, el santuario de Regla 
lleva en su rico enlosado de mármoles un irrefragable testimonio 
de que no estuvo despoblada esta parte de la ribera bajo la do- 
minación romana. «En el mes de noviembre de 1694 (léese en 
un viejo manuscrito del P. S. Clemente), habiendo batido la 
mar con desusada furia la arenosa playa cercana al promontorio 
de Regla, dejó descubiertos varios sepulcros de mármol de for- 
ma de cofre. Contenía cada uno de ellos dos urnas de mediana 
magnitud, la una llena de cenizas, la otra vacía. Había allí tam- 
bién monedas. Hallábame yo á la sazón enfermo en Sanlúcar y 
no me fué posible ir á reconocerlos; pero los PP. Agustinos de 
Regla me enviaron las monedas con todas las noticias necesarias 
y me preguntaron á qué época y nación podían pertenecer aque- 
llas sepulturas. Contesté que todas eran romanas y de época 
anterior al nacimiento de Jesucristo.» De estos sepulcros se hi- 
cieron losas para solar la iglesia de Regla. ¿Quién sabe si aque- 
llas mismas urnas funerarias no eran una anterior transformación 
de otras reliquias, ruinas quizá de los antiguos templos de Ve- 
nus y Juno que en aquella costa habían existido (i)? 

LucENDUBiA ó Lux DUBiA, Ó Fanum Lucifer^ [Safilúcar). 
En el brazo occidental del Betis y en su desembocadura en la 
mar, alzábase el templo del Lucero ó de la Lucífera Venus, lla- 
mado también Lttz dudosa. Existen medallas que autorizan todas 
estas denominaciones: presentan unas una grande estrella dentro 
de una corona de mirto; otras la cabeza de Vulcano; otras un 



(i) Afírmalo, aunque no sabemos con que fundamento, F^r. Pedro de Molina 
en su crónica de la casa de Medina Sidonia. 



192 SEVILLA Y CÁDIZ 



busto de frente, cercado de rayos; — símbolos todos de la estrella 
de Venus, 'Wd.viVdiád. phosphoros ó Lucifer cuando antecede al sol, 
y héspero por la tarde : estrella de luz dudosa en la hora del cre- 
púsculo. 

Hemos nombrado las poblaciones principales que conocieron 
los cosmógrafos romanos en la costa de la provincia de Cádiz. 
Pasemos á dar razón de algunas ciudades notables del interior. 



CAPÍTULO X 



De otras poblaciones en lo interior de la provincia romana: Asta. — Asido. — 
Ceret. — Arci. — Carissa. — Lastigi 




AS marismas ó estuarios de la Bética proporcio- 
naban fácil comunicación á estos pueblos entre 
sí. Hoy con las inundaciones, guerras y olvido 
de los naturales, están lastimosamente cegadas 
y perdidas las marismas abiertas por los antiguos; 
pues es de notar que no eran solamente estas las 
tierras bajas y palúdicas que suele cubrir la mar en 
su creciente, sino que además se facilitaba la entrada á sus 
aguas con obras artificiales, como fosas y caletas, con lo cual 
quedaban á una gran distancia tierra adentro accesibles á las 
naves muchos centros de población que de otro modo habrían 
carecido de las ventajas del comercio marítimo. Navegábanse 
unas y otras marismas como si fueran ríos, con barcos pequeños 
y grandes, de manera que todas las ciudades mediterráneas eran 
en cierto modo puertos, formando aquellos estuarios una exten- 



1 94 S E V I L L A Y C Á D 1 Z 



sa red de canales (i). Comunicaban además estos canales con 
los ríos, y entre unas y otras aguas descollaban las florecientes 
moradas de los fabricantes, mercaderes, extractores y traficantes 
de todo género. Aún se reconocen en todo el término que corre 
desde el Guadalquivir al Guadalete al mediodía de las Cabezas 
de S. Juan y de Lebrija, reliquias de aquellas útilísimas comuni- 
caciones, á las cuales da la gente del país el nombre de Cafios. 
« He visto con observación el sitio de Jerez y su comarca, dice 
un erudito anticuario del tiempo de Felipe III;... consultáronse á 
instancia mía el maestro mayor con los demás diputados por 
orden de su majestad para la fábrica de las torres que en esta 
costa de nuevo se han hecho y fortificado para su defensa, y 
que para dicho efecto una y muchas veces han corrido esta tie- 
rra, y más particularmente la de Lebrija y Sanlúcar hasta Jerez 
y Guadalete por orden de la ciudad, para considerar cómo y 
dónde se podría llamar el río Guadalquivir al Guadalete, resti- 
tuyendo la oportunidad de la navegación antigua de tanto inte- 
rés, no más desta comarca que de todo el reyno. Y todos ellos 
afirman que Jerez está situada en medio de los esteros y cerca- 
da dellos por todas partes, así de los que del Guadalquivir 
vienen por Lebrija y la Mesa de Asta, como de los que desde 
Sanlúcar y Rota entran por aquella marina hacia Jerez y Gua- 
dalete hasta el Portal, y los que de Medina y Chiclana corren 
del mar y de Guadalete (2).» De manera que el viajero que se 
dirige á Jerez, de cualquier parte que vaya, atraviesa esteros y 
marismas cegados, y se puede con fundamento presumir que 
así como en los Países-Bajos están las poblaciones unidas entre 



( I ) /Eshiciria hxc vocanl, ubi cavííatcs nuxri impida: fhiiuinum instar Jacultatem 
naveoandt in mediain ierram, el urbes in ea sitas ■prxbenl. Naveoalionibus aittem 
non flumina modo inservtunt sed et cestus effiísiones amnium símiles, per quas eodem 
modo navigaíur á mai i non exigiiis tantum sed inagnis quoque lembis ad urbes me- 
diterráneas. Adjiívant fossce quibusdam locis actcv, per quas multis de locis bine 
inde merces trahuntur, et inter íncolas et ad exteros. Estrab., lib. III. 

( j) Nombre, sitio y antigüedad de Jerez de la Frontera, por el P. Martín de Roa; 
cap. IV. 



SEVILLAYCADIZ iq". 



SÍ por medio de canales y ferro-carriles, estaban en tiempo de 
los romanos enlazadas unas con otras las ciudades de las tierras 
bajas fertilizadas por el Guadalquivir y el Guadalete desde Ne- 
brissa hasta más allá de Asido. Entre las que disfrutaban de 
esta ventajosa situación, se distinguían Asta regia, Asido, Ceret 
y Arci. 

Asta regia (hoy Mesa de Asta) (i). Era sin disputa la más 
célebre de cuantas descollaban en los esteros del Betis. Hallá- 
base por el agua en comunicación con Nebrissa (Lebrija) y el 
Betis hacia el norte, con Jerez y el Guadalete hacia el mediodía. 
Por otra parte, los restos de canales cegados que se descubren 
en la dirección del Portal á Sanlúcar y á Rota, y en la línea del 
Guadalete á Medina Sidonia y Chiclana, manifiestan que desde 
Asta se podía navegar á cualquier punto de la costa sudoeste 
de la Bética. En Asta era donde celebraban sus juntas ó asam- 
bleas los turdetanos (2). Mela la llama Colonia Asta; Plinio la 
numera en el convento de Híspalis y la denomina Colonia 
regia. 

Ocupaba un llano sobre un pequeño collado, que hoy retie- 
ne su nombre y sus ruinas (3): sus campos eran fértiles, aunque 



(i) Estrabón fijó claramente su situación con sólo decir que las crecientes del 
mar eran tales en sus marismas, que llenándolas de ríos, permitían desde ella na- 
vegar hasta las poblaciones inmediatas, pues esto se verifica en el terreno donde 
está la Mesa, de Asía. 

Morales la coloca equivocadamente entre Jerez y el Puerto de Sta. María. 
Mariana hace la misma reducción. El P. Hierro la reduce á un sitio llamado el 
Cortijo de Ébora. Caro en su Convento jurídico la sitúa con el P. Flórez más acerta- 
damente entre Jerez y Trebujena. El P. Roa se esfuerza en probar que el asiento de 
la antigua colonia de Asta no es otro que el de Jerez de la Frontera; pero rebate 
esta opinión el P. Flórez patentizando el error en que incurrió aquel erudito histo- 
riógrafo sobre el Itinerario de Antonino. Don Adolfo de Castro manifesta que sólo 
en la Mesa ie Asta concurre la circunstancia que señala Estrabón. 

(2) Ad cvstuaria autem Asta, vi qtiam Turdetani conveniunt, dice el geógraío 
griego. 

(3) En I I de mayo de i 870. el distinguido bibliófilo y anticuario D. Adolfo de 
Castro dio cuenta en el seno de la Comisión de monumentos históricos y artísticos 
de la provincia de Cádiz, de haberse descubierto, con motivo de unas obras que se 
estaban haciendo por cuenta de la provincia en los contornos de la Mesa de Asta, 
dos grandes leones de piedra, de los cuales uno había desaparecido y otro se ha- 
llaba en poder de un sujeto que lo había adquirido. Entabláronse negociaciones 



1 96 SEVILLAYCÁDIZ 



sólo tenían abundancia de buen agua en lo bajo del sitio. Ilús- 
trala el recuerdo de la gran derrota que en su campo sufrieron 
los lusitanos por Cayo Atinio, gobernador de la España ulterior, 
en el consulado de Albino y Filipo (año 190 antes de Jesucris- 
to). El general victorioso, vencidos y ahuyentados los enemigos, 
tomó la ciudad, pero fué á costa de la vida, porque herido de 
muerte al escalar el muro, falleció dentro de Asta de allí á 
pocos días. Durante la guerra civil entre César y los partidarios 
de Pompeyo, hubo entre los caballeros romanos de Asta una 
gran conspiración para pasarse todos al campo del afortunado 
dictador; pero fueron descubiertos por un esclavo, y presos la 
mayor parte de ellos; sólo tres, Aulo Bebió, Cayo Flavio y 
Aulo Trebelio, lograron fugarse, y ricamente ataviados ellos 
y sus caballos, cubiertos todos de plata, se pasaron al real de 
César (i). 

Asido [Medina Sidonid) Es muy común atribuir la fun- 



con éste á (ín de que lo cediese para aquel .Museo arqueológico, á la sazón en pro- 
yectó; el gobernador de la provincia, animado del mejor deseo, se brindó á com- 
prarlo; el dueño del león se mostró moderado en sus exigencias: pero no sabemos 
qué término tuvo aquel asunto. 

(i) Hircio, De bello hisf., cap. 26. 

La familia de los Bebios fué de las más ilustres y poderosas de aquellos tiempos 
dentro y fuera de España. Supónese que el primero de esta familia que vino á 
nuestra península fué Marco Bebió Panfilo, con el cargo de pretor (190 añosantes 
de J. C). Además del Aulo Bebió que en Asta se pasó á César, sobresalieron en 
España dos Publios Bebios, padre é hijo, que hicieron un hermoso puente en el río 
Javalón; L. Bebió Pardo, de quien habla en sus Auiioüedades el maestro Ambrosio 
de Morales por el epitafio que puso en Morvedre á Gemina Mirsina; Bebió Probo, 
andaluz, que fué ministro de Aulo Cecilio Clásico, procónsul en la Bética y con él 
condenado en Roma por varios cohechos; Marco Bebió Astigitano, patrono de mu- 
chos libertos, padre de Sabina y de Crispina, hombre de gran caudal, de quien 
hace memoria una inscripción que publica el P. Roa; y por último, Lucio Bebió 
Hermes, uno de los seis varones del colegio augusta!, cuya lápida funeraria exis- 
tente en Cádiz dice así : 

L. B.KBIVS. MERMES 

lililí. VIR. AVi;VSTAl.IS. 

ANN. IIII. K. S. II. S. E. 

L. B^BIVS. HERMA II 

VR. OPTVMO. PATRONO 

D. F. D. 




SEVILLA. — Fachada del Alcázar 



198 S E V 1 L L A Y C Á D 1 Z 



dación de Asido á los fenicios de Tiro y de Sidón, sin más 
razón al parecer que la analogía entre los nombres Sidó?i y 
Asido ^ sin embargo, como el nombre antiguo que por las me- 
dallas nos consta no es Sidón ni Sidonia, sino Asido^ lo único 
que con certeza se puede afirmar es que esta ciudad debió su 
existencia á las gentes de Oriente que trajeron á España el 
culto de Apis, de Isis y de Osiris. Así lo acreditan sus antiguos 
bronces, en algunos de los cuales claramente se descubren el 
buey, el sol y la luna, ídolos famosos entre los turdetanos des- 
pués que admitieron las teogonias egipcia y fenicia. El nombre, 
recuerdo de la Sidón fenicia, pudo deberlo á los árabes palesti- 
nos que ocuparon esta región militar, llamada por ellos Füistín 
ó de los filisteos. 

Cuando los romanos dominaron la Bética, concedieron á 
Asido el honor y categoría de Colonia, añadiéndole el adjetivo 
de CcBsariana después de la guerra de César con los hijos de 
Pompeyo. 

Aun rodeada por todas partes de canales y marismas, no 
era Asido propiamente hablando ciudad de los esteros del Betis. 
Como ciudad colocada en alto, no tenía corriente que bañase 
sus muros; pero serpenteaban las aguas al pié de la mesa en 
que está fundada, y su posición era favorable por preservarla 
de los vientos del norte la cortina de la sierra, y militarmente 
ventajosa atendido el sistema de fortificación de los antiguos, 
sin que fuera posible batirla con catapultas y máquinas arroja- 
dizas por la considerable distancia á que tiene sus montes. Des- 
cúbrense con frecuencia en el terreno donde está asentada 
Medina Sidonia lápidas, fragmentos de estatuas, y otros vesti- 
gios que demuestran hubo allí una ciudad romana de importancia. 

Nuestros historiadores de los siglos xvi y xvii, tan dados á 
consignar como realidades sus fantasías, suponen que los anda- 
luces aborígenes ó turdetanos tenían en esta ciudad, construido 
por los fenicios, un famoso templo consagrado á Hércules, 
anterior y rival en maofnificencia del de Cádiz. 



S E V I LL A Y CÁDI Z iQf) 



Ceret [^Jerez de la Fi'ontera). No hicieron mención de ella 
los geógrafos antiguos, pero que hubo población de este nombre 
anterior á los godos, se evidencia con las medallas. El Padre 
Flórez tenía en su colección una muy singular, que presenta 
entre dos espigas batido en cobre el nombre de Ceret. — Las 
que el vulgo llama ruinas de Cera y torre de Sera, si bien caen 
á cierta distancia de la actual ciudad de Jerez, no pueden tomarse 
como indicio de haber sido otro el asiento de la Ceret romana, 
porque pudo ser aquello una aldea de la población principal y 
llevar su mismo nombre. 

Otras ruinas sin nombre determinado se registran por aque- 
lla comarca en una y otra banda del río y hacia el paraje donde 
le entrega su modesto caudal el Majaceite. La exploración de 
tales vestigios sería empresa digna de un gobierno ilustrado, y 
en que ciertamente no se fatigarían en vano los anticuarios espa- 
ñoles, porque es tal la abundancia de esos preciosos restos, que 
muy en breve se recogería el fruto de las investigaciones. Hace 
ya un siglo que una autorizada pluma dio aviso de esta abun- 
dante cosecha de noticias preciosas para la historia y para el 
arte allí lastimosamente abandonada, y nadie que sepamos se ha 
acercado á explorarla. Sin embargo, en aquel territorio hoy casi 
desierto han debido abundar las poblaciones, justificando la pro- 
vincia de Cádiz mejor que otra ninguna el distintivo de nación 
de mil ciudades (i) aplicado á España. 

Un erudito é ingenioso escritor gaditano cree indudable que 
el nombre de Ceret, corrompido en CeritiuTn ó Seritium, y más 
tarde en ^erez, viene de la voz Ceres {Ceretis)^ nombre de una 
ciudad de Toscana, célebre por sus excelentes vinos. El vino 
ceretano, dice, fué cantado por Marcial. «Los llanos de Caulina 
¿por qué se llaman así sino porque en una parte de ellos, y en 
sus contornos, hay viñedos, que producirían un vino semejante 



(i) Spania, qiiam imus e\ philosophís chiliopolim esse asscriiit. Anón. Raven. 
libro 4, cap. 42. 



200 SEVILLA Y CÁDIZ 



al caulino, que se criaba en un campo junto á Capua y que tanto 
elogia Plinio?... (i) » 

Arci [Arcos de la Frontera). Esta era la famosa colonia 
de los arcenses nombrada en la dedicación de los barqueros de 
Híspalis á Sexto Julio Posesor, tribuno de la legión fulminatrix, 
de que hicimos mérito al hablar de cierta lápida existente en la 
Giralda de Sevilla. En tiempo de Plinio, cuando todavía no era 
colonia, llevaba el nombre de Arci. Situada esta población sobre 
la alta mesa en que termina un estribo de la sierra de Jibalbín 
que se prolonga hasta tocar en la corriente del Guadalete, pre- 
sentaría en los tiempos antiguos, cuando la embellecían los edifi- 
cios públicos propios de toda colonia, el aspecto de una hermosa 
leona al acecho, trepando cautelosamente hacia el tope de la 
montaña para registrar la campiña y lanzarse de un salto sobre 
la descuidada presa. Vista por el lado del río, en efecto, todavía 
conserva Arcos una posición imponente y amenazadora : el decli- 
ve que le sirve de base, y que por el norte comienza de un modo 
insensible en la rasa campiña, termina al mediodía en un tajo 
perpendicular de elevación inmensa. Desde arriba se hunde la 
mirada con involuntario pavor en un profundo abismo, donde 
más que murmurar parece gemir serpeando el lóbrego Guada- 
lete, cuyas desiertas y secas márgenes contrastan con la exube- 
rante gala de la vecina llanura. Mirada por el ocaso, por donde 
no presenta agujas ni campanarios y sí sólo una larga y undosa 
línea de muros y robustas torres cuadrangulares, parece la esfin- 
ge tebana echada de pechos al borde del precipicio, desenvuelta 
la cola por la sinuosa pendiente. Hoy toda la ciudad viene á 
quedar reducida á una sola y larga calle, porque con el tiempo 
se ha ido insensiblemente desmoronando la montaña por sus dos 
costados ó vertientes, y de la antigua y bella esfinge queda, 
digámoslo así, sólo el esqueleto, sólo la prolongada columna de 
sus vértebras. 



(i) D. Adolfo de Castro. Obr. cit.. lih. I, cap. I. 



S E\M I. L A Y C A D I Z 201 



En medio de la halagüeña y poética soledad que reina en 
torno, se escucha la misteriosa voz de las carcomidas piedras pro- 
poniendo al viajero el insoluble enigma de su origen. ¿Quién me 
hizo? dice la vetusta reina del collado; y el anticuario la mira de 
hito en hito, registra con ávidas miradas aquella especie de acrópo- 
lis, los cimientos de sus muros, sus inscripciones, sus monedas, los 
fragmentos de sus esculturas (i), sus antiguas minas y canteras, 
los inmediatos cerros donde en otro tiempo todo debió ser vida 
y bullicio (2), y donde ahora todo es silencio como el que reina 
entre los despojos de un campo militar al día siguiente de una 
sangrienta batalla; y vienen los historiadores fabulistas y dicen 
que Arcos se llamó antiguamente Arcobriga y fué fundación de 
aquel famoso rey Brigo (3), hijo del rey Idubeda, que no con- 
tento con haber edificado en España innumerables poblaciones, 
castillos y fortalezas, derramó sus gentes por el Asia, por la 
Italia y por la grande isla que tomó el nombre de Hibernia ; y 
llegan los historiados crédulos y fáciles de contentar, y aseguran 
que Arcos fué poblada por los fenicios, que le dieron el nombre 
de Tiro (4): y preséntanse por último los historiadores de mejor 



(i) « Hanse hallado en esta ciudad y en su término muchas inscripciones de 
«diversas formas en varias losas: unas por estar quebradas, otras por estar las le- 
wtras muy gastadas, se ha hecho poco caso de ellas. ídolos y monedas de plomo, 
«bronce, plata y oro, siempre se han descubierto muchas y se hallan hoy.» D. Pe- 
dro Gamaza — Descripción de la muy noble y leal ciudad de Arcos de la Frontera^ 
virtiidy esjuerzo de sus pobladores : obra inédita, que forma el tomo 5."' de la Co- 
lección mss. de Gíisseme, en la Real Academia de la Historia. 

(2) Hay vestigios de haberse trabajado en el término de Arcos muchas minas 
en la antigüedad. El cerro del Tesdrillo es todo él de escorias de plomo, y hacien- 
do allí exploraciones se han encontrado tres hornos de fundición de ventanillas en 
muy buen estado. En el cerro de la Horca se trabajaban minas de oro y plata: en 
el año I 84 I se encontraron en él caños obstruidos, monedas de cobre gastadas, 
candilejas de barro con caracteres desconocidos y figuras bien trazadas. En Sierra 
Aznar hay tradiciones de encontrarse ricas minas, y supónese que existió allí an- 
tiguamente, ádos leguas de Arcos, una población llamada Aznicar, cuyos vestigios 
puede aún reconocer el viajero. 

(3) Ocampo, siguiendo á Juan de Viterbo y su Beroso : Crón. gral., lib. i, ca- 
pítulo vil. 

(4) Guillermo de Choul, traducido por el P. .Mtro. Baltasar Pérez del Castillo 
dice en sus discursos sobre la religión de los antiguos romanos, que éstos acre- 
centaron la ciudad de Arcos, la cual había sido poblada por los fenicios y recibido 
de ellos el nombre de Tiro. 

26 



202 SEVILLA Y CÁDIZ 



crítica y explican que aun cuando Arcos hubiese llevado antigua- 
mente el nombre de Arcobriga, lo cual no puede probarse (i), 
esta denominación sólo podría ser á lo sumo, indicio de su origen 
turdetano ó ibérico (dígase si se quiere céltico ó pelásgico); que 
briga en el idioma primitivo de los españoles equivale al burghy 
borough y bzwrow de los pueblos germánicos y al Trjpyor de los 
griegos, todo lo cual quiere decir ciudad, población, burgo; que 
aunque Arcos haya sido fundada en los tiempos más remotos, 
no es fácil averiguar á qué gentes debió su primera edificación y 
su nombre, y por último, que lo único que con certeza puede 
establecerse acerca del origen de tan interesante ciudad es que 
de todo punto se ignora. 

Los historiadores fabulistas creyeron muy natural el atribuir 
á un rey Brigo y á sus gentes la fundación de todas las pobla- 
ciones que llevan el nombre de brigas en el mundo. Pero los 
clásicos griegos y latinos, y Estrabón entre ellos, nos dicen con 
bastante claridad que los iberos en su idioma nativo llamaban 
brigas á todas las ciudades y poblaciones principales. En nues- 
tros días no faltan para solaz del viajero en las antiguas ciudades 
de provincia eruditos encastillados en las patrañas del siglo xvi, 
los cuales sostienen con el más- ardoroso entusiasmo las hereda- 
das de sus abuelos. Uno de estos sabios de lugar me quiso con- 
vencer en Arcos de que no era fábula la tradición que supone á 
esta ciudad fundación del rey Brigo, y para confundir mi incre- 
dulidad, me invitó á reconocer la campana de nona de la iglesia 
de Sta. María, fundida en tiempo de aquel esclarecido monarca 
con la inscripción latina del escudo de armas que traía en su 
bandera. Era muy peregrino hallazgo una campana del año 2064 
del mundo, y con una leyenda en latín: excuso, pues, decir que 



(i) La Arcobriga romana se halla equivocadamente reducida á la actual ciudad 
de Arcos de la Frontera: así lo observó el juicioso anotador de Ocampo en la edi- 
ción de Cano. No hubo en Andalucía ningún pueblo que llevase el nombre de Ar- 
cobriga. Arcos se llamaba antiguamente Arci ó Colonia Arcensiuití. Arcobriga era 
otro .\rcos que cae junto á Medinaceli. 



SEVILLA Y CÁDIZ 203 



acepté la cita de mi doctor y fui al punto á evacuarla. Subí á la 
torre de Sta. María, no sin peligro de caer precipitado á la plaza 
por el impetuoso viento que en aquella elevación reinaba, y en- 
tre las varias campanas que allí había, vi una en que realmente 
resultaba concedido el honor de la fundación, en caracteres de 
bronce, al nombre del fantástico rey Brigo. Pero mi candoroso 
informante había tomado como una especie de auténtica del mis- 
mo Brigo el sello moderno de la ciudad de Arcos, cuya leyenda, 
dictada sin duda en el tiempo en que prestó Ocampo su autori- 
dad á las especies del falso Beroso, consigna efectivamente que 
fué aquel rey ideal el que la fundó. El escudo y sello de Arcos 
es conocido : consiste en una fortaleza con arcos de medio pun- 
to, y lleva en la orla esta inscripción: Sigillu7n civitatis Ai^cobri- 
censis qucB fitndavit Brigíis 7^ex. Este mismo sello aparecía en 
la campana, cuya forma y fundición revelan desde luego ser obra 
del siglo XVI. Yo, que me había prometido descubrir una anti- 
gualla, de la fecha por lo menos de la campana del abad Sansón, 
vi con dolor burladas mis esperanzas, y para vengarme del anti- 
cuario de Arcos, que como todos los sabios de esta raza será 
probablemente aficionado á oir sonar su nombre, he resuelto 
callarlo y condenarle á que busque otro conducto por donde 
introducirse en la bocina de la fama. 

Del tiempo en que Arcos fué municipio se conserva una ins- 
cripción votiva en la iglesia de Sta. María, pegada al muro de 
la fachada y sirviendo de poste al finalizar la balaustrada de su 
escalinata. 

Conocidas son las inscripciones que se refieren á la época en 
que ya Arcos era Colonia : una es la de la dedicación de los bar- 
queros de Híspalis, de que queda hecha mención; otra, y no 
menos interesante, es la que copió Flórez de D. Pedro Gamaza, 
referente á una estatua que por decreto de los decuriones y del 
pueblo se erigió á Calpurnia, hija de Quinto, haciendo el gasto 
del monumento y dedicación su madre Clodia, llamada por sobre- 
nombre Optata; inscripción de basa de estatua que existe toda- 



204 SEVILLA Y CÁDIZ 



vía, aunque ilegible, en la casa arruinada de D. Gabriel de 
Prado. 

Carissa (hoy despoblado de Carija). Tolomeo ponía esta 
población en triángulo con Nebrissa al occidente y Saguncia al 
mediodía : el P. Flórez, siguiendo á Caro y á Gamaza, hace una 
reducción conforme con este dato y sitúa á Carissa cerca de 
Bornos en lo que es hoy despoblado con el nombre de Cai'-ija^ 
vocablo que representa muy bien el primitivo y cuya corrupción 
se explica satisfactoriamente observando con cuánta frecuencia 
vemos desde la irrupción sarracena trocada la s de los nombres 
propios en y.- de resultas de lo cual por Nebrissa leemos Nebrija; 
por Setabis, Játiva; por Salón, Jalón, etc. 

El despoblado de Carija está á unas dos leguas de Arcos, 
hacia el norte: vense todavía allí ruinas y trozos de murallas, 
de donde se han sacado algunas lápidas con inscripciones y meda- 
llas. Plinio incluye á Carissa en el convento jurídico de Gades 
y la aplica por sobrenombre el de AtLrelia{\). Cuándo lo tomó, 
no se sabe : puede ser le viniese de alguno de los esclarecidos 
varones del linaje de los Aurelios, tan difundido en la Bética. 

Este lugar batió moneda, y en sus medallas, que pueden 
verse en Caro, en Flórez y en una obra inédita que dejamos 
citada, se advierte por un lado un caballo corriendo con su 
jinete armado de lanza, casco y escudo, y por el otro, ya una 
cabeza de Hércules cubierta con la piel del león, ya una cabeza 
armada, ya otra con corona sacerdotal. No lejos de su despo- 
blado se halló una inscripción, que vertida al castellano dice así: 
<iA L2ÍCÍÓ Fabio, hijo de Lticio de la tribu Galeria, llamado 
Severo, consagró después de su muerte cuatro cipos Lticio Pos- 
turnio Silón (2).» 



(i) Gaditani conventus civiiim romanoriim regina, latinorum regid Carissa cog- 
nojnine Aurelia. Lib. III, cap. I. 

(2) Ms. de D. Pedro Gamaza, cap. 5 , tomo \' de la Colee, de Gússeme. Real Aca- 
demia de la Historia. 

L. FABIO. L. F. GAL. SEVERO. POST. MORT. L. POSTVMIVS SIL. CIPPOS SVA IMPENSA 
IIII D. 



206 SEVILLA Y CÁDIZ 



Lastigi {Zahara .-'). Esta ciudad, de origen céltico, desco- 
llaba sobre una peña escarpada, en situación muy conforme al 
genio estratégico de los antiguos. Usaban sus habitantes los 
ritos y el lenguaje propio de aquel origen: diferenciábanse de 
los turdetanos, sus vecinos, en su grande apego á las costum- 
bres de Grecia, pues mientras aquellos vivían enteramente á la 
romana, los lastigitanos merecían de Ephoro el dictado de 
amantes de los helenos ('f:>-sA>-^/'ar), y Estrabón los distinguía como 
hombres rebus groecorum studentes (i). La figura representada 
en las medallas que acuñó este pueblo comprueba lo acertado 
de esta calificación en cuanto al g-usto artístico. 

En el ligero bosquejo que acabamos de trazar de la Bética 
romana, ciñéndonos sólo á la parte á que hoy se extienden las 
dos provincias de Sevilla y Cádiz, hemos registrado cerca de 
cincuenta poblaciones importantes. Calcúlese cuál sería la pros- 
peridad de este territorio bajo la administración de los pretores, 
prefectos, gobernadores y demás magistrados delegados del 
imperio, por el estado en que le hallaron Estrabón y Plinio, todo 
cubierto por una vasta red de vías ó calzadas y canales, con 
una agricultura y una industria florecientes, estimuladas por un 
gran comercio de exportación, con fábricas, talleres y factorías: 
con populosas ciudades, asiento de una aristocracia poderosa y 
amante de las artes y del lujo, con numerosos puertos accesi- 
bles al trato y comunicación de todos los pueblos cultos del 
orbe, y con medios de comunicación directos y rápidos entre los 
pueblos y mansiones del interior y los desembocaderos de la 
costa. 

La población de la Bética, numerosa ya durante el período 
de la conquista, creció sobremanera bajo los Césares. Introdu- 
ciendo éstos un sistema tributario muy preferible, aunque com- 
plicado, á las irregulares y caprichosas exacciones impuestas en 
los dos primeros siglos por derecho de conquista, favorecieron 



(i) Strab., Hb. IV, pág. iqq, edic. París. 



SEVILLA Y CÁDIZ 207 



el desarrollo de la riqueza y del bienestar público. Los tres 
conventos jurídicos de Astigi, Híspalis y Gades sobresalían á 
competencia : el comercio entre unos y otros era rápido y fecun- 
do: los tres á porfía ostentaban producciones codiciadas en 
Roma, talentos rivales de los más privilegiados de Italia, fami- 
lias de la más selecta aristocracia romana, establecidas en sus 
ciudades: capitanes ilustres, soldados valientes, artistas ingenio- 
sos, filósofos profundos, poetas sublimes. Las grandes vías que 
llevaron á cabo los Antoninos, Marco Aurelio, Trajano y 
Adriano, unían las principales ciudades de la Bética con la 
capital misma del Imperio: eran como las venas por donde 
corría hasta el corazón del coloso la sangre de sus pingües 
provincias lejanas, y las arterias por donde se derivaba hasta 
estas la vida intelectual y moral del pueblo dominador del 
mundo. Por ellas se trasladaban velozmente de unas comarcas 
á otras aquellos temidos legionarios que defendían las conquis- 
tas de las águilas y al propio tiempo mantenían la seguridad y 
el orden en los territorios que recorrían; por ellas marchaban 
las numerosas cohortes de hijos del país que, siguiendo el vuelo 
de esas mismas águilas altivas, iban á sellar con su sangre una 
heroica fidelidad al yugo romano desde las Islas británicas á las 
fronteras de la Persia, en las orillas del Rhin, en la Iliria, en 
Tracia, en Capadocia y en Armenia. Por ellas también transita- 
ban en pacíficas conductas los metales extraídos de nuestras 
minas, las copiosas mieses de nuestros campos, los preciados 
productos de nuestras fábricas, los cuales se encaminaban á 
los puertos y juntamente con los vinos y los aceites, las frutas 
secas, el kermes y el cinabrio, la lana, la cera, la miel y las 
salazones, encomendados á los gremios de barqueros, pasaban 
á surtir los depósitos y almacenes de Italia. La Bética era no 
solamente una de las principales nutrices de Roma, sino también 
la introductora de sus modas y caprichos, pues además de que 
los naturales, por su carácter, diferían notablemente de aquellos 
adustos iberos del norte y de toda la Tarraconense que apete- 



2o8 SEVILLA Y CÁDIZ 



cían más la guein^a que el reposo (i) y entonaban el himno de 
Pan mientras los crucificaban (2), la agricultura y las artes hijas 
de la paz habían tomado entre ellos mucho vuelo. Su amor al 
lujo y á los placeres, fomentado por su trato con los pueblos 
de Oriente y por el ejemplo de la aristocracia romana, para 
quien era la Bética lo que es hoy la risueña Italia para los hijos 
de la nebulosa Albión, y combinado al mismo tiempo con los 
otros instintos primitivos de la raza turdetana, debió producir 
en las costumbres una mezcla muy digna de ser observada. 
Fáltannos por desgracia documentos destinados á conservar una 
noción exacta de la vida pública y doméstica de los andaluces 
de aquellos tiempos, y así ignoramos hasta qué punto pueden 
considerarse extensivas á ellos las descripciones que de las 
austeras costumbres de los iberos, en general, nos legaron los 
clásicos griegos y latinos. 

Al contrario, todo nos induce á creer que el lujo y la sen- 
sualidad del Oriente y de Roma triunfaron de los primitivos 
instintos, y que en la edad de oro de Augusto á Marco Aurelio 
aún duraban éstos en el corazón de los que bebían las aguas del 
Tajo, del Duero y del Ebro, mientras los de la cuenca del Betis 
y los habitantes de Gades yacían sumidos en el sueño letal de 
una vida puramente materialista. Lisonjeros y condescendientes 
con sus dominadores, halagaron su voluptuosidad poniendo ante 
sus ojos las lascivas danzadoras (3) aleccionadas por los vaga- 



(i) Justino, lib. XLIV, cap. 2. 

(2) Strab., lib. III. 

(3) Las bailarinas gaditanas fueron las más celebradas y buscadas de los po- 
derosos. De éstas habla Juvenal (Sdíi'r. II, v. i 62), donde á cierto convidado suyo 
le dice que no espere que su banquete se asemeje á los de los magnates, ameniza- 
dos por mujeres gaditanas que con su lascivo baile entretienen y deleitan á los 
comensales: 

«Forsitam expectes ut gaditana canoro 
incipiat prurire choro...» 

Quien más menciona las danzas gaditanas es Marcial en sus epigramas. Había una 
cuya principal gracia consistía en el concertado movimiento de los brazos (lib. III, 
epigr. 63). Allí reprende á Cotilo porque traía rizado el cabello, y con tal aire los 
brazos, que imitaba á las mujeres gaditanas: 



SEVILLA Y CÁDIZ 209 



bundos colonizadores asiáticos: los cautivaron con lujosos arte- 
factos, manjares suculentos, vinos fragantes y generosos : dieron 
á sus arrogantes cohortes vistosas túnicas de color de púrpura 
como las que los españoles habían lucido en Cannas, morriones 
de bronce con triples penachos encarnados, petos de lino, cotas 
de cuero, botas de cerda, cubiertas de pieles á sus naves para 
defenderse de los tiros de las hondas; y les enseñaron las ani- 
madas danzas marciales de los fenicios y griegos (i). Para más 
identificarse con Roma, se hizo la Bética su proveedora de 
artículos de lujo y capricho, con lo cual, sea dicho de pasada, 



«Cántica qui Nili, qui gaditana susurrat, 
qui movct in varios brachia volsa modos.» 

Había otro baile de muelles movimientos de cuerpo, al cual aludía Marcial al lla- 
mar á Cádiz desho7iesta (lib. V, epigr. 79): 

«Nec de gadibus improbis, puellas 
vibrabunt sine fine prurientes 
lascivos docili tremore lumbos.» 

Deshonestos llama también (lib. I, epigr. 42) á los maestros gaditanos de estos 
bailes. 

Hubo finalmente otro que tenía acompañamiento de castañuelas, como el que 
menciona en el epigr. 7 i , lib. VI, donde un ciudadano romano que había despe- 
dido á una criada llamada Thelesina, la volvió á recibir sólo por lo bien que bailaba 
al son de las castañuelas. 

«Edere lascivos ad Bsetica crusmata gestus, 

et gaditanis ludere docta modis, 

tendere quse tremulum Pelian Hecubseque maritum 

posset ab Hectoreos sollicitare rogos. 

Uxit, et excruciat dominum Thelesina priorem; 

vendidit ancillam, nunc redimit dominara.» 

(i) Seguimos la opinión de Rui Bamba que cree deberse entender de todos 
los iberos en general estos pormenores consignados por Estrabón, Livio,Diódoro, 
Varrón, Polibio, Plinio, etc. Suponemos, pues, á los romanos y andaluces de las 
cohortes destinadas á la guarda y defensa de la Bética, uniformemente equipados, 
á la usanza hispano-latina, unos con broqueles ligeros á manera de los galos, 
otros con escudos redondos, revestidos con sacos, petos y coletos, cascos, botas, y 
armados con espadas cortas de doble filo y punta, hondas, venablos y lanza. En 
tiempo de paz, para conservar la agilidad del cuerpo, se ejercitaban en una espe- 
cie de danza muy ligera que requería una gran flexibilidad en las piernas (Diódo- 
ro, lib. 5). Era probablemente ésta la danza pirrica ó danza de las espadas que 
dura todavía entre los vascongados. Inventada en Grecia, fué introducida en Es- 
paña, y habla de ella Silio Itálico (lib. III, vers. 101): iempore quo Bacchus^ etc., y 
más adelante: Niinc fedis aüerno, etc. 

27 



210 SEVILLA Y CÁDIZ 



rescataba parte de las riquezas que le habían robado los pro- 
cónsules; los navieros de Híspalis y de todo el litoral en los 
tiempos corrompidos de Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón, 
llegaron á hacerse célebres en Roma, y si hemos de creer á 
Horacio, hasta las más nobles damas cedían á la fascinación 
que les causaba el lujo de nuestros traficantes. En cambio, 
aceptaba de la señora del mundo la lengua, las leyes, la reli- 
gión, la literatura, las artes y no pocas de sus costumbres. 
Rivalizó con ella en producir poetas y escritores: los Sénecas, 
Lucano, Floro, Silio Itálico, Columela y Pomponio Mela, man- 
tuvieron dignamente el puesto al lado de los escasos aunque 
elevados genios del siglo de Augusto ; erigió edificios sagrados 
imitando el Panteón, el templo de Júpiter Stator, el de la 
Concordia, foros á la manera del de Julia y del de Augusto, 
capitolios como el reconstruido por Domiciano, anfiteatros como 
el de Flavio, circos como el Máximo, termas como las de 
Diocleciano; tomando por último del pueblo-rey aquella hermo- 
sa religión del agradecimiento que algunos definen memoria del 
corazón, y que nosotros llamaríamos única religión de Roma, 
consagró magníficos sepulcros de mármoles de España y de 
Numidia á los hombres que habían merecido bien de sus res- 
pectivos municipios y colonias. 



CAPITULO XI 



Principios del cristianismo en las provincias de Sevilla y Cádiz. 
Las iglesias de los tres primeros &iglos 




A civilización romana, brillante bajo muchos 
aspectos, sancionaba la esclavitud: en el gran 
círculo del politeísmo la caridad no tenía cabi- 
/, da; la dignidad humana no existía para los 
\\/7; adoradores de la fuerza. Fuerza y virtud eran 
(. para los romanos una cosa misma. El hombre 
1 de por sí nada era si no ostentaba el título de 

ciudadano: la ciudad, el Estado lo era todo. 
El cristianismo, doctrina de libertad y de emancipación, de 
candad y de igualdad, trasladando al corazón y á la conciencia, 
al hombre interior y moral, sin distinción de clases, la cadena 
de hierro que sujetaba á las naciones vencidas y á los esclavos, 
pugnaba de frente con las antiguas instituciones, base de la ser- 
vidumbre legal, en virtud de las cuales no era digno de la liber- 
tad el que no fuese romano, ni era otro su destino en la tierra 
que servir y proporcionar placeres á los Césares, al Senado y 
al pueblo-rey. 



212 SEVILLA Y CÁDIZ 



Mientras el Imperio deificaba el orgullo y propagaba el 
culto de los sentidos, la religión del Crucificado, predicando 
la humildad y el propio sacrificio, iba haciendo numerosos pro- 
sélitos. Llegó la época de que el coloso nacido en el Capitolio y 
la modesta Esposa de Jesucristo se encontrasen en las naciones 
más poderosas y florecientes, profesando doctrinas enteramente 
contrarias, con aspiraciones y tendencias opuestas; y el romano 
altanero, desconociendo en la Santa Iglesia á la que había venido 
al mundo para regenerarle, la miró unas veces con desdén, 
otras con odio, dejándola hoy en libertad como indigna de per- 
turbar su serenidad terrible, persiguiéndola mañana cruelmente 
como persigue tal vez el rey del desierto al insecto que con su 
zumbido le importuna. 

Crecía el Imperio: crecía también la hermosa religión de 
Cristo. Pero la divina inspirada clamaba por boca de sus após- 
toles y nuncios con tanta elocuencia, con tan irresistible poder, 
que en el mismo palacio de los Césares hallaban eco sus eter- 
nas verdades: y al tiempo que esto sucedía, los ídolos de los 
falsos dioses se bamboleaban próximos á una espantosa caída, 
los flámines y magos y agoreros se miraban unos á otros rien- 
do de su propia incredulidad; y el esclavo á quien azotaban, 
retenía en su corazón con esperanza aquella voz consoladora 
que le decía: tu alma es libre é imperecedera; y el dueño que le 
maltrataba, oía en su conciencia aquella otra verdad humillante: 
toda carne es vileza y corrupción. La revolución estaba hecha 
en las ideas. 

Pero sucede que por virtud de la ley de inercia que á la 
humanidad domina, desde que una institución se desacredita 
hasta que los hombres la condenan, transcurren siempre largos 
años, y no es de extrañar que la ruina del politeísmo no fuese 
inmediata á la desorganización moral é intelectual que se apo- 
deró de Roma al morir Augusto, y que pasaran cerca de cuatro 
siglos desde la providencial constitución del Imperio hasta el 
día en que, dócil éste al mandato del gran Teodosio, tendiese 




SEVILLA. — Vestíbulo del Alcázar 



214 SEVILLAYCADIZ 



SUS brazos decrépitos á la Fe regeneradora que por tanto tiem- 
po se le había estado brindando llena de amor. Era ya viejo el 
mundo romano cuando se decidió por el feliz consorcio ; la ver- 
dad, que nunca envejece, brillaba en la ley de Cristo, fecunda, 
joven y activa: aún halló fuerzas el magnánimo emperador para 
levantar en peso el Oriente y el Occidente y ponerlos bajo las 
copiosas aguas de la puriñcación que corrían del seno de la 
Iglesia: el mundo romano se vio regenerado ; pero los Césares, 
en castigo de su larga obstinación, no engendraron reyes cris- 
tianos para las naciones en que habían dominado, y la Fe reci- 
bió el encargo de santificar á los impetuosos conquistadores del 
destrozado Imperio. 

La Bética, como provincia tan principal, y tan identificada 
con Roma por el gran número de familias senatorias que habían 
venido á poblar sus municipios y colonias, por el gran comercio 
que con ella entretenía y por la multitud de vías que facilitaban 
sus comunicaciones con la metrópoli, podía en cierto modo jac- 
tarse de ser su directora desde que la había dado emperadores 
como Trajano y Adriano, cónsules como Balbo, oradores como 
Porcio Ladrón, filósofos como Séneca y Lucano. 

En la lenta y simultánea marcha de las dos civilizaciones, al 
paso que la antigua camina de conquista en conquista asolando 
la tierra y llenándola de pavor con el vuelo de las águilas roma- 
nas desde el Báltico hasta el mar de la India, la nueva se apo- 
dera de los corazones, va paulatinamente extendiendo por el 
mundo de la voluntad y de la inteligencia el imperio del amor, 
crucificando las malas pasiones, penetrando en el cerebro del 
filósofo y del niño, en el alma del siervo y de su señor, y dispo- 
niendo al universo desde la bárbara Panonia hasta la disoluta 
Corinto á pedir á voces la santa libertad de la Cruz. Y esta 
civilización admirable ¿no había de hallar dignos y elocuentes 
intérpretes en la sosegada provincia cuyos ingeniosos hijos man- 
tenían el decoro intelectual de Roma, hallándose por su posición 
apartada del teatro de las guerras y tan dispuesta, por el influjo 



SEVILLA Y CÁDIZ 



de las doctrinas estoicas, á la discusión racional de las orrandes 
verdades morales? 

Los halló en efecto, y una de las mayores glorias de la 
Bética consiste en que, á pesar del odio que á la nueva religión 
profesaba la prepotente aristocracia senatprial, recibió la semilla 
del Evangelio con tanto amor y entusiasmo, que fructificando 
en ella desde luego, produjo iglesias cuyos pastores figuran 
entre los primeros luminares de lá cristiandad. Erigían templos 
y aras los andaluces á Isis y Sérapis, á Venus ó á Salambo, á 
Marte, Hércules, Pantheo, la Piedad, el Evento, la Victoria, etc., 
y al mismo tiempo, al pié quizás de los muros consagrados á 
las falsas divinidades, humeaba el puro incienso quemado en 
honor del Dios verdadero por los fieles discípulos de aquellos 
siete Varones apostólicos enviados por S. Pedro y S. Pablo á 
evangelizar la España meridional. 

No entran en nuestro cuadro las conversiones hechas por 
éstos en el territorio accitano, ni el conjeturar los interesantes 
pormenores ocurridos en la de la afamada dama Luparia, que 
supone la tradición construyó una iglesia cristiana, la primera 
tal vez que existió en la Bética. Tampoco podemos extendernos 
á sacar del caos de nuestra historia eclesiástica primitiva fanta- 
sías verosímiles y probables acerca de las iglesias fundadas por 
S. Cecilio en Iliberi, S. Indalecio en Almería ó Urci, S. Eufra- 
sio en Iliturgi y S. Ctesifón en Berja. Pero nos es dado pre- 
sentar como uno de los frutos más tempranos del cristianis- 
mo en la provincia de Sevilla la predicación del santo mártir 
Geroncio, primer obispo de Itálica, cuya voz persuasiva hacía 
ya estremecer los ídolos más de dos siglos antes de sepultarlos 
en el fango el edicto de Teodosio (i). Esicio, varón santo en- 



(i) La autenticidad del Oficio propio de S. Geroncio y de su Himno en el Misal 
godo, está sólidamente probada por el P. Flórez. Esp. Sagr., trat. 38, cap. 4. Opi- 
namos que el martirio de este santo, alumno y compañero de los Apostólicos, pue- 
de referirse á los tiempos de Domiciano, aun cuando carecemos de pruebas de 
que esta segunda persecución se extendiese á España. 



210 SEVII. LAYCADIZ 



viado de Roma, fundaba hacia el mismo tiempo la iglesia de 
Carteya en la costa del Estrecho, y estos dos prelados fueron 
como los ángeles diputados por el Eterno para anunciar la bue- 
na nueva en la hermosa región que se extiende del Betis á 
Calpe (i). Se explica, aunque nos faltan comprobantes históri- 
cos, que la predicación de estos insignes varones fuese recibida 
por las almas sedientas de fe y de justicia como la voz misma 
de aquel Dios desconocido á quien presentía y no acertaba á 
comprender el mundo antiguo (2): tan monstruosa era la trans- 
formación que el paganismo había sufrido presentando á la ado- 
ración de los pueblos la inmundicia y las torpezas de sus due- 
ños, sustituyendo á los dioses desconceptuados y escarnecidos 
las personas de los emperadores ; tan irritante era la tiranía de 
éstos; tanto imperio iban paulatinamente tomando las ideas 
de las sectas estoica y neoplatónica, refugio de la razón contra 
el libertinaje intelectual de Roma. El cristianismo, único faro 
de salvación, único amparo y esperanza de la parte mayor de 
la humanidad, á quien otra parte mínima subyugaba, oprimía y 
envilecía, no podía menos de ser recibido aquí como en todas 
las otras provincias del Imperio, aun cuando se opusiesen tenaz- 
mente á su propagación los interesados en la perpetuidad del 
estado antiguo, los Césares y sus favoritos, el Senado, la clase 
sacerdotal, la curia y los legistas. El quebrantaba las cadenas 
del esclavo, reorganizaba la familia, santificaba el matrimonio, 
rehabilitaba á la mujer, ennoblecía la patria potestad... No era 
sistema político el cristianismo, ¿pero cómo había de durar el 
Imperio con sus deformidades y sus execrables excesos, cuando 



(i) Los dos, Esicio y Geroncio, fueron sin duda obispos regionales sin silla 
determinada al principio de su misión, pero finalmente la fijaron el uno en Carteya 
y el otro en Itálica. Véase al citado Flórez, el Breviario gótico y el Martirologio 
romano. 

(2) Refiere Estrabón que los españoles adoraban aun Dios innominado, á quien 
festejaban en el plenilunio ; en lo cual sin duda se apoyó S. Agustín [De civit. Dei, 
libro VII, cap. 9) para contar á los españoles entre los pueblos antiguos que ado- 
raban á un solo Dios autor de lo criado. S. Pablo también halló en Atenas un altar 
consagrado al Dios desconocido (ignoto Deo). 



SEVILLA Y CÁDIZ 21'] 



la luz evangélica hubiese esclarecido y elevado los espíritus? 
De aquí que la nueva religión, lisonjera al pueblo, favorable á 
la mujer y á todo ser oprimido, grata á las personas de ánimo 
justo y recto, pero contraria á la aristocracia romana conside- 
rada como cuerpo colectivo y privilegiado, fuese alternativa- 
mente tolerada, menospreciada, exaltada, perseguida, según las 
fluctuaciones de los que pugnaban por su triunfo ó por su 
extinción. 

En los tiempos de tolerancia, cuando á los mismos Apósto- 
les era accesible el palacio de los Césares y cuando los propa- 
gadores de la verdad hallaban prosélitos entre los mismos pre- 
sidentes y procónsules, ¿qué mucho que en las naciones del 
Occidente se fuesen erigiendo templos al Crucificado, aquí hu- 
mildes y pequeños, si allá grandes y lujosos, ora sombreando 
las venerandas tumbas de los mártires, en forma de modestas 
capillas, cabe los cementerios, ora rivalizando en belleza arqui- 
tectónica con los templos de los ídolos? 

Créese generalmente que hasta la paz dada á la Iglesia por 
Constantino no tuvieron los cristianos en los países sujetos al 
Imperio Romano edificios de uso público consagrados al culto. 
Supónese que sus reuniones sólo se verificaban en las casas 
particulares de los fieles y en los cementerios y catacumbas, y 
que en estos lugares celebraban secretamente los Divinos Ofi- 
cios y recibían los Sacramentos. Este es un error. Mientras el 
cristianismo no salió del estrecho ámbito de la Judea, y en aque- 
lla época de su infancia en que las oblaciones de los escasos 
poderosos convertidos se consumían en el sustento de los pobres 
y de la naciente grey, no era posible que erigiese templos, ni 
aun capillas. Harto hacían los hijos espirituales de un S. Pablo, 
que en Corinto ganaba el sustento ayudando á Aquila á hacer 
tiendas de cuero para los soldados, con ceder á sus herma- 
nos sus reducidas viviendas y convertir sus cenáculos en ora- 
torios. 

Pero cuando el rebaño de Jesucristo fué creciendo é ingresa- 



2l8 SEVILLA Y CÁDIZ 

ron en él prefectos, senadores, procónsules, hombres acaudalados, 
ni siquiera se concibe que no se erigieran iglesias por do quiera 
que fuese cundiendo la luz del Evangelio. No faltaba por cierto 
la necesidad de ellas habiendo instituido Cristo sacrificio y sa- 
cramentos, oración y predicación. Tampoco faltaba el arte de 
construir: ni faltaba por último libertad para edificar desde que 
Tiberio había propuesto al Senado se colocase al Salvador en 
el número de los dioses del Imperio, y amenazado con pena de 
muerte á cualquiera que osase inquietar á los cristianos. ¿Qué 
se opone, pues, á que los primitivos fieles tuviesen sus edificios 
sagrados, no sólo privados, sino también públicos y comunes.^ 
Que no todos los emperadores se condujeron con ellos como 
Tiberio y otros igualmente tolerantes, sino que desde muy tem- 
prano empezó la Iglesia á experimentar los sangrientos rigores 
de un Nerón^ de un Domiciano, de un Septimio Severo, etc.; 
mas esto no obsta, porque, en los días aciagos de la persecu- 
ción, los que sustraía Dios al brazo de los ejecutores se con- 
gregaban secretamente ya en las casas particulares, ya en los 
lugares desiertos, en los cementerios, en las minas y subterrá- 
neos que en Roma tomaron el nombre de cataczunbas ; y cuando 
volvía á serenarse el cielo, volvían ellos á levantar sus capillas 
y oratorios. Sobre los mismos cementerios, ó cerca de su recin- 
to, era donde principalmente construían los cristianos aquellos 
pequeños edificios que llevaban el nombre de altares^ confesio- 
nes, memorias y aun 7nar¿irios, los cuales, transcurriendo el 
tiempo y en las épocas de tolerancia, se ensanchaban y conver- 
tían en basílicas é iglesias espaciosas. 

No escasean por cierto los documentos que prueban que los 
cristianos erigieron iglesias públicas en todas las provincias ro- 
manas desde la instalación de los apóstoles S. Pedro y S. Pablo 
en la ciudad de los Césares. De conformidad con estos docu- 
mentos, vemos á los inmediatos sucesores del Príncipe y Cabeza 
de la Iglesia prescribir reglas acerca del culto y su disciplina, de 
la división de las parroquias y de la consagración de las basíli- 



SEVILLAYCÁDIZ 219 



cas; hallamos en las Constituciones Apostólicas la descripción 
detallada del edificio de la iglesia con la designación y explica- 
ción de cada una de sus partes ; y leemos finalmente entre las 
respetables tradiciones de la antigua Iglesia española, que pocos 
años después de la muerte de Cristo, vieron con asombro y con 
edificación los habitantes de Acci levantarse un templo y un 
baptisterio al Dios crucificado en el Gólgota. 

. . . Christi fámula adtendens obsequio 
sanctorum, statuit condere fabricam, 
quo Baptisterii undíe patescerent, 
et culpas omnium gratia tergeret (i). 

Tuvieron de consiguiente los cristianos en la Bética edificios 
sagrados, verdaderas iglesias desde los tiempos apostólicos. Y 
que no fueron solamente oratorios privados, es cosa manifiesta, 
dado que hasta la persecución de Nerón no hubo motivo para 
que ocultasen sus creencias los convertidos al Dios deNazareth, 
que seguramente no serían tan pocos como el moderno escepti- 
cismo supone (2). Luego tuvieron largos años de paz hasta la 
persecución de Valeriano y Galieno, ocurrida á mediados del si- 
glo III, sólo interrumpidos tal vez por las feroces humoradas de 
Domiciano ; y aun parece racional la conjetura de que al entrar 



(i) Himno del Oficio gótico de los siete Apostólicos. 

(2) El historiador Romey es uno de los que más insisten en esta equivocada 
idea, á la cual oponemos nuestras más antiguas y veneradas tradiciones. El verso 

heec prima fidei est via plebium 

del himno de los Siete Apostólicos da bien á entender que no fué estéril para la 
conversión del pueblo accitano el milagro que obró Dios en favor de aquellos san- 
tos varones ; además de que, en el exordio del § i .° de la misa de los mismos Apos- 
tólicos, conforme se halla en el antiguo Códice Emilianense, sacado sin duda del 
Leccionario Complutense, anterior á S. Julián y al siglo vii, se leen estas memo- 
rables palabras sobre el fruto que aquellos evangelizadores recogieron en la 'Qé- 
tica : In qtiíbtis urbtbiis com»io)\iiites ceperiint de inicio vite inmortalis f>redicare. 
Sicque factum est, iit diim Jctmuli Dei celestia, dona impertiiint, magnum sanctce ec- 
clesice credentiiimjriictum adquiriint. Adque itct siciit ab apostolis missam doctri- 
namque acceperiint, per ¡spaniam ordinaiis episcopis supradictis urbibus tradide- 
runt (sic). 



220 SEVILLA Y CÁDIZ 



en el siglo iv, cuando fué enviado á España Daciano con el en- 
cargo expreso de exterminar el cristianismo, hubiese ya alcanza- 
do la Iglesia de la Bética un desarrollo y una estabilidad precur- 
sores de segura ruina para el decadente politeísmo. — Comenzó 
esta cruel persecución, última de las diez que fuera de España 
afligieron á la Esposa de Jesucristo, hacia el año 303, y ya tres 
años antes se había celebrado en Ilíberis (provincia de Grana- 
da), un concilio de diez y nueve obispos, de la Bética la mayor 
parte, á los que se agregaron muchos presbíteros en represen- 
tación de otras iglesias cuyos prelados no pudieron asistir, pro- 
bando la reunión de este concilio, considerado con justa razón 
como nacional, que la Iglesia en aquella época se hallaba en casi 
toda España completamente constituida en la parte territorial y 
en su jerarquía, á tal punto que podían temer los partidarios 
del Imperio como muy próxima la subversión de la república (i). 
Es digno de estudio desde el punto de vista de las costum- 
bres en el período á que ahora nos ceñimos, el choque y la 
coexistencia de la vida pagana con la vida cristiana, deducidos 
de las prescripciones de ese mismo concilio de Elvira. Había 
cristianos de poca fe que, después de recibido el bautismo, apos- 
tataban presentándose en los templos de los gentiles y dando 
culto á los ídolos. Algunos, por el hecho de ser el sacerdocio de 
\o^ flámines una verdadera carga patrimonial de la que no po- 
dían excusarse, no teniendo la suficiente fuerza de ánimo para 
renunciar los honores y las prerogativas que llevaba consigo el 
sacerdocio entre los romanos, solían, aunque bautizados, ejercer 
aquellas funciones : otros se prestaban á desempeñarlas por am- 
bición ó por miedo. Mas en los municipios, á diferencia de lo 
que se acostumbraba en Roma, eran los flámines los que presi- 
dían los juegos circenses y ofrecían los sacrificios con que se 
inauguraban estos: y como entre los andaluces, educados en 



(i) De estos temores del gentilismo espirante dan fe las conocidas inscripcio- 
nes publicadas por Masdeu en el tomo V, pág. 373 de su Hisl. crit. 



SEVILLA 




ALCÁZAR. — Patio de las Muñecas 



222 SEVILLA Y CÁDIZ 



esta parte por los feroces cartagineses, era muy frecuente ofre- 
cer á los dioses sacrificios humanos, y aun sacrificios de donce- 
llas, especialmente á Saturno y á Diana, verificábase á menudo 
en la Bética que algunos de aquellos apóstatas, excediendo en 
maldad á los mismos sacerdotes de la India, cometían en esos 
actos gentílicos los tres nefandos crímenes de idolatría, homici- 
dio y mequia (i). Los había que retrocediendo ante esta abomi- 
nable y triple maldad, se limitaban á hacer sus donativos redi- 
miendo con dinero la infamia de la idolatría exterior: llamábanse 
éstos libeláticos, porque recibían de los codiciosos magistrados, 
en cambio de su flaqueza, ciertos libelos en que se les declaraba 
exentos de ofrecer públicos sacrificios. Ni faltaban por último 
hombres á un mismo tiempo dignos de lástima y de desprecio, 
que, no atreviéndose á declararse cristianos, en el momento de 
ir á sacrificar se fingían locos ó acometidos de algún súbito acci- 
dente, con objeto de que el magistrado los dejara ir libres. 

Rígidos y severos los obispos de la Bética con todos estos 
cobardes soldados de la milicia de Cristo, fulminaron contra ellos 
excomuniones, ya temporales, ya perpetuas, según la mayor ó 
menor gravedad de su pecado (2). No toleraban aquellos celosos 
pastores vínculo ninguno con el sacerdocio pagano (3) : los sim- 
ples catecúmenos sufrían penitencias si aceptaban el cargo de 
flámines, aun absteniéndose de sacrificar (4) ; los que casaban sus 
hijas con los sacerdotes de los ídolos, quedaban privados de la 



(i) Canon j.° de Elvira. Acerca de los sacrificios feroces de los lusitanos y 
andaluces puede consultarse á Dionisio de Halicarnaso y Estrabón. Suetoniohabla 
de la costumbre de sacrificar a las doncellas jóvenes haciéndolas estuprar antes 
de inmolarlas a los dioses. 

(2) Cánones 2.° y 3.° de Elvira. 

(3) El justo rigor del Concilio se extendía hasta prohibir que llevasen coronas 
los sacerdotes, aunque no sacrificasen ni tributasen dones á los ídolos, pues no 
parecía regular que los que se habían alistado en las banderas de Cristo se vistie- 
ran y adornaran como los gentiles. No eran solos los sacerdotes paganos los que 
llevaban coronas, sino todos los que acudían á sus fiestas. 

El canon 59 manda que los fieles no vayan al Capitolio á sacrificar ni á verlos 
sacrificios. 

(4) Canon 4.'' 



SEVILLA Y CÁDIZ 223 



comunión aun al fin de su vida (i). El temor de que los fieles 
mal robustecidos en la fe recayeran en la idolatría, transpira en 
otras varias disposiciones del propio concilio: no eran sólo los 
flámines, sino todos los paganos en general, los que la Iglesia 
reconocía como de trato peligroso para sus hijos, y así prohibía 
que ningún padre, por muchas hijas doncellas que tuviese, pudiera 
casar ning-una de ellas con un Qrentil. Era en efecto la idolatría 
el mal cardinal que debía extirpar la Iglesia, y para contribuir 
por todos sus medios á arrancarla de las costumbres, que son 
los vínculos más tenaces, obligó de un modo ingenioso á los 
hombres acaudalados é influyentes á convertirse, como diríamos 
hoy, en propagandistas contra los ídolos, en verdaderos icono- 
clastas. Con prohibir sencillamente á los dueños que abonasen á 
los colonos en sus cuentas las prestaciones y tributos que hubie- 
sen ofrecido á los ídolos (2), bien fuera para los sacrificios exter- 
nos, domésticos, convites ó fiestas, bien para cualquier otra cosa 
del culto idolátrico, dieron un gran paso: porque los colonos, 
por no sostener á sus expensas el culto de los ídolos, habían de 
ir forzosamente abandonándole. El cebo del interés hacia fácil la 
empresa con los colonos. 

No así con los siervos. Había ocasiones en que por causa de 
éstos, ni conseguían siquiera los convertidos ver á Apolo, Venus, 
Baco ú Esculapio desterrados de sus propios lararios (3). Los 
siervos y otras personas de humilde condición, no habían entera- 
mente abjurado la idolatría al principiar el siglo iv de la Iglesia 
en que se celebró el concilio Iliberitano, y retenían de consi- 
guiente los ídolos contra la voluntad de sus dueños. Muchas 
veces se verificó que los tales domésticos entregaron á sus mis- 
mos señores á los magistrados de los gentiles para que los 
obligasen á sacrificar, y la Iglesia con gran prudencia, teniendo 



(i) Canon 1 7. 

(2) Canon 40. 

(3) Era el larario el oratorio donde privadamente daba cada cual culto á los 
dioses. Los príncipes solían tener dos, uno mayor y otro menor. 



224 SEVILLA Y CÁDIZ 



presente la violencia de los siervos, se limitó á amonestar á los 
señores que los temían, que si no podían arrojar enteramente 
los ídolos de sus casas, al menos no se contaminasen con ellos (i). 
No debe sorprender esta indulgencia: los romanos acaudalados 
solían tener gran muchedumbre de siervos, que vivían con ellos 
y los seguían á todas partes cuando no estaban ocupados en 
los trabajos de las minas, y por consiguiente si aquella turba se 
amotinaba, no había contra ella resistencia posible. Pero téngase 
muy presente que esta condescendencia sólo se tenía con los 
seglares, porque en cuanto á los señores eclesiásticos, se obser- 
vaba la regla, poco después establecida como canon en el con- 
cilio I .° de Cartago, de que nadie se ordenara obispo, presbítero 
ni diácono, hasta tanto que fuesen cristianos todos los que habi- 
taran en su casa. 

Convenía sin embargo poner un freno al celo indiscreto de 
los que, más por espíritu de oposición que movidos de un ver- 
dadero espíritu cristiano, corrían sin provocación de los gentiles 
á destruir sus ídolos, excitando más de este modo el furor de los 
magistrados contra la Iglesia, sus ministros y sus templos. A 
este saludable fin se encaminó la prohibición de que fueran in- 
cluidos en el catálogo de los mártires aquellos que, sin ninguna 
necesidad de la confesión católica, destrozaran los ídolos y mu- 
rieran en este acto ó empresa (2). Con esta medida se atajaba 
también otro daño, pues había algunos, pobres y mendigos, que 
no tanto por celo de la religión cristiana, cuanto por la pérdida 
de sus bienes temporales, se exponían al martirio, con el objeto 
de que mientras estuvieran encarcelados los alimentara la Iglesia 
á sus expensas y pagara sus deudas. La temeraria ambición del 
martirio exigía un prudente correctivo, y los Padres de la nacien- 
te Iglesia deseaban que los cristianos resplandecieran por su 
ciencia, modestia, mansedumbre y humildad. 



(i) Canon 41 . 
(2) Canon 60. 



SEVILLAYGÁDIZ 22^ 



La pugna de la ley nueva con la antigua no se limita á la 
esfera de lo religioso, sino que trasciende al orden político y 
civil. Prohíbese al magistrado ó duunviro convertido al cristianis- 
mo, que entre en la iglesia durante el año en que ejerce sus 
funciones (i). Diferenciábanse apenas los cristianos de entonces 
de los gentiles en lo exterior, y no parecía bien que un discípulo 
de Cristo fuera vestido de púrpura ó con la toga pretexta como 
un gentil, y que llevase delante de sí las fasces, se ligara con 
los juramentos de los paganos, cuidara de los espectáculos, 
prestara su autoridad á los sacrificios de los ídolos, administrara 
los caudales destinados á su culto, y últimamente tratara de la 
hacienda, honor y vida de los cristianos. Atendiendo, pues, á 
aquella prohibición, los fieles no sólo no solicitaban la magistra- 
tura, sino que la renunciaban si se les ofrecía. — El desprecio con 
que los Padres Iliberitanos miran todas las pompas gentíli- 
cas, es origen de otra prohibición ocasionada también á colisio- 
nes y contiendas entre las dos opuestas familias cristiana y 
pagana. Desean los obispos que ni aun las ropas de los fieles se 
contaminen sirviendo para adornar y decorar los lugares donde 
se celebran los juegos públicos, y siendo costumbre antigua 
entre los romanos el alquilar ó pedir prestados trajes vistosos y 
colgaduras para los circos, los teatros y demás espectáculos, 
prohibe el Concilio que las matronas y sus maridos den ropas 
para que sirvan de adorno en las pompas seglares, decretando 
la pena de excomunión durante tres años si lo contrario hicie- 
ren (2). Los aurigas ó conductores de los carros en los circos, 
los pantomimos, los cómicos en general, eran mirados, aun entre 
los romanos, como gente infame y vil, á lo que sin duda contri- 
buía la obscenidad de sus costumbres. No es, pues, de extrañar 
que el Concilio se muestre severo con ellos. Uno de sus cánones 
quiere que el auriga ó pantomimo que desee hacerse cristiano, 



(i) Canon ^6. 
(2) Canon 57. 



220 SEVILLA Y CÁDIZ 



renuncie primero á su oficio, y que sea despedido de la Iglesia 
el que después de convertido volviese á ejercerlo (i). En otro 
se dispone que ninguna mujer fiel ó catecúmena se case con 
cómicos ó gente de escena (2). No toleran aquellos celosos Pa- 
dres á los cristianos trato alguno con semejante clase de genti- 
les : y no era sólo el temor del mal ejemplo lo que les movía á 
dictar estas prescripciones, sino también la poderosa considera- 
ción de que en los espectáculos de los gentiles casi siempre se 
mezclaba la idolatría. 

Había un punto de moral pública en que el espíritu de cari- 
dad del cristianismo chocaba todavía más de fi'ente con la razón 
de estado del orgulloso mundo pagano, y era el relativo á la 
potestad de los señores sobre sus siervos. « Si alguna mujer, 
» dicen los PP. Iliberitanos, instigada por el furor de los celos, 
» azotare á su esclava, de modo que ésta llegue á morir dentro 
»de tercero día de resultas de los golpes, se distinguirá si la 
»mató con intención, ó por casualidad. En el primer caso, sea 
» admitida á la comunión después de hacer penitencia legítima 
»por espacio de siete años, y después de cinco si por casualidad. 
»Pero si la señora enfermare antes de concluir este tiempo, reci- 
sbirá la comunión (3).» Es de notar que aquí la Iglesia Bética 
señala la misma penitencia que al homicida á la mujer que des- 
cubrió el ánimo de matar á su esclava en el castigo que la im- 
puso. ¡Cuánto distaba ya este modo de considerar la potestad 
fpoíestas), del antiguo derecho de vida y muerte concedido por 
las leyes romanas á los señores de esclavos (4)! Es verdad que 
ya antes de Antonino Pío se había mitigado notablemente el 
rigor del derecho antiguo sobre esta materia. La teoría filosófica 
de la esclavitud cuando vino al mundo Séneca, se resumía en 



(i) Canon 62. 

(2) Canon 67. 

(3) Canon ¡j. 

(4) Véase la excelente Historia del Derecho Romano, de G. Hugo. Períodos i.° 

y 2.°. 



SEVILLA Y CÁDIZ 227 



esta breve fórmula: nuestros esclavos son nuestros enemigos (i). 
Pero (k. qué se debe sino al cristianismo y á su naciente influjo, 
aquel espíritu de caridad con que los estoicos se erigen en defen- 
sores de los esclavos, descubren la vanidad de la supuesta dife- 
rencia original entre el dueño y el siervo, revelan á la sociedad, ya 
menos inhumana, la monstruosidad de los abusos de los señores, 
y proclaman en fin la igualdad nativa de todos los hombres (2)? 
¡Qué inconsecuente fué la razón humana sobre esta gran 
cuestión de la esclavitud, una de las más capitales del mundo 
antiguo! Por una parte la antigua barbarie se perpetúa en las 
costumbres abusivas del dueño, como si se creyese todavía que 
la esclavitud es de derecho natural, y tan útil como justa; por 
otra parte la filosofía del Pórtico se modifica tan profundamente, 
las ideas estoicas y cristianas se identifican de tal manera, que 
en los mismos días de Nerón tienen que escandalizarse los ape- 
gados á las doctrinas de Platón y de Aristóteles (3) al ver apa- 
recer una ley que prohibe severamente á los dueños exponer sus 
esclavos en los anfiteatros á la voracidad de las bestias fieras (4). 



(1) Dicho de Catón. Séneca le impugna. Cart. 47. • 

(2) ¿Quid esl eqiies romaniis, aut liberiiniis, aiit servus? Nomina ex ambilione. 
aiit ex injuria, nata; subsilire in coeliim ex ángulo potest; decía Séneca con su ner- 
vuda elocuencia (Cart. 32). Y añadía en otras de sus admirables Cartas morales: 
Servi suni; imó homines (C. 47). — lisdem seminibus ortum {C. 47). — ¡Servus est! 
fortasse liber animo (Ibid.). — Inservos superbissimi, criidelissimi ^contiimeliosissimi 
sumus (Ibid.). — Sic cum inferióte vivas, qucmadmodum tccum su-periorem velles vi- 
vere (Ibid.). — Y en otros escritos: Eadem ómnibus principia, eadem origo (Benef., 
lib 111, 28). — Corpora obnoxia suní et adscripta dominis : inens quidem sui juris 
(Benef., III, 20), etc. 

(3) «Si un ciudadano mata á su esclavo, la ley declara indemne al matador 
siempre que se purifique con expiaciones; pero si un esclavo matare á su dueño 
se le impondrán todas las penas que se juzguen convenientes con la condición de 
que no se le deje con vida.» F^latón, Las leyes, lib. q. 

Aristóteles va aún más lejos. :^«Hay poca diferencia, dice (en su Política, lib. I, 
cap. 2, v:^ 14 y I 5), entre los servicios que prestan el esclavo y el animal. La mis- 
ma naturaleza lo ha dispuesto así... Es, pues, evidente que unos hombres son na- 
turalmente libres, y otros nattiralmente esclavos, y que en cuanto á estos, la servi- 
dumbre es tan iitil como jiisia.f> 

(4) Ley Petronia. Véase en Pothicr y Godefroy la explicación de la ley 11, 
§ 2. D. ad 1. Juliam. Cornel. de Sicariis. Aunque los eruditos Hugo y Haubold la 
creen del tiempo de Augusto, lundados en que ya no había en tiempo de Nerón 
leyes ni plebiscitos, parece más plausible la opinión de los que la atribuyen áeste 



2 28 SEVILLA Y CÁDIZ 



No era este en verdad sino el primer paso hacia las nuevas doc- 
trinas de Florentino y de Ulpiano : no se cortaba con la ley Pe- 
tronia más que uno de los mil abusos de Xz potestad. Pero pronto 
se verá germinar la flor que ha de producir el nuevo fruto. Son 
llamados á regir el Imperio un Adriano, un Antonino, y el dere- 
cho de vida y muerte pasa del dueño al magistrado (i); quédale 
tan sólo á aquel el de corrección, pero no omnímodo, sino limi- 
tado : el prefecto de la ciudad es el encargado de vigilar que no 
traspasen el círculo de sus legítimos derechos (2). 

Eran los romanos de la Bética de los menos piadosos con los 
siervos. Á una de las más famosas disposiciones de Antonino 
Pío en favor de éstos había dado origen cabalmente la crueldad 
excesiva de los andaluces, pues el rescripto fué dirigido á Elio 
Marciano, procónsul de esta provincia, y para proteger á los 
siervos del español Juliano Sabino (3). Pero sin duda en España 
habían sido las leyes protectoras de los míseros esclavos tan 
poco eficaces como en Italia, cuando aun entre las damas con- 
vertidas al cristianismo descubrían los PP. Iliberitanos, en los 
mismos días de Constantino, tan vivas las costumbres del orgu- 
lloso mundo antiguo, que creían preciso decretar penas contra la 
mujer bautizada que matase á su esclava por celos. 

Examinemos ya las prescripciones del concilio de Iliberi re- 
lativas al culto público ; pero consignemos antes algunas conje- 
turas sobre la forma de las iglesias en que este culto se cele- 
braba. 

Las Constituciones Apostólicas, que la opinión más probable 
y piadosa considera como tradiciones derivadas á la Iglesia de 



emperador. La palabra lex no debe tomarse bajo el Imperio en su acepción primi- 
tiva. En tiempo de Tiberio se expidió la ley Norhana; en tiempo de Claudio la ley 
Claudia. Tácito, por último, da el mismo nombre de ley (lex) al senado-consulto 
macedoniano. 

(i) Véase á Godefroy sobre el C. Theod. lie e/nííni. Sí?ryo;- y á Pothier, Pand., 
t. I, p. 19, núm.° 3. Á Gibbón además, t. i , p. 151. 

(2) Véase el D. de officío -prcej. urbis. 
• - (3) L. 2, dt; his qui sui vel alienijtiris sunt. 



S E \' I L L A 




ALCÁZAR. — Parte superior del Patio de las Muñecas 



230 SEVILLA Y CÁDIZ 



Oriente del labio mismo de los Apóstoles, aunque su compila- 
ción sea muy posterior, contienen una minuciosa descripción del 
edificio destinado al culto cristiano y de lo que en él debe prac- 
ticarse. 

Según estas Constituciones, los primitivos edificios religiosos 
debieron presentar en su interior una disposición muy análoga á 
la de las basílicas que más adelante y después de la paz de 
Constantino se adaptaron al culto cristiano. No es fácil decir qué 
distribución ofi-ecían por dentro aquellos pequeños recintos en 
que se reunían los fieles por tolerancia del emperador Adriano, 
del cual tomaron el nombre de Adrianeos (i): ni la de algunos 
otros lugares destinados con diferentes nombres, ya á honrar y 
venerar las reliquias de los mártires, ya á la mera oración en 
asamblea general de todos los convertidos (2) ; es de creer que 
mientras duraron las persecuciones se aplicarían indistintamente 
á estos piadosos objetos cualesquiera edificios. Pero cuando se 
construía de nuevo por excepción alguna iglesia, que propia- 
mente hablando era el lugar destinado al Sacrosanto Sacrificio, 
á la predicación y lectura de la palabra de Dios y á la adminis- 
tración de los Santos Sacramentos, era casi forzoso adoptar la 
forma de la basílica, única que se acomodaba á las necesidades 
del culto en su manifestación más solemne. Entonces se hacía 
parte por parte todo lo que las Constituciones Apostólicas re- 
querían: la iglesia en forma longitudinal, á manera de una gran 



(i) Es sabido que el emperador Adriano, después de haber leído la apología 
de S. Quadrato, obispo de Atenas, de que habla la Historia eclesiástica, de üuse- 
bio, permitió á los cristianos reunirse en unos pequeños edificios que tomaron el 
nombre de Adrianeos. 

En el siglo iii, según Optato (Contra Parment. 1. I), había en la sola Roma más 
de 40 iglesias cristianas. Véase á Ciampini Veteka monimenta: De sacris oedi- 
ficiis. 

(2) Sobre estas diferentes denominaciones según los diferentes usos, véase á 
Bellarmino {De Culi. Sanct., t. II, lib. III): uPrimó ad sacrificandum Deo appellari 
et hinc dicuntur templa; secundó ad orandum, et hinc dicuntur oratoria; tertió ad 
martyrum reliquias honorifice conservandas, et hinc basilicce, seu memorice., seu 
martyria; quartó ad populum verbo Dei et Sacramento pascendum, et hinc dicun- 
tur ecclesicv.» 



SEVILLA Y CÁDIZ 



231 



nave; galerías laterales, en uno ó en dos pisos diferentes, para 
colocar con la debida separación de edades y sexos la grey de 
los fieles (i); un recinto principal, en sitio dominante y reserva- 
do, para colocar la silla del obispo y los asientos de los presbí- 
teros; otro recinto intermedio donde se erigía el ara para la 
ofi'enda del Sacrificio, y á ambos lados los pulpitos ó ambones 
para leer desde ellos los diáconos y lectores las Santas Escritu- 
ras y cantar los salmos de David ; finalmente, á uno y otro lado 
del recinto reservado al obispo ó pontífice, y en la extremidad 
del eje de las galerías laterales ó naves menores, \os pasto for ios ^ 
que venían á ser unos pequeños aposentos amanera de celdillas, 
ó tabernáculos (2), ó armarios en que se custodiaban la Euca- 
ristía, los vasos sagrados y los ornamentos sacerdotales. Gene- 
ralmente el pastoforio de la derecha, que solía llevarlos nombres 
de paratoriunty oblation'arium^ secretariwrn, vestiarium y thesau- 
rus, servía para guardar las ofi-endas de los fieles, los vasos 
preciosos y los ornamentos; y el de la izquierda, llamado evau- 
gelhcm y diaconicu'm mintts, era el sitio en que se preparaba el 
Santo Sacrificio y donde se depositaban los Libros Sagrados. Á 
estas partes esenciales, que en rigor no constituían más que dos 
secciones importantes, á saber, la gran nave accesible á todos 
los fieles, y el santuario reservado á los ministros de Dios, se 
agregaba un pórtico exterior; y de esta manera venía á ser la 
primitiva iglesia en su disposición general semejante al templo 
de Salomón. También se ha comparado al templo pagano vuelto 
del revés, es decir, pasando sus columnatas y su decoración á 
la parte interior del edificio. Y esto se explica muy naturalmen- 
te: el culto pagano era puramente exterior, y en la iglesia cris- 
tiana, por el contrario, las ceremonias religiosas se celebraban 



(i) «... etiam mandrce habet ecclesia similitiidinem.n Constit. citada. 

(3) In Ezechielis extrema parte in visione civitatis, in veteri Iranslalione habe- 
ttir pastophoria^ tn nova gazophy lacia, id est cellulas parvas. Glosario de Ducan- 
GE, voc. pastopiioriiim. 

Las piezas ó ábsides laterales, dice Hope en su Historia de la arquitectura, po- 
dían servir de sacristía y de lugar de purificación. 



¡•52 



SEVILLA Y CÁDIZ 



interiormente en presencia de los fieles reunidos. Los cristianos 
además, no sólo por no prestarse á su culto el templo pagano, 
sino también por la instintiva aversión que tenían á todo lo que 
era recuerdo del politeísmo, repugnaban convertir en iglesias los 
templos de los ídolos. Pero por lo tocante á la decoración arqui- 
tectónica interior de los nuevos edificios, no era posible que los 
artistas cristianos descartasen por completo los bellos motivos 
introducidos por los gentiles en el ornato externo de sus cons- 
trucciones religiosas, mientras no fijesen verdaderos símbolos de 
ideas contrarias al cristianismo. 

No se crea, á pesar de lo dicho, que no pudieran convertirse 
en iglesias absolutamente ninguno de los templos del gentilismo, 
pues ni eran todos estos como aquellas diminutas celias de que 
habla May, en las cuales desaparecían los ídolos en la pequeña 
nube de un solo grano de incienso, ni sería fácil negarse siempre 
á estas transformaciones, en cierto modo gloriosas para el cris- 
tianismo. Lo único que creemos poder asegurar es que en los 
tres primeros siglos de la Iglesia no tuvieron lugar semejantes 
adaptaciones (i). 

El uso de orientar las iglesias, esto es, de hacer que el San- 
tuario mirase á Oriente, aunque recomendado por las Constitu- 
ciones Apostólicas, no estuvo siempre en observancia en los 
primeros siglos. Hubo desde muy temprano herejes que identifi- 
caron á Cristo con el sol, y entonces el respeto á la antigua re- 
gla cedió ante el peligro de ofrecer un nuevo pretexto á tan 
disparatada superstición (2). Cuando cesó este error, prevaleció 
el antiguo mandato apostólico, y todos los templos cristianos, 
por lo general, se construyeron con la orientación indicada. Por- 
que no era única razón para hacerlo así la que mencionan las 



(i) Más adelante, no sólo las hubo, sino que fueron frecuentes. Basta citar las 
dedicaciones del Panteón, del templo de Minerva, del de la Fortuna viril, de los 
baños de Docleciano y de una sala de las Termas de Agripa. 

(2) Sobre este punto tan interesante puede consultarse al erudito abate Ca- 
hier en los Anales de filosofía cristiana, t. XIX. Véase también á Baronio de 
mystíco respectit veter. chrisli.xnor. in condendis temf>lis: ad aniium ^14. 



SEVILLA Y CÁDIZ 233 



Constituciones Apostólicas, á saber, que se hacía en memoria de 
la antigua posesión del Paraíso, sino que la piedad había hallado 
otros motivos más: Jesucristo al espirar, se decía, miró al orien- 
te; en su gloriosa Ascensión álos cielos, se dirigió también hacia 
el oriente; Oriens iio^nen ejtis, dijo de él Zacarías. 

Á pesar de lo que llevamos dicho respecto de la forma gene- 
ral de las iglesias de los tres primeros siglos, sin distinción entre 
las orientales y occidentales, por cuanto el cisma que dividió á 
la gran congregación cristiana aún no había nacido, debemos 
suponer que no faltaron en la Bética edificios religiosos de 
otras formas y acomodados á otra clase de plantas. La confu- 
sión consiguiente á las persecuciones introduciría, como en 
Italia, una gran variedad de prácticas artísticas cuya observan- 
cia se prolongaría hasta las épocas mismas de paz y tolerancia. 
No está bien averiguado si los cristianos en España se refugia- 
ron alguna vez para celebrar los divinos misterios en minas 
análogas á las catacumbas de Roma , Ñapóles , Agrigento , 
Siracusa, Catania y Palermo ; parece probable que nunca los 
fieles españoles hicieran en los subterráneos ni en las canteras 
construcciones importantes como las que labraron sus hermanos 
en aquellos países. En la montuosa España, el refugio natural 
de los perseguidos debió estar siempre en las quiebras de sus 
sierras y en la espesura de sus bosques. Las basílicas de Probo 
y de Basso en las criptas del Vaticano ; los pequeños templos 
gemelos de los Santos Silvano y Bonifacio en las catacumbas 
de la antigua vía Salaria; la iglesia de San Hermes en el 
cementerio del mismo nombre y el templo circular de los Santos 
Marcelino y Pedro en los subterráneos de la vía Labicena: 
estos edificios, excavados en parte en la toba ó piedra volcánica 
y concluidos con materiales llevados de otras partes, no tienen 
en España semejantes. Sin embargo, en estas mismas construc- 
ciones excepcionales de las catacumbas se observa el esfuerzo 
hecho para adaptarlas á las prescripciones apostólicas : de 
trecho en trecho hay en estas galerías subterráneas salas ó 



2^4 S L V I L L A Y C Á IJ 1 Z 



cuhíctdos^ á veces bastante espaciosos, y de forma más ó menos 
regular, que sin duda alguna estaban destinados á las reuniones 
llamadas en las Constituciones sinaxis^ y á la celebración de los 
divinos misterios y de los ágapes. Aunque labradas en la toba, 
suelen tener alrededor asientos corridos, á manera de escalo- 
nes, destinados á los fieles, y en el testero uno ó dos poyos 
para los pontífices ó prelados que presidían la asamblea. La 
catacumba tomó esto de la Iglesia descrita como modelo por 
los Apóstoles, y ésta después tomó á su vez algo también de la 
catacumba, porque sus cámaras sepulcrales fueron las que tra- 
taron de imitar en sus criptas las iglesias latinas; que por lo 
tocante á la primitiva Iglesia apostólica, no se hace mérito de 
esta parte en su descripción (i). 

Debe suponerse que al cesar la última persecución existirían 
en la Bética notables construcciones religiosas erigidas ya en 
forma de iglesias, ya como simples capillas, oratorios y baptis- 
terios, con notable variedad de formas y plantas, durante los 
tres primeros siglos del cristianismo, y que el mismo con- 
traste que en la familia y en la vida pública ofrecían las costum- 
bres dimanadas de las dos opuestas religiones, se advertiría en 
la fisonomía monumental y artística del país, donde, por ejem- 
plo, al lado de los templos levantados en honor de Mamea (2) 
y del emperador Marco Aurelio, de fábrica aún reciente (3), 
descollarían el insigne baptisterio accitano de Luparia y la igle- 
sia en que los PP. Iliberitanos celebraban su concilio. 

Así como los cristianos y los gentiles vestían de una misma 



fi) Una de las primeras iglesias con cripta que se citan entre los monumentos 
de Roma, es la en que se venera la tumba de S. Pancracio, colocada en una confe- 
sión subterránea, sobre la cual se construyó en el siglo iv haciendo que el enterra- 
miento del santo mártir cayese exactamente debajo del altar mayor. Señala entre 
otros este ejemplo, en su Historia del arte, el caballero d'Agincourt, para probar 
que estas cámaras sepulcrales sirvieron de modelo á las criptas de las iglesias 
latinas de los siglos posteriores. 

(2) Erigió este templo á Mamea, madre del emperador Severo, la misma ciudad 
de Acci, donde comenzaron su predicación los Apostólicos. 

(3) Fué construido en lUiberi á expensas del público en el año 280. 



SEVILI. A Y CÁDIZ 



2^5 



manera, y los primeros sólo se diferenciaban de los segundos en 
cuanto al traje exterior por el palio que llevaban los varones 
más religiosos, y el velo con que se cubrían las vírgenes consa- 
gradas al Señor, así también se asemejarían mucho en su forma 
externa las basílicas paganas, los templos idolátricos y las 
iglesias cristianas; y hasta los baptisterios, ya octogonales, ya 
cuadrados, ya circulares, se aproximarían en el aspecto general 
de su construcción por de fuera, á las rotondas de los romanos 
y á sus baños de planta poligonal (i). La principal diferencia 
residiría en lo interior, y aun en esta parte los motivos de 
la decoración y su disposición general serían paganos, como se 
observa en las catacumbas de Roma. No era este un inconve- 
niente á los ojos de los primitivos fieles; hay por el contrario 
motivos para creer que, contentos los Padres de la Iglesia con 
que los prosélitos de la fe nueva atribuyesen á aquellas repre- 
sentaciones figuradas una intención y una significación descono- 
cidas al viejo politeísmo, semejante concesión respecto de las 
ideas y usos antiguos era para ellos un medio de conciliación 
entre los partidarios de una y otra creencia (2). Era, pues, el 
arte decorativo cristiano en todos sus modos de representación, 
puramente romano: las pinturas de las capillas sepulcrales, los 
bajo-relieves de los sarcófagos, eran una imitación, aveces exacta 
y escrupulosa, de los modelos de la antigüedad. Ni se conten- 
taban los primeros fieles con reproducir numerosas alegorías 
del paganismo, supuesto que en las épocas de bonanza se apo- 



(1) V. á Batissier, pág. 375. 

(2) Así lo dan á entender S. Paulino de Xola. S. Gregorio Magno y S. Gregorio 
de Niza. 

S. Clemente de Alejandría en su Pcedcig., 1. V, c. II, al señalar los símbolos que 
debían emplearse por los cristianos, confiesa que eran de origen pagano. 

Buonarrotti, Mamachi y Alegranza, piadosos anticuarios cuya ortodoxia está al 
abrigo de toda sospecha, reconocen que los cristianos procuraban popularizar las 
ideas más abstractas por medio de los símbolos que habían usado los idólatras. 

Finalmente, basta echar una ojeada sobre los monumentos de las catacumbas 
de Roma, para convencerse de que si bien los primitivos cristianos usaban de for- 
mas y emblemas propios del paganismo, era atribuyéndoles una significación 
espiritualista y moral. . 



>36 SEVILLA Y CÁDIZ 



deraban hasta de sus mismos monumentos, consagrándolos al 
Crucificado. Pero hay que distinguir de tiempos en cuanto al 
desempeño artístico de las construcciones religiosas y su deco- 
ración. Obsérvase en Roma que á medida que las producciones 
de pintura y escultura se acercan al siglo iv, el arte cristiano se 
desvía más de las prácticas y tradiciones del arte pagano, ha- 
ciéndose más original, pero también más grosero y rudo, mien- 
tras que, cuanto más se retrocede en la escala de los siglos 
hacia el origen del cristianismo, más notables son las reminis- 
cencias que el arte nuevo conserva del antiguo, más estrecho el 
lazo que los une, menos bárbara y tosca la ejecución. — Pues si 
esto sucedió en Roma, es regular que el mismo fenómeno artís- 
tico se reprodujese en España : de donde colegimos que las 
iglesias erigidas en tiempo de los siete Apostólicos, aunque pe- 
queñas y humildes, nos ofrecerían, si alguna felizmente llegara 
á descubrirse medio conservada, más belleza en su arquitectura 
y decoración que las edificadas en los tiempos cercanos á 
Constantino, en que ya el arte iba cayendo en una visible pos- 
tración. 

Entre las imágenes y emblemas figurativos de los cristianos 
dominaban los de la paz, la unión, la dicha y la esperanza; 
nunca en aquellos primeros siglos se les vio hacer la menor 
alusión á la crueldad de sus tiranos y verdugos. — Iguales ale- 
gorías se verían representadas en los monumentos sagrados 
de la Bética; pues aunque el canon 36 del concilio de Elvira 
prohibió que hubiese en la iglesia pinturas, á fin de que no estu- 
viese retratado en las paredes lo que se reverencia y adora (i). 



f i) Placuii fíicturas in ecclcsia, esse non deberé, ne quod colitiir el adoraiur in 
fiarietibus depingcitur, dice el canon citado. Comentándolo Albaspinco, dice, que 
en él sólo se prohiben las pinturas inmobles, pero no los signos ó estatuas, y que 
no se condenan tampoco las imágenes de los Santos mártires, sino las que repre- 
sentan á Dios ó á la misma Trinidad. Belarmino, con más juicio á nuestro enten- 
der, supone que esto se hizo para que las sagradas irriagenes no se estropearan 
con la humedad de las paredes, y porque en aquellos tiempos andaban muy per- 
seguidos los cristianos. Por esta causa, añade, estaban muy expuestas las tales 
pinturas a recibir escarnio y afrenta d,e parte de los gentiles: pero como este peli- 



SEVILLA 




ALCÁZAR 
Entrada al Salón de Embajadores por el Patio df, las Muñecas 



2^8 S E V I L 1. A Y C Á D I Z 

es opinión muy fundada que esta prohibición fué tan sólo rela- 
tiva á las imágenes de Dios, y dictada bajo la inminencia de 
nuevas persecuciones por el prudente temor de que fueran pro- 
fanados y destruidos tan santos y venerandos objetos. Los 
argumentos ó asuntos más usados, además de las imágenes de 
Jesús, la Virgen y los Apóstoles (con que desde el tiempo de 
Alejandro Severo comenzaron los Papas á decorar las catacum- 
bas) han sido enumerados y descritos en multitud de obras, y 
excusamos molestar al lector recordándolos de nuevo (i). 

Hemos dicho que escrupulizaban poco los cristianos primi- 
tivos respecto de los emblemas usados por los gentiles : esta 
tolerancia se extendía hasta el punto, hoy para muchos incom- 
prensible, de hacer á veces inhumar los cuerpos de sus mártires 
y confesores en los mismos sarcófagos antiguos adornados de 
bajo-relieves paganos (2). Maravillosa fuerza de la costumbre: 
no acertaban los discípulos de Cristo á renunciar á los usos 
antiguos de sus perseguidores, y si bien trocaban ó modificaban 
la significación de muchos símbolos heredados de sus padres, 
dejaban otros con su significado primitivo, juzgándolo inofensivo 



gro no existía para las tablas y demás pinturas portátiles, no debe entenderse con 
ellas la prohibición del canon de Elvira. 

(i) Quien desee una descripción cabal de estas representaciones alegóricas 
tomadas de la antigüedad pagana, puede consultar la Roma Sotterraitea de Bosio, 
su traducción latina añadida, con el título Roma stibterranea, de Arringhi, la obra 
de M. Raoul Rochette Tabican des Calacombes, y la de M. Perret sobre las mismas 
Catacumbas. San Clemente de Alejandría declara de una manera positiva esa pro- 
cedencia, de la cual no creía debieran avergonzarse los fieles. Sintvobis signacula, 
dice en su Paedag. lib. III, cap. X, columba^ piscis, vel navis quce celericursu a ven- 
to fertur^ vel lira música qua vsus est Polycrates, vel anchova quam insculpebai Se- 
leucus. 

(2) Boldetti en sus Osservazioni. etc., p. 466, habla de un magnífico sarcófago 
descubierto en el cementerio de Sania-Agnese^ en que á pesar de estar esculpido 
el dios Baco rodeado de amorcillos desnudos y genios de las estaciones, había sido 
sepultada la Sierva de Dios (ancilla Dei) Aur. Agapetilla. 

La concha de pórfido que cubría la urna funeraria del emperador Adriano, ser- 
vía primero de tumba al cuerpo del papa Inocencio II, y después ha servido para 
la pila bautismal, que aún se conserva, de S. Pedro de Roma. 

La misma libertad se usó en Francia: el cuerpo de S. Honorato fué depositado 
en un sepulcro todo adornado de figuras de personajes romanos en su haz exte- 
rior. 



S E V I L L A Y C Á D I Z * 239 



al espíritu de la nueva religión. Y ¿qué más? en cuanto al uso 
de amueblar, digámoslo así, las cámaras sepulcrales, introdu- 
ciendo en ellas las alhajas, las armas, los instrumentos, amule- 
tos y demás objetos que el difunto había tenido en más estima 
durante su vida, lo continuaron con toda puntualidad; sin omitir 
el requisito, tan indispensable entre los paganos, de las esencias 
y perfumes, que, lo mismo que aquellos, esparcían sobre los 
cadáveres dejando en el sepulcro los frascos (i), las cazoletas 
y las cucharillas. Esta tolerancia de los cristianos con las prác- 
ticas antiguas fué luego recíproca en los gentiles para con ellos: 
muchos personajes de Roma, después de la paz de Constantino, 
se tuvieron por honrados mandándose enterrar junto á las 
sepulturas de los mártires dentro de las catacumbas (2). 

Debemos suponer, atendida la grande uniformidad que llegó 
á establecerse entre los usos y costumbres de los españoles dé 
la Bética y los de los romanos, que cuanto hemos indicado acerca 
del arte cristiano en Roma, tuvo aplicación en las provincias 
que son objeto de nuestro actual estudio. La planta y disposi- 
ción de sus edificios religiosos variaría constantemente según 
las circunstancias de los tiempos, de las localidades y de los 
edificadores, acomodándose las Iglesias unas veces á la modesta 
sencillez y regularidad de las escuelas públicas, otras á la gran- 
diosidad de los salones de los Césares; hoy desnudas de todo 
ornato, mañana ricamente decoradas; alguna vez quizá ajusta- 
das á las prescripciones de las Constituciones apostólicas que 



(i) Asegura Batissier que estos frascos ó ampollas, llamados comunmente la- 
crimatorios, y entre los anticuarios italianos ampolle di sangue, porque se creyó 
por mucho tiempo que habían contenido sangre de los mártires, sólo contuvieron 
perfumes. Por lo que hace á la costumbre de los primitivos cristianos de esparcir 
sobre los cadáveres esencias aromáticas, parece que dan testimonio de ella aque- 
llos versos de S. Paulino de Xola (Natalia. \\). 

et medicata fiio referent ungüenta sepulchro, 
martyris hi tumiiliim studeanl perfuiidere nardo. 

(2) De aquí el haberse encontrado en las catacumbas inscripciones gentílicas 
y estatuillas de falsas divinidades. 



2^0 SEVILLA y CÁDIZ 



hemos recordado. I^as sagradas ceremonias del nuevo culto lo 
mismo podían celebrarse en el alto cenáculo que en la cámara 
subterránea, lo mismo en el cubículo de la catacumba que en la 
espaciosa sala de la escuela. Una cruz, un ara, una fuente bau- 
tismal podían colocarse en cualquiera parte. Ora sirviese de 
secreto redil á la nueva grey la morada particular de algún 
recién convertido, ora explayase la augusta santidad de sus 
ritos bajo la tolerancia de un procónsul humano y generoso, en 
un edificio construido al intento, ora perseguida y vergonzante, 
ora consentida y llamada á sacar de la oscuridad de los escon- 
drijos la majestad de sus misterios, la verdad persuasiva de 
sus dogmas y la belleza de su moral, siempre en la Iglesia 
de Jesucristo brilló aquel divino carácter de universalidad que 
la hizo desde su nacimiento adaptable á todas las circunstan- 
cias y situaciones. Pero es evidente que si bien la forma del 
edificio religioso pudo variar hasta lo infinito, y varió en efecto 
de una manera radical, ya en el oriente respecto del occiden- 
te (i), ya en el mediodía respecto del septentrión, no así el len- 
guaje figurado que servía de arte decorativo, no así los emble- 
mas y alegorías, el simbolismo en suma, que entrañaba verdades 
uniformemente promulgadas en todas partes. Menos aún podía 
la Bética separarse en este punto de Roma, que era su modelo 
y su maestra, y con la cual conservaba su Iglesia las íntimas y 
frecuentes comunicaciones de que nos da irrecusable testimonio 



(i) El que desee adquirir las escasas noticias que suministran los librosáfalta 
de monumentos sobre la forma de las iglesias del oriente anteriores á la paz de 
Constantino, debe acudir á las descripciones, desgraciadamente truncadas é in- 
completas, de los historiadores y escritores sagrados contemporáneos. Eusebio de 
Cesárea hace mención de algunas construidas en Constantinopla, Antioquía, Jeru- 
salén y otras ciudades importantes. Sus plantas eran de todo punto singulares, ya 
circulares, ya poligonales, ya paralelógramas : sus cubiertas, de bóveda ó cúpula. 
Las formas macizas del arte romano no hallaron cabida en estas construcciones, 
notables particularmente por la ligereza, esbeltez y gracia propias del genio 
oriental. 

Es curioso investigar la inlluencia del arte de la Siria, Persia y Jonia en las 
obras de los primeros cristianos del oriente ; pero este asunto no entra en el cua- 
dro de nuestros estudios actuales. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



241 



el ver á los prelados reunidos en Elvira seguir siempre en los 
casos de discordancia ó duda los ritos y usos romanos. Además, 
todo debe suponerse común y uniforme en la Iglesia católica de 
aquellos tiempos, anteriores al Cisma, en que las dos comunio- 
nes griega y latina eran una sola, en que el grande Osio preside 
los concilios de Nicea, de Arles y de Sárdica, y en que la deno- 
dada hueste de tantos obispos y diáconos españoles, gloriosos 
defensores de la verdad contra los errores de los arríanos y 
donatistas, acude presurosa de occidente á oriente y del medio- 
día al septentrión para pelear en aquellas memorables trinche- 
ras de la Iglesia universal. 

Respecto del culto público, los cánones de Elvira nos reve- 
lan una circunstancia que bastaría por sí sola, á falta de otras, 
para probarnos la acrisolada fe de los cristianos de la Bética, y 
es, que aun en aquellos períodos de recrudescencia en que los 
emperadores gentiles perseguían con tanto encarnizamiento la 
religión de Jesucristo, se celebraba el sacrificio en las iglesias. 
Asistían á él todos los fieles, y el que dejaba de acudir al tem- 
plo tres domingos consecutivos, quedaba privado de la comu- 
nión por cierto tiempo. Esto manifiesta que los cristianos vivían 
tan adheridos á sus iglesias, que no se separaban de ellas sino 
por muy pocos días cuando les era absolutamente indispen- 
sable. 

El sacrificio se celebraba diariamente, pero aconsejaba la pru- 
dencia que no se obligase á los fieles á la asistencia diaria al 
templo : reputábase sin embargo término suficiente para esqui- 
var las persecuciones, el de tres semanas. Los prelados además 
indicaban el día y el lugar para la celebración de las reuniones 
extraordinarias, y para esto se valían del ministerio de los diá- 
conos, los que uno á uno iban avisando á todos. 

Sobre la existencia de las parroquias en estos tiempos no 
cabe la menor duda. Ya antes, por los años 290, el papa 
Dionisio en su epístola 2.^ había mandado al obispo Severo que 
hiciese en la provincia Cordobesa la división de iglesias parro- 



2.\2 SEVILLA Y CÁDIZ 



quiales y las constituyese (i): de modo que debe creerse que la 
asistencia á la misa y la comunión habían de verificarse precisa- 
mente en iglesias determinadas. Parroquias había muchas; fal- 
tarían quizá obispos ; mas no por esto quedaban las diócesis 
abandonadas, pues á falta de prelados y presbíteros, era lícito 
dar á los simples diáconos el gobierno de la plebe (2). Si no 
fuera ya considerable el número de las iglesias en la época que 
venimos examinando, juzgamos que el canon en que se permite 
al lego bautizar al catecúmeno en peligro de muerte (3) habría 
sido concebido en términos muy diferentes: Yendo en una nave 
lejos de tierra^ ó si no hubiere á corta distancia una iglesia, 
dice el concilio, puede un fiel qiie tiene integro sti bautismo, y no 
es bigamo, bautizar al catecúmeno que se halla gi^avemente enfer- 
mo. Dé aquí parece deducirse que si bien no habría iglesias en 
todas las aldeas y lugares de España, no faltarían en casi nin- 
guna de las poblaciones principales. Pruébase asimismo por 
estos cánones de Elvira que ya los obispos y clérigos tenían 
audiencia ó jurisdicción forense, entendiéndose ésta no sólo del 
foro penitencial, sino del exterior judicial (4). 

Acerca del orden con que se celebraban los divinos oficios, 
parece fuera de toda duda que perseveraba el introducido por 
los siete Apostólicos , en lo principal conforme con el pres- 
crito por S. Pedro para Roma y para todo el Occidente. 
Uniforme en toda la Iglesia católica (5) en cuanto á la sustancia, 



(i) Que había parroquias establecidas en tiempo del concilio de Elvira, lo 
prueban también las firmas de los presbíteros que asistieron á él como párrocos. 

(2) Can. 77. Sí qitis diaconus regens flebcm sine cpiscopo vel presbyiero, etc. 

(3) Can. ^8. 

(4) Can. 74. Falsus iestis, proiit est crimen, abstinebitur, etc. 

(^) Como ya en el siglo iii había infinitas herejías, para diferenciar á sus se- 
cuaces del gremio de la Iglesia verdadera, dieron á esta los PP. Iliberitanos el 
nombre de Iglesia católica. Por la misma razón en todos los antiguos concilios 
suscriben los obispos fieles como obispos de la Iglesia católica, para distinguirse 
de los que no lo eran, como los novacianos. los donatistas, etc. En la ley 2 del 
Cod. Theodos. de fide catholica. se dice que deben llamarse cristianos católicos los 
que abrazan la religión que siguen Dámaso, romano Pontífice, y el Patriarca .Ye' 
Alejandría. 



S E \' I Ll. A Y CÁDIZ 243 

Ó en cuanto á la consagración de la materia (i), variaría quizás 
en las diferentes localidades respecto del modo, número y orden 
de las oraciones de la misa. Cuando instaba la persecución, sería 
la liturgia breve y reducida á lo puramente indispensable, con la 
oración dominical, el ofertorio y la consagración; cuando había 
paz y sosiego, el oficio se explayaría en preces y se dirían las 
siete acostumbradas oraciones que según S. Isidoro se derivan 
de la evangélica y apostólica doctrina. Consta en efecto por tes- 
timonio de Santos Padres inmediatos á los apóstoles, que al 
tiempo del sacrificio se usaban varias preces, darse la paz, ofre- 
cer, dar gloria á Dios, hacer gracias, bendición, etc.; lo cual pide 
diversas oraciones, y además una' liturgia ya escrita : no pare- 
ciendo probable ni conveniente que se fiase todo á la memoria. 
Consta asimismo que había lecciones del Nuevo y Viejo Testa- 
mento. Nada se opone en suma á que lo sustancial de la liturgia 
estuviese escrito, sin que tuviesen las partes todo el complemen- 
to que con el tiempo se les fué acrecentando; porque empezar, 
crecer y perfeccionarse, es la condición natural de todas las 
cosas. 

No era permitido á los catecúmenos asistir á las oraciones y 
ceremonias propias de los bautizados. Antes del concilio de 
Orange celebrado en tiempo de Teodosio el menor, ni aun siquie- 
ra se les consentía oir la lectura de los Evangelios. Podían los 
que se instruían y preparaban para recibir el agua regeneradora 
del bautismo asistir en la iglesia á ciertas oraciones, así en mai- 
tines y vísperas como en la misma misa ; pero en los rezos de 
aquellas horas, al dar él obispo la bendición debían apartarse ó 
desviarse de la grey cristiana, para que no creyeran que la ben- 
dición de los fieles les pertenecía á ellos ; y en igual ocasión 
durante la misa debían retirarse de la iglesia. La bendición que 
se daba á los catecúmenos constaba de otras palabras y rito 
que la de los iniciados. 



(1) V. al Carel, de Bona, R¿y. ¡ilurgic. lib. I. cap. 7, núm. V. 



244 SEVILLA Y CÁDIZ 



Después que los catecúmenos y penitentes evacuaban la 
iglesia, comenzaban las ofrendas. Avergonzábanse los cristianos 
de acudir al templo para pedir á Dios mercedes, y hasta la mis- 
ma vida eterna, sin llevarle algo de las cosas perecederas de la 
tierra. En muchos de los primeros concilios este generoso sen- 
timiento se convierte en precepto, y se manda que no se pre- 
senten los fieles sin ofrenda. Llevábanse estas ofrendas al altar, 
señaladamente los domingos, durante la solemnidad de la misa; 
pero no podían ofrecerse indiferentemente todas las cosas. Unas 
se consideraban como convenientes á la majestad del altar y 
santidad del templo, pero otras los profanaban; y no solamente 
se condenaban las ofrendas profanas, sino además las supersti- 
ciosas (i). Reducía generalmente á pan y vino sus ofrendas la 
gente común: recibíanlo los sacerdotes, repartiéndolo entre los 
fieles y los clérigos pobres: otro tanto se hacía con el dinero 
que otros ofrecían por medio del diácono, el cual se quedaba 
para los mismos fines en el gazofilacio. 

Este pan ofrecido á la Iglesia por la piedad de los fieles era 
el mismo que la Iglesia les devolvía consagrado y convertido en 
cuerpo de Jesucristo, en cuyo amor se consumaba con fraternal 
reciprocidad el santo comercio de caridad cristiana que tanta for- 
taleza comunicaba á los fieles para merecer la corona de mártires y 
confesores. De los panes presentados en el altar, sin reparar en 
su clase y figura, aunque procurando elegir el más blanco, toma- 
ba el sacerdote para la consagración uno solo, de tal magnitud 
que todos los que comulgasen pudiesen participar de él. Porque 
la Iglesia en su antigua disciplina, para imitar más á Jesucristo 
y recordar su pasión, hacía pedazos el pan consagrado á fin de 
que los cristianos comiesen del mismo que consumía el sacer- 
dote. Podía esto verificarse en la iglesias reducidas de aquellos 
tiempos, porque habiendo de comulgar de un solo pan todos los 
fieles ó iniciados que asistían al sacrificio, se concibe que si era 



(i) Cuáles fuesen unas y otras puede verse en los cánones apostólicos 3.° y 5-° 



SEVILLA Y CÁDIZ 



245 



SEVILLA 



el pan de gran tamaño, alcanzase para todos dividido en peque- 
ñas partículas. Así la comunión y unidad católica se significaba 
y traducía hasta en la forma material y exterior: así el divino 
alimento que santificaba al 
clero y al pueblo era más 
visiblemente uno para todos, 
y todos miembros de un solo 
cuerpo , iguales delante de 
Dios, sujetos á una xabez-a 
que se identificaba con ellos 
en el sustento y en la gra- 
cia. 

A los energúmenos no 
se les admitían las ofi'endas, 
y por lo mismo no se los 
mencionaba en el altar (i). 

La iluminación de los 
templos, aunque no esplén- 
dida en aquellos siglos como 
en los posteriores , no era 
sin embargo escasa. No fué 
sólo la necesidad la que la 
introdujo en las tenebrosas 
catacumbas, y el célebre Mu- 
ratori ha demostrado de una 
manera incontrovertible que 
no se debe á la mera tradi- 
ción de un uso establecido 
por aquella necesidad la cos- 
tumbre de iluminar la iglesia 

hasta en las reuniones diurnas (2). Fué esta una de las 
prácticas que la Iglesia al nacer encontró establecidas, y que 

(i) Can. 29. 

(2) MuRATOiu, Anécdota (latina), ló.-'' disertación in S. Paiilín. nai. XL 




ALCÁZAR 
Puerta del Patio de las Muñecas 



24O S E V I I. I A V CÁDIZ 



conservó, y aun consagró por el uso que de ellas hizo, como una 
de tantas costumbres que deben su origen no á creencias deter- 
minadas, sino á ciertos sentimientos de la naturaleza humana 
que se han abierto paso en todas las religiones del mundo. La 
antigüedad pagana nos suministra innumerables ejemplos de las 
iluminaciones de toda especie, con teas, antorchas, hachas, ho- 
gueras, etc., y durante el día, como muestra de regocijo ó cere- 
monia de honor. Por lo tocante á la época cristiana, nada nos 
sería más fácil que aglomerar autoridades sobre el empleo de 
las lámparas y cirios en las ceremonias eclesiásticas. En el her- 
vor mismo de las persecuciones, vemos á los fieles de Cartago 
acompañar en cortejo ñínebre, con sendas hachas, el cadáver 
de S. Cipriano después de su martirio (i), á pesar de su inten- 
ción de sustraerlo á la vista de los paganos. Prudencio, que 
floreció en época muy cercana á los mártires, cuyas alabanzas 
canta su ardiente é inspirado plectro, pone en boca del perse- 
guidor de S. Lorenzo, que pide al santo diácono le entregue los 
tesoros de la Iglesia, estas palabras: «Sabemos que en vuestras 
«reuniones nocturnas os alumbráis con cirios puestos en cande- 
» labros de oro (2).» — No era el único objeto de las luces honrar 
la presencia real del Señor en el Sacramento Eucarístico, el cual 
no se conservaba siempre ni en todas partes según hoy es cos- 
tumbre entre los católicos; encendíanse también para las reliquias 
y las sagradas imágenes, ante las cuales ardían como perennes 
testigos de la piedad del pueblo. 

Pero sobre la iluminación de los cementerios hay entre los 
cánones de Elvira uno muy notable, que descubre algo de pecu- 
liar á la Iglesia de la Bética (3). Mandan los PP. del Concilio 
« que no se enciendají de día cirios en ¿os cementerios, porque no 



(1) RuiNAHT, AA. Marlyriim: S. Ciprian., n." 5. 

(2) Peristeph. II. 7 i y siguientes. 

Aitroque uociurnis sacris 
adstare /ixos cercos. 

(3) Can. 34. Céreos per dicmplcicuitín cd-menteriú non incendi, inguíetandi envn 
sctnctorum spiríius non sunt. 



S E V I L L A Y CÁ D I Z 2A^'] 



■s> deben inquietarse los espíritus de los Santos. >•> Los expositores 
del derecho eclesiástico difieren sobre la interpretación de este 
canon. Juzgan unos que lo que prohibe es aquel residuo de la 
antigua magia pagana, que aún duraba en España en los prime- 
ros siglos del Cristianismo, y mediante el cual se encendían luces 
para hacer las evocaciones de los espíritus pronunciando ciertas 
palabras misteriosas: superstición justamente condenada y ana- 
tematizada. Antiguamente, en efecto, se jactaban los magos y 
nigrománticos de poder evocar ó inquietar los manes de los 
Santos para consultarlos sobre las cosas futuras, haciéndolo así 
con objeto de poder con más facilidad separar á los cristianos, 
poco seguros en la fe, del verdadero culto de Dios (i). No es 
de extrañar que los cristianos primitivos conservasen algunos de 
los groseros errores del gentilismo, cuando tantos hombres de 
privilegiado entendimiento, honra y decoro de la clásica antigüe- 
dad, habían incurrido en ellos, como se lee en Plinio, Cicerón y 
Horacio (2). No sólo pues se encendían luces en los cementerios 



(i) Obsérvase para robustecer esta interpretación, que en el lenguaje délas 
Sagradas Escrituras inquietar los espíritus de los Santos es lo mismo que inten- 
tar sacarlos del descanso en que están, restituyéndolos á la luz presente: á lo que 
otros llaman solicitar, sacar, educir, llamar ó invocar los manes. Así, en efecto, 
cuando Saúl, consultando á la pitonisa de Endor, obtuvo por castigo del cielo que 
se le apareciese Samuel, le preguntó éste ¿-porqué me has inquietado haciéndome 
aparecer? Á este arte de la nigromancia llamó con justicia Tertuliano st!02/;7afa ido- 
lairia. 

(2) Recomendamos al lector principalmente la sátira 8.' de Horacio, lib. I, don- 
de se hace la más chistosa y entretenida burla de las brujas del paganismo y de 
sus conjuros. 

Scalperc terram 

unguibus, et pullam diveliere mordicus agnam 
cseperunt; crúor in fossam confusos, ut indc 
manes elicerent, animas responsa daturas. 

Así evocaban los espíritus aquellas asquerosas mcdiuins de la antigua Roma: las 
miss Brown de nuestros días no recogen para sus evocaciones las drogas infernales 
y las ossa herbasque nocentes de que habla el poeta, ni emplean para disfrazarse 
Canidix dentes y el altum Saganx caliendrum; hácenlo todo sencilla y limpiamente 
con el magnetismo, y lejos de intimidar con su aspecto y sus tremendas operacio- 
nes, atraen con el buen tono y la exquisita elegancia de sus casas y personas. Pero 
todo es igual en el fondo : la forma sólo ha cambiado. Y lo más doloroso es que en 
este cambio queda la civilización moderna muy por debajo de la cultura de los 



248 SEVILLA Y CÁDIZ 



por verdadera religión, sino que también las usaban los mágicos 
y adivinos. Pues como después de comer no era lícito celebrar 
sin causa necesaria, y los sacrificios que solían hacerse para evo- 
car los espíritus de los Santos y de los difuntos en general no 
se hacían por la noche, explicaron los PP. del Concilio que la 
prohibición se concretaba á las iluminaciones diurnas (per diem): 
para que no se creyera que las vigilias nocturnas, entonces muy 
comunes, habían de celebrarse á oscuras. 

Entienden otros anotadores este canon de muy diferente 
modo: D. Fernando de Mendoza interpreta la palabra santos 
por los mártires y confesores; pero Loaisa dice que por santos 
deben entenderse los fieles devotos, cuyo espíritu se inquieta ó 
distrae con la concurrencia y con el cuidado excesivo de encen- 
der los cirios y mantener las luces. — Suponen algunos finalmen- 
te que el motivo de la prohibición de poner luces en los cemen- 
terios fué el deseo de ocultar á los gentiles los parajes en que 
reposaban los cuerpos de los mártires, y de evitar al mismo 
tiempo que sufrieran malos tratamientos de parte de los perse- 
guidores los clérigos diputados para la custodia de las santas 
reliquias. Por lo demás, las iluminaciones nocturnas de los ce- 
menterios no sólo no eran prohibidas, sino que estaban muy 
especialmente recomendadas y preceptuadas las vigilias en ellos. 

Era costumbre de los cristianos desde el nacimiento de la 
Iglesia (i), pasar en oraciones la noche que precedía al día fes- 
tivo (2); pero las vigilias, instituidas santa y religiosamente para 
celebrar la memoria de los Santos y meditar sobre los ejemplos 
de los mártires y confesores, alguna que otra vez dieron ocasión 
á escenas torpes por la simultánea concurrencia de los dos sexos. 



gentiles, porque entre aquellos eran las pitonisas ó hechiceras gente tan despre- 
ciada y baladí como Sagana y Canidia, y reputaban los hombres superiores castigo 
suficiente para sus farsas la ventosidad de un Priapo de madera. 

(1) Atestigúalo Plinio el joven. 

(2) Era tal la piedad de los antiguos respecto de los cementerios, que se reunían 
y pasaban en ellos las noches enteras, cantando alabanzas á los mártires. V. las 

Constituciones Apostólicas, lib. VI, cap. último. 



•SEVILLA Y CÁDIZ 24Q 

Por esta razón los PP. Iliberitanos, tan celosos guardadores de 
la pureza de las costumbres, juzgaron conveniente que las mu- 
jeres no pernoctasen en los cementerios (i), donde, por no po- 
derse quizá establecer cómodamente la separación que se obser- 
vaba en las iglesias, era más fácil y peligrosa la promiscuidad. 
Las leyes romanas, á que España estaba sujeta, prohibían 
enterrar los cadáveres dentro de las poblaciones, de modo que 
los mártires, y en general todos los fieles difuntos, eran sepulta- 
dos fuera de los muros en parajes subterráneos y oscuros; cir- 
cunstancia que podía favorecer á las torpes intenciones de los 
hombres de malas costumbres. Fuerza es reconocer que los 
mismos paganos se mostraron en esta parte igualmente celosos 
del pudor y de la honestidad, porque ya en tiempo de Rómulo 
las vigilias de mujeres y hombres juntos estaban vedadas, no 
sólo en los campos, sino en las mismas ciudades, y después se 
mandó que los hombres no pernoctasen en los templos de las 
Vestales. 

Terminaremos este bosquejo sobre el culto público de los 
cristianos de la Bética en la interesante época de transición que 
nos ocupa, mencionando una disposición del mismo concilio de 
Elvira acerca de la bendición de los campos. Venía ya admitido 
antes de este concilio, tanto por una constitución del papa Euti- 
quiano (2) cuanto por la costumbre, que todo lo que pertenecía 
en esta provincia al uso de los hombres, los campos, los frutos, 
las casas, la familia, fuera bendecido por los sacerdotes, á cuya 
morada se llevaban todas las cosas semovientes, sin que fuera 
lícito servirse de ellas antes. Desde el tiempo de los Apóstoles 
bendecían los sacerdotes las nuevas mieses, las uvas y otras co- 
sas (3), y si bien estaba prohibido que se ofrecieran en sacrificio 
sobre el altar las legumbres y demás frutos, á excepción de las 
espigas y uvas, no se vedaba que fuera del sacrificio se bendije- 



(i) Can. 35. Nefcemine in ccemenleriis fiervigüeni. 

(2) Dirigida á los prelados de la Bética. 

(3) Can. apost. III y IV. 



250 S E V I L L A Y C Á D I Z 



ra en el altar mismo lo que había de servir de alimento á las 
personas. El concilio, pues, aceptó esta antigua costumbre, con- 
firmó este piadoso y laudable rito; pero sabiendo é inculcando 
que toda bendición que se da fuera de la comunión de la Iglesia 
es maldición, cuidaron de que los fieles ignorantes no ñiesen 
damnificados haciendo bendecir sus casas y haciendas por los 
judíos. 

Para terminar este capítulo, haremos mención de un hecho 
que acredita cómo las dos sociedades pagana y cristiana coexis- 
tían en la Bética en cierto pié de necesaria y mutua tolerancia, 
y cómo, en cuanto un hecho cualquiera impremeditado venía á 
alterar esta costosa é insubsistente tranquilidad, al punto se pro- 
curaba calmar la efervescencia popular, satisfacer al partido 
ofendido y restablecer el equilibrio. El carácter personal de los 
príncipes nada ó poco influía en estas oscilaciones : al paso que 
un Marco Aurelio y un Decio figuraron entre los más iracundos 
perseguidores, hombres como Caracalla y Alejandro Severo se 
distinguieron como protectores de los cristianos. Vemos en 
suma que con la misma facilidad pasaron de la persecución á la 
tolerancia y al contrario, los tiranos que los políticos indecisos 
é irresolutos: lo mismo Adriano, Probo y Tácito, que Eliogábalo 
y Cómmodo. 

« Sz alguno quebr abitare los ídolos y en aqziel mismo sitio 
•D fuere m,uerto; como qite en el Evangelio no se maiició tal cosa, 
» ni se hizo jamás en tiempo de los Apóstoles, Juzga7)ios que no 
y>debe ser contado en el número de los mártires (i).» De esta 
manera procuraban los sabios y prudentes PP. Iliberitanos, 
penetrados de la necesidad de mantener la paz con el Estado, 
refrenar el celo indiscreto y las provocaciones de los que busca- 
ban el martirio, arrastrados más de una efervescencia iracunda 
que de un verdadero espíritu cristiano. Aprobaban aquellos 
santos prelados, y aun veneraban, la constancia y heroica fir- 

(i) Can. 60. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



meza de los que se mantenían fieles cuando con amenazas se los 
quería obligar á sacrificar ó dar culto á los falsos dioses; pero 
no querían que el cristianismo sirviese de pretexto para provo- 
car sediciones fijnestas á la Iglesia, ni que el pueblo tributase á 
los meramente fanáticos el nombre, honor y dignidad de márti- 
res. — Por otra parte, era necesario evitar que se hiciese con el 
nombre cristiano una especulación: porque entre los llamados 
fieles había antiguamente muchos pobres y mendigos, los 
cuales, no tanto por celo de religión cuanto por su absoluta 
desnudez y desamparo, se exponían al martirio con objeto de 
que mientras permaneciesen en la cárcel los alimentara la Iglesia 
y pagara sus deudas. Pero lo que principalmente se deseaba era 
que los gentiles no tuviesen pretexto para ensañarse contra los 
cristianos y sus templos. 

La Iglesia incipiente no podía menos de aceptar la paz 
transitoria que la tolerancia del politeísmo romano le ofrecía. 
No era pequeña concesión para la arrogancia romana el puesto 
que algunos personajes de la familia de los Césares daban 
á Jesucristo entre los otros dioses de su larario. Sabían los 
santos prelados de la grey naciente que el cristianismo es esen- 
cialmente exclusivo; mas aguardaban resignados á que se 
convenciesen de esta verdad los paganos, aun á costa de ser 
entonces el blanco de la pública animadversión y declarados 
enemigos irreconciliables de las divinidades del Imperio. Roma 
daba con la mayor facilidad carta de naturaleza á todas las re- 
ligiones del universo: imitadora en esto de la Grecia de Alejan- 
dro Magno y de sus sucesores, había reunido é identificado con 
sus divinidades á los dioses que adoraban todas las naciones 
del oriente y del occidente sometidas á su potestad. Si el 
cristianismo hubiera podido amalgamarse con esta religión tan 
expansiva y cosmopolita de los dueños del mundo, ninguna va- 
riación hubiera ocurrido en las instituciones del Imperio ; toda la 
novedad se habría reducido á tener Roma un dios más en su 
Panteón. La sociedad pagana no rechazaba pues la nueva 



252 



SEVILLA Y CÁDIZ 



creencia de una manera absoluta; al contrario, sus tendencias le 
eran hasta cierto punto favorables; pero quería, si posible 
fuese, conciliar el culto del verdadero Dios con las costumbres 
del politeísmo. 

La propensión del pueblo pagano á cristianizarse, si es lícito 
usar de esta expresión, unida á aquella especie de misión provi- 
dencial que la mujer desempeña en la familia, y en cuya virtud 
esta privilegiada mitad del linaje humano venía siendo la égida 
de los perseguidos y el motor de los más afortunados cambios 
verificados en los hombres y en los acontecimientos (i), trajo á 
la sociedad romana al punto de una inminente abjuración de su 
antigua y relajada fe, que indudablemente se hubiera verificado 
á pesar de las interesadas resistencias de la oligarquía senato- 
rial, si Diocleciano hubiera sido un hombre de carácter menos 
débil. 

Las catacumbas parecían cerradas ya para siempre : las igle- 
sias, adornadas de flores, se alzaban rivalizando con las aulas 
imperiales: la nueva fe había conquistado su libertad, y con esta 
el influjo y el poder. Diocleciano no era ya el emperador sujeto 
con los grillos ocultos de las tradiciones republicanas, sino un 
verdadero rey: un rey á la manera de los del Asia, ceñido con 
su diadema, cubierto de seda y oro, custodiado exteriormente 
por sus scholcE y en lo interior por sus eunucos; inaccesible, si- 
lencioso, severo, servido de hinojos y adorado como un semidiós 
en su palacio de Nicomedia. Y este rey, absoluto como los de 



(i) El que desee profundizar en este interesante argumento puede consultar, 
además de las obras del abate Greppo sobre la historia eclesiástica de los primeros 
siglos, el curioso trabajo de J. de Witte publicado en el tomo 3.° de la Miscelánea 
de arqueología, etc. (Mélanges d'archéologie, etc.) de Cahier y Martin. 

Merced á estas concienzudas investigaciones, tenemos documentos suficientes 
para establecer de una manera incontrovertible el cristianismo de varios perso- 
najes de las familias de Nerón y de Domiciano, y de algunos emperadores anterio- 
res á Constantino. 

Las notables obras del abate Greppo que dejamos arriba citadas, son: Trois iné- 
moires relatifs a l'Hisioire ecclésiastique des premii^rs siécles, Lyon, i 840 ; y Notes 
historiques, biograplüques, archéologiques et lütéraires, coticernant les -premiers 
siécles clirétiens, Lyon, 1841. 



S E \- 1 L L A 




ALCÁZAR. — Salón de Embajadores 



2 54 S E V 1 L L A Y C Á D I Z 



Oriente, rodeado de oficiales palatinos y altos ñ.inc¡onarios que 
jamás había conocido el Capitolio, no sólo protegía á los cristia- 
nos, sino que les tenía entregados su confianza, su casa, su pa- 
trimonio y el mismo gobierno. Dorotheo y Gorgonio, cristianos 
ambos, manejaban todos los negocios públicos. Frisca y Valeria, 
la esposa y la hija del emperador, profesaban el cristianismo: 
Diocleciano en verdad no llegó á abrazarlo ; pero todo induce á 
creer que tuvo tratos muy confidenciales con los cristianos (i). 
Dice Chateaubriand hablando de este emperador (2): «Su genio 
»era grande, poderoso, atrevido; pero su carácter, con harta 
»ñ-ecuencia débil, no sostenía el peso de su entendimiento.» Y 
tiene sobrada razón : Diocleciano concibió el gran proyecto polí- 
tico de defender el mundo romano contra los embates de la bar- 
barie invasora haciendo división metódica lo que era ya des- 
membración y desquiciamiento, constituyendo cuatro grandes 
monarquías con los restos del coloso antiguo, como cuatro inex- 
pugnables barreras ó antemurales en que se estrellase la furia 
de las hordas incultas que espiaban el momento de lanzarse so- 
bre el Imperio y hacerlo pedazos. Como complemento y clave de 
esta gran confederación y de la revolución administrativa consi- 
guiente, ideó un poder supremo pleno y absoluto, el cual, por la 
oposición forzosa que había de encontrar en las formas republi- 
canas si llegaba á ensayarse en la misma Metrópoli, debió lle- 
varse á efecto trasladando á otra parte la silla imperial. Con 
estos elementos, si Diocleciano hubiera persistido firmemente en 
su sistema de tolerancia, que era ya la ley del Imperio y el ar- 
diente anhelo de todo el orbe, su puesto en la historia hubiera 
sido el que después ocupó Constantino. Pero, como hombre de 
poco carácter, se dejó arrastrar por las sugestiones de sus cole- 
gas Galerio, Constancio Cloro y Maximiano, y haciendo trai- 



(i) Esta aseveración, que sorprende al pronto por su novedad, se halla sóli- 
damente fundada por el conde de S. Priest en su notable trabajo liistoire de la ro- 
yauíé, tomo i.°, lib. II, cap. 111. 

(2) Mártires. L. III. 



SEVIl. LA V CÁDIZ 255 



ción (i) al partido más popular, decretó contra los cristianos la 
sangrienta persecución á que los historiadores sagrados dan el 
nombre de era de los mártires. Los resultados de la debilidad 
de Diocleciano pueden adivinarse: al ceder á la exigencia de sus 
colegas, abdicó de su proyecto de restauración monárquica; al 
entregar los cristianos á la furia de la aristocracia romana, al 
someter á esta terrible prueba las fuerzas de la nueva religión, 
el triunfo fué para Jesucristo, el porvenir quedó asegurado á la 
Cruz. 

Sería injusto culpar á Diocleciano por todos los martirios 
que los cristianos padecieron mientras ocupó el trono: ya hemos 
dicho que en muchas ocasiones hubo mártires sin que el nombre 
cristiano en general fuese perseguido, y que esto se verificaba 
cuando una circunstancia cualquiera, imprevista y fortuita, venía 
á destruir el equilibrio artificial que descansaba en la tolerancia 
del Imperio y en los progresos clandestinos del cristianismo. Es 
de suponer que ni siquiera llegarían á noticia del emperador las 
crueldades de vez en cuando cometidas por los Presidentes de 
las provincias, más que con el carácter de persecución reli- 
giosa, con el de castigos por delitos de subversión y subleva- 
ción. 

Esta significación y no otra tiene el martirio de las dos san- 
tas patronas de Sevilla, Justa y Rufina. Fué cabalmente al año 
segundo de haber ascendido al Imperio aquel príncipe y al mos- 
trarse más favorable á los cristianos, cuando el Presidente de la 
Bética, Diogeniano, decretó el martirio y la muerte de aquellas 
dos incontaminadas doncellas. Acaeció esto en el año 287 de 
Jesucristo, disfrutando la Iglesia de la Bética de la misma tole- 
rancia que gozaban todas las otras religiones, ocupando públi- 
camente la sede hispalense el dignísimo Sabino, que algunos años 
después asistió al concilio de Ilíberi, y durando aún en aquella 
tierra algunos de los antiguos cultos de los pueblos orientales 



(1) St. Priest, loe. cit. Diocléíien.—Son pLxn. — Sa trahison. Etc. 



2 56 S E A' I L L A Y C A D I Z 



que tanto la habían cursado, como lo manifiesta el hecho mismo 
que dio ocasión á aquel doloroso martirio. 

Las santas Justa y Rufina eran dos hermanas que vivían en 
Sevilla vendiendo vasijas de barro y haciendo mucho bien á los 
pobres. Se habían criado en la fe cristiana y no se mezclaban en 
ninguna de las prácticas religiosas de los gentiles. Llegó la fiesta 
en que se celebraba á la diosa Salambo : acertó á pasar el cor- 
tejo que acompañaba al ídolo por el lugar donde ellas tenían 
su puesto de cacharros, y habiendo sido requeridas las dos her- 
manas á dar ofrendas para la diosa, respondieron con inspirada 
y santa indignación que ellas no reconocían ni adoraban más 
que á un solo Dios, creador de cielo y tierra, despreciando aquel 
simulacro que no tenía vida ni sentido. Sobresaltadas al oir esta 
contestación las mujeres que llevaban la imagen en andas, sos- 
tenidas en sus hombros, la dejaron caer, destrozando con ella 
toda la hacienda de las dos pobres cacharreras. Estas, movidas 
de su horror al ídolo, y sin reparar en aquel detrimento, le arro- 
jaron con menosprecio haciéndole pedazos. Los gentiles escan- 
dalizados las trataron de sacrilegas, y á voz en grito las decla- 
raron reas de muerte. Diogeniano, que gobernaba en Sevilla, las 
mandó comparecer ante su tribunal, y viendo su entereza, las 
atormentó de varios modos. No pudiendo vencer su constancia, 
las encerró en tenebrosa cárcel, en la cual sucumbió Justa, de 
hambre. Su hermana Rufina fué expuesta en el anfiteatro á un 
fiero león, mas no habiendo querido el animal dañarla, la quita- 
ron la vida los verdugos quemando en el mismo anfiteatro su 
cuerpo. — Es pues evidente que aún perseveraban en nuestro 
suelo por aquel tiempo reliquias de la religión y ritos de los 
babilonios y sirios; pero otra consideración más se desprende del 
lamentable caso de las dos santas doncellas, á saber, que el 
martirio de éstas pudo muy bien ser causa de que algunos cris- 
tianos poco prudentes, presumiéndose igualmente llamados por 
el cielo á recibir la palma de mártires, trataran de concitar con- 
tra el paganismo oficial los ánimos de los convertidos : en cuya 



SE V 1 L L A Y C Á D I Z 257 



situación, no es de extrañar que los piadosos y sagaces prelados 
se vieran precisados á contenerlos, dictando medidas que más 
tarde tuvieron su fórmula concreta en el canon arriba citado, 
donde se prohibe venerar como mártires á los que fuesen muer- 
tos quebrantando los ídolos. 



CAPITULO XII 



El cristianismo bajo la paz de Constantino : período de transición 



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OS Últimos hechos de la vida pública del politeísmo 
se suceden rápidamente. Galerio, Licinio y Magencio 
^^ ¡¿-* V ,^ intentan en vano alimentar la llama que se extingue 
^ S '^ en los altares de los falsos dioses : sus mismos edictos 
. sancionan la tolerancia de la religión de Cristo. Como 
ellos, Constantino promete la paz á la Iglesia, y el prodigio que 
acarrea su conversión le asigna un puesto de honor en la his- 
toria. Conságrase este príncipe á la reorganización del poder 
supremo y encuentra en los cristianos francos y decididos coope- 
radores. No miran éstos con celo sombrío su título de soberano 
pontífice; comprenden por el contrario que este título, que dio á 
los augustos el politeísmo, es providencial y pone en sus manos 
el derecho de destruirlo. En efecto, al establecer Constantino 
una nueva religión, no obra como príncipe, cónsul ó tribuno per- 
petuo, sino como pontífice supremo. Como tal, le estaban some- 
tidos los flámines, los augures, los sacerdotes de todo el Imperio 
así en Europa como en Asia y en la Pentápolis del África. Como 



26o SEVILLA Y C Á 1) I Z 



tal, distribuía los cargos sacerdotales entre los príncipes de su 
familia y entre los patricios acaudalados, que, lisonjeados con 
este vano honor, se olvidaban ó se consolaban de su impotencia 
política. Sólo los emperadores-pontífices presidían en las cere- 
monias, disponían los sacrificios, autorizaban la erección de los 
templos, juzgaban, castigaban á las vestales, y por último (y 
esto era lo más esencial) proscribían ó adoptaban á su arbitrio 
las religiones extranjeras. Así fué cómo después de haber con- 
denado, proscrito y perseguido la llamada stcperstición de los 
cristianos, acabaron por tolerarla, confirmarla y aun entronizarla 
por el mismo derecho y en virtud de aquel mismo poder. 

Los cristianos no tenían interés en disputar al poder civil, al 
menos por entonces, una prerogativa tan ventajosa á los progre- 
sos de su fe. La adhesión imperial era para la Iglesia un trofeo, 
no una cadena. Los obispos se agrupaban en torno de Constan- 
tino y se apoyaban en su diestra con santa alegría. El grande 
enemigo del Imperio , formado y crecido en las entrañas del 
Egipto y de la Siria, era el arrianismo. Convenía fijar la unidad 
religiosa y administrativa del cristianismo, y fué convocado el 
Concilio de Nicea. Grande y encarnizada lucha presenció el 
Oriente, donde sin mxás diferencia que el potro y el eculeo, reci- 
bió la ortodoxia de parte de los arrianos el mismo trato que an- 
tes había recibido del paganismo. En aquella vasta región, madre 
singular de todas las verdades y de todos los errores, cerráronse 
los templos de los católicos, ocuparon los sectarios de Arrio las 
principales sillas, y el símbolo de Nicea fué condenado al par de 
la idolatría. Sesenta años rige el arrianismo el Oriente : él solo 
asume la responsabilidad de los largos y desastrosos reinados 
de Constancio y de Valente. 

Sube al trono Teodosio, encargado de pulverizar la herejía 
arriana, y á pesar de las intrigas del Estado y de la Corte que 
obligan al legítimo obispo de Constantinopla, Gregorio Nacian- 
ceno, á dejar su silla, un concilio general celebrado en la misma 
Metrópoli pone el sello á la ortodoxia. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



Ibl 



Pero en el Occidente era muy diversa la misión de los Em- 
peradores : nadie por entonces predicaba aquí el arrianismo ; la 



S E \" I L L A 




ALCA/.AK. — Ángulo del SalcW de E.mbajadores 



mente recta y el espíritu práctico de los pueblos latinos, ó sim- 
plemente latinizados, se oponían al progreso de aquella filosofía 
harto sutil. Por otro lado, la herejía no había aquí alcanzado ni 
la protección de los príncipes ni los honores de la persecución. 



202 SEVILLA Y C Á O I Z 



Joviano y Valentiniano I la tuvieron condenada á un olvido sis- 
temático; Graciano intentó proscribirla, Justino quiso rehabili- 
tarla , pero el fanatismo de ambos se estrelló, el uno contra San 
Ambrosio, el otro en la helada muerte. 

Además, fuerza es confesarlo, en Italia, en las Galias y en 
España, antes de la invasión de los Bárbaros, el verdadero an- 
tagonismo existía entre Jesucristo y Júpiter, y Arrio no tenía 
puesto ni voz en aquel gran debate. En Oriente los dioses venci- 
dos yacían en el polvo, pero en Occidente el politeísmo, aunque 
herido de muerte, no había aún lanzado su postrer suspiro. La 
restauración ó sea el renacimiento de los dioses, suscitado por 
Juliano, no fué cosa imprevista, ni menos inexplicable: lo mismo 
que la conversión de Constantino, fué un resultado necesario, 
pues como acertadamente observa un moderno escritor antes ci- 
tado (i), el triunfo ó el vencimiento del cristianismo no dependían 
del capricho de los Césares, y si bien el vencimiento fué pasaje- 
ro, la victoria de la verdadera fe en aquella época tampoco fué 
definitiva, ó, si logró carácter de universalidad y perpetuidad, fué 
para el porvenir, no para el presente. El cristianismo, en suma, 
no logró entonces el fruto, sino sólo el germen de su estabilidad. 

El renacimiento pagano en verdad no fué más que un frivo- 
lo y fugaz intermedio ; en la abortada tentativa del emperador 
apóstata sólo vio el mundo un vano esfuerzo del paganismo pue- 
rilmente encolerizado ; sin embargo, lejos de declararse vencido 
por la fe nueva, trató con ella largo tiempo de igual á igual, y 
las dos religiones se repartieron el dominio del Occidente. Las 
opiniones se hallaban divididas en el Senado mismo : por más 
que Prudencio se esfuerce en pintarnos á aquellos padres cons- 
criptos como prefiriendo la vestidura blanca del neófito á la 
toga romana; por más que nos muestre agrupados en las igle- 
sias y sobre la sagrada fuente de los Apóstoles á los problemá- 
ticos descendientes de Evandro y de Eneas, de los Ouintios, de 



(i) El conde de St. Priest en su Historia, de la potestad real, tomo I, lib. II. 



S K V I L L A Y C Á D I Z 263 

los Olibrios y de los Paulos, y señaladamente á los hijos de los 
Gracos, todavía dudaremos de su fe, celebrada por el poeta 
como unánime y ardorosa. Este mismo entusiasta escritor des- 
miente á veces sus propias ilusiones (i): «La peste nos invade 
»de nuevo,» exclama; «ya vuelve amenazante sobre los hijos 
»de Rómulo. Imploremos al padre de la patria! ¡Oh Roma! 
» despójate de tus antiguas preseas: te cubres con la púrpura 
» del triunfo, descuella tu cabeza erguida y coronada con el oro 
»que has arrebatado al universo; pero ese brillo sin igual oscu- 
»rece ya una nube funesta, la sombra cubre tu diadema, densos 
» vapores te cercan, larvas asquerosas, espectros lívidos giran á 
»tu alrededor! ¡Roma! alza tus ojos al cielo-, y ahuyenta con 
» una mirada todos esos fantasmas!» 

Esos fantasmas que Prudencio reviste de una forma repug- 
nante y monstruosa, ya habéis presumido lo que eran: eran 
nada menos que el armonioso coro délas divinidades del Olimpo, 
cantadas y celebradas por Virgilio y por toda la corte de 
Augusto. Cierto que no figuraban ya esas divinidades como las 
protectoras del Capitolio, pero para muchas inteligencias de alto 
linaje eran todavía como una especie de fórmula de la exquisita 
civilización romana. 

Aun después de incendiados y demolidos los templos, des- 
pués de asolado el espléndido santuario de Júpiter Olímpico y 
de estremecerse Alejandría con la caída del templo de Sérapis, 
y mientras retumbaban en todos los confines del Imperio los 
golpes del hacha y de los picos, todavía se conservaban las 
estatuas de los dioses como productos del genio griego y de la 
magnificencia de Roma; todavía duraban los gérmenes del 
politeísmo en el palacio de los Césares y en las principales 
familias latinas. Geoérido, el hijo de Honorio, arrojó con des- 
pecho su espada por no obedecer el decreto de su padre que 
hacía obligatoria la fe de cristiano para obtener empleos y car- 



(i) AuREL. Prud. Clem. lib. prior., p. 409. — Edición de Magdeburgo de i 739. 



20^1 S E V I I. I. A V c Á n I z 

gos públicos ; y no bastó para acabar con la antigua religión 
que los Padres de la Iglesia, los poetas y los oradores cristia- 
nos, la abrumasen con las flores del sarcasmo y de la ironía, ni 
que á esto se agregase el ridículo haciendo pedazos Teodosio 
los rayos de oro del Júpiter que se adoraba en el campamento 
de Eugenio, distribuyéndolos entre sus soldados; porque una 
religión como la politeísta, que ejercía sobre todos los afortuna- 
dos de la tierra la triple seducción del pensamiento, de la ima- 
ginación y del sentido, no podía perder su prestigio sin un ver- 
dadero milagro de la Divinidad. Hoy ya apenas nos es dado 
concebir la suma de placeres que arrancaba violentamente el 
cristianismo del corazón del romano, ni la inmensidad del sacri- 
ficio que hacían los convertidos al abandonar por las austeri- 
dades de la nueva doctrina su antigua manera de vivir. Sea- 
mos justos, si á nosotros nos parecen hoy bienes dignos del 
mayor aprecio las raquíticas delicias de la vida moderna, ¿podrá 
nunca causarnos maravilla la desesperación del magnate roma- 
no, que lo perdía todo, después de haber sido su historia nacio- 
nal la obediencia del universo, su teatro el Coliseo bajo el 
cielo de Roma, y sus actores las naciones todas del mundo ven- 
cido? Su dolor, y hasta su cólera, al descollar la religión nueva 
que venía exigiendo el menosprecio y la abdicación de tantas 
maravillas, eran harto naturales. Así su rencor fi.ié implacable, 
atroz, más criminal aún que todas las aspiraciones de su raza 
grande y odiosa. 

¡Cosa singular! la conversión del Imperio al cristianismo 
fué principalmente obra de las damas romanas, de las Paulas, 
Eustoquias y Marcelas; no de sus hermanos y maridos. Ellas 
con sus manos blancas, ostentando anillos senatoriales y cama- 
feos hereditarios, fueron las que plantaron la Cruz sobre la 
Rotonda del Panteón y sobre el techo de oro del Capitolio! A 
pesar de sus inmensas riquezas y de un lujo que las invasiones 
apenas habían mermado, entre la turba de sus esclavos, abra- 
zaban con ardor una pobreza que, sólo por ser voluntaria no 



SEVILLA Y CÁDIZ 265 



era para ellas imposible, y dejaban de grado sus palacios de 
mármoles y jaspes para humillarse en el tugurio del menestero- 
so. No eran todas en verdad cristianas según un mismo espíritu: 
unas, severas hasta el más extremado rigorismo, hacían en 
medio de la pompa y fausto que las rodeaba una vida entera- 
mente cenobítica, suspirando por el martirio negado á sus ar- 
dientes votos; otras, sólo reprobaban de la vida romana el 
vicio y el delito, y unían al fervor positivo y sincero del neófito 
la magnificencia y el orgullo del patricio. No faltaban entre 
aquellas, viudas ilustres y vírgenes, descendientes, merced á los 
genealogistas, de los Atridas por la línea paterna, y por la ma- 
terna de los Escipiones y de los Gracos, y revestidas por con- 
siguiente con todo el prestigio de la mitología y todos los blaso- 
nes de la historia; y mientras no pocas abandonaban el lujo y 
los placeres, y, cosa más difícil aún, los resabios de su casta, 
y ahogando en su corazón los recuerdos de la infancia y del 
cielo de Roma, de las literas llevadas en hombros de eunucos, 
de las marmóreas terrazas de Ostia, del triremo dorado y del 
tibio baño, insensibles á las quejas de sus hermanos y de sus 
hijos, se precipitaban alegres é intrépidas en las naves que las 
habían de conducir á Siria, al Egipto, á la Palestina, al solitario 
seno de alguna desierta Tebaida, para entregarse allí á un tra- 
bajo sólo propio de esclavos al pié de los antiguos sepulcros 
del Oriente; otras, más sensibles á las amonestaciones de los 
malos sacerdotes que á los preceptos de la nueva ley que ha- 
bían abrazado, eran cristianas sólo de nombre y no acertaban 
aún á posar el muelle y delicado pié sino sobre el mármol ó el 
marfil, semejantes á las diosas labradas por los eximios escul- 
tores del politeísmo. 

Porque tenía el cristianismo su tercer partido, casi diríamos 
su partido moderado, compuesto de aquellos sacerdotes y diá- 
conos nacidos en Roma ó en Italia á quienes principalmente re- 
pugnaban las asperezas y austeridades de los ascetas, y que 
creían que podía ganarse el cielo sin grandes sacrificios ni 



206 SEVILLA Y CÁDIZ 



privaciones, sin romper del todo con las muelles costumbres de 
la vida pagana. Eran éstos los que san Jerónimo llamaba rela- 
jados ó tibios: los cuales decían: ¿habremos de tolerar nosotros 
que esos falsos clérigos, abortados de los antros y cavernas de 
Siria y Egipto, vengan á enseñarnos una perfección quimérica 
contraria al verdadero espíritu del Evangelio? ¿Es justo que así 
se metan ellos á turbar la paz de las familias, arrancando á las 
madres sus hijos, las hijas á sus madres y á la patria sus ma- 
tronas, para poblar con ellos las soledades del Oriente? ¿Por 
ventura ha juntado Roma los tesoros consulares para enriquecer 
al Asia y al Egipto? ¿Quién ha dicho que no recibe Dios 
las plegarias de sus criaturas más que entre el estruendo de las 
cataratas ó en el pavoroso silencio de los yermos? Roma es por 
cierto templo digno de su grandeza, y la Omnipotencia recibe 
mayor y más grandioso culto en la cumbre de estas siete colinas 
que fueron en otro tiempo bosque de ídolos y ahora son planteles 
de cruces (i). 

No eran ciertamente los cristianos acomodadizos los llama- 
dos á regenerar el mundo. Y sin embargo, las almas enérgicas 
que comprendían la necesidad del inmenso sacrificio pedido al 
orbe romano, eran tan pocas! De los nobles que aún permane- 
cían obstinados en las antiguas costumbres, casi sería excusado 
decir nada: éstos oponían la más tenaz resistencia al triunfo del 
Evangelio, masera su resistencia puramente pasiva. Los dudosos 
descendientes de los Mételos y de los Apios, conservaban aún 
ingentes patrimonios á pesar de las confiscaciones y de las ex- 
poliaciones, convertidas en medida de gobierno, regularizadas y 
sistematizadas desde Julio César: porque aquellas rara vez 
pasaban de mero secuestro, y éstas, limitadas á lo más selecto 
de los ciudadanos romanos, no se extendieron á las provincias 
sino muy tarde (2). Pero habiendo dejado de ser para ellos lu- 



(i) RuFF., in Hyer. passim. 

(,2) La poderosa familia etrusca de los Cecinas conservó hasta la invasión de 
los Bárbaros su patrimonio, que databa desde antes de la fundación de Roma. 



SEVILLA Y CÁDIZ 267 



crativos los negocios públicos, y disgustados de la política 
imperial, suspicaz y sombría con la aristocracia, abandonaron 
del todo su intervención en las cosas del Estado y emplearon su 
actividad, reconcentraron toda su energía en los asuntos priva- 
dos y en los goces íntimos, egoístas é individuales. En la 
primera época del Imperio, toda la Italia había sido un inmenso 
jardín, poblado de árboles y plantas exóticas, de palacios de 
jaspe, de estatuas griegas, sin una espiga de trigo, sin un olivo. 
La Sicilia, África y España eran las provincias que alimentaban 
á Roma [iiutrices Romeé). Tardó una vez la flota de Sicilia en 
llegar á Ostia, y esta tardanza ocasionó á Nerón su ruina. Mas 
en el sexto siglo, ya toda la Italia estaba cultivada: la Apulia, la 
Lucania, el Brucio, la Calabria, la Campania, la Toscana y 
la Istria abundaban en cereales, aceites y exquisitos vinos. La 
aristocracia romana, pues, vivía consagrada á la agricultura, á 
la industria y al comercio. Los inmensos gastos que en otro 
tiempo había hecho para monopolizar los honores y las distin- 
ciones, no se repetían ya nunca: no llevaba ya ella á la 
sangrienta arena de los anfiteatros y circos gladiadores y pante- 
ras, no solicitaba ya las aclamaciones de las turbas: no pudiendo 
ni queriendo dominar la sociedad de su época, limitábase á 
deslumhrarla con la pompa y magnificencia de sus caprichosas 
modas y tren de vida. El lujo de los carros y de las mesas riva- 
lizaba con el de los trajes : había senadores que llevaban borda- 
das ó pintadas en sus ropas colecciones enteras de feroces 
alimañas (i). Las calles Esquilina y Suburra retemblaban con 
las numerosas cabalgatas de los jóvenes patricios, olvidados ya 
del cultivo de la filosofía y de las letras, y sólo atentos á los 
goces físicos y groseros. Las matronas vagaban de la mañana á 
la noche llevadas en sus basternas, arrollando á la gente menuda 
sin compasión, precedidas y seguidas de un tropel de eunucos y 



(i) Am.m. Marcel. XIV. ó. — V. también á Muller De genio, moribus el Lu.xii divi 
Theociosii. 



208 SEVILLA Y CÁDIZ 



bufones (i). Dos pasiones ocupaban la vida entera de esta 
aristocracia infiel á su antigua gloria: la vanidad y el bienestar 
material. No tenía ya ambición, porque esta pasión generosa 
es impropia de las existencias materialmente satisfechas. Desde 
la cumbre de las jerarquías sociales, veía ella aniquilarse la 
patria sin una lágrima, sin un suspiro, y no tenía generosidad 
suficiente para consagrar á su regeneración ni un grano de oro 
de su caudal, ni un minuto de su tiempo. Una parálisis funesta, 
una lepra incurable y sórdida se iban insensiblemente apoderando 
de todas las clases elevadas, y la aristocracia, que sólo vive 
cuando impera, y que muere cuando deja de dominar, se iba 
convirtiendo en una vana sombra. 

Además del grosero materialismo de los nobles, concurrían 
otras causas á perpetuar el paganismo, sólo en el terreno oficial 
condenado. Los recuerdos de las antiguas teogonias duraban 
enérgicos y elocuentes en la vida campestre, lejos de la acción 
de la ciudad. Allí las creencias eran impresiones, no doctrinas. 
En tiempo de Honorio, mientras la parte oficial del Imperio caía 
prosternada al pié de la Cruz y el famoso edicto del año 396 
prohibía las libaciones en los festines, las teas fúnebres, las guir- 
naldas de Himeneo y hasta los dioses Lares, tan cantados por 
los poetas y tan caros á los descendientes de los Árcades y 
Pelasgos, la náyade indígena habitaba todavía en su fuente, la 
hamadriada permanecía en su bosque de olivos ; y ni el hierro 
ni los edictos fueron bastantes á destruir el prestigio encantador 
de aquel panteísmo rural inmortalizado por Hesiodo y Virgilio. 
El ager romanus, los valles de la Arcadia y de la Sabina, conser- 
varon por largo tiempo las graciosas fiestas en que el dios Pan, 
á la sombra de los plátanos y al rumor de las fuentes murmura- 
doras, recibía la oveja manchada de cinabrio y la flor de trigo. 
Á la joven desposada siguió acompañando la flauta campestre, al 
alejarse de la morada paterna, y aunque en las aldeas de Italia, 



(1) Amm. Marcel., /oc. Cí7. 



b E \- 1 L L A 











ALCÁZAR. — Parte superior del Salón de Embaladores 



270 SEVILLA Y CÁDIZ 



de Grecia y de España, los prados y los caminos llenos de cruces 
indicasen desde luego que las poblaciones rurales eran cristianas, 
y aunque sus groseros habitadores acudiesen en bandadas á los 
oficios divinos de las basílicas convertidas en iglesias, todavía 
sin embargo en lo profundo de los bosques, á la orilla de algu- 
nos arroyos ó algunos lagos, se espejaba tranquila en el agua la 
gruta de las ninfas poblada interiormente de náyades ó napeas 
de piedra y arcilla, y allí acudían en las horas de ocio y de 
vagar los mancebos y las doncellas á coronar de flores aquellas 
figurillas, si no ya por religión, al menos por maquinal instin- 
to (i). La sementera, la siega, la vendimia, todos los trabajos 
de la vida del campo, estaban presididos, como antiguamente, 
por Ceres, Baco y Pomona. 

Las provincias en general, sobre todo en el Occidente, resis- 
tían con tenacidad el desarrollo completo del cristianismo (2). 
En ellas los pontífices y flámines habían tenido la habilidad de 
utilizar el espíritu de autonomía en favor del culto. Cada 
ciudad tenía su divinidad particular, y la devoción á ésta había 
venido á ser la religión única de la comarca : de manera que 
habituados sus moradores á no dirigir sus plegarias y sus mira- 
das mas que hacia aquel simulacro, ni sus ofrendas mas que á 
aquella ara, la suerte de las otras divinidades extrañas era para 
ellos cosa en cierto modo indiferente. De aquí resultó que cuan- 
do dejó de ser el Capitolio el verdadero centro de la religión 
greco-romana, el politeísmo aún subsistía en una porción de 
pequeños centros repartidos por todas las provincias. Las leyes 
restrictivas del antiguo culto apenas tenían aplicación en el Occi- 
dente, merced al espíritu de localidad que el régimen municipal 
y de descentralización había desarrollado. He aquí la explicación 



(i) \'éase en el conocido poema de Da/«is v Cloe, escrito en el iv siglo, la 
comprobación de lo que decimos. 

(2) En el mismo Oriente, donde era más perseguido el politeísmo por hallarse 
más directamente bajo la acción de los Emperadores, tenía defensores acérrimos 
y tan distinguidos como los Claudianos, los Eunapos, los Zosimos y los Libanios. 



SEVILLA Y CÁDIZ 27I 



de un hecho atestiguado por San Agustín que parece de pronto 
increíble: durante los primeros años del reinado de Honorio, 
en toda España era general esta queja : no llueve, los cristianos 
tienen la culpa. 

Un escritor del quinto siglo nos refiere que las gentes que 
habitaban la Isla gaditana y su territorio adoraban cum máxima 
religione una estatua de Marte, que entre aquellos naturales 
llevaba el nombre de Neton. Añade que esta estatua era radia- 
da, con lo cual nos da á entender suficientemente el origen feni- 
oio que hemos asignado á la divina protectora de la antigua 
Cotinusa. De tal manera había encarnado el politeísmo en las 
ideas y costumbres de los pueblos todos de Europa, que á pesar 
de los inauditos esfiíerzos de los Padres de la Iglesia primitiva 
para que repudiasen esta triste herencia del pueblo romano, jamás 
lo consiguieron, y una multitud de creencias absurdas, de prácti- 
cas ridiculas y de errores peligrosos , evidentemente dimanados 
de las antiguas supersticiones, permanecieron hondamente arrai- 
gados en las nuevas sociedades cristianas... Y aún duran todavía. 

Admira la sabiduría con que la Providencia dispuso el reme- 
dio para salvar al mundo, entregado á una dolencia al parecer 
incurable. La gran revolución que había de hacer al hombre 
de las sociedades modernas condenar el placer y amar el pro- 
pio sacrificio, no podía verificarse sino por grados y paulati- 
namente. Comienza la singular transformación abdicando volun- 
tariamente los Emperadores el supremo Pontificado en el Pastor 
de la ciudad eterna: reúnese un día el colegio de los pontífices 
para ofi-ecer á Graciano las vestiduras, de Sumo-Sacerdote, y el 
emperador rehusa aquel alto honor como un sacrilegio, y manda 
publicar á poco tiempo un edicto que confiere al obispo de Roma 
el examen de los otros prelados^ para que no sean jueces profa- 
nos los que conozcan de las cosas de religión, sino tm pontijice de 
la religión misma asociado de síis naturales colegas (i). He aquí 



(i) Fleurí. Hisl. ecl.^ XVIL 42. 



272 SEVILLA Y CÁDIZ 



descollando por la vez primera con carácter á un mismo tiempo 
religioso, político y profano, la figura colosal que va á dominar 
en el teatro de los siglos venideros : he aquí al auxiliar formida- 
ble de los grandes reyes, al poderoso antagonista de los gran- 
des tiranos. He aquí al Papa. 

Pero, obrando tan enérgicamente las causas que dejamos 
apuntadas, no bastaba que desaparecieran las fórmulas y el rito 
para que desapareciera también el paganismo : podían acabar 
las antiguas ceremonias, los quince pontífices, los quince augu- 
res de linaje patricio, los quince conservadores de los libros sibi- 
linos, los siete épulos, el rey de los sacrificios, el flamen de 
Júpiter, los de Quirino y Marte, los lupercales y todos los que 
componían la turba jerárquica de las antiguas procesiones, que 
hacían estremecer el aire con sus clamores y levantaban en los 
caminos nubes de polvo al batirlos con sus danzas furibundas; 
podía, repetimos, acabar todo esto sin que dejara de mantener- 
se la antigua, tradicional y por entonces necesaria costumbre, de 
que las inteligencias escogidas para regir el sacerdocio y el pon- 
tificado saliesen de la aristocracia urbana. La elección de los 
obispos, en Roma lo mismo que en el resto del Imperio, se veri- 
ficaba por principio y en apariencia por el clero y la plebe 
reunidos, pero en Roma principalmente la clase de los patricios 
dominaba á todas las demás. La conexión de las dos ideas de 
episcopado y aristocracia despunta en Roma hasta sobre las 
hogueras de los mártires (i). La elección de obispo era en la 
ciudad de los Césares ocasión frecuente de luchas terribles entre 
las diferentes familias senatorias y consulares, y tal el ardor 
que estas poderosas familias desplegaban en el triunfo, que el 
prelado electo se veía involuntariamente colmado por sus parien- 
tes de inmensos donativos. No es otro el origen del gran lujo 
desplegado por el poder episcopal desde el cuarto siglo. Las 



(i) Durante la persecución de Diocleciano se atribuyó al papa Cayo un su- 
puesto parentesco con este príncipe. 



SEVILLA Y CÁDIZ 273 



riquezas de los más opulentos pares de Inglaterra no nos dan 
hoy mas que una leve y muy lejana idea de la opulencia de 
aquella aristocracia territorial romana (i) de que nos hablan 
Ammiano, Claudiano y Casiodoro, dueña de los palacios, de los 
campos, de las deliciosas quintas de Roma y de poblaciones en- 
teras en Italia, Grecia y Asia. De estas donaciones y larguezas, y 
del patrimonio privativo de los electos, se formó el primer núcleo 
de la riqueza de los pontífices. Glaphira, patricia ilustre, fué 
como la precursora de la célebre condesa Matilde; ella fué la 
fundadora de la Basílica de San Pedro (2), y las liberalidades 
de que á imitación suya hicieron alarde los emperadores y los 
particulares poderosos, y que se extendieron hasta Grecia, Sici- 
lia y África, fueron la base del inmenso patrimonio que muy en 
breve juntó la Santa Sede. 

Ahora bien, en esta misma riqueza de la Iglesia de los si- 
glos IV y V se ve la manera cómo va utilizando la mano de 
Dios las inclinaciones, y hasta los defectos, de los hombres, 
para hacerlos producir aquellos resultados que de pronto ate- 
rran y confunden á las naciones , y después , andando los 
siglos, las hacen admirar y adorar los caminos por donde di- 
rige la eterna Sabiduría el progreso de la errante humanidad. 
La riqueza, el lujo, el fasto de aquellos papas, superiores ya de 
hecho al prefecto de Roma (3) y á la autoridad pública; de 
aquellos grandes hombres « doctores vírgenes de la Iglesia vir- 
gen i según la expresión de San Jerónimo, eran á los ojos del 



(i) Según el aserto de Olimpiodoro, escritor del siglo ui, citado por Phocio, 
eran muchos los senadores que disfrutaban una renta de 14 á ló millones, sin 
contar sus provisiones de granos y vinos, que podían valuarse en otra tercera 
parte más de la referida suma. 

(2) (.^Glaphyra illustris faciens de proprio fundamento Dasilicam Beato Peiro.y> 
(Liber pontif. in S. Symm.) 

(3) Esta superioridad quedó de hecho establecida en tiempo del papa Dámaso, 
cuya elección como candidato de la aristocracia (sin faltarle el apoyo, á la sazón 
incontrastable, de las fervorosas damas romanas) se verificó sin intervención nin- 
guna del partido oficial y de los magistrados. De sus resultas el prefecto Juvencio, 
no atreviéndose ni á castigar los desórdenes de que Roma fué teatro, ni á hacer 
pesquisas entre sus motores, se salió fuera de la ciudad. 

35 



274 S E V I L L A Y C Á I) I Z 



pueblo, de los magnates y de las matronas, la muestra ostensi- 
ble y auténtica de su supremacía ; y al propio tiempo aquella 
magnificencia, aquel fasto (i) eran á los ojos del partido popular 
y democrático que en el seno de la Iglesia misma se iba ya des- 
arrollando, la manifestación elocuente de una necesidad nueva, á 
saber, la de que viniese la frámea de los bárbaros á romper la 
unión de la idea cristiana con la forma pagana cuando empezara 
á ser perjudicial este consorcio, sin que pudiera acusarse de ingra- 
titud al Pontificado, en cuyo beneficio se había la ostentosa anti- 
güedad despojado de su prestigio. La Iglesia no hubiera civiliza- 
do, ni menos gobernado al mundo en aquellos siglos de general 
corrupción y desaliento, si los papas se hubiesen ceñido á la 
pobreza y simplicidad de los apóstoles. Pero por otro lado, tam- 
poco la Iglesia hubiera llegado á ser lo que ha sido en los siglos 
posteriores, si hubiesen continuado sus regidores llevando el 
peso de la autoridad política abandonada por los patricios, y 
siendo de hecho príncipes del Senado, cónsules y prefectos del 
pretorio. No, era menester que estas inútiles y embarazosas reli- 
quias de la Roma antigua fuesen pulverizadas en su manos... Ya 
las instituciones de los Césares habían producido su fruto: con- 
sumada la abdicación del supremo Pontificado en el Vicario de 
Jesucristo, quedaba un peligro inminente que conjurar, y era el 
de que el Pontificado y el episcopado se adormeciesen en las 
doradas y reverenciadas sillas senatoriales. 

Es muy de notar la circunstancia de que los auxiliares más 
poderosos de la regeneración del Occidente salieron de entre los 
presbíteros ascetas y de entre aquellos espíritus varoniles afilia- 
dos en las legiones del monacato plebeyo, que por primera vez 
se habían aproximado al trono imperial bajando de las montañas 



(i) Nada les falta, escribía Ammiano Marcelino hablando del episcopado ro- 
mano, ni las ofrendas de las matronas, ni carros suntuosos, ni vestiduras magní- 
ficas: las mesas de los obispos de Roma están espléndidamente cubiertas y servi- 
das, y su lujo oscurece al de las mesas de los Augustos (adeo ui eortim convivid 
regales siiperant mensas). 



SEVILLA Y CÁDIZ 



275 



y manifestándose al pueblo con su cabellera cana, sus miembros 
extenuados y cubiertos con el saco de la penitencia, después de 



S E V I L L A 




ALCÁZAR. — Detai.les del Salón de Embajadores 

las sangrientas ejecuciones de Tesalónica y de Antioquía. Un 
simple presbítero de las Galias (i), que ha merecido de la pos- 
teridad el nombre de segundo Jeremías por la elocuencia con 
que pinta y llora los males y la corrupción de su siglo, escribió 



(i) S ALViAN'o. y. SU obra Ds f^ubdvnaiione Dci. 



276 SEVILLA Y CÁDIZ 



con el título de Gobierno de Dios, bajo el disfraz de un mero 
tratado de religión y moral, un nervudo y contundente folleto 
político contra los obispos y los patricios, reliquia viviente de la 
antigua y degradada Roma. Traza de ellos el más repugnante 
cuadro : arrastra por el fango sus más gloriosos recuerdos, y 
renueva contra la aristocracia de su época la oposición que el 
cristianismo naciente había hecho á la oligarquía senatorial. Si- 
guiendo el ejemplo de Tertuliano y de Justino, escarnece el es- 
píritu transfundido del senado pagano en el senado episcopal. 
No es Salviano como el galo antiguo, que venera la sombra del 
Capitolio proyectada sobre el anfiteatro de Nirries y sobre los 
templos de Tréveris; es una especie de druida cristiano, que 
recuerda ó que adivina que corre por sus venas la sangre ger- 
mana, y así, rebosando en hiél contra el universo romano, cuyo 
odioso esplendor descubre oculto detrás de la Cruz, vuelve á 
blandir la tea mal extinguida de Breno, y en nombre de Dios, 
de la Providencia y de Jesucristo, trepa lleno de ímpetu sobre la 
techumbre de las basílicas, y desde allí con voz de trueno llama 
á los Bárbaros y los excita á la conquista y al exterminio de Ro- 
ma. « Sólo en los Bárbaros, exclama, podemos hoy tener espe- 
»ranza: Dios los ha marcado con su sello; ellos crecen y Roma 
«sucumbe! Saúl maldecido y destronado, esa eres tú, Roma! 
» David bendecido y triunfante, esos son los Bárbaros! Qué dife- 
»rencia entre sus costumbres y las vuestras! Qué monstruosa 
«impudicicia por una parte; qué respeto á la fe conyugal, qué 
«aversión á los desórdenes y á los vicios por la otra! Decís que 
«ellos son herejes: es cierto; pero lo ignoran, y viven tan con- 
» vencidos de su ortodoxia, que nos dan á nosotros en cara con 
«ese mismo apodo infamante.» Y añade en otro pasaje: «El 
«número de los fieles aumenta, pero la fe se entibia: los hijos 
«crecen, pero la madre está enferma. Tu misma fecundidad, oh 
«madre Iglesia, te ha enflaquecido y extenuado: te vemos decaer 
«en tus mismas conquistas y perder en ellas tu primitiva robus- 
»tez y energía. Has diseminado por el universo los miembros 



SEVILLA Y CÁDIZ 



// 



>de tu cuerpo sagrado, pero son miembros sin vigor, y si gozas 
»de opulencia por la muchedumbre de los creyentes, eres pobre 
>en la fe. Eres rica de gentes y necesitada de verdadera devo- 
»ción: inmensa de cuerpo, menguada de espíritu: grande por de 
» fuera, dentro pequeña: creces por un prodigio inconcebible, y 
»al propio tiempo degeneras.» Para completar su pensamiento, 
bosqueja Salviano por último el cuadro espantoso de la miseria 
del pueblo, y nos descubre á los esclavos, á los simples ciudada- 
nos y hasta á los mismos hijos de familia, prefiriendo á tan las 
timoso estado de cosas la deserción á las tribus bárbaras, y en- 
contrando entre los germanos y los godos la seguridad que la 
patria les niega. No era Salviano el único que emitía estas ideas: 
los simples presbíteros, los solitarios eran todos en general fa- 
vorables á los Bárbaros. Odoacro, al invadir la Italia, fué antes 
á visitar al famoso cenobita San Severino, retirado en las orillas 
del Danubio, y allí le dijo el santo: «Vé á Italia: te vistes hoy de 
pieles de animales, pero no las llevarás mucho tiempo» (i). 

Á tal punto había decaído la santa y sencilla moral cristiana 
de los tres primeros siglos (2). El mal era universal: por eso 
Dios extendió á todo el Occidente la inmensa plaga de que había 
de nacer el remedio. En España, finalizaba apenas el siglo cuarto 
y tanto había languidecido la pureza de las costumbres, que el 
Concilio I de Toledo tuvo que tratar el concubinato con una 
lenidad que contrasta singularmente con las severas prescripcio- 
nes del Concilio de Elvira. ¡Gran mengua para los cristianos de 
aquella época, que al cabo de cuatro siglos de promulgado el 
Evangelio, hubiese que amoldar los cánones al patrón de las 
leyes gentílicas! Tanto habían enervado la virtud de los cristí- 



(i) Vita S. Sever. Noric. apud. Boíl. 8. jan. 

(2) Las costumbres de muchos cristianos eran ya peores que las de los paga- 
nos mismos. El Pontificado, dice con verdad suma el Sr. D. Vicente Lafuente en 
su Historia, eclesiástica, de España^ no era ya la senda del martirio. Las costum- 
bres del clero de Roma daban ocasión á S. Jerónimo para escribir una epístola con 
todos los rasgos de una punzante sátira. 



7H 



S K V I I, L A Y CÁDIZ 



colas de España la herejía de los priscilianistas, el orgullo y 
ambición de algunos prelados, y sobre todo los casamientos de 
los clérigos, las ordenaciones viciosas y la incontinencia de los 
ordenados. 



CAPITULO XIII 



Los Bárbaros en la Bética. — Situación de las iglesias bajo su dominación 




OS vengadores de la Providencia vagaban ya, 
muchos años había, entre las brumas del norte, 
cual anduvo el pueblo de Dios por el Desierto 
esperando por espacio de cuarenta años que se 
colmasen las iniquidades de Canaán para exter- 
minar su raza y apoderarse de la tierra mancillada 
con sus vicios (i).» Los godos, que tanto por sus 
victorias como por sus reveses se habían ido iniciando en los se- 
cretos del mundo antiguo, que habían recibido la nueva fe, aun- 
que desfigurada, por la predicación de Ulfilas, y que en gran 
parte se habían ya despojado de sus feroces costumbres primiti- 
vas, iban á precipitarse con todas sus fuerzas, y con un ímpetu 
nunca hasta ahora desplegado, sobre el cuerpo palpitante de la 
gran Roma moribunda. Los vemos, no obstante, y este es un 



(i) Historia ecles, arriba citada, t. I. p. 114. 



28o 



SEVILLA Y CÁDIZ 



rasgo muy característico de la invasión de los Bárbaros, acercar- 
se, detenerse, retroceder, llegar de nuevo para cejar nuevamen- 
te, y fatigar al Imperio con el flujo y reflujo de su amenazante 

furia, hasta desbordarse 
SEVILLA por fin para cubrir el sue- 

lo que con fanático asom- 
bro habían respetado. 

Descarga primero el 
terrible azote en el Orien- 
te. « La mente se horrori- 
»za, escribe un santo doc- 
»tor contemporáneo (i), 
» recordando los desastres 
> ocurridos en nuestro si- 
»glo. Hace ya más de 
» veinte años que la sangre 
» romana baña la tierra 
«desde Constantinopla 
» hasta los Alpes Julianos. 
»E1 godo, el sármata, el 
»quado, el huno, el ván- 
»dalo y el marcomano 
«asuelan, destrozan y sa- 
»quean la Escitia, la Tra- 
» cia, la Macedonia, la Dar- 
»dania, la Dacia, la Tesalia, la Acaya, elEpiro,laDalmacia y las 
»Panonias. ¡Cuántas matronas y vírgenes, cuántas criaturas no- 
»bles y puras han sido escarnecidas por semejantes fieras! He- 
amos visto á los prelados gemir entre cadenas, presbíteros y 
» diáconos inmolados, iglesias derribadas ó convertidas en esta- 
»blos inmundos! Cunden por do quiera el luto, los gemidos y la 




ALCÁZAR 
Detalle del Salón de Embajadores 



(i) S. Jerónimo. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



» muerte. El mundo romano se desploma; sin embargo, no per- 
» demos la esperanza!» 

Las mismas espantosas escenas se reproducen luego en el 
Occidente y al lado de acá de los Alpes. Los vándalos, los ala- 
nos, los suevos y silingos, tremendos precursores de los godos, 
vanguardia furibunda de otras gentes menos feroces que ellos, 
invaden las Gallas y la España desde los primeros años del si- 
glo v. Aprovechándose del desorden que fomentan las mezquinas 
rivalidades de los Augustos, empiezan desde el año 409 sus co- 
rrerías por la Península en ademán y son de triunfadores, con- 
ducidos por sus caudillos, á quienes dan el nombre de reyes (i). 
Eran los vándalos los más poderosos: saltearon la España por 
el Pirineo llevándolo todo á sangre y fuego: intentaron algunas 
ciudades defenderse, pero en vano, porque la desesperación y el 
desaliento habían llegado al colmo. La muchedumbre de los 
Bárbaros, su ferocidad y vigor en la guerra, lo superaban todo : 
españoles y romanos, caían igualmente bajo sus frámeas; no se 
sabe si fué más rápido el pánico al cundir de una en otra pobla- 
ción, de una en otra provincia, ó la ruina y la desolación al con- 
sumarse. Las ciudades asaltadas, saqueadas, destruidas; los 
lugares y caseríos incendiados ; los campos devastados y cubier- 
tos de cadáveres; la peste y el hambre completando el estrago 



(i) El conde de Saint-Priest en su ///s/ozVe rfe /ji Roy aidó (lih. IV. i) observa 
que Ulfilas debió proponerse sin duda la abolición de la monarquía hereditaria 
entre los godos, ó lo que es lo mismo, el aniquilamiento de su sanción religiosa. 
La verdad es que la gran familia visigoda perdió desde muy temprano el instinto 
monárquico-hereditario. Es un robusto indicio que justifica la citada observación, 
el hecho de haber suprimido Ulfilas en la traducción que hizo de la Biblia para 
los godos, no sólo el libro entero de los Reyes, sino hasta la palabra rey, sustitu- 
yéndola con la de íhiiidan que sólo equivale á jefe ó caudillo. No era en efecto 
la voz ihiiidan la verdadera equivalencia del hastieos griego ó del rex latino. El 
sabio Grseter, tomando por fundamento este hecho singular, concluye que el título 
de rey no ha sido conocido hasta el 4.° ó el 5.° siglo, y hasta supone que Clodoveo 
fué el primero que hizo cambiar el título de thiiidan por el de rey (Icing ó kong). 
El Inglinga-Saga destruye la consecuencia de Grteter, porque atestigua que el tí- 
tulo de kong estaba en uso desde el siglo 11 por lo menos : y de consiguiente hay 
que convenir en que la supresión de la palabra rey en la versión de Ulfilas fué vo- 
luntaria y premeditada. 

36 



282 SEVILLA Y CÁDIZ 



de la invasión, eran los tristes pregones de la justicia divina que 
empezaba á cumplirse en la infeliz y prevaricadora España, pa- 
gana y cristiana. Refiere un autor contemporáneo y testigo 
ocular de aquel gran desastre, que llegó á tal extremo el ham- 
bre, resultado natural de la continuación de tan inhumana guerra, 
que fué necesario comer carne humana (i). Otra cuarta plaga, 
añade San Isidoro, fatigaba entonces áesta miserable nación: los 
animales fieros, principalmente los lobos, se multiplicaron te- 
rriblemente, y acostumbrados á la carne de los cadáveres, se 
hicieron más bravos contra los hombres, y nubes de cuervos se 
precipitaban sobre los campos de batalla ensordeciendo el aire 
con sus graznidos. Hízose sentir principalmente este implacable 
azote en Asturias, Galicia, Lusitania y parte de la Bética. 

No se desdeñaban los reyes ó caudillos de estos pueblos 
bárbaros de acudir á la maña de las negociaciones para asegu- 
rar sus conquistas : en cuanto lograban arrancar un girón al 
Imperio, al punto solicitaban la paz con los romanos. El vándalo 
Gunderico (2) la obtuvo del débil y apocado Honorio, basada en 
el reconocimiento de su presa, sin más condición que la de no 
molestar con extorsiones de ningún género á los antiguos pobla- 
dores de España: sine veterufu incolarwn maleficio. Pero de las 
alianzas de los vándalos con los romanos se originaron nuevas 
y sangrientas guerras. Los alanos, en quienes era la ferocidad 
el principal distintivo, acometieron á los vándalos y á los silin- 
gos que con ellos iban como entrelazados y confundidos, y los 
obligaron á evacuar la Bética retirándose á vivir en Galicia con 
los suevos. Los romanos-españoles conservaban cierta superio- 
ridad nominal y de hecho en la España asolada y despoblada: 



(i) Paulo Orosio. Otro escritor lo confirma. Gimdericus, filius Modi¡^isilU, re- 
gis Vandaloriim, per hccc iempora cum Alanis et Sitevis Ilispanias occitpaverat. 
Qiti, UT REFERT Divus ANTONiNus, iid laiitam misertam íncolas dedxixerunt ittjamis 
indigcntix luimcinas cantes edcrení. (Francisci Taraphaí, de Regibus Hispanice, in 
Scott., Hisp. lllust., t. 1.) 

(2) Este nombre le dan los más autorizados historiadores : otros le llaman Go- 
digiso, y aun algunos Giserico. 



SEVILLA Y CÁDIZ 283 



SU valimiento hizo á los vándalos recobrar la tierra del Betis 
que acababan de perder; mas luego su perfidia les arrebató 
aquella misma provincia que les habían ayudado á recuperar, 
para dársela á otras gentes que iban á figurar de nuevo en el 
ensangrentado teatro de aquende el Pirineo. Estas gentes eran 
los godos, cuyos hechos se enlazan con la historia de la domi- 
nación vandálica, sirviendo de eslabón el gran escarmiento de 
la toma y saco de Roma por Alarico. 

Vencida Roma por éste, su cuñado Ataúlfo, al sucedería, 
creyó preciso dar una sanción solemne á su título de rey, y reci- 
bió la investidura imperial. La monarquía goda se resintió luego 
siempre de tal origen. El pensamiento de Ataúlfo fijé empero 
más atrevido que el brazo de Alarico: quería que el mundo ro- 
mano no llevase en lo venidero más nombre que el de Gocia (i); 
pero el genio de Roma en el semblante de la hermosa Gala 
Placidia fué el freno de su audacia; el rey de los godos no fué 
desde entonces más que un mero general de la milicia romana 
prosternado ante una hija de los Césares, y esta amorosa humi- 
llación le perdió para con sus guerreros. Creían éstos ver en la 
pasión de Ataúlfo la debilidad del hombre, y se engañaban, 
porque aquella pasión era el flaco, era la dolencia de toda su 
nación : la gente goda en masa, dice un historiador moderno 
arriba citado (2), estaba prendada del Imperio, lo mismo que 
Ataúlfo de la hija del gran Teodosio. 

En este ciego amor de los godos á Roma está el secreto de 
su inferioridad respecto de otra raza que, estando en la época 
sobre que discurrimos mucho más atrasada que ellos, llegó en 
los siglos posteriores á ejercer una poderosa iniciativa en los 
destinos y en la civilización de Europa. Aludimos á los francos. 

Heredero Ataúlfo de las conquistas de Alarico, se estable- 
ció en la Galia Narbonesa, donde desplegó al desposarse con 



(i) P. Orosio. 
(2) St. Priest. 



284 



SEVILLA Y CÁDIZ 



SEVILLA 



Placidia una pompa del todo imperial, llevando su exagerada 
afición á las costumbres romanas hasta el punto de cubrirse de 
púrpura y oro, como renegando de los antiguos usos de su na- 
ción. Obligóle á pasar á España la misma perfidia romana, 

siempre activa y nunca 
escarmentada, porque 
queriendo Honorio reco- 
brar la parte meridional 
de la Galia, cuyas pingües 
provincias no había sabido 
conservar y defender 
cuando hubiera sido hon- 
roso hacerlo, mandó con 
instrucciones secretas á 
Constancio que combatie- 
se y estrechase álosgodos; 
y Ataúlfo, viendo cerra- 
dos los puertos y bloquea- 
das todas sus costas en 
el Océano y en el Medi- 
terráneo, temiendo el ham- 
bre, se vino á Barcelona 
y dilató sus armas hasta 
muy dentro en el país que 
ocupaban los otros pue- 
blos bárbaros. Hizo aquí 
cruda guerra á los vándalos, auxiliado por los hispano-romanos, 
cuyo sistema político se reducía ahora á hacer siempre liga contra 
el que más visos presentaba de poderse establecer sólidamente, 
para declararse luego contra el sucesor en las mismas aspiracio- 
nes: y de resultas de sus victorias logró algunos años de paz, odiosa 
á las indómitas tribus constituidas bajo su mando. Los españo- 
les, oprimidos por el yugo de los vándalos, que eran en su ma- 
yor parte gentiles, y fatigados de otro yugo no menos pesado 




ALCÁZAR 
Detat.le del Salón de Embajadores 



SEVILLA Y CÁDIZ 285 



y más antiguo, cual era el romano pagano, debieron hallar ven- 
tajas en la dominación de los godos occidentales (visigodos), 
más humanos y racionales, amantes de la cultura y de sus artes, 
y por último cristianos, aunque contagiados con los errores del 
arrianismo. Bien hubieran querido los imperiales contrastar el 
poder de los visigodos y restablecer en toda la Península su 
dominio por medio del mutuo aniquilamiento de los invasores; 
pero se les frustraron sus intentos, porque en el último esfuerzo 
que hizo Honorio enviando á España á Castino, fué este comes 
do7nesticoruiit derrotado con más de veinte mil romanos en las 
cercanías de Tarragona, y de entre los godos surgían ya reyes 
á propósito que de victoria en victoria los condujesen al ansiado 
puerto de la paz y de la justicia, fundando en España una gran 
monarquía, con exclusión completa, si bien paulatina, de todas 
las demás razas infecundas. Pero antes de lograr este feliz 
estado, cuánta desolación y estrago se apareja para la hermosa 
provincia objeto del presente estudio! 

Suponen muy autorizados historiadores, que compadecidos 
los mismos Bárbaros de la ruina que con sus mutuas hostilida- 
des causaban en las provincias de España, resolvieron repar- 
tírselas de común acuerdo en tiempo de Ataúlfo. De resultas 
de esta distribución, mostráronse en el quinto siglo mas bien 
acampados que con plena seguridad constituidos, en Galicia los 
vándalos y suevos, los alanos en la Lusitania y Cartagena, y los 
vándalos silingos en la Bética, abandonando á Galicia y después 
de devastar las islas de la Tarraconense (i). Estas islas queda- 
ban en poder de los naturales y de los romanos, juntamente 
con Cartagena y la Carpetania. Poco sin embargo debió durar 
este concierto, porque vemos á Walia muy en breve celebrar 



(i) Refiérenlo Idacio y San Isidoro, aquél en su Chronicón, éste en su Historia 
délos Vándalos. Wandali autem, cognomine Silinoi, (dice) relicta Gallcvcia et post- 
quam Tarraconensis provincice Ínsulas devastariint^ regressi Bxticam sortiiintitr. 
Hispani autem per civitates et castella residuapiagis afflicii Barbarorum dominan- 
iium sese servituti subjiciunt. 



286 SEVILLA Y CÁDIZ 

alianza con el Imperio y debelar á los vándalos silingos, expul- 
sándolos de toda la Bética (en el año 419). No bastó esta vic- 
toria á libertar para siempre á la hermosa región del Betis del 
yugo de los Bárbaros más feroces : los vándalos de Galicia hi- 
cieron nueva irrupción en ella (año 420) triunfando de los 
esfuerzos unidos de godos y romanos, recorriéronla de un cabo 
á otro, robando y asolando, y en Híspalis causaron tanto daño 
que la dejaron medio destruida (i). 

El rey Gunderico, depredador y soberbio, dirigía la terrible 
incursión: descollaba en Híspalis una basílica dedicada á un 
insigne mártir de la persecución de Diocleciano: la piedad de los 
fieles la había enriquecido con donativos, y la iglesia de san 
Vicente, que tal era la advocación de la santa casa á que nos 
referimos, servía de catedral, cuyo clero gobernaba el prelado 
Marciano (2). El vándalo impío y codicioso, resuelto á llevar la 
guerra y las depredaciones á las costas africanas, quiso antes 
recoger en la Bética todo el botín posible, y puestos los ojos en 
el tesoro de aquella insigne iglesia, intentó arrebatarlo usando 
de la fuerza (año 428). Pero Dios volvió por el honor de su casa, 
y al salir de ella le quitó la vida (3). El lugar donde acaeció este 
notable escarmiento de las justas iras del cielo, debió ser, 
según las razones que en su España Sagrada expone el P. Fló- 
rez, el mismo que hoy ocupa la catedral. Nada se sabe de las 
particulares circunstancias de semejante hecho, que, á pesar de 
la brevedad con que lo refieren Idacio y san Isidoro, debió ser 
muy ruidoso por lo mismo que ellos lo consignan en sus dimi- 
nutas historias. Nada tampoco puede colegirse acerca de la 
conducta que en tan críticas circunstancias siguió el obispo 
Marciano, de quien asimismo son tan escasas las noticias, que 



(i) Giindericus rex Wa)i..ialorinu... Carlhagine Sparlaría. cversa.... ,t.i Bx'licciin 
transit, Hispalim diriiil, etc. S. Isid. Wandcilúium historia. 

(2) Flórez. Esj). Sa;^r. 

(3) Ciim jr>-everenter in hasilicam S. Viuccntii mariyris manus exiendíssel, mox 
Deijudicioinforibus icmpli dxmonio corrcplus inleriit. S. Isid. Ibid. 



SEVILLA Y CÁDIZ 287 



sólo se sabe el desgraciado tiempo en que ocupó la silla hispa- 
lense. Cumple observar, sin embargo, que los cristianos españo- 
les, enervados antes con la paz, se fortalecieron con las tribula- 
ciones de la persecución vandálica, y que muchos de aquellos 
prelados que en los años anteriores á la irrupción de los Bárba- 
ros se habían mostrado tan ambiciosos y turbulentos, al sonar 
la hora de la adversidad fueron enteramente dignos de sus altos 
puestos. San Agustín, que ya en lo último de su vida hubo de 
llorar iguales desastres en su país pocos años después, cuando 
aquellos mismos vándalos de Gunderico, capitaneados por su 
hermano el apóstata Genserico (i), pasaron el Estrecho, pre- 
sentaba á sus coepíscopos de África la conducta de los obispos 
de España como un modelo que debían imitar (2). 

Fué tal la turbación y el desorden ocasionado en la Bética 
por los vándalos, que apenas queda memoria de los mártires 
que hicieron. Eran estos Bárbaros, paganos unos, arríanos la 
mayor parte, católicos algunos: de Genserico dice san Isidoro, 
que de católico se volvió arriano, y cuéntase (3) que persiguió 
encarnizadamente á los verdaderos fieles: no conservándose ni 
siquiera el nombre de una noble doncella á quien mandó deca- 
pitar por no querer rebautizarse según el rito arriano, de resul- 
tas de no haberse podido guardar en aquella general matanza 
las fórmulas romanas, ni escribir las actas de los mártires como 
era antigua costumbre. Pasó este cruel azote al África abando- 
nando el tirano voluntariamente la Bética el año 429. Sus 
muelles habitantes, suaves de condición y dóciles casi siempre al 
yugo extranjero, según vimos al bosquejar el cuadro de la 
Bética desde que la hicieron asiento y emporio de sus florecien- 
tes colonias los fenicios, griegos y cartagineses, hasta que se 



(i) Lleva este varios nombres en los antiyuos escritores : unos le llaman Gi- 
sericiis^ otros Gessericiis ó Gaisericus. Gensej-zciis es el más usado, según Flórez. 

Giseríciis, dice S. Isid., ex Catholico eff'eclus afosiaia^ in arianam f>rimus fertur 
transisse ■perfidiam. 

(2) Epíst. 228, tomo II de sus obras — edición de S. Mauro, i 72Q. 

(3) Gregor. Turón. Ilist. Francor. lib. 11, n. 2. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



convirtió en provincia la más devota del Imperio romano, no 
habían sabido resistir, como otros pueblos de la Península, ni el 
halago del sensualismo pagano, ni las duras vejaciones de los 
Bárbaros. Igualmente dóciles con los maestros y con los tiranos, 
se amoldaron sin repugnancia á las leyes de todos sus domina- 
dores, y cada vez que fué menester cambiar de usos, de religión 
y de modo de vivir, lo hicieron casi sin violencia, pasado el 
primer momento de la contradicción y de las protestas. En esto 
se diferencia esencialmente la Bética de los pueblos septentrio- 
nales de la Península, más sensibles á las ideas de independencia 
y por lo mismo rebeldes al yugo extranjero (i). No se sabe 
quiénes gobernaban en estos calamitosos tiempos las iglesias de 
Itálica, de Astigis y de Asido, ni si fueron numerosos ó escasos 
los fieles que en ellas sufrieron el martirio por la fe. En Gades 
probablemente se habría extendido muy poco el culto de la 
Cruz, dado que era todavía en el siglo v el antiguo rito fenicio 
la única maravilla de Cádiz. La sede episcopal, establecida en 
ella en el siglo xiii, residía antiguamente en Asido (Medina- 
Sidonia. 

Ocuparon la Bética los silingos y los vándalos cerca de diez 
y ocho años, desde el 411 hasta el 429, sin más interrupción 
que el corto espacio que la señoreó Walia. Se ha supuesto 
infundadamente que de su nombre le vino á la provincia el de 
Andalucía que hoy lleva; ya veremos, según la más probable 
conjetura, cuándo empezó á llamarse así. 

Días de gran consuelo debieron ser para los moradores de 
todas las comarcas que fecunda el Betis en su curso, aquellos en 
que el terrible Genserico, sus vándalos y las familias de éstos, 
desde la Isla gaditana se entregaron en tropel á las ondas del 



(i) En la época á que nos referimos, los españoles del norte, abandonados de 
los romanos y vejados por los Bárbaros, se juntaron para repeler á estos últimos y 
á los indolentes imperiales que no sabían defenderlos, y formando numerosas y 
temidas partidas de bagaiidas, salieron al campo contra unos y otros dominado- 
res. V. á Salviano, De gubern. Dei. lib. V. 



SEVILLA Y CÁDIZ 289 



Estrecho con dirección á la Mauritania (año 429). Pero mientras 
ellos se disponían allí á comenzar una nueva carrera de sangrien- 
tas incursiones contra la Iglesia de África y las más florecientes 
provincias mediterráneas, los suevos, defraudando las lisonjeras 
esperanzas de los naturales, se aprestaban también por su parte 
á ocupar la región que dejaban desocupada aquellos. Semejante 
á una turba hambrienta, que se disgrega para apoderarse en 
sucesivos turnos de los restos de un opíparo banquete, las 
gentes bárbaras se precipitaban, divididas en tribus, sobre los 
despedazados miembros del Imperio romano, y hubo provincias 
que sufrieron tantas invasiones sucesivas cuantas eran las razas. 
Había ocasiones en que dos ó más de éstas, en su premura por 
llegar antes al codiciado festín, chocaban entre sí y ferozmente 
se degollaban. Así sucedió á la de los suevos con la de los 
godos, de quienes eran auxiliares los romanos. Fué uno de sus 
más sañosos encuentros en el Singilis [Genil), donde el caudillo 
de la milicia imperial, Andevoto, salió derrotado dejando en 
manos de Recchila un inmenso botín y cantidad considerable de 
plata y oro (i). El mismo Recchila se apoderó después de toda 
la Bética, haciendo en ella grande estrago: entonces padeció 
aquella tierra, tanto más desgraciada cuanto había sido más 
floreciente, las alternas depredaciones de unos y otros conten- 
dedores: cuando no la envilecían los suevos, la agobiaban los 
godos y romanos coligados. Recchila, que era gentil, depuso de 
su sede al obispo de Sevilla, Sabino; los priscilianistas, encona- 
dos enemigos del santo prelado, lograron del rey Bárbaro este 
triunfo (año 441); mas no por eso se abatió la constancia del 
virtuoso defensor de la fe católica, antes por el contrario redo- 
bló su celo, y combatió á aquellos herejes por espacio de veinte 
años, según refiere un autorizado testigo de las turbaciones de 
tan calamitoso tiempo (2). Tal vez la noble entereza con que 



(i) S.lsiT). Siievor. hist. 

(2) Idacio, Chron. abreviado, sub sera DCXCV. Sabinits episcopus lusf>alensis 
fost annos XX quam certaverat expulsus^ etc. 

S7 



2qo SEVILLA Y CÁDIZ 



este digno prelado dio testimonio de la verdad de su creencia 
en medio de la persecución, pudo contribuir para que el hijo y 
sucesor de Recchila abjurase el paganismo en que había nacido: 
lo cierto es que Recchiario abrazó la fe católica (año 448) en 
cuanto heredó el mando de la gente sueva (i), si bien esto no 
fué obstáculo para que continuase saqueando la España ulte- 
rior (2) y para que, con mengua de la justicia y de la lealtad 
generalmente observada entre los bárbaros, permitiese asesinar 
en Sevilla al conde Censorio, que repetidas veces había sido 
legado de los romanos cerca de su nación (3). Por otra parte, 
este mismo Recchiario, logrando dar ciertos visos de reinado á 
su potestad al amparo de la Iglesia católica, y favorecido por el 
gran acontecimiento de la irrupción de los hunos, que absorbía 
por completo la atención y las fuerzas reunidas de visigodos y 
romanos, obtenía de Teodoredo una hija por esposa, sin que esto 
tampoco fuese impedimento para que, después de vencido Atila 
y vueltas las ambiciones momentáneamente distraídas á su curso 
natural, una vez conjurada la común ruina, su mismo cuñado 
Teodorico moviese contra él sus ejércitos, favorecido de los 
imperiales, lo derrotase junto al Orbigo y, descubierto en su 
fuga y entregado, lo mandase decapitar como á un enemigo 
cualquiera (año 456). A este acontecimiento refiere Idacio la 
conclusión del reino de los suevos : tradentibus se Suevis, ali- 
quantis nihüominus interfedis, regmim destructuin et Jinituní 
est Suevorum. Su instintiva y característica perfidia (4) los pre- 
cipitó, y la religión católica que por algún tiempo afectaron pro- 
fesar sus capitanes ó thmdancs no fué parte para que se des- 
pojasen de tan infame vicio. El arriano Teodorico fué para 
ellos el azote de Dios que no habían sufrido por mano de Atila; 



(1) Filhis smis CAinoLicus Recchian'iís sitccecíil i'n reí^tíinu, etc. Idacio Chron.. 
año 448. 

(2) Óblenlo rcgno, si'ne ¡ñora, ullcriores regiones invadil ad frccdam. Ibid. 
(^) Ibid. 

(4) Remissis Legalis, atque onini juris ralionc viólala. Suevi Tarraconensem 
ftrovinciam, qiuv Romano Imperio deserviebal invadunl. Ibid., año 456. 



J 



S EV ILLA 




A L C A Z A R 
Kei ABLO V Altar de i. a Capilla de los Revf.s Católicos 



292 SEVILLA Y CÁDIZ 



si bien los romanos de España que habían escapado con vida 
en los campos cataláunicos, lo padecieron duplicado, porque la 
terrible venganza del godo no perdonó las casas ni los templos, 
ni á los sacerdotes ni á las vírgenes consagradas á Dios (i). 

Una circunstancia muy notable de esta incursión, que la 
hace de índole especial digna de ser considerada al estudiar la 
historia de la irrupción de los Bárbaros, es que los visigodos de 
Teodorico manifestaron en su campaña contra los suevos y los 
hispano-romanos una pudicicia con el sexo débil hasta entonces 
inusitada (2), haciendo con esto un noble alarde de la pureza de 
costumbres en que libraba la contristada Iglesia católica la es- 
peranza de su regeneración futura. Desgraciadamente en nues- 
tra España no correspondieron siempre los efectos á este gene- 
roso anuncio, y tal vez por esta relajación de sus primitivas 
virtudes no duró la monarquía visigoda más que dos siglos y 
medio, cuando parecía deberse perpetuar indefinidamente. 

Evacuada la Bética por los suevos, quedó la provincia á 
merced de las huestes de Teodorico, que sin embargo, después 
de haber combatido á sus enemigos en Galicia y Lusitania, 
regresó á la Galia y se instaló en Narbona. Solos Cyrila y Su- 
nierico, sus capitanes, la ocuparon accidentalmente en dos dis- 
tintas ocasiones, y no nos dicen los antiguos escritores quiénes 
la dominaron ni con qué régimen se gobernó hasta los tiempos 
de Theudis (del 531 al 548), rey godo sucesor de Amalarico, 
que al parecer estableció su corte en Sevilla (3) obligado por el 
rápido crecimiento de la monarquía que en la Galia había fun- 



(i) Idacio Chron. 

(2) Sanctorum basilicce effractce, altaría siiblata aique confracta, Virgines Dei 
exin quidem abduclce, sed integritate servata, dice Idacio. 

(3) Aunque digan Mariana, Morgado y el autor del Memorial -por la Santa 
Iglesia de Sevilla, que Amalarico estableció su corte en esta ciudad, no parece sos- 
tenible atendidas las noticias que suministran los antiguos escritores. Lo más 
probable es que reinara en Narbona, según afirma Greg. de Tours, ó bien en To- 
ledo, como suponen otros. V. Gesta Reg. Franc. apud Du Chesne. t. i, p. 707. 

Quien seguramente fijó su residencia en Sevilla fué Theudis, primero de quien 
afirma S. Isidoro que reinase en España, porque todos los reyes anteriores resi- 
dieron en la Galia Narbonense. 



SEVILLA Y CÁDIZ 293 



dado el gran Clodoveo. Theudis manejó las riendas del gobierno 
con gran prudencia y no escasa gloria : aunque arriano, desple- 
gó la mayor tolerancia concediendo la paz á la Iglesia católica y 
permitiendo á los obispos que se juntasen en concilio en la ciu- 
dad de Toledo y que decretasen cuanto juzgaran conveniente á 
la disciplina de la misma Iglesia (i). Grandemente debió pros- 
perar la Iglesia hispalense con esta feliz tolerancia, que haría 
sin duda alguna florecer el terreno ya convenientemente prepa- 
rado por los obispos Sabino, Oroncio, Zenón, Asfalio, Maxi- 
miano y Salustio; porque desde la expulsión de los suevos 
habían ya transcurrido setenta y cinco años cuando Theudis fué 
elegido rey, y aprovechando aquellos venerables prelados el 
descanso en que dejaban á la España meridional las rivalidades 
de godos, suevos y francos, en la Galia, en la Tarraconense, en 
Galicia y Lusitania, gobernaron sus diócesis con tanta justicia, 
de tal modo fomentaron el culto y se dedicaron á hacer desapa- 
recer las huellas del pasado estrago, que merecieron ser citados 
por los pontífices romanos como lumbreras y modelo de la Igle- 
sia universal (2): gubernator Ecclesice prcecipíius ínter mundi 
turbines, piloto sobresaliente de la nave de la Iglesia entre las 
borrascas del siglo, llamó el papa Félix al obispo de Sevilla 
Zenón. 



(i) ... dtwi esset hcereticus, pacetn iamen concessít Ecclesia; : adeó iit licentictm 
Catholicis Episcopis daret, iniínum apud Toletanam Urbem convenire., et qucecum- 
que ad Ecclesice disciplinam necessaria extiiissent , liberé licentérque disponere. 
S. IsiD. Hist. Goth. sub sera DLXIX. 

(2) Alcanzaron principalmente este señalado honor los obispos Zenón y Salus- 
tio, de los papas Simplicio, Félix y Hormisdas, cuyas epístolas gratulatorias pu- 
blicó Flórez en su Esp. Sagr. El obispo Zenón mereció ser nombrado por Simplicio 
su Vicario apostólico, y fué el primer prelado español elevado á tan alta dignidad. 
.... Terentius ad llaliam diidum veniens, dilectionis tuce singularis extüit prcedica- 
tor, talemque ie esse vulgavit, qiii ita Christi gratia redundares, ut inter mundi tur- 
bines gubernator Ecclesice prcecipiius appareres. Así empieza la carta que publica 
Flórez del papa Félix á Zenón. 

Los vicarios apostólicos en nada invadían los derechos de los metropolitanos. 
Sus atribuciones eran convocar los Concilios de dos ó más provincias reunidas, 
cosa que el metropolitano no podía hacer por no tener jurisdicción sino sobre las 
sillas sufragáneas ; informar á la Santa Sede acerca del estado de la fe y discipli- 
na ; por último, conocer de las causas mayores en grado de apelación. 



CAPITULO XIV 



Influencia benéfica de la Iglesia gótica 




ii RA el clero en aquella revuelta edad el que mar- 
chaba al frente de la civilización de los pueblos: 
los obispos, los presbíteros y los monjes, deposi- 
tarios de las reliquias de la clásica antigüedad, 
únicos conocedores de las ciencias y de las artes, 
hacían germinar, con la moral y la reforma de las cos- 
tumbres, la industria y todas las aplicaciones útiles de 
sus conocimientos, en las tierras aún empapadas con la sangre 
mezclada de cristianos y de infieles, de romanos y de bárbaros. 
Lo mismo que un prelado había hecho grande á Clodoveo, ha- 
cían ahora otros prelados grande y prepotente la nación que el 
cielo había reservado para asiento de la monarquía más identi- 
ficada con la civilización del hnperio romano. 

Grandes iban á ser en los siglos vi y vii las monarquías 
fundadas por los reyes Bárbaros: en Italia y España, en armas, 
en letras, en artes industriales, en ciencias eclesiásticas, en el 



296 SEVILLA Y CÁDIZ 



comercio, la industria y la agricultura, la segunda principalmen- 
te iba á poder emular con el Imperio de Oriente. Los ostrogo- 
dos de Italia tenían á su devoción los Casiodoros, los Boecios, los 
Simmacos, que hacían renacer bajo el suave cetro del más ilus- 
tre vastago de los Ámalos (i) muchas de las antiguas formas 
de la administración romana. Pero los visigodos de España, ex- 
tendidos desde las márgenes del Ródano hasta la parte meri- 
dional de la Mauritania tingitana, constituían ya la nación más 
poderosa y formidable del Occidente al comenzar la época 
conocida con el nombre de Edad media. Ellos tenían ilustres 
guerreros, legisladores sesudos, sacerdotes ejemplares, contro- 
versistas agudos, poetas y escritores elocuentes, en los Theu- 
diselos, los Montanos, los Idacios y Toribios, los Draconcios, 
los Merobandes y los Orosios. 

Porque la Iglesia en España, lo mismo que en todos los 
países del Occidente que habían sido provincias romanas, si bien 
en el período del cuarto siglo á la primera mitad del quinto 
atendió principalmente á consolidarse y robustecerse con el 
auxilio de sus grandes doctores; de la segunda mitad del quinto 
hasta fines del séptimo, se consagró á civilizar á los Bárbaros y 
á fecundar su naciente nacionalidad. Menos guerrear y derramar 
sangre, la Iglesia lo hacía todo: porque ella era la única que 
todo lo sabía y de todo podía dar lecciones. Verdaderamente 
admira la actividad que desplegó en este segundo período, sobre 
todo si se consideran las dificultades inmensas que tenía que 
superar. Vemos literalmente renacer el apostolado de los pri- 
meros días del cristianismo, con sus mismos obstáculos y con- 
tradicciones ; porque no se trata solamente de predicar el Evan- 
gelio y de padecer por la verdad, sino que es necesario además 
defender á los vencidos (el título de defensor civitatis ya sólo 
pertenecía á los obispos), desarmar la ira de los vencedores y 
convencer á aquellos feroces y adustos paganos y arríanos, y 



(i) Tcodorico, el rey de los ostrogodos. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



297 



esto no en el Areópago de Atenas ni en el foro de Corinto, sino 
en los mismos campos de batalla, en las poblaciones tomadas 
por asalto, tal vez entre las humeantes ruinas de los templos y 
cindadelas, y dirigiéndose á hombres llenos de saña y sedientos 
de sangre. Además , la 

Iglesia es la que en esta Sevilla 

época pone el arado en 
manos del rústico y le 
enseña á trazar los sur- 
cos de donde luego saca 
el sustento: ella pone la 
escuadra y el compás en 
las manos del albañil, y 
el martillo en las del 
menestral, y la pluma en 
las del alumno consagra- 
do al estudio; ella educa 
en los claustros que abre 
á la silenciosa y casta 
vida monástica, entusias- 
tas al par que modestos 
iluminadores, que desa- 
rrollando sus ideas al 
santo calor de la oración 
y de la contemplación, 

encuentran un nuevo ideal más adecuado que el del arte pagano 
para la manifestación de su ardorosa fe: ella en suma convierte 
los monasterios en otros tantos focos de civilización donde en- 
cuentran puerto de salvación las obras maestras de Grecia y 
Roma, ciencia clara y copiosa las inteligencias que apetecen la 
luz, refugio seguro todos los infortunios, consuelo eficaz los 
grandes decaídos y los débiles agobiados, albergue los pobres, 
los extranjeros, los peregrinos, y todas las criaturas de buena 

fe la mansión de la verdadera libertad y de la felicidad verda- 

38 




ALCÁZAR 
Puertas del Patio de las Doncellas 



298 SEVILLA Y CÁDIZ 

dera. En aquellos días de turbación y general desorden, no hay 
más historia que la de la Iglesia: por más que se repita, nunca 
será bastante. 

¿Queréis saber en qué emplean su vida los Zenones y Salus- 
tios y los demás obispos hispalenses de aquel tiempo? Pues, 
básteos que os diga en lo que la ocupan todos los otros prelados 
sus coetáneos, porque del Estrecho de Hércules al Pirineo nun- 
ca ha de ver la península ibérica más completa y sorprendente 
unidad en lo social, en lo político y en lo religioso. « El obispo 
del siglo VI bautiza, confiesa, predica, impone penitencias públi- 
cas ó privadas, fulmina anatemas ó levanta excomuniones, visita 
los enfermos, asiste á los moribundos, entierra los muertos, redi- 
me los cautivos, sustenta á los pobres, á las viudas y á los huér- 
fanos, funda hospicios y enfermerías, administra los bienes de 
su clero, pronuncia como juez de paz en las causas civiles ó de- 
cide como arbitro las diferencias de unas poblaciones con otras: 
al propio tiempo compone tratados de moral, disciplina y teolo- 
gía, escribe contra los heresiarcas y los filósofos extraviados, 
cultiva la ciencia clásica y la historia, dicta puntuales respuestas 
para los que le consultan sobre materias de religión, mantiene 
correspondencia epistolar con las iglesias y los otros obispos, 
asiste á los concilios y á los sínodos, concurre á los consejos de 
los Emperadores, dirige las negociaciones, desempeña arduas y 
peligrosas legacías cerca de los usurpadores ó de los príncipes 
bárbaros con el fin de aplacarlos ó contenerlos : en una palabra, 
los tres poderes religiosos, político y filosófico, están concentra- 
dos en el obispo católico (i).» 

Pero tratándose de la Iglesia gótica española, ocurre una 
reflexión consoladora que resume todas las glorias de nuestra 
nación en los siglos cuyos horizontes vamos registrando. Las 
únicas herejías que la afearon fueron el arrianismo, que no era 
la religión de los españoles, sino la de los godos y suevos que 



(1) Riancey, Hist. du monde: Ere nouvelle: troisiéme fériode. Chap. V. 



SEVILLA Y CÁDIZ 20^r) 



ocuparon el país por derecho de conquista ; el Priscilianismo, de 
importación extranjera y reducido al territorio de Galicia; y algu- 
nas ligeras chispas de Nestorianismo, que no llegaron á produ- 
cir incendio formal por ser meras opiniones aisladas. La doctrina 
,de la Iglesia de España permaneció pura en general durante 
aquella misma época de sujeción de los siglos v y vi en que 
todavía no habían abjurado el arrianismo los monarcas godos. 
Por lo demás, no hay elogio dirigido con justicia á los grandes 
hombres que produjo la Iglesia de Italia y de las Galias bajo los 
reyes ostrogodos y merovingios, que no pueda aplicarse con 
igual fundamento á otros grandes personajes suscitados por 
nuestra Iglesia, ya en la Tarraconense, ya en la Cartaginesa, ya 
en la Lusitania, ya en Galicia ó ya en la Bética. De nuestros 
obispos españoles puede principalmente decirse lo que en ala- 
banza de todo el clero de los siglos v, vi y vii en general dice 
el elocuente H. Riancey: toda la fuerza moral, toda la actividad 
intelectual se había reconcentrado en ellos... Ellos ejercían el 
poder que la desorganización de la sociedad civil había dejado 
caer en sus manos, y si el decoro y la dignidad humana se hallan 
interesados en citar nombres de escritores, sólo en los claustros 
ó bajo el sagrado palio podrán encontrarlos. A no ser por los 
escritos de San Gregorio de Tours, de San Fortunato de Poitiers 
y de San Isidoro de Sevilla, nada absolutamente sabríamos de 
la historia occidental. Los grandes genios de la antigüedad ha- 
brían perecido en el olvido si no hubieran venido al mundo un 
San Martín y un San Benito (i). 

Con sólo tener presentes estas observaciones, sabemos ya, sin 
que los cronicones nos lo refieran, cómo vivieron los prelados 
de Híspalis, de Astigis, de Asido, de Itálica ; cómo se conducían 
con aquellos dominadores que apenas se atrevían á ensayar una 
nueva forma de sociedad civil, así el metropolitano como sus 
sufragáneos; quién regía, administraba y civilizaba aquella por- 



(i) HiST. Du MONDE. 2.f>te parUe — iroisiéme -t^criode. 



300 SEVILLA Y CÁDIZ 



ción de la Bética en el largo interregno de casi una centuria que 
precede á la definitiva instalación de los visigodos en Sevilla. 
Más aún : con estas solas nociones, de carácter tan universal, 
sabemos y discernimos el espíritu y la marcha de la civilización 
que crea la Iglesia desde que empieza á coexistir con el Estado^ 
gótico hasta la ruina de este mismo Estado. Porque toda la his- 
toria de España en los tres siglos desde la irrupción de los 
Bárbaros hasta el gran desastre de Guadalete se compendia y 
resume en la de sus Iglesias y Concilios, y los hechos memora- 
bles de los reyes, sus guerras, sus triunfos y reveses, sus cos- 
tumbres, sus virtudes y sus crímenes, son meros rasgos biográ- 
ficos, son meros accidentes que si alguna tinta reflejan en la 
historia de la sociedad española de aquellos días, no hace mas 
que poner de relieve la dicha que lograron los monarcas dóciles 
á los consejos y doctrina de la Iglesia, y los desastres que sobre 
su nación atrajeron los príncipes rebeldes á las amonestaciones 
del único cuerpo entonces adornado de ciencia y de virtud. 

Decayó la monarquía visigoda mientras no abandonó la tor- 
tuosa senda de la herejía. El arriano Theudis, á pesar de su 
ánimo belicoso, íué derrotado en Áfi-ica por el ejército de los 
imperiales: y nada tiene esto de sorprendente, ¿cómo había de 
prevalecer la pujanza del godo arriano contra la superioridad 
de la espada griega manejada por los generales de Justiniano ? 
¿No hubiera sido una inexplicable contradicción en la lógica de 
la Providencia, que mientras se consumaba una de las más por- 
tentosas restauraciones que vieron los hombres; cuando el genio 
griego católico reconquistaba todas las provincias que el Capi- 
tolio había perdido, y en tanto que el Imperio reconciliado con 
la verdad vengaba en Áfi-ica y en Italia el vilipendio sufi-ido en 
Roma por los excesos de los invasores, se humillara ante la 
deforme arrogancia de la barbarie en una de las tierras bende- 
cidas del occidente la esplendorosa majestad de Constantinopla, 
de los Belisarios y de los Tribonianos? — Theudiselo, que se 
había distinguido en la guerra contra los francos, es elegido rey 



SEVILLA Y CÁDIZ 3OI 

á la muerte de Theudis. El vulgo, para significar con su acos- 
tumbrada energía su tenacidad en el error, inventó acerca de él 
una fábula, que la tradición ha perpetuado y que de buena fe 
han acogido muy respetables cronistas é historiadores (i). Cuen- 
tan que había cerca de Osset (hoy campo de Chadoya, hacia 
San Juan de Alfarache) una piscina ó alberca pequeña, de aguas 
milagrosas, donde los cristianos habían labrado un hermoso bau- 
tisterio. Conferíase el bautisterio en las épocas de Pascua y Pen- 
tecostés según los antiguos cánones tenían establecido. El Jueves 
Santo juntábase allí todo el pueblo y gente comarcana con el 
obispo: difundíase de repente una suavísima fragancia celestial: 
hacían todos oración, y al retirarse el obispo cerraba con gran 
diligencia las puertas y sellaba las cerraduras. Al tercer día, Sá- 
bado Santo, juntábase otra vez el pueblo para bautizar todos 
los niños nacidos aquel año. La pila ó piscina en que esto se 
verificaba carecía de aguas naturales : no había manantial alguno 
ni caño subterráneo que allí las condujese: el terreno era ente- 
ramente seco, y estando por otra parte cerradas y selladas las 
puertas, nadie podía furtivamente introducirlas. El obispo reco- 
nocía los sellos que había puesto, y con la seguridad de hallar- 
los intactos, abría las puertas. Llegando á la piscina, que habían 
dejado vacía, la hallaban llena de agua, y tan colmada, que se 
derramaba por todas partes con grande abundancia. Bendecía el 
obispo la fuente milagrosa mezclando en ella el santo óleo, y 
bautizados los niños, se permitía á los demás fieles llevarse á 
sus casas de aquella agua para reliquia. Acabada la administra- 
ción del Sacramento, «las aguas que tenían invisible principio se 
3> volvían á ocultar con fin menos entendido (2).» Theudiselo, á 
fuer de arriano, no creía en el milagro ; atribuía el supuesto pro- 
digio á ficción y engaño de los católicos ; resolvió hacer por sí 
mismo la experiencia, y mandó, venida la Semana Santa, poner 



(i) Greg. Turonense, S. Ildefonso, el ven. Beda, Ambr. de Morales y otros va- 
rios. 

(2) Ambr. de Morales, Crón. general ^ lih. IX. cap. 54. 



302 



SEVILLA Y CÁDIZ 



en las fuentes del bautisterio de Osset sus propios sellos. El 
milagro sucedió de la misma manera que solía. Al año siguiente 
se repitió el experimento, y con el mismo resultado portentoso. 
Ya al tercer año, quiso el rey en su obstinada infidelidad, que 
se abriese al rededor del bautisterio un foso muy hondo para 
atajar cualesquiera manantiales por donde pudiera correr el agua 
á la piscina. El foso llegaba ya á la profundidad de veinticinco 
pies, sin que se encontrase ningún manadero, cuando los magnates 
asesinaron al rey en un banquete que se celebraba en su misma 
corte de Sevilla. Le quitaron la vida los mismos godos por no 
poder sufrir las demasías de su desenfrenado libertinaje (año 549). 
Así consignó el pueblo en una misma leyenda los formidables 
juicios de Dios sobre este príncipe por su incontinencia y su per- 
fidia arriana, haciéndole pagar en una desastrada muerte los dos 
feos borrones que oscurecían todas sus dotes y calidades de rey. 
A Theudiselo sucede en el reino Agila, por elección sin 
duda, como ya entre los godos se usaba. También á éste le 
pintan las abreviadas narraciones de Jornandés y de S. Isidoro 
como odioso á sus subditos, y aunque no declaran la causa que 
brevemente le condujo á perecer bajo el puñal regicida, con fa- 
cilidad se colige que entre el poderoso partido católico fué im- 
popular y antipático, y que quizás los arríanos mismos se cre- 
yeron mejor gobernados por su sucesor Athanagildo. No fueron 
los católicos los que le asesinaron en Mérida: lo único que éstos 
hicieron en afrenta á su memoria fué consignar que movió gue- 
rra contra los fieles de Córdoba, que les profanó el amado tem- 
plo de su santo mártir y patrono Acisclo, metiendo en él sus 
caballos, y que, lanzado del trono á impulso de una rebelión en 
la Bética, subió á él en brazos de los amotinados y de las tro- 
pas auxiliares que envió Justiniano capitaneadas por el patricio 
Liberio, el valeroso Athanagildo (año 554), católico en lo se- 
creto de su corazón (i). En tiempo de este príncipe queda mili- 



co Afirma esto último el obispo D. Lucas de Túy. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



-303 



SEVILLA 



tar y políticamente confirmada la superioridad del Imperio de 
Oriente respecto de la monarquía visigoda. No pudiendo Atha- 
nagildo con sus solas fuerzas contrastar el poder del legítimo 
rey, apela á un arbitrio 
harto frecuente por des- 
gracia en las naciones 
entregadas á las luchas 
intestinas , que al par 
que satisface la ambi- 
ción de los usurpadores, 
pone á merced de los 
extranjeros la patria 
común. Invoca el intruso 
en su auxilio la coope- 
ración de un vecino po- 
deroso: era este á la 
sazón el Emperador de 
Bizancio , cuyas armas 
acababan de recobrar 
todo el territorio que 
habían señoreado los 
vándalos desde su emi- 
gración al África. «La 
ocasión de poder volver 
á meter los romanos el 
pié en España era mucho de estimar, y para esto doblarían 
las fuerzas, dando de buena gana aún más gente de la que 
se les pedía (i).» Por otra parte, el ejército imperial del África 
estaba ocioso después de las cumplidas victorias de Belisario... 
Athanagildo por fin hace su concierto por escrito con el empe- 
rador Justiniano, muy á ventaja de éste. No ha llegado á nos- 




ALCÁZAR 
Puertas del Patio de las Doncellas 



(i) Ambr. de Morales. /oc. cz7. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



Otros este pacto (i), pero dice Jornandés, que no daría el empe- 
rador este socorro sin buena recompensa de ciudades y tierras 
en lo mejor de España. Verificado el triste concierto, desem- 
barcan con poderoso ejército los Imperiales en la Bética, des- 
parrámanse por las dos costas del Mediterráneo y del Océano, 
establecen en ellas sus presidios, avanzan tierra adentro, y deja 
Athanagildo á sus sucesores el vergonzoso legado de un condo- 
minio que los obliga á tener que empuñar de continuo la espada 
para refrenar los instintos de dominación de los que fueron cos- 
tosos cooperadores y son ya huéspedes intolerables. 

Escasísimas las noticias eclesiásticas de Sevilla referentes á 
los reinados que acabamos de bosquejar, cumple sin embargo á 
nuestro propósito consignarlas para manifestar que los godos 
arríanos, mientras en ella tuvieron su corte, no causaron moles- 
tias ni vejaciones de ningún género á los fieles católicos. Apare- 
cieron por los años 1366, según refiere un diligente historiador 
de Sevilla (2), en el lugar donde se cree hubo un cementerio de 
cristianos, desde las cárceles de las Stas. Justa y Rufina (3) hasta 
la colación de S. Bernardo, dos sepulcros, «en cada uno de los 
cuales había una especie de redomita de vidrio blanco y colo- 
rado, cuyo licor se había ya consumido por la mucha diuturni- 
dad de los tiempos.» Halláronse abriendo unas hoyas para tras- 
plantar unos naranjos. Las losas que cubrían estos sepulcros 
tenían esculpidos por su haz interior los monogramas de Cristo 
y María con las letras Alfa y Omega. Empezaron cabalmente á 
usarse estas durante las persecuciones de los arríanos, que ne- 



(i ) El rey Recaredo, después de su conversión al catolicismo, escribió al papa 
S. Gregorio rogándole le enviase la escritura de concierto que se había celebrado 
entre el emperador Justiniano y Athanagildo. S. Gregorio respondió á esta carta 
que no la podía enviar por haberse quemado en tiempo de aquel emperador el 
archivo donde estaba. Da también el Santo Padre otra razón para no enviar la refe- 
rida escritura, y es, que cualquiera que atentamente la leyese, encontraría que 
era muy contraria al rey godo. — Aaibr. de Morales. Crón. general^ lib. Xll, capí- 
tulo 4. Esto es cuánto se ha podido traslucir acerca de tan notable documento. 

(2) Morgado en su conocida Hi'sl. de Sevilla. 

(3) Hoy ex-convcnto de la Trinidad. 



SEVILLA Y CÁDIZ 305 



gabán que el Verbo de Dios hubiese existido de toda eternidad 
como el Padre, para dar testimonio los católicos de no haberse 
contaminado con semejante error. Las inscripciones grabadas 
en estas lápidas decían así; la una, Paula, clarissima femina, 

FÁMULA ChRISTI; VIXIT ANNOS XXIIII MENSES DÚOS. ReCESSIT IN 
PACE, XVI KAL. FEBRUARIAS, ERA DLXXXIL La Otra: CeRVELLA 
CLARISSIMA FEMINA, FÁMULA ChRISTI ; VIXIT PLUS MINUS, ANN. XXXV. 

Recessit IN PACE, III KAL. FEBRUARIAS, ERA DC. Corresponde la 
primera sepultura al año 544, reinando Theudis; la segunda al 
reinado de Athanagildo, año 562. Pero la única circunstancia 
por la cual hacemos mención de estos sepulcros es la de las am- 
pollas ó lacrimatorios hallados en ellos. Ya hemos indicado que 
continuaron los cristianos de los primeros siglos en la costum- 
bre orentílica de ung^ir con esencias aromáticas los cadáveres de 
sus parientes y amigos queridos, y que muy á menudo dejaban 
dentro de las sepulturas los frascos que las contenían, que los 
cristianos modernos han denominado vulgarmente lacrimatorios, 
y en Italia ampollas de sangre (ampolle di sanguej. Esta senci- 
lla explicación bastará para que no se vea en las vasijas halla- 
das dentro de los dos sepulcos referidos el falso indicio de una 
persecución arriana que no existió, al menos por aquellos tiem- 
pos. Esas vasijas no contuvieron sangre, ni esas dos ilustres 
damas, de quienes las citadas lápidas conservan la memoria, 
fueron mártires. Ambas debieron pertenecer á muy distinguidas 
y acomodadas familias hispano-romanas, de las infinitas que se 
perpetuaron en las principales ciudades de Andalucía, y la exis- 
tencia de esas ampollas de perfumes no es sino una prueba más 
de lo mucho que se habían arraigado en la tierra del Betis las 
prácticas de la gentilidad. La lápida del sepulcro de Cervella 
ofrece otra particularidad de carácter también muy latino : des- 
pués de las palabras recessit in pace lleva esculpido un corazón 
atravesado poruña saeta. El corazón traspasado ^'s, una cifra muy 
común en los epitafios de las Catacumbas de Roma. En los de 
España es menos frecuente: en cambio, apenas hay inscripción 



306 SEVILLA Y CÁ IM Z 



funeraria de estos siglos v, vi y vii, en que no se advierta la 
otra santa cifra de Jesucristo, principio y fin^ indicada con la 
Cruz, el Alfa y la Omega (i). 

¿Qué parte de la Bética ocuparon los romanos del Imperio 
de Oriente desde el reinado de Athanagildo hasta el más glo- 
rioso de Suinthilá? No lo expresan con claridad, ni quizás lo 
supieron, los escritores que nos sirven de guías para la historia 
de aquellos oscuros tiempos. San Isidoro y Gregorio Turonense 
dan á entender que Athanagildo sólo cedió á los Imperiales 
cierta extensión del territorio de la costa, pero que éstos, una 
vez apoderados de ella, se dilataron á mucho más de lo que el 
pacto les aseguraba. Debió favorecerles en sus miras invasoras 
la antipatía que aún conservaban hacia los godos muchas de 
las principales ciudades de aquella tierra, y quizás al favor de 
este sentimiento de hostilidad para con los actuales señores de 
España, lograría el patricio Liberio (2) hacerse dueño de toda 
la costa desde Gibraltar hasta los confines de la tierra de Va- 
lencia. Con algunas poblaciones de la marina emplearía el go- 
bernador imperial la fuerza, con otras le bastaría usar de la in- 
timidación; con otras finalmente no tendría que valerse de lo 
uno ni de lo otro, porque voluntariamente se le entregarían. 
Acostumbradas de tantos siglos atrás á vivir bajo el yugo ex- 
tranjero, y no pudiendo, á fuer de romanizadas, considerar sino 
como muy extraños á los godos; viendo por otra parte en los 
enviados de Justiniano hombres que fraternizaban con ellos en 
costumbres, en religión y en odio á los que todavía apellidaban 
Bárbaros, nada de extraño tiene que acudieran espontáneamente 
á echarse en brazos del Imperio de Oriente, que veían restau- 



(i) Amb. de Morales cita otra lápida del tiempo de Athanagildo con el sagrado 
monograma: pertenece á la sepultura de un siervo de Dios llamado Culfino, des- 
cubierta en Alcolea, á siete ú ocho leguas de Sevilla. 

(2) Este nombre de Patricio no significaba ya ahora lo que entre los romanos 
de la república y del imperio ; era título de cargo y dignidad, que llevaba en Espa- 
ña el que gobernaba la tierra sometida al emperador de Constantinopla, como en 
Italia el de Exarca. 



SEVILLA Y CÁDIZ 307 



rarse con nuevo brillo, y del cual podían prometerse un gobier- 
no menos ocasionado á azares y turbulencias. Otra circunstancia 
favoreció también á los imperiales para dilatarse en la provincia 
donde habían sido recibidos como meros auxiliares. El patricio 
Liberio no había necesitado dejar guarnición alguna en las ciu- 
dades marítimas que en un principio ocupó, cuando Athanagildo 
reclamó su auxilio para libertar á Sevilla del asedio que inten- 
taba ponerle Agila. De este modo todas sus fuerzas habían 
quedado disponibles para las campañas, y es muy de creer que 
no permanecerían ociosas en los presidios, en que tan devotos 
les eran los habitantes, al llegar la excelente coyuntura de que- 
dar como desamparado el timón del Estado gótico con la muer- 
te de Athanagildo (año 567). Los optimates de la corte no 
acertaban á ponerse de acuerdo acerca de la persona que le ha- 
bía de suceder. Duró este interregno cinco meses (i), y apro- 
vechando tan buena ocasión los imperiales, adelantaron sus 
conquistas subiendo por el Betis hasta cerca de los montes Ma- 
rianos. Ocuparon á Asido y á Córdoba: los cordobeses habían 
procurado siempre vivir emancipados respecto de la monarquía 
goda. La antigua Colonia patricia, la más romana quizá entre 
todas las ciudades de la Bética, se gobernaba por sí misma, y 
había vuelto desde su victoria sobre Agila á tomar el movimien- 
to y compás de sus antiguos usos municipales del tiempo del 
Imperio. Sentábale en efecto mucho mejor la toga romana que 
cualquier otro arreo, y se apresuró gustosa á hacer girones la 
pelliza bárbara con que la habían agobiado los vándalos y los 
suevos. 

Pero concertados por fin los proceres godos ante el temor 
del levantamiento general de la provincia, eligen por rey á 
Liuwa: éste, por no abandonar á Narbona y la Septimania, 
donde hacían necesaria su presencia los conatos avasalladores 
de los feroces descendientes de Clodoveo, se asocia al reino á 



(i) Según Lucas Tudense. 



3o8 SEVILLA Y CÁDIZ 



SU hermano Leovigildo, príncipe animoso y de altos pensamien- 
tos, en quien verdaderamente empieza á vislumbrarse la época 
más gloriosa de la monarquía visigoda. Leovigildo, no bien sube 
al trono, levanta un formidable ejército y cae sobre los imperia- 
les : pone cerco á Asido : opónenle los sitiados una resistencia 
vigorosa; pero uno de aquellos naturales tornadizos, llamado 
Framidanco, se la entrega traidoramente abriéndole de noche 
las puertas. Revuelve luego sobre Córdoba, que se le resiste 
con no menor energía: pero las mismas causas producen siem- 
pre los mismos efectos — los cordobeses también se habían envi- 
lecido á fuerza de llevar el yugo extranjero: — hubo entre ellos 
otro hombre meticuloso ó venal, y la antigua reina del Betis fué 
por él entregada al sitiador. Á estas conquistas siguieron las de 
otras poblaciones y comarcas en la misma Bética y en otras 
regiones de España. Los naturales de la cordillera del Orospeda 
habían resistido siempre la dominación visigoda ; pero esta vez 
no les valió su espíritu de independencia ni la áspera fragosi- 
dad de sus montañas, y tuvieron que doblar la cerviz al yugo 
de Leovigildo. En este reinado termina verdaderamente la ocu- 
pación de la Bética por los imperiales. 

¿Dónde residía la corte visigoda mientras acaecían los he- 
chos que tan rápidamente acabamos de bosquejar? Fredegario 
y Gregorio Turonense, al escribir las melancólicas páginas de 
la sangrienta historia de Galswinda y Chilperico, afirman que 
la corte de Athanagildo fué la ciudad de Toledo. Se equivocaron 
sin duda alguna: Athanagildo debió tener su corte donde la 
habían tenido sus antecesores, pues en Sevilla fué, y no en otra 
parte, donde se declaró por rey y émulo de su predecesor Agi- 
la, según se infiere de S. Isidoro (i), que, después de la fuga 
de éste á Mérida, dice envió ejército contra Athanagildo á Hís- 



(i) Ipse vichis (habla de Agila) ac miserabili mclii J'ugatus Emeritain se recefit. 
Adversus qiiem interjecto aliquanti tc7nporis spalt'o, Athanagildus tyrannidem reg- 
nandi ciipiditate ar ripien s, dum ex ercitum ejus contra se Hispalim missum virtuíe 
mililari prostrcissei, etc. Sub aera DXXCVIL 



SEVILLA 




.J 



ALCÁZAR. — Puertas del Patio de las Doncellas 



310 



SEVILLA Y CÁDIZ 



palis. En Toledo sólo fué su muerte. Liuwa, ya lo hemos dicho, 
se quedó en Narbona. La duda principal ocurre respecto de su 
hermano Leovilgido, pues no se sabe si al hacer partícipes de 
su reino á sus dos hijos Hermenegildo y Recaredo, residía en 
Toledo, donde había muerto Athanagildo, ó si perseveraba 
en la ciudad del Guadalquivir. Pudo muy bien al asociarse al 
trono los dos hijos (año 577) hacer rey de la Bética á Herme- 
negildo, que era el primogénito, pasar él entonces su asiento y 
residencia á Toledo, y establecer á Recaredo en la nueva ciu- 
dad de Recópolis (i). Pudo por el contrario ser Hermenegildo 
el que se trasladase de Toledo á Sevilla: y ambas interpreta- 
ciones se compaginan con el único dato incontrovertible que 
acerca del origen de la rebelión del hijo contra el padre tene- 
mos, á saber, que cuando el Santo se casó vivía con su padre y 
con su madrastra ; de lo contrario, no hubieran podido mediar 
entre ésta y la esposa de Hermenegildo aquellos malos trata- 
mientos de que resultó la división y encono entre las dos cortes. 
En lo que no hay duda es en haber sido Sevilla la corte de 
Hermenegildo, pues en ella se hallaba, y no en Toledo, el me- 
tropolitano San Leandro, que fué quien acabó de decidirle á 
abjurar el arrianismo. 

Y llegamos á la época más interesante de la monarquía 
goda, que es también la más calamitosa por la persecución que 
sufre la verdadera fe y la más gloriosa para la Iglesia hispalen- 
se por la calidad de los Santos que produjo. 



(1) V. á Amb'. de Morales, obra citada, lib. XI, cap. 63. 



CAPITULO XV 



Leovigildo y Hermenegildo 




VANZABA España á pasos de gigante hacia su 
unidad política. Los bizantinos, acorralados en 
las playas del mar, estaban ya amenazados 
de exterminio : la rebelde Córdoba, la fuerte 
Asidona y la raza independiente del Orospeda, vi- 
vían sumisas y tranquilas ; las reliquias de los 
suevos esparcidas por Lusitania y Galicia no daban 
indicios de querer turbar la paz del Estado civil 
visigodo: finalmente, los antes indomables vascones no oponían 
ya resistencia á que del mar Cantábrico al estrecho apareciese 
en la vasta monarquía de Leovigildo la espléndida muestra del 
genio bárbaro sujetando en un solo cuerpo muchas cabezas 
dominadas por una diadema, como sujetaba el lazo romano las 
diferentes varas del haz del lictor sombreadas por una afilada 
segur. Ibase verificando una transformación completa en el 
derecho político de los dominadores. 



312 



SEVILLA Y C A U I Z 



El afianzamiento y prestigio de la dignidad real era uno de 
los más ardientes anhelos de Leovigildo : los tristísimos efectos 
del derecho de elección eran tan palpables y frecuentes, que 
un hombre de sus elevadas miras tenía que verse forzosamente 
conducido á sustituirlo con el sistema de la herencia. No podía 
sin embargo el animoso rey rasgar del código de las antiguas 
costumbres y borrar de la memoria de sus gobernados la tra- 
dición de la potestad electiva, y esto le sugirió la resolución de 
imitar la política de su hermano Liuwa, que había resucitado la 
costumbre de los Césares de asociar á su trono en vida á los 
que habían de sucederles después de muertos. Consecuencia de 
esta reforma, derivación lógica y necesaria de ella, y no pueril 
vanidad ó capricho que no tendrían explicación en el elevado 
carácter de Leovigildo, fueron las innovaciones de forma y apa- 
rato que para hacer más respetable la dignidad real tomó este 
monarca de los emperadores de su tiempo. Primer príncipe de 
la gente goda en quien el título de rey significa algo más que 
el derecho de ejercer la primera magistratura política sobre su 
pueblo, Leovigildo se distingue de todos sus antecesores y de 
todos los magnates de su reino en el traje de que aparece 
revestido. No toma la púrpura como el ostrogodo Teodorico en 
Italia, pero se cubre con el manto real, y adopta además las 
mismas insignias reales usadas en otros países, señaladamente 
el cetro y la corona. Con asombro de los partidarios de la anti- 
gua igualdad, preséntase en pública asamblea ceñida la sien con 
la regia diadema. Sólo desde el tiempo de Leovigildo se ven 
coronados los reyes en las medallas de la España gótica (i): 
sólo desde esta época dejó de ser para nuestra nación una mera 
figura el hablar del trono de sus reyes. Mandó erigir en su 
palacio de Toledo un soberbio trono, y sentado en él recibía en 
las más solemnes audiencias á los optimates, á los prelados y 
al pueblo. Sobresalió aparte de esto como administrador sabio 



(i) Flórez. Medj,llas de España, t. III. 



SEVILLAYCÁDIZ 313 

y prudente ; estableció en el ejército la más rigorosa disciplina; 
manifestó contra sus enemigos un fondo de sagacidad y soler- 
cia, no raro en verdad entre los capitanes de aquellos siglos, 
merced al cual supo sembrar entre ellos la división, seducir á 
los jefes más temibles, y hacer á veces grandes preparativos 
contra una nación para celebrar paces con ella en el momento 
más inesperado, y caer de improviso sobre otra desprevenida y 
desarmada. 

Hizo poco como legislador, reservando este lauro para el 
católico Recaredo, en quien era misión de la Providencia dar á 
España la unidad religiosa y civil y vigorizar con el nuevo espí- 
ritu de la verdad católica á la gente visigoda, desterrando los 
imperfectos embriones de la legislación personal, formados por 
Eurico y Alarico mas que para una gran nación, para un incohe- 
rente agregado de razas distintas. Un paso dio no obstante con 
su misma conducta hacia la apetecida fusión de las dos naciones 
goda y romana, que por sus leyes especiales se regían. Pero 
Leovigildo, que como simple particular había contravenido á la 
ley prohibitoria de los matrimonios con mujeres de distinta raza, 
estaba destinado á ver bajo su dominación los azares y las des- 
gracias á que su ejemplo podía dar origen, mezclándose á la 
reforma política el fermento religioso. 

«Casado con Teodosia, de linaje romano, hija de un antiguo 
» gobernador de Cartagena y hermana de Leandro, obispo á la 
» sazón de Sevilla, había tenido de ella á Hermenegildo, con 
» quien acababa de compartir el trono, y á Recaredo, que le su- 
» cedió después de su muerte. Uno y otro joven se habían edu- 
»cado en la fe arriana, que no era el carácter de Leovigildo para 
«permitir que sus hijos profesasen distinta creencia que la suya. 
»No será con todo aventurado el creer que los ejemplos diarios 
»de la madre y las conversaciones con el hermano de ésta, lum- 
»brera de la Iglesia de España y el hombre más instruido de la 
» nación, labrasen hondo efecto en el corazón de aquellos prínci- 
»pes y los predispusiesen en favor del dogma católico, que les 



3M 



SEVILLA Y CÁDIZ 



«ofrecerían como más santo y más elevado. Añádase á esto el 
» matrimonio de Hermenegildo con una princesa franca, católica 
» también, y su residencia en Sevilla, desde donde gobernaba 
»una parte del reino al lado de Leandro, en provincias menos 
» ocupadas del linaje godo que las del norte; y se comprenderá 
» fácilmente su pública abjuración del arrianismo y su conversión 
»á la fe católica. Mas al adoptar el hijo esta resolución, no había 
» tenido en cuenta el enérgico, el duro carácter de su padre. Ni 
»la política ni el orgullo consentían á Leovigildo que mirase con 
» indiferencia semejante paso; cualquiera que fuese el grado y la 
«intensidad de sus convicciones, era padre y era rey, y no con- 
»cebía ni que se desairase, ni mucho menos que se burlase su 
» autoridad. Amonestó, pues, suavemente á Hermenegildo para 
»que retrocediese de su error; y acudió después á las armas, 
»para cortar el daño con ellas, cuando se convenció de que la 
«persuasión era absolutamente inútil. Hermenegildo, por su par- 
»te, si había sido puro é irreprensible en declarar regla de su 
»fe la que como tal le señalaba su conciencia, no lo fué segura- 
>> mente acudiendo á los medios de que se valió para resistir á 
»su padre y llevar adelante su propósito. Nunca debió levantar 
«contra él las espadas de sus subditos; nunca, mucho menos, 
«debió llamar á los griegos en su apoyo, ni introducir tropas 
«extrañas en el corazón de la monarquía. Todo ello, sin embar- 
«go, fué por el pronto inútil y aun perjudicial á la causa cató- 
«lica. La muchedumbre de los godos siguió con entusiasmo la 
« bandera de su rey : Córdoba y Sevilla se vieron precisadas á 
«abrir sus puertas á los vencedores. Hermenegildo murió en un 
«encierro: su esposa Ingunda huyó desolada á Constantinopla: 
«Leandro y otros muchos obispos fueron desterrados. El ilus- 
«trado y tolerante Leovigildo hubo de pasar en sus años últimos 
«por perseguidor. Mas entonces sucedió aquí lo que ha sucedido 
«muchas veces en el mundo; la fuerza divorciada con la razón 
»y vencedora en el orden material, en el orden moral quedaba 
«vencida. Puestos en lucha abiertamente el dogma católico y el 



SEVILLA Y CÁDIZ 315 



»arr¡ano, saltó luego á la vista la inferioridad de este último, ya 
»en su propia valía, ya en la valía y en el número de sus defen- 
» sores. Espantado hubo de considerar Leovigildo en su alta 
» razón la disidencia, ó por mejor decir, el debate que legaba á 
»sus sucesores; y al observar la marcha de las cosas y de las 
» ideas, al contemplar la necesidad de constituir un verdadero 
«estado para que el poder gótico durase, no encontró otro recur- 
»so en su conciencia y en su patriotismo que el aconsejar á su 
»hijo Recaredo, cuando estaba ya próximo á morir, la abjura- 
»ción de la herejía de sus mayores y la proclamación de la fe 
«católica como religión dominante del Estado. Con tan insigne 
«prueba de abnegación personal, con esta sublime condenación 
»de sus propias obras, puso fin Leovigildo á uno de los más 
«interesantes reinados que se leen en los anales del imperio 
»gótico (i).« 

La mucha autoridad que á las líneas que acabamos de trans- 
cribir da el nombre de su autor, nos obliga á ser menos sobrios 
de lo que quisiéramos en la exposición de un hecho tan capital 
como la rebelión y martirio de S. Hermenegildo. De la citada 
narración se desprende un juicio benigno con el padre, duro con 
el hijo, y un principio muy fecundo en errores, según el cual la 
razón de Estado es la ley suprema en la humana sociedad. 
Parécenos que al formular esta censura de la forma terrible que 
insensiblemente vino á tomar la conversión de Hermenegildo á 
la fe católica, se culpa á este príncipe de algo de que no era él 
responsable, y de que corresponde toda la culpa á la época 
todavía semi-bárbara en que se verificó el ruidoso acontecimien- 
to. Los restos que aún duraban de la primera incivilidad de los 
godos, y no pocos resabios de sus antiguas creencias, ofuscaban 
visiblemente á Hermenegildo una vez enardecida su imaginación 
con el cuadro halagüeño, que sin duda entrevia, de la prospe- 



(i) De la moitarquia visigoda y de su código el Libro de los Jueces, introduc- 
ción al tomo I de Los Códigos españoles; por el E. S. D. Joaquín Francisco Pache- 
co. Cap. I al fin. 



3l6 S E V I 1. I, A Y C Á D I Z 



ridad del reino purgado de la disolvente herejía arriana, y no le 
permitían comprender el espíritu de mansedumbre, resignación 
y humildad, que caracterizan el verdadero cristianismo, enemigo 
de sangrientas y enconadas luchas. Merece cierta disculpa en 
verdad el gravísimo yerro del que se levanta en armas en pro- 
pia defensa (i) contra el autor de sus días, circulando por sus 
venas la sangre goda y viviendo en medio del contagio de los 
malos ejemplos. El homicidio, el parricidio, el fratricidio eran á 
la sazón secretos resortes de estado entre los mismos príncipes 
católicos que ostentaban el título de primogénitos de la Iglesia. 
Los nietos de Clodoveo observaban una conducta, no de católi- 
cos, pero ni aun de paganos. Prostituyendo y ensangrentando 
el tálamo de sus esposas, y siendo causa de que rabiosas ven- 
ganzas precipitasen en un abismo de crímenes á las más ilustres 
princesas, habían dado á los anales de la gloriosa estirpe mero- 
vingia el interés de un drama que horroriza y cautiva á un mis- 
mo tiempo, y en este drama figuraban personajes de la propia 
familia de Ingunda. La criminal y desgraciada Brunechilda era 
madre de esta princesa. Conocidos son de todos sus horrendos 
extravíos; nadie tampoco ignora que entre los reyes bárbaros, 
de cualquier país y religión que fuesen, no había crimen, no ha- 
bía crueldad ni perfidia ante los cuales retrocediese el que se 
creía llamado por su fuerza á ocupar el trono. Sangre fresca y 
sangre de hermanos, de esposos, de sobrinos, de parientes de 
todos los grados, destilaban aún en tiempo de Hermenegildo 
los laureles de los reyes francos, que eran los llamados á mar- 
char con su pueblo á la cabeza de la civilización del Occidente: 



(i) Tratándose de juzgar con imparcialidad la rebelión de Hermenegildo, no 
es justo prescindir de una circunstancia tan capital como la de haberse armado 
este príncipe para repeler la agresión de su padre, que le había cedido el reino de 
la Bética, y que ahora, so pretexto de religión, quería despojarle de él. El acome- 
timiento procedió de Leovigildo. Gregorio de Tours, que vivía en aquellos días y 
cuya autoridad por lo mismo es de gran peso, dice que habiendo entendido Leovi- 
gildo como su hijo era católico, trató luego de destruirle, y él se alzó para escapar 
de este peligro. Lo mismo refieren Adón, arzobispo de Viena del Delfinado en sus 
Anales, Paulo Emilio, Roberto Gaguino y Amb. de Morales. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



317 



de sano-re se había teñido la diestra de Clodoveo ; por excitación 
suya, Chloderico había sido parricida ; Clotilde, la viuda del rey 
cabelludo, creía cumplir un deber excitando á una venganza 



SEVILLA 




ALCÁZAR. — Detalles del Patio de las Doncellas 



cruel é implacable á sus hijos Chlodomiro, Childeberto y Chlo- 
tario, y Chlodomiro se mostró muy satisfecho de su obra des- 
pués de haber arrojado á un pozo al malhadado rey burgundio 
Sigismundo, con su mujer y sus hijos; Chlotario asesinó barba- 



3 1 8 S E V I L L A Y C Á D I Z 



ramente á los inocentes hijos de su hermano Chlodomiro; luego, 
los hijos de Chlotario reprodujeron escenas de pasiones no 
menos brutales: el libertinaje de Chilperico asoció en un mismo 
tálamo á la feroz Fredegunda con la tierna y candorosa Gals- 
winda, inmoló ésta á los celos de aquella, y dio ocasión á las 
épicas venganzas de Brunechilda. No es menos sangriento el 
teatro de las monarquías visigoda y ostrogoda : en la primera se 
fía al puñal la resolución de los grandes conflictos de la ambi- 
ción de los señores ; la segunda nos ofrece iguales desenlaces 
desde el fratricidio consumado por Theodato en la noble y des- 
graciada Ámalasunta. En presencia de pasiones tan brutales, 
que sólo la Iglesia detesta y condena en la época infeliz en que 
se producen, ;qué mucho que los corazones más rectos y gene- 
rosos se familiaricen con el delito cuando se cree que la política 
lo abona? Es bien seguro que los santos obispos, que más ade- 
lante recogieron en la conversión de toda la sociedad visigoda 
el fruto de las enseñanzas ahora sólo aprovechadas por Herme- 
negildo, deploraron y aun censuraron lo que hubo de bárbaro y 
exagerado en la defensa de la conciencia del hijo, y que nunca 
aconsejaron á éste desesperados arbitrios que redundaran en 
mengua y escarnio de la autoridad del padre. Claramente San 
Isidoro le acusa de rebelde (i), y otros piadosos escritores con- 
temporáneos reprenden su conducta con palabras ásperas y cali- 
ficaciones duras, que no está bien repetir hoy tratándose de un 
príncipe á quien la Iglesia colocó en sus altares. En los más 
grandes santos han podido á veces descubrirse grandes defectos, 
y si el levantamiento de Hermenegildo contra su padre merecía 
castigo (siempre menor que el de que hoy sería digno, tomando 
en la debida consideración la ignorancia y perversión de cos- 
tumbres de su siglo), su entusiasmo por la verdad católica me- 
recía por otra parte un premio ; y uno y otro se reunieron, como 



(i) ... in auxilium Leiivioildi Goíhoriim rcois adverstis rebeldem filium ad 
expugnandam Hispcilim pergit, dice el Santo hablando de Miro, rey de los suevos. 



SEVILLAYCÁDIZ 3I9 



acertadamente observa un juicioso historiador moderno de nues- 
tra Iglesia española (i), en el martirio que padeció, lavando con 
su propia sangre la mancha de la rebeldía. 

Por lo que hace á Leovigildo, forzosamente habremos de 
afirmar que obró como tirano y parricida. Una razón política 
miope y estrecha puede atender sólo á la conservación del 
Estado presente á toda costa; pero es más elevada razón política 
la que, anticipándose á la actualidad, mira á lo futuro haciendo 
sacrificio de los propios intereses; y bajo este supuesto la razón 
de estado no es exculpación bastante para Leovigildo, que 
pudo prever como su hijo el adelantamiento y progreso prome- 
tidos á la sociedad gótica en la abjuración del arrianismo. Con- 
dújose, pues, como tirano, violentando la conciencia de su hijo, 
y poniendo por de pronto en la guerra intestina y parricida un 
insuperable obstáculo á la conversión y progreso moral y reli- 
gioso de su pueblo. Obró además como padre desnaturalizado, 
cuando dirimió por mano del verdugo la contienda que en mal 
hora sostenía con las armas propias y extranjeras su arrebatado 
hijo. 

Secundado éste por las ciudades más poderosas de la Bé- 
tica, en que, sin duda por estar más romanizadas, se había pro- 
pagado más la fe católica y era más impopular el arrianismo, 
peleó con varia fortuna en aquella generosa pero mal conducida 
empresa ; é interesa á nuestros lectores saber algo de lo que 
por su causa hizo el país que vamos estudiando. 

Leovigildo conocía muy bien que la nación en general 
deseaba el cambio religioso inaugurado por Hermenegildo : si él 
por su parte no se juzgaba apto para la gran revolución que la 
gente goda demandaba, con sólo haber sido el gran político que 
sus panegiristas nos pintan, hubiera debido entregar las riendas 
del Estado al hijo, que podía satisfacer mejor aquella creciente 
necesidad. Pero codicioso de mando al par que obcecado en el 



(i) El citado Sr. D. \'icente Laíuente. 



320 SKVILLAYCÁUIZ 



error, se imaginó poder burlar con la astucia las exigencias de 
las ciudades católicas, que ya se trocaban en amenazas á la 
noticia de los malos tratamientos que la princesa Ingunda recibía 
de su abuela Goswinda, actual esposa de Leovigildo. A este 
efecto juntó en Toledo un conciliábulo de obispos arríanos 
(año 580), «donde se dio muestra de querer enmendar algo el 
» error y quitarle lo que á los católicos más ofendía» (i). Orde- 
nóse en él, para contentar al partido más numeroso, que no se 
obligara á bautizarse de nuevo según el rito arriano á los que 
abandonasen la fe católica por la religión del Estado, sino que 
bastara para ser tenido por verdadero arriano el participar del 
culto público que ellos usaban. Otro de los errores fundamenta- 
les de aquella secta era la desigualdad que suponían existir 
entre las Personas de la Santísima Trinidad. Ahora, para enga- 
ñar á los católicos, fingían reconocer en cierto modo su herejía, 
innovando las palabras de su credo y dando á entender como si 
ya no hubiese diferencia sustancial entre arríanos y católicos. 
Con estos ardides, escribe el Biclarense, embaucaron á muchos 
fieles y quitaron numerosos partidarios al príncipe Hermene- 
gildo. Pero debieron descubrirse pronto tales amaños, y aun es 
de creer que Leovigildo apelaría á otros medios para vencer la 
constancia de su hijo: lo cierto es que rompió la guerra con 
gran estrépito el año 583 sitiándole el rey en su misma corte de 
Sevilla. 

Auxiliaba al padre el rey Miro con sus suevos, que llamados 
de Galicia por el hijo para esa violenta empresa, le fueron luego 
traidores (2): fué la ciudad fuertemente combatida y privada por 



(i) Ambr. de Morales. 

(2) Pacheco, en su conocida parcialidad por Leovigildo, nada dice de esta 
cooperación, al paso que afea mucho en Hermenegildo el haberse valido de los 
imperiales, que oran, aunque extranjeros, tan católicos y aun de más buena fe que 
los suevos, y que, como ellos, ocupaban una considerable parte de nuestras co- 
marcas marítimas. Hay que notar además con el Biclarense que Hermenegildo no 
solicitó el auxilio de los imperiales de España sino después de verse sitiado y muy 
estrechado en Sevilla. La legacía de S. Leandro á Constantinopla ni fué para tal 
objeto, ni tuvo nada que ver con las cosas de aquella guerra: lo advertimos para 



SEVILLA Y CÁDIZ 



todas partes del preciso mantenimiento; duró el asedio todo un 
año, durante el cual llevó á cabo el sitiador la obra titánica de 
torcer el curso del Betis para que Sevilla no pudiera abastecerse 
ni recibir socorros por agua (i); y al siguiente (584) emprendió 
la reparación de los muros de Itálica para estrechar más á los 
cercados y quitarles toda posibilidad de defenderse. Hallábase 
esta ciudad medio destruida, pero su gran proximidad á Sevilla 
era para los sitiados estorbo á cuanto pudiesen acometer. En 
tan grande aprieto, logró el príncipe evadirse secretamente, y 
fué á verse con los imperiales que seguían dominando en algu- 
nas plazas marítimas. El poder de los bizantinos andaba ya 
muy reducido en la Bética, y como rara vez sucede que el vali- 
miento de los decaídos sea provechoso, ya por su propia 
flaqueza, ya por la perfidia, que suele ser la única política de los 
menesterosos, aquellos ruines auxiliares se dejaron sobornar 
por Leovigildo, y de este modo se apoderó el rey de la ciudad 
cobrando en seguida casi todos los pueblos y castillos que lle- 
vaban la voz del hijo. Refugióse éste en Córdoba, y allí, por 
fuerza ó por engaño, le prendió el vencedor, y despojándole del 
título de rey y de las provincias que le había cedido, le envió 
desterrado á Valencia. 

Sábese por S. Gregorio Magno, pontífice é historiador coe- 
táneo, y á quien debemos suponer bien informado por las rela- 
ciones de estrecha amistad que mantuvo con S. Leandro, que 
todo el empeño de Leovigildo, una vez vencido el hijo, fué per- 
vertirle, persuadiéndole á que abjurase la fe católica y ofreciendo 
perdonarle y restituirle su gracia con tal que volviese á abrazar 



que no induzca en error cierta especie que se lee en S. (}reg. Magno (epíst. a San 
Leandro in lib. Job.) de la embajada de los visigodos áConstantinopla pornegocios 
de la fe : f>ro causis Jidei Wiseooihorum legatio. El P. Flórez aclara este punto reco- 
nociendo que ningún efecto en lo tocante á las armas produjo dicha embajada: de 
consiguiente, no tuvo más auxiliares entre los bizantinos S. Hermenegildo que los 
que permanecían apoderados de las costas de Cartagena y Portugal. 

(1 ) Debió esto verificarse abriendo un gran canal desde la Algava hasta lo más 
bajo del campo de Tablada, de modo que vertiendo por allí el río dejase en seco la 
vuelta que di ciñendo á Sevilla desde la Barqueta hasta Santelmo. 

41 



S F. V 1 Ll. A Y CÁDIZ 



los errores de Arrio. A la guerra con las armas sucedían las 
seducciones, guerra aún más peligrosa, y en que no brilló menos 
la entereza de Hermenegildo. Córdoba, Sevilla, Osset, todas las 

SEVILLA 




ALCÁZAR. — Detalle del Patio de las Doncellas 



ciudades y poblaciones que por él se habían levantado, habían 
vuelto á la obediencia de Leovigildo : los imperiales le habían 
sido traidores: no tenía el desgraciado príncipe de quien le 
viniese la más leve esperanza de recobrar el perdido reino; 



SEVILLA Y CÁDIZ 32^ 



y sin embargo, cuánto más desfallecía su partido, más brío y 
energía cobraba su ánimo : porque eran la persecución y el mar- 
tirio lo que cabalmente aceleraba la conversión del estado 
visigodo á la verdadera fe. No pudiendo el obstinado padre 
vencer la constancia del hijo ni con halagos, ni con castigos, 
redobló su rigor poniéndolo en una estrecha y horrible prisión, 
donde tenía las manos atadas á la garganta con cadenas. — Ta- 
rragona y Sevilla se disputan la gloria de haber prestado al 
Santo la escena donde le bajó del cielo la palma de los márti- 
res. No nos parece probable que para la obra de seducción y de 
intimidación que alternativamente emprendía Leovigildo á fin de 
domar el corazón de su hijo, creyese más oportuno tenerle des- 
terrado en Tarragona que reducido á prisión en la misma 
Sevilla, donde á todas horas podía sondear su ánimo y aprove- 
char las vicisitudes favorables á su intento. Seguimos pues la 
opinión de Morales, que, robustecida por la tradición más cons- 
tante, le supone encarcelado en Sevilla, y designamos al lector 
como su prisión la torre sombría que se alza en el muro de la 
que fué ptierta de Córdoba^ donde la piedad popular, no inte- 
rrumpida en doce siglos más que por la ocupación sarracena, ha 
venerado siempre el lugar de su glorioso martirio (i). Este se 
halla referido por el papa S. Gregorio, quien asegura tener 
cabal noticia del sangriento hecho por relación de personas 
fidedignas, que acudieron de España á Roma. 

No dice S. Gregorio cuánto tiempo estuvo el príncipe en 



(i) «Allí en lo baxo de la torre, por donde todos pasan, tiene de muy antiguo 
altares, con pintura y lámpara... Agora de pocos años acá se ha adornado con mu- 
cha riqueza... el santo lugar de la cárcel y martirio en lo alto de la torre: y maci- 
zando el callejón hasta quedar el suelo igual con las dos puertas altas de la entra- 
da y de la covachita, y abriéndole una ventana, lo hicieron capilla, poniendo con 
devota consideración el altar encima la portecita del tabuco pequeño, así que al- 
zando el frontal, se entra de rodillas á gozar enteramente el bendito Santuario, 
bañado con la real sangre... Todo esto hizo con harto gusto y mayor deseo Fran- 
cisco Guerrero, armero de Sevilla, etc.» Así Amb. de Morales, lib. XI, cap. LXVII. 

Existe todavía esta ermita en la parte interior del muro de la que fue puerta, de 
Córdoba, y hoy lleva el nombre de capilla de S. Hemiencoildo. 



324 SEVILLA Y CÁDIZ 



aquella dura cárcel, pero prosigue que llegado el día de la Pas- 
cua de Resurrección, el malvado padre mandó á media noche á 
un obispo arriano que llevase la comunión á su hijo, para que 
recibiéndola de aquella mano infiel, fuese visto que dejaba de 
.ser católico, conforme á un decreto del conciliábulo celebrado 
en Toledo : con cuya satisfacción exterior pudiese el rey perdo- 
narle y restituirle en su gracia. El santo mancebo, esforzado 
con el valor que Dios le inspiraba, y fija en el corazón la santa 
doctrina que S. Leandro y la princesa su esposa le habían ense- 
ñado, respondió al obispo con gran firmeza y echándole en cara 
su maldad. Duras debieron sonar las palabras del atormentado 
príncipe en los oídos del arriano: dura debió ser también la ver- 
sión de éste, y más duro aún el corazón de Leovigildo... Arre- 
batado de furia diabólica, y trocando el amor natural en cruel- 
dad que rara vez se halla en bestias fieras, mandó ir luego 
algunos de sus más inhumanos ministros, y entre ellos uno 
llamado Sisberto, y que allí en su mismo calabozo lo matasen. 
Ejecutóse la bárbara sentencia quebrantándole la cabeza con 
una hacha (585). El lirismo popular se asocia tan oportuna y 
bellamente á la razón teológica en la historia del cristianismo 
para encadenar las almas á la creencia, que no parece sino que 
lo más elevado de la ciencia y lo más espontáneo del senti- 
miento coincidan y se robustezcan mutuamente en la exposición 
de toda verdad, siempre luminosa y fecunda. La poesía cristia- 
na, que adivina sin reflexión los grandes misterios del cielo, 
descubrió al punto lo que la ciencia de Dios y de sus ángeles, 
la Teología, admitió luego como posible en la muerte de Her- 
menegildo: espíritus invisibles, con armonioso é inefable con- 
cierto, dícese que entonaron aquella noche himnos y salmos 
sobre el yerto cadáver del bienaventurado príncipe, y algunos 
afirmaron que habían aparecido allí sobrenaturales resplandores 
que ahuyentaban las tinieblas de aquel fiero calabozo, y no se 
desdeñó de consignar en sus graves y doctas páginas estos ru- 
mores una de las inteligencias más privilegiadas de la Igle- 



SEVILLAYCÁDIZ 325 



sia (i). Dejamos á los panegiristas de la antigua razón de Estado, 
apologistas de los Brutos y Catones, ver cómo pueden disculpar 
este horrendo parricidio ; los fieles católicos, sin aprobar la rebe- 
lión del hijo, miran al brillo de su aureola más que á las som- 
bras cíe Sil fugaz corona (2). 

Las ciudades que en la Bética se habían declarado por Her- 
menegildo, muerto éste, volvieron á quedar sometidas al rey 
padre. No se sabe á punto fijo cuáles fi.ieron, pero hallándose 
á la sazón la fe católica más arraigada en aquella provincia que 
en otra alguna de la Península, es de creer que todas las pobla- 
ciones principales abrazaron el partido del príncipe. Déjase 
colegir lo que padecería después toda aquella tierra durante la 
persecución que movió Leovigildo contra los católicos. 

No volvió ningún otro rey godo á tener á Sevilla por corte, 
y sin embargo la Iglesia de Sevilla siguió siendo cada vez más 
famosa por sus sabios y virtuosos prelados. Comenzó á hacerse 
verdaderamente ilustre desde el orlorioso martirio de S. Herme- 

o 

negildo, por medio de los ínclitos Leandro é Isidoro. En Sevilla 
fué donde empezó la importante conquista del reino de los godos 
para la Iglesia : á ella debió la civilización aquel señalado triun- 
fo : su gloriosísimo prelado lo alcanzó. Que si las armas de 
Hermenegildo hubieran prevalecido; si hubiera continuado allí 
el trono de los godos católicos, no hay duda, atendido el genio 
de aquellos príncipes, émulos del Imperio de Oriente en ilustrar 
la Iglesia de su corte, que hubiera subido Sevilla á ser la Metró- 
poli de España, pues se hallaba su Iglesia con más honores 
que otra alguna. 

Alteróse la suerte quedándose la ciudad del Betis sin la 
residencia de los reyes; pero aun así y todo, no le faltó la pre- 
rogativa de otro honor singular, en que tampoco podían com- 
petir con ella las otras metrópolis. Fué este señalado honor el 



(1) El citado S. Gregorio .Magno. 

(2) Expresión feliz del ya citado Sr. D. Vicente Lafuentc. 



326 SEVILLA Y CÁDIZ 



palio que S. Gregorio Magno envió á S. Leandro: honra de 
muy mayor prez en aquel tiempo que en el presente, pues no 
consta le fuese concedida á otro más que á aquel preclaro 
pastor. 

La persecución contra los católicos dio ocasión á Leovigildo 
para saquear los bienes de las iglesias y monasterios, sin res- 
petar los privilegios que la tolerancia de algunos de sus antece- 
sores les había otorgado á pesar de su distinta creencia. Por 
desgracia, en medio del valor que los obispos españoles des- 
plegaron contra el tirano, tuvo la Iglesia que deplorar algunas 
vergonzosas apostasías, que enflaquecían y acobardaban, sino 
vencían del todo, á muchos católicos con su mal ejemplo. Entre 
éstos lamenta S. Isidoro la miserable caída de Vicente, obispo 
de Zaragoza, segundo de este nombre en aquella sede. Dice el 
Santo que siendo á manera de lucero resplandeciente en el cie- 
lo, se derribó á ofuscarse en las tinieblas del abismo, aposta- 
tando de la verdadera fe y llevando tras sí á otros muchos 
como Lucifer. Indignado justamente contra su apostasía, le cen- 
suraron y condenaron Severo obispo de Málaga y Liciniano de 
Cartagena. Este, huyendo de Leovigildo, marchó á Constanti- 
nopla, donde dice S. Isidoro que murió habiéndose tenido sos- 
pecha de que émulos suyos le dieron veneno. 

No expresa S. Gregorio las molestias que en particular 
padeció S. Leandro después que prevalecieron las armas del 
rey arriano en Sevilla ; pero sábese por su hermano S. Isidoro 
que fué desterrado juntamente con él S. Fulgencio, hermano de 
ambos, y que ni aun en el destierro desistió el sabio pastor de 
solicitar la salud de aquellos infieles cuyo encono padecía, pues 
compuso entonces dos libros llenos de erudición sobre las sagra- 
das escrituras, en los cuales destruía con vehemente estilo las 
ceguedades de la herejía arriana, y además un Tratado sobre 
los institutos de sus sectarios proponiendo sus dichos y dando 
las respuestas. Créese que estos escritos contribuyeron pode- 
rosamente á que Leovigildo se doliese de haber quitado la vida 



Sevilla y Cádiz 327 

á su hijo, llegando á reconocer por única verdadera la fe de los 
católicos; pero según el Santo Pontífice, no mereció profesarla, 
contenido del temor de su gente, si bien al verse al borde del 
sepulcro, hizo que S. Leandro, á quien en tal caso deberemos 
suponer vuelto ya de su destierro, se encargase de dirigir la 
conducta de su hijo Recaredo : hecho elocuente que explica por 
sí solo, mejor que todos los discursos en favor de la supremacía 
intelectual, moral y política de la Iglesia en aquellos siglos, 
quiénes eran en la sociedad española de entonces los verdade- 
ros sabios, los verdaderos estadistas, los verdaderos maestros 
de la civilización. La personificación más grande de la razón de 
Estado que vio jamás la España descollar en su trono, y la per- 
sonificación más enconada, más enérgica, más intolerante, cede 
y se humilla al prestigio de la verdad de la justicia y de la san- 
tidad : y en el momento supremo de abandonar la vida para ir 
á dar al Sumo Juez razón de sus actos, abdica de sus principios, 
y somete el mando y gobierno de la nación, escandalizada de 
su tiranía, á la dirección y tutela de la Iglesia. Los que acusan 
al episcopado visigodo de invasor y prepotente, no han meditado 
bastante en la alta significación de este hecho ; que no fué por 
cierto la Iglesia la que se apoderó de la dirección dé aquel Es- 
tado, sino por el contrario el Estado mismo el que, reconocién- 
dose falto é impotente para fundar una sólida y próspera 
monarquía, solicitó de los únicos depositarios de verdades eter- 
nas, religiosas y sociales, la ciencia y la virtud de que carecía. 



CAPITULO XVI 



Recaredo y sus sucesores. — Actitud del clero. — Leandro é Isidoro. 
La escuela isidoriana. — Cuadro de la civilización visigoda 




ECAREDO, aleccionado por S. Leandro, abrazó el 
Catolicismo y exhortó á su corte y á sus subdi- 
tos á que siguieran su ejemplo: así nació la 
armonía que por primera vez desde la irrupción 
de los Bárbaros unió en una misma fórmula las 
aspiraciones de la nación y de su gobierno. En 
efecto, la nación era en su mayoría católica; del paganis- 
mo quizá no quedaban reliquias; los antiguos simulacros forja- 
dos por el politeísmo, no había quien los recordase apenas (i); 
pero los arríanos que constituían una evidente minoría, veían 
con despecho escapárseles el poder. 



(i) El canon i ó del Concilio III de Toledo da claramente á entender que ya la 
idolatría había caído en desuso. Quoniam pené per omnem Hispaniíim, sivé Galliam 
ídolatrice sacrilegiiivi inolevit, hoc cum consensu gloriosissimi Principis Sancía 
Synodus ordínavit, ut omnis Sacerdos in loco suo^ una cum jiidicc territorii sacrile- 
gium memoratiim perqiiiral. 

42 



330 SEVILLA V CÁDIZ 



Entre las convulsiones del arrianismo espirante, vaciló por 
breve tiempo el trono de Recaredo. El inocente Liuwa perece 
asesinado por el traidor Witerico, y paga éste después su aten- 
tado á manos de los enfurecidos toledanos, que arrojan su ca- 
dáver á un muladar, sepultando con él allí el último respiro del 
arrianismo godo, la barbarie septentrional, y el regicidio. 

Ciñe la corona el arrebatado aunque sabio Sisebuto, que 
exagera el celo religioso y santo de los Concilios, y arrostrando 
la prudente censura y la reprobación de los Padres de la Igle- 
sia (i) fulmina contra los judíos, con desdoro de sus egregias 
prendas morales y de su sensibilidad exquisita como rey y padre 
de su pueblo (2), penas inauditas y medidas de la más atroz 
persecución. No procedamos sin embargo de ligero, condenando 
el espíritu que dictó estas medidas por reprobar el exceso que 
en ellas hubo. Cierta represión era indispensable aun en el sim 
pie interés político, porque la raza judaica, raza que no sólo 
constituye una secta, sino una nacionalidad distinta en toda na- 
ción, y un estado de sorda y paciente invasión dentro del Estado 
que la tolera, crecía pujante y ominosa desde la época del gran 
comercio de nuestra patria con Roma y á pesar de las prohibi- 
ciones del Concilio de Elvira. Un escarmiento doloroso manifes- 
tó, aun antes de la invasión sarracena, que estas medidas no 
habían sido tan inmerecidas como algunos las pintan hoy (3). De 
todas maneras, tengamos por seguro que desde la conversión 
de los Baltos al catolicismo, nuestros reyes marchan con los 
prelados á la cabeza del progreso intelectual y moral, y que 
ninguna nación de las fundadas por los Bárbaros rivaliza en los 
siglos VI y vil con España en el decoro y prestigio de la potes- 
tad real. Sisebuto, sobre profesar un grande amor á las letras, 



(1) V. el Concilio 1\' ele Toledo. 

(2) Dícese, en efecto, de Sisebuto, que era un príncipe tan humano, que derra 
maba lágrimas después de los combates al ver heridos sus soldados, y rescataba 
de su propio bolsillo todos cuantos prisioneros podía. 

(3) Aludimos al levantamiento general que maquinaron en tiempo de Egica y 
de que dan testimonio los cánones del Concilio XVI de Toledo. 



SEVILLA Y CÁDIZ 33I 



escribió de su puño una crónica de los Visigodos. Chindaswintho, 
más adelante, cultivó el estudio de la Sagrada Escritura y la 
poesía. 

< Prestaban á las letras en España grande utilidad — dice un 
docto escritor moderno ( i ) — así la estancia de los imperiales en 
la costa del Sud-este de la Península, como los viajes de los es- 
pañoles á la corte de Oriente, pues ninguno de aquellos, y par- 
ticularmente siendo obispos, dejaba de traer manuscritos, que 
luego eran reproducidos en las iglesias y monasterios. Así lle- 
garon á formarse aquellas colecciones canónicas tan puras, mul- 
tiplicadas por los monjes y clérigos en las extensas provincias 
en que se dividía la Península. Así pudieron reunirse aquellas 
librerías españolas del siglo vii, depósitos muchas de ellas de 
rarísimos códices. Así les fué dado adquirir pluralidad de cono- 
cimientos á los sabios que tanta gloria dieron á España en la 
primera mitad del citado siglo, en cuya época ninguna otra na- 
ción de Europa, si exceptuamos el poderoso imperio romano- 
griego, pudo competir con nuestra patria en el estudio y cono- 
cimiento de las ciencias.» — Con estos poderosos auxilios se 
formaron aquellos famosísimos prelados, honor de la silla me- 
tropolitana hispalense, los Leandros é Isidoros ; y de ellos á su 
vez recibieron las iglesias todas de la España visigoda inmensos 
beneficios. Cuanto de S. Leandro pudiera decirse para retratar 
su semblanza moral, lo dejó dicho su hermano S. Isidoro lla- 
mándole varón de dulce palabra, de ingenio maravilloso., preclaro 
en su vida y stt doctrina. — De este último, bástenos recordar 
por ahora que el concilio VIII de Toledo le aclamó Doctor es- 
clarecido de szi siglo, postrer ornamento de la Iglesia católica, 
y digno de ser citado con reverencia. 

Á Sisebuto sucede el enérgico Suinthila, que emprende la 
gloriosa obra de arrojar de España á los imperiales. Esta em- 



( T ) D. José M." de Eguren, Memoria descriptiva de los códices notables conser- 
vados en los archivos eclesiásticos de España. — Parte 1 ." — Origen de los archivos 
del clero resular. 



332 



SEVILLA Y CÁDIZ 



SEVILLA 









wm 






presa, que había sido superior á las fuerzas de los más grandes 
monarcas arrianos, la lleva á cabo el rey católico dejando ape- 
nas á Sisenando lauros que ceñir como émulo de la civilización 
de Bizancio. Como rey tuvo éste la gloria de mandar á una na- 
ción libre de todo yugo 
extranjero: como cristia- 
no logró otra gloria mayor 
todavía, la de haberse sa- 
bido humillar, á despecho 
de las poderosas instiga- 
ciones del más disculpa- 
ble orgullo (si es que en 
los más grandes sobera- 
nos puede el orgullo dis- 
culparse), ante las recri- 
minaciones de la propia 
conciencia, compareciendo 
en el Concilio IV de To- 
ledo á pedir con lágrimas 
ser absuelto del pecado de 
usurpación del trono. Pre- 
sentóse en aquella santa y 
venerable asamblea con 
toda su corte , cuando , 
quieto y pacífico en el so- 
lio, nada tenía que temer 
de la nación que le había 
ayudado con sus votos á derribar al pervertido Suinthila, y se 
postró en tierra con la más edificante humildad, rogando á 
los dignos Prelados, á cuyo ft-ente descollábala santa y gloriosa 
lumbrera de la Iglesia y de la literatura goda, S. Isidoro, que 
intercediesen para con Dios en su favor. Público había sido su 
pecado: pública también ¡pero cuan heroica y meritoria! era su 
reparación. 




ALCÁZAR 
Ventana del Patio de las Doncellas 



SEVILLA Y CÁDIZ 333 



Va afianzándose la moral católica en la monarquía visigoda, 
y prosperando con ella esta misma monarquía identificada con 
la Iglesia, su maestra y tutora. Sólo la religión podía preservar 
al trono de las ambiciones y de los atentados. Convoca Chintila 
el V concilio de Toledo (VI de los nacionales) temeroso de las 
maquinaciones de los magnates, y el Concilio se interpone entre 
el puñal y la corona, excomulgando á los que intenten contra la 
vida del rey, sancionando el derecho electivo, y prescribiendo 
que sólo puedan ser elegidos los nobles de sangre goda. ¿Y eraii 
por ventura los prelados los que se arrogaban el derecho de dar 
una constitución política á la monarquía? No: eran el rey y su 
corte los que se la pedían. ¿Y quién la había de dar si no la 
daban ellos? Ellos, pues, al cubrir la paz, el orden y los capitales 
intereses de la sociedad civil con su manto pastoral, proclama- 
ban el reinado de las ideas y de la ley sobre la fijerza brutal y 
la prepotencia militar. La Iglesia legislaba porque era el único 
poder capaz de hacer respetar la ley y el derecho. 

Pero si desde los primeros pasos de la conversión de la gen- 
te goda al catolicismo, los obispos se colocan entre el rey y el 
pueblo defendiendo al primero del puñal de los rebeldes, también 
defienden á los subditos de las demasías del monarca. Cupo princi- 
palmente en suerte al glorioso prelado de Sevilla, Isidoro, al dar 
este ejemplo de valerosa imparcialidad y justicia, haciendo en el 
Concilio IV resonar á los oídos de la suprema potestad terrena 
estas austeras palabras : Para los reyes fuhiros pronunciamos 
esta sentencia: si alguno de ellos por soberbia ó fausto real, e7i 
contra de la reverencia de las leyes, ejerciere en los pueblos un 
poder despótico y cruel^ por maldad ó por codicia, sea condenado 
por Cristo Señor nuestro con la sentencia de ajiatema, y sea sepa- 
rado y juzgado por Dios, por haber tratado de obrar mal y de 
pervertir su reino (i). ¿Y quién más autorizado que él para pro- 



(i) Canon Ty... Sané de fíiturts reQtbus hanc sententiam f>romulgamiis, u i si- 
gáis ex eis contra i-everentiam legum superha dominatione eí JastuRegio, in flagilüs 
eifacinore, sive ciipiditate. crudelissitnam polestatem in populos exercuerit, anathe- 



334 S E V I LL A Y C A D I Z 



ferirlas? San Isidoro era sin duda alguna el hombre más eminente 
de su siglo : él fué en la Iglesia gótica el restaurador de las huma- 
nas disciplinas: sus Etimologías, de que todos los archivos ecle- 
siásticos y monacales poseían copias, fueron la preciosa enciclo- 
pedia de aquella edad. San Isidoro verdaderamente fué el Plinio 
cristiano del séptimo siglo: el mundo sabio le apellida hoy toda- 
vía el gran etimologista. Y con sobrada razón: porque siguiendo 
el ejemplo de los Padres de la escuela de Alejandría y de las 
lumbreras de la Iglesia griega, Basilio el Magno y Gregorio 
Nazianceno, educados en Atenas, é imitando á los grandes maes- 
tros de Occidente, Agustín y Jerónimo, logró fomentar el estudio 
de las ciencias profanas, sin exceptuar ninguna, para apoyar y 
defender el dogma católico con el testimonio de todas ellas, y 
tan verdadero y fecundo fué el amor al estudio que con su celo 
supo inspirar á los clérigos y á los monjes benedictinos y agus- 
tinianos de su tiempo, que llegaron éstos á rivalizar con los 
monjes y clérigos más ilustres del Oriente. A S. Isidoro y á los 
institutos monásticos á quienes él comunicó tan ardorosa sed de 
ciencia, se debe el haberse salvado del gran naufragio del Impe- 
rio romano infinito número de documentos del saber antiguo: 
de ellos procedió aquella prodigiosa actividad literaria y científica 
de las escuelas de Sevilla, de Toledo, de Oviedo, de los scrip- 
toria de Juan Biclarense, de S. Martín Dumiense, de Sta. María 
de Obona, de S. Millán de la Cogolla, de Liébana, Celanova, 
Albelda, Ripoll y tantos otros, merced á la, cual en los primeros 
siglos de la Edad media, y luego, en sucesivas restauraciones 
de la grande escuela isidoriana, durante la dominación agarena 
primero, y bajo la reconquista después, fué nuestra España la 
nación más adelantada del Occidente en toda clase de conoci- 
mientos, sagrados y profanos. Las Etimologías y la regla de 
San Benito eran entonces los primeros elementos de cultura 
con que renacían á la vida de la inteligencia las humanas asocia- 



matis sententia á Chrislo Domino coudemnetuí ci habcat a Deo separationem, etc. 



SEVILI. AYCÁDIZ 335 



ciones libertadas del caos de la barbarie. Agregábanse luego los 
tesoros de la ciencia, de las letras y de las artes de la antigüe- 
dad, que traían á España los prelados y eclesiásticos de vuelta 
de sus frecuentes peregrinaciones á Jerusalén y Constantinopla, y 
que, reproducidos por los copistas, pasaban á enriquecer las biblio- 
tecas monacales y eclesiásticas. Por este medio llegaron á gene- 
ralizarse en toda la Península multitud de obras de literatura 
griega y romana, selectas producciones de los más grandes poe- 
tas y oradores antiguos, preciosos manuscritos bíblicos, litúrgi- 
cos, conciliares, obras de jurisprudencia civil, de ciencias físicas 
y naturales, de historia, etc., y era de ver cómo aquellos monjes 
escribas, á fuerza de vigilias, de tiempo y de trabajo, y aun á 
costa de muchas molestias y dolencias corporales, preparaban 
en el silencio del scriptorium ^ entretejiendo las rosas con las 
espinas, y asociando á Aristóteles y Cicerón con Prudencio y 
Juvenco, y á los SS. Padres con Virgilio y Ovidio, el copioso 
verjel de las bibliotecas, donde habían de libar los jóvenes doc- 
tores de la Iglesia visigoda la sana doctrina destinada á triunfar 
en el palenque de la herejía y de la controversia. — La escuela 
que S. Isidoro fundó en Sevilla adquirió tal celebridad, que á 
ella acudía la juventud desde remotas provincias, ansiosa de 
beber la doctrina que fluía de sus labios, y pronto sirvió de mo- 
delo á otras escuelas de la Península. No se sabe dónde la esta- 
bleció, aunque es de suponer que fué en la iglesia de S. Vicente 
catedral á la sazón, donde, por ser conventual la vida de los 
canónigos en aquel tiempo, puede creerse que á la escuela irían 
anejos el scriptoriit7n ó salón de los escribas y copiantes, y la 
famosa biblioteca de que conserva recuerdo nuestra historia ecle- 
siástica (i). — Como escritor sagrado, hizo el nombre de Isidoro 



(1) Consérvase una memoria de la gran biblioteca de S. Isidoro en los títulos 
ó inscripciones en verso que mandó poner en aquel recinto, y que, tomados de un 
códice gótico de la Biblioteca Nacional, publicó el P. Flórez en el tomo IX de su 
Es-paña, Sagrada, y reprodujo D. José M." de Eguren en su precitada Memoria ác\os 
códices notables de nuestros archivos eclesiásticos. Decía así el segundo de di- 
chos títulos : 



^^6 SEVILLA Y CÁDIZ 



inolvidable la colección de cánones antiguos que regularizó aña- 
diendo las disposiciones de su tiempo; colección que es una de 
las más preciosas fuentes de nuestro Derecho canónico ; el arre- 
glo y redacción del Oficio gótico^ y multitud de obras que le 
acreditan como el primero entre los maestros de las ciencias 
eclesiásticas de la España goda. La importancia de la escuela 
de S. Isidoro y su inmensa trascendencia en bien de las letras 
y de la civilización , ha sido muy atinadamente apreciada por 
uno de los escritores más juiciosos é imparciales de nuestros 
días (i). 

Wamba es el último rey visigodo que mantiene el lustre de 
la corona: después de él, será ya en vano buscar en la nación 
española prosperidad, justicia, cultura y poder. ¡Tan rápida 
será su decadencia, que en solos treinta años descenderá de 
la cúspide de la grandeza al abismo de la abyección y de la 
ruina! ¿A qué bosquejar tan triste y doloroso cuadro? Recorde- 
mos más bien las glorias de aquel Estado en la época de su 
prosperidad, desde Recaredo hasta Wamba, y sírvanos de lec- 
ción provechosa la tremenda catástrofe que amaga ya á toda una 
nación pervertida y prevaricadora. 

Modernos escritores, á quienes seguramente nadie tachará 
de parciales en favor del Catolicismo, consignan de este modo, 
impulsados por la necesidad de reconocer y confesar lo que es 
á todas luces manifiesto, la superioridad de la civilización de los 
hispano-godos, obra casi exclusiva de los obispos, respecto de 
todas las demás naciones del siglo vii, y las ventajas que Espa- 
ña reportó de la conversión de Recaredo. «En esta nación, dice 
»Mr. Guizot, es la fuerza de la Iglesia la que emprende restau- 
»rar la civilización. En lugar de las antiguas asambleas germá- 



Sunl hic pliircí sacra, sunt el mundalia plura 

Ex his, si qua placenl carmina, tolle, lege. 
Prata vide plena spinis, el copia floris, 
Si non vis spinas sumere, sume rosas. 
( I ) J. CiiRiSTiAN Eknf.st Bolmu<e 1". L'ccole (Zhrétienne de Séville. sous la monar- 
chie des Visi^oUis. 



S E \" I L L A 




ALCÁZAR. — Paiio de las Doncellas 



338 S C V I L L A Y C A b I Z 



» nicas, de las reuniones de los guerreros, son los Concilios 
«Toledanos los que surgen y echan raíces, y si bien concurren 
»á ellos los grandes del Estado, siempre son los eclesiásticos 
»los que tienen su dirección y primacía. Ábrase la ley de los 
«visigodos y se verá que no es una ley bárbara: evidentemente 
»la hallaremos redactada por los filósofos de la época, es decir, 
»por el clero, abundando en ideas generales, en verdaderas teo- 
»rías, completamente ajenas de la índole y costumbres de los 
» Bárbaros. Sabido es que el sistema legislativo de éstos era un 
«sistema personal , en que cada ley sólo se aplicaba á los 
«hombres de un mismo linaje. La ley romana gobernaba á los 
«romanos, la ley fi-anca regía á los francos: cada pueblo tenía 
«sus reglas especiales, aunque estuviesen sometidos á un mismo 
«gobierno y habitasen el propio territorio... Pues bien, la legis- 
«lación de los visigodos no es personal, sino que está fundada 
«sobre aquel. Visigodos y romanos están sometidos á la misma 
«ley. — Pero no es esto solo. Continuemos examinándola, y ha- 
« liaremos señales de filosofía aún más evidentes. Entre los Bár- 
«baros cada hombre tenía, según su situación, un valor deter- 
» minado y diverso: el Bárbaro y el romano, el hombre libre y 
«el feudo, no eran estimados en un mismo precio; había, por 
«decirlo así, una tarifa de sus vidas. En la ley visigoda sucede 
« todo lo contrario : se establece el valor igual de los hombres 
«ante ella. Considerad por último el sistema del procedimiento: 
«en vez del juramento de los compurgadores y del combate 
«judicial (i), encontraréis la prueba por medio de testigos, y el 
«examen racional de los hechos, como puede practicarse en 
«cualquier nación civilizada. En una palabra, la legislación visi- 
ígoda lleva y ofrece en su conjunto un carácter erudito, siste- 
«mático, social. Descúbrese bien en ella el influjo del mismo 
«clero que prevalecía en los concilios toledanos, y que influía 
«tan poderosamente en el gobierno del país (2).» 



(1) En esto se equivocó el eminente publicista. 

(2) Hist. general de la civilización europea: lección 3." 



SEVILLA Y CÁDIZ ^^Q 



Pues el testimonio que sigue es, si cabe, todavía más precio- 
so por su carácter de generalidad. « La España de los godos, 
»dice Mr. Romey, nos ofrece un gran progreso respecto de la 
«España romana... En su administración interior observamos el 
» mismo fenómeno. Cierto que su legislación prescribe algunas 
«penas de índole bárbara; pero ¿qué código moderno está exen- 
»to de esta mancilla? Entre nosotros mismos (los franceses) sin 
»ir más lejos, ¿no estaban ayer vigentes el tormento y la muti- 
»lación? En el largo transcurso del período gótico que acabamos 
»de estudiar, pocas crueldades y asesinatos en verdad hemos 
«tenido que consignar: sólo en los primeros tiempos vimos inmo- 
» lados algunos reyes. Aquel pueblo, tan violento en un princi- 
»pio, se amansa y dulcifica desde Recaredo : cambian sus cos- 
»tumbres; la vida del hombre se hace para él cosa sagrada, al 
«menos entre las altas jerarquías. Nada más moderado que la 
«pena aplicada por Wamba al usurpador Paulo y sus compañe- 
»ros. Todos los hechos sangrientos que pueden imputarse á las 
«familias de los reyes durante el período de 300 años que corre 
«desde Ataúlfo hasta Rodrigo, se reducen á dos fratricidios, 
«ocurridos en la familia de Turismundo, y un parricidio determi- 
«nado por un concurso de circunstancias verdaderamente fatales. 
«¿Y qué es esto comparado con aquella interminable cadena de 
«homicidios, acciones crueles, cabalas atroces, fratricidios sin 
«cuento, inmolaciones y ejecuciones militares desenfrenadas, que 
«acompañan á la instalación de la monarquía merovingia en las 
«Gallas.'' El suplicio de Brunechilda es por sí solo más horroro- 
«so que todas cuantas maldades hemos podido presenciar en la 
«historia de los reyes godos.» 

La España del siglo vii ofrecía en verdad un espectáculo 
sorprendente respecto del resto de Europa, donde las continuas 
guerras y revoluciones habían acabado con los escasos restos 
de la civilización y del saber antiguos, quedando el clero en la 
ignorancia. En las Gallas se promovía al sacerdocio á personas 
que apenas sabían leer. En Italia se quejaba el papa Agathon 



340 SEVILLA Y CÁDIZ 

de no tener una sola persona á quien encomendar una embajada 
á Constantinopla. La Iglesia toda no hubiera podido mostrar á 
la vez tantos prelados y abades eminentes como presentaba la 
España sola. 

Hasta hace pocos años, nos formábamos generalmente una 
idea muy pobre de la cultura visigoda. Preocupados con el des- 
precio que de los cristianos refugiados en Asturias hacían los 
sectarios de Mahoma, nos imaginábamos que los subditos de 
Recaredo y Wamba habían sido como salvajes para las artes 
del lujo y de la ostentación. Pero se han hecho luego explora- 
ciones más detenidas y concienzudas en el campo de la historia 
y de las antigüedades. Hemos visto á Ataúlfo vestido de púrpu- 
ra y oro después de desposado con Gala Placidia (i), y á la 
corte de Eurico, trasladada de Burdeos á Tolosa, brillar con 
todos los resplandores de la magnificencia imperial : y hemos 
pensado que sin la ostentación de que se rodeaba este Bárbaro, 
cuyas epístolas de estilo levantado y correcto celebró la misma 
Italia, en vano hubiera pretendido el poderoso Garona dispensar 
su protección al Tíber empobrecido (2). Los viejos libros y los 
antiguos monumentos nos conducen hoy á las siguientes conclu- 
siones : 

Los tesoros de Toledo en tiempo de Amalarico eran sin 
duda grandes : los escritores franceses encomian la riqueza que 
de esta ciudad se llevó Childeberto, cuando vino á España á 
vengar los sangrientos ultrajes hechos á su hermana Clotilde. 
Entre las alhajas en que cebó su rapacidad el rey franco, había 



(1) Refiere Olympiodoro que las bodas de Ataúlfo con Placidia se celebraron 
en Narbona, á la usanza de Roma, en la casa de Ingenuo, uno de los principales 
de aquella ciudad. En la parte más elevada de un pórtico, decorado al efecto, es- 
taba sentada la hermana de Honorio, con todo el aparato de una reina, y á su lado 
Ataúlfo enteramente vestido á la romana. Entre los presentes que ofreció á Placi- 
dia se hicieron notar cincuenta adolescentes, vestidos de seda, cada uno de los 
cuales llevaba dos discos ó bandejas, una llena de piezas de oro, y otra de piedras 
preciosas de inestimable valor, procedentes del saco de Roma por los godos. En- 
tonó el epitalamio Attalo, y lo cantaron Rustacio y Phitbadio. Después de la boda 
hubo juegos que deleitaron grandemente á bárbaros y romanos. 

(2) SiD. Apolin. 1. VIH, epíst. cj. 



SEVILLA Y CÁDIZ 34I 



sesenta cálices y veinte patenas de oro puro : prueba de la mag- 
nificencia con que se sostenía el culto aun antes de la conversión 
de Recaredo. 

En sus personas y en los objetos de su uso cotidiano, em- 
pleaban los magnates godos el mismo lujo. Las mujeres se 
cubrían de ricas sederías y lanas finísimas, que ya en tiempo de 
los romanos gozaban de grande estimación por sus bellos colo- 
res naturales : tenían espejos y palanganas de plata, bebían en 
copas de oro incrustadas de diamantes y otras piedras preciosas, 
y se llenaban las manos de anillos de diversas formas (i). Puede 
asegurarse que el lujo que tanto se había arraigado en la Bética 
durante la dominación romana, no llegó á desaparecer en esta 
provincia ni aun en los años calamitosos de las irrupciones de 
los Bárbaros, porque éstos se mostraron desde luego tan apa- 
sionados de la riqueza y de la molicie como los mismos vencidos. 

Es curioso leer en Procopio el género de vida que los ván- 
dalos sacaron de la Bética, y que siguieron haciendo en el Áft-ica 
entre los infelices pobladores de la Mauritania sojuzgada (2). 
Sus mesas, espléndidamente servidas, abundaban en los más 
exquisitos productos de la Libia. Vestíanse de seda y llevaban 
ropas de fabuloso precio. Pasaban el día en cacerías, corridas de 
caballos, teatros y toda especie de diversiones. Su afición á la 
música, al canto, al baile y á todo entretenimiento deleitable, no 
tenía límites. Gustaban de pasar las calurosas horas del estío 
en amenos jardines, matando el tiempo en magníficos banque- 
tes á la sombra de los árboles cabe murmuradores arroyos. Diez 
y ocho años escasos de permanencia en el mediodía de nuestra 
España habían bastado para inspirar á aquellos Bárbaros tan 
feroces, tal pasión hacia las artes del lujo y del deleite. 

Los contratos matrimoniales se celebraban con tal esplendi- 
dez, aun entre los simples particulares, que las leyes tuvieron 



(1) S. Isidoro: Etimolog. 1. XLX. cap." 2 3, J4, 2 s , 28, 3 1 y 3 : 

(2) De bell. vandálico, 1. IV. 



^_|2 SEVILLA Y CÁDIZ 

que moderar los gastos que en ellos se hacían. Nadie había de 
poder dar en dote más de la décima parte de sus bienes, y los 
sejiiores no podían regalar á la desposada más de diez esclavos, 
otras tantas mujeres, y veinte caballos; y el valor de los objetos 
de uso personal no había de exceder de dos mil escudos de oro. 
Tenían nuestros visigodos telares de seda, fábricas de hilos 
y cordones de oro, de vidrios de color, y otras manufacturas 
que indican también un notable desarrollo industrial y artís- 
tico (i). De Bizancio vino á la España goda su primorosa orfe- 
brería, tan admirada de los francos merovingios. Nuestros 
antiguos escritores y cronistas no nos han conservado en 
verdad los nombres de aquellos excelentes orífices, plateros y 
joyeros que hicieron, por ejemplo, la soberbia espada, de puño 
de oro y pedrería, y el magnífico talabarte, ofrecidos por los 
hijos de Gaddón al rey Childerico como digno rescate de su 
crimen; la lujosa cruz que sacó Childeberto de Toledo y que 
colocó en el lugar principal de la famosa iglesia de S. Germán 
de los Prados de París, erigida expresamente para ella; y por 
último las hermosas coronas de Suinthila, Receswintho y otros 
personajes, descubiertas no hace muchos años en un desierto 
prado de la provincia de Toledo, junto á la fuente de Guarra- 
zar, y que lucen hoy con admiración de los aficionados y ar- 
queólogos en la Armería Real de Madrid y en el museo de 
Cluny de París. Los franceses han sido más cuidadosos que 
nosotros con las memorias que ilustran y engrandecen su histo- 
ria; pero, aunque ellos conserven con religioso cuidado los 
títulos que recomiendan al respeto de la moderna Europa á sus 
Mabuinos y Eligios, y nosotros, pródigos temerarios de nuestros 
antiguos timbres, demos al olvido tan preciosos datos, siempre 
será fundado creer que nuestros orfebres sobrepujaron á los 
suyos y emularon con los del Bajo hnperio (2). 



(i) Lo atestigua S. Isidoro en sus Etimologías. 

(2) Entendemos por orfebrería el arte de labrar objetos de plata y oro. no va- 



SEVILLA Y CÁDIZ 343 



Sostenemos nosotros, sin embargo, la tesis de que, si bien 
los visigodos de los siglos vi y vti se aventajaron á todos los 
otros pueblos llamados Bárbaros, en verdadera civilización, la 
cual estriba en las buenas leyes é instituciones sociales, no flo- 
recieron mucho en aquellos ramos de la cultu7^a artística que 
más consideración merecen hoy de los amantes, un tanto sen- 
sualistas, del humano progreso. Creemos que si en letras sagra- 
das y profanas pudo la España visigoda de la época isidoriana 
ofrecer á las demás naciones modelos dignos de ser imitados, 
en el cultivo de las artes plásticas — en escultura y pintura espe- 
cialmente — produjo poco bueno. Mas no así en arquitectura. 

Interesa en verdad saber, qué aspecto presentaban, verbi- 
gracia, el templo de S. Geroncio de Itálica, visitado por san 
Fructuoso en 641, la iglesia de S. Justo y Pastor de Medina- 
Sidonia, también de la primera mitad del séptimo siglo, el mo- 
nasterio de Sta. Florentina, la admirable é interesante hermana 
de S, Leandro y S. Isidoro, que descollaba á orillas del Genil 



ciados ó fundidos, ni empicados en la decoración arquitectónica, que entran en el 
dominio de la estatuaria y escultura de relieve. Son también obras de orfebrería 
las chapas de cobre esmaltado, los cobres de Dinant, los jarros de estaño de Briot, 
los bronces y hierros cincelados de Cellini y los célebres esmaltes de Limoges. 

Los antiguos empleaban la orfebrería muy en grande, y las obras de este gé- 
nero que aún nos quedan de griegos y romanos, atestiguan la perfección que 
alcanzaron. Sobre la orfebrería clásica nos suministran preciosos datos Plinio en 
el lib. 38 de su Hisi. nat.. Cicerón en su tratado T>e Signis, .ateneo en el lib. XI de 
sus Deipiiosopliislas, y Pausanias en su conocido Viaje histórico. Después de la 
caída del Imperio romano, el centro principal de la orfebrería íué Constantinopla. 
Es de creer que en las Galias floreciese también mucho este arte: de otro modo no 
se explica cómo pudo aventajarse tanto en él la nación francesa desde la época 
merovingia. Colonia, Nuremberg, Florencia y París siguieron á. I.imoges. Todas 
estas ciudades citan nombres de orífices famosos; pero S. Eligió, ó S. Eloy, ios os- 
curece á todos. Y sin embargo, ¡ qué distancia entre sus obras y las de los artífices 
visigodos ! Compárese el tan celebrado sillón de Dagoberto,de París, con las mag- 
níficas coronas de líeceswintho y de Suinthila expuestas al público en el musco 
de Cluny y en nuestra Armería Real: brilla en éstas toda la gala, la gracia y la no- 
bleza del arte bizantino en su buena época, con algo privativo del arte ornamental 
visigodo, que no se encuentra en las producciones de la orfebrería oriental. — En 
la magna obra de los Monumentos arquitectónicos de Eshaña, hemos publicado 
una extensa monografía sobre la, orfebrería visigoda., tomando por base el dete- 
nido estudio histórico, arqueológico é industrial, de las coronas y cruces de Giia- 
rrazar. 



344 



SEVILLA Y CÁDIZ 



en las cercanías de Ecija, y aquella célebre iglesia de S. Ambro- 
sio, cerca de Vejer de la Miel, que al mediar el siglo vii fué 
consagrada por el obispo Pimerio. 



SEVILLA 




ALCÁZAR. — Salón di;i. Riíy moro 



La gente goda, dijimos arriba citando la expresión de un 
historiador moderno justamente célebre (i), estaba prendada 
del Imperio, lo mismo que Ataúlfo de la hija del gran Teodosio. 



(i) El conde de St. Pricst. 



SEVILLA Y CÁDIZ 345 

Esta pasión no se amortiguó nunca, ni aun en las épocas en que 
los Leovigildos, Suinthilas y Sisenandos pugnaban con las armas 
por ahuyentar de sus dominios las tenaces colonias del Imperio 
de Oriente. Ouer/an aquellos monarcas la cultura de Constanti- 
nopla, no sus soldados, ni su violencia, ni su perfidia y traicio- 
nes. Querían sus artes, no sus costumbres : su ciencia y su 
doctrina, no sus apostasías y herejías: sus basílicas y sus pala- 
cios, no sus circos, teatros y espectáculos públicos. Aquellos 
sabios prelados de nuestros concilios, insignes promotores de la 
civilización española en todos sus ramos, mantenían un comercio 
demasiado frecuente con los Padres de la Iglesia de Oriente y 
conocían demasiado el camino á la opulenta Bizancio, para que 
pudieran permanecer indiferentes á lo que allí hacía el arte en 
servicio del culto. Mármoles, jaspes, taraceas, metales preciosos, 
vidrio de colores, pedrería, esmaltes, pinturas, todo lo prodiga- 
ban en sus templos los Justinos, los Mauricios y los Heraclios; 
¿porqué no habían de prodigarlos en los monumentos de más 
acendrada piedad los reyes visigodos? Y los prodigaron en 
efecto. Léanse las descripciones que de las basílicas deS. Román 
de Hornija, de S. Félix de Córdoba, de S. Martín de Orense, 
de S. Juan Bautista de Mérida, de Sta. Eulalia de la misma 
ciudad, del Palacio episcopal de esta diócesis y de las construc- 
ciones religiosas que llevaron á cabo en Toledo Sisebuto y 
Wamba, nos han dejado S. Ildefonso, S. Isidoro, S. Eulogio, 
Paulo Diácono y Gregorio Turonense; y nos persuadiremos, 
contra el sentir de Ceán Bermúdez, de que «donde se erigen 
» atrios sostenidos de columnas, encumbradas torres, muros cu- 
íbiertos de bruñidos mármoles y baptisterios á la manera de la 
» primitiva Iglesia, adornados de pinturas, no se halla el arte re- 
»ducido al simple mecanismo de levantar toscas paredes (i).» 

En lo que no estamos conformes con el erudito escritor que 
hace esta vindicación, es en que las fábricas de los godos no 



f i) Caveda, Ensayo histórico sobre la cirquileclura española, cap. III. 

<4 



346 SEVILLA Y CÁDIZ 



presentasen vislunibi'es de orientalismo (i). Creemos, por el 
contrario, que difícilmente se podrán citar en las construcciones 
de los otros pueblos contemporáneos del Occidente caracteres 
más visiblemente bizantinos que los que nos ofrecen los edificios 
y fragmentos de arquitectura visigoda descubiertos en los últi- 
mos treinta años. Y ¿cómo había de ser de otra manera cuando 
todo en la corte de Leovigildo, Recaredo y sus sucesores era 
reflejo directo del astro fascinador que brillaba sobre el Bosforo? 
De casta bizantina son todos los elementos de la ornamentación 
arquitectónica de aquellos tiempos que empezó á recoger, desde 
que escribió su Albutn artístico de Toledo, don Manuel de 
Assas : los que posteriormente siguió allegando el mismo eru- 
dito é infatigable anticuario (2); los que la comisión del ministe- 
rio de Fomento encargada en 1859 de explorar el campo de 
Guarrazar, cerca de Toledo, recogió entre las ruinas de la 
capilla contigua al abandonado cementerio de donde fueron ex- 
traídas las coronas góticas arriba mencionadas; la iglesia de 
6*. Juan de Bafios, edificación de Receswintho, que fuimos nos- 
otros los primeros en dar á conocer como construcción visigoda, 
subsistente y casi íntegra, en el seno de la Comisión encargada 
de publicar los Momunentos arqziitectlmicos de España; \2.cisterna 
próxima á dicha iglesia de S. Juan, que construyó el mismo rey; 
la iglesia de ^. Millán de Suso, en la Rioja; y por último los 
infinitos fragmentos decorativos de los templos visigodos de 
Extremadura, Córdoba, Sevilla y otras provincias, que nuestro 
querido colega don José Amador de los Ríos reconoció, ya en 
las postrimerías de su laboriosa y fecunda vida, y publicó en la 
precitada obra de los Monumentos de España. ¿Cómo es posible 
dudar que sean de origen oriental los bisantes, los impages^ los 
arciones, los circtilos com-bÍ7iados y sus intersecciones, \os funiczc- 
los, los rombos^ las escamas, las postas con palmetas^ las cruces 



(i) Así lo entendió el citado Sr. Caveda: loe. cit. 

(2) Citados con exquisita y loable diligencia en el n.° 38 del Semanario pinto- 
resco español del 20 de setiembre de 18^7. 



SEVILLA Y CÁDIZ 347 



griegas^ los ctiadrif olios, los contarios facetados (i) y demás 
adornos que se advierten en los mencionados edificios y frag- 
mentos? Pues más concluyente prueba de linaje neo-griego pre- 
sentan, si se quiere, los capiteles cúbicos y de pirámide truncada 
inversa, que tradicionalmente se perpetuaron en las construccio- 
nes de la naciente monarquía asturiana y en la ornamentación 
de los manuscritos desde el siglo ix ; los fi.istes de columnas con 
funículos y grecas ; las ventanas gemelas y los ajimeces, que 
abundaron en nuestros edificios visigodos (2) ; los arcos vulgar- 
mente llamados de herradura, que se observan en un precioso 
códice anterior á la irrupción agarena (3) ; y por último las cú- 
pulas, ya sobre pechinas, ya sobre trompas, que constituyen, 
digámoslo así, la facción más característica de la arquitectura 
bizantina, y que nos atrevemos á afirmar que no fueron tampoco 
desconocidas en España antes del siglo viii (4). 



(i) Para el significado de todas estas voces puede consultar el lector el Glosa- 
rio del Sr. Assas al fin del Álbum de Toledo, ó su artículo sobre el Estilo bizantino 
del n.° 36 del citado Semanario. 

(2) Existe uno desmontado, pero muy curioso, en Toledo, en el jardín que fué 
solar de la basílica de S. Ginés. 

(3) Es el marcado en el archivo de la Real Academia de la Historia con el 
n.° 22 entre los procedentes del suprimido monasterio de S. Millán de la Cogolla. 
Este monumento es precioso por más de un concepto. V. Flórez, t. 26 de su Es- 
paña Sagrada. 

No titubeamos en creer que la decoración de arcadas que este códice ofrece 
puede señalarse como una muestra auténtica de la ornamentación arquitectónica 
de los visigodos: i.° porque el arco de herradura existía en las construcciones 
anteriores á la venida de los sarracenos, como lo prueban los templos de S. Juan 
de Baños y de S. Millán de Suso, que dejamos citados, y multitud de fragmentos 
de Toledo, Extremadura, Andalucía, etc.; 2.° porque se citan monumentos del 
Oriente anteriores á la conquista árabe que presentan asimismo arcos de herra- 
dura: tales son la antigua iglesia de Seleucia y la catedral de Dighour en la Arme- 
nia; 3.° porque aun cuando resultara plenamente probado que el códice es poste- 
rior á la irrupción sarracena, todavía sería repugnante suponer que el buen monje 
del monasterio Emilianense á cuya diligencia se debe la conclusión de la obra de 
Quiso, prefiriera tomar por modelo para su exornación los edificios de los árabes, 
que quizás ni habría visto, á copiar lo que de continuo tenía ante los ojos. 

(4) Los ostrogodos la usaron, y lo prueba el mosaico de la iglesia de S. Apoli- 
nar de Ravena en que está representado con pequeñas cúpulas el palacio de 
Teodorico de Terracina. Cúpula tenía también la iglesia de S. Miguel de Lino, en 
Asturias, edificada en el siglo ix, la cual debe considerarse como reminiscencia 
del arte de los visigodos. 



348 SEVILLA Y CÁDIZ 



En vista de los ejemplos aducidos, en que se ven desde lue- 
go hermanadas una ornamentación de origen puramente oriental 
y una ejecución algo torpe y poco sentida, no podemos abrigar 
la más leve sombra de duda acerca de su procedencia visigoda. 
No necesitaríamos en rigor de los sólidos y prolijos argumentos 
empleados por el Sr. Assas para demostrar que los fragmentos 
que él antes que otro alguno discernió en Toledo, pertenecieron 
á fábricas de los cuatro primeros siglos del cristianismo libre; 
la sola ejecución de los adornos contenidos en estas reliquias es 
una prueba concluyente de que fueron godos los que los labra- 
ron. Hay en las artes del diseño un signo inequívoco para reco- 
nocer la mano del artífice, que es el modo de acentuar lo que 
se ejecuta. El escultor visigodo, imitador del arte del Bajo Im- 
perio, no sabía comprender la belleza de lo que copiaba, y así 
en su obra se traducía la huella de la aplicación servil, no la del 
sentimiento. 

Establecemos, pues, que la arquitectura de los godos no fué 
otra que la latino-bizantina, y que los templos que ellos erigían 
eran, por lo general, en su planta y disposición latinos, como 
muchos que desde los tiempos de Constantino se construyeron 
en el mismo Oriente, y como los de los ostrogodos y longo- 
bardos; y en su ornamentación, bizantinos, esto es, decorados de 
mármoles y jaspes, pinturas, mosaicos y taraceas de ingeniosas 
combinaciones de líneas y colores, y todos los caprichosos ador- 
nos que arriba dejamos enumerados: los cuales se esculpían en la 
piedra, con muy escaso relieve, cuando no había medio de tra- 
zarlos con pinturas y mosaicos, que eran la gala y el arreo pre- 
dilectos de los artistas de Bizancio. 

Una observación capital debemos consignar, y es, que des- 
pués de la conversión de Recaredo, y cuando verificada la fusión 
Jv' razas por las elevadas miras políticas de Receswintho que 
hizo lícitos los matrimonios entre los godos y los hispano-roma- 
nos, se verificó la unión civil y religiosa española, siendo toda 
la península una en la fe, una en la lengua y una en el derecho, 



SEVILLA V CÁDIZ 



!40 



SEVILLA 



el arte presentó la misma maravillosa unidad desde el Pirineo 
hasta el Estrecho gaditano y desde el Mediterráneo al Océano. 
En virtud de esta grandiosa uniformidad, que nunca luego ha 
vuelto á repetirse, á orillas del Ebro y del Pisuerga se erigieron 
durante el séptimo siglo 
construcciones idénticas 
á las que reflejaron en 
sus corrientes el Tajo, 
el Guadiana y el Gua- 
dalquivir: de manera que 
aunque no subsistan en 
pié en Toledo , Extre- 
madura y Andalucía, los 
templos que fueron un 
día testimonio de la acen- 
drada piedad de los Suin- 
thilas, Chindaswinthos y 
Wambas, y de los Ilde- 
fonsos, Fideles y Maso- 
nas, deducimos con toda 
seguridad su estructura 
por las inapreciables reli- 
quias monumentales que 
aún duran en Castilla y 
la Rioja del tiempo de alcázar 

Receswintho y sus SUCe- Detalle del Salón del Pey moro 

sores. 

De los templos de S. Vicente de Sevilla, de S. Geroncio de 
Itálica, de S. Justo y Pastor de Medinasidonia, de Sta. Floren- 
tina de Écija, de S. Ambrosio de Vejer, ¿qué queda hoy? El 
recuerdo solamente. 

Hemos dicho que su planta más general fué de forma latina. 
Esta forma es la de las antiguas basílicas; su fisonom^ía genéri- 
ca, el rectángulo, dividido longitudinalmente en tres ó cinco na- 




350 S E V I L L A Y C AD I Z 



ves, la del centro más elevada, y las laterales disminuyendo en 
altura sucesivamente. Esta diferencia de alturas se manifestaba 
al exterior, proyectándose la parte superior de la imafronte ó 
fachada en ángulo á manera de frontón: porque los arquitectos 
cristianos tomaron además de la antigua basílica romana la te- 
chumbre de madera. Muchos se imaginan que esta disposición 
fué privativa de las iglesias primitivas del Occidente; pero se en- 
gañan, porque aunque en el Oriente se introdujo desde la época 
de Constantino la costumbre de edificar iglesias y baptisterios de 
planta poligonal ó circular, sin embargo, allí mismo fué esto 
una excepción, y continuó la práctica general de erigir templos 
de naves paralelas; ni se necesitaría en caso de duda más prue- 
ba de este aserto que la forma de las primitivas mezquitas edi- 
ficadas por los árabes en Siria, África y España, y la de las 
iglesias más antiguas de Asturias, continuación evidente de la 
arquitectura visigoda : todas uniformemente de planta latina. 

Mas no por esto hemos de negar que pudieran construirse 
bajo los reinados de los Baltos edificios sagrados de aquellos 
otros tipos puramente orientales, como el Sajito Sepulcro de 
Jerusalén y el San Vidal de Ravena. Lejos de eso, en la época 
en que más florecía la cultura visigoda, ya la arquitectura que 
nos atreveremos á llamar citptdar iba en cierto modo avasallan- 
do á la latina. Generalizábase y prevalecía en Oriente, merced 
á la creación de los insignes templos de Santa Sofía y de los 
Santos Apóstoles de Constantinopla, debidos á la piedad y mu- 
nificencia de Justiniano, y juzgamos imposible que su fama, jun- 
tamente con el deseo de imitarlos, no llegasen á nuestra Penín- 
sula teniendo nuestros Flavios fija su envidiosa mirada en el 
brillo de Bizancio, y principalmente á la Bética que había some- 
tido las ciudades de su marina á las armas de aquel glorioso 
Emperador. Si esta conjetura no es infundada, descollarían las 
cúpulas bizantinas alternando con las techumbres latinas en las 
poblaciones españolas, y los discípulos de Antemio de Trales é 
Isidoro de Mileto verían prohijada la gallarda innovación de es- 



SEVILLA Y CÁDIZ 35I 



tos atrevidos constructores por los industriosos artífices del lado 
de acá del Estrecho. — Consistía principalmente la famosa nove- 
dad arquitectónica en haber levantado la cúpula de la rotonda 
romana sobre cuatro arcos triunfales, sin dar á su espacioso 
anillo más que cuatro puntos de apoyo, cubriendo con otros 
cuatro segmentos de esfera los espacios comprendidos entre las 
curvas del mismo anillo que quedaban al aire, y las curvas de 
los arcos que le servían de descanso. Estos segmentos, que 
nosotros denominamos pechinas, y la media esfera, que sobre 
ellas se levantaba, se cubrían de vistosas pinturas ó mosaicos 
sobre fondo de oro. La planta del templo, emancipada de su 
primitiva forma latina, era una cruz formada por la intersección 
de dos naves; pero no como generalmente se cree una cruz 
griega de cuatro brazos iguales (i), sino una especie de repre- 
sentación de la cruz en que murió el Salvador, esto es, con el 
brazo de occidente más largo que los otros y como sirviendo de 
pié. Tal era la planta de Santa Sofía ,■ tal asimismo la de los 
Santos Apóstoles: testigo Procopio (2). 

No siempre descansaba la cúpula directamente sobre los 
cuatro arcos torales: muy á menudo se elevaba aislada de sus 
sostenes llevando en su parte inferior un tambor ó cuerpo de 
luces, perforado, por donde penetraba la claridad al crucero. Ni 



(r) V. la interesante obra de M. Félix de Verneilh L' archileclure tyzantine, 
p. 14, donde se explica con toda claridad la planta de Santa Sojia. 

(2) De Edificiis Jiistiniani, t. II, p. 13. «Templum omnium apostolorum : » — 
«Deindc hoc etiam pcrstitit, summa erga omnes apostólos pietate impulsus. Erat 
Byzantiis vetusta qucedam a;des, cunctis dicata apostolis. quam a;vi longinquitas 
sic labefecerat, ut collapsura prope dicm viderelur. Hanc Justinianus imperator 
íunditus demolitam non solum instaurare studuit, sed majorem etiam faceré et 
pulchriorem. Porro consilium hac ratione explicuit. Rectoe linse designatae sunt 
ducc, quse se medias invicem secant, commissaj in formam crucis ; altera ab occa- 
su ad ortum directa, altera ad meridiem transversa á septentrione. Proeter exterio- 
rem parietum ambitum, interioribus columnarum ordinibus supra sunt infraqúe 
circundata. In commissura harum lincarum, utriusque fere médium obtinente, 
conditum inauguratumque cst sanctuarium : sic locum mérito appellant, eorum 
vestigiis interdictum qui rei divinse non operantur. Hinc inde procurrcntia trans- 
versi spatii latera, inter se sequalia sunt: spatii vero in directum porrecti /la/'s 
illa, quce vergü ad occidentcw, allcram siiperal qiianhnn salís esl til Jiginam cnici's 
efficiat. 



352 



SEVILLA Y CÁDIZ 



siempre tampoco era una sola la cúpula del templo: el temerario 
arrojo de encumbrar sobre cuatro pilares una semi-esfera 
de I 20 pies de diámetro estaba sólo reservado á los arquitectos 



S E \' I L L A 




ALCÁZAR. — Salón de la Sultana 



de Justiniano, los cuales, hecho este inaudito esfuerzo, podían 
legítimamente renunciar á levantar en Santa Sofía más cúpulas 
que aquella. Los artistas menos hábiles ó atrevidos prefirieron 
aplicar el nuevo sistema con más seguridad y facilidad, y lo que 



SEVILLA Y CÁDIZ 353 



hicieron fué, según la feliz expresión del arqueólogo arriba cita- 
do, en vez de dar la inmensa cúpula en una sola pieza, dar 
su cambio en cinco piezas menores. Así se construyó el templo ya 
mencionado de los Santos Apóstoles ^ así, cuatro siglos después, 
el famoso templo de 5. Marcos de Venecia. Algunas veces, á 
cada uno de los arcos torales que llevaban la cúpula central, se 
adaptaban semi-cúpulas ó cascarones en dirección de los cuatro 
brazos, que daban á estos templos por la parte superior la se- 
mejanza de las plantas bulbosas. Déjase colegir cuan radical 
sería el cambio introducido en el aspecto general de las iglesias 
con este nuevo modo de cubrirlas. Las cúpulas y las terrazas 
sustituían á las antiguas armaduras y caballetes: las imafrontes 
horizontales á las fachadas angulares de las basílicas latinas. — 
La cantería de estas construcciones era, como en la arquitectura 
latina, el aparejo, mediano y pequeño, de los romanos. Los artis- 
tas visigodos sobresalían en esta especie de edificación con 
sillares cúbicos: los francos salían apenas del estado de barba- 
rie cuando ya los nuestros eran célebres por su pericia en todo 
el Occidente. Aquellos hacían sus edificios principalmente de 
madera, que tal era la costumbre de los galos (fitos ga/lzcaniis); 
el aparejo romano fTnos í^omaiuis) les era punto menos que des- 
conocido, y entre todos los pueblos Bárbaros sólo la gente goda 
conservaba su tradición. Así vinieron ellos á nuestra España en 
muchas ocasiones en busca de artífices para llevar á cabo sus 
• obras de más empeño (i). En las fábricas de estilo bizantino 
combinaban en las cornisas, archivoltas y tímpanos, las piedras 



(i) En la vida de S. Ouen. obispo de Rúan, escrita en Francia hacia la mitad 
del siglo VIII, se lee lo siguiente: Illa vero basílica in qiia sancta ejiís membra 
quiesciint (los del citado obispo), mirtim opiis, qiiadris lapidibiis, gothica manu 
aprimo Clotbario Francoriim rege olim nobilitcr conslriicta fuil. anno, pltis mimis, 
quario et vigésimo regni ejus^ sedem Rhotomagciisem obtinente Flavio episcopo. 
Recueil de Duchesne, tomo I, p. 638. 

Este mismo hecho cita Batissier refiriéndose a las actas de S. Ouen, ó S. Aude- 
no, publicadas por Wiltheim, Dypticon Leodiense, en Lie ja, 1659, folio p. 22. líActce 
...Aiidceni^ quce in Bibliothecá Ccenobii D. Maximini sunt, in membranis exarala^ 
sic habent: miro fertiir opere coiisíructa ab artificibus Gothis, e/c.» 



3^4 SEVILLA Y CÁDIZ 



de diversos colores y el mismo ladrillo para imitar las incrusta- 
ciones y mosaicos. Para las cúpulas y cascarones empleaban, 
ya los tubos de barro vidriado, ya la mezcla de guijo, cascos de 
ladrillo y mortero. — El ornato exterior era escaso: las puertas, 
cuadrangulares, solían llevar sobre sus dinteles arcos de des- 
carga de archivoltas labradas; pero estas archivoltas no presen- 
taban nunca los toros ó cordones que distinguen á las del estilo 
románico : se componían de molduras planas, ó platabandas más 
ó menos exornadas. La gala de la decoración se prodigaba 
principalmente en el interior, pero ni se reproducían en los capi- 
teles aquellas fantásticas imágenes de seres animados que luego 
fueron tan comunes en los siglos xi y xii, ni dejó de prevalecer 
en las columnas el coríntianísmo, á pesar de la invención de los 
capiteles cúbicos y de pirámide truncada inversa, que fueron 
principalmente destinados á los parajes donde era mayor la 
carga y menor el lucimiento. 

Lejos de nosotros la ilusión de que fueran tan ricas y de tan 
gallardas cúpulas como las de Constantinopla y del Exarcado 
las de nuestras iglesias visigodas. Queremos todavía suponer 
que nuestro comercio con el Oriente en aquellos tiempos, que 
la visible manía bizantina de nuestros reyes godos, que la per- 
manencia de los imperiales en las ciudades mediterráneas de la 
Bética, hayan sido infecundos para nuestro arte de construir. 
De todas maneras resulta inevitable la inoculación del gusto 
oriental en nuestra arquitectura, atendidas las descripciones que 
de nuestras basílicas y baptisterios hicieron los antiguos escri- 
tores eclesiásticos ya citados, y reconocidos los fragmentos que 
vamos paulatinamente reuniendo. En suma, aun negando el 
influjo directo de Bizancio, nos veremos precisados á reconocer 
que este influjo llegó hasta nosotros por la tortuosa vía de las 
tradiciones del arte romano, ya adulterado con vislumbres de 
orientalismo desde antes de Diocleciano, de que fueron deposi- 
tarios los dóciles visigodos. 

Del estado lastimoso á que se hallaban reducidas las artes 



SEVILLA Y CÁDIZ 355 



que, como la escultura, la pintura, el mosaico y el grabado en 
piedras duras, tienen por base el conocimiento de la forma hu- 
mana, mientras florecían la arquitectura y la orfebrería, dan 
evidente testimonio la infeliz estatua de Sta. Eulalia de Mé- 
rida; varios bajo-relieves de la misma ciudad — señaladamen- 
te el que figura un ágape de los primitivos cristianos; — el mo- 
saico alegórico de las Estaciones existente en el sótano de una 
casa de la plaza de la Compañía de Córdoba; los códices góti- 
cos iluminados procedentes de S. Millán de la Cogolla, y la 
gema con el misterio de la Auíinciacicín^ grabado en hueco, en- 
contrada con el tesoro de Guarrazar: monumentos preciosos, 
aunque bárbaros, del arte visigodo, que pueden consultarse en 
esmeradas y lujosas publicaciones de todos conocidas (i). 

Estimamos como verdaderas excepciones á la regla general 
de triste postración de las artes plásticas en el período á que 
nos referimos, la estatuilla de ¿". Juan Batitista de la iglesia de 
Baños, y la peregrina imagen de la Virgen del Coral que con 
religioso esmero se conserva en la parroquia de S. Ildefonso de 
Sevilla: obras ambas de artistas bizantinos. 



(i) Principalmente en los Monumentos arquitectónicos de España y en el Museo 
español de Antigüedades. 



CAPITULO XVII 



Irrapción agarena. — Rota de Guadalete 




OMO si no fuera causa bastante para el rápido 
sometimiento del Estado visigodo á la con- 
quista sarracena, el vicio que llevaba en sí 
aquel Estado con el funesto sistema de la mo- 
narquía electiva, se han buscado otras explicaciones 
á tan sing-ular fenómeno histórico: unos han creído 
hallarla en los mal extinguidos rencores de unas clases contra 
otras ; no pocos, en el antagonismo de las razas hispano-romana 
y goda; bastantes, en la depravación del clero y en la lucha de 
opuestas religiones. En cuanto á la situación del clero bajo los 
últimos reyes visigodos, es muy de reparar que graves publicis- 
tas consagrados en nuestro país á dilucidar el singular fenómeno 
del derrumbamiento de la monarquía de Rodrigo, dejándose 
llevar de injustificadas antipatías hacia lo que impropiamente se 
denomina teocracia, se hayan desatado en censuras contra qui- 
méricas invasiones del poder episcopal que los documentos con- 



3^8 S E V I I. I. A Y C Á D I Z 



temporáneos no comprueban. Lo más común es atribuir la re- 
pentina desaparición de un Estado que á tanta altura había 
subido, á una supuesta corrupción de costumbres en que caye- 
ron los españoles todos, amollecidos por el lujo y enervados por 
la sensualidad hasta el punto de carecer de brío para defenderse 
de sus terribles invasores (i). 

Todas estas son fábulas : lo que hay de cierto es que siem- 
pre que por la muerte de un rey se armaba el país en bandos 
para disputarse el trono los pretendientes, renacía el peligro de 
que un extraño poderoso, al amparo de aquella funesta lucha 
intestina, viniese á saltear nuestra península. Las ambiciones 
estaban siempre alerta: las conspiraciones, las sediciones, la 
guerra civil, eran preciosos elementos para el extranjero astuto 
que, sabedor de la frecuencia de aqu-ellas crisis, espiase los pe- 
ríodos de su renovación y aprovechase el más oportuno para 
caer sobre el país desprevenido. 

Iban á ser los árabes y bereberes para los hispano-godos lo 
que habían sido los bárbaros del septentrión para el mundo ro- 
mano. Una religión nueva cuyo objeto principal parecía ser la 
milicia y la conquista, que proclamaba la guerra al nombre cris- 
tiano como plena justificación de las almas, y prometía á los que 
cayesen en ella goces futuros capaces de exaltar hasta el delirio 
la imaginación de sus adeptos, había hecho surgir de las areno- 
sas llanuras del Yemen enjambres de escuadrones, que al ^rito 
de guerra santa llevaron en pocos años el exterminio y la deso- 
lación á todas las naciones y pueblos del Asia menor, de la Siria 
y del litoral africano, desde los embalsamados verjeles del Eu- 
frates á las peladas cumbres del Atlas. La ocasión para que la 
tremenda correría de los secuaces del Profeta salvase la profun- 
da sima del Estrecho que separa la Libia de la Europa, la su- 
ministró el destronamiento de Witiza, suceso tristemente fecundo 



(i) Véase la brillante vindicación que del estado de las costumbres en las 
postrimerías de la monarquía visigoda hace el sabio P. Tailhan S. J. en su opúscu- 
lo Espagnols el Wisio^olhs avant linvasiojí árabe. — París, 1881. 



SEVILLA Y C A IJ) I Z 



35') 



porque él dio origen, primero al advenimiento del usurpador 
Rodrigo, luego á los odios y deseo de venganza de los herma- 
nos é hijos del destronado, y por último á la división del reino 

SEVILLA 




ALCÁZAR. — Entrada al Salón de Carlos V 



en partidos, preponderando el del vencedor y fomentándose en 
el del vencido el ansia del desquite. Para lograr éste, bastaba 
cualquier circunstancia propicia, y fué esta circunstancia, según 
testimonio concorde de la tradición y de las historias, un hecho 



300 SEVILLA Y CÁDIZ 



preparado por la tiranía y la lascivia y consumado por la ven- 
ganza y la apostasía. 

Enviado Muza Ben Nosseyr por el gobernador de Egipto y 
África, hermano del Califa Abdulmalek, á sojuzgar á los bere- 
beres, gente aguerrida é indómita de las antiguas provincias de 
Numidia y Tingitania, y viendo cuan próspera le era la fortuna 
en su difícil empresa; después de haber agrupado bajo las ban- 
deras del Islam los pocos cristianos de aquella tierra, las nume- 
rosas tribus que aún vivían en la idolatría y la multitud de gen- 
tes que allí profesaban el Judaismo, se dirigió á expugnar á 
Ceuta, plaza importante que con otros pueblos de la costa do- 
minaban los godos y defendían con fuertes presidios. Mandaba 
la guarnición cristiana de Ceuta el conde D. Illán (i), vulgar- 
mente llamado D. Julián, en quien reconocían los árabes rele- 
vantes dotes de guerrero. Puso el gobernador sarraceno sitio á 
la plaza y la estrechó con el ímpetu propio de un ejército nume- 
roso y siempre vencedor; pero el conde hizo una vigorosa sali- 
da, y matándole mucha gente lo repelió, obligándole á retirarse 
hacia Tánger, que sojuzgó fácilmente (2). Mientras el goberna- 
dor godo atendía con los refuerzos que se le enviaron de la 
Península á librar para lo venidero aquella importante plaza de 
nuevas acometidas de los alárabes y africanos, cuyo poderío 



(i) Illán y no Julián le llama la Crónica general atribuida á D. Alonso el sabio, 
que se cree ser obra de árabes y judíos convertidos. S. Pedro Pascual, que escribió 
estando prisionero en Granada y á quien por consiguiente no le faltaron ocasiones 
de oir la pronunciación árabe de este nombre, le llama también D. Illán. Por últi- 
mo Illán y no Julián escriben todos los historiadores árabes que cita el erudito 
D. Pascual de Gayangos en su nota 4 al cap. I. Lib. IV de la Historia de Almakkári. 

(2) Es de creer que la ciudad de Tánger fuese también de los dominios de los 
visigodos en África. Que lo había sido juntamente con Ceuta y todo el distrito 
montuoso de Gomera, no hay duda alguna, y claramente lo dan á entender el Pa- 
cense y el monje de Silos. Esas ciudades fueron siempre consideradas por nuestros 
monarcas godos como la llave del Estrecho. Pero al propio tiempo conviene no 
olvidar que ya en los días de Witiza y Rodrigo debió estar muy debilitada su au- 
toridad en África, pues según el testimonio de algunos escritores árabes, los mus- 
limes avanzaron bajo el gobierno de Muza contra las ciudades de la marina que 
habían sacudido el yugo de los reyes de Andalus y cuyos gobernadores se habían 
enseñoreado de ellas. Esto explica porqué en muchas historias árabes de las que 
cita el Sr. Gayangos se llama á D. Illán Señor de Cenia y Rey de los Bereberes. 



SEVILLA Y CÁDIZ 361 



acababa de recrecerse con el sometimiento de las últimas colo- 
nias que en África habían mantenido los bizantinos, preludiaba 
en la corte de España el desdichado drama cuyo desenlace iba 
á ser la explosión de la cólera del cielo, manifiesta en el derrum- 
bamiento de aquel trono católico tan laboriosamente afianzado 
y enaltecido por los Leovigildos y Sisenandos, y en el vilipendio 
de la Cruz por el Corán tras la paciente y gloriosa obra de los 
Concilios. 

Era costumbre entre los godos, dice el historiador árabe 
Alkhozeyní, que los príncipes de sangre real, los nobles del 
reino y los gobernadores de las provincias, enviasen á la corte 
de Toledo sus hijos, para que, educándose en los ejercicios 
propios de la milicia y del mando, pudieran adelantar en el favor 
de su soberano y hacerse acreedores al regimiento de los ejér- 
citos y provincias. Del mismo modo que los hijos varones, en- 
viaban á la corte sus hijas, que criándose en el Palacio en com- 
pañía de las hijas de sus reyes, se enlazaban en la edad nubil 
con los jóvenes aventajados de la corte y llevaban al establecer- 
se pingües dotaciones proporcionadas á la categoría de sus res- 
pectivas familias. Illán el gobernador de Ceuta, tenía una hija de 
sin igual hermosura é inocencia, y siguiendo la referida costum- 
bre, la llevó á Toledo, corte y capital del reino de Rodrigo. Así 
que la vio el monarca, se enamoró de ella locamente, y en cuanto 
se ausentó Illán, empezó á poner por obra el torpe proyecto de 
seducirla, empleando la violencia después que vio salirle frustra- 
da la persuasión. La infeliz doncella se quejó secretamente á su 
padre de la barbarie de que había sido objeto, y éste, sintiendo 
en lo profundo del alma aquella afrenta, juró lavarla con sangre 
y tomar de ella una ruidosa venganza. Embarcóse inmediata- 
mente para Andalus (i) á pesar de hallarse ya muy adelantado 



(i) Andalus (Andalosh) aspirando ligeramente la A inicial, llamaban los ára- 
bes á España, con lo cual aplicaban por sinécdoque á toda la Península el nombre 
de aquella parte donde habían residido los Vándalos. Es, pues, la palabra Andalus una 
mera corrupción de Vandalucia ó Vandalicía^ lo cual se explica satisfactoriamente 

46 



362 SEVILLA Y CÁDIZ 



el invierno, pues corría el mes de Enero, época de grandes 
temporales, y se presentó de improviso en Toledo. El rey, que 
no le esperaba tan fuera de sazón, le reconvino por haber aban- 
donado su gobierno en aquellas circunstancias, y le preguntó: 
¿Qué te trae aquí? ¿qué vienes á buscar á la corte en esta esta- 
ción tan inoportuna? Illán se disculpó diciendo que su esposa se 
hallaba peligrosamente enferma y deseaba tener el consuelo de 
ver á su hija antes de morir, por lo cual le había suplicado que 
fuese por ella. Rogó al rey que diese las órdenes oportunas con 
objeto de que la joven pudiera sin demora emprender el viaje: 
otorgólo Rodrigo, no sin intimar á la hija de Illán en secreto que 
ocultase á su padre lo que entre ellos había mediado, y cuando 
llegó el momento de la despedida, dijo el rey al gobernador de 
Ceuta: Espero, Illán, que pronto tendré noticias tuyas, y que 
procurarás traerme algunos buenos halcones: sabes cuánto me 
entretienen y deleitan haciendo presa en las aves y trayéndolas 
á mi mano.^ — A lo que Illán respondió: No dudes, oh rey, que 
pronto estaré de vuelta, y te prometo á fe de cristiano, que no 
me daré por satisfecho hasta que pueda traerte halcones cuales 
nunca en tu vida los has visto: — haciendo alusión con esto álos 
alárabes, á quienes tenía ya pensado abrir las puertas de su 
patria. Pero Rodrigo no comprendió el significado de sus pala- 
bras (i). 



por la supresión de la F inicial, convertida en la aspiración hamza, y la omisión 
de las dos letras finales para conformar el vocablo al genio de la lengua arábiga, 
opuesto á palabras de muchas sílabas. De los mismos vocablos Vandaliicia y An- 
dalvs hemos sacado los castellanos Andaliicia y Aiidaluz. 

( 1 ) Esta que tienen por fábula los modernos críticos, y que en realidad de ver- 
dad no suena en nuestras historias hasta la época del monje de Silos, cronista del 
siglo XI, debió sin embargo hallarse consignada en escritos de los cristianos con- 
temporáneos, perdidos luego. Porque si el Silense, como parece incuestionable, la 
tomó de los escritores árabes, éstos sin disputa la recibieron antes de nuestros 
escritores, ó al menos de nuestras tradiciones orales, pues en la narrativa de aque- 
llos se advierten rasgos que visiblemente acusan su origen español. Así v. gr. el 
citado Al-khozcyní, al fijar la época en que D. Illán vino de Ceuta en busca de su 
hija, no usa, como los escritores de su nación en general, de la denominación de 
los meses arábigos, sino que emplea la latina, diciendo que fué en el mes de Ydnir 
(Januarins). 



SEVILLA Y CÁDIZ 363 



No bien se vio D. Illán en tierra africana, comenzó á ejecu- 
tar su abominable propósito : fuese á Cairwán, donde el Gober- 
nador de África tenía su residencia; otros dicen que fué á verse 
con Muza Ben Nosseyr. Muza que espiaba la ocasión de una 
discordia intestina, y que estaba ya preparado para utilizarla, 
conoció que era llegado el momento de que la excisión estalla- 
se, y se decidió á hacer una tentativa, dirigida por el mismo 
conde traidor y por un capitán sarraceno, arrojado y codicioso, 
llamado Tarif el Beréber. Con una pequeña hueste formada de 
berberiscos y unos cuantos árabes, transportados en naves 
mercantes para mejor disimular el objeto de sus aprestos, des- 
embarcaron junto á la codiciada costa de Andalus en una isla 
que tomó de este hecho el nombre del caudillo africano y se 
llamó Jezirah-Tarif {T's.ú'íd.') (i). En esta primera incursión 
hallaron poca resistencia : robaron y asolaron la tierra circun- 
vecina; hicieron numerosos cautivos, y cargados de botín, re- 
gresaron al África, sirviendo sus despojos y la belleza de las 
esclavas de incentivo para una segunda expedición. Verificóse 
esta por los mismos capitanes, pero poniéndolos Muza bajo las 
órdenes de su liberto Tarik, guerrero ya distinguido en otras 
arduas empresas, á quien algunos historiadores árabes hacen 
natural de Hamdan en la Persia. Cuéntase que mientras iba 
Tarik cruzando el Estrecho, tuvo un sueño en el cual se le apa- 
reció el Profeta rodeado de ángeles revestidos de fulgentes ar- 
maduras con las espadas desenvainadas y los arcos tendidos, y 
oyó que le decía: «¡Ánimo, Tarik, acaba la empresa que te ha 
>sido confiada!» Miró él al rededor y vio al mensajero de Dios 
que entraba en Andalus acompañado de árabes del Muhajirín 
y del Anssar. — Despertó de su sueño, y comunicando á los 
guerreros que le seguían la visión milagrosa con que acababa 
Dios de favorecerle , todos se llenaron de júbilo y confian- 



(1) Ad insulam cura mare quce ab ejus nomine dicilur Gelziral Tarif. Roderic. 
toletan. (lib. III, cap. XX). 



364 S E V 1 1, L A Y CÁDIZ 



za. Desde aquel momento no dudó ya Tarik de la victoria. 

Aportó la pequeña escuadra que los conducía al pié del 
monte de Calpe, que tomó el nombre de este esforzado general 
i^Jeb el- Tarik ^ ó Gibraltar); así que los dejó en tierra, volvió á 
cruzar el Estrecho en busca de otro cuerpo, y repitiendo los 
transportes hasta desembarcarlos á todos, puso en el suelo de 
Andalucía un ejército de doce mil combatientes, berberiscos la 
mayor parte y árabes de varias tribus los demás, con que co- 
menzó en seguida la invasión llevándolo todo á sangre y fuego. 
La época de esta terrible incursión varía en los escritores ára- 
bes: los más autorizados la fijan en el año 92 de la Egira 
(711 de J. C); los historiadores españoles difieren más que los 
mahometanos, pues al paso que unos, siguiendo el cómputo de 
Morales, la asignan el año 714, otros, aceptándola opinión de 
Masdeu, la refieren al año mismo de 711 que señalan Ben-El- 
Khattib, Ben-Hayyán, Adh-dhobí y otros. 

Rodrigo, noticioso del peligro por cartas que le envió Teo- 
domiro, el cual había intentado en vano resistir al torrente con 
que el África asolaba la hermosa región de la Bética, abandonó 
la guerra que á la sazón le tenía ocupado en el norte de Espa- 
ña, y reconociendo al punto la mano de donde le venía el golpe, 
se dispuso á resistirlo como hombre de corazón. Allegó lo más 
prontamente que pudo numerosas tropas de todas sus provin- 
cias, conducidas por sus magnates, condes y prelados; escribió 
á los hijos de Witiza, retirados de la corte desde la traición de 
que su padre había sido víctima; conjuró á sus partidarios y va- 
ledores á que depusiesen sus deseos de venganza ante la mag- 
nitud del común amago, y con un inmenso ejército, en el cual 
desgraciadamente no mandaba ya las voluntades, acampó en las 
llanuras de Sidonia [Shidhúuah) llevando en pos de sí todos 
sus tesoros y los carros de sus pertrechos y provisiones. Aquel 
grande ejército, por su desventura, era casi extraño á los tran- 
ces de la guerra ; la paz que España había disfrutado bajo los 
últimos reyes, tenía á la monarquía goda desprevenida y sin 



S E \' I L L A 




ALCÁZAR. — Salón de Carlos V 



366 SEVILLA Y CÁDIZ 

buenos capitanes : los muros y fortalezas por otra parte estaban 
quebrantados ó derruidos ( i ). 

El rey Rodrigo fué al campo conducido en una basterna ó 
litera de marfil, llevada por dos blancas muías, bajo un toldo 
ricamente bordado y cuajado de perlas, rubíes y esmeraldas (2), 



( t ) El conocido romance de Gabriel Lobo Laso de la Vega á la rota de Rodrigo 
en la batalla de Guadalete, recuerda en estos versos la postración en que los mo- 
dernos historiadores han supuesto que vivíala gente goda. 

Roban, destruyen y talan 
la fértil Andalucía, 
sin hallar defensa alguna, 
que ya olvidado tenían 
el militar ejercicio, 
porque derribado habían 
las murallas y castillos 
por orden del rey Bectisa, 
indigno de que se tenga 
de que fué godo noticia. 

Y explica así la causa de la funesta medida tomada por Witiza : 

Hizo también de las armas 
de los godos, tan temidas, 
hacer azadones, rejas, 
y herramientas infinitas 
para cultivar los campos, 
temiendo que su malicia 
y abominables pecados 
los reinos levantarían. 

(2) Así .\lmakkari. Pero la antigua litera ó basterna era cerrada (Am.mian, XIV. 
6, 16), de manera que no se concibe la necesidad de que llevaran además á Ro- 
drigo bajo un quitasol ó toldo (dhollo en árabe). Nos inclinamos, pues, á creer que 
la litera en que iba el rey era una especie de trono cubierto con una rica y sun- 
tuosa cúpula recamada de oro y pedrería, y esta opinión se robustece con lo que 
añade más adelante el mismo historiador de quien seguimos la narración : « el rey 
«Rodrigo, dice, iba en un trono y le preservaba de los rayos del sol una cúpula 
»{kubba,h) de seda, vareteada.» (Al.makkari, lib. I\', cap. IV.) Es creíble que los 
árabes, lo mismo que tomaron de los persas y de los romanos del Bajo Imperio la 
cúpula, tomasen de éstos el vocablo con que se denota la cúpula portátil ó toldo, y 
de la voz latina íholus formasen la suya dhollo. Con la explicación antecedente, ya 
se concibe que pudiera el rey ser conducido al campo de batalla, como dice el au- 
tor de las Cartas para ilustrar la historia de España, muellemente recostado 
en una especie de lecho, ó en un lecho de marfil, como refiere la Crón. general. 
ca asi era la costutnbre de andar los reyes de los godos. En efecto, podía el lecho ó 
trono ser de marfil y su forma la de un templete abierto por los costados, con su 
cúpula en la parte superior, de modo que el monarca, sin abandonar su cómoda 
postura, registrase con la vista el campo en todas direcciones. 



SEVILLA Y CÁDIZ 367 



como hubiera podido ir á una fiesta una dama romana. Iba es- 
coltado de guerreros cubiertos de lucientes armas, con pendon- 
cillos ondeantes y multitud de estandartes y banderas. Los sol- 
dados de Tarik llevaban muy diferentes arreos: sus pechos 
revestidos de malla, las cabezas ceñidas con turbantes, el arco 
árabe á la espalda, las espadas pendientes de la cintura y em- 
puñando descomunales lanzas. Es fama que en cuanto los divisó 
Rodrigo se sobrecogió de espanto, reconociendo en ellos las 
terribles figuras que había visto pintadas en la misteriosa cueva 
ó palacio encantado de Toledo, que desdichadamente había 
osado abrir (i). Antes de venir á las manos los dos ejércitos, 
el general agareno procuró infundir aliento en los suyos con pa- 
labras capaces de encender en sus corazones la llama del entu- 
siasmo : dio gracias al Todopoderoso por las victorias hasta 
entonces conseguidas, impetró su auxilio para la grande empre- 
sa que iban á acometer, y les pintó al rey cristiano como vi- 
niendo en persona á entregarles vergonzosamente sus castillos, 
sus ciudades y su corona con indescriptibles tesoros: avivó por 
último en ellos la codicia de los placeres con que les brindaban 
las hermosas españolas, seductoras y amorosas como las mis- 



il) La leyenda de la famosa cueva ó torre de Hércules es harto conocida para 
que sea necesario trasladarla aquí: el ser fábula además nos autoriza á suprimirla 
por completo. El arzobispo D. Rodrigo y la Crónica general la refieren, pero más 
como conseja que como verdadera historia. Los autores árabes concuerdan en lo 
sustancial con lo que de ella cuentan nuestros cronistas y romanceros. En el ro- 
mance de Lorenzo de Sepúlveda que empieza con aquel mal verso, 

De los nobilisimos godos. 

puede ver el lector la descripción de los alárabes pintados en el lienzo de la torre 
encantada, en todo semejante á la que hacen los historiadores árabes de los sol- 
dados de Tarik. 

Los rostos muy deneoridos, 

los brazos arremangados. 

muchas colores vestidas, 

en las cabezas tocados : 

alzadas traerán sus señas 

en caballos cabalgando. 

en sus manos largas lanzas 

con espadas en su lado. 



^68 SEVILLA Y CÁDIZ 



mas hurís, con sus cuellos circuidos de perlas y joyeles y sus 
gráciles cuerpos envueltos en preciosas estofas de seda y oro, 
reclinadas blandamente en mullidos lechos en los suntuosos pa- 
lacios de sus coronados príncipes y magnates. — Rodrigo por su 
parte ordenó sus haces, pero en sus capitanes no se advertía el 
ardimiento y el brío que hacía prorumpir en gritos de júbilo á 
los deTarik: había entre ellos numerosos descontentos, y no 
pocos que traían ya en sus almas la traición urdida. Comenzó la 
gran batalla al amanecer el día 28 de Ramadhán del año 92 
(Domingo 19 de Julio del año 711 de J. C): el teatro de este 
tremendo choque fué muy vasto, porque habiendo durado la 
pelea siete días, ó de domingo á domingo, comenzó junto á la 
costa del mar, orillas del Wada Bekkeh ó Wada Leke (río 
Barbate ( i ) entre la Laguna de la Janda y Medina-Sidonia, y 
concluyó en los campos que se extienden entre Medina-Sidonia 
y Jerez. Toda aquella tierra se hallaba comprendida en la dióce- 
sis de Asido; mas con ser tan grande la escena donde pasó 
aquel sangriento drama, aún no era proporcionada á la épica 
catástrofe con que plugo á Dios desenlazarlo. 

Supónese en algunas de nuestras más acreditadas historias, 
que los hijos de Witiza mandaban las alas derecha é izquierda 
del ejército godo, y que en lo más crítico de la batalla abando- 
naron trai.doramente al rey pasándose con otros muchos nobles 
al campo de Tarik; pero es evidente que esta fábula se desva- 
nece con sólo observar que los hijos de Witiza eran niños cuan- 
do D. Rodrigo usurpó el trono en 709, y que á los dos años 
de aquel acontecimiento no serían reputados todavía muy aptos 
para mandar un ejército tan numeroso y en momentos tan 
supremos. Defecciones durante la batalla no hay duda que 
debió haberlas, como que los partidos del rey y de Witiza ali- 



(i) Kl Sr. (jayangos en sus notas al Almakuari ha esclarecido con grande eru- 
dición todas las cuestiones relativas al paraje donde comenzó y terminó la batalla 
que vulgarmente denominamos de Guadaleie ó de los campos de Jerez. V. princi- 
palmente las notas 63 y 67 al cap. II, lib. IV. 



SEVILLA Y CÁDIZ 369 



mentaban la discordia intestina en el país; y á esto se debió que 
las haces de Rodrigo fuesen lastimosamente vencidas, cediendo 
el campo que regía el rey en persona al séptimo día de una obs- 
tinada resistencia, digna en verdad de los buenos tiempos de la 
milicia goda. Pronunciada la derrota en el cuerpo principal del 
ejército, las demás haces emprendieron una desordenada fuga : 
en la refriega se vio flotar en alto entre una muchedumbre de 
apiñados cascos y turbantes, como una vistosa góndola asaltada 
de hirvientes y empinadas olas, la lujosa basterna de Rodrigo, 
y hundirse después como bajel que se sumerge, sin que al con- 
cluir la pelea y al bajar sobre aquel campo de carnicería la 
solemne y misteriosa pareja del duelo y del silencio, fuese posi- 
ble averiguar qué se había hecho de aquella majestad real y de 
la soberbia pompa de su cortejo. No pareció allí entre los muer- 
tos el cadáver del rey. — Tomó su caballo mientras los árabes 
de Tarik, engañados por el señuelo de la litera, le buscaban en 
ella : pero sin duda sucumbió en las ondas del Guadalete, ó bien 
al peso de su desventura quitándose desesperado la vida, ó á 
las heridas que tal vez recibiría lidiando con fuerzas desiguales 
para ponerse en salvo, porque cuentan los árabes que su corcel 
favorito (i) fué hallado medio hundido en el cieno del río con 
su silla de oro y rubíes, y á su lado una sandalia del rey ador- 
nada de rubíes y esmeraldas, sin que fuese posible encontrar la 
compañera (2). 



(1) La crónica de D. Rodrigo da ciertos pormenores que no se encuentran en 
los escritores árabes, y que parecen inventados sin que sea ya hoy dable rastrear 
su origen. Del caballo del rey dice que se llamaba Orclia: eqtius qui Orelia diceba- 
liir (De Reb. Hisp., lib. III, cap. 23.) 

(2) Acerca del paradero del rey Rodrigo corren en nuestras historias especies 
evidentemente falsas aunque muy novelescas. El llamado Isidorode Beja y el con- 
tinuador del Biclarense, únicos contemporáneos de aquel hecho, dicen sencilla- 
mente que murió en la batalla, y esto en cierto modo no está en contradicción con 
la narración que hemos tomado de los varios autores árabes que compiló Almakkari. 
Pero en el siglo xi empezó á introducirse la fábula, piadosa sin duda pero desti- 
tuida de fundamento, de que D. Rodrigo se salvó de la derrota y huyó á Portugal, 
donde pasó el resto de su vida en la oración y la penitencia. Á los autores de esta 
especie sirvió de fundamento la noticia de otro cronista del siglo x. de que en 

47 



370 SEVILLA Y CÁDIZ 

Fué tan grande el número de los godos que perecieron en la 
batalla, que por muchos años estuvieron sus huesos blanquean- 
do aquellos campos. Así acabó el 26 de Julio del año 71 1 aque- 
lla gran monarquía visigoda, que dilatándose primero desde el 
Ródano, y luego desde el Pirineo hasta el Estrecho de Hércu- 
les, dio á Europa por espacio de dos siglos el espectáculo des- 
lumbrador de una civilización cual no la había conocido el mun- 
do desde la caída del Imperio romano. Entre los personajes de 
esta escena última, figura cierto arzobispo de Toledo intruso, 
como uno de los más execrandos de la historia de España. El 
tristemente célebre D. Oppas es quizás el personaje más odioso 
de nuestra patria : mucho ganaríamos si se llegara á probar que 
es un personaje quimérico, como se ha supuesto y en el día se 
pretende. 

El botín que recogieron los infieles en el campo cristiano fué 
inmenso : sólo los anillos de oro y plata que llevaban en las 
manos los magnates y nobles godos y la demás gente de con- 
dición libre, sumaban gran caudal. Dividió Tarik el despojo en 
cinco porciones: tomó una de ellas, y repartió las demás entre 
los nueve mil muslimes que le quedaron además de los eslavos 
y otros secuaces. En cuanto se esparció la fama de la gran rota 
y la de las riquezas recogidas por los vencedores, todas las 
tribus africanas se pusieron en movimiento, y armando buques 
de toda especie y tamaño, juntaron nuevas y poderosas huestes, 
que pasando el Estrecho, engrosaron considerablemente el ejér- 
cito de Tarik. Mientras los cristianos desamparaban despavo- 
ridos las llanuras y se refugiaban en sus fortalezas y montañas. 



cierta Iglesia de Viseo se había descubierto en su tiempo, y había él mismo visto, 
una lápida sepulcral que contenía esta inscripción: 

Hic. Requiescit. Rudericus. 
Ultimus. Rex. Gothorum. 

Desde entonces comenzó la poesía popular á apoderarse de esta leyenda, y de 
aquí nacieron los conocidos romances sóbrela penitencia de Rodrigo, y entre ellos 
aquel que copió Cervantes: Ya me comen, ya me comen, etc. 



SEVILLA Y CÁDIZ 37I 



los sarracenos avanzaban sobre Jerez, Morón y Carmona, que 
sucesivamente expugnaban sacando de ellas nuevos despojos y 
tributos, y atravesando el Corbones se pusieron sobre la anti- 
gua y poderosa Astigi (Astijah, hoy Écija), y estrechamente la 
cercaron. Estaba la ciudad bien defendida por sus fuertes pobla- 
dores y por las reliquias del ejército de Rodrigo, y prolon- 
gábase la resistencia con gran daño de los sitiadores, cuando 
su gobernador, hombre esforzado y sagaz, pero demasiado con- 
fiado, por salir á bañarse á la huelga del Jenil cayó en manos 
de Tarik, que astutamente se metió á esperarle en el agua, con 
lo cual, desanimados los cristianos, se rindieron haciéndose tri- 
butarios. Viendo los godos tan internado en lo más floreciente 
de la Bética al ejército mahometano, aumentó su desaliento, y 
desparramándose en todas direcciones, buscaron unos en la 
aspereza de los montes, otros en la fortaleza de las ciudades 
principales de aquella y de las demás provincias, la seguridad 
que no habían sabido hallar uniéndose en un supremo esfuerzo. 
— Cuéntase que para aumentar el terror de los vencidos, el 
sagaz Tarik empleó la estratagema de hacer asar y repartir 
entre sus tropas, en presencia de los godos cautivos, los cuer- 
pos de sus compañeros muertos en la batalla, dando entre tanto 
suelta á los prisioneros, los cuales huyeron asombrados divul- 
gando por todas partes la terrible noticia de que los sarracenos 
se alimentaban de carne humana (i). 



(i) Trae esta anécdota el historiador Ben Kutiyah, y la reproduce S. Pedro 
Pascual que escribió á principios del siglo xiv, y que, como es notorio, estuvo 
cautivo en Granada y consultó allí las narraciones arábigas. El arzobispo D. Ro- 
drigo, un siglo antes, había también hablado del pánico que aquel hecho produjo 
en las poblaciones: audientes qitod ^ens cidvcnerat qux Gothortim gloriam siia mul- 
iitudine siiperarctt, et licetjalso humanis vescehanttir carnibus. 



CAPITULO XVIII 



Tarik y Muza. — Razas y tribus que se establecen en Andalus. — Constitución 

del Califato 



^%^ ^S^. o- -1 1 

fíÜ tSb^^Skí PROVECHANDo i ariK el pánico que sus armas 
JKy /g^^^5w| victoriosas habían difundido en la Bética, y 
W>«avKi^ W siguiendo el consejo de D. Illán, dividió su 
•^ ^K»z...nw^ ejercito en vanos cuerpos y se encamino a 
Toledo por la vía de Jaén. Despachó á Mugueith 
con setecientos caballos en dirección de Córdoba; 
envió otra división sobre Málaga, y un tercer cuer- 
po camino de Elvira. Fueron tan rápidas y fruc- 
tuosas sus conquistas, que todo el mediodía de España hasta el 
Tajo quedó en pocos meses sujeto á su autoridad. Su señor 
Muza Ben Nosseyr, gobernador de África á la sazón, no bien 
tuvo noticia de las riquezas allegadas por el intrépido caudillo, 
envidioso de su suerte y de su gloria y temeroso de que se 
alzase con lo más granado de los despojos y con las mismas 
poblaciones sojuzgadas, le envió repetidas y severas órdenes 
para que no pasase adelante hasta que él le acudiese en persona 
con nuevas fuerzas. Tarik, cediendo á su ya excitada codicia. 



^7^ SEVILLAYCAÜIZ 



prosiguió sin embargo sus correrías, ganó á Toledo, se apoderó 
de los tesoros de la corte visigoda, y sabedor Muza de su des- 
obediencia, juntó apresuradamente de doce á diez y ocho mil 
combatientes (i), y dándose á la vela en Ceuta desembarcó 
cerca de Algeciras; desde donde, guiado por gente de D. Illán, 
tomó hacia el interior una dirección distinta de la que habían 
llevado Tarik y sus lugartenientes. Acompañaban al goberna- 
dor de x4frica muchos árabes nobles de las más ilustres familias 
del Yemen y de los países conquistados por los musulmanes: 
entre ellos venían varios descendientes de los tabís ó primeros 
secuaces del Profeta, cuyos nombres eran venerados en toda la 
tierra obediente al Islam. 

Condujeron á Muza con su poderoso ejército en dirección á 
Medinasidonia, ciudad que tomó por sorpresa dándosele á mer- 
ced sus habitantes ; de allí pasaron á Carmona, que, aunque ya 
expugnada por Tarik, había sacudido el yugo muslemita y de- 
clarádose independiente á favor de su posición inexpugnable. 
Para entrarla ahora, se valieron los sarracenos de un engaño: 
los partidarios de D. Illán, fingiéndose amigos ahuyentados por 
el furor de los infieles, imploraron de los habitantes ser guareci- 
dos en sus muros, y llegada la noche, abrieron las puertas á los 
soldados de Muza. De aquí pasaron á Sevilla (Yshbiliah), la 
mayor y más importante ciudad de Andalus, cuyos pobladores, 
después de un mes de resistencia, la entregaron huyendo á Beja 
(Bájah). Fueron los judíos reunidos en la ciudadela, y en la 
ciudad quedó de guarnición un cuerpo sacado de las tropas 
mismas del general, quien inmediatamente marchó sobre Mé- 
rida. 

Mientras se verificaba la expugnación de esta importante 
ciudad, los sevillanos, asistidos por los de Beja y Niebla (Liblah) 
se rebelaron contra sus nuevos dominadores degollando parte 



(i) Los escritores consultados por Conde y Cardonne refieren que Muza trajo 
a España 10,000 infantes y 8,000 caballos. 



SEVILLA 




ALCÁZAR. — Salón del Príncipe 



376 S E V I L L A Y C Á D I Z 



de la guarnición; vino á reprimir la sedición Abdalasis, hijo de 
Muza: hizo sangrientas ejecuciones en Sevilla, castigó duramen- 
te á los de Niebla, que también redujo al imperio del Islam, y 
volviendo á la antigua Híspalis, estableció en ella algún tiempo 
después la capital del imperio muslemita occidental. 

Omitiremos como ajenos á nuestro propósito los singulares 
hechos de Muza y Tarik aunados en la rápida conquista de las 
provincias desde el Tajo al Ródano y desde Lugo á Barcelona, 
y nos fijaremos en el forzado regreso á Sevilla de los dos impe- 
tuosos generales, llamados por el inexorable mandato del califa 
de Damasco Alwalid. Corría el mes de Setiembre del año 713: 
entraban en la antigua corte visigoda del Guadalquivir las haces 
belicosas de ambos caudillos cargadas de inmenso botín, y sus 
capitanes sin embargo inclinaban la frente al suelo como dobla- 
da al peso de la desgracia por el desagrado con que su supremo 
señor y arbitro miraba desde la recelosa Damasco la inaudita 
prosperidad de sus armas. La idea de la rebelión no había 
apuntado siquiera en la mente de aquellos sumisos aunque po- 
derosos subditos : tanta era la fuerza del principio de autoridad 
y de su sanción religiosa en la infancia de aquella sociedad fa- 
nática y guerrera, que un mero precepto dictado desde tan lejos 
y por quien de seguro no hubiera tenido poder para hacerse 
obedecer, había sido bastante á cortar á esas dos águilas rapa- 
ces su terrífico vuelo, haciendo á la más fuerte de ellas retroce- 
der al monte de Abila cuando más se jactaba de poder realizar 
su grandioso sesgo por Afranc, Italia, la Iliria y Macedonia, 
volviendo á Siria por el Adriático y Constantinopla y volando 
de cumbre en cumbre desde el Pirineo hasta los Balkanes. Este 
pensamiento había asaltado al fogoso Muza al verse dueño de 
Carcasona y Nimes y con su gente dispuesta á cruzar el espu- 
moso Ródano (i); pero fuéle preciso renunciar á este hermoso 



(i) Lo consigna Ben Khaldún como opinión muy recibida en la corte de los 
Califas de Oriente. V. Almak., Cap. IV, lib. IV. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



sueño de su ambición ante la expresa orden comunicada por 
Mugueith y reiterada por Abú Nasr, enviado al intento desde 
Siria, y recoger los pendones desplegados en Narbona y Galicia 
encaminándose todos los expedicionarios reunidos la vuelta del 
Guadalquivir. Entraron pues en Sevilla precedidos de carros 
arrastrando lentamente el peso de inmensos y preciosos despo- 
jos, entre ellos riquísimos objetos del culto cristiano, lámparas, 
coronas, aras, vasos sagrados de plata y oro, utensilios de ex- 
quisito trabajo cuajados de pedrería, y la famosa mesa llamada 
de Salomón, de oro purísimo con profusión de perlas, esmeral- 
das y rubíes; despojos que según el dicho de los escritores ára- 
bes sobrepujaban todo cálculo por su cuantía y toda descripción 
por su belleza. Las huestes vencedoras y sin embargo no rego- 
cijadas, se repartieron desde allí por las fortalezas y fronteras 
aún no bien defendidas: dio Muza á Abdalasis las instrucciones 
convenientes para la conservación de la Bética y la propagación 
paulatina y segura del Corán por todas las otras provincias: 
nombró generales para los diversos cuerpos de operaciones, 
asignó guarniciones, y se encaminó con Tarik á la costa, desde 
donde juntos zarparon para el África. — Detúvose algún tiempo 
en Cairwán, y al dirigirse al Oriente á dar á su soberano cuenta 
de su cometido, dejó el gobierno de aquella especie de Princi- 
pado á su primogénito Abdallah, el conquistador de Mallorca; 
el de Maghreb ó África occidental á su hijo menor Abdulmalek; 
y la defensa de la costa Tingitana con sus plazas y fuertes, á 
otro hijo suyo llamado Abdulalá. Llevóse los tesoros recogidos 
en su larga correría y treinta mil cristianos que había cautivado 
en la guerra; pero su corazón era presa de una profunda melan- 
colía, presagiando el mal recibimiento que le esperaba en la 
corte del Califa. Su hijo Abdalasis, establecido en Sevilla, go- 
bernó el Andalus por espacio de dos años sometiendo á la ley 
del Islam numerosas fortalezas y poblaciones que habían esqui- 
vado el yugo de Muza y de Tarik. Asegúrase que este Abdala- 
sis fué asesinado por orden secreta del Califa Suleymán, hijo de 

43 



378 SEVILLA Y CÁDIZ 



Alwalid, que cedió en esto á pérfidas sugestiones de cortesanos 
envidiosos. Uno de los más graves cargos que le hacían era su 
casamiento con la princesa cristiana Egilona, viuda del rey don 
Rodrigo, mujer de singular hermosura, la cual, habiendo obte- 
nido de los sarracenos permiso para vivir bajo su dominio en el 
libre uso de su religión y en el pleno goce de sus bienes, sin más 
que pagarles cierto tributo, permanecía tranquilamente retirada 
en Sevilla, donde el gobernador muslim se enamoró de ella cie- 
gamente y obtuvo su mano. Suponían que por instigación de 
esta señora, tan bella como altiva, había intentado Abdalasis 
revestirse de cierto prestigio de soberanía obligando á sus sub- 
ditos á inclinarse en su presencia como acostumbraban hacerlo 
los godos ante sus reyes. Fué guerrero valiente y experimenta- 
do, y administrador generoso y prudente. Después de asesinado 
en una sedición militar, su cabeza fué enviada á Damasco para 
que, satisfecha con su vista la venganza brutal del Califa, sirvie- 
se de torcedor al acongojado Muza, llamado á la presencia de 
Suleymán al recibirse el infando presente. — Sucedióle por de 
pronto en el gobierno de España un hijo de una hermana de 
Muza, por nombre Ayub Ben Habib Al-lakmí, hasta que llegó á 
Sevilla el designado por el soberano para desempeñar aquel 
cargo, que fué Al-horr. Uno de estos dos, no se sabe quién con 
certeza, trasladó la residencia del gobierno á Córdoba, con lo 
cual perdió Sevilla mucha importancia todo el tiempo que estu- 
vo Andalucía regida por los doce gobernadores ó Amires que 
siguieron á Al-horr y por los Califas independientes, hasta la 
extinción de la dinastía de Merwán ó de los Beni Umeyas. 

Cuando cundió por el oriente la noticia de que la rica pro- 
vincia de la Bética quedaba definitivamente sometida á la ley 
del Corán, de todas las tierras habitadas por muslimes, y en 
particular de la Siria, acudieron á España muchos hombres 
ilustres de las diversas tribus árabes, dejando las tiendas y 
aduares de sus padres y estableciéndose luego con sus familias 
en las floridas orillas del Guadalquivir, del Genil y del Guada- 



SEVILLA Y CÁDIZ 



379 



lete, donde fueron, andando el tiempo, origen de muy esclareci- 
dos linajes. Las nobles familias árabes que se fijaron en la 
tierra cuya historia y grandezas venimos bosquejando, ya en la 



SEVILLA 




ALCÁZAR. — Techo del Salón del Príncipi 



época de la conquista, ya en el período subsiguiente, fueron 
principalmente de las dos famosas progenies de Adnán y Kaht- 
TÁN. De la primera de ellas descendieron los Ben Umeyas y los 
Ben Hamud: los Umeyas, que adoptando el patronímico de 



380 ■ SEVILLA Y CÁDIZ 



KoreisJiís, fundaron el Califato Andaluz; y los Hamud, que á la 
caída de esta dinastía reinaron también por algún tiempo. De 
la misma sangre de Adnán fueron los Beni Zoráh, que residie- 
ron en Sevilla y alcanzaron los más encumbrados puestos; los 
Beni Makzum, que produjeron elegantes poetas y escritores, 
como Al-Makzumí el ciego, el famoso wazir Abu Bekr Ben Zey- 
dún y su hijo Abul Walid, y hombres de estado eminentes. De 
la estirpe Koraishita era la familia de los Fehr, fecunda en doc- 
tores y teólogos afamados, y fué uno de sus vastagos más ilus- 
tres el gobernador de Andalucía Yusuf el Fehrí, en cuyo tiempo 
se fundó por el talento y el esfuerzo de Abderrahmán Ad Dákel 
el dilatado y prepotente Califato occidental. Este Yusuf, tan 
conocido en España, era descendiente del célebre conquistador 
de África Okba Ben Nafí Al-Fehrí; y según testimonio de Ben- 
Hazm, verídico registrador de las genealogías de las tribus ára- 
bes establecidas en España, los individuos de la raza de los 
Fehr abundaron en los varios distritos de Andalus y casi todos 
alcanzaron riquezas y elevados cargos. La familia de los Kays 
Aylán, que reconocía asimismo por tronco á los Beni Adnán, 
estaba no menos difundida : en Sevilla y los distritos comarcanos 
llevaban el patronímico de Hawazeni, y otros de la propia fami- 
lia que usaban el de Bekr se hallaban también diseminados en 
Sevilla y otras ciudades principales. Sábese que otros individuos 
de esta sangre usaron los patronímicos de Sadí, Kelabi, Kushey- 
ri, Fezarí, Ashj'aí, etc., y que residieron en diversos puntos de 
España; pero no podemos asegurar que floreciesen en las po- 
blaciones que la órbita de nuestro viaje comprende. Fueron 
muchas las familias que se formaron de la tribu de Ayad: una 
de ellas fué la de los Beni Zohr, distinguidos ciudadanos de Se- 
villa, la cual produjo tres excelentes médicos, confundidos en 
uno durante la Edad media bajo el nombre genérico de Abin- 
zohar ó Avicena. Todas estas familias derivadas del tronco co- 
mún de Adnán, se gloriaban de descender por línea recta, sin 
mezcla de extraños linajes, del mismo Ismael. 



SEVILLA Y CÁDIZ 381 



En cuanto al otro gran tronco de los hijos de Kahttán, acerca 
de cuyo origen hay discordancia entre los genealogistas árabes, 
suponiendo algunos que no son de la progenie de Ismael, sino 
de la de Hud, también produjo numerosas familias, entre las 
cuales y las de la sangre de Adnán se perpetuó en España toda 
la animosidad y el ciego encono que las dividía en Oriente. Y 
aun fueron más numerosas en Andalucía que las de sus adver- 
sarios, debiéndose principalmente atribuir á la pugna constante 
de sus intereses y aspiraciones las guerras intestinas que esta- 
llaron en el Estado cordobés, y que después de ponerle repe- 
tidas veces al borde del precipicio, finalmente dieron con él en 
tierra. 

Aunque en general las gentes venidas de Oriente antes y 
después de la fundación del Califato de Córdoba, se establecieron 
en las poblaciones del Oeste dividiéndolas en distritos, y ocupan- 
do éstos por tribus ó familias, las ciudades grandes sin embargo 
ofrecían en su vecindario una completa promiscuidad de todas 
las familias y tribus; y así en Sevilla, juntamente con los ilustres 
vastagos de la estirpe de Adnán que hemos nombrado, desco- 
llaron las familias descendientes de Kahttán que se distinguían 
con los patronímicos de Khaulanís , Laklimís^ Hawazenis y otros. 
A los Khaulanís perteneció un famoso castillo edificado en el 
camino de Sevilla á Algeciras, que andando el tiempo se supuso 
equivocadamente haber sido propiedad del conde D. Julián. Del 
nombre Khaulaní procede quizá la denominación de llano de 
Caulina que lleva todavía una dilatada extensión de tierra incul- 
ta entre Jerez de la Frontera y Arcos. De los Lakhmís salieron 
Muza Ben Nosseyr el conquistador de tantas provincias españo- 
las, y los Beni Abbad que fueron Sultanes de Sevilla, y los Beni 
Albají y los Beni Wafid, poderosos también en la misma ciudad. 
No menos brillaron en ella los Hawazenis, morando con prefe- 
rencia en los pueblos que caían á la banda de levante, y los 
Belayún y HadraJmtís ^ esparcidos principalmente en tierras de 
Murcia, Granada, Córdoba y Badajoz. 



382 SEVILLA y CÁDIZ 



La mayor parte de los nobles yemenitas y sirios que acaba- 
mos de mencionar, vinieron á España bajo el gobierno de Al-horr 
entre los años 717 y 719, si bien fué después, imperando Abde- 
rrahmán I, cuando principalmente acudieron á establecerse en 
Andalucía los parientes, deudos y allegados de la ilustre familia 
de los Umeyas. Las gentes de Siria que habían invadido la 
Andalucía en la época de la conquista, se distinguían de las que 
vinieron posteriormente con el esforzado Balaj cuando estallaron 
la disensiones entre los árabes y bereberes. Preponderaban los 
sirios cuando fué nombrado gobernador de España Abulkattar, 
quien, para hacer menos ominoso su ascendiente en la corte de 
Córdoba, los repartió del siguiente modo dándoles tierras en 
que establecerse : adjudicó la ciudad de Elvira y su comarca al 
pueblo Damasceno, que hallando en esta nueva tierra cierta se- 
mejanza con su país natal, le puso el nombre de S/iam (Damasco); 
al pueblo de Emesa, ó Henis^ dio por asiento Sevilla, que desde 
entonces empezó también á llamarse Emesa ; los de Kenesrín 
fueron enviados á Jaén (Jayyén), población que tomó asimismo 
el nombre de sus nuevos pobladores ; al pueblo de Al-urdán 
cupo en suerte Málaga; Medina Sidonia tocó á la gente de Pa- 
lestina, denominándose de allí en adelante por el vulgo Filistin. 
Los egipcios fueron establecidos en Tudmir, que desde entonces 
llamaron Misr, y finalmente el pueblo de Wasit recibió á Cabra 
y su tierra circunvecina. — Advertíase desde luego en este repar- 
timiento la consideración jerárquica que cada pueblo disfrutaba, 
porque así como el Damasceno, que había sido el preponderante 
mientras imperaron sin enemigos los Umeyas en Oriente, estaba 
ahora como oscurecido y relegado á la comarca de Elvira, el de 
Emesa, cuyo pendón seguía siendo siempre el segundo en las 
procesiones públicas de Medina, quedaba instalado en Sevilla, 
que, una vez trasladada la sede del gobierno muzlemita á Cór- 
doba, era la segunda ciudad de la España árabe. Esta división 
de las comarcas andaluzas por razas ó tribus fué no pocas veces 
funesta á los gobernadores durante las guerras civiles entre 



SEVILLA Y CÁDIZ 383 



yemenitas y modharitas, árabes puros y sirios, sirios y berebe- 
res, porque sometidas las poblaciones á los jefes de las mismas 
tribus, la animosidad ó el interés de un solo hombre de prestigio 
y ascendiente bastaba á levantar toda una población. Así tuvo 
ocasión de experimentarlo el valiente y desgraciado Abulkattar, 
que por una ofensa hecha á un jefe de los Beni Modhar, halló su 
ruina en la mera alianza que hizo éste con un magnate de Ecija 
y otro de Moro, los cuales arrastraron consigo toda la población 
árabe de ambas ciudades. 

Cuando el poder de los Umeyas empezó á decaer en Orien- 
te, y los Califas de esta dinastía se vieron arrebatar todas sus 
provincias más apartadas, la España árabe quedó abandonada á 
sí misma sin tener quien la rigiese y administrase con autoridad 
universalmente reconocida. Decidió entonces el ejército que se 
dividiese el imperio entre las dos facciones rivales de los modha- 
ritas y árabes del Yemen alternativamente, de modo que cada 
una de ellas gobernase el país por un año, dejando al espirar 
éste, con toda paz y tranquilidad, el mando al partido contrario. 
Los de Beni Modhar, á quienes tocó gobernar primero, eligieron 
para el efecto á Yusuf Abderrahmán El Fehrí (año 746); pero 
cuando espiró el año convenido, rehusó éste entregar el mando 
á la facción rival. Los yemenitas, que residían en un arrabal de 
Córdoba llamado Secunda, se prepararon á apoderarse del go- 
bierno con la fuerza; mas los modharitas, advertidos de sus 
intentos, los acometieron de improviso en sus viviendas y pasa- 
ron á cuchillo á la mayor parte de ellos. Muchos, defendiéndose 
heroicamente, vendieron caras sus vidas ; no obstante, sucumbió 
por entonces todo el partido, y el mismo Abulkattar que era su 
principal caudillo, cayó en manos de la facción vencedora, que 
inmediatamente le mandó degollar. Yusuf El Fehrí se mantuvo 
en el poder usurpado por espacio de nueve años, triunfando de 
las enemistades y asechanzas de los otros jefes que intentaron 
disputarle el mando, entre los cuales se señalaron el gobernador 
de Narbona, de cuyo poderoso brazo le libró el puñal de un 



384 SEVILLA Y CÁDLZ 



traidor: el partidario Orwah Ben Walid, que auxiliado por los 
cristianos y otras gentes, levantó el estandarte de la rebelión en 
Beja y en Sevilla, y á quien derrotó y dio muerte ; el guerrillero 
Amir Al Abdarí, que se levantó en Algeciras, y á quien también 
rindió; otro caudillo árabe, Amrú Ben Yezid Al Azrak, que su- 
blevó á Sevilla, en breve reducida á la obediencia ; y por último 
el guerrero Al Habab Azzahrí, que sin embargo de derrotar al 
gobernador de Zaragoza, fiel á los modharitas, fué ignominiosa- 
mente vencido por Yusuf en persona. El gobierno de este perso- 
naje duró hasta el año 755, época en la cual el famoso vastago 
de la dinastía de Merwán, huyendo del negro pendón de los 
Abassidas que habían usurpado el Califato de Damasco, vino á 
fundar el Califato de Occidente en la hermosa región del Gua- 
dalquivir, 

Poco figuran los pueblos de las provincias de Sevilla y Cádiz 
en la guerra que los yemenitas , partidarios de Abderrahmán 
hijo de Moavia, sostuvieron con los secuaces de Yusuf hasta 
lanzar á éste del puesto supremo en que se hallaba. La gran 
transformación que había de verificarse se preparó en Elvira 
entre los árabes adictos á los Umeyas y los sirios damascenos, 
y se empezó á realizar con la memorable batalla de Músara 
cerca de Córdoba. Las historias árabes cuentan que las pobla- 
ciones del tránsito se fueron todas unas tras otras declarando 
en favor del noble y joven pretendiente, merced al influjo de los 
caudillos yemenitas enemigos de los Kays y de los Beni Fehr, y 
que Sidonia, Morón y Sevilla le fueron sucesivamente abriendo 
sus puertas, aprovechando esta última la ausencia de Yusuf que 
estaba entretenido en la guerra de Aragón. Añaden que el plan 
de campaña que dio por resultado la sangrienta batalla de Mú- 
sara fué concertado en Sevilla en consejo de capitanes convocado 
por Abderrahmán, y que en los campos de Tocina (Toshinah), 
donde hizo alto la hueste invasora marchando sobre la capital, 
fué donde, por no tener todavía bandera el ejército que mandaba 
el predestinado Umeya, ocurrió por primera vez el pensamiento 



S F. V I I. L A y CÁDIZ 



385 



de prender un turbante en lo alto de una pica : enseña gloriosa 
que, aun después de hecha girones, se conservó en lo sucesivo 
con el mayor cuidado, y que, cual misterioso talismán, atrajo 



S E V I L L A 




A L C Á Z A R . — S A 1, ó N DE Felipe 11 



siempre á la fortuna hacia las armas de aquella dinastía en cuan- 
tos conflictos tuvo luego que sostener contra sus enemigos. Más 
adelante veremos que no fueron los modharitas los únicos que 
contrastaron la exaltación de Abderrahmán al mando supremo, 



386 SEVILLA Y CÁDIZ 



sino que le suscitaron también obstáculos los mismos yemeni- 
tas, convirtiéndose de auxiliares en enemigos. 

Uno de los más útiles partidarios del joven príncipe Umeya 
fué su próximo deudo Abdulmalek, hijo de Ornar y nieto del 
Califa Merwán. Honrado y distinguido por Abderrahmán con el 
gobierno de Sevilla, correspondió noblemente á la confianza de 
su primo y señor, así en la administración de la rica y populosa 
ciudad puesta bajo su mando, como en la guerra que volvió á 
encender el vencido Yusuf enarbolando la enseña de la rebelión. 
Cuentan que ofendido este antiguo caudillo de una sentencia, 
dictada por un magistrado de Córdoba en un juicio que tuvo 
que sostener con algunos de sus colonos, y temeroso del enojo 
del Umeya, á quien oficiosos y bajos cortesanos habían llevado 
la noticia de ciertas expresiones sediciosas que con aquel moti- 
vo había proferido, allegó sus numerosos partidarios en Mérida. 
Sabedor Abderrahmán de este acto de aparente rebeldía, resol- 
vió marchar contra él : Yusuf entonces se apercibió á la guerra 
y avanzó hacia Córdoba ; pero viendo á su rey con numerosas 
fuerzas, torció la vuelta de Sevilla, cuyo gobernador le presentó 
la batalla y le derrotó. Huyó el rebelde del campo, pero un 
árabe, llamado Abdallah Ben Amrú Al-Ansarí, que le encontró 
en las cercanías de Toledo, le reconoció y le dio muerte llevan- 
do su cabeza á Córdoba. El Amir hizo también degollar al hijo 
del rebelde, Abderrahmán, y mandó que este acontecimiento 
fuese anunciado á los habitantes con público pregón, y que las 
cabezas de ambos, clavadas en sendas picas, fuesen puestas á 
la entrada de su palacio para escarmiento de sediciosos. No fué 
esta importante victoria la única que Abdulmalek proporcionó 
al Umeya. En el año 763, Alala Ben Mughiz Alyassobí zarpó 
desde el África oriental con intento de restablecer en España el 
negro pendón de los Abbassidas. Desembarcado en Andalucía, 
se apoderó de Beja, donde se hizo fuerte. Publicó la guerra con- 
tra Abderrahmán, y juntando en breve numeroso ejército, esta- 
bleció sus reales cerca de Sevilla. Marchó sobre él el impetuoso 



SEVILLA y CÁDIZ 387 



gobernador, trabóse una encarnizada batalla, y el invasor mismo 
cayó en sus manos con gran número de sus oficiales. Refieren 
los escritores árabes que el Amir, para dar una lección terrífica 
á sus enemigos los Beni Abbas, por cuyo impulso había traído 
á Andalucía la guerra el malhadado Mughiz, ordenó que las 
cabezas de los jefes vencidos, envueltas en las banderas negras 
de aquella estirpe odiosa, fuesen enviadas á la Meca en sacos 
cuidadosamente cosidos y sellados, dando las convenientes ins- 
trucciones á un mercader de su confianza á fin de que el Califa 
Abú Jafar Almansru, á la sazón reinante, no dejase de ver el 
contenido de aquellos bultos. El mercader se dio tal maña, que 
habiendo llegado á la Meca durante la peregrinación del Califa 
á la ciudad santa, consiguió depositar su nefando cargamento á 
la puerta misma de su tienda: advirtiéronlo las guardias por la 
mañana, dieron parte del suceso á Abú Jafar, y éste con grande 
impaciencia, sin sospechar el contenido de los sacos, los hizo 
abrir, exclamando lleno de horror al presentarle la ensangren- 
tada cabeza de Mughiz: «¡Oh maldecido Abderrahmán, harto 
»me descubre la suerte de este infeliz guerrero tus depravadas 
» intenciones! ¡Bendito sea Alá que entre nosotros dos ha puesto 
»la mar de por medio!» 

Los enemigos interiores no desistían : llegaron á levantarse 
dentro de Sevilla los mismos yemenitas. Dos jefes desconten- 
tos, Abdul Ghaffar y Haywat Ben Mulamis, se rebelaron apro- 
vechando la circunstancia de hallarse Abderrahmán ocupado en 
una campaña contra Shakiá el beréber. Los sediciosos de Sevi- 
lla, unidos con los de Córdoba, formaron un grueso ejército, y 
el gobernador Abdulmalek salió contra ellos, confiando á su 
hijo Umeyyah el regimiento de la vanguardia, mientras el otro 
hijo, Omar, gobernador de Morón, permanecía en el distrito de 
mando apercibido contra cualquier desgraciado evento. Al venir 
á las manos las huestes de ambos partidos, cedieron los del 
Amir al imponente número de los contrarios, casi sin trabar 
combate, y aterrado Umeyyah volvió grupas hacia el cuartel de 



388 SEVILLA Y CÁDIZ 



SU padre, quien, al verle huir, lleno de enojo y de estoica seve- 
ridad, le hizo prender mandándole degollar en seguida. 

Dado este horrible ejemplo de disciplina, arengó á sus 
capitanes, y poniéndose á la cabeza de su hueste, cargó al ene- 
migo con ímpetu tan tremendo, que completamente lo derrotó, 
dejando en el campo treinta mil cadáveres ambos ejércitos. El 
mismo Abdulmalek salió gravemente herido, y aseguran que al 
llegar al campamento Abderrahmán después de la batalla, vién- 
dole cubierto de sangre y empuñando aún su diestra la espada 
rota en la refriega, le colmó de elogios en presencia de todos y 
le concedió para él y sus hijos una remuneración espléndida. 
Pidióle una de sus hijas para su heredero Hixem, y le promovió 
en el acto á la alta dignidad de Wazir ó Visir, título que por 
primera y única vez concedió aquel Amir. 

Abdulmalek Ben Omar era un poeta excelente; á inspira- 
ción suya, durante su residencia en Sevilla, atribuye Almakkari 
aquellos conocidos versos á una palmera solitaria, que aplica 
Conde á distinto personaje y distinta localidad, si bien á una 
situación análoga, y que comienzan : 

Tú también, insigne palma, 
eres aqm' forastera, (i) 
etc., etc. 



(i) Los versos que pone Almakkari en boca del gobernador de Sevilla Abdul- 
malek difieren en gran parte de los atribuidos por Conde á Abderramán I, por lo 
cual no creo incurrir en imperdonable osadía ensayando su traducción de la ma- 
nera siguiente: 

Como yo, palmera hermosa, 
vives aquí solitaria : 
á ti también de los tuyos 
te aleja la suerte infausta. 
Lloras, ay, y de tus flores 
el blanco cáliz desmaya : 
lacios penden sus racimos, 
que aura extranjera no halaga. 
Pesares hondos anuncias : 
¿lamentas acaso, oh palma, 
que tu simiente arrebaten 



SEVILLA Y CÁDIZ 389 



No le fueron á Abderrahmán tan fieles los gobernadores 
que á éste sucedieron en aquel importante distrito. Hayyat Ben 
Mulabis Al-hadhramí que desempeñaba el mismo cargo durante 
la rebelión de otro jefe yemenita llamado Abussabáh, se levantó 
contra la autoridad del Sultán secundándole los gobernadores 
de Niebla, Beja, y un beréber fatimita que se le declaró enemi- 
go en el Puerto de Santa María. Siguió el movimiento de éstos 
en Algeciras Hasán Ben Abdilaziz. El escritor Annuwayrí, dili- 
gente historiador de todas las sediciones ocurridas bajo el rei- 
nado de Abderrahmán, refiere otros levantamientos de caudillos 
de cuenta, la mayor parte yemenitas: así, por ejemplo, el de 
Zoreyk Alghosaní, que, rebelándose también en Algeciras, co- 
municó tal empuje á su obra, que tomó á Medinasidonia y á 
Sevilla, dando mucho que hacer al Sultán para recuperarlas ; el 
de Hisham Ben Adhráh, cuyo pronunciamiento se verificó en 
Toledo, y por lo tanto no entra en el cuadro de nuestro actual 
estudio; el de Saíd Alyahssobí, que desde Niebla llevó denoda- 
damente la rebelión á Sevilla, donde, después de tomar la ciu- 
dad, estrechado por la fuerzas del Amir, tuvo que recogerse á 
un castillo llamado Raghuk, sin valerle la asistencia de su afilia- 
do Alkama-Alakmi, el cual, reuniendo en vano en Medinasido- 
nia tribus y caudillos, marchaba en su socorro, y antes de llegar 
á la fortaleza sitiada, cayó en manos de Bedr, liberto favorito 
del príncipe Umeya. — No nos detendremos más en estas cons- 
piraciones, todas felizmente abortadas; diremos para concluir, 
que siendo inextinguibles los odios entre yemenitas y modha- 
ritas, y convencido el príncipe, que por su sangre pertenecía á 



los vientos de la montaña? 

— ¡ Lloro, sí, porque aunque prenda 

en suelo que riegan aguas 

cual las que el Eufrates lleva 

de Siria á las vegas caras, 

menguados serán mis hijos, 

no verán aquí su patria : 

que crueles Abassidas 

quieren que extranjeros nazcan ! 



390 



SEVILLA Y CÁDIZ 



estos Últimos, de la imposibilidad de tener á raya á las tribus 
árabes rebeldes con sólo el prestigio de la justicia y de la buena 
administración, echó mano del único medio de gobierno eficaz 

SEVILLA 




ALCÁZAR. — Salida al Vestíbulo 



en los pueblos semibárbaros, como lo eran á la sazón los mu- 
sulmanes, que fué confiar la guarda del Estado á gente merce- 
naria y probada. Cortó todo trato y comunicación con los altivos 
é indómitos jefes de las tribus, y se rodeó de eslavos y secuaces 



SEVILLA Y CÁDIZ 391 



fieles de todas las provincias de España y de la misma África. 
Envió emisarios para alistar bereberes en su servicio, y á éstos, 
voluntariamente enganchados, dio tan excelente trato, que luego 
les siguieron otros muchos. De este modo, cuenta Ben Hayan, 
llegó á juntar Abderrahmán un ejército de más de cuarenta mil 
hombres, todos eslavos y mauritanos, que le dio la victoria en 
lo sucesivo en las civiles contiendas. 

Después de la muerte de Abderrahmán, y cuando ya se ha- 
bían producido en la España musulmana nuevos intereses de 
resultas de la ñjsión de los hispano-godos con los vencedores, 
se formaron otros dos partidos poderosos que pusieron el reino 
fundado por aquel ilustre Umeya en inminente peligro de ruina. 
Fueron estos dos partidos los árabes de raza pura y los Muwa- 
llacís ó gente de sangre mezclada; sus enemistades ensangren- 
taron la Península bajo el reinado de Abdallah, especialmente 
en las provincias menos sujetas á la acción del gobierno central, 
como el Algarbe, Toledo y Zaragoza. En las ciudades de An- 
dalucía era mayor la vigilancia de los agentes cordobeses, y 
menos de consiguiente el espíritu de sedición. Sin embargo, el 
tantas veces citado Ben Hayan, que escribió unos anales muy 
completos de las rebeliones ocurridas contra la exaltación de 
Abdallah al trono, nos describe á un magnate de Sevilla, nom- 
brado Ibrahím Ben Hejaj, muy prepotente en esta ciudad y en 
Carmona, viviendo en una independencia casi absoluta, escolta- 
do siempre por un cuerpo de quinientos jinetes, rodeado de 
poetas y parásitos, nombrando y destituyendo á su antojo á los 
cadís y oficiales públicos de aquel territorio, y usando finalmen- 
te, con afrenta de la suprema autoridad residente en Córdoba, 
la vestidura llamada tiraz que ostentaba en la orla estampado 
su nombre, y que era insignia exclusiva de los Amires. 



CAPITULO XIX 



Los mozárabes. — Los normandos. — Antagonisnno entre cristianos y muslimes. 
— Monumentos del Califato en las provincias de Sevilla y Cádiz. 




L poder de los Umeyas en Andalucía no fué con- 
trastado solamente por las tradicionales enemis- 
tades de raza y por las sediciones de los ambicio- 
sos ; tuvo también que resistir invasiones de gentes 
extrañas, y pujantes acometidas de los nuevos 
Estados cristianos que se formaban en España, ani- 
mada del noble deseo de su restauración. Desde este 
punto de vista, ofrece el Califato Andaluz un cuadro complejo 
del mayor interés durante los siglos ix y x. Resalta por un lado 
la gran prosperidad material de los árabes conquistadores, que 
á pesar de sus disensiones intestinas alcanzan bajo la autoridad 
enérgica y tutelar de los Abderrahmanes y Alhakemes, de los 
Mohammad y de los Abdallahs, un grado de cultura cual no lo 
habían soñado los pueblos septentrionales y occidentales reuni- 
dos bajo el cetro de Carlomagno: un esplendor científico, co- 
mercial, industrial, militar y artístico, sólo comparable con el 



394 SEVILLA Y CÁDIZ 



que habían dado á Damasco y Bagdad los Califas de Oriente, 
herederos y émulos de la sabiduría del Bajo Imperio. Presenta 
en esta época la cultura islamita en nuestra España un carácter 
singular de tolerancia filosófica, por cuya virtud las Iglesias de 
la Bética conservan sus prelados, la grey cristiana de sus po- 
blaciones mantiene sus templos, su culto y sus monasterios, y 
estos mozárabes viven en el goce de su religión y de sus leyes 
privativas, bajo la jurisdicción de sus obispos en lo eclesiástico 
y de sus condes en lo civil, en una paz sólo interrumpida á ve- 
ces por las exigencias de la inexorable razón de estado, que 
produce mártires insignes como Adulfo, Juan y Áurea, apósta- 
tas execrables como el metropolitano Recafredo, y pontífices 
preclaros como Juan Hispalense (i). 

Adviértense en el mismo cuadro por otra parte infatigables 
esfuerzos debidos al espíritu que el Evangelio ha infundido en 
la España cristiana, la cual lejos de ceder al prestigio de la cul- 
tura islamita, la combate como contagiosa lepra, haciendo pro- 
digios de incontrastable fe y de santa destructora saña contra 
la prepotente y bien organizada milicia de los amires. Dibújan- 
se aquí las grandes y aún no bien caracterizadas figuras de los 
Alfonsos, Ramiros y Ordoños, y de aquellos ínclitos condes de 
Castilla que en gloriosas campañas aniquilan con el rayo de la 
cruz á los sectarios del Corán, y cayendo sobre ellos desde sus 
enriscados campamentos, los llevan arrollados como maleza 
que arrebata el torrente hasta las fértiles y viciosas campiñas 
del Tajo, del Guadiana y del Guadalquivir. 

Últimamente en la agitada escena de esas dos centurias, 
aparecen amenazantes sobre las risueñas costas de Andalucía, 
si bien á largos intervalos, pero con el periodismo de ciertos 



(i) Quien desee pormenores acerca de estos personajes históricos, puede 
consultar la España sagrada, trat. 29, tomo IX. {^3 

Habiendo escrito latamente en nuestro tomo de Córdoba sobre la cultura ára- 
be-hispana y sobre la condición de los cristianos muzárabes de Andalucía en los 
siglos IX y X, creemos conveniente omitir en el presente trabajo noticias circuns- 
tanciadas en ambas materias. 



SEVILLA Y CÁDIZ 395 



metéoros, los terribles hombres del Norte^ ó escandinavos, ene- 
migos tan implacables de la cristiandad como los mismos sarra- 
cenos. Estos formidables invasores, á quienes los árabes daban 
el nombre de majús (í), para significar que eran idólatras, ado- 
radores del fuego, pasaban por intrépidos navegantes, y el Oc- 
cidente, aterrado á la vista de sus dragones (2), los apellidaba 
reyes del mar. Sus bajeles se abrían paso al interior de las 
naciones por toda clase de ríos: navegando contra las corrientes 
más impetuosas, sobrecogían á las poblaciones de sus orillas ; 
embestían de golpe las populosas y ricas ciudades de la marina 
y de los estuarios, y después de saquearlas lo llevaban todo á 
sangre y fuego. Estas temidas invasiones habían dado mucho 
que hacer á Carlomagno, el cual para contenerlas había man- 
dado fortificar los desembocaderos de los ríos de Francia; pero 
la muerte del grande emperador fué como la señal de una in- 
vasión general para todos aquellos piratas, y desde la primera 
mitad del noveno siglo hasta muy entrado el décimo estuvieron 
incesantemente estrasfando las más florecientes naciones. No se 
limitaron estos estragos á las costas del Báltico y del Atlántico: 
participaron de la triste suerte de Alemania, Inglaterra y Fran- 
cia, España y otras tierras mediterráneas, sin exceptuar la mis- 
ma África, donde dejaron un formidable presidio. El autor del 
libro árabe titulado Kitábiílgiarajiyya que describe la famosa 
torre de Cádiz y su ídolo, habla de estas invasiones de los nor- 
mandos, y es curiosa la siguiente narración : «Es fama entre los 
muslimes andaluces y africanos que aquel ídolo ejercía sobre el 
mar una especie de sortilegio, que no desapareció hasta que fué 
derribado por el almirante Alí Ben Isa Ben Maymún en el 



(i) De mx¡üs^ derivación del griego mxgos, vienen \os voca.h]os almafuces, 
almozudjs y ahnoiu'des con que designan á los piratas escandinavos nuestras an- 
tiguas crónicas. En las historias extranjeras se los señala generalmente con la 
voz de Nortlimxnos ó Normindos. y esta es la que ha prevalecido entre los escri- 
tores modernos. — Acerca de sus invasiones periódicas, consúltese la excelente 
obra de Uepping, ¡íistorij, de las expediciones de los Normandos, tom. I, p. q6. 

(2) Nombre que daban á sus bajeles. Los árabes llamaban á estos karákir, de 
donde se deriva tal vez la palabra carraca. 



390 SEVILLA Y CÁDIZ 



año 540 (A. D. 1 145) al principio de la segunda guerra civil. 
Desde muy antiguo aparecían en el Océano unos anchos baje- 
les que los andaluces llamaban karakires y llevaban una vela 
cuadrada en la proa y otra igual en la popa ; gobernábanlos los 
llamados 'r7iajús, hombres fuertes, determinados y buenos ma- 
reantes, los cuales en las costas donde arrimaban sus proas lo 
llevaban todo á sangre y fuego cometiendo destrozos y cruel- 
dades inauditas. Los pobladores huían á su presencia llevándose 
á las montañas lo que podían salvar de sus haciendas y dejando 
desamparada la marina. Las depredaciones de estos bárbaros 
se repetían periódicamente cada seis ó cada siete años: sus na- 
ves nunca bajaban de cuarenta, y algunas veces llegaron á cien- 
to : durante su derrotero apresaban y destruían todo lo que en- 
contraban al paso. La torre de Cádiz les era familiar, y tomando 
la dirección que les marcaba el ídolo, penetraban en el Estre- 
cho siempre que les convenía, pasaban al Mediterráneo, asola- 
ban las costas de España y de las islas cercanas, y muy á me- 
nudo llevaban sus depredaciones hasta los mismos confines de 
la Siria. Pero cuando el ídolo fué derribado, no se volvió más á 
oir hablar de aquellos temibles piratas, ni volvieron á aparecer 
sus kai^akires en la estensión de aquellos mares (i).» 

En el año 230 de la egira (A. D. 844), siendo amir en 
Córdoba Abderrahmán II, los majús ó normandos bajaron desde 
sus altas regiones sobre las tierras de los muslimes de España. 
Aparecieron en las aguas de Lisboa primeramente : permane- 
cieron en esta ciudad algunos días, en cuyo intermedio pelearon 
varias veces con los musulmanes. Avanzaron de allí á Kayis 
(Cádiz?) y luego á Sidonia [Shzdúnah)^ donde sostuvieron con 
las tropas del Sultán una gran batalla. De Sidonia se corrieron 
á Sevilla, adonde llegaron el día octavo de Moharram (24 de 
Setiembre de 844), y acamparon á doce leguas de la ciudad. 
Cuatro días después los musulmanes les salieron al encuentro, 



/i) Almakkari. Lib. I, cap. VI. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



397 



pero fueron batidos con gran matanza. Acercáronse entonces 
más los invasores y establecieron su campamento á unas dos 
millas de la población. Los habitantes de Sevilla salieron por 




S E \' I L L A 



S A X M ARCOS 



segunda vez á oponérseles, y volvieron á ser vencidos con gran 
pérdida. Quedó el campo cubierto de cadáveres y heridos, y el 
insaciable hierro de los majús se cebó en los hombres y en los 
animales del campo hasta penetrar en la misma Sevilla. Dobló 
la rica Emesa su cerviz al yugo de aquellos feroces depredado- 



398 SEVILLA Y CÁDIZ 

res; pero éstos, después de cargarse de botín por espacio de un 
día y de una noche solamente, se volvieron á sus dragones. En 
el intermedio fueron alcanzados por las tropas del Sultán, con 
quienes tuvieron un sangriento choque: lograron sin embargo 
alcanzar sus naves ; mas otro cuerpo de tropas reales se presen- 
tó á su vista, y saltando de nuevo en tierra los normandos, le 
acometieron con inaudita furia. Los soldados de Abderrahmán 
tuvieron que replegarse escarmentados : entonces levantáronse 
en armas indignadas y resueltas á pelear varonilmente contra 
los detestables piratas muchas poblaciones de la costa : acudie- 
ron provisiones de todos los distritos comarcanos, y los majús 
fueron acometidos y derrotados con pérdida de 500 hombres y 
varios bajeles, que después de despojados de las riquezas que 
contenían, entregaron los muslimes á las llamas. El historiador 
An-nuwayrí dice que de allí se encaminaron á Leslah y tomaron 
por sorpresa á Shineba (poblaciones que nos son desconocidas): 
desde donde fueron á aportar á una isla cercana á Cádiz. Es- 
tando en ella ocupados en repartir su botín, cayeron sobre ellos 
los musulmanes y les hicieron algunas muertes. Los majús vol- 
vieron sobre Sidonia: la asaltaron de noche, se apoderaron de 
sus bastimentos y cautivaron á sus habitantes. Permanecieron 
en ella dos días, y oyendo que la escuadra de Aderrahmán ha- 
bía llegado á Sevilla, se encaminaron á Niebla, que también 
sorprendieron y saquearon. De allí fueron á Ossonoba, luego á 
Beja, y por último á Lisboa. Esta plaza fué la última que mal- 
trataron, porque se dieron á la mar y no se volvió á oir hablar 
de ellos hasta muchos años después. El sultán visitó una por 
una todas las poblaciones que habían padecido en la invasión 
de aquellos bárbaros, reparó las devastaciones cometidas en 
ellas, y aumentó sus guarniciones para ponerlas á cubierto de 
nuevos golpes de mano. 

A los quince años sin embargo volvieron á presentarse á 
vista de las conturbadas poblaciones de la costa andaluza los 
odiados dragones. Remontando el Guadalquivir, llegaron hasta 



SEVILLA Y CÁDIZ 399 



Sevilla: pegaron fuego á su mezquita mayor y desaparecieron. 
Invadieron la costa de África, y después de robar sus ciudades, 
volvieron á España y tomaron tierra en Murcia. La escuadra de 
Mohammad los atacó después que asolaron la tierra de Tudmir 
y se apoderaron del castillo de Orihuela: les apresó dos baje- 
les y les echó á pique otros dos. Los maj'ús con los restantes se 
encaminaron á Barcelona (i). 

Las invasiones de estos piratas en el décimo siglo debieron 
ser ya menos formidables. La Escandinavia, abrazando la fe 
cristiana, había entrado en los senderos de la verdadera civili- 
zación, y los normandos, antes tan aventureros, se hallaban ya 
regularmente constituidos como nación en tierras septentriona- 
les. Dueños de la Neustria por abandono de Carlos el simple á 
su duque Rollón, dueños también de toda la tierra que se extiende 
entre el Rhin y el Mosa inferior por cesión de Carlos el Gordo 
al duque Godofredo, ellos eran ya los que servían de dique á la 
Europa central contra otros piratas más rezagados aún en el 
llamamiento sucesivo de los pueblos á la luz de la civilización 
cristiana. Las historias árabes no registran en este siglo x mas 
invasiones de normandos que la que sufrió la comarca de Lisboa 
en el año 354 de la Egira (A. D. 965) siendo sultán ó amir 
Alhakem II. En esta ocasión, aunque saquearon y estragaron 
aquella tierra, los moradores se armaron contra ellos y los obli- 
garon á refugiarse en sus naves. El amir en persona acudió al 
paraje de la incursión y proveyó á la defensa de la costa man- 
dando á su almirante Abderrahmán Ben Romahís que los aco- 



(i) De esta expedición de los normandos, que corresponde á los días del vic- 
torioso D. Ordoño I, hacon mención el Albeldense, Sebastián de Salamanca, el 
autor anónimo De gestis normamtorum^ el arzobispo D. Rodrigo y otros, cuyas no- 
ticias resume Masdeu en estas líneas: «La armada normanda, que en el año 
de 859 intentó un desembarco en la misma provincia (Galicia), como en tiempo 
de Ramiro, experimentó con la pérdida de algunos buques el valor del conde 
Pedro, gobernador de Galicia, y se fué desde luego á tentar la suerte en otros do- 
minios, pasando el Estrecho, y saqueándolas costas mahometanas y francesas del 
Mediterráneo, juntamente con las Islas de Mallorca, Menorca y Tormentera, que 
eran entonces de moros.» 



^00 SEVILLA Y CÁDIZ 



metiese en la mar; pero fué inútil, porque ya habían dado cuenta 
de los piratas los intrépidos naturales (i). 

Cuando se considera el estado de Europa, y el de España 
en particular, en ese décimo siglo, en que las alternativas de la 
disolución y de la reorganización se confunden sin dar tregua 
apenas al espíritu para distinguir con claridad sus efectos; cuan- 
do se piensa que el Imperio occidental, tan trabajosamente cons- 
tituido por Carlomagno, estaba hecho pedazos y entregado á 
las dilaceraciones de la ambición y de la perfidia ; que la necesi- 
dad de la defensa había introducido en los estados católicos, 
franceses y germánicos, la más deplorable indisciplina, creando 
en los monasterios abades-condes, seglares y guerreros, que 
gozaban de sus rentas y llevaban á los claustros los tristes hábi- 
tos de la guerra, de la caza y del libertinaje, convirtiendo los 
refectorios en salas de banquete, las silenciosas bibliotecas en 
cuadras para sus hombres de armas y caballos, y los templos 
en fortalezas; que la cristiandad en las naciones centrales de 
Occidente, estrechada como por un anillo de fuego con los sarra- 
cenos al Mediodía, los normandos al Norte y los esclavones y 
húngaros al Este, parecía condenada á perecer en las llamas de 
la prevaricadora Babilonia, y el vago terror del fin del mundo 
se cernía sobre los descendientes de Japhet como la nube que 
lanzó sobre la antigua Pentápolis la ira de Dios y el exterminio; 
no sabe uno qué admirar más, si la rápida decadencia de la 
grande obra llevada á cabo por la Santa Iglesia de Jesucristo y 
su auxiliar Carlomagno, ó la heroica perseverancia de la España 
católica, que, luchando á un mismo tiempo con la barbarie de 



(i) No sabemos de positivo si debe asimilarse con esta irrupción de los nor- 
mandos, que las historias árabes refieren al año 965, la que Masdeu, guiado 
por nuestros antiguos cronistas, asigna al año 968, reinando en León D. Rami- 
ro 111, que mantenía paces con Alhakem, amir de Córdoba. Nuestra duda nace, no 
tanto de la fecha, cuya variedad es de poca importancia atendido que la divergen- 
cia no pasa de tres años, cuanto de la versión en que se supone que los normandos 
fueron completamente derrotados en los Estados de la España cristiana, sin que 
pudieran pasar adelante en su incursión. V. á .Masdeu, lib. I de la Espilla árabe, 
n.° CCI. 



S E V I L L A Y C A D I Z 40 1 



SUS propias pasiones, con el materialismo invasor de la brillante 
cultura musulmana, y con las tremendas incursiones de los paga- 
nos del Norte, va lentamente sacudiendo la lepra de tan calami- 
tosa edad, va gradualmente domando los feroces instintos de 
sus magnates, organizando su Estado, dando cohesión á sus dis- 
locados miembros, fortaleciendo la potestad real, preparando los 
caminos al espíritu de noble independencia y de racional liber- 
tad que en lo sucesivo ha de constituir nuestra más duradera 
gloria, y dando por fin á la Europa entera, envuelta de nuevo 
en las tinieblas de la barbarie, el ejemplo de una civilización 
incipiente basada en las imperecederas tradiciones de sus conci- 
lios y en la nunca olvidada escuela de su piedad munífica y fas- 
tuosa. 

No es esta la ocasión oportuna de narrar las glorias del arte 
cristiano bajo la benéfica tutela de los reyes de León y de los 
condes de Castilla: las frecuentes y costosas construcciones que 
ellos promovieron no entran en el cuadro de nuestro actual estu- 
dio. Cúmplenos sólo observar que si no rivalizaron en belleza y 
magnificencia con las famosas fábricas erigidas por los califas 
de Córdoba, aventajaron notablemente á las que, con afrenta de 
la fugaz restauración carlovingia , veían levantar las ciudades 
de Francia, Alemania é Italia. Mostrábase en estas fiero y altivo 
el feudalismo acompañado de la más espantosa ignorancia. — La 
nación que había sido cuna predilecta de las artes desde la época 
de Augusto hasta la extinción del reino longobardo, se hallaba 
en la mayor decadencia, limitada la arquitectura en ella á satis- 
facer, no los caprichos de los poderosos, sino las necesidades de 
un pueblo ignorante y grosero, y reducidas sus prácticas á un 
puro mecanismo cuando por ventura lograba la ocasión de ejer- 
citarlas. Apenas había en Italia en aquella época arquitectos ni 
escultores, ni quien supiese construir una bóveda: volvíase á las 
rudas prácticas de los francos merovingios, y se construían de 
madera la mayor parte de las iglesias. Esta endeble y mezquina 
construcción, dice Batissier, era la más acomodada al desaliento 



zj02 SEVILLA Y CÁDIZ 



y miseria de una sociedad donde se anunciaba muy próximo el 
fin del mundo, y donde le hacían creíble, tanto como la grosera 
rudeza en que se hallaba sumergida, la ruina y desolación que 
por todas partes la cercaban. — En la España cristiana, por el 
contrario, el arte de construir se practicaba con nobleza, con 
ventajas y con honra, y quizá ninguna nación del Occidente po- 
drá jactarse de haber legado á la posteridad en aquella triste y 
azarosa época más fábricas insignes y más nombres de arquitec- 
tos afamados. Los Tiodas, los Vivianos y Ginos, emulaban la 
gloria de los más insignes alarifes y maestros del Califato anda- 
luz, y las galanas preseas del arte bizantino, del que había hecho 
su irresistible talismán la cultura árabe-hispana, pasaron en el 
siglo de oro del arte cordobés á las cortes de Asturias, León, 
Galicia y Castilla, como prisioneras de guerra, tan dóciles y ha- 
lagüeñas en verdad entre los sencillos y rústicos pobladores de 
aquellos húmedos valles, como lo eran en las doradas campiñas 
del Guadalquivir y del Genil. Ya fuesen mirados como mera 
continuación de gratas tradiciones antiguas, ya como innovacio- 
nes acomodadas al genio de la arquitectura heredada de sus 
padres, es lo cierto que los varios elementos de la rica decora- 
ción y ornamentación árabe, fueron muy bien hallados por los 
arquitectos de los Alfonsos y Ramiros, los cuales los usaron con 
toda profusión en las iglesias de que son tipos marcados S. Mi- 
guel de Linio, S. Miguel de Escalada, Sta. Cristina de Lena y 
San Salvador de Valdedios. Basten estas ligeras indicaciones 
para recordar la fecunda rivalidad que el genio cristiano soste- 
nía en nuestra Península con el genio árabe, creador de tantas 
maravillas como realizaron en el espacio de tres siglos los arqui- 
tectos del Califato. 

En nuestros estudios sobre la cultura del Estado cordo- 
bés (i), hemos dado noticia de las más afamadas construcciones 
de los califas y de la prosperidad que bajo sus diferentes reina- 

(i) V. el tomo de Córdoba. 



SEVILLA Y CÁDIZ 403 



dos alcanzaron las principales ciudades andaluzas. No repetire- 
mos aquí lo que entonces debimos referir con mayor oportunidad. 
Las actuales provincias de Sevilla y Cádiz fueron parte de aquel 
Estado, y aunque nuestro trabajo tuvo por principal objeto el 
territorio comprendido en la moderna circunscripción de la pro- 
vincia de Córdoba, todo lo que en aquella ocasión escribimos 
acerca del arte mahometano es extensivo á las construcciones 
erigidas en las comarcas que ahora recorremos. — La arquitec- 
tura sarracena de la época del Califato se distingue por el carác- 
ter uniforme que reviste en todos los países : es aquella la época 
en que el arte se presenta más grandioso y monumental, y por 
esa misma uniformidad, semejante en cierto modo al arte roma- 
no. En los siglos VIII, IX y X se construía en Córdoba lo mismo 
que se construía en Damasco ; lo mismo que en Toledo y en 
Zaragoza. Con más razón, pues, serían iguales las prácticas y las 
formas arquitectónicas en las ciudades y distritos de una misma 
tierra y de un mismo clima. Añádase á esto que no existen noti- 
cias circunstanciadas de las mezquitas y alcázares edificados en 
las grandes poblaciones donde residían los walíes ó gobernado- 
res nombrados por los amires, y que los vestigios de arquitec- 
tura musulmana que hoy excitan el interés del arqueólogo én la 
tierra que vamos recorriendo, pertenecen casi todos al arte mau- 
ritano desarrollado desde el siglo xi hasta principios del xiii, ó 
bien al que siguieron los alarifes moros practicando después 
bajo la dominación cristiana y que se designa hoy impropiamen- 
te con el nombre de mudejar. 

Son sumamente escasos los vestigios de la arquitectura del 
Califato en dichas poblaciones: así que apenas podríamos citar 
una construcción íntegra de esa época en el trayecto desde el 
límite de la provincia de Córdoba hasta el Estrecho de Gibral- 
tar. Es presumible que antes de la invasión de los Almorávides 
hubiera allí construcciones de arquitectura religiosa, civil y mili- 
tar, de grande importancia: inducen á creerlo el examen de al- 
gunas de las partes más antiguas de la mezquita, hoy catedral, 



404 SEVILLA Y CÁDIZ 



de Sevilla, y otros monumentos que ligeramente vamos á reseñar 
sin orden determinado. 

En Lebrija {Nebi'ishaJí) hemos creído reconocer dos cons- 
trucciones notables de la época del Califato. Es la una la parte 
antig-ua del castillo que domina la población. En este hay una 
capilla que conserva todos los caracteres de las mezquitas del 
noveno siglo. Es de tres naves: sepáranlas columnas que sos- 
tienen por cada lado tres anchos arcos de herradura. — El otro 
curioso monumento es la parte también antigua de la Iglesia 
mayor. Es este templo asimismo de tres naves, separadas por 
pilares, á cada uno de los cuales están adosadas cuatro colum- 
nas coronadas de capiteles bizantinos, sobre los que cargan arcos 
ultrasemicirculares. Debió formar esta mezquita en su planta 
primitiva una cruz griega perfecta y nueve compartimentos 
iguales, cubiertos por otras tantas cúpulas de diversas formas, 
y presentando en cada una de sus cuatro bandas al que se si- 
tuase en su centro ó crucero, tres soberbios arcos de herradura. 
Hoy mismo, á pesar de la reforma hecha por el arte moderno, 
presenta desde el castillo la Iglesia mayor de Lebrija una 
fisonomía enteramente musulmana, porque se ven asomar sobre 
su techumbre las seis cúpulas de piedra con que se coronan las 
seis bóvedas antiguas que la restauración ha respetado ('i). — 
El castillo de Lebrija fué edificado por el famoso Suleymán Ben 
Mohammed Ben Abdelmalek, magnate de Sidonia, cuando esta- 
llaron las sediciones de los potentados de Niebla, Carmona, 



(i) No siendo probable que volvamos á hablar del pueblo de Lebrija, parece- 
nos esta la ocasión oportuna de manifestar lo más curioso que la mencionada Igle- 
sia mayor encierra. La parte árabe antigua no pasa más allá de su crucero: desde 
este al ábside, todo es moderno, no distinguiéndose en él más que el altar mayor, 
trazado por Alonso Cano, en el cual hay muy notables pinturas. Tiene esta iglesia 
una fachada lateral gótica muy buena : su arco en ojiva, su archivolta de nervios, 
las pequen is columnas que la sostienen y las puntas de diamante que la decoran, 
están acusando el influjo del siglo xiii en su principio. La imafronle nada de par- 
ticular ofrece : sólo se lee con interés sobre el dintel de su puerta, en una losa de 
mármol bl.inco de fines del v siglo, la inscripción sepulcral siguiente : Alexadkia 

CLARISSIMA FEAIINA VIXIT ANNOS XXV, RECESSIT IN PACE DECIMONONO KLS. JANUA- 
RIAS, ERA DXXXMl. — PrOBUS FILIUS VIXIT ANNOS DÚOS, MENS... 



SEVILLA Y CÁDIZ 



405 



Sevilla y otros distritos contra el amir Abdallah, en el siglo ix. 
En esta época fueron muchos los castillos y fortalezas que se 
edificaron en la provincia, ya por los amigos del poder real para 




SEVILLA. — S A N T A Marina 



robustecer la autoridad del sultán y tener á raya á los caudillos 
rebeldes de las diferentes tribus y razas, siempre propensas á 
disturbios, ya por esos mismos caudillos que en los distritos 
apartados de la corte mantenían vivo el espíritu de rebelión. 
Mohamed Ben Ghalib, el mulado de Écija, solicitó permiso del 



^06 SEVILLA Y CÁDIZ 



sultán para edificar un castillo con objeto de reprimir á los be- 
reberes Beranís que estragaban aquella tierra y habían invadido 
la provincia de Sevilla sorprendiendo á Tablada y talándolo y 
destruyéndolo todo como fieras. Pero Suleymán Ben Moham- 
med al propio tiempo, encastillado en Lebrija y rodeado de 
aventureros y gente perdida comprada á vil precio, hacía sus 
incursiones en las cercanas islas del Guadalquivir, donde Al- 
mundhyr el tío del sultán tenía sus yeguadas, y después de 
apoderarse de sus mejores caballos, se retiraba á Korah, cuya 
vasta fortaleza á la extremidad del Axarafe, á unas diez millas 
de Sevilla, le prometía la impunidad. 

Es curioso y entretenido leer en Ben Hayyán (i) la historia 
de las guerras intestinas de este tiempo, entre los árabes y los 
mulados ó mestizos, asistidos ó vendidos alternativamente por 
los terribles bereberes. Del estudio detenido de esta y otras 
narraciones podrían sacarse preciosos datos para la corografi'a 
de las provincias de Sevilla y Cádiz en la época del Califato, 
porque son en ellas continuas las citas de ciudades, poblaciones 
y fortalezas de que no conservamos noticia. Sólo en una relación 
de pocas líneas, refiriendo los sucesos del año 282 (A. D. 895) 
y la expedición que las tropas reales verificaron este año contra 
Sevilla y Sidonia, nombra el citado historiador una porción de 
parajes hoy de todo punto ignorados. Nada sabemos por cierto 
del sitio que ocupó Beni Barsis, punto cercano á Carmona, 
donde acampó el ejército del sultán mandado por Al-mutref: 
nada tampoco del lugar llamado Tarbil y del fuerte de Monte- 
fique, ambos en la margen del Guadaira. His7i- Amarina á orilla 
del Guadalete, Kalsánah, lugar situado cerca de Sidonia, Bixter, 
pueblo de aquella misma tierra, Medma Ben Selim, Kámirah 
en las cercanías del río Belón y el castillo nombrado de Kalat 
Ashath, son parajes cuya reducción creemos ya casi imposible 



(i) Véanse las ñolas é ilustraciones que ha agregado el Sr. de Gayangos á su 
traducción inglesa del Almakkari. 



SEVILLA Y CÁDIZ 407 



hacer. Quizás se conserven todavía reliquias de sus construccio- 
nes sepultadas en la arena en soledades inhospitalarias, de don- 
de sin embargo se desvía con pesadumbre el pié del afanoso 
anticuario. ¡Hay tanto atractivo para el alma en los desiertos 
campos de la Bética! El recuerdo de Hisn-Amarina y de Kalsá- 
nah y de las guerras civiles del Califato nos asaltó repetidas 
veces en las melancólicas llanuras de Lebrija á Sanlúcar de Ba- 
rrameda. Triste es en verdad aquella comarca, pero grandioso 
y poético el horizonte que la imaginación descubre en todos los 
puntos de aquel silencioso sepulcro de tantas memorias. No hay 
poder humano que restituya á esa tierra, entregada ya como 
otros grandes teatros históricos del África y del Oriente á la 
inercia de la muerte, la animación y la vida que alcanzó cuando 
los carros de guerra y las huestes romanas, godas y sarracenas, 
cursaban incesantemente ambas orillas del Guadalquivir y hacían 
estremecer sus bosques, y cuando sabían hacer aprecio de su 
belleza los prepotentes magnates por cuyos esfuerzos llegaron 
á ser florones de la corona castellana las fértiles vegas andalu- 
zas. Hoy quedan sólo en la dilatada comarca que se extiende á 
la izquierda del majestuoso río desde Sevilla á Utrera hasta Je- 
rez y Sanlúcar, arenales infecundos, descollando en ellos á tre- 
chos silvestres pinos en cuyo oscuro ramaje gime tristemente la 
brisa. Nopales, cañaverales y zarzas son allí toda la gala de los 
caminos, y los purpúreos celajes del sol poniente reflejándose 
por entre los pinares en la superficie del agua lejana, hacen 
creer al que avanza hacia la marina con la impresión reciente de 
las cúpulas de Utrera y de Lebrija, que viaja por las orillas del 
Eufrates ó del Nilo. 

Continuando la reseña de los vestigios de arquitectura árabe 
de la primera época que hemos reconocido en nuestro viaje, 
mencionaremos varios trozos de la muralla de Jerez; — una for- 
taleza cuadrangular de curiosa estructura que cortaba en dos la 
calle principal de Arcos de la Frontera, y por dentro de la cual 
se pasaba para subir del primero al segundo tramo de la men- 



408 SEVILLA Y CÁDIZ 



donada calle: monumento que vimos con dolor convertir en es- 
combros, causando nuestra pena burlona sonrisa á alguno de 
los civilizados autores de semejante acto de vandalismo; — y al- 
gunas partes de los castillos é iglesias de Morón, Coronil, Osuna, 
Utrera, Marchena, Alcalá de Guadaira y Carmona. — Los casti- 
llos de las poblaciones todas inmediatas á la sierra de Leita, 
merecerían un estudio particular, al que no nos ha sido posible 
consagrarnos. Esta comarca de dehesas y despoblados fué en 
todo tiempo receptáculo de salteadores y bandidos de alto co- 
turno : el rebelde Omar Ben Hafsum que tanto dio en que en- 
tender al califa Almundhyr, cursó mucho todas sus veredas: 
era el José María de la España árabe del noveno siglo, y 
semejante á Viriato que pasó á ser ex ¿atroné Dux, tuvo en ja- 
que con un puñado de bandoleros al gobierno de su país. aP^ñmo 
avulso non déficit alter.y> — Morón es como el cuartel general 
de estos terribles campeadores, guerrilleros excelentes en nues- 
tras contiendas con los extranjeros, ladrones execrables en 
tiempos normales y pacíficos, y émulos de los de la vecina Sierra 
de Ronda, entre quienes vive inmarcesible el sangriento lauro 
de los Muley Aben Hassán y de los Diego Corrientes. — Osuna 
ostenta en su Colegiata arcadas árabes de muy elegante forma. 
— Marchena [Ma^^sénaJí) lleva en sus muros de argamasa, for- 
talecidos á pequeños trechos con gruesos cubos y torreones, la 
marca evidente de haber sido, entre Osuna y Carmona, defensa 
poderosa de los árabes del Califato antes de lucir en la corona 
ducal de la casa de Arcos, aunque se haga poca mención de 
ella en las historias que han llegado á nuestras manos. Entre 
las puertas antiguas que en su muralla conserva, se hace notar 
la del Arquillo de la Rosa, medio escondida entre dos altísimos 
torreones cuadrangulares almenados. Forma la entrada un ga- 
llardo arco ultrasemicircular, ó de herradura, de piedra, con su 
correspondiente arrabá, encima del cual se colocó, en época asaz 
posterior á la de su construcción, una losa blanca con tres escu- 
dos. — En Carmona {Karmunah) tenemos menos escasa cosecha 



SEVILLA Y CÁDIZ 



409 



de recuerdos de la época que vamos considerando; pero no ire- 
mos por ahora á buscarlos á su famoso alcázar, ruina gigantesca 
que fué en otro tiempo mansión ostentosa del rey D. Pedro, 
dorada prisión de sus concubinas: en otra ocasión quizá lo des- 
cribiremos. La primitiva Carmona árabe dura en el aspecto 
oriental de sus murallas y de su posición pintoresca, y principal- 
mente en el curioso patio de su parroquia de Santa María. Hay 
en este un hermoso arco de herradura encerrado en su arrabá, 
al cual acompañan por un lado tres arcos ultrasemicirculares y 
dos por el otro, sostenidos por pequeñas columnas sin más ca- 
piteles que unos abacos sencillos. Otro arco árabe tapiado ha 
dejado en el muro la huella de su elegante cimbra y lleva encima 
dos aberturas alfeizaradas. — Alcalá de Guadaira {Alkal'ak)^ la 
ciudad de los arroyos, recuerda en los más sólidos muros de su 
castillo y de su cinto de torreones, así como también en sus 
graneros subterráneos y en sus aljibes, que fué la llave de Sevi- 
lla desde antes de la guerra civil entre yemenitas y modharitas, 
renovada con inaudito encarnizamiento por los partidarios de 
Ibrahím Benilhejáh y sus contrarios los secuaces de Koreib Ben 
Khaldún (durante el reinado de Al-mundhyr y de su hermano 
Abdallah). En aquella implacable guerra cayeron desplomadas 
las torres de la soberbia fortaleza, y yerma la ciudad, sucedió 
en su recinto el silencio á la bulliciosa zambra guerrera ; y Al- 
calá no volvió á levantar su murada frente hasta que la reedifi- 
caron los almohades. 

Los árabes habían dividido el Andalus en tres grandes dis- 
tritos, central, oriental y occidental. Comprendía el distrito 
central las provincias de Córdoba, Granada, Toledo, Málaga, 
Almería y Jaén; componían el oriental Zaragoza, Albarracín, 
Valencia, Murcia y Cartagena; entraban en el occidental Sevilla, 
Jerez, Gibraltar, Tarifa, Beja, Badajoz, Mérida, Lisboa y Silves. 
De consiguiente todas las ciudades más notables de las actuales 
provincias de Sevilla y Cádiz se hallaban comprendidas en la 
parte más oriental del gran distrito de occidente. Entre todas 



410 SEVILLAYCÁDIZ 



ellas descollaba Sevilla [YshbüiaJí); Cádiz y Algeciras {yezira- 
tu-Kadis) contaban para los geógrafos árabes entre las islas 
que rodeaban á la península. 

Era el principal ornamento de aquella gran ciudad la mez- 
quita edificada sobre la basílica de S. Vicente, insigne por sus 
memorables concilios. Pero ¿quién sería capaz de describir hoy 
aquel edificio.? Nada queda de él más que el recuerdo del lugar 
que ocupó. Otras construcciones más amplias y majestuosas se 
le sobrepusieron cuando bajo los Almorávides y Almohades 
recobró Sevilla la categoría de reino independiente, y entonces, 
juntamente con las fábricas de la ciudad subieron á mayor im- 
portancia las naturales bellezas de su privilegiada situación y 
suelo. — En breve hablaremos de las magnificencias que la natu- 
raleza y el arte acumularon en la hermosa Yshbiliah desde el 
undécimo hasta el decimotercio siglo; — por ahora nos contenta- 
remos con recordar que la mezquita principal, edificada tal vez 
á semejanza de la de Córdoba, aunque con menos suntuosidad 
y de menores dimensiones, estuvo en el sitio en que hoy se 
levanta la Iglesia mayor, y que fué en el noveno siglo incendia- 
da por los normandos: de consiguiente es hoy imposible discer- 
nir si los grandes arcos de herradura que en algún trozo que 
otro del claustro de la catedral se advierten hoy, son obra ante- 
rior ó posterior á aquel suceso. No parece probable que en 
tiempo de los Califas tuviese la mezquita de Sevilla la conside- 
rable extensión que se colige de la línea septentrional del actual 
patio de los naranjos. Siendo esta línea de trescientos treinta 
pies castellanos, le correspondería á la mezquita, tendida de 
norte á mediodía, una longitud casi doble, comprendida en ésta 
la anchura de su atrio ó pensil: dimensión exagerada para un 
templo que, comparado con la Aljama de Córdoba, era indispu- 
tablemente de segundo orden. Nadie sabe quién mandó cons- 
truir la primitiva mezquita sevillana: pronto veremos si nos es 
posible dar razón cabal de la forma que tuvo bajo el reinado 
de los Almohades. 



SEVILLA Y CÁDIZ 4II 



Otro de los edificios notables en aquel tiempo, dado que no 
lo hubieran destruido los agarenos en el ímpetu de la primera 
invasión, sería el palacio en que había vivido San Hermenegil- 
do, de cuya situación no se tiene la menor noticia. Por lo que 
hace á la morada de Abdalasis mientras fué lugarteniente ó 
gobernador de Andalus, sábese sólo que la estableció en una 
iglesia que había consagrado Santa Florentina, la hermana 
de S. Leandro y S. Isidoro, á la virgen sevillana Santa Rufi- 
na, situada junto á un prado, que tal vez sería denominado 
de las Vírgenes. Allí, según dice un verídico historiador árabe, 
se instaló cuando contrajo matrimonio con la noble princesa á 
quien nuestras historias llaman Egilona, designada por el escri- 
tor citado con el nombre de Omm Aásini: y añade que á la 
puerta misma de dicha iglesia de Santa Rufina edificó una mez- 
quita, donde después fué su muerte (i). 

En tiempo de los califas florecieron en Sevilla las escuelas 
mozárabes en competencia con los estudios de artes liberales y 
matemáticas que fundaron los sarracenos. «En aquellos tiem- 
pos, esto es, en los siglos ix y x, los que tenían bastante inteli- 
gencia para descubrir entre las tinieblas de su patria lo que 
podían alcanzar fuera de ella, volvían los ojos y los pasos á 
nuestra Península, porque la única nación culta entre todas las 
del continente era sin duda la española, por el conato con que 
se aplicaban á los estudios así los moros como los cristianos... 



(i) El historiador árabe citado es Ben Alcutiyya, de quien el Sr. Gayangos, con 
su acostumbrada generosidad literaria, tradujo para nosotros el pasaje que con- 
tiene las noticias que acabamos de dar. Alcutiyya, pues, no sólo nos descubre la 
situación del palacio de Abdalasis, sino que nos revela además la existencia de la 
iglesia llamada Rubina, (ó de Santa Rufina), bastando esta mera advocación para 
indicarnos bien claramente que el prado al cual miraba dicha iglesia era el cono- 
cido con el nombre de Prado d^ las Vírgenes Justa y Rufina, fuera de las puertas 
del Osario y del Sol, hoy destruidas, hacia el convento de la Trinidad. 

Es también interesante la relación que aquel escritor hace de la muerte de Ab- 
dalasis. « Una mañana al amanecer, dice, se dirigió á la mezquita, y entró en el 
mihrab. Leyó la primera asora del Corán, y en seguida la intitulada ala desgracia,» 
y al acabar, los conjurados que estaban ocultos cayeron sobre él y le asesinaron. 
Cortáronle en seguida la cabeza y se la enviaron á Suleymán.» 



412 SEVILLA Y CÁDIZ 



Los primeros reyes de Córdoba fueron generalmente cultos y 
amantes de las letras; pero no comenzaron á protegerlas con 
verdadero ardor hasta que subió al trono Alhakem II después 
de la mitad del siglo x. Este príncipe fué, según todas las pro- 
babilidades, el que abrió, juntamente con otras de varias ciuda- 
des principales, la escuela pública de Sevilla, donde suponen 
algunos historiadores que aprendió las humanas disciplinas 
aquel célebre Pontífice (i) que, por aventajarse en conocimien- 
tos á los más grandes ingenios de Francia é Italia, fué tenido 
por brujo y nigromante. Continuó Almanzor el impulso dado 
por Alhakem, y á fines del décimo siglo había en todas las ca- 
pitales universidades de estudios generales, colegios de faculta- 
des particulares y numerosas bibliotecas públicas, en que abun- 
daban las obras de los autores cordobeses, sevillanos, murcia- 
nos, pranadinos, lusitanos v valencianos. 

La gloria de la cultura árabe-hispana en los dos menciona- 
dos siglos pertenece' en gran parte á la España cristiana, 
que fué la verdadera maestra de sus conquistadores. Nuestra 
nación era en muchos ramos del saber culta y letrada cuando 
los árabes aún no lo eran. No dieron éstos prueba de amor á 
las ciencias y á las letras desde que pusieron el pié en nuestras 
provincias ; al contrario, en el siglo primero de su estableci- 
miento se mostraron rudos é ignorantes, al paso que nuestra 
nación jamás perdió el concepto de su antigua sabiduría. Tinie- 
blas densísimas de ignorancia cubrían todo el continente euro- 
peo cuando nuestras catedrales y monasterios mantenían viva 
la llama de la inteligencia, consagrándose, ya que no á producir 
obras nuevas, al menos á conservar las antiguas renovando los 
archivos y librerías quemados por los sarracenos; nuestros obis- 
pos y abades mantenían seminarios para clérigos y niños; nues- 
tros eclesiásticos y doctores ejercitaban la pluma en tratados 



(i) El monje francés Gerberto que llevó en el pontificado el nombre de Silves- 
tre II. El Dr. Illescas en su Pontifical, y otros, suponen que estudió en Sevilla. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



413 



Útiles. — Sin salir del terreno de las presentes investigaciones, 
podemos citar entre los más aventajados escritores eclesiásticos 
del si^lo nono, á Pedro, sacerdote de Écija; á Juan, teólogo 




SEVILLA. — San Román 



sevillano, que sostuvo contiendas literarias sobre teología, me- 
tafísica y retórica con el célebre Paulo Alvaro; y al obispo Juan 
hispalense, varón de gran santidad y doctrina, venerado de los 
mismos mahometanos, que comentó en lengua arábiga las Sa- 



^ 1 4 S E V : 1 , L A Y C Á D I z 

gradas Escrituras. En letras y artes quizá no produjo la Anda- 
lucía cristiana de los tiempos del Califato obras que pudieran 
considerarse dignas rivales de las de los árabes; pero es posible 
que la falta de memorias respecto de lo que en estos ramos 
alcanzó, no nazca tanto de la escasez de escritores y artistas, 
cuanto del descuido de los encargados de conservar las obras 
profanas en los archivos de las iglesias y monasterios, únicos 
puertos de salvación para los monumentos literarios de aquella 
edad, y de la indiferencia de los antiguos historiadores en con- 
signar los nombres de los buenos arquitectos. En vista de lo 
que los nuevos descubrimientos arqueológicos nos permiten pre- 
sentir, mas bien que asegurar, de la arquitectura practicada en 
España al consumarse la irrupción agarena, ¿habrá alguno 
capaz de afirmar que fuesen enteramente obra de musulmanes 
las grandes mezquitas erigidas por los califas, y que las manos 
de los artífices cristianos no tuviesen largo empleo en la traza 
y ejecución de sus elegantes columnatas y cúpulas bizantinas? 




CAPÍTULO XX 



Tracto del siglo XI al XIII.— Reinos independientes.— Almorávides 

y Almohades. 




^[RA verdaderamente lastimoso el espectáculo que 
ofrecía el Occidente en el año mil. Al ver cómo 
las más grandes instituciones se disolvían en el 
caos de la anarquía y cómo la Iglesia misma se 
iba haciendo mezquina y esclava ; al ver cómo la 
trataban los príncipes y barones, cualquiera hu- 
biera temido por su existencia no teniendo bien 
presentes las promesas de inmortalidad de que se hallaba asis- 
tida. La ambición y los vicios triunfaban en la sociedad civil; la 
avaricia y las malas costumbres mancillaban la sociedad ecle- 
siástica y religiosa. Todo al parecer era corrupción y desolación... 
Sin embargo, la fe subsistía, y ella iba á ser el áncora de salva- 
ción de los estados cristianos. 

Ella fué en efecto la que en el penoso é interesante período 
del siglo XI al xiii reconstituyó las nacionalidades perdidas en 
las tinieblas de la centuria precedente: ella la que levantó y ar- 



Alt) SEVILLA Y CÁDIZ 



mó en ambos extremos de Europa aquellas numerosas avanza- 
das de gentes esclavonas y españolas, que con su heroico de- 
nuedo sirvieron de valladar á la cristiandad, oponiendo á la 
barbarie asiática en oriente montañas de cadáveres, y á la bar- 
barie africana en el mediodía el incontrastable y santo empeño 
de la reconquista. 

En el siglo xi, en efecto, es cuando realmente empieza á 
tomar grandes proporciones esta noble empresa: esa centuria 
es la que trae al occidente la voz misteriosa de su regeneración, 
y la que hace sonar á los oídos de los sectarios de Mahoma la 
hora formidable en que principia la larga serie de sus derrotas. 

El terrible Almanzor, aquel rayo del Islam ante cuyos vic- 
toriosos estandartes se humillaron tantas provincias cristianas, 
y cuya alianza y amistad solicitaron emperadores y reyes, había 
arrastrado á su tumba la grandeza y el decoro de los Umeyas. 
El afeminado é inútil Hixem permanecía bajo la tutela de Ab- 
dulmalek, el hijo del difunto hagib, dejando á éste en libertad 
absoluta para seguir las huellas de su invencible padre. Pero no 
hay poder humano que contraste los designios de la Providen- 
cia: la España cristiana, la protegida de Santiago, la hija del 
trueno, crecía impetuosa é incontrastable recobrando cada año 
nuevas ciudades y territorios, nuevas comarcas y provincias, y 
todos los esfuerzos del nuevo hagib fueron inútiles para conte- 
ner la gangrena que rápidamente invadía al Califato. Supo el 
guerrero islamita conquistar el renombre de victorioso (al-mudh- 
fer), pero no alcanzó á dominar los corazones indómitos y re- 
beldes de sus rivales, y la corrosiva caries de las discordias in- 
teriores halló bajo su gobierno alimento más que remedio. A 
Abdulmalek sucedió en 1009 su hermano Abderrahmán, á 
quien el pueblo dio en llamar Sanjúl ó el loco^ por razón de sus 
prodigalidades y mala vida. Exigió éste juramento de fidelidad 
de todos los ciudadanos de Córdoba, como si fuera su soberano 
legítimo, y después de publicada la muerte de Hixem, de quien 
se suponía sucesor y heredero, tomó el título de Wali ahdi-l- 



SEVILLA Y CÁDIZ 417 



isláin Ó heredero presiinto del trono. Los Bení Ume\'as, exaspe- 
rados con su tiránica conducta, tramaron contra él una conspi- 
ración, por cuyo medio fué preso y condenado á morir crucificado. 

Cuando llegó la nueva á los gobernadores de las provincias, 
todos tremolaron el estandarte de la rebelión, alzándose cada 
cual con el territorio á cuyo regimiento había sido prepuesto. 
Zeyrí Ben Menad con sus secuaces se alzó en Granada y en los 
distritos adyacentes ; Ismael Ben Dhin-nún se levantó en Tole- 
do, que gobernaba por mandato y delegación de Almanzor; 
siguieron inmediatamente el ejemplo Yusuf Ben Hud, el gober- 
nador de Zaragoza, y todos los otros gobernadores, ó cadíes, ú 
hombres de calidad que tenían autoridad y tropas de que dis- 
poner, no titubeando ninguno en declararse en abierta insurrec- 
ción contra el nuevo califa de Córdoba Mohammad ben Hixem 
ben Abdil-jabbar. Ben Al-aftas se proclamó independiente en 
Badajoz; Ben Samadeh en Almería; Mujahid, el esclavón, en 
Denia; Ben Tahir en Murcia; y por último el cadí Mohammed 
Ben Abbad hizo lo mismo en Sevilla. 

Suponían algunos historiadores que el califa legítimo, el 
menguado Hixem, no había muerto, sino que el usurpador San- 
júl lo había tenido encerrado, haciendo con él lo propio el otro 
intruso Mohammed ben Hixem ben Abdil-jabbar que reinaba ac- 
tualmente en Córdoba. Levantóse á vengar la desastrada muer- 
te de Sanjúl otro individuo de la familia de los Umeyas, llama- 
do Suleymán Ben Alhakem, por sobrenombre Alnmstain^ y 
durante la guerra que los dos rivales sostuvieron, apareció un 
día el califa Hixem, que había estado oculto en un paraje reti- 
rado del palacio de Córdoba. Por aquel mismo tiempo se pre- 
sentó también en público con otro fingido Hixem el astuto 
usurpador de Sevilla, Ben Abbad. Diose éste tan buena maña, 
que el pueblo se dejó engañar por su superchería; toleró que 
Ben Abbad le gobernase en nombre de aquel supuesto rey y 
figurón mercenario, y cuando el ambicioso vio sólidamente esta- 
blecida su autoridad, y su poder temido, hizo correr la voz de 



4l8 SEVILLA Y CÁDIZ 



que Hixem había muerto y le había designado como su sucesor. 
«Así vino á extinguirse, exclama el autor árabe del libro de la 
*sujíde?icza acerca de la historia de los Califas (i), el glorioso 
» Califato de Andalus. La instable rueda de la fortuna marcaba 
> mudanzas de dolor y perdición; la corrupción y los vicios do- 
> minaban los corazones de ricos y pobres, de nobles y plebeyos, 
»de señores y vasallos. La abyección y la bajeza erguían la 
> frente en todos los puntos del imperio; el fuego de la discor- 
»dia se cebaba en las provincias mahometanas, y los cristianos, 
» aprovechando la oportunidad, acometían á los musulmanes en 
» todas partes, y éstos, debilitados y divididos, no pudiendo 
» oponer una eficaz resistencia, cedían el campo á los implaca- 
»bles enemigos del Corán, que avanzaban apresuradamente por 
>las tierras de Aragón y Castilla.» 

Era en verdad la época en que los monarcas cristianos de 
España, conociendo por fin cuánto les interesaba acabar con el 
común enemigo, habían resuelto unir sus fuerzas, recobrando 
todas las plazas usurpadas y entregando al pillaje parte de los 
reinos de Toledo y Córdoba, D, Alfonso V de León, rompiendo 
por la Lusitania, había obligado á los mahometanos á repasar 
el Duero, y á no haber perecido en el sitio que puso á Viseo, 
los hubiera arrojado de la otra parte del Tajo. El conde de 
Castilla, don Sancho, había dejado al morir casada una de sus 
hijas, doña Muña Elvira, con el de Navarra don Sancho II ; doña 
Jimena, hermana de doña Muña, casó con el rey de León don 
Bermudo III, hijo de don Alfonso; el nuevo conde de Castilla, 
don García, se enlazó con la hermana de don Bermudo, doña 
Sancha. Así las dos coronas reales de Navarra y León, y la 
condal de Castilla, feudo de la última, pero ya de hecho inde- 
pendiente, se prestaban mutuo apoyo, y á pesar de la infame 



(i) Abú Jafar ben Abdi-1-hakk Alkhazrají Al-kortobí. El Sr. Gayangos publica 
bajo el Apéndice C del tomo 2.° de la Historia de las dinast. muzlimicas en España, 
un largo extracto de este autor, que comprende desde la muerte de Alhakem Al- 
mustanser-billah hasta la llegada de los .almohades. 



SEVILLA Y CÁDIZ 4I9 



traición de los Velas y de la desapoderada ambición de don 
Sancho de Navarra, vinieron á formar para la frente de don 
Fernando el Magno la nueva y prepotente corona que había de 
figurar en lo sucesivo la primera entre todas las de los reyes de 
España. Por aquella traición, en efecto, recayó en el rey de Na- 
varra, como esposo de doña Muña Elvira, el condado de Casti- 
lla; por la ambición de dicho rey, se movieron entre el navarro 
y el leonés aquellas diferencias que luego, mediando virtuosos y 
pacíficos prelados, se transigieron casando el hijo de don San- 
cho II de Navarra, don Fernando, con la hermana viuda del rey 
de León, en la cual recaía esta corona falleciendo don Bermudo 
sin sucesión: de modo que juntándose en la persona de don 
Fernando los derechos de la madre y de la esposa, vino Castilla 
sin la menor violencia á erigirse en reino, quedando el Estado 
de León subordinado á ella como las circunstancias de la época 
y las necesidades actuales de la reconquista lo exigían. Iba de 
esta suerte avanzando de grado en grado sus baluartes la rege- 
nerada gente hispano-goda, y triunfando en la ofensiva contra 
las ya desunidas fuerzas de los sarracenos, hostilizados en las 
mismas ciudades que por espacio de tres siglos habían po- 
seído. 

Era el rey de Sevilla Ben Abbad el más grande de toda la 
Andalucía, y en España sólo el de Toledo emulaba su poder. 
El de Zaragoza, BenHud, acosado incesantemente por las armas 
de otro hijo de don Sancho de Navarra, el belicoso don Rami- 
ro, á quien cupo el reino de Aragón en la división de la heren- 
cia paterna, pidió auxilio al sevillano, que inmediatamente se lo 
envió bajo el comando de un experimentado general. Con este 
socorro pudo el rey de Zaragoza derrotar á los cristianos; mas 
esto no estorbó para que los pendones de la cruz, conducidos 
por el mismo Ramiro y por su hermano don Fernando, avanza- 
sen poco tiempo después por una parte hasta las vegas grana- 
dinas, y por otra hasta los confines de Badajoz, quitando á los 
bereberes y al rey Ben Al-aftas numerosas fortalezas, y anun- 



420 S E V I L L A Y C Á D I Z 

ciando así á los consternados agarenos la próxima venida del 
sexto Alfonso, de Alvar Fáñez y del Cid. 

Debe suponerse que entre el sultán Abbadita y el rey don 
Fernando el Magno no existía grande enemistad; de otra suer- 
te, no hubieran mediado entre ellos tratos como el que vamos 
á referir. — Deseaba el rey de León y Castilla llevarse á León 
algunos cuerpos de santos que yacían sepultados en Sevilla, y 
con este propósito envió á la corte de Almutámed Ben Abbad á 
los obispos don Alvito y don Ordoño, y al conde don Ñuño, 
con una buena escolta de gente armada dirigida por los dos es- 
forzados capitanes don Gonzalo y don Fernando, á pedirle 
aquellas preciosas reliquias. El amir dijo á estos encargados que 
no sabía dónde yacían tales cuerpos y que los buscasen. Estan- 
do en su investigación, aparecióse á Alvito san Isidoro, que era 
uno de los santos cuyo cuerpo reclamaba el rey don Fernando, 
y le dijo donde estaba sepultado, y que le llevase á León, 
pero que dejasen en Sevilla el cuerpo de santa Justa (reclamado 
también por el monarca cristiano). Comunicada y divulgada la 
noticia, el rey islamita se afligió grandemente: acompañó á los 
enviados á Itálica, yendo todo el camino taciturno y turbado; 
hallaron el sepulcro, lo abrieron, y pusieron al descubierto el 
santo cuerpo, que estaba dentro de una caja de enebro, obrán- 
dose en el acto en los circunstantes insignes milagros. Al tiem- 
po de colocarlo los cristianos en unas andas para llevárselo, el 
rey árabe le echó encima un riquísimo paño de seda, exclamando 
con entrañable afecto : / Oh venerable hermano^ vaste de aquí! 
Tú sabes lo que hay entibe tí y mí, y cuánto amor te tengo. ¡ Yo 
te mego que no me olvides nunca! Dícese que el santo, después 
de trasladado su cuerpo á León, se le apareció varias veces; 
sin embargo no hay noticia cierta de que x\lmutámed Ben Abbad 
se convirtiera á la fe cristiana (i). 



(i) Tomamos esta narración de Morgado, que condensó lo más sustancial de 
las crónicas manuscritas que hablan de este suceso : su versión está por otra par- 



S F. V I L L A Y C Á D I Z 42 I 

«En este tiempo, dice el escritor árabe arriba citado, eran 
>>mu3/ contados entre los muslimes los hombres de virtud y só- 
lidos principios; la generalidad empezaba á beber vino y á en- 
»tregarse á todo género de disolución. Los conquistadores de 
»Andalus no pensaban más que en proporcionarse esclavos y 
» cantatrices, pasando el tiempo en la embriaguez y los placeres, 
«gastando en fruslerías los tesoros del Estado y oprimiendo á 
»los pueblos con tributos y exacciones para mandar costosos 
»presentes al tirano Alfonso y granjearse de este modo su amis- 
»tad. xA.sí continuaron las cosas entre los indóciles caudillos mu- 
»sulmanes, hasta que postrados conquistadores y conquistados, 
»y degenerando los reyes y capitanes de su prístino valor, los 
«guerreros se hicieron cobardes y viles, el pueblo vegetó en la 
«miseria y la abyección, la sociedad entera llegó á corromperse, 
»y el coloso del Islam, sin alma y sin vida, fué solamente un es- 
«pantoso cadáver. Los musulmanes que no se sometían á Al- 
«fonso, consentían en pagarle tributos anuales, constituyéndose 
»de este modo en colectores de las rentas del monarca cristiano 
»en sus propias haciendas. Al propio tiempo los negocios de los 
í muslimes estaban administrados por judíos, que se cebaban en 
» ellos como el león en un animal indefenso, y que obtenían los 
«cargos de Wisir, Hagib y Katib, reservados en otros tiempos 
»á los más ilustres personajes del Estado. Los cristianos ron- 
» daban codiciosos la hermosa tierra de Andalucía, y hacían en 
«ella botín y cautivos, incendiando los pueblos y asolando la 
«comarca.» — Era ya notable en verdad el contraste que hacían 
las costumbres islamitas en el undécimo siglo con las de los Es- 
tados de la España cristiana, donde se iban gradualmente pros- 
cribiendo los hábitos de molicie oriental heredados de los bizan- 
tinos; y sin embargo, los adeptos de la Cruz tenían aún que 
purgarse de muchos resabios de paganismo antes de merecer 



te conforme con las actas de la traslación del santo cuerpo que se leen en el 
ms. gótico de la Biblioteca Nacional de. Madrid, que publicó el P. Flórez en los apén- 
dices al tomo IX de su España, Sa<j^rada. 



422 SEVILLA Y CÁDIZ 



del cielo la gracia de un rey santo que dilatase los confines 
de la España restaurada hasta las columnas de Hércules. 

El rey Don Alfonso VI, el invicto conquistador de Toledo, 
aquel insigne monarca tan singular en sus hechos, en cuyos días 
abundó la justicia y tuvo fin la dura servidumbre, y cesaron las 
lágrimas y sucedió el consuelo, y la fe recibió aumento y la pa- 
tria dilatación, y el pueblo cobró osadía y el enemigo quedó 
confuso y afrentado, y la espada de los cristianos prevaleció, y 
cesó el árabe y temió el africano ; aquel rey que fué favor de la 
patria, defensa sin temor, fortaleza sin perturbación, amparo de 
los pobres y esfuerzo de los mayores; que tuvo por arco y armas 
principales la confianza en el Señor, que fué por Dios engrande- 
cido y fortalecido, y multiplicó las Iglesias, y restauró las cosas 
sagradas, reparó y restituyó lo perdido á honra y gloria del 
Omnipotente (i): aquel rey, pues, cediendo á la codicia y á otra 
pasión no menos indigna, había admitido en su tálamo real, en 
vida de su legítima esposa Doña Constanza, y á título de cuasi- 
esposa (2), á la bella Zayda, hija del rey moro de Sevilla Ben 
Abbad Almutamed. Llevóle en dote todas las ciudades que el 
rey su padre había conquistado en tierra de Toledo, á saber, 
Cuenca, Huete, Ocaña, Vélez, Mora, Valera, Consuegra, Alar- 
eos 3' Caracuel, lo cual facilitó grandemente la expugnación de 
la antigua y fuerte capital visigoda. Esta alianza sin embargo 
no impidió que, andando el tiempo, estallase un ruidoso rompi- 
miento entre Almutamed y su yerno el rey castellano ; pero 
antes de referir al lector el motivo de esta contienda, justo será 
que le iniciemos sumariamente en el conocimiento de los reyes 
de la esclarecida dinastía de los Beni Abbad, que gobernaron á 
Sevilla desde la caída del califato de Córdoba hasta la conquis- 
ta de Andalucía por los Almorávides. 

Esta dinastía, tan celebrada de los poetas é historiadores 



(1) V. á Sandoval, Alabanzas del rey Don Alonso.— Escrituras de su tiempo. 

(2) Quasi pro uxore, ut prcemissum est, dice el Tudense. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



423 



árabes, que la comparan con la de los Abbasidas de Bagdad por 
el esplendor y la magnificencia que desplegó en su corte de 
Sevilla, tuvo por fundamento á Mohammed Abul-kasim, cadí 
de la Aljama ó Juez Supremo de dicha ciudad. Este personaje 
descendía de Ittaf el Sirio, uno de los primeros conquistadores, 




SEVILLA. - Vista de la Catedral 



establecido en Andalucía en una ciudad del distrito de Tocina 
perteneciente á la jurisdicción de Sevilla. El cadí Mohammed 
Abul-kasim fué uno de los tres consejeros que para la gestión 
de los públicos negocios nombró la población de Sevilla cuando 
resolvió sacudir el yugo de los Idrisitas y declararse indepen- 
diente, y después desplegó tanta astucia, que se erigió en supre- 
mo arbitro de los destinos del nuevo reino, triunfando de las 
rivalidades que le suscitaron el señor de Carmona y sus auxilia- 



42-4 s I-: V 1 1, I. A V c Á D I z 

res los bereberes. Al morir este dictador, le sucedió en el mando 
su hijo Abú Amrú Abbad, llamado por antonomasia FakJirii-d- 
daiilah ó gloria del Estado^ y, después de posesionado del tro- 
no, Almutadhed billah {^el qite iniploi^a el faiwr de Dios). Fué 
éste un príncipe poderoso y cruel : ganó á Córdoba expulsando 
á los Beni Jehwar, é hizo buenas conquistas en el Algarbe. El 
poeta Ibnu-1-lebbánah dice de él que su vida era para los enemi- 
gos del Islam lo que los grillos para el prisionero, y que su 
espada no cesó un punto de derramar sangre infiel y de enviar 
almas al infierno. Hizo tantas víctimas, añade, que delante de la 
puerta de su palacio tenía un valladar lleno de cráneos de ene- 
migos muertos, que contemplaba siempre que entraba y salía 
con indecible deleite de su corazón. Este formidable verdugo era 
sin embargo un buen poeta, y fueron muy celebrados los versos 
que compuso cuando tomó á Ronda. Murió el año 461 de la 
Egira (A. D. 1069) y sucedióle su hijo Abul-kasim Mohammed, 
denominado Alinutamed ala-illad (¿'/ que confia en Dios), natu- 
ral de Beja y de veintinueve años de edad. Era éste el padre 
de Zayda, la hermosa mora que fué primero concubina y luego 
esposa de Don Alfonso el VI. El sabio teólogo y cadí Abú Bekr 
Ben Khamís hizo de él singulares elogios, diciendo que sus ala- 
banzas estaban en boca de todas las gentes, y retratándonosle 
tan erudito literato como exqelente poeta. Prosperó el reino bajo 
su gobierno, hasta que llegó el día en que plugo á la Providen- 
cia entregar aquella hermosa provincia á nuevos señores. 

Volvamos ahora al rompimiento ocurrido entre este rey y su 
yerno don Alfonso. He aquí cómo cuenta una crónica árabe (i) 
la ocasión de esta enemistad. 

El amir de Sevilla era tributario del monarca castellano. — 
En este tiempo, pues, habiendo el rey Alfonso enviado un em- 
bajador á Sevilla, juntamente con un judío llamado Aben Galib, 



(1) La que tuvo presente Don José Antonio Conde al redactar este pasaje de 
su Historia de los Árabes. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



425 



privado y tesorero suyo, para encargarse de cierta cantidad de 
doblas que Almutámed le debía, sucedió que el embajador y el 
judío se aposentaron fuera de una de las puertas de la ciudad 
en sus propias tiendas, adonde acudió Abu Zeidún, tesorero de 
Almutámed, con el tributo, acompañado de otros visires. El 
judío del rey Don Alfonso no quiso recibir las doblas que le 
presentó el sarraceno, so pretexto de que no eran de buena ley, 
y dijo que sólo las admitiría á prueba de fuego y cendra. Hubo 
entre ellos réplicas y reconvenciones, y como el embajador pro- 
pusiese que en vez de las doblas se le diesen unos bajeles que 
allí tenía el rey Almutámed, dado que el hebreo no quería sin 
quilatar aquella moneda recibirla, la propuesta exasperó el áni- 
mo del rey, y dijo que de ninguna manera se pagase el tributo, 
que ya no podía él aguantar tanta soberbia de aquella gente 
vil. Aquella misma noche entraron unos esclavos en las tiendas 
del enviado de Don Alfonso y del judío, y matando á éste á 
puñaladas, maltrataron á los cristianos de la comitiva del emba- 
jador. Ignórase si esto fué licencia y desenfreno de los esclavos, 
ú obra aconsejada por los visires por complacer á Almutámed: 
lo cierto es que el amir no mostró sentimiento por aquella mal- 
dad cuando el embajador se quejó al siguiente día y se alejó de 
Sevilla jurando venganza de parte de su rey (i). 



(i) Así Conde. Almakkari trae tres versiones distintas de este hecho. La pri- 
mera difiere poco de la que acabamos de copiar: su autor, el historiador lbnu-1- 
lebbánah, supone que el judío enviado por Don Alfonso, al rehusar la moneda que 
le presentó el tesorero del Sultán, le amenazó con que al año venidero no se con- 
tentarían los cristianos con nada menos que la riqueza toda del reino de Sevilla; y 
añade que Almutámed mandó prender al judío y clavarlo en una estaca, sentencia 
que se llevó á cabo despreciando las sumas que el hebreo ofreció por su rescate. 
El autor de la segunda versión, que es el Alfaquíh Abú Abdillah Ben Abdillah Ben 
Abdi-1-muanem Al-himyarí, cuenta que el rey de Castilla tuvo la insolencia de 
pedir al rey Almutámed, además del tributo que le debía, cierto número de forta- 
lezas, y permiso para que la reina su esposa, que se hallaba á la sazón en cinta, se 
estableciese en el palacio de Medina Azahra con objeto de poder visitar diaria- 
mente la mezquita mayor de Córdoba y tener su alumbramiento en este sagrado 
lugar. Habiendo Almutámed rechazado con indignación este torpe y afrentoso 
propósito, é insistiendo en él con gran descaro el emisario judío, no pudo el Sul- 
tán refrenar su ira, y cogiendo un tintero que tenía á la mano, se lo disparó con 
tal acierto y tanta fuerza, que se lo metió en el cráneo, cayendo en tierra el judío 

54 



426 SEVILLA Y CÁDIZ 



Esta violación del derecho de gentes exaltó el ánimo del 
castellano, que juró reunir un ejército de tantos soldados cuan- 
tos pelos tenía en la cabeza y capaz de extender sus conquistas 
hasta las mismas aguas del Estrecho. Esto sucedía mientras un 
hombre extraordinario, procedente de la tribu de Lamtah en los 
confines del gran Desierto de Sahara, llamado Yusuf Ben Tex- 
fín, dotado de cualidades eminentes para la guerra y el gobierno 
de un Estado, conquistador de las provincias del África occiden- 
tal y fundador de las ciudades de Marruecos y Tremecén la 
nueva, sometía á su invencible hierro todas las tribus berberis- 
cas, y precedido del eco de sus victorias y formidable saña, se 
aprestaba á fundir en un solo Imperio el Maghreb africano y el 
Andalus. Pintábale la fama como regenerador del Islam, y á sus 
soldados los almorávides como hombres fanáticos, impetuosos, 
enemigos de los placeres, y tan sobrios de militares arreos, que 
sólo llevaban una ligera coraza, una larga y bien afilada lanza, 
y un escudo cubierto de piel de hipopótamo, impenetrable á las 
espadas y á las flechas. Bien necesitaba el Islamismo un sacudi- 
miento como el que se proponía este terrible caudillo para sacar 
á los muslimes de Siria, del i\frica y de España del marasmo 
en que los tenían sumidos los degenerados descendientes de 
los Umeyas y Abbasidas ; porque se acercaba una de las épocas 
más críticas para el mahometismo : los turcos Selchukidas ha- 
bían domado la arrogancia y barrido las impurezas de Bagdad; 



con los sesos de fuera. Por último el historiador Ibnu-1-athir en su Kámil ó historia. 
completa, refiere, que habiendo el rey Don Alfonso expugnado á Toledo, el po- 
deroso Almutámed Ben Abbad le envió su acostumbrado tributo, que el cristiano 
no quiso recibir. Escribió éste al amir una carta altanera requiriéndole a que le 
abandonase todos los castillos y fortalezas, reteniendo los muslimes sólo la llanu- 
ra y las ciudades abiertas, y amenazándole con que de lo contrario enviaría sobre 
Córdoba su ejército y la tomaría. El que llevaba este mensaje iba acompañado de 
quinientos jinetes: Almutámed le dio alojamiento conveniente, repartiendo aque- 
lla fuerza por las viviendas de los oficiales de su ejército, y dio á éstos órdenes 
secretas para que cada cual diese muerte al huésped que tuviera en su casa. Cum- 
plióse puntualmente el mandato, envió por el embajador, y asiéndole fuertemente 
por el cuello, le sacudió y golpeó hasta que los ojos le saltaron fuera. Escaparon 
de su venganza sólo tres hombres, que huyeron consternados á contar al rey Al- 
fonso lo ocurrido. 



SEVILLA Y CÁDIZ 427 



pero ellos á su vez padecían también el cáncer de las excisiones, 
y la Europa se aprestaba á descender al Asia con sus barones y 
caballeros cubiertos de hierro, con las cruces en los escudos, y 
los veintiocho omraJis ó amires que se repartían la conquista 
de los turcos iban á agruparse inútilmente en torno del estan- 
darte del califa para desparramarse después, como aristas que 
dispersa el viento, ante el glorioso estandarte de los cruzados. 
Tenía Dios reservada la herencia de los abbasidas para los bár- 
baros mongoles ; el califato de Oriente ya no existía, y de todos 
los sucesores del Profeta no quedaba en Asia mas que el insig- 
nificante Imam de Bagdad. El África no reconocía su autoridad 
y prefería obedecer á los descendientes de Fátima, la hija pre- 
dilecta de Mahoma. En la España árabe era igual la ruina de 
las familias predestinadas: Toledo acababa de sucumbir al es- 
fuerzo de Castilla; Zaragoza estaba estrechamente combatida; 
los amires de Andalucía alzaban clamores de espanto y volvían 
los ojos al x\frica demandando auxilio. 

El amir de Sevilla, Almutámed Ben Abbad, temeroso de 
las amenazas de don Alfonso, é interpretando los secretos pen- 
samientos del general beréber y de los otros régulos de la 
España árabe, como el más poderoso y respetado de todos, 
congregó á éstos, y les propuso le diesen su opinión sobre lo 
que debería hacerse en situación tan crítica. El resultado de la 
deliberación fué escribir á Yusuf Ben Texfín ofreciéndole recono- 
cerse sus tributarios si les consentía permanecer en sus respec- 
tivos dominios y se abstenía él de invadir la península. Merece 
notarse la pintura que en esta carta le hacían del estado de las 
pequeñas monarquías en que se había dividido el Califato anda- 
luz. «Nosotros los árabes de Andalucía, decían los régulos á 
» Yusuf Ben Texfín, no conservamos en España distintas nuestras 
»cabilas ilustres, sino mezcladas unas con otras, y esparcidas en 
» diversas partes de ella, mezcladas nuestras generaciones y 

> familias, de manera que poca ó ninguna comunicación tenemos 

> tiempo há con nuestras cabilas ó familias que moran en África; 



428 SEVILLA Y CÁDIZ 



>así que esta falta de unión ha dividido también nuestros inte- 
»reses, y de la desunión procedió la discordia y apartamiento, 
»y la fuerza del Estado se debilitó, y prevalecen contra nosotros 
» nuestros naturales enemigos, y estamos en tal estado, que no 
» tenemos quien nos ayude y valga, sino quien nos insulte y 
> destruya: siendo cada día más insufrible el encono y rabia del 
»rey Alfonso, que, como perro rabioso, con sus gentes nos entra 
»las tierras, conquista las fortalezas, cautiva á los muzlimes y 
»nos trata de pisar debajo de sus pies sin que ningún Amir de 
«España se haya levantado á defender á los oprimidos, mirando 
»con descuido la ruina de sus parientes, amigos y vecinos, sin 
«siquiera ejercitarse á ello por defensa de nuestra ley; y en 
«verdad que lo pudieran haber hecho si hubieran querido, como 
«debían, sino que ya no son los que solían, que el regalo, el 
«suave ambiente de los aires de Andalucía, las recreaciones, los 
«delicados baños de sus aguas olorosas, y frescas fuentes y con- 
«ficionados manjares, los han debilitado, y ha sido causa de que 
«teman entrar en guerra y padecer fatigas, sin moverlos á 
«ello causas tan justas; así es, que ya no osamos alzar cabe- 
za, etc. (i).» Si realmente se envió á Yusuf esta carta, fuerza 
es reconocer que su contexto era más á propósito para estimu- 
lar su ambición que para inspirarle otros sentimientos. Dícese 
que el conquistador africano, ignorante de la lengua árabe, tuvo 
que valerse de un intérprete para leer la misiva de los nuevos 
vándalos, y que por el pronto mandó se les contestase protes- 
tando miras pacíficas y hasta fraternales : que los amires de 
Andalucía se regocijaron al recibir su respuesta y casi se lison- 
jearon de poder tener á raya en lo sucesivo al terrible monarca 
castellano contando con la poderosa amistad de Yusuf Ben 
Texfín ; pero que viendo al fin que ni de este modo intimidaban 
á los cristianos, sino que por el contrario recrecían las hostili- 
dades y depredaciones de éstos, se decidieron á enviar á África 



;i) Conde: Historia de los Avahes, etc. Tomo II, cap. XIV" 



S K V I I, I. A Y C A DI .7 



^29 



una segunda embajada llamando en su socorro á los almorávi- 
des. Llamados ó no, invadieron éstos la España el año 1086, y 
fué inmenso el terror de la nación entera, cristiana y musulma- 



SE\"ILLA 




Catedral. — puerta lateral 



na, al ver holladas sus llanuras por aquellos salvajes bereberes, 
negros y beduinos del Atlas, medio desnudos, que con su extra- 
ño aspecto, sus clámides de antílope, sus largas picas y desco- 
munales espadas difundían por todas partes el espanto. De 



430 SEVILLA Y CÁDIZ 



todos modos, más estimaba el sultán de Sevilla verse de pastor 
del rey de Marruecos guardando sus camellos, que ser tributa- 
rio de los perros cristianos y guardar sus puercos (i). 

La expedición se hizo con el mayor orden, habiendo dis- 
puesto Yusuf en Ceuta todo lo necesario para el pasaje. Ha- 
bíansele allí incorporado los ejércitos y tribus convocados para 
el aljihed ó guerra santa y procedentes de las cabilas y familias 
de Sahara, de las tierras meridionales del África, del país de 
Zab, de Magreb y del Awsat. Había hecho preparar naves, re- 
vistado sus tropas y reconocido las tiendas, armadas en las 
dilatadas llanuras que se extienden entre Tetuán y Tánger. Ha- 
bía por último ordenado el transporte sucesivo de cada cuerpo 
de ejército, y fueron tantos los hombres armados que en unos 
cuantos días puso en la ribera occidental de la bahía de Gibral- 
tar, que sólo el Criador podía contarlos. Cuando hubo pasado 
tpdo su ejército y éste trasladó sus infinitas tiendas á la campi- 
ña que riegan el Guadalmecí y el río de la Miel, cuyas aguas 
bastaban apenas para tan gran número de combatientes y para 
abrevar sus caballos y camellos, se embarcó Yusuf para cru- 
zar el Estrecho, con su hijo Ibrahím á la cabeza de un cuerpo 
de generales y capitanes de los más distinguidos entre los mo- 
rabitas, levantando las manos al cielo é implorando el favor del 
Todopoderoso para la empresa que iba á acometer. Fué hasta 
la misma costa á recibirle el sultán Almutámed, y después de 
haber el africano fortificado á su placer á Algeciras, dejando en 
ella una guarnición de confianza, toda de gente de su tribu, fue- 
ron ambos la vuelta de Sevilla procediendo en todo de concierto y 
recibiendo Yusuf en las poblaciones del tránsito los agasajos que 
de antemano le estaban prevenidos por los andaluces. El ejército 
africano halló asimismo en su marcha comodidades y tiendas bien 
abastecidas, mas por efecto de la solicitud del sultán y de los 
gobernadores, y del temor de los habitantes, como es fácil supo- 



(i) Proverbio con que los árabes del Califato andaluz justificaban el triunfo de 
los almorávides. 



SEVILLAYCÁDIZ 43 1 



ner, que por la simpatía que pudieran despertar en ellos los 
mal agestados bárbaros. 

En cuanto don Alfonso tuvo noticia de la venida de los afri- 
canos y de los aprestos militares que se hacían en Andalucía, 
convocó para la guerra todas sus huestes, con las de los ricos- 
hombres y las mesnadas de los concejos, y partió al encuentro 
de Yusuf llevando por su general á Alvar Fáñez, no sin mandar 
al propio tiempo al famoso Rodrigo de Vivar, llamado el Cid, 
que acudiese por la parte de Toledo para echar á los infieles 
que se le entraban por aquella tierra. «El rey don Alonso, dice 
Sandoval, llegó á toparse con los moros africanos y españoles 
que con ellos venían, que eran innumerables: rompió con ellos, 
y la batalla fué sangrienta, porque eran muy desiguales, y los 
cristianos muchos menos en número. Fueron desbaratados, pero 
el rey don Alfonso con un escuadrón de su gente estuvo firme, 
y rompió hasta las tiendas del rey de Marruecos, pero no pudo 
entrar el lugar donde estaba fortificado, ni sacarle del, antes se 
vio allí muy apurado, y que iba faltando el día. Estando en 
esto, llegó aviso que los enemigos le saqueaban ya como victo- 
riosos el Real y las tiendas. Voló á defenderlo, picándole siem- 
pre los moros, que se trataban como vencedores; hizo el rey 
cuanto pudo por sostenerse y defender sus alojamientos, cerró- 
se la noche, que valió para no ser el rey don Alfonso de todo 
punto vencido; recogió su gente como pudo para fortificarse y 
salvarse, ó esperar cuando más no pudiese otro día al enemigo; 
fué su buena ventura que el de Marruecos no pudo ejecutar la 
victoria. Dicen que porque tuvo aviso que en África se levanta- 
ban contra él, y le convino volver luego á asegurar su reino, y 
no perder lo cierto por lo dudoso.» Esta rota del rey don Al- 
fonso VI fué el 30 de octubre de 1086: perdió el monarca cas- 
tellano mucha gente, y salió mal herido de la batalla (i). Ocu- 
rrió ésta en Zalaca, cerca de Badajoz. 



fi) La compilación de historias árabes de Almakkari, que con tanta frecuencia 
citarnos, trae pormenores curiosos sobre esta batalla de Zalaca. Hace mención de 



432 S E V I L L y\ Y CÁDIZ 



Algunos historiadores árabes dan distinta explicación á la 
retirada de Yusuf Ben Texfín. Después de permanecer cuatro 
días en el campo de batalla recogiendo los despojos, y de haber 
demostrado su gran generosidad cediéndolos todos al ejército 
andaluz, Almutámed le invitó á pasar á Sevilla, donde entraron 
juntos los dos príncipes acompañados de una numerosa y bri- 
llante escolta. Alojó el árabe al africano en su propio palacio, 
edificio magnífico que, lo mismo que el de su padre Almutádhed, 
llenó de sorpresa á Yusuf y á su comitiva por las delicias de 
todo género de que allí se hallaban rodeados; y agregándose á 
los regalos de una existencia cual hasta entonces nunca la ha- 
bían conocido, la hermosura, fertilidad y riqueza del país, y los 
primores que á cada paso en la ciudad descubrían, es fama que 
entre los generales de Yusuf nació el pensamiento de destronar 
á Almutámed; pero el sagaz amir de Marruecos juzgó más pru- 
dente aplazar esta empresa para cuando el trono sevillano estu- 
viese aún más minado por la carcoma de los placeres y la disi- 
pación. Volvióse al África después de haber tomado secretos 
informes acerca de la conducta del sultán, prenda la más segura 
del futuro desamor de su pueblo, confiado en que muy en breve 
tendría ocasión de volver á buscarle, no como aliado, sino como 
émulo y mortal enemigo. 

Así sucedió en efecto. Privadas las armas agarenas en Es- 
paña del socorro de los Almorávides, la monarquía cristiana al- 
canzó grandes creces : la Iglesia de Toledo estaba sabiamente 
gobernada por sus ilustres arzobispos; los ejércitos de don Al- 
fonso conquistaban todos los años plazas y castillos importantes 
en Valencia, Murcia y Portugal; Castilla se repoblaba, las ciu- 



los obispos, clérigos y religiosos que iban en la hueste del castellano, y de cómo 
exhortaban á los soldados levantando en alto las cruces y presentándoles abiertos 
los Evangelios. También los teólogos muzlimes, y los demás varones distinguidos 
por la santidad de su vida que iban en los dos ejércitos mahometanos coligados, 
hacían lo mismo por su parte ; llenando las funciones de los katibes ó predicado- 
res, erigieron en el campo multitud de pulpitos, y desde allí amonestaban á los 
soldados á pelear con valor y resolución. 



SEVILLA Y CÁDIZ 43:5 



dades de Segovia, Avila y Salamanca renacían de sus ruinas; 
fortalecían el brazo del castellano nuevas y dichosas alianzas 
con la preclara sangre de Borgoña ; los religiosos de Cluni re- 
formaban la disciplina de nuestros monasterios un tanto relajada 
de resultas de las pasadas turbulencias; el Cid se hacía dueño 
de la hermosa ciudad del Turia, y amanecían por último para la 
cristiandad los días gloriosos de las Cruzadas por obra del santo 
y virtuoso Urbano II. En todas partes se anunciaba para el 
mahometismo un supremo conflicto. 

Corría el año 1095: don Alfonso tenía puesto sitio á Zara- 
goza, asistido de cuatro obispos y otros tantos abades y los 
principales magnates del reino : algunos de nuestros historiado- 
res suponen que para esta guerra había el re}- traído de África 
los moros Almorávides (i); pero los escritores árabes refieren 
que Yusuf había ya vuelto á España en dos ocasiones anteriores 
á esta, una en 1088 para socorrer al rey de Murcia estrechado 
en Aledo, y otra en 1090 para expugnar á Toledo, tentativa 
que se le frustró por haberse negado á cooperar á sus designios 
los mahometanos andaluces. Añaden que el amir africano, ofen- 
dido de la punible indiferencia de los reyes de Andalucía, mandó 
á su general Seyr Ibnu Abí que fuese declarándoles la guerra á 
todos y reduciendo unas tras otras sus ciudades y fortalezas, 
pero comenzando por los estados más inmediatos á los dominios 
del castellano: lo cual fué ejecutado puntualmente. Avanzando 
Seyr contra Ben Hud, rey de Zaragoza, tomó á Roda por estra- 
tagema; luego destronó á los reyes de Murcia y Almería; puso 
en cadenas á Abdullah, rey de Granada, el fundador de la di- 
nastía de los Zeiritas, y al Gobernador de Málaga; dio muerte 
al rey de Badajoz, Ben Al-aftas, ahogando en su sangre su 
descendencia; y por último sitió á Almutámed en Sevilla. Acu- 
dió éste á la defensa de su reino enviando sus hijos mayores á 
atajar el paso al invasor : uno de ellos pereció bizarramente en 



(i) V. á Sandoval: Reinado de don Alonso el VI. Era i M^. 



434 SEVILLA Y CÁDIZ 



Carmona, y otro cerca de la capital en un reñido encuentro: el 
padre hizo en aquel trance crítico prodigios de valor en el cerco 
que sufrió la capital ; pero todo fué inútil ; el general beréber 
arrolló toda resistencia, y Sevilla cayó en poder de los Almorá- 
vides, los cuales mandaron á Almutámed y su familia á África 
cargados de cadenas. Murió este rey en Aghmat aquel mismo 
año 1095, después de haber ocupado por espacio de veinti- 
siete el trono de Sevilla. 

Hallábase á este tiempo don Alfonso pobre de gente y de 
dinero con las pasadas guerras, y falto de salud en la ciudad de 
Toledo. Los Almorávides, criados en las armas y soberbios, 
muerto Ben Abbad, se levantaron contra su yerno el rey cris- 
tiano, y aun se asegura que Seyr Ibnu Abí se declaró en Anda- 
lucía independiente del Miramamolín de Marruecos. Los moros 
españoles, cediendo á su preponderancia, se alzaron también 
contra el Castellano, y los mahometanos de ambas razas, lleván- 
dolo todo á sangre y fuego, preparaban para la cristiandad en 
España nuevos días de luto y desolación. Los mozárabes, que 
hasta entonces habían disfrutado de largas épocas de paz entre 
los agarenos, fueron casi todos pasados á cuchillo. Asaltáronse 
los templos, y esta vez no hubo iglesia ni monasterio que que- 
dara incólume en Andalucía, ni en la tierra de Extremadura, 
Murcia y Valencia. Don Alfonso, impedido por su enfermedad, 
no pudo salir á campaña: envió en su lugar al infante don San- 
cho, su hijo único, niño de unos once años, acompañado de los 
condes y de toda la nobleza de Castilla, y encontrándose en 
Uclés ambos ejércitos, trabóse sangrienta batalla, en que los 
castellanos se desconcertaron. Metióse el infante á pesar de su 
tierna edad más de lo que debía en la refriega: matáronle el ca- 
ballo, cayó en tierra, y á pesar de la heroica fidelidad del conde 
de Cabra que trató de salvarle la vida escudándole con su cuer- 
po, fué allí miserablemente hecho pedazos con siete de sus con- 
des. Traspasado de dolor el rey de Castilla al saber la muerte 
de su hijo, trató de vengarla: viendo que en sus caballeros no 



SEVILLAYCÁDIZ 435 



había las fuerzas y ánimo que eran menester, consultó con mé- 
dicos sabios la causa: dijéronle que sus nobles usaban mucho de 
los baños y se daban demasiado á los placeres, regalos y vicios, 
en vez de ejercitar con asiduidad las armas; y entonces el rey 
mandó derribar todos los baños y reformar los trajes y regalos 
excesivos. Por lo visto duraban todavía reliquias de la molicie 
oriental funesta á los visigodos. Para satisfacerse de la afrenta 
recibida en Uclés y recobrar los lugares que en aquella mala 
jornada había perdido, hizo el mayor aparato y leva de gente 
que pudo. Sacó de las fronteras los más lucidos y honrados ca- 
balleros: enviáronle los concejos á porfía la mejor y más brava 
parte de sus mesnadas: los ricos-hombres y señores acudieron 
con sus huestes, y juntó entre todos don Alfonso hasta siete mil 
lanzas y cuarenta mil infantes. Con este poderoso ejército se 
puso sobre Córdoba, y la sitió; la ciudad, temerosa, se dio á 
partido, entregándole los cristianos cautivos, y puso á su dispo- 
sición los bienes de los Almorávides, que eran muchas joyas y 
caballos. 

Yusuf Ben Texfín había muerto, y reinaba en Marruecos su 
hijo Abulhasán Alí. Había mandado á éste su padre, al fallecer, 
que no hiciese la guerra á las tribus del Atlas, que celebrase 
alianza con el rey de Zaragoza para poder hostilizar provecho- 
samente á los cristianos, y finalmente que estableciese su corte 
en Sevilla. Noticioso el nuevo Miramamolín del insulto hecho al 
Islam por el castellano en Córdoba, pasó á España: don Alfonso 
recibió aviso oportuno y fué en su busca. Habían pasado para 
los Almorávides aquellos afortunados días de Zalaca y de Uclés 
en que la espantable presencia de sus soldados medio desnudos 
y el sordo trueno de sus tambores bastaban á producir la cons- 
ternación en los corazones cristianos: fortalecidos éstos en la 
dura escuela del incansable don Alfonso, desafiaban ya con ha- 
lagüeño semblante la furia de la morisma. Así el campo cristiano 
avanzó tanto ahora, que estragando toda la tierra entre Córdo- 
ba y Sevilla, se metió como desbordado torrente en la capital de 



436 SEVILLA Y CÁDIZ 



Alí Abulhasán, el cual salió de ella huyendo y volvió á embar- 
carse para África. 

Los últimos años del rey don Alfonso fueron una serie de 
victorias : los árabes y moros de Andalucía por una parte, vién- 
dose sin caudillo, se le rindieron haciéndose sus tributarios; 
Cuenca y Ocaña fueron entradas después de una obstinada re- 
sistencia, si bien comprando los cristianos la victoria con la 
muerte de muchos nobles caballeros; puso don Alfonso en el 
trono de Sevilla á un nieto de Ben Abbad su suegro, y coliga- 
dos ambos, armaron galeras y naves que hicieron grandes es- 
tragos en las costas africanas, corriéndolas todas hasta Túnez y 
apresando en esta campaña de mar muchos bajeles al enemigo. 
Por otra parte en África « permitió el Todopoderoso, dicen las 
historias árabes, que Mohammed Ben Tuimarta, por otro nom- 
bre Al-mahdí, fundador de la dinastía de los Al-muwahedán ó 
Almohades, se levantase contra la dinastía de los Lamtunitas ó 
Almorávides, arrebatándoles extensas provincias ; con lo cual 
quedó el poder de Abulhasán tan debilitado, que tuvo que pedir 
paces al cristiano. 

Murió en esto don Alfonso de Castilla (A. D. 1109); pero 
contra los sectarios de Mahoma se había alzado ya formidable 
en el reino de Aragón otro Alfonso, hijo del rey don Ramiro, 
cuyas brillantes campañas en los dominios muzlemitas no referi- 
remos por ser ajenas al cuadro de nuestro actual estudio. Alí 
Abulhasán, ocupado principalmente en la guerra de África con- 
tra los Almohades, no volvió á España : dejó de gobernador en 
Sevilla á su hermano Abú Táhir Temín, y á la muerte de éste, 
ocurrida en 1 126, recayó la corona de Marruecos y de Sevilla 
en su hijo Taxefín. Alí no murió hasta el año 1 143 ; reinó treinta 
y seis años y siete meses. El mismo año que falleció en Sevilla 
Abú Táhir, dio fin á sus días en Castilla doña Urraca, la hija de 
don Alfonso VI, y acabaron con ella sangrientas calamidades 
que habían mancillado los lauros de la monarquía castellana. 
Con el advenimiento al trono de Taxefín coincidió, pues, en 



S E V I L L A 




CATEDRAL. — Puerta del Perdón 



,:| ^S S E V I L L A Y C Á I; I Z 



Castilla la proclamación de don Alfonso VII, de sangre borgo- 
ñona por parte de su padre el conde don Ramón. Pero Taxefín 
no llegó siquiera á ver sus Estados de Andalucía, porgue hu- 
yendo de Wahrán donde le tenían estrechamente sitiado los 
Almohades, tuvo oscura muerte en un precipicio, al cual le 
arrastró galopando de noche su predilecta yegua Rihánah (i). 
No alcanzó mejor suerte su hijo Abu Isac Ibrahím, á quien de- 
golló Abdulmumen en Marruecos después de conquistar á Tre- 
mecén. Fez y Salé (A. D. 1 147). 

El pueblo andaluz, viendo que el imperio de los Almorávi- 
des caía hecho pedazos, arrojó la máscara del disimulo y rompió 
en abierta rebelión contra sus regidores de África. Reprodujé- 
ronse las divisiones que habían acompañado á la caída de la di- 
nastía Umeya: cada gobernador, cada general arrojado se llevó 
un trozo del poder lamtunita en Andalus, y llegó el caso de ha- 
ber tantos sultanes cuantas ciudades y castillos. Este período de 
confusión y anarquía lleva entre los árabes el nombre de segun- 
da guerra civil. Proclamáronse independientes, en Córdoba Ben 
Hamdín; en Cádiz y los distritos circunvecinos, Ben Maymún, 
repartiéndose con él Ben Kasí y Ben Wazir el dominio de toda 
esta tierra, antes patrimonio de los Beni Alaftas. Alzóse en 
Granada un jefe arriscado y temido, llamado Maymún Al-lam- 
tuní; y se enseñoreó de Valencia y de una gran parte del Le- 
vante, Ben Mardaniah Aljodhamí. Pero todos, menos este últi- 
mo, se disiparon ante los victoriosos estandartes de Abdulmumen 
que sometió á su yugo la España musulmana. Sevilla y Málaga 
estaban en poder de los Almohades desde el año 11 46: tres 
años después les entregó Ben Ghaniyyah la soberbia Córdoba, 
la famosa ciudadela del Islam. 

Abdulmumen no llegó á entrar en Sevilla: la única vez que 
vino á Andalucía, se contentó con permanecer dos meses en 
Gibraltar (Jebal Tarik), edificando allí un fuerte castillo para 



(i) V. á Almakkari, lib. VIII. cap. II. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



439 



el cual dio él mismo la traza. Murió cubierto de laureles, gana- 
dos por sus lugartenientes en Almería, Granada, Badajoz, Beja, 
Ebora y Alcázar do Sal, el año de la egira 558 (A. D. 1163), 
cuando se disponía á hacer una entrada formidable en España, 
para la cual había reunido trescientos mil hombres de las tribus 
árabes y zenetes de la secta de Mahdí, y ciento ochenta mil vo- 
luntarios de Marruecos, ganosos de morir en guerra santa por 
la causa del Profeta. — Todo anunciaba que quería Dios fiar la 
suerte futura de la cristiandad en España á un conflicto supre- 
mo. Mientras más se robustecía el poder de los Almohades, 
más crecía también la pujanza de las monarquías castellana y 
aragonesa. Yusuf, el hijo de Abdulmumen, recibía en Sevilla la 
sumisión de los hijos del temido rey de Valencia y Murcia, Ben 
Mardanish: todo lo mejor de la península era ya suyo, y su 
ánimo varonil le impelía á la conquista de Toledo amagando ya 
á Calatrava : y la España cristiana, bajo sus reyes don Sancho 
el Deseado y don Alfonso VIII, se armaba de nuevas defensas 
revistiendo la loriga los heroicos monjes cistercienses y los ca- 
nónigos de San Eloy, fundadores de las inmortales órdenes 
miÜtares de Calatrava, Alcántara y Santiago. Cristianos y Al- 
mohades, cada cual por su parte, eran gobernados por grandes 
reyes: al valiente y piadoso Yusuf, contraponía Castilla su don 
Sancho III; al hijo de aquél, Yakub Almansur (el victorioso en 
la gracia de Dios), triunfante en Alarcos (1195), y á Annasir 
Lidin-illah, opuso Dios el prudente y bizarro don Alfonso VIII, 
triunfante en las Navas de Tolosa (año 121 2). 

Esta memorable batalla, designada por los historiadores ára- 
bes con el nombre de rota de Al-akab, hundió en España el impe- 
rio de los Almohades. Fué tan grande la pérdida de éstos, que los 
distritos y ciudades del África occidental quedaron casi despobla- 
dos. « Seiscientos mil combatientes, dice Almakkari, puso Anna- 
»sir en el campo de batalla; todos perecieron, á excepción de 
»unos cuantos que quizá no llegaron ámil. Esta batalla fué una 
» maldición, no sólo para Andalus sino para todo el Magreb.» 



CAPITULO XXI 



Monumentos religiosos del arte árabe mauritano 




NTEs de narrar cómo terminó en Andalucía el 
reino de los Almohades, debemos decir el es- 
tado de prosperidad en que sus amires cons- 
tituyeron á Sevilla. Yusuf, el hijo de Abdul- 
i> múmen, fué el que ordenó la reconstrucción 
de la mezquita mayor, y su hijo Yakub Al-, 
mansur quien terminó su insigne torre, comen- 
zada el día 13 de Safar del año 580 de la egira 
(A. D. 1 184) (i). Ya dejamos dicho que la primitiva mezquita 
mayor había sido incendiada por los normandos ó aluiajuces en 
tiempo de los Califas. Probablemente subsistirían en pié los res- 
tos del antiguo edificio cuando invadieron la Andalucía sus nue- 



(i) Aunque Almakkari supone que Yakub terminó la construceión de la mez- 
quita, sin decir cosa alguna de la torre, su anotador el Sr. Ciayangos corrige este 
error teniendo presente la noticia que da sobre esto Ibnu Sabi-s-salat. 

5<3 



^^2 SEVILLAY CÁDIZ 



VOS poseedores: así al menos nos lo hace creer el carácter gran- 
dioso de algunos arcos de herradura que se observan en el 
claustro llamado de la Granada ó del Lagarto y la fisonomía 
del muro exterior del patio de los naranjos á la banda del norte, 
partes del monumento sarraceno que se salvaron al construirse 
la nueva catedral. Los Almohades traían á España un género 
de arquitectura diverso del que había florecido en el Califato, 
menos grandioso y robusto, menos bizantino en su ornato, más 
africano que oriental, más decorativo que monumental, de orna- 
mentación más prolija y rica que razonada: sus alarifes ó animes^ 
atendiendo más á la pompa y lucimiento que á la solidez, añadían 
á los ladrillos de colores y barnizados que habían empleado los 
árabes, los relieves de yeso y estuco pintados y dorados, con- 
vertían en menudos y delicados festones de la misma materia 
los grandes lóbulos de fábrica con que sus antecesores habían 
embellecido los arcos, daban á estos más esbeltez rompiendo 
sus claves en forma ojival é introduciendo los arcos de ojiva 
túmida que dan á sus fábricas tanta elegancia y ligereza; y por 
fin preludiaban con el empleo de las bovedillas estalactíticas el 
desarrollo de la caprichosa, galana y fantástica arquitectura 
granadina. 

Supla el lector de buena imaginación con estas ligeras no- 
ciones la lastimosa falta de datos en que nos hallamos respecto 
de la decoración y ornamentación de la famosa obra de Yusuf 
y Yakub (i), y figúrese embellecido con este rico atavío del 
arte mahometano del segundo período un edificio de las condi- 
ciones siguientes. Al gran rectángulo de la mezquita propia- 
mente dicha, dirigido de norte á mediodía, precedía á la parte 
del septentrión un espacioso atrio, rodeado de claustros ó pór- 



(i) De las dimensiones y forma de la mezquita principal de Sevilla después de 
restaurada por los Almohades, muy poco puede conjeturarse habiéndose perdido 
la traza de la catedral antigua. A las conjeturas de Morgado y Zúñiga, fundadas en 
los trozos de arquitectura sarracena que se dejaron subsistir y en las curiosas no- 
ticias del archivo que gozaron, podemos hoy añadir las que nos ofrece la historia 
del arte islamita, ya mejor conocido que en tiempo de aquellos escritores. 



SEVILLA Y CÁDIZ ^43 



ticos por las tres bandas de norte, levante y poniente. Otro pa- 
tio había á la parte de oriente del templo, cercado con las ofici- 
nas y viviendas de los alfaquíes. El interior de la mezquita 
ofrecía una serie de naves paralelas tendidas de norte á sur y 
formadas de sendas arquerías, cuyo juego estribaba sobre co- 
lumnas de mármol, reliquias de fábricas romanas, cubierta cada 
nave con su artesonado de madera labrada y pintada. Al sur de 
este edificio principal estaba el Mihrab ó santuario, que los 
árabes andaluces colocaron constantemente en esta dirección 
por no infringir la tradición de los musulmanes de Siria, si bien 
la razón de ella había dejado de serlo en las tierras de Occi- 
dente, donde no miraba ya á la Meca, estando fijo al mediodía, 
el lugar de la adoración. A este santuario precedía un vestíbulo, 
llamado ;?^^/'i'?/;W/, recinto suntuoso y reservado que por los tres 
lados de oriente, norte y poniente, comunicaba con las naves. 
Era la maksurah un lugar privilegiado, cerrado en contorno por 
una especie de cerca ó verja labrada por ambos haces interior 
y exterior: este lugar era solo accesible al Imam y á los ulemas, 
alkhatibes, almocríes y otros ministros del templo. En la mezqui- 
ta de Córdoba la maksurah era una de las partes más bellas del 
edificio, porque estaba dividida en tres secciones, cada una de 
las cuales formaba un recinto casi cuadrado coronado por una 
elegante cúpula, y todo su cerramiento era de caprichosas y 
fantásticas arquerías destacadas sobre un fondo de peregrina 
labor mosaica ; pero en Sevilla no se sabe qué disposición tenía. 
Tampoco consta si, á la manera de algunas mezquitas africanas, 
presentaba la de Sevilla varios santuarios ó mihrabs^ ó bien 
tenía uno solo; ni si el interior del templo estaba dividido en 
cuartos ó secciones destinadas á separar la gente por clases y 
sexos durante la celebración de las ceremonias religiosas. En el 
mihrab se conservaba el libro del Koran, y de consiguiente era 
el lugar decorado con mayor lujo. Cerca de este santuario es- 
taba el mimbar, pulpito donde hacía sus rezos el Sultán ; solía 
estar adornado con dos banderas, y se colocaba siempre dentro 



444 



S E V 1 L L A Y C A D I Z 



de la maksiirah. En frente del mihrab había una tribuna {Jclmtbe) 
desde donde el Imam predicaba al pueblo, y una especie de 
palco cuadrado, en el cual se situaba el que repetía el llama- 
miento á la oración que se había hecho por fuera desde los al- 
minares. En medio del atrio ó patio que precedía á la mezquita 
por el lado del norte, había una gran fuente con su cúpula, y en 
sus cuatro ángulos otras tantas bóvedas ó cisternas que servían 
de baños para las abluciones (i). Poblaba este patio gran espe- 
sura de naranjos, palmas y otros árboles, así como el otro pa- 
tio que caía, según hemos dicho, á la parte de oriente, estaba 
plantado de olmos, que le dejaron su nombre (2). Tenía el 
edificio puertas en sus tres fachadas. Es probable por último 
que no faltaran en la gran mezquita de Yusuf y Yakub las cons- 
trucciones accesorias, de tan variado número y extensión, 
que había anejas á los otros templos mahometanos de Asia y 
Egipto. Generalmente se destinaba en las mezquitas un lugar 
retirado, especie de jardín [raud/id] plantado de cipreses, para 
colocar en él el ¿urbe ó sepulcro del fundador: y era raro el 
edificio religioso donde no hubiese además madrisas ó escuelas 
para los pobres, carvaseras y hospitales para los peregrinos y 
enfermos, bibliotecas para la gente estudiosa, baños, abrevade- 
ros, establos y otras dependencias, sostenidas con los legados y 
limosnas de los musulmanes poderosos y timoratos. 

Pero la construcción más notable de todas las adyacentes al 
cuerpo de la mezquita de Sevilla era su famosa torre que llamamos 
vulgarmente la Giralda. Este precioso alminar viene á ser hoy 
uno de los más interesantes modelos del segundo estilo sarra- 
ceno, mal llamado de transición. Su planta es cuadrada: dicen 
que en sus cimientos enterró el arquitecto de Yakub ben Yusuf 
preciosos fragmentos del arte romano arrancados por las inju- 
rias del tiempo y de las invasiones á los monumentos de la an- 



(i) Zúñigci dice que, aunque cegadas, se reconocían en su tiempo sus entradas. 
(2) El nombre de patio ó corral de los olmos duró hasta la construcción de la 
nueva Capilla leal, de que hablaremos á su tiempo. 



= SEVILLA 




La Giralda 



SEVILLA Y CÁDIZ 



445 



tigüedad. El cuerpo inferior es de sillares; todo lo demás de 
ladrillo. El espesor del muro en la base es de nueve pies, y au- 
menta gradualmente á medida que la construcción va subiendo, 



SEVILLA 




CATEDRAL, — Pl ekta lateral 



de modo que la capacidad interior se vá estrechando y acaba 
por formar una especie de bóveda. Ocupa el centro de la torre 
un eje ó machón de robusta fábrica, que consolidando el edificio, 
sirve de apoyo á treinta y cinco rampas ó pendientes sostenidas 



446 SEVILLA Y CÁDIZ 



en bóvedas de ladrillo, por las cuales se pudiera cómodamente 
subir á caballo hasta la plataforma. El uso de estas rampas ó 
planos inclinados fué introducido por los artistas del Bajo Im- 
perio. En Rabat, Marruecos y Túnez hay torres semejantes á 
esta de Sevilla: los famosos campanarios de la catedral de Tor- 
cello y de San Marcos de Venecia ofrecen exactamente la misma 
planta y disposición; sólo su ornamentación es más pobre. Com- 
parando estos diversos edificios entre sí, pero con poca crítica, 
han llegado algunos eruditos á asignarles á todos un origen común, 
y han fijado en Constantinopla el tipo de las torres de Venecia 
y Sevilla, construidas en época en que sarracenos y venecianos 
mantenían relaciones frecuentes con los bizantinos (i). — Rompen 
el macizo de los muros en las cuatro fachadas del alminar sevi- 
llano, ventanas y ajimeces que siguen la dirección de las rampas, 
y marcan de consiguiente alturas distintas en cada fachada, mo- 
tivando de este modo una amena variedad en la decoración, no 
obstante homogénea, del conjunto. Unas ventanas presentan el 
arco ultrasemicircular, otras el ojival exornado con caprichosos 
angrelados que fingen graciosos festones. Los ajimeces están 
encerrados en arcos ornamentales de fantásticas curvas, y los 
adornos de delicada axaraca que los flanquean presentan seg- 
mentos de arcos que se enlazan remontándose y formando como 
celosías dispuestas para cubrirse de trepadoras enredaderas. 
Suponen algunos que desde la plataforma se levantaba un se- 
gundo cuerpo piramidal (2); pero no hallamos ningún docu- 
mento antiguo que lo abone; lo único que dice la Crónica del 
rey don Alonso el Sabio es que sobre el cuerpo principal que 
acabamos de describir había otra tori'e de ocho brazas, de gran- 
de maestría, é á la cima della quatro manzanas redondas, una 
sobre otra, de tan gran obra é tan grandes, que non se podían 
facer otras tales, üe este majestuoso y bello* remate nos deja la 



(i) V. á Batissif.r. Del estilo árabe en Eapañci. p. 431 
(2) Id. ibid. 



SEVILLA Y CÁDIZ 447 



misma Cj'ónica de España colegir las siguientes noticias. Del 
último cuerpo de fábrica se levantaba en el centro un perno ó 
espiga donde estaban como ensartadas cuatro bolas ó manzanas 
doradas, que iban gradualmente disminuyendo de diámetro. La 
inferior y más gruesa era de tal tamaño, que cuando la trajeron 
á Sevilla no pudo caber por la puerta, y tuvieron que romper 
esta y ensanchar la entrada. Su labor formaba doce gruesas 
canales, cada una de cinco palmos de anchura, y era tal su bri- 
llo, que cuando la hería el sol se veía resplandecer á más de 
una jornada de distancia (i). El artífice que hizo esta manzana 
y la colocó en lo alto de la torre, mereció que su nombre pasara 
á la posteridad en los escritos del sabio historiador Abdel Ka- 
lín : llamábase Abú-el-Layth y llevaba por sobrenombre el Siki- 
¿i, que le designa como natural de Sicilia. 

Además de esta torre tenía la mezquita á la banda de po- 
niente otra que había pertenecido á la cerca antigua de la ciu- 
dad, y que permanecía en pié con el nombre de ¿orre de san 
Miguel cuando el docto Zúñiga escribía sus Anales. Nada po- 
demos hoy decir de su estructura, ni conjeturar por consiguiente 
si era, como el citado analista se inclina á creer, de época ante- 
rior á la irrupción sarracena, ó bien construcción arábiga. Uno 
y otro origen son posibles, porque si la primitiva catedral del 
tiempo de san Isidoro estaba contigua al muro de la ciudad, 
bien pudo aquella torre formar parte de este muro, que visible- 
mente continuaba por la calle de la Borceguinería hacia donde 
estaba la puerta de la Carne: y si su construcción fué sarra- 
cena, nada se opone por cierto á que la mezquita de Sevilla tu- 
viese más de un alminar, no habiendo entre los musulmanes ley 
ninguna que limite su número. La única regla sobre este parti- 
cular era que no pudieran tener cuatro alminares sino las mez- 
quitas de fundación imperial: y que estas torres entre los 



(O En los sellos anliyuos cíe Sevilla, qLic llevan en el reverso la imagen de la 
ciudad, se ve el aspecto que tenia la torre con aquellas manzanas. 



44^ SEVILLA Y CÁDIZ 



Schiitas estuviesen pegadas á los templos, y entre los Sunnitas 
separadas de ellos (i). 

Á la mezquita principal que tan ligeramente acabamos de 
describir, seguían otras menores, cuyo recuerdo oscurecen en 
parte las transformaciones que la misma piedad cristiana ha he- 
cho sufrir á las parroquias erigidas en ellas desde el tiempo de 
la reconquista. 

Donde se levanta hoy la iglesia colegial de San Salvador, 
había ya antes de reinar los Almohades una mezquita, que con- 
servaron después los moros mudejares hasta los días del arzo- 
bispo don Fernando Tello. Existía la tradición de que el alminar 
de esta mezquita fué construido con los materiales del templo 
en que estuvo el sepulcro de San Isidoro, desmantelado por los 
agarenos, y que en castigo de tan punible profanación hizo Dios 
que nunca pudiesen desde él convocar al pueblo á la azala los 
alfaquíes y almuédanos, porque perdían el habla cada vez que lo 
intentaban. Nada que se refiera á tal conseja se halla en los au- 
tores árabes; al contrario, en la parte interior de la moderna 
torre exi-ste una lápida de mármol blanco, en la cual, al propio 
tiempo que se consigna que el alminar antiguo fué obra de un sul- 
tán Abbadita, se expresa que la parte superior de este alminar, 
arruinada por un terremoto en la noche del domingo, primer 
día de la luna de Rabié primera del año 472 (1080 de J. C), 
fué mandada restaurar para que el llamamiento á la oración no 
quedase interrumpido (2). Este templo conservó la forma de 
mezquita hasta el año 1669, en que, amenazando ruina, fué de- 
rribado, dejando solamente subsistir algunos de los trozos más 
robustos de sus paredes. Entonces fué demolida la zoma ó torre 
árabe, que había quedado resentida de resultas del gran terre- 
moto del año 1396. 



(1) V. al citado Batissier: Arquitectura musulinanci. — Mezquitas, pág. 41 i ; y 
á MoRiEK, Voyage en Perse, t. II, p. 62, not. 1. 

(2) Han publicado la versión de este curioso monumento epigráfico árabe los 
Sres. Gayangos y Ríos, aquél en el tomo II del Memorial histórico esf>añol (p. 39O), 
y este en su libro de Inscripciones árabes de Sevilla (p. 105). 



SEVILLA Y CÁDIZ 449 



Eran también mezquitas en tiempo de los Almohades los 
edificios que fueron luego consagrados en iglesias parroquiales 
bajo las advocaciones de San J^tian BaiUista, Santa Marina, 
San Esteban^ Santiago, Santa Catalina, San ytilián, San Ilde- 
fonso, San Vicente, San Andrés, San Lorefiso, San Marcos, 
San Bartolomé, Santa Cmz, y Santa Maria de las Nieves, ó la 
Blanca. De estos edificios, algunos ya no existen: la parroquia 
de Santa Cruz, por ejemplo, fijé destruida durante la invasión 
fi-ancesa del presente siglo; pero la mayor parte de ellos con- 
servan, cuál su alminar ó torre, cuál su pequeño nnhraó, en que 
hasta ahora nadie había reparado; cuál por último otros rasgos 
y caracteres de su primera destinación, que en vano han preten- 
dido borrar las refi^rmas y restauraciones de las épocas sucesi- 
vas, y que sirven admirablemente para confirmar y robustecer 
la vaga idea que recoge y transmite la tradición. 

San Juan Bautista. — Acerca de este edificio se ha escrito 
y se ha fantaseado mucho. Llámasele vulgarmente Sa7L Juan 
de la Palma, por uno de estos árboles que había en su plaza, al 
cual se refiere una conseja que quizá transcribiremos más ade- 
lante. La especie de que mientras fué mezquita tuvo la misma 
advocación, es absurda (i), y su único fundamento es una su- 



(i) Rodrigo Caro y Zúñiga lo aceptaron sin el menor escrúpulo, y sorprende 
en verdad esta falta de crítica en aquellos tan doctos historiógrafos. Caro en sus 
Antigüedades atribuye á un cierto sacerdote maronita, llamado Sergio, esta tra- 
ducción de la lápida conservada en San Juan : Este es el gran templo de San Juan, 
el cual reedificó AxataJ] rey de Sevilla, por mandado del gran Miramamolin, el cual 
fué dotado de su primera hacienda por Mulei Almanzor, rey de Ecija; y esto fué en 
los años de 1020 habiendo una gran pestilencia en España. Y como si no fuera bas- 
tante disparatar el suponer todos los anacronismos y demás errores que se des- 
prenden de semejante traducción, advierte que esta interpretación sumaria de 
Sergio fué luego explanada á su instancia por un cierto Juan Bautista, árabe de 
nación, de quien se valía el Santo Oficio como intérprete ; y la explanación que 
inserta nada absolutamente tiene que ver con la traducción sumaria ni en cuanto 
á los nombres, ni en cuanto á las fechas, ni por lo que hace al asunto. Zúñiga en 
sus Anales siguió servilmente á Caro ; pero ya su anotador Espinosa y Carzel, en 
la edición que dio á luz en 1795, advierte la disonancia de ambas versiones. 

Tenía verdaderamente desgracia la inscripción de San Juan de la Palma: don 
José Antonio Conde, que para su Historia de la dominación de los'drabes e?i España, 
había reunido diferentes inscripciones, dejó á su muerte entre otras la que es ob- 

57 



.} 50 S E V I L L A Y C Á D I Z 



perchería fraguada en tiempo de Rodrigo Caro sobre la inter- 
pretación de la leyenda cúfica esculpida de relieve, en mármol, 
que existió en uno de sus muros. Lo único que de esta ins- 
cripción se deduce es, que donde está hoy la parroquia de San 
Juan hubo en tiempo de los Abbaditas una mezquita, objeto de 
devoción de la madre de Arrashid Abulhosein, hijo de Almotá- 
mid Alailláh Abulcásim Mohammed ben Abbad, príncipe here- 
dero del reino de Sevilla, á la cual hizo añadir una zoma ó almi- 
nar aquella augusta señora por medio del wazir y katib 
Abulkasem ben Battáh en el año 1086 (478 de la egira). De 
aquella mezquita ¿qué resta? Difi'cil sería responder á esta pre- 
gunta. Las parroquias antiguas de Sevilla, y de casi toda la 
Andalucía, ofrecen como las de Córdoba (i) la planta de las 
primitivas basílicas, y su perfecta orientación es constante. Esta 
circunstancia excluye desde luego la idea de edificación mahome- 
tana ; pero como en muchos casos las mezquitas se establecieron 
en basílicas cristianas que ya existían, sin demolerlas, con la sola 
modificación de despojarlas de todo su simbolismo, y de cambiar 
sus ejes de manera que el largo se convirtiese en ancho, y vice 
versa, era frecuente la amalgama de los dos artes latino-bizanti- 
no y sarraceno en esta clase de edificios, en alguno de los cua- 
les observamos la conservación hasta nuestros días de los pe- 
queños miJirabs ó santuarios construidos por los sectarios del 



jeto de esta nota. El bibliotecario de S. M. don francisco Antonio González, encar- 
gado á la muerte de aquel distinguido orientalista de revisarlas y confrontarlas, 
fuese por ligereza ó por falta de conocimientos, destinó a la inscripción de San 
Juan de la Palma la página ^ i 7 del tomo 1, y la hizo corresponder á la versión de 
otra leyenda muy diversa esculpida en el mimbar de la mezquita de Fez. 

Don León Carbonero y Sol, distinguido catedrático de lengua árabe en la Uni- 
versidad de Sevilla, refutó en un artículo del periódico El Porvenir de aquella ca- 
pital, en Abril de 1853, las mencionadas interpretaciones, y dio la suya, muy se- 
mejante á la que nosotros publicamos, debida al docto orientalista don Pascual de 
Gayangos. Esta última salió á luz en un número del Semanario ^m/oresco de 1847. 
Posteriormente ha dado otra versión en sus Inscripciones árabes de Sjvilla el se- 
ñor don Rodrigo A. de los Ríos (p. 107). — Este curioso monumento epigráfico se 
conserva hoy en el Museo provincial. 

( 1 ) \'. el tomo de esta provincia. 



S E V I L L A Y CÁ DI 7. 45 I 



Profeta en la banda de mediodía, que es la que mira á su alqui- 
bla. Quizá nos atreveríamos á indicar como resto del templo 
muslímico en San Juan de la Palma la elegante aunque sencilla 
armadura de su techumbre, si no hubiéramos visto en otras pa- 
rroquias imitaciones de este género, de los siglos xiv y xv, que 
se confunden con las obras de carpintería de los mahometanos. 
El contexto de la inscripción árabe de esta iglesia, tan célebre 
ya por las apasionadas discusiones de que ha sido objeto, es el 
siguiente: En el nombre de Alá clemente y fniscricor dioso: la 
bendición de Alá sea sobre Mohammad sello de los profetas. La 
princesa augusta madre de Arraxid Abu-l-husayn Obaidallah, 
hijo de Almutam,ed álai-llah Almuyyad binasri-llah Abu-l-kásim 
Moham,7nad ben-Abbad, haga Alá duradero su imperio y pode- 
rio asi como la gloria de ambos (el padre y el hijo), mandó le- 
vantar esta azoma en su mezquita [gue Alá conserve^ esperando 
la abundancia de los premios ^ y se acabó la obra con el auxilio 
de Alá por m,ano del wazir y katib el am,ir Abti-l-kasem ben 
Battáh f/séale Alá propicio!), en la luna de Xaabén del año 478. 
Santa Marina. — Una antigua tradición (i) supone que este 
templo fué construido por los visigodos en el siglo vii, antes 
por consiguiente de la irrupción sarracena. De haber sido mez- 
quita tiene inequívocos caracteres en su torre, á pesar de haber- 
la desfigurado modernamente intentando adornarla en su rema- 
te con azoteas de pésimo gusto. Afortunadamente se conservan 
los graciosos arcos angrelados de ladrillo que embellecieron 
aquella parte de la construcción cuando fué enhiesto alminar, y 
labores de la misma especie se advierten en el paramento exte- 
rior del muro de la derecha de la iglesia. Para decir si es ó no 
obra sarracena la techumbre de madera que la cubre, sería ne- 
cesario examen más prolijo que el que á nosotros nos fué per- 
mitido. — Un joven anticuario sevillano (2), concienzudo explo- 



(i) V. á Zúñiga, año 1261 — n.° 9. 

(2) El Sr. D. José Gestoso y Pérez, en su interesante aunque conciso libro Gwía 
artística de Sei'ílla, p. 2 i . 



-j52 SEVILLA Y CÁDIZ 



rador de las reliquias del arte mahometano en los monumentos 
arquitectónicos de su ciudad natal, señala como restos de la an- 
tigua mezquita en Santa Marina tres de sus capillas, en una de 
las cuales hay arcos sostenidos en capiteles romanos corintios. 
El empleo de tales capiteles es tan propio de la arquitectura 
visigoda como de la árabe de la primera época. 

San Esteban. — El afamado analista que nos sirve de indi- 
cador, ya que no de guía completamente seguro en la escabrosa 
tarea en que acabamos de entrar, nos dice que antes que san 
Esteban se reedificase, se conocía que había sido mezquita. Nos- 
otros añadiremos que esto se conoce todavía en la puerta de 
arco de herradura que existe en una de las fachadas laterales 
de la iglesia (i). 

Santiago. — También este templo era mezquita, pero fué 
reedificado como el de san Esteban y no quedó entonces nin- 
guna reliquia de aquella antigua destinación. 

Santa Catalina. — Se han perdido lastimosamente las cu- 
riosidades y casi toda la edificación arábiga de esta antigua 
mezquita, y del manuscrito de Ambrosio de Morales que las 
insinuaba (2) no tenemos noticia; pero en cambio se conserva 
casi intacta su preciosa torre. Diríase que los cristianos no han 
hecho más que poner campanas en las ventanas de su cuerpo 
alto, derribando ó desmochando su coronación. De las dos 
zonas en que se divide este mutilado monumento del arte 
mauritano, la inferior presenta angrelados entrelazados y ajime- 
ces ornamentales, en que alternan el ladrillo común y los azule- 
jos, produciendo la más bella y pintoresca combinación. En la 
segunda zona no hay más que una espaciosa ventana de ojiva 
túmida en cada cara, encerrada en su recuadro ó arrabá, y á 



(1) No comprendemos cómo á la diligencia del Sr. destoso y Pérez se ha hur- 
tado tan precioso vestigio del arte árabe, que es el recuerdo más notable del pri- 
mitivo destino de este edificio. 

(2) ZúÑiGA, loe. cit. 



SEVILLA 




Interior de la Catedral 



SEVILLA Y CÁDIZ 



4S3 



estas ventanas se han adaptado con visible violencia los bronces 
que en nuestra religión suplen á las voces de los ministros del 
culto para convocar á la oración al pueblo, porque en alguna 
de las cuatro caras se ve roto y desfigurado el arco que recibe 
el eje de la campana. 



SE\"ILLA 



San Julián. ^ — Esta igle- 
sia, denominada san Illán 
en el repartimiento de Se- 
villa por san Fernando, fué 
mezquita habilitada sobre 
los restos de un templo vi- 
sigodo. En el mismo caso 
se encuentra 

San Ildefonso, reputa- 
da una de las primitivas 
iglesias de los cristianos de 
Sevilla, robusteciendo esta 
tradición el hecho notable 
de haber existido en ella 
hasta el año 1Ó49, al pié 
del altar de Nuestra Seño- 
ra del Coral, el sepulcro 
del presbítero Saturnino, 
contemporáneo de san Isi- 
doro , que falleció en el 

primer tercio del siglo vii (A. D. ó 19) (i). No es el templo ac- 
tual de san Ildefonso el que conocieron Ambrosio de Morales, 




CATEDRAL. — \eria del Altar .mayor 



(i) \'ieron su lápida sepulcral Ambrosio de Morales, don Pablo de Espinosa y 
otros varones dignos de fe. Desgraciadamente se extravió en el referido año i 64 q 
en que fué removida, por la gran prisa de abrir sepulturas que hubo durante la 
peste que castigó á la ciudad aquel año. según atestigua Zúñiga. El epitafio gra- 
bado en ella decía : 

Satín ninus presbyier famulus Dei vixit 
anuos plus inínus LIU. Recessit in pace. 
Subd. II id. Novemb. Era DCLVll. 



( S 4 S E V : L L A Y C Á D I z 



Espinosa y Zúñiga, que aquel se arruinó afines del siglo pasado 
(en 1794), y en el actual buscaría en vano la codiciosa mirada 
del anticuario algún leve vestigio del arte visigodo ó mahome- 
tano. Su carácter greco-romano de receta, sus jónicas pilastras 
de yeso blanco, su tabernáculo de jaspes de insípido gusto 
moderno, todo contribuye á alejar de aquel recinto la esperanza 
de cualquier mediano hallazgo artístico. Y sin embargo, hay 
una imagen en el altar que hace fondo á la nave colateral de 
mano izquierda, que como irresistible imán atrae y fija la vista 
de cualquier viajero medianamente avezado á los encantos del 
arte. Esta imagen, que es la de la mencionada Virgeii del 
Coral^ ha de recibir por su dulzura y belleza secreto é involun- 
tario culto de cuantos hayan tenido ocasión de verla una vez. 
Piadosas tradiciones, consignadas en la historia escrita por la 
devota Hermandad que la festeja, aseguran que por los años 340 
ya se la tributaba culto, sin que se pueda averiguar su principio. 
Muy remota es por cierto la fecha que á la preciosa imagen 
asigna la piedad, notoriamente propensa á exagerar la antigüe- 
dad de los objetos de su veneración. Pero ciertamente la pintura 
de Nuestra Señora del Coral es muy primitiva. Está ejecutada 
sobre un cañizo que en el antiguo templo se hallaba adherido al 
muro (i): sus proporciones son gigantescas; su dibujo, su dis- 
posición, los adornos é incrustaciones de sus paños, la manera 



(i) En un poste de la iglesia actual se lee esta inscripción : «.1 mayor gloria de 
Dios. — En el año //C)4 se arruinó el templo antiguo de esta iglesia de san Ildefonso .• 
en Noviembre del mismo se trasladó Su Majestad á san Xicolds : la imagen antiquí- 
sima de yira. Sra. del Coral, venerada según tradición hace 14 siglos en este tem- 
plo, pintada sobre un cañizo de cañas en la pared, quedó en la calle hasta el año rSoj 
dja 2 dejulio^ que se trasladó al hueco de la pared nueva donde se conserva. El ar- 
quitecto que hizo los planos y dirigió la obra y traslación Jué don José Echamoros. 
En 1804 sntró de cura don Matías Espinosa, que d poco Jué director de la obra, y á 
su celo y esfuerzos en procurar la cooperacióti de los fieles, se debió que en enero 
de 1806 se trasladara á Su Majestad, sirviendo de parroquia la nave del Coral, y 
que continuando su infatigable solicitud quedase á su fallecimiento casi concluida... 
En )i de octubre de 1841. siendo arzobispo de esta diócesis el Emmo. y Excmo. señor 
Cardenal don Francisco Javier Cien/uegos y Jovellanos. precedida bendición del 
templo, se celebró función solemne y la primera misa en su Tabernáculo de jaspes, 
construido por José Barrado.i> 



SE V I L L A Y c Á n I z 455 



con que está plegada, la magnitud de sus ojos y lo afilado de 
sus manos, todo nos recuerda los caracteres comunes de las más 
antiguas y bellas imágenes bizantinas. Que debió haber algunas 
de estas imágenes en la primera ciudad de Andalucía en los 
tiempos que mediaron desde Justiniano hasta san Isidoro, parece 
cosa indudable ; que alguna se haya conservado y por diferentes 
causas perdido el prestigio de su remota antigüedad, no repugna 
tanto, que deba sin maduro examen rechazarse (i). 

San Vicente. — Antes de ser mezquita de moros fué iglesia 
de cristianos; pero no consta su advocación, por ser cosa de- 
mostrada que la antigua basílica de san Vicente del tiempo de 
san Isidoro, era la catedral, donde luego edificaron los sarrace- 
nos su mezquita mayor. No hay en la actualidad en este templo, 
ni en su maciza torre cuadrangular de ladrillo, resto alguno 
visible del arte mauritano. 

San Andrés. — Esta iglesia, aunque desfigurada por las 
casas y edificios accesorios que se le han agregado, es una de 
las que más denotan haber servido de mezquita á los sarracenos, 
siendo luego otra vez restituida al verdadero culto. Lleva en su 
exterior el sello de aquella arquitectura mixta que marca la 
coexistencia de los tres artes bizantino, mauritano y románico- 
ojival ; pero su señal más evidente de haber sido templo sarra- 
ceno en tiempo de los árabes y almohades es el mihrab ó san- 
tuario que en él se advierte á la parte que mira al mediodía, 
formando por de fuera una torrecilla que lleva su corona de 
almenas endentadas, distintivo de las construcciones sagradas 
entre los mahometanos, y su pequeña cúpula que apenas se deja 
ver no subiendo á la terraza de la iglesia. El ser esta torrecilla 
de construcción sarracena, el ocupar su hueco interior en la 
banda del mediodía de la iglesia el lugar mismo que en las 



(i) M. Standish, en su libro Seville and its vicinity. sin decir de dónde tomó 
la noticia, refiere que esta imagen fue ejecutada en el año ó i 2 por un piadoso 
monje, ignorante del dibujo, en quien la fervorosa y tierna devoción suplió la 
falta de! arte. Añade que la antigua iglesia fué consagrada á san Bartolomé. 



^ St) SEVILLA Y CÁDIZ 



mezquitas ocupaba el santuario ó adoratorio, y por último el no 
tener explicación ninguna en la planta del templo cristiano este 
pequeño miembro arquitectónico pegado ó adherido á la torre 
de las campanas, nos parecen razones bastantes para justificar 
una conjetura que, por lo mismo que fuimos los primeros en 
formularla hace treinta y un años, no debimos aventurar con 
plena seguridad. En idéntico caso se encuentra 

San Lorenzo, donde también hicimos observar en el costado 
de mediodía la mencionada torrecilla coronada de almenas en- 
dentadas y cúpula, sin aplicación alguna á las necesidades del 
templo cristiano. Los que califican de mudejar esta edícula, no 
sabrían dar razón de su uso. Pero en esta iglesia hay además 
otros vestigios del arte islamita. La torre principal, que es una 
masa cuadrangular pesada, toda de ladrillo, está dividida en dos 
cuerpos: en el inferior, y sobre una puerta que se conoce hubo 
allí en lo antiguo, se advierte una pequeña ventana de herra- 
dura, á medio tapar; en el superior hay varias ventanas grandes 
de la misma forma, en la fachada principal completamente tabi- 
cadas, y convertida una de ellas en angosto tragaluz ojival, 
prueba evidente de una restauración hecha después de la 
reconquista en el antiguo edificio mahometano (i). Se equivocó 
evidentemente el erudito Zúñiga al afirmar que este templo de 
san Lorenzo nada tiene que suponga mayor antigüedad que la 
de nuestra conquista (2). El propio error cometió respecto de 

San Marcos, que es por varios conceptos uno délos templos 
más interesantes de Sevilla. Entre las cosas que en él ofrecen 
más materia de estudio, debemos notar la concurrencia de dos 
estilos, semejantes hasta el punto de confundirse uno con otro, 
y sin embargo, de épocas distintas, como son el mauritano que 



(i) En este templo se halla la famosa imagen de Nuealra Señora de Rocama,- 
mador á que tradiciones piadosas, pero infundadas, dan antigüedad del tiempo de 
los godos. Es bellísima y devota pintura, pero en nuestra humilde opinión no an- 
terior al siglo XIII en que se extendió por España la devoción á las imágenes de 
esta advocación, como en su lugar oportuno diremos. 

(2) Ancil .V\h.\\. año i26i,n.°Q. 



SEVILLA Y CÁDIZ 457 



practicaban los almohades, y el de los moros mudejares, poste- 
rior á la reconquista. La portada de la iglesia de san Marcos 
pertenece á este segundo estilo, mezcla bizarra y graciosa de 
dos artes de opuestas procedencias y fundidos como las costum- 
bres de las dos civilizaciones de Oriente y Occidente, que ellos 
caracterizan en los siglos xiii y xiv. Basta observar el arco de 
entrada, el tejado sostenido en canes que le cobija, las tres es- 
tatuillas que ocupan su vértice y sus enjutas, en que se ve 
representado bajo toscas marquesinas el sagrado misterio de la 
Anunciación; basta ver la exornación semi-románica de aquella 
archivolta; los siete baquetones del intradós y los capiteles de 
las columnillas que forman como su continuación bajo la imposta 
en que descansa la grande ojiva, para reconocer desde luego 
que la ancha faja de arcos angrelados ornamentales que sirve 
de friso á esta graciosa portada, es, por decirlo así, la firma 
autógrafa de artífices moros empleados en tiempo de don 
Fernando el Santo ó de sus inmediatos sucesores en la restau- 
ración de este templo. Anterior en fecha su torre, presenta 
el estilo mauritano puro, sin mezcla alguna de rasgos tomados 
á la arquitectura cristiana de Occidente. Asegúrase que fué 
construida como un ensayo para levantar la Giralda; pero sobre 
no tener semejanza exterior con aquella más que en el estilo, 
puesto que en la distribución del ornato es de todo punto dife- 
rente, su disposición interior nada ofrece de análogo á la de la 
famosa torre de Yakub. La torre de san Marcos se asemeja en 
su planta á las de santa Catalina y otras que hemos nombrado, 
del tiempo de los Almohades, que, aunque probablemente con- 
temporáneas de la Giralda, tienen muy poco de común con ella 
por lo tocante á la estructura. 

Fueron también mezquitas antes de la conquista de Sevilla 
por san Fernando, las iglesias actuales de sa7i Bartolomé y san- 
ta María de las Nieves ó la Blanca, y la antigua de Santa 
Críiz demolida por los franceses á principios de este siglo. 
Habían morado entre árabes y moros los judíos desde que cayó 



458 SEVILLA Y CÁDIZ 



España bajo el cautiverio del Islam. Tenían su barrio aparte 
dentro de la ciudad, y con más razón habían de vivir separa- 
dos después de restituida ésta al imperio del cristianismo. 
Entonces asignó el rey don Alonso el Sabio para Aljamía de los 
hebreos, ó Judería, las tres mezquitas citadas, y por esta cláu- 
sula del repartimiento nos consta hoy su origen. Un escritor 
extranjero que vivió largo tiempo en Sevilla (i) y que por lo 
tanto debía estar regularmente informado de las cosas de esta 
ciudad, aseguraba que la iglesia parroquial de san Bartolomé 
conservaba su antigua forma, faltando sólo en ella las leyendas 
hebraicas. Pero nos parece esto mera ilusión del citado escritor, 
porque todo en este templo es moderno (2). Otro tanto puede 
decirse de Santa María la Blanca^ en la cual nada hay abso- 
lutamente que recuerde ni su primitiva dedicación ni su aplica- 
ción al culto israelita. De la de Santa Cruz antigua ¿qué po- 
dremos decir no habiendo dejado de ella los franceses invasores 
piedra sobre piedra? Hallábase contigua al muro que corre des- 
de la que fué puerta de la Carne hacia el Alcázar, y lleva como 
triste recuerdo el nombre á^ plazuela de Santa Cruz aquel lu- 
gar de bárbara devastación (3). 



(i) El citado Standish en su Seville and ils viciniiy. 

(2) En una de sus notas á los anales de Zúñiga dice en electo don .Antonio Es- 
pinosa y Carzel que la Iglesia de san Bartolomé se derribó por amenazar ruina. 

(3) Al demolerse la antigua iglesia de Santa Cruz fué la parroquia trasladada 
á la iglesia de los Venerables, y posteriormente á la que había sido de clérigos 
menores, en cuyo convento vivieron en la feliz época denominada siglo de oro al- 
gunos varones de grande ingenio y sabiduría : entre ellos cita el señor Ríos en su 
Sevilla pintoresca al delicado poeta Pedro de Quirós. autor de los madrigales más 
bellos que se han escrito en lengua castellana. 



CAPITULO XXII 



De otras construcciones del mismo tiempo. — Término de la dominación 

islamita 





las construcciones religiosas se agregaban las 
civiles y militares para hacer de la corte de los 
Almohades una de las capitales más intere- 

'■9 

santes y bellas de España. Créese que los 
'^' sultanes abbaditas, almorávides y almohades tuvie- 
ron todos suntuosos alcázares ó palacios: consta 
que donde está hoy el convento de religiosas de 
san Clemente existieron los alcázares de Bzó- 
RageL y reconocen los modernos arqueólogos sevillanos que 
hubo otros donde descuella hoy el soberbio alcázar del rey don 
Pedro, de que trataremos más adelante. 

Tenían algunos por obras de arquitectura sarracena la casa 
llamada de Olea, en la calle de la botica de las agzias, y otra 
parte de casa particular que aún se conserva en la calle de los 
Abades. Tal opinión era errónea: el precioso salón de la casa 
de Olea y sus piezas adyacentes son de seguro obra de artífices 



4Ü0 S E V I L [. A Y CÁDIZ 



mudejares, de aquellos que en el espacio del siglo xiii al xv la- 
braban en Andalucía según el refinado estilo morisco, tan deli- 
cado y prolijo en la ornamentación de estuco pintado y dorado, 
la mayor parte de las viviendas de los ricos-hombres. El arte de 
los moros almohades, si bien se observa comparándole con el 
de estos artífices mudejares, es menos primoroso, menos selecto 
en el ornato, ofi'ece menos regularidad racional y es, digámoslo 
así, más amanerado, como lo demostraría desde luego el para- 
lelo que podríamos hacer entre la decoración de la Giralda de 
Sevilla, obra conocidamente mauritana, y cualquiera de las par- 
tes ornamentales de la Alhambra, creación primorosa de artis- 
tas de sangre árabe-andaluza. Pero nos contentaremos con ma- 
nifestar que estas dos arquitecturas, la mauritana almohade, y 
la morisca que durante los siglos xiii, xiv y xv practicaron en 
los dominios de Castilla los mudejares, se diferencian principal- 
mente, desde el punto de vista estético, en que la primera des- 
cubre un gusto bastardo, que imita más que siente, y hace su- 
yas, violentándolas, formas que no le son propias; al paso que 
la segunda, cultivada por inteligencias en quienes es instintivo 
el sentimiento del bello ornato, no pierde nunca de vista el gar- 
bo, la gracia y la gallardía, y por lo mismo no cae jamás en la 
aberración. Aquella, en suma, revela al instante el esfuerzo del 
hombre bárbaro civilizado por el triunfo ; esta ofrece el carácter 
constante de las obras del hombre de gusto y sabio en todas las 
épocas de su próspera ó adversa fortuna ; ambas son la fiel ex- 
presión de la cultura en pueblos de orígenes y aptitudes dife- 
rentes. Nadie sin embargo ha analizado bien hasta ahora el arte 
de los Almohades, que, desapasionadamente considerado, po- 
dría tal vez servir de fundamento á una nueva teoría sobre el 
desarrollo de la arquitectura musulmana en España (i). 



(i) Es seguro que las innovaciones que caracterizan en los siglos xi y xii la 
arquitectura musulmana en España no pueden explicarse como demudación natu- 
ral del arte árabe del Califato y como una preparación ó transición al arte grana- 
dino, porque entre el estilo llamado secundario, que nosotros denominamos mau- 



SEVILLA Y CÁDIZ ^t»I 



Estas reflexiones nos conducirían á describir ahora el sun- 
tuoso Alcázar de Sevilla, si este famoso monumento en su ac- 
tual estado no perteneciese principalmente al estilo sarraceno 
practicado en el siglo xiv por los alarifes mudejares ; pero deben 
tenerse presentes para cuando lleguemos á esa época. En el 
actual capítulo sólo nos cumple señalar la fecha de su primera 
edificación y sus partes verdaderamente primitivas. 

Es fábula ya desacreditada la que atribuye á Abdalásis la 
erección de esta magnífica fortaleza y vivienda, pues según de- 
jamos indicado, lo probable es que la morada de aquel famoso 
y desgraciado gobernador estuviese en el Prado de Santa Jus- 
ta, en una iglesia que había allí entonces consagrada á santa 
Rufina. En Sevilla no tendrían los sarracenos ningún alcázar de 
grande importancia hasta que fué capital de un reino indepen- 
diente al fraccionarse el Califato cordobés. Entonces los Abba- 
ditas, tan dados al fasto y á la molicie, procuraron sin duda esta- 
blecerse de una manera digna de sus levantadas aspiraciones y 
formaron para sí aquella lujosa residencia que tanta admiración 
causó al africano Yusuf Ben Texfín. jefe de los Almorávides, 
por las delicias de todo género con que brindaba a sus felices 
habitadores. No se sabe de fijo dónde levantaron su palacio los 
fundadores de la dinastía de Ben Abbad, pero como verdade- 
ramente la situación de los alcázares actuales es la más favo- 
rable que puede ofrecer Sevilla para una vida cómoda y rega- 
lada, parece regular que lo verificaran en el paraje que ocupan 
estos. Robustece esta conjetura la circunstancia de conservarse 
en el vasto compuesto de construcciones heterogéneas que pre- 
senta el soberbio edificio, algunas partes que son reliquias evi- 
dentes de otra magnífica obra de arquitectura verdaderamente 



ritano. y los otros dos, árabe-oizantino y andaluz, en medio de los cuales florece, 
hay muy poca correspondencia: mientras que por otra parte es evidente que los 
monumentos sarracenos de Fez, Marruecos, Rabat y demás ciudades africanas de 
los reinados de Yusufben Texfín. Abdel Mumen ben Alí. Elmansur. Nasser, etc., 
ofrecían desde antes de la venida de los Almohades á España los principales ca- 
racteres del ornato generalizado en tiempo de éstos. 



462 SEVILLA Y CÁDIZ 

arábiga, y anterior de consiguiente á la venida de los africanos 
á Andalucía. Los Almohades borraron con la suya las huellas 
de la magnificencia de sus predecesores, á tal punto, que hoy 
es sumamente arriesgado decir qué partes de la complicada y 
tantas veces refundida máquina deben considerarse como tena- 
ces residuos de la construcción de los abbaditas. Lo son quizá 
las estancias en que campean como sostenes los arcos de herra- 
dura, fundándonos para creerlo así en el desuso casi completo 
en que esta especie de arco había caído bajo el influjo del arte 
mauritano. El famoso Salón de Embajadores ofrece una insigne 
muestra de tan antigua y respetable procedencia: su cuerpo 
inferior es de arcos ultrasemicirculares que involuntariamente 
traen á la memoria las graciosas arquerías de la mezquita de 
Córdoba (i). Las ricas columnas que los sostienen, y sus dora- 
dos capiteles, de orden corintio, esculpidos con delicadeza y 
frescura incomparables, — algunos de los cuales llevan esculpidos 
los nombres de varios califas de Córdoba como dato auténtico 
de su procedencia arábigo-bizantina, — contribuyen á aumentar 
esta semejanza. 

En este edificio tan complejo, resultado de las aglomeracio- 
nes y superposiciones de muchos artes diversos, es de dificultad 
suma el discernir los residuos de cada época. Parécenos sin em- 
bargo que puede servir de regla general para reconocer la obra 
del período más antiguo y propiamente árabe, ó abbadita, la 
cimbra ultrasemicircular, que tan gallarda y majestuosa hemos 
visto campear en el cuerpo bajo del Salón de Embajadores. 
Guiándonos por esta regla, atribuímos al propio período la vis- 



^i) Han negado resueltamente la antigüedad que nosotros atribuímos á la 
parte baja de este Salón de Embajadores los señores don José Amador de los Ríos 
y su hijo don Rodrigo, aquél en la monografía de las Puertas de dicho salón (S\///- 
Stio español de antigüedades, \..\\V), Y é^^Q en su citado libro de las Inscripciones 
árabes de Sevilla; pero es de notar que ni el padre ni el hijo han hecho otra cosa 
más que probar, con gran erudición y riqueza de datos por cierto, que así la orna- 
mentación de estuco de dicho salón como sus puertas de madera, son obra de ar- 
tífices mudejares : lo que nunca hemos negado nosotros. En igual defecto ha in- 
currido el señor Gestoso y Pérez por seguir á aquellos harto servilmente. 



SEVILLA 







:-ííFM¿S!!^Z^!^3SíOeSh&ií^Sif^^ 



Detalle de la Catedral 



464 SEVILLA Y CÁDIZ 



tosa arcatura ascendente de la angosta escalera que conduce 
desde el patio de entrada á la galería superior, y va á salir 
junto al mirador ó coro de la capilla; y los tres hermosos arcos 
sostenidos en bellísimos capiteles, que, como único resto de de- 
coración de una estancia abandonada, permanecen en una sala 
inmediata á la llamada del Príncipe. 

No nos es posible dar más pormenores acerca del Alcázar 
que habitaron los sucesores de Al-mahdí: las reconstrucciones, 
ensanches y modificaciones que en él se llevaron á cabo después 
bajo el reinado de don Pedro el Cruel, y aun en épocas poste- 
riores, fueron lentamente desfigurando la suntuosa morada de 
los sultanes hasta el punto de hacer imposible su restauración 
ideal. 

Por la misma razón es también muy aventurado señalar su 
antiguo perímetro, é indicar en los muros que le circuyen la 
parte de construcción sarracena que puede haberse conservado 
hasta nuestros días. El recinto de los Alcázares (tal es el nom- 
bre que á este palacio se da en la inscripción de su vistosa por- 
tada) es hoy irregular y muy vasto; pero aún era más extenso 
en los pasados siglos. Estaba todo él fortalecido con una robus- 
ta muralla, guarnecida á trechos de torres albarranas de planta 
cuadrangular, como las que todavía duran en su parte anterior 
y en toda la extensa línea que corre desde la plaza del Triun- 
fo, por la Lonja y \2. plaza de Santo Tomás, hasta ^ postigo del 
Carbón. Ocupando el ángulo que el extremo del mediodía déla 
ciudad forma con el río, la muralla de la población ceñía sus 
jardines por la parte posterior: \2. puerta de Jerez, hoy demoli- 
da, era su principal entrada, y esta muralla se prolongaba hasta 
sepultar su pié en las arenas mismas del Guadalquivir, donde á 
manera de calahorra descollaba la gruesa y robustísima torre 
que lleva el nombre de Torre del Oro. Esta fábrica, ya com- 
pletamente aislada, servía como de primer baluarte por el lado 
del río á la ciudad y al Alcázar juntamente, pues estando en 
comunicación con la muralla, por ella podía recibir en cualquier 



SEVILLA Y CÁDIZ 465 



asedio refuerzos de ambos presidios (i). Su estructura era pró- 
ximamente la que aparece en el dibujo que á esta descripción 
acompaña (2): fortaleza de dos cuerpos, cuya planta forma un 
polígono regular de doce lados, alzábase el segundo sobre el 
inferior á manera de esbelta almenara ó atalaya, desde cuyo te- 
rrado, despojado de la linterna y cupulino que hoy le afean, se 
registraban las dilatadas llanuras de una y otra parte de la ciu- 
dad. La decoración de arcos ornamentales y la coronación de 
almenas de ambos cuerpos, pertenecen al parecer á la edifica- 
ción sarracena ; pero no así la ancha escalera interior de la torre 
principal ni los espaciosos vanos que la dan luz. 

La Torre del Oro, hermosa por su forma, dice Zúñiga, fué 
hecha según se puede presumir para cerrar y defender el paso 
de Tablada al Arenal: créese que los adornos de azulejos que 
antes tenía, y que ha deshecho el tiempo, despidiendo rayos 
cuando la herían los del sol, le dieron aquel nombre, así como 
el de torre de la Plata á otra poco más retirada del mismo mu- 
ro (3), cuya brillante blancura semejaba tersa y bruñida plata. 

Sevilla, doloroso es decirlo, profesa muy poco respeto á sus 
antigüedades, y la manía de rivalizar con las ciudades modernas 
la hace despojarse paulatinamente del bello carácter monumen- 
tal que constituía su principal atractivo. Hoy los alrededores 
del Alcázar no presentan ya la misma fisonomía romántica que 
ostentaban hace veinte años: desaparecen las cosas antiguas y 
sus nombres, y pronto llegará el día en que no haya en la her- 
mosa reina del Guadalquivir quien recuerde lo que eran aquellos 
mudos pero elocuentes testigos de los gloriosos días de San 
Fernando. En nuestro primer viaje á Sevilla, describimos aquel 
cuadro de los contornos del Alcázar, entre interesante y melan- 
cólico, del modo siguiente (4): 



( 1 ) El trozo de muralla que unía la Torre del Oro con el Alcázar subsistió hasta 
el año 1821 en que la mandó derribar el Ayuntamiento. 

(2) Véase la lámina Torre del Oro. 

(3) Situada junto al postigo del Carbón, en la calle de Atarazanas. 

(4) Recuerdos y Bellezas de España : tomo de Sevilla y Cádiz, p. ?6o. 

59 



_j66 SEVILLA Y CÁDIZ 



«Al pié de la Torre del Oro vierte en el Guadalquivir el 
j> arroyo del Tagarete, uno de los tres que fertilizan el campo de 
«Tablada, extensa llanura cubierta en tiempo de los árabes y 
» moros por un espeso bosque de pinos de alerce y cedros. El 
«Tagarete lame la muralla del Alcázar y la de la ciudad desde 
»la puerta de Jerez hasta el Arenal, y cerca del punto donde 
»hoy se eleva la torre de la Alcantarilla debían estar enfrenadas 
»en aquella época con algún puente las márgenes del traidor 
» arroyo, porque en el muro se advierten todavía señales de la 
» puerta por donde es tradición que entraba de noche el rey San 
«Fernando, durante el cerco de Sevilla, para venerar la imagen 
»de Nuestra Señora de la Antigua^ conservada por divina dis- 
> posición en la mezquita principal (i).» Junto á la misma Torre 
del Oro había un murallón ó estribo, á que correspondía otro 
semejante en la opuesta ribera del río, y de uno á otro atrave- 
saba una gruesa cadena de maderos eslabonados con argollas 



(i) Aunque la tradición asigna á la imagen llamada la Antigua un origen vi- 
sigodo ó bizantino, creemos que en la pintura que en la actualidad la representa 
no pueden señalarse caracteres anteriores al siglo xiii. Por esto principalmente, 
más que por lo que pudiera repugnarnos el haberse conservado la santa imagen 
en la mezquita sarracena desde el tiempo en que esta mezquita era basílica cris- 
tiana, nada hemos dicho de ella al hablar de la basílica catedral de Sevilla en tiem- 
po de los visigodos. No ocultaremos, por otra parte, que la mencionada tradición 
tiene defensores muy eruditos y de no escasa crítica, y que refiriéndose á la época 
de San Fernando, de que tantos documentos históricos se conservan, se hace duro 
creer que sea pura ficción. Que se hubiese conservado la imagen de la Antigua en 
la mezquita de Sevilla desde la entrada de los agarenos hasta su expulsión, no es 
de todo punto imposible, si, como dice Zúñiga, los moros en vez de destruirla se 
limitaron a levantar delante de ella una pared para tapiarla. Los mahometanos al 
cabo, aunque iconoclastas, reverenciaban a la madre de Jesús como una de las 
mujeres cuya santidad reconoce el Corán. I'".l punto principal de la dificultad estri- 
ba en nuestro concepto en la fecha que puede racionalmente asignarse á dicha 
pintura, no anterior, como queda dicho, al siglo xiii. ^^No sería posible que la primi- 
tiva imagen de la Antigua hubiera perecirlo, y que la actual se hubiese sustituido 
á aquella para perpetuar la tradición? 

Pueden consultarse acerca de esta venerable imagen el Discurso historial de 
Nuestra Señora de la Aníigua del ven. P. Francisco Ortiz, el Compendio de los Gi- 
rones de Gudiel, la Vida de San Fernando de D. Nicolás Núñez de Castro, las Fiestas 
de la Sania Iglesia de Sevilla de don Fcinando de la Torre y Farfán, el Compendio 
historial de Santuarios de Nuestra Señora del secretario Juan de Ledcsma. y los 
Anales de Zúñiga. 



SEVILLA Y CÁDIZ 467 



de hierro, para proteger el puente de barcas que desde el Are- 
nal se dirigía al castillo de Triana. Por medio de este puente, al 
cual servía de cabeza fortificada el mencionado castillo, estaba 
en comunicación la ciudad con el Ajarafe, distrito vasto y fértilí- 
simo del cual recibía la populosa Ishbiliah todo género de man- 
tenimientos, y donde los magnates sarracenos tenían sus quintas 
y casas de placer. 

El Ajarafe de Sevilla, delicioso paraíso en cuya alabanza 
muchos escritores árabes apuraron las galas de su exaltada y 
rica imaginación, se halla descrito de la manera siguiente por un 
poeta anónimo en unos versos que dirigió al sultán abbadita Al- 
mutámed: Sevilla es una joven desposada: sil esposo es Adbad; 
SIL diadema el Ajarafe: su collar el zindoso rio (i). El Ajarafe 
eñ efecto, dice el poeta Ibn Saffar, sobrepuja en belleza y ferti- 
lidad á todas las tierras del mundo; el aceite de sus olivos llega 
á la misma Alejandría; sus aldeas y granjas son superiores á las 
de los otros países por su extensión y comodidades, y por las 
hermosas líneas y adornos de sus construcciones, que, siempre 
blancas y limpias, semejan otras tantas estrellas en un cielo de 
olivares. Recuerdan con placer los historiadores árabes el dicho 
de aquel andaluz que después de haber visitado las ciudades del 
Cairo y de Bagdad, como le preguntasen cuál de estas dos po- 
blaciones reputaba superior á Sevilla, respondió : el Ajarafe es 
tina algaida sin fieras ; y síl Guadalquivir un Nilo sÍ7i cocodri- 
los. Uno de los autores citados por Almakkari hace del Ajarafe 
la exacta descripción siguiente : « es una extensa comarca que 
mide unas 40 millas de longitud y casi otro tanto de anchura, 
formada de vistosas colinas de tierra rojiza, en las cuales hay 
bosques de olivos é higueras que ofrecen al viajero en las calu- 
rosas horas del estío deliciosa sombra. Contiene esta comarca 
una numerosa población diseminada en hermosas granjas ó aglo- 
merada en caseríos, en ninguno de los cuales faltan mercados 



(i) Almakkari, lib. I. cap. 4. 



^b8 SEVILLA Y C Á D I Z 



bien provistos, limpios baños, lindas construcciones y otras 
comodidades que sólo suelen encontrarse en ciudades de pri- 
mer orden.» Este fértilísimo territorio, que los antiguos lla- 
maron huerta de Hércules, y que los sarracenos denominaron 
Xaraf ■^or su conformación (i), se eleva gradualmente al occi- 
dente de Sevilla después de tenderse a la orilla derecha del 
Guadalquivir en espaciosa vega. Sus alturas estaban cubiertas de 
alquerías, aldeas y lugares, según indica el escritor árabe, y ve- 
nían á formar como una población continua, en todo abundantí- 
sima, de que recibía Sevilla ordinario y copioso bastimento. Eran 
cuatro sus principales poblaciones: Aznalfarache (hoy San Juan 
de Alfarache), Aznalcazar, Aznalcollar y Solúcar de Albayda (2), 
lugares fuertes y murados, donde los mahometanos recogían las 
rentas de la comarca. También daban éstos el nombre de vion- 
taña de las mercedes (jeblarraJimah), por su extraordinaria fer- 
tilidad, á la cortina que forman las alturas del Ajarafe, en las 
cuales se producían con sorprendente abundancia las famosas 
higueras llamadas gótica (al-kutti) y velluda (Ash-sharí). 

Terminaremos el cuadro de Sevilla en tiempo de los Almo- 
hades con un ligero resumen de las grandezas que por sus dis- 
persas reliquias hemos ido analizando. Considerada la ciudad, 
corte y asiento del imperio islamita, en su forma material, su 
figura venía á ser la de un pavés ó escudo tendido de N-O. 
á S-E. Su cabeza y lado derecho los formaban la muralla con 
sus torres, defendida con barbacana y foso, y ocho puertas con 
la salida angosta y de costado: la de Bib-Ragel, la Macarena, la 
de Córdoba, la del Sol, la de Bib-Alfar (ó del Osario, por el que 
allí cerca tenían los moros para su entierro), la de Carmona, la 
de Bib-Ahoar, en cuyo distrito estaba la Judería (que fué moder- 
namente llamada de la Carne, por haberse edificado junto áella 



(1) Al A'ii;a/'cn arábigo quiere decir, en efecto, tierra alta ó de colinas. V. á 
Zúñiga, lib. 1, año i 246, n.° 8, y al Sr. Gayangos en su nota s ai cap. III, lib. 1 de 
Almakkari corrigiendo la etimología que supuso Conde. 

12) ZÚÑIGA, loe. cit. 



SEVILLA Y CÁDIZ 469 



el Matadero), y otra que había cercana al Alcázar, cuyo nombre 
no se ha conservado. 

Estas puertas eran verdaderas fortalezas (i). Estaban de- 
fendidas con torres y rebellines, sus salidas eran angostas y 
nunca de frente, el paso del exterior á la ciudad formaba reco- 
dos y revueltas; muchas veces el primer paso conducía á una 
plaza de armas cuadrada, con otras puertas angostas en una y 
otra banda. Las puertas de Sevilla, dice Morgado, estaban espe- 
sadas de clavos y plancheadas de hierro sobre dttros cueros y con 
rastrillos acerados. Y porque les aseguraba la mejor defensa el 
rio Giiadalquivir, que por toda la parte que mira al occidente 
cerca y defiende la media ciudad con las seis puertas que le caen 
por aquella banda; tenian de propósito por la otra parte de la 
ciudad los muros y todas sus torres más fortalecidos y levanta- 
dos, y al tanto sus barbacanas y la cava más ancha y ahondada. 

El lado izquierdo de la figura á que hemos comparado el 
contorno exterior de la ciudad, eran la majestuosa curva del río, 
el Arenal, y otra serie de murallas y puertas, por esta parte sin 
foso ni falsabraga por tener enfrente la poderosa protección de 
los castillos del Ajarafe. Cuatro eran las puertas en este lado, 
no contando la de Bib Ragel ó de la Barqueta, que ocupaba el 
ángulo norte de la ciudad : los nombres que les daban los sarra- 
cenos no constan, pero sí los que las distinguían en los primeros 
años de la reconquista, según las escrituras de aquel tiempo, y 



(1) Del \'\hvoSeviUe.xnd üsvicinily de M. Standish, otras veces citado, sacamos 
la siguiente descripción dedos de estas puertas en su antigua forma y disposi- 
ción. « La puerta del Sol actual, no es la antigua : aquella se hallaba defendida por 
una gruesa torre, donde estaba la primera entrada. Después de pasada esta, había 
que volver á la derecha por un pasadizo pegado á la muralla, que se observa to- 
davía desde 1 i parte exterior: especie de llave de seguridad, muy elogiada de los 
arquitectos. De aquí se pasaba á una segunda fortificación que seguía la linca del 
foso.))— «Puerta A/aca;t;«a. Era esta puerta antiguamente una fortaleza: tenía un 
arco principal con una inscripción (que creemos deber omitir por su insignifican- 
cia), por el cual se entraba en un recinto cuadrado, donde había otros dos arcos á 
cada lado, y estos daban salida al campo. Pero entre estos arcos había una puerta 
grande y fuerte, que conducía á otro recinto cuadrado más pequeño que el prime- 
ro, con una puerta que daba entrada á la ciudad. Los reyes, al pasar, dejaban las 
llaves en estas dos puertas últimas.» 



470 SEVILLA Y CÁDIZ 



eran: puerta del Ingenio ó del Engeño (luego de san Juan, por 
el vecino templo de san Juan de Acre), puerta de Goles (luego 
Real, por donde se cree entró triunfante san Fernando), puerta 
de Triana ó de Trina ^ y puerta del Arenal. Además se cree 
había un postigo, que después llevó el nombre de las Ataraza- 
nas^ por donde se supone salió Axataf á recibir al Santo rey y 
á entregarle las llaves de Sevilla (i). La puerta del Ingenio, así 
llamada por el antiguo muelle en que descargaban las naves 
sus mercaderías, se supone edificada por un personaje moro, 
hijo de Ragel, que tenía unos palacios cerca de la otra puerta 
inmediata, la cual tomó de aquí el nombre de puerta de Ragel: 
(Bib-Ragel) (2). Estos palacios son nombrados en el repartimiento 
hecho por San Fernando Palacios de los reyes moros^ y aunque 
hay quien afirma que fi.ieron construidos por el rey Yakub (3), 
no creemos fundada esta noticia. Tenía la puerta del Ingenio 
una torre con cuatro ventanas, y en el centro una lápida con 
una inscripción arábiga (4). — La puerta de Goles (voz corrom- 
pida de Hércules) se denominaba así por tener en frente el 
Ajarafe, que llevaba también el nombre de Juicrta de Hércules. 
Hasta aquí llegaba el muelle antiguo de Sevilla sarracena, y en 
todo aquel espacio que hoy se llama el barrio de los humeros 
tenían los mahometanos sus atarazanas ó arsenal, fábrica y 
guarda de sus barcos y bajeles, y también sus chozas y barra- 
cas los marineros y pescadores del Guadalquivir. — La puerta de 
Triana, llamada también Trina en algunos privilegios del rey 
don Alonso el Sabio, probablemente porque se componía de 
tres arcos, no estaba donde la vimos modernamente, si bien te- 
nía su asiento allí cerca, en la Pajcria. Contiguo á ella se halla- 



(i) Zúñiga, año 1248,11. 18. 

(2) Estos palacios próximos á la puerta de Bib-Ragel ó de la Almenilla, ó Bar- 
queta, fueron cedidos por San Fernando al convento de san Clemente.— \'. á Zú- 
ñiga, año 1249, n. 7. 

(3) El citado M. Standish en su capítulo Vucrla.s de Sevilla (Gales of Seviíle) 
p. 307. 

(4) Id. ibid. 




SEVILLA. — Fachada de Omnium Sanctorum 



472 SEVILLA Y CÁDIZ 



ba el palacio que se decía haber habitado san Hermenegildo, 
del cual existían ruinas en la misma Pajería con el nombre de 
casa de los Leones, tomado de dos figuras de piedra de estos 
animales, que, con sus correspondientes coronas, como indubi- 
tado escudo de los antiguos reyes godos, hicieron quizá poner 
allí, y por largo tiempo conservaron, los Castillos, don Alonso 
Carrillo y don Pedro Suárez su hijo, poseedores de aquella ve- 
nerable antigualla en el siglo xvi. Era esta puerta la más cer- 
>^ana al puente de barcas que unía á Sevilla con el castillo de 
Triana y el Ajarafe. 

La punta del escudo era la puerta de Jerez, así llamada por 
comunicar con el camino que conducía á la ciudad de Xiraz, hoy 
Jerez de la Frontera. Esta puerta pertenecía al Alcázar, pues 
como queda indicado, la muralla de la ciudad servía de recinto 
á aquellos palacios por la parte de mediodía. 

Una línea imaginaria partía á lo largo en dos mitades el pla- 
no de Sevilla: en esta especie de eje mayor estaban el Alcázar, 
la mezquita principal, y subiendo hacia el centro, las otras dos 
mezquitas ya descritas que son hoy san Salvador y san Juan de 
la Palma. Los demás adoratorios de los musulmanes estaban 
diseminados á uno y otro lado por toda la ciudad. 

De la situación de los mercados, escuelas, famosas acade- 
mias, baños públicos, hospicios y hospitales, no tenemos noticia 
segura (i). 

Los palacios secundarios eran tres: uno el que estaba junto 



( I ) Sábese solo por el repartimiento que hizo el rey don Alonso el Sabio el lu- 
gar que ocupaban algunos baños. Estaban estos donde se establecieron después 
las parroquias de san Juan de la Palma y san Ildefonso, y el convento de Recogi- 
das del Nombre de Jesús en la parroquia de San Vicente. Estos últimos baños, 
llamados de la reina mora, fueron dados á la reina doña Juana, viuda de san Fer- 
nando, y de aquí tomó parte del barrio de san Vicente el nombre de los Baños de 
la Reina. 

También existe memoria del lugar que próximamente debió ocupar el famoso 
mercado ó casa de la Seda, llamado la Alcaiceria, pues al designarse en el mencio- 
nado repartimiento la casa que se dio al Almirante don Ramón Bonifaz, se la su- 
pone «frontera de la santa Iglesia á la entrada de la calle de Placentines hasta la 
Alcatjeria.n V. a Zúñiga. lib. II. año i 25 3— números 4 y 24. 



SEVILLA Y CÁDIZ 473 

á la puerta de Ragel (Bib-Ragel); otro el que había servido de 
morada á Abdalásis, en la iglesia de santa Rufina, extramuros de 
la ciudad, al levante, y junto al Prado de las Vírgenes. El ter- 
cer palacio, deshabitado quizá, era el de san Hermenegildo cerca 
de la puerta de Triana. — Con los jardines y huertas de la Maca- 
rena que la engalanaban al norte, la llanura y bosque de Ta 
blada que la brindaban con sus cereales y maderas por oriente 
y mediodía; el acueducto que desde Carmona le traía caudaloso 
y limpio raudal de aguas ; el Ajarafe que la surtía de exquisito 
aceite, frutas y legumbres, y la ponía en contacto con los pin- 
gües productos de Tejada y Niebla y con las naturales defensas 
de la Sierra ; con los fuertes muros que por la parte de tierra 
la cercaban, con el río que era su principal arteria comercial por 
el lado de poniente, y con los castillos que á la parte opuesta 
del Guadalquivir protegían el río y su puente y ocupaban todas 
las eminencias desde Aznalfarache hasta cerca de Itálica; por 
último, con la rica mina de mármoles labrados que en esta ve- 
cina y célebre colonia tenía, con los silos ó graneros que reca- 
taba en sus contornos y con los espaciosos muelles y arsenales 
que encerraba su Arenal desde la Torre del Oro á la puerta de 
Bib-Ragel, era Sevilla una de las ciudades mejor abastecidas, 
mejor situadas, más prósperas y defendidas del imperio muzle- 
mita en Andalucía. No era fácil intentar contra ella un golpe de 
mano. Aun después de tomadas todas las ciudades de la cam- 
piña por la parte de levante, podía resistir un largo asedio con- 
fiada en sus murallas, en las inundaciones y barrancos del Ta- 
garete, y en los angostos y bien fortalecidos desfiladeros que 
formaban los puentes del Guadaira. Por el occidente la hacían 
inexpugnable la montaña y sus castillos. Sólo interceptando el 
río y cortando sus comunicaciones con Triana, el Ajarafe y la 
Sierra, se la podía poner en mortal aprieto; pero el río estaba 
defendido al mediodía por su misma corriente, difícil de remon- 
tar contra las embestidas de las naves sevillanas, y más aún 
contra los tiros de los castillos de Aznalfarache y de la banda 



^74 



S E.V I I, L A Y CÁDIZ 



Opuesta, y contra la resistencia de la Torre del Oro y de las re- 
cias cadenas que protegían el puente; y de nada servía bajar 
por él desde Itálica y exponerse á los golpes de la ciudad y de 
Triana, mientras subsistiese el puente que cortaba la salida y 
hacía de ambas orillas una sola población. El único medio de 
aislar á Sevilla era romper su puente ; pero esta empresa se 
reputaba superior al poder y al ingenio de cualesquiera ene- 
migos. 

El número de las alquerías y torres que rodeaban la ciudad 
embelleciendo su campiña era extraordinario, según se colige 
por el repartimiento del rev don Alonso el sabio. Es lástima 
que como este curioso documento no marca su situación, sólo 
nos sean conocidos sus estropeados nombres. Debían ser de las 
principales la de Beii Abenzohai\ la de Espartinas^ la de Villa- 
nueva, la torre de Aben Haldon, la del Alntíiedano, la de Alha- 
dri (en término de x^znalfarache), la de Rosliñana, la llamada 
Varga Sanctarem, la de Vcsvahet, la de Albibeien, la de Otira, 
y las ochenta que próximamente fueron cedidas al concejo de 
Sevilla por el famoso privilegio llamado de las Alquerías^ repe- 
tidas veces publicado (i). 

Digamos ya cómo acabó en Andálus la dinastía de la egre- 
gia sangre de Abdulmúmen ó de los Almohades. Dejamos 
al sultán Mohammed Annásir derrotado en las Navas de Tolosa 
y al Islam presintiendo en aquella rota su próxima ruina. Anná- 
sir murió en Marruecos el año 6i6 de la egira (A. D. 12 19), y 
fué llamado á sucederle su hijo Abú Yacub Yusuf ^/-w?/;.^/^?;^^^^, 
quien por su indolencia y excesivo amor á los deleites, lejos de 
remediar los males que al Estado trabajaban, sólo contribuyó á 
agravarlos. La decadencia fue rápida bajo su infeliz reinado, y 



(i) El lector hallará razón individual de todas ellas en Zúñiga al tratar del 
mencionado Repajiimienio ; pero repetimos que se echan muy de menos las noti- 
cias referentes á su situación. Lo propio sucede con las casas de Sevilla en que 
fueron heredados muchos príncipes, prelados, prebendados, ricos-hombres, ca- 
balleros hijosdalgo, órdenes religiosas y militares, etc.. pues nunca se especifican 
más que las colaciones ó parroquias en que estaban. 



SEVILLA Y CÁDIZ 



475 



la debilidad del gobierno fué en aumento. Murió Al-mtistanser 
en Marruecos sin posteridad el año 1223, y le sucedió un tío de 
su padre llamado Abdul-wahed Ben Yusuf, á cuyo advenimiento 
se opuso un pariente suyo, por nombre Al-ádil Ben Al-mansur, 
que fué proclamado sultán en Murcia. Al llegar á Marruecos la 
nueva del levantamiento próspero de Al-ádil, Abdul-wahed fué 
asesinado por los parciales del rebelde; pero éste sufrió pronto 
la expiación merecida, porque los cristianos le causaron una 
vergonzosa derrota que le obligó á poner por medio el Estrecho 
dejando el gobierno de Sevilla á su hermano Abul-ala Ydris, 
por otro nombre Ydris Almámum. Este, en cuanto supo que 
Al-ádil se había visto forzado á abdicar en Marruecos en la 
persona del incapaz é inexperto Yahya, hijo de Annásir, tentado 
de una codicia que hacía disculpable la conciencia de su supe- 
rioridad, se hizo proclamar cah'fa en Sevilla. Pero aunque las 
dotes de Abul-ala le hacían digno de un largo reinado, alzósele 
en las fronteras de Murcia un competidor más afortunado y que 
no le cedía en calidades de príncipe y de guerrero, teniendo 
además en su favor el prestigio de la sangre andaluza de Ben 
Hud, ilustre en el trono de Zaragoza, que corría por sus venas. 
Este peligroso émulo, llamado Mohammed Ben Yusuf Al- 
jodhamí, se declaró en abierta rebelión, le derrotó en varios 
encuentros, y le obligó por fin á abandonar la Andalucía para 
ir á proseguir en África la guerra contra el débil Yahya y eri- 
girse allí en único arbitro de toda la tierra occidental. Abul-ala 
fué el último de los almohades que imperaron en Sevilla : su 
reinado, ya queda dicho, continuó en África, y allí tuvo cuatro 
sucesores que no deben contar entre los sultanes andaluces. Así 
se extinguió la dinastía de Abdul-múmen, que produjo algunos 
príncipes verdaderamente dignos de figurar entre los protecto- 
res de las artes, de las letras y de las ciencias. 

Mohammed Ben Yusuf Ben Hud, á quien nuestras crónicas 
llaman Abenjuc, reinó en Sevilla con muy varia fortuna desde 
que la redujo en 1228 hasta el año 1238 en que acaeció su 



47t) SEVILLA Y CÁDIZ 



muerte. Durante su reinado las coronas leonesa y castellana se 
reunieron en la cabeza de un rey santo, y por el esfuerzo de los 
ricos-hombres y prelados que le asistían en el noble empeño de 
arrojar á los moros de toda la Andalucía, derrotó á los enemi- 
gos del nombre de Cristo en Cazorla, Andújar, Palma, Jerez y 
Córdoba, obteniendo su hermano don Alonso de Molina y sus 
capitanes don Alvar Pérez de Castro, don Tello de Meneses y 
los Pérez de Vargas visibles muestras del favor divino en la 
famosa batalla de Jerez. Las tradiciones y leyendas perpetúan la 
piadosa invención del auxilio que recibieron allí las huestes del 
rey santo, del apóstol Santiago y de legiones enteras de ánge- 
les (i). Al paso que los cristianos le iban quitando provincias y 
ciudades, movía á Ben Hud guerras intestinas el espíritu sedi- 
cioso de sus propios subditos. Hallándose ausente y en campaña, 
los sevillanos, amotinados por instigación de un ciudadano muy 
poderoso é influyente llamado Al-Bají, desposeyeron del mando 
de la ciudad á su hermano Abunnejat Selim á quien había deja- 
do por gobernador. Favorecía al parecer á Al-Bají otro prepo- 
tente caudillo, Mohammed Ben Alahmar, que tiránicamente se 
había apoderado de Jaén y de Arjona, hasta que se le presentó 
al protector la ocasión oportuna de alzarse con los dominios del 
protegido; entonces, auxiliado él á su vez por los cristianos, 
cayó de pronto sobre Sevilla, y apoderándose de Al-Bají y de 
sus wazires, les mandó cortar la cabeza. La población, amotinada 
de nuevo, volvió á llamar á Ben Hud, y éste restituyó el gobier- 
no de la ciudad á su mencionado hermano. Murió el sultán, ya 
sólo por escarnio decorado con tal nombre, el año 1238, y el 
inconstante pueblo sevillano se sometió nuevamente á la obe- 
diencia de los almohades de África, proclamando por su rey al 



(1) ('Muchos de los moros lo vieron, dice la crónica antigua que copió Zúñiga 
(A)ial. año 1252). los quales dixcron que hablan visto un caballero en un caballo 
blanco con una seña blanca en la mano y una espada en la otra, y que andaban 
con él muchos caballeros blancos, y que en el ayre hablan visto ángeles, y que 
estos caballeros blancos les hacian mayor daño que las otras gentes.» 



SEVILLA V CÁDIZ 



477 



sultán Ar-rashid, }■ aceptando como su gobernador ó lugar- 
teniente á un personaje llamado Abu Abdillah Mohammed. Ala 
muerte de Ar-rashid, sabedores los andaluces de la prosperidad 

s E \- 1 L L A 




Interior de San Gil 



que alcanzaba en el África occidental un osado conquistador 
por nombre Abu Zakariyyá, imitaron el vil ejemplo de los va- 
lencianos y murcianos, que le habían proclamado su amir, y le 
ofrecieron su obediencia, enviándole delegados para suplicarle 
les diese por gobernador algún príncipe de su sangre. Lo pro- 



47S SEVILLA Y CÁDIZ 



pió hicieron los habitantes de Jerez y Tarifa. La elección hecha 
por Abu Zakariyyá fué violentamente combatida por un noble 
sevillano de gran prestigio y poder, llamado Ibnu-1-jedd, el cual, 
habiendo celebrado secreta alianza con los cristianos, iba paula- 
tinamente ganando á todos los guerreros almugavares ó solda- 
dos de frontera. Descubierta esta maquinación por Sakkaf, ca- 
pitán de los mismos almugavares, dio muerte á Ibnu-1-jedd, y 
como éste era aliado del cristiano, aprovechó la ocasión el rey 
don Fernando para declarar la guerra á los musulmanes tomán- 
doles á Carmona y Marchena y poniendo sitio á Sevilla. Por 
consejo de Sakkaf adoptaron los hijos del Profeta en estas crí- 
ticas circunstancias, como librando su salvación en ellas, institu- 
ciones diametralmente opuestas á todas las nociones de gobier- 
no propias de los pueblos muzlemitas; nombraron los sevillanos 
un consejo supremo compuesto de cinco personajes, y presidido 
por el gobernador que había designado Abu Zakariyyá. Llamá- 
base éste Abu Fáris Ben Abí Hafss (i), y los vocales de dicho 
consejo eran el capitán Sakkaf, Ben Shoayb, Yahya Ben Khal- 
dún, Masud Ben Khiyar, y Abu Bekr Ben Sharíh. Todo era en 
vano: ¡había sonado la hora postrera de la dominación islamita 
en la hermosa región del Guadalquivir! 



(i) Éste es quizá el que nuestros historiadores designan con el nombre de 
Axataf. 



CAPÍTULO XXIII 



Sevilla en tiempo de San Fernando y de D. Alonso el Sabio 




A falta de un libro en que pudiera hallar el lector 
condensado lo más importante de los Anales 
sevillanos y gaditanos desde el punto de vista 
del arte en las épocas semifabulosa, fenicia, 
cartaginesa, romana, gótica }• muzlemita, nos ha 
movido á tratar con extensión esta materia. Co- 
menzamos ahora otra tarea menos escabrosa y prolija: vamos 
á trazar el cuadro de los monumentos con que el cristianismo 
triunfante marcó su gloriosa huella en la dilatada comarca del 
Genil al Estrecho, desde que empezaron á rayar en Europa los 
primeros albores de la restauración artística y literaria; y habien- 
do sido la historia eclesiástica y civil de este hermoso territorio 
tan cumplidamente desenvuelta por muy doctos escritores, cuyos 
nombres alcanzaron merecida fama, habremos de ceñirnos prin- 
cipalmente á lo que ellos sin escrúpulo de conciencia descuida- 



480 S E V 1 L L A Y C Á r> 1 Z 

ron, esto es, á la historia de las construcciones que desde el 
siglo XIII al XV fueron, al par que la expresión material más 
acabada de la civilización cristiana, el más bello ornato de las 
poblaciones andaluzas. Estos serán los objetos de primer tér- 
mino en nuestros bosquejos; los hechos puramente históricos 
extraños al arte sólo figurarán en lontananza, como para animar 
el fondo de cada cuadro. 

Dijimos al finalizar el capítulo precedente que era llegada 
la hora de que el mahometismo desapareciese para siempre de 
la tierra que baña el Guadalquivir. El providencial instrumento 
de esta dichosa transformación era un rey santo: el poder con 
que contaba para llevar á cabo tamaña empresa, estaba patente 
en el innumerable ejército que sobre la orgullosa Sevilla había 
reunido; la asistencia que el cielo le prestaba era visible en los 
portentos que, según tradición, se realizaron durante los diez y 
seis meses que duró el cerco. Crónicas, leyendas, cantigas y 
poesías populares, piadosas fundaciones, atestiguan la creencia 
en el milagroso auxilio que dispensó á san Fernando y á los 
caudillos de su hueste la Reina de los Ángeles. Ya es su vene- 
rada imagen titulada de la Antigua la que anuncia á los ciegos 
sectarios del Profeta su próximo escarmiento, poniéndose de 
manifiesto en la misma mezquita, donde desde la pérdida de 
España se conservaba cubierta con gruesa pared, y forzando á 
los musulmanes á doblar ante ella la rodilla (i); ya es esa mis- 
ma celestial Señora la que produce en el alma fervorosa del rey 
tal arrobamiento, que desde su real le conduce por las noches 
en éxtasis, escoltado de divina guarda, á la misma mezquita, 



(i) Consigna esta tradición, que tiene todos los visos de conseja, el erudito 
Zúñiga tomándola del crédulo bachiller Peraza. Los fieles que vivían en Sevilla 
(dice, hablando de esta imagen, que los sarracenos habían escondido levantando 
delante de ella una pared) sin verla la adoraban, hasta pocos años antes de la con- 
quista, que improvisadamente qttedó patente y despedía rayos de resplandor que los 
moros interpretaban presagios de si¿ ruina... nunca pudieron más esconderla., y 
siempre que osaban mirarla los hacia arrodillar, impulso que no resistían. 



S E V I L L A Y C Á D I Z 48 I 



burlando la vigilancia del enemigo (i) ; ya por intercesión de la 
Santa Madre de Dios se renueva, durante una de las impetuosas 
salidas del invicto maestre de Santiago contra los moros de 
Sierra-Morena, el prodigio de Josué que detuvo el sol en medio 
de su carrera, acaecimiento inmortalizado con la fundación del 
templo de Nuestra Sefi07^a de Tentudia (2) ; ora aquel mismo 
maestre de Santiago, nuevo Moisés, hace por intercesión de 
María brotar agua de un peñasco para aplacar la sed de su 
hueste que perecía abrasada (3) ; ora acreditan la protección de 
la Madre de Jesús los prósperos resultados de cuantas hazañas 
se intentan invocando su nombre, ya se la tome como divino 
paladión en el populoso cuartel real donde hoy descuella la Er- 
mita de N^uestra Sefiora de Vahne (4), ya se la ponga por égi- 
da, juntamente con la cruz arbolada en las gavias, en la majes- 
tuosa popa de la ferrada nave capitana con que Ramón Bonifaz 
rompe el famoso puente de barcas y cadenas reputado inque- 



(i) Zúñiga, con aquel peculiar estilo en que resaltan la fe y la galantería del 
caballero andaluz, califica este suceso de acaecimiento prodigioso tan recibido de 
la tradición^ que dudarlo fareceria temeridad á qualquier fino y devoto sevillano. 
Año I 248., n. 16. 

(2) Cuéntase que en esta ocasión el maestre de Santiago, don Pelay Peréz Co- 
rrea, faltándole día para acabar la pelea, porque la noche desplegaba ya sus som- 
bras y favorecía la huida del enemigo, invocó la protección de la Virgen, una de 
cuyas festividades se celebraba aquel día. exclamando : / Santa Marta, deten tu día! 
á lo que condescendió la piedad divina deteniendo la puesta del sol hasta que 
acabó de triunfar. De aquí vino la advocación de Nuestra Señora de Tentudia que 
llevó el templo edificado por el bizarro, devoto y agradecido maestre. 

(3) Zúñiga. Año 1247, ^- 6- 

(4) Veáse la lámina que la representa. En el lugar donde está ahora esta er- 
mita, estuvo asentado el real de san Fernando después que se retiró de la llanura 
donde antes se hallaba, entre la ermita de san Sebastián y el río. En Nuestra Seño- 
ra de Valme estaba el pabellón real, y el oratorio donde dice Zúñiga que negocia- 
ba el rey con Dios ett oración y penitencias las victorias que sólo deseaba á honra de 
su nombre; y allí también tenía una imagen de Nuestra Señora, ante la cual supo- 
ne la piadosa tradición que formuló el voto de erigirle capilla al implorar su asis- 
tencia con aquella sencilla frase de su acendrada fe: ¡Señora, váleme I Al pié del 
altar donde se veneraba esta santa imagen, depositó san Fernando, después de 
conquistada Sevilla, y cumplido su voto, uno de los pendones ganados á los mo- 
ros. El pendón y la virgen de Valme permanecieron en la Santa Capilla hasta que 
amenazando ésta ruina, fueron trasladados por los piadosos habitantes de Dos 
Hermanas á la capilla de santa Ana de su iglesia parroquial. 

61 



482 SEVILLA Y CÁDIZ 



brantable; ora finalmente, cuan especiales favores obtuviese de 
la Virgen el santo rey, lo dice la sola imagen de Nuestra Sefiora 
de ¿os Reyes, que, como prenda de extraordinaria predilección, 
le dejaron, modelada al tipo de su visión beatífica, los dos án- 
geles en forma de artífices enviados por el cielo á su tienda en 
Alcalá de Guadaira. 

La Ermita de Ntiesb^a Señoi'a de Valme está situada en el 
cerro llamado de Buenavista, cerca del pueblecito de Dos Her- 
manas, al sudeste de Sevilla. Su aspecto es el que ofrece la lá- 
mina que acompañamos, más morisco que cristiano por el ajimez 
que ocupa en su fachadita el lugar de la redonda claraboya, y 
por los dientes que forman los sillares en ambas vertientes de su 
techumbre. Los Srmos. Sres. Duques de Montpensier, justa- 
mente condolidos del abandono en que yacía esta preciosa anti- 
gualla, ya casi arruinada del todo, determinaron repararla, con 
cuyo motivo la célebre escritora conocida con el pseudónimo de 
Fernán Caballero, publicó en Sevilla en 1859 una interesante 
relación histórica del edificio, seguida de una corona poética que 
contiene muy estimables composiciones. A la restauración del 
edificio precedió la del pendón morisco, ofrenda insigne del san- 
to rey, en que ocupó sus augustas manos la Srma. Sra. Infanta 
doña María Luisa Fernanda; y hoy, merced á la acendrada é 
ilustrada piedad de tan egregios príncipes, lucen de nuevo el 
pendón real y la milagrosa imagen en el lugar que primitiva- 
mente ocuparon. 

En cuanto á la imagen de la ViJ^gen de los reyes, supónese 
que hallándose el rey en Alcalá de Guadaira mientras tenía cer- 
cada á Sevilla, elevado y absorto en oración profunda, se le 
apareció la Reina de los Angeles, cercada de majestad y res- 
plandores, prometiéndole su protección; y que al volver San 
Fernando en sí, quedó tan fija en su idea aquella divina beldad, 
que resolvió tener una imagen que de continuo se la represen- 
tase. Llamó á los más eminentes artífices, y explicándoles minu- 
ciosamente todas las facciones y caracteres del divino semblante. 



SEVILLA Y CÁDIZ 483 



les mandó hacer el deseado trasunto. Tres imágenes labraron, 
pero ninguna correspondía al tipo celestial que veía en su mente 
el fervoroso monarca. Por más correcciones que hicieron, no les 
fué posible contentarle, y ya desesperaba el rey de conseguir lo 
que tanto anhelaba, cuando se le presentaron dos hermosos 
mancebos desconocidos que tomaron á su cargo la obra. En 
brevísimo tiempo la terminaron, esculpiéndola el uno y pintán- 
dola el otro, y al punto desaparecieron, dejando al rey absorto 
lo extraordinario del hecho y la admirable perfección del retra- 
to. Hasta aquí la tradición. 

Algunos escritores de menos credulidad y mayor crítica han 
supuesto que la imagen de Nuestra Señora de los Reyes fué re- 
galada á San Fernando por su primo San Luís rey de Francia, 
y que las otras tres, de semejante forma aunque inferiores en 
belleza, de las Agicas, de San Clemente y de San Francisco, son 
meras copias de aquella. Esto creemos también nosotros al juz- 
gar por el estilo de la obra, y al compararla con las esculturas 
del tiempo de San Luís. — Hay quien mira el convento á^ Nues- 
tra Señora de los Angeles^ fundado en Alcalá de Guadaira 
en 1249, como testimonio irrefragable de haberse repetido con 
San Fernando el prodigio que con don Alonso el Casto realiza- 
ron los celestiales espíritus, bajando en disfraz de artífices á la- 
brar la célebre cruz (i). 

La hueste que el rey santo puso sobre Sevilla era la más 
lucida y numerosa de cuantas habían visto en sus seculares con- 
tiendas la España cristiana y la mahometana. No menor aparato 
era menester para el colosal intento de conquistar una capital 
que albergaba en su seno más de doce mil familias musulmanas 
repartidas en veinticuatro tribus, y que estaba en poder de los 
sectarios del Islam hacía más de cinco siglos. Allí estaba el 
nombrado maestre de Santiago don Pelay Pérez Correa con los 



(i) V. á don lose Maldonado Dávila en un trat. ms. que cita Zúñiga, año 1253, 
n. 28. 



484 SEVILLA Y CÁDIZ 



caballeros de su orden : caudillo valeroso, el principal entre los 
que habían estimulado al monarca á acometer la difícil empresa, 
y uno de los que con hazañas dignas de la trompa épica contri- 
buyeron á llevarla á cabo en el Ajarafe contra los castillos de la 
Albayda, Aznalfarache y Triana, Gelves y tierras de Niebla y 
Sierra-Morena, dilatado palenque de sus proezas. Allí estaban 
los infantes don Alonso de Molina, su hermano, don Enrique y 
don Alonso, sus hijos; don Alonso, infante de Aragón, el infan- 
te de Portugal don Pedro, el conde de Urgel, el maestre de Ca- 
latrava don Fernando Ordóñez, los maestres de las otras órde- 
nes militares, multitud de ricos-hombres, infanzones y caballeros; 
los concejos de Córdoba, Andújar y otros de la frontera; mucha 
y buena gente del concejo de Madrid ; toda la nobleza de Cas- 
tilla y de León capaz de tomar las armas, mucha de Aragón, 
Cataluña, Portugal y Vizcaya, muchos calificados extranjeros 
atraídos por la fama de la grande empresa y por el deseo de 
ganar las indulgencias de las bulas apostólicas concedidas para 
esta conquista; el rey de Granada Al-Ahmar con quinientos ji- 
netes muy aventajados, el cual se había obligado á auxiliar per- 
sonalmente á don Fernando en todas sus expediciones ; allí por 
último muchos piadosos y esforzados varones de todas lasjerar- 
quías eclesiásticas, el arzobispo de Santiago don Juan Arias con 
su lucida compañía de caballeros gallegos, los obispos de Cór- 
doba y Coria, don Gutierre y don Sancho, otros prelados, y 
multitud de presbíteros y religiosos, que voluntariamente acu- 
dieron no solo para ejercer su ministerio en la administración de 
los Sacramentos, sino porque la sagrada demanda ponía la es- 
pada en la mano á los eclesiásticos con justo motivo. Descolla- 
ban como paladines de más prez entre todos los ricos-hombres, 
adalides, almogávares, almocadenes y demás cabos, el almirante 
don Ramón Bonifaz, francés de patria y de origen, establecido 
en Burgos en clase de rico-hombre; el famoso ganador de Cór- 
doba y alcaide de Andújar, ahora adalid mayor, Domingo Mu- 
ñoz; Pedro Blázquez, llamado el blanco, del tronco de los Dávi- 



SEVILLA Y CÁDIZ 485 



las; Lope García, de la ilustre casa de los Saavedras: el 
comendador de Alcáñiz, el Prior de San Juan, don Rodrigo Gon- 
zález Girón, primer alcaide de Carmona. don Gutier Suárez de 
Meneses, don Diego Sánchez de Fines, don Ordoño Ordóñez de 
Asturias, que al principio de la campaña había quedado por 
guardador en Jaén; don Rodrigo Alvárez, que aunque del linaje 
de Lara, se apellidaba de Alcalá desde que había recibido en 
guarda á Alcalá de Guadaira; don Rodrigo Frolaz, don Pedro 
Ponce, don Rodrigo González de Galicia; don Diego López de 
Haro, señor de Mzcaya y alférez mayor del rey santo, Arias 
González Ouixada y don Fernán Yáñez ; y al par de los héroes 
más renombrados de los tiempos antiguos, los dos invictos cam- 
peones Garci Pérez de Vargas y don Lorenzo Suárez Gallinato, 
conformes en amistad, competidores en bizarría (i). 

Desde la primavera del año i 247, en que, moviendo el ejér- 
cito desde Córdoba dividido en dos, uno al mando del Infante de 
Molina y del maestre de Santiago con destino al Ajarafe, y otro 
bajo la dirección del rey de Granada y del maestre de Calatrava 
con orden de fatigar los campos de Jerez, había tenido principio 
la opugnación de Sevilla y su territorio, una serie no interrum- 
pida de victorias venía anunciando el dichoso desenlace con que 
iba á coronar el cielo los constantes y generosos esfuerzos de 
tales guerreros. Rindió primero parias la fuerte Carmona; entre- 
gáronse luego Constantina, Reyna, Lora. Alcolea y sus comar- 
cas; costó abundante y generosa sangre Cantillana; Guillena 
después se entregó á menos costa: Lerena resistió obstinada. 



(1) Entre las muchas proezas con que estos dos caballeros se distinguieron, se 
suelen citar principalmente el suceso de la cofia,^ cantado en antiguos romances, 
el de la competencia que refirió don Juan Manuel en su conde Lucanor, el del paso 
del puente de Guadaira v otras bizarrías. De las correrías, espolonadas y escara- 
muzas que con admiración de todos acometieron, dé al curioso lector razón indi- 
vidual la Crónica del rey don Alonso. 

El suceso de la cofia se refiere mejor y con más sabor antiguo que en la Crónica 
general publicada por Ocampo. en la famosa crónica anónima de los once reyes, 
que. anotada por Ambr. de Morales, conserva la Biblioteca del Escorial :ms. del 
siglo XV. j. Y. I 2. 



4^6 



SEVILLA Y CÁDIZ 



pero se dio á partido cuando sintió amagos de ser destruida; 
Alcalá del Río, defendida por el mismo Axataf á causa de su 
grande importancia, como llave de los abastecimientos de 
Sevilla por el lado de las serranías, cedió también á la fuerza y 




SE \' ILLA. — Santa Lucía 



á la destreza de las armas cristianas: Alcalá de Guadaira se 
había desde el comienzo de la campaña entregado al rey Al- 
Ahmar, y ahora saliendo de ella don Rodrigo Alvárez escar- 
mentó á los moros procedentes de las marismas de Lebrija. 
Unidas estas conquistas á las que por la banda del Ajarafe hacía 
el maestre de Santiago, según dejamos indicado, y á las victo- 
rias que por la parte de la marina llevaba á cabo don Ramón 
Bonifaz derrotando una numerosa escuadra de bajeles africanos 
y sevillanos y franqueándose la entrada del río, se concibe que 



SEVILLA Y CÁDIZ 487 



el real de San Fernando en la altura de Buena Vista hubiese 
podido ir tomando el extraordinario incremento que le atribuye 
la Crónica gejier al ^ impusiese tanto respeto á la morisma, y pre- 
sentase el aspecto de una gran población improvisada, perfecta- 
mente defendida y bien gobernada, que sólo esperaba el mo- 
mento oportuno de trasladarse dentro de los viejos muros de la 
otra, á la cual desde aquella elevación acechaba (i). 

La entrega de Sevilla era para los moros, después de la 
pérdida de Córdoba, la catástrofe más tremenda que podía so- 
brevenirles, y así hicieron, aunque en vano, todos los esfuerzos 
posibles para conjurarla. ¡Inmensa debió ser su desesperación 
cuando se convencieron de que no había medio de salvar la ciu- 
dad ni ninguna de las hermosas joyas en ella encerradas! Los 



(i) « La hueste que el noble rey don Ferrando tenia sobre Sevilla, dice la cró- 
nica ms. del Escorial antes citada, avia semejanza de grand cibdad y noble y rica, 
e cumplida era de todas las cosas e de todos los bienes e de todas las noblezas e 
ahondamiento de cumplida cibdad, y calles e plazas avia departidas y de todos 
menesteres e cada una sobre sí ; e una calle avia de los traperos y de los cambia- 
dores, y otra de los especieros y de las alquimias y de los melecinamientos que 
avian menester los dolientes, y de los Terreros otra, y ansí de cada menester de 
quantos en el mundo podian ser avia; y de cada uno sus calles departidas, cada 
una por orden, compasadas e apuestas e bien ordenadas, ansi que quien aquella 
vista vio podrá dcíjir que nunca otra tan rica nin tan apuesta viera que de mejor 
gente ni de mayor poder que esta íuesse, ni tan cumplida de todas noblezas nin 
maravillosa de todas viandas y de toda mercadería: hera tan abundada que nin- 
guna otra cibdad non lo podía ser mas. E ansi avia y raigadas las gentes con cuer- 
pos y con averes, con mujeres y con fijos, como si siempre oviera y a durar, ca el 
rey avia y puesto e prometido que nunca se dende levantasse en todos los días de 
la su vida fasta que a Sevilla oviesse, e quiso Dios que cumpliesse su voluntad : y 
esta certidumbre del rey los fazia vevir á todos arraigadamente como vos dezi- 
mos." 

El infante don Alonso no se alojaba en el cuartel real : asentó su hueste al prin- 
cipio en un olivar, á la parte de levante de Sevilla, y allí acampó la gente que de 
Aragón y Portugal traía. Pero luego se trasladó á la otra parte del río, contra 
Triana. 

Al Señor de Vizcaya, don Diego López de Haro. se le señaló cuartel cerca de la 
puerta de la Macarena, y allí hizo hincar sus pabellones á las lucidas tropas de sus 
estados. No lejos de aquel punto acampó don Rodrigo González de Galicia. 

Finalmente, el arzobispo de Santiago, don Juan Arias, se alojó con su lucida 
compañía de caballeros gallegos cerca del arroyo Tagarete, hasta que enfermando 
de resultas de los miasmas nocivos que se elevan del prado de Santa Justa, bañado 
por aquellas aguas, le obligó el rey á regresar a su tierra. 



^88 SEVILLA Y CÁDIZ 



dos formidables golpes que decidieron esta entrega fueron la 
rotura del puente y la expugnación del castillo de Triana. 

No seguiremos ni á don Ramón Bonifaz ni al ejército del 
santo rey en las vicisitudes de ambos propósitos; nos contenta- 
remos con asistir á su feliz desenlace. Celebrábase la festividad 
de la Invención de la Santa Cruz, una muchedumbre inmensa 
llenaba las dos orillas, la vocería subía al cielo, los moros desde 
el castillo de Triana, desde el Arenal y desde el mismo puente 
del Guadalquivir, fulminaban toda clase de armas arrojadizas 
contra dos gruesas y fuertes naves con las proas chapadas de 
hierro, montadas por el almirante y su gente, las cuales, impe- 
lidas de un impetuoso viento, acababan de chocar contra el 
puente rompiendo la robusta trabazón de sus cadenas, y pasa- 
ban al otro lado volviendo las proas hacia la Torre del Oro, 
balanceándose majestuosas como dos delfines vencedores en una 
regata. El rey don Fernando en persona y el infante don Alon- 
so, seguidos de lo más granado de sus tropas, hacían por tierra 
escolta á los dos bajeles triunfadores, que, como dice Zúñiga, 
acababan de cortar la garganta al cuello cíe la esperanza de los 
infieles^ y los recibían con sus alegres vítores, mientras los mo- 
ros los veían atracar lanzando gritos de desesperación. — Al día 
siguiente, 4 de Mayo, pasa el rey con la mayor parte de su 
ejército á combatir á Triana: y ahora le ayuda desde el río el 
almirante que había recibido la víspera su auxilio para la im- 
portante obra de dejar á Sevilla incomunicada con su Ajarafe. 
Pero en Triana está reconcentrado casi todo el poder de la 
morisma, y tienen allí provisiones para defenderse más de me- 
dio año: grande y obstinada es la defensa, obstinado é impla- 
cable también el cerco : ni cesa la mina, ni la construcción de 
ingenios de toda especie, ni el batir de los muros, ni el encar- 
nizado pelear al pié de ellos, ni las espolonadas y cortas y talas 
para privar á aquella fortaleza de refuerzos, aguas y bastimen- 
tos. Por otra parte la hueste de san Fernando padece toda clase 
de males «ca las calenturas eran tan fuertes e tan grande el 



SEVILLA Y CÁDIZ 489 



«encendimiento, que se morian los ornes de gran destempla- 
» miento, ca eran corrompidos del aire, que no parescia sino 
» fuego, y corría tan escalentado como sy de los infiernos sa- 
»liese, y todos los omes andavan todo el diacorriendo por agua 
»del gran calor que fazia, tan bien estando por sombra como 
» andando por fuerza, y por donde quier que andavan como si 
»en baño estuviessen; y por esta razón y por los grandes que- 
»brantamientos y lacerias que sufrian, perdíanse y grandes gen- 
»tes (i).» Los moros al mismo tiempo, aunque tenían cortado 
el puente que unía á Triana con la ciudad, no por eso dejaban 
de comunicarse en barcos y á nado, y fué menester que don 
Ramón Bonifaz los escarmentase en el río y que el asedio de 
Triana se estrechase mucho, para obligar á los infieles de una 
y otra parte á pensar en capitulaciones. Cuando vieron éstos 
que el almirante con gran poder de carracas, zabras y otros 
bajeles les cortaba el paso á Triana; que este castillo quedaba 
aislado, y que lo estaba asimismo la ciudad, apretada grande- 
mente por los cristianos por agua y por tierra, pidieron treguas 
para proponer una pleitesía. Ofrecieron primeramente entregar 
el Alcázar y que se partiesen entre el rey cristiano y Axátaf las 
rentas que pagaban á los Miramamolines. Desoído este partido, 
propusieron que se dividiese la ciudad, levantando un muro 
entre moros y cristianos para que estuviesen unos y otros más 
seguros. Desechado también este trato, prometieron entregar 
la ciudad entera siempre que se les consintiese derribar la mez- 
quita mayor y su torre; pero encargado el infante don Alonso 
de responder en nombre del rey su padre, dijo que poi'' un solo 
ladrillo qzte á la torre quitasen^ los pasaría á todos á cuchillo. 
Concluyó el parlamento con que pudiesen los moros salir de la 
ciudad con vidas y haciendas, quedando en ella algunas familias; 
y que Axataf y el Arráez principal entregasen á Aznalfarache, 
Niebla y Tejada, obligándose á dar parias. Dióseles un mes de 



(1) Crón. ms. citada, cap. 42 i 



490 SEVILLA Y CÁDIZ 



plazo, después de entregados el Alcázar y los demás puntos 
fortificados, para que fuesen cómodamente disponiendo su emi- 
gración, escoltados los que hubiesen de trasladarse á otras tie- 
rras de la Península, y en bajeles los que hubieran de pasar á 
África. Estas capitulaciones se firmaron el 23 de noviembre, día 
de san Clemente, á los quince meses y tres días de comenzado 
el cerco. 

Mandó luego san Fernando tomar posesión de la ciudad, 
fiando el cuidado de su presidio al infante don Alonso de Mo- 
lina, á don Rodrigo González Girón, y á otros ricos-hombres ; 
entreofando al infante de Molina la Torre del Oro, la de la Plata 
á su hijo don Alonso, y á don Rodrigo Girón los palacios del 
príncipe de la ciudad, diversos del Alcázar según atrás queda 
insinuado. En el Alcázar se aposentó el mismo santo rey, y las 
puertas de la ciudad se dieron en custodia á diversos ricos- 
hombres, entre los cuales solo queda noticia de don Rodrigo 
Fernández de Cevallos, que puso en memoria sobre la que le 
cupo en suerte el blasón de sus armas. 

Mientras corría el plazo concedido á los moros para la eva- 
cuación de la ciudad, el obispo de Córdoba, don Gutierre de 
Olea, recién electo arzobispo de Toledo (i), que había asistido 
al cerco de Sevilla en el ejército del rey, expurgaba por encargo 
de éste la mezquita mayor y la preparaba para la celebración 
de las augustas y sagradas ceremonias con que había de so- 
lemnizarse tan ruidoso triunfo. — Llegó por fin el día tan suspi- 
rado de los cristianos cuanto temido de los infieles, día 22 de 
Diciembre, en que cabalmente celebra la Iglesia la traslación de 



(i) á pesar de las dudas que expuso Zúñiga (año 1248, n."23) acerca de la 
identidad de este prelado, en el cual vio no una sola persona sino dos distintas, 
a saber, el obispo de Córdoba y el arzobispo electo de Toledo, es cosa averiguada 
que don Gutierre de Olea, ó Dolea, prelado de Córdoba en la época á que nos refe- 
rimos, no había aún sido confirmado por S. S. como arzobispo de Toledo. El Sumo 
Pontífice no confirmó la elección de don Gutierre y su traslación á Toledo hasta 
el día 6 de Febrero de i 249 ; así consta de la bula de Inocencio IV datada el día 8 
de los idus de Febrero que publicó Balucio en sus Misceláneas, t. i.pág. 218, 
edición de .Mansi. 



SEVILLA Y CÁDIZ 49I 



las reliquias del santo patrono de Sevilla, Isidoro, á la ciudad de 
León: el religioso celo del monarca trocó en procesión devota 
lo que se esperaba pomposo alarde triunfal. Precedía el ejército 
en orden militar, tremolando las banderas vencedoras y arras- 
trando las vencidas, y ostentando en el lucimiento el común re- 
gocijo al compás de los bélicos instrumentos ; seguían los prin- 
cipales caudillos, los infanzones, ricos-hombres, maestres de las 
órdenes militares, gran concurso de seglares y eclesiásticos, y 
los arzobispos y obispos haciendo coro al trono portátil en que 
iba la soberana imagen de Nuestra Señora de los Reyes, y re- 
mataban la procesión san Fernando con la reina doña Juana su 
esposa y sus hijos, su hermano el infante don Alonso de Molina 
y las demás personas reales, entre las cuales cuentan algunos al 
invicto don Jaime el Conquistador, rey de Aragón, que suponen 
se halló personalmente en la santa empresa. Iban todos á pié, y 
acompañaba á los reyes é infantes numerosa corte en concer- 
tada y grave marcha. Dirigióse el triunfal y procesional cortejo 
por entre la Torre del Oro y el río hacia la puerta de Goles 
(^puerta Real), y haciendo alto en